Menú páginas
TwitterRssFacebook
Menú categorías

escrito por el Martes, mayo 21, 2013

13034 (Juliette)

13034 (Juliette)

El 27 de Enero de 2013, vi la luna asomarse por detrás de las cerros. Estaba en el coche, con Sol, en la carretera de regreso a Atlixco. Primero me sorprendió, ya que jamás la había visto de esa forma. Primero pensé que era el domo de una estructura, o un incendio impresionantemente simétrico (tan lejano que los ojos caen en la trampa de la perfección). La luna estaba ligeramente amarilla, su luz parecía la de un sol tímido, abriéndose paso a través de unos cerros ensombrecidos. Se lo comenté a Sol y ella volteó discretamente a mirar. ¿Ya te fijaste lo rápido que se alza? Y sí, la luna parecía alzarse entre la oscuridad, un poco más cada vez, no sabía si era porque estábamos bajando en la carretera o porque así de rápido se mueven los astros y no es hasta que hay una referencia, damos cuenta de la velocidad con la que se mueven. Siempre que pienso: “Debería tomar una fotografía”, no lo hago, porque eso entorpece los sentidos, no permite que la memoria haga lo suyo. Es lo mismo que escribir un cuento tan pronto se te ocurre. Alguien que estuviera entre los árboles de esos bosques, apreciando la luna más cerca de lo que yo estaba ahora, debió tener una especie de revelación, o quizás una vista habitual donde revitaliza los sentidos, su lugar en el mundo. Ahora, mientras escribo esto, fisgo al sol que se oculta detrás de unos edificios, los rayos de luz lastiman un poco la mirada pero fijándose de veras, ves el movimiento de las sombras, como cambian de color las cosas, y los seres vivos, los monstruos que se alimentan de las malas hierbas. Estático, quieto, sin pensar, sin celulares y sonidos de alerta, mira hacia allá y asimila como envejeces. Detenerse unos momentos, y admirar el movimiento del sol y de la luna, nos enseña nuestro lugar en lo inexorable.

Leer más

escrito por el Jueves, mayo 9, 2013

13030 (Juliette)

13030 (Juliette)

Lista de buenos deseos para este año que quizás no se cumplan porque soy un troglodita mal organizado y desidioso: Fumar menos, cuarenta minutos de gimnasio diarios, media hora de yoga y estiramientos, escribir una historia interactiva, mejor un libro de crear tu propia aventura, aplicar para una o dos becas en el sistema de creadores, escribir dos libros más, terminar uno o dos videojuegos que valgan la pena, alcanzar los 70 libros leídos este año, reducir mi consumo de coca cola, entrenar a Nico para que busque cosas a través del olor, ¿qué sería una lista así si no prometiera dejar de escribir listas así?, investigar como cuidar cactos porque Bob tiene un par de ramificaciones preocupantes, escribir al menos 250 entradas en el árbol, publicar al menos uno de los libros que he escrito, acabar al menos uno de los juegos mediocres que he empezado, comprar una consola más actual de videojuegos, ignorar el celular mientras paseo con Nico o con Killer, tenerle más paciencia a Sol porque soy un bruto y qué pena que así me quiera, visitar más a menudo a mi familia, viajar para recoger historias al menos una vez este año, escribir todos los cuentos que anoto en mi diario de líneas, aprenderme uno o dos poemas de memoria porque ya-chole con el de Yeates y el de Larkin, salir de mi zona de confort para conocer más gente en Cholula, nunca aburrirme de tomar fotografías del cielo y del Popo, seguir explorando los diarios de las personas alternas (Böhrs, Santiel, Dor, Bob, Mafessoli, Caín, etcétera), escribir escenas más cachondas porque me estoy oxidando de tanto pensar en el lenguaje (¿qué? ¿No puedo?), conocer a mucha gente que deseo conocer, anotar más cosas de mi lectura, dormir más temprano y despertar más temprano, reducir significativamente las deudas y que nunca se agoten los deseos. El genio no concede estas cosas.

Leer más

escrito por el Lunes, marzo 25, 2013

13017 (Historia de O)

13017 (Historia de O)

Un tema recurrente en los cuentos de Borges, es que un hombre e todo los hombres (Schopenhauer). Es decir, si yo recito a Shakespeare, soy Shakespeare, así como Shakespeare también tuvo la posibilidad de convertirse en Fest. También fui Borges mientras lo leía, y mientras contemplaba un espejo, o mi siguiente movimiento en un juego de ajedrez.(Me separo un poco, sólo un poquito, pensando en el Tao: todos somos uno y uno somos todos. También soy la mierda de los pájaros, también soy la oruga intoxicada con el sabor de las adelfas, qué agobiante, ¿entonces podemos serlo todo?). La unidad de las cosas es un pensamiento bello, y a la vez abismal, el individuo es lo que es, y además, es todos los otros. Jean Paulhan, en la introducción de la “Historia de O” (Pauline Réage), ofrece una idea llamativa. Cito: En suma, nosotros, desde la niñez, no hacemos más que soñar con un hombre que sea todos los hombres a la vez. Pero, al parecer, a cada mujer le ha sido dado ser todas las mujeres (y todos los hombres) a la vez. Pienso en mi madre y en mi abuela, y en otras mujeres de mi familia, en algunas relaciones que tuve en el pasado. Incluso con el humor parco, signo de mi familia, podía apreciar como contemplaban la posibilidad de entenderme, y de entendernos, a cada uno de los varones. La mujer desborda imaginación y esa imaginación le permite no solamente ser Shakespeare, Othelo, Hamlet, también puede ponerse en el lugar de Desdemona o Lady Macbeth con facilidad, sin un temor metafísico de dañar, corromper o quebrar su sexo (el espíritu es otra cosa, creo que el hombre es a veces un imbécil por sus constantes ganas de retar y quebrar su espíritu, y audaz, quizás… pensaré en ello), el supuesto y engañoso camino que tiene en el mundo. Esa idea simplona de que la mujer un misterio parece una idiotez, cuando respiras un segundo y te corriges: “No es un misterio, una mujer son todos los misterios, y al menos siete veces más misterios que ofrece la posibilidad de ser todos los hombres”.

Leer más

escrito por el Jueves, marzo 14, 2013

13003 (Los malditos niños)

13003 (Los malditos niños)

Vine al área de negocios del hotel, es un área muy cómoda donde el internet es estable. Optimista, casi tanto como Alfredo Peniche, traje mi iPad y mi teclado inalámbrico, decidido a que me sentaré a escribir aquí. Aunque sea algunos postitos para el árbol. Empezó todo mal. No había espacio en las mesas porque las ocupaban unos gringos mirando una película de Adam Sandler. Los cuatro escritorios con computadoras estaban ocupados. Entonces fui a los sillones, resignado a la comodidad. Cuando me senté en ellos me hundí, casi me caigo a otro lado, un mundo al revés. Así no se puede escribir, suspiré, le pedí a mi esposa que guardara el teclado. (Ella decidió seguirme para ser testigo de mi pequeño capricho). Me puse a leer los correos pendientes. Un centenar de correos, y de nada importante, la mayoría son avisos de Twitter que activé recientemente. Quizás los desactive de nuevo, en vacaciones no es conveniente tenerlos activos. Mi iPad a veces no soportaba la cantidad de los correos, así que la app de Mail simplemente se cerraba y tenía que empezar de nuevo la depuración. Qué enojo. Entran unos niños. No son de aquí, no me es fácil cachar su acento. Al principio creí que eran españoles, pero quizás son de alguna región específica, una que nunca he escuchado. Los niños son libres en el Centro de Negocios, nadie les vigila, es impresionante la libertad de los salvajes. Tendrán unos ocho y diez años, el cabello despeinado, los ojos pequeños y brillantes que son una señal común de muchos criminales. Se libera una mesa, tomo rápidamente mis cosas para ocuparla. Mi esposa me acompaña, buena, tranquila, feliz de la vida, con un libro de Sherlock Holmes, el segundo tomo de una compilación. Me dispongo a escribir algo y los niños, empiezan a salir y entrar del Centro de Negocios. Quien sabe qué juego habrán inventado. No son escandalosos pero… se dan a notar, es imposible no verlos, no registrar la cantidad de ciclos que ocupan en salir y entrar. Se arrojan, extienden su territorio, ahora desde la entrada hasta la máquina de café, en la máquina de café (atrás de mí) se sirven un café, se lo toman de un trago (sin quejarse), y van hasta la entrada. Repiten la hazaña unas cuatro, cinco veces. Llega la madre de los niños, sonriente, les acaricia la cabeza, la pobre imbécil no sabe lo que le espera, y después llega el padre, es de esos padres serios, malencarados, que están dispuestos a educar hombres verdaderos, pide un whisky y se va a uno de los sillones. Los niños se van, sin correr y sin gritar, como si la cafeína fuera una imbecilidad, una mentira para controlar idiotas, hacia la mesa de billar. Juegan con la mayor naturalidad mientras yo pongo la cabeza sobre la mano, y pienso que de algún modo, acabo de ser testigo de un orden natural de las cosas.

Leer más

escrito por el Martes, diciembre 4, 2012

Fumador en la banca, humo del jugador

Fumador en la banca, humo del jugador

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 66 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.

Hay una frase muy sencilla que requiere un puñado de experiencias para entenderse. En su sencillez se encuentra la trampa y en sus consecuencias un dejo de desencanto. Al principio hay un poco de resistencia, pero cuando entra, entra bien y se repite como un mantra, un canto de guerra antes de lidiar contra una bestia que oculta los cuernos: “Tienes que ponerte la camiseta”. No soy inocente. Muchas veces he caído en expresar esa simpleza para invitar una reflexión, un cambio de actitud en el otro, así como me la dijeron muchas veces desde la niñez hasta la juventud y obligaban una mueca por lo cándido del discurso.

“¿Qué es ponerse la camiseta?”, pensaba y desmenuzaba la frase, “¿quitarme lo que tengo puesto y ponerme otra cosa?, ¿se refieren al cambio de equipo que hace un deportista y tiene que vestir otro Jersey? (Algo rastrero y traicionero, como cuando un jugador del América se pasa para las Chivas, y viceversa), ¿Acaso, en mi vida, llevo puestas múltiples playeras metafóricas que cambio, desecho o remendo conforme a la circunstancia? ¿Cuántas camisetas más debo de ponerme para que me consideren digno (el hombre camiseta lleva ya 28, porque más es imposible sin que algo se reviente, o el cuerpo o la tela), cuántas más?”

En realidad la frase se refiere a algo más sencillo, un discurso vulgar de motivación: Hay un jugador, un deportista o un atleta que espera en la banca. Llega el entrenador, pone una mano sobre tu hombro, su frente sudada, su voz rota de tanto gritar insultos, y paternalmente susurra mientras aprieta tu carne con firmeza: “Ponte la camiseta”. Es hora de entrar en el juego porque el partido depende de ti; porque te considera listo para sacrificarte y tal vez, salir victorioso; o porque no hay de otra y no importa tu aparente indiferencia, las circunstancias que te arrastraron allí, tienes que entrar y exhibir galanura, la gracia atlética de los dioses, la necesidad imperiosa de agradar al padre putativo (o quizás biológico) que implora, a su manera, tu entrada en el juego.

Obviamente, hay jugadores dispuestos a entrar, crecieron cómodamente con esas analogías deportivas y motivacionales como si fuera un manual para la vida. Sienten ese vacío en el estómago que sólo pueden colmar con calentamiento y una intensa observación al juego, cómo va, para no sentirse inútiles, estatuas estériles derruyéndose en la banca. No sólo se ponen la camiseta, ya la tienen lavada, aromatizada, planchada y doblada a un lado de la banca, una armadura lista para ser utilizada a la menor provocación.

Fumadores empedernidos, como yo, disfrutan apaciblemente con la pierna cruzada, sentados en la banca, su contemplación metafísica en el baile de las porristas y las espectadoras saltarinas y cuando sienten esa mano en el hombro no pueden más que suspirar con un poco de tristeza, tirar el cigarrillo y hacer como que se ponen la camiseta para presentar en el terreno de juego un espectáculo deplorable que, con suerte, irá alimentando una suerte de furia y aunque consigan involucrarse en el juego, no dejan de pensar que el espectador, y los otros jugadores, acaban de recibir un payaso que se ha puesto la camiseta al revés y que más bien se ha convertido en un elemento caótico, absurdo, dentro del juego con el objetivo accidental de arruinar lo bien que todos los demás se la están pasando.

“Ponte la camiseta”, depende de la circunstancia, no es tan malo como se cree. Cuando eres joven y no quieres, es una ofensa, es pedirte que arruines el conjunto de ropa que tanto trabajo te ha costado decidir, olvidarte de quien eres para entrar a una situación que no te gusta, o no quieres, o es demasiado problemática. Es fácil no ponérsela porque eres joven y aparentemente nada te lo impide. Pasan los años y, aunque todavía hay un ruido incómodo, decides ponértela para evitarte una secuencia de momentos incómodos: un despido, una mala calificación, el escarnio público, el exilio a otro país, una ruptura amorosa o el divorcio tan temido. En lo personal, yo la uso como una respuesta floja a confesiones de jóvenes imberbes cuando exponen un problema de su edad y que se resolverían, pues, con un poco de menos necedad.

Mi situación preferida de la frase es cuando estás acostado, miras fijamente al techo, piensas en las múltiples responsabilidades adultas y las consecuencias de ignorarlas, entrecierras los ojos para cachar las partículas de polvo, escuchas el ruido de afuera, un claxon, un hombre vende chicharrones, los zanates vuelan e imaginas sus silbidos al ocaso, no fumas ahí porque no es permitido y aún cuando tienes ganas de hacerlo el cuerpo se niega a levantarse, una mano posa sobre tu pecho, una pierna desnuda sobre la tuya, el sudor evaporado de un amor que continuamente está pereciendo y alguien susurra, flojamente, “ponte la camiseta, es hora de vestirnos”.

Leer más

escrito por el Jueves, noviembre 15, 2012

Ráfagas cotidianas (de mediados de Noviembre)

Ráfagas cotidianas (de mediados de Noviembre)

De Cholula

  • Anoche tembló en Guerrero y también se sintió en Cholula. Una sirena antisismos instalada en la UDLA, muy parecida a las de Silent Hill, sonó por toda la colonia. No sabía por qué sonaba. Al principio me pregunté: ¿Quién le pondría una sirena tan fea y escandalosa a su automóvil? Luego me di cuenta del movimiento y, claro, hice lo justo: Entré a Twitter para comprobar que temblaba.

  • Cholula me contenta con sus caminatas. Es obvio por qué: Las estudiantes, sus minifaldas, sus shorts y su juventud comprimida en cuerpos juveniles, curvos y sonrientes. A veces lo lamento: Casarme, quizás, fue el inicio de mi destino para convertirme en un viejo rabo verde.

  • No sólo me gustan las piernas desnudas, me gustan las nubes y las ráfagas de aire. El viento penetra entre las malahierbas de los baldíos y hacen ruido de olas. Observa ese mar vegetal.

  • Aunque desprecio a la gente que anda en caballo sobre la acera (y el camino de mierda que nadie se molesta en limpiar), me gusta ver los caballos y escuchar sus cascos en un paso calmo contra el pavimento.

  • Hace unos días alguien me saludó mientras paseaba y me presentó a otra persona como un tuitstar. Fue una sorpresa curiosa, como la vez que conocí a Gamez en un camión y se presentó como alguien que era fan de mi bitácora. Corregí rápidamente. No dejé que lo hicieran con blogstar, no pienso hacer lo mismo con Twitter. Además, siempre hay peces más grandes que uno (en mi caso, hay muchos) y, por más halagador que pueda ser la ilusión de los seguidores que crecen y las estrellas que dejan, sigue siendo una ilusión. Entre más gente te sigue y te busca, los secretos se descubren, la intimidad transmuta en otra cosa y te manosean como una figura pública. El caso más obvio es el de Hortensia, y su chamaquito.

De los perros

  • Como siempre, los perros durmieron durante el temblor. Que los animales avisen de los temblores es un mito.

  • Los primeros días que Sol se fue por trabajo, fui negligente con Nico y dejamos de pasear todos los días. Paseamos poco esa primera semana. Ella me despertó un día a lengüetazos y pidió hablar seriamente conmigo. Una hora de regaños después, le prometí cambiar. Ahora paseamos todos los días, aunque sea poco.

  • Me entristece Killer cuando lo dejo en la casa. Salgo con Nico y a través del vidrio en la puerta, miro como Killer interrumpe su impulso de salir corriendo para simplemente observarnos. Mastica con algo de rencor en su hocico desdentado. Es complicado llevar a dos perros, sobre todo por él: Está acostumbrado a caminar sin correa y tomar la calle a su paso. La correa es una afrenta a su libertad de lobo contenida en el cuerpo de un french minitoy.

  • Quiero ver a Killer viejo (tiene 11 años) pero no puedo. Cuando me animo a sacarlo y hago la maroma de llevar a los dos perros, corre y salta como conejo en el jardín, entre las hierbas.

  • A la hora de cenar, ladra enérgicamente y su cuerpo da pequeños saltitos divertidos. Me hace reír.

  • Nico no quiere comer, aunque eventualmente se rinde y come lo que le doy. Ya lo había hecho antes pero esta vez es más necia. A veces abandona el plato durante una hora en lo que se decide a dar la primera mordida. Me pregunto si busca algún cambio en el alimento. Recientemente lo cambiamos porque el alimento barato provocó una baja de defensas y se quedó sin pelo en un ojo, y en un costado, por culpa de unos hongos.

  • Quizás le cuesta trabajo acostumbrarse a los cambios: Sol no está, los primeros días no paseamos tanto, le cambié la hora del desayuno a la hora que me despierto, cuando salgo la dejo varias horas sola (y no salgo muy a menudo). Es una princesa. Le hace falta un poco de maltrato.

Enigmas

  • La Muerte ya sabe de qué nos vamos a morir justo después de la primera nalgada, o del primer llanto. No es tan triste como parece, al contrario, es un consuelo que alguien sepa.

  • Cuando regrese todo estará mejor, pienso, mientras doy un par de vueltas en la cama. He descubierto que nunca estuve habituado a la soledad, casi siempre dormí con gente.

  • Aprecio mis pocos secretos.

  • El ruido blanco me regresa la nostalgia del insomnio infantil.

Del lector

  • Pensé que leer Proust le quitaría el sabor a lecturas más fáciles (qué pinche snob, mamón) y no, sigo disfrutando mis libros sencillos. En un aspecto más general, eso me preocupa: el repudio a lo sencillo.

  • Actualmente me encuentro leyendo una antología de cuentos steampunk combinados con romance. Algunos cuentos son entretenidos, unos son buenos y otros son simplemente malos. Ninguno me ha parecido genial. Me dio curiosidad el libro porque me gusta el género pero no había conseguido lectura abundante del mismo (Philip Pullman, Samuel Butler, quizás otro par). Es muy fácil encontrar el género en películas, anime y videojuegos: Mad Max, Final Fantasy, Chrono Trigger, Trigun, One Piece, Wild Wild West y un puñado de títulos más. La estética de las máquinas de vapor, los engranes, los visores y los abrigos me parece fascinante.

Del escritor

  • Entiendo la alegría de Alberto Chimal cuando declara, en una entrevista, el triunfo de haber alcanzado 400 páginas (u hojas) en una novela. “Ya sé que puedo, por lo menos, apuntar a ese tipo de escritura”, declara en alguna entrevista y sonreí. En mis propios intentos, lo máximo que he alcanzado son 180 ó 190 páginas y sufro mucho. Algunas veces simplemente lo abandono.

  • Mi novela más reciente se llama M y la escribí proponiéndome su brevedad (quizás es un camino errado y fácil de criticar. ¿De qué sirve delimitar una extensión al inicio?). Al conocer mis límites entre las 120 y 180 páginas, pensé que lograr 70 sería cosa fácil. Hasta, bien chicho, supuse que lo conseguiría en un proceso de dos horas diarias, en dos semanas. Me equivoqué. Conseguí 76 cuartillas en un mes y medio, había días en que simplemente miraba el texto en las dos horas de trabajo.

  • El próximo proyecto es un libro de cuentos. Alguien se atrevió a decirme que eso sería más sencillo. Hace unos años hubiera dicho que sí, pero ahora difiero… luego del trabajo que me costó “Lotófago” (en cinco cuartillas), escribir un libro de cuentos ya no parece tan sencillo, aunque el cuento me parece una fuga lúdica a la tormenta que significa escribir una novela.

  • Hablando con Aldán, le dije que algún día podía acabarse la abundancia de palabras, textos, etcétera. Él simplemente se limitó a decirme, parafraseando, que no fuera mamón y que siguiera como iba.

  • Este año, como escritor profesional, no me fue nada mal: Gané el concurso, publiqué en una antología y quizás me publiquen en otra. He sido constante en mi columna en el guardagujas. Los últimos seis meses aprendí más de lo que he aprendido en muchos años.

Leer más

escrito por el Lunes, noviembre 5, 2012

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 64 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.
  • Mi esposa tiene trabajo para mes y medio en otro estado. Ha confiado, con cierta duda ilustrada en sus cejas arqueadas, a mi sola responsabilidad los perros, los asuntos caseros y que no se caiga el Popocatépetl.

  • Pienso en este problema tan contemporáneo: No es gracioso cuando una institución es incapaz de reconocerle a una mujer sus habilidades en el trabajo pero que tierno es cuando un varón se hace cargo de la casa. Míralo como trapea, barre, limpia, cambia los pañales del mocoso. Al instante y con unas gotas de agua, es un caballero. Señalar culpables es un pasatiempo estéril.

  • La soledad me permitió ignorar dos rutinas: La hora de gimnasio y las dos horas nocturnas de televisión. He redescubierto el placer de leer a horas reservadas para otras cosas… Durante la comida, a las cinco de la tarde, a las ocho de la noche. Aderezo con literatura mientras mi panza crece a base de harinas y refrescos.

  • Hay algo de tristeza a la hora de comer cuando ella no se presenta y nadie ayuda a lavar platos, picar verduras, poner aceite en el sartén, empanizar carne, cocer pasta. Mi esposa platica en su trabajo, orgullosamente, que la cocina exige de ambos contratantes y sus compañeros algo envidiosos, antojadizos, preguntan todos los días que alcanzamos a cocinar con la economía del tiempo. Descubren el paraíso de la confianza y la charla.

  • El silencio recobra su fuerza sin pláticas, y sin llegadas. Ambos perros no tienen a quien ladrarle o moverle la cola cuando suena el motor de la camioneta, el arrullo muere y finalmente alguien abre la puerta.

  • Posiblemente sobra decir como ha cambiado el menú gastronómico y el lector ya lo intuyó: hamburguesas, sandwiches de jamón, sincronizadas, quesadillas, jochos, cereal, sabritones, cacahuates enchilados y finalmente la pizza que no terminamos el día que se fue. Las rebanadas esperan pacientemente en el refrigerador al recalentado de la cena. Las mujeres de mi vida son, invariablemente, el impulso de la nutrición y las defensoras imbatibles de las verduras.

  • Al menos a todo le pongo aguacate.

  • En las noches, mientras escribo, pongo la música y el radio a volúmenes normalmente prohibidos por la educación. Ella duerme horarios normales, yo nunca he podido y cuando me encierro en la oficina, pongo música aunque sea a niveles bajos. Sonrío alegremente, soy un adulto-niño que comete la travesura. La venganza es contra el vecino que vive a unos terrenos de distancia y que durante las mañanas suele practicar los discursos entre canción y canción, con el micrófono a todo lo que da, para la fiesta a la que contraten su sonido.

  • Los primeros dos días, para hablar solo volteaba hacia los perros y me refería a ellos como si fueran personas. En la segunda etapa conseguí ignorar a los perros para hablar con mi cigarrillo, con el cenicero, el cacto en el jardín o con la pantalla. Hoy conseguí practicar el soliloquio sin justificarlo. Abrí la boca y nadie pudo callarme… pero como reza el viejo enigma: “¿Si un árbol cae a mitad del bosque y nadie estuvo para escucharlo, realmente hizo ruido?”. La pregunta es un consuelo de la locura aparente.

  • Fumo casi por toda la casa: En la sala, en el comedor, en la cocina, en las escaleras, afuera de mi oficina, en bodega, en la azotehuela, en la entrada, en los pasillos. Los ceniceros sucios desperdigados por doquier, sin nadie que los critique o que los levante. En el único cuarto donde todavía no me atrevo a hacerlo (y tal vez nunca lo haga) es en la recámara.

  • Los perros ya se rindieron en recibir el desayuno a una buena hora (Ella los alimenta a las nueve de la mañana, antes de salir a su trabajo). Duermen a mi lado hasta las diez, once de la mañana, y duermen un poco más (aprovechan la cama, se extienden, toman las almohadas como un descanso para el hocico) en lo que me ducho, me visto, bajo a desayunar, mastico frente a ellos y leo fragmentos de la novela que estoy escribiendo. Desayunan a la hora del almuerzo. No se preocupen. He hablado con ellos, y no les molesta.

  • Pienso: Brunch es el almuerzo. ¿Por qué algunos gringos le toman demasiada atención a la palabra, al concepto? Anoto que debo investigarlo en mi cuaderno de imbecilidades, aprovechando que está descuidadamente abierto ahora que nadie más convive en esta casa.

  • Soy un adolescente y aprovecho la televisión de la sala para ver algo de pornografía. A los pocos minutos, olvido la esperanza del relief, ignoro el volumen alto que quizás espante a los vecinos, recargo la cabeza sobre mis manos y me descubro platicando con una muchacha que no para de pujar.

Leer más

Social Widget powered by Conseils-relationnel.com.