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13055 (La invención de Morel / El gran Serafín)

By on Sábado, agosto 10, 2013

Otra de sonrisas. Harold Kroninger, en “The Stand”, practica diariamente la sonrisa frente al espejo para esconder sus planeas. Kroninger preapocalíptico: gordo, lentes, geek, quejica. Cree que la caída del mundo cambiará los valores, que finalmente encontrará alguien que le quiera como es: un puñado de defectos encerrados en un cuerpo torpe y fofo. Eso no sucede, por supuesto, si algo tiene la desgracia es que no suaviza el corazón de los testigos, al contrario, los endurece o los aleja. (Otro cuerpo torpe y fofo: El de Bastian, en la Historia Interminable, y quizás haya una manera de ligar el destino de ambos personajes. Ambos se convierten en una burla, en una ironía, mientras que uno se corrompe el otro consigue, a través del viaje de un falso héroe, madurar en una inspiración para otros). Kroninger postapocalíptico, con el toque de Flagg en el hombro: lentes de contacto, un cuerpo bien ejercitado, corte de cabello a la militar, una sucesión de días frente al espejo donde practica la sonrisa una y otra vez, porque sabe que su sonrisa no es sincera, las primeras veces asusta con ella, y ya que ha conseguido embellecer su cuerpo y la mimética de la amabilidad, entonces lleva a cabo su venganza contra un mundo derruido (contra sí mismo, el imbécil, contra lo que fue y lo que es). Como Harold, pero por otros motivos, también he practicado la sonrisa en el espejo. Conocer las facciones, hacer una memoria del movimiento de los músculos en el rostro, es un ejercicio de actuación. No sabes cuándo lo puedes necesitar, quizás cuando cuentes una anécdota, quizás cuando cuentes un chiste, quizás cuando desees pedirle un favor a la cajera. A veces me paro frente al espejo para practicar (igual que mi amiga de cartas), los diversos rostros de un personaje al que estoy escribiendo. Sus expresiones me son importantes, como alza las cejas, como sonríe, como se ve cuando está triste, si se deshace el rostro cuando llora. Es como un amuleto, pienso que si puedo visualizar el rostro de alguien que no existe a través del mío, estaré más cerca de conseguir su esencia...

Con el debido humo

By on Martes, julio 30, 2013

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 80 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Una vez, entré a mi clase de las seis de la mañana de Introducción al Derecho y mientras trataba de limpiarme las lagañas, y de dominar la mente con algún truco para despertara (ya que para entonces no apreciaba el café tanto como ahora), entró el Pony intempestivamente a dar su clase. Él si había tomado café, supongo, porque no paraba de saludar, de hablar y de tratar de despertarnos. Le llamábamos Pony por chaparrito, así de originales, y quizás por esos rasgos equinos achatados que tenía: una nariz aplastada y los ojos hundidos. Además era un profesor relativamente joven a lo acostumbrado entre las huestes maristas, su edad rondaba entre los 25 y los 27 años. El Pony siempre iba vestido de trajes hechos a la medida, no se quitaba el saco, ni la corbata. Se tomaba en serio dar la clase, lamentablemente para él, muy divertido para nosotros. Ya bien enterado de la grilla, en alguna clase nos dijo su nombre completo y nos explicó que ese era su nombre para cualquier cuestión legal, si queríamos alguna vez demandarlo, Pony no serviría de nada y luego pasó a señalar a algunos de nosotros, nombrarnos por nuestros apodos seguido de nuestros nombres, para ejemplificar su punto. Su pequeña venganza se convirtió en una feria. La clase de las seis, con la que comienzo este relato, abrió con una explicación del “deber ser”. No fui un alumno muy dedicado al derecho, no estoy seguro si el “deber ser” se trata de una figura legal o uno de sus tantos terminajos incomprensibles y que requieren una traducción al español sencillo. Deformé la construcción y ese día la convertí en otra cosa. A fuerza de repetición se me pegó: El “deber ser”. Cacofónico, pero simple, y reflexionándolo un poco, es una construcción que me susurra todos los días. El “deber ser” es como una oportunidad bondadosa y sencilla para olvidarse de los caprichos y las ambiciones; lo que dictan las leyes, como un manual parco para la vida: esposo, hijo, padre, hermano en sus aspectos más sencillos de obligaciones y deberes. No se trata de lo que deseo, de mis impulsos o de someterme a los impulsos de alguien más. No soy más de lo que debo. Es como una red de seguridad. Puedes vivir cómodamente una vida de desencantos y mediocridad hasta la muerte. La ley lo aceptará siempre que hayas tachado los pequeños logros en la libreta: Pagaste tus impuestos, le diste el nombre al hijo, cumpliste las obligaciones nupciales, conseguiste un hogar para tu gente (quizás no el que hubieras querido, pero ahí está) entre un montón de cositas más. La ley es la vida correctamente hecha, haces los logros más básicos de un videojuego. Me pasa, por ejemplo, que cuando siento la amenaza de una ambición formidable, pienso en el “deber ser” y cuántas de esas cosas ya hice, o que otras cosas puedo ignorar, y entonces la ambición se ve más gris, menos necesaria. La ambición se convierte en una molestia, un nido de moscas que nació de un día para otro en una oficina, supuestamente aislada de los parásitos, y qué provoca un placer perverso tomarse el día para perseguirlas con un matamoscas, irlas matando una a una. Verso de Nervo: “Siento que un Dios anida en mí”, hablé de eso en el coloquio de escritores en Tepic. La ambición, el deseo, la iluminación, la ruptura de la humanidad es un dios (¿Qué Dios anida en mí, el de los gusanos, el de las moscas o el de los pájaros?). El “deber ser” es la humanidad, es lo que nos permite la sanidad entre miles, cientos de miles, de personas que caminamos sin apenas vernos el uno al otro. Es lo que nos permite compararnos con otros, darnos palmaditas en la espalda o la crítica mal hecha y cruel. Cuando estaba chavo, y me apropié por primera vez de aquella construcción, se me hizo fácil hacer una lista propia de lo que podría ser y ese podría, convertirlo en el deber; Hice una especie de manifiesto personal para que mi vida no fuera tan común, tan rutinaria, tan pobremente condenada al exilio de lo sano y de lo inerte. Por supuesto, es obvio, todos los chavos piensan igual, tienen ídolos en la espera de convertirse en esos ídolos y no se dan cuenta que cuando lleguen ahí, no sabrán después a quien rezarle. También fui inmortal, ahora que soy gente y que sé que puedo morir, el tiempo me ha regalado la oportunidad de preguntarme un montón de cosas, de dudar no sólo de mis ambiciones sino también de mis deberes. Hay días que no sólo me la paso matando moscas, sino que las vigilo fornicar en pleno vuelo y espero, pacientemente, a que nazcan dentro de ésta oficina aislada, quizás se conviertan en...

De la trilogía de Mass Effect

By on Jueves, julio 25, 2013

Durante años, quizás, NOlo estuvo insistiendo con que jugara Mass Effect. No fue hasta que me compré una PC, específicamente para jugar (de especificaciones modestas, tampoco), que decidí darle una oportunidad. Había escuchado veladamente del juego, sin prestar mucha atención, incluso vi a NOlo jugarlo alguna vez en consola. No me daba buena espina, me pareció un clon de Halo o de Gears of Wars (no soy fan). Personalmente, prefiero los disparos a primera persona (hijo de Doom, de Duke Nukem, de Quake, de Unreal, de Medal of Honor, de Wolfenstein 3d, etcétera). Sin embargo, lo que se me hizo interesante aquella vez cuando acompañé a NOlo jugar, es que al parecer había una historia compleja detrás del tipo que disparaba y trataba, desesperadamente, de conservar la vida frente a una asesina azul y voluptuosa (una raza espacial de mujeres, cuya juventud se les va en ser teiboleras. Lo cual, supongo, es bien fácil porque viven mil años y en algo tienen que perder los primeros años de vida). La acción no se detenía, pero cada cierto tiempo había acercamientos entre los personajes para gritarse de cosas. Y quizás, precisamente eso, es lo más fascinante del videojuego. Parece que BioWare aprendió de los JRPGs e invirtió una cantidad insana a los detalles de la historia y a los acompañantes del héroe (Shepard, un soldado de la alianza). Jugué la trilogía, traspasando al mismo personaje de número en número para continuar la historia, cosa muy importante porque prácticamente todas las decisiones que tomas en uno, se reflejan en los dos juegos siguientes. Las primeras decisiones son básicas y afectan como los personajes (secundarios, NPCs) te perciben, así como algunas de las misiones opcionales que tendrás a lo largo de la trilogía: El género del personaje, la especialización del soldado y una historia básica que definirá como lo perciben los personajes secundarios, así como los tipos que te dan misiones. Ofrece, también, un atributo muy interesante que es la reputación: Puedes escoger entre ser un renegado o un “paragon” (Cristo, básicamente), y entre más practiques cualquiera de ambas (cuando platicas con alguien o en momentos de reacción), adquieres todavía más opciones en el diálogo para extender lo que puede suceder. De hecho, puedes salir de situaciones horribles con los suficientes puntos en algún atributo. Sin pelear, y sin recibir el resultado más chafa. El juego, en cuanto a la acción, no se me hizo muy complicado. Quizás por el tipo de personaje que escogí (Vanguardia), aún llegando al tercer juego, y aunque aumentó la dificultad, no me pareció difícil. Algunas veces sentí que la acción estorbaba a la historia. Dependiendo de las misiones, podía salir rápido y bien librado de ellas, sin siquiera preocuparme por el aspecto estratégico (se supone que puedes pausar la acción para dar órdenes a tu escuadrón, y no sólo eso, también se supone que el escuadrón que eliges para acompañarte en una misión sirve para compensar tus debilidades); otras veces tardaba más pero se arreglaba dando un par de órdenes o muriendo un par de veces para aprenderme el patrón de ataque o la ubicación de los enemigos. Soy un poco obsesivo en cuanto a los juegos se refiere y como tengo menos tiempo para jugar que como tenía cuando era chavo (suena el violín más triste del mundo), si tomo un juego procuro explorarlo, realmente explorarlo. En la primera corrida busco todo lo que sea posible, sin ignorar las misiones extra y completando lo más fácil, sin guía, para después apoyarme en una guía y resolver lo que me falta. Quizás por eso mi primera experiencia fue muy rica, y muy satisfactoria, especialmente por la historia: hay ramificaciones que dividen el primer juego, así como las escenas que ves y los personajes que te encuentras. Por supuesto, la compañía puso una trampa genial por lo mismo, este modo de jugar impactó mi salto del segundo al tercero: Por buscar otras misiones, perdí a varios personajes (NPCs secundarios) por retrasar un punto en la historia. Eso se me hizo interesantísimo. No es la primera vez que me pasó pero sí la más notable. Constantemente tus decisiones pueden quitar la presencia de un personaje y otras veces reafirman su presencia, su lealtad y al final, su amistad. Obviamente, uno pensaría que hicieron el juego para ser jugado muchas veces, como releer un libro de “Crea tu propia aventura”. Lo malo es que es un juego que exige mucho tiempo (y eso lo dice el hombre que alcanzó las 250 horas en su cartucho de Pokémon Black). Sumando las horas, calculo que la trilogía me tomó entre 100 y 120 horas de juego, contando los DLCs y las misiones opcionales. La “inversión emocional” es tremenda, por todos los puntos de la historia y los personajes con los que te encariñas. Precisamente por esa “inversión emocional” el final me pareció decepcionante, simplón. El final se divide en tres opciones muy básicas (resisto los spoilers), lo cual no se compara, en nada, a las mil variables que pasan del segundo al tercer juego, por ejemplo. Tampoco arriesgas, no como en el final del segundo, en el cual puedes perder lo que te costó horas conseguir (y uno de los motivos por los cuales me chuté 45 minutos extra, para repetir el final y tomar mejores decisiones). Al llegar al final de la trilogía (bellísima progresión, por cierto, la secuencia que...

13049 (Juliette / El Caos)

By on Domingo, julio 7, 2013

Escribo aquí porque evito trabajar en un cuento. Escribí dos líneas, las iniciales, cada una me llevó un día. El título lo escribí el año pasado. Pienso en Juan Rodolfo Wilcock, y su valentía para editar y reeditar “El Caos”. Cada cuento, como dio a entender, debía ser perfecto porque era lo único que pensaba escribir. (Libertad y prisión, de chingadazo, sólo voy a escribir esto y esto, debe ser perfecto. Abandonas escribir por corregir. Un intenso deseo de trascender a través de la perfección de las líneas). Eso viene escrito en los apéndices del libro. Mi problema, eso me digo con otra voz mientras camino y hablo solo como loquito, es que quiero escribir muchas cosas, y soy muy rápido para hacerlas. Es verdad, escribo muy rápido, y luego me tengo que sumergir al infierno de la revisión. Por ahí leí: “Escritor que sólo escribe y nunca revisa, le falta intención, y la intención suma”. Estos años estoy aprendiendo a sumar. Incluso lo que escribo aquí, algunas cosas las saco de su lugar y nos metemos a los hornos, para empezar la orfebrería del asunto. Ese cuento, el que está abandonado en dos líneas, no quiero continuarlo a no ser que cada piedra caiga como un ladrillo. Habrá revisión, sí, pero será mínima. Probablemente el lector nunca descubra el trabajo que implica entregarse a la elaboración precisa de un texto, no de esa manera. ¿Cómo le va a importar que el cuento que se echó de una sentada, tardó un día por línea? Eso es demasiado fatalista. Entendí a Wilcock, mientras leí su libro de cuentos. Consiguió crear un universo oscuro, caótico. El primer cuento anticipa los cuentos siguientes, a partir de ahí, persiste la posibilidad de que los cuentos son el resultado del primero (cuento en el cuento, el primer cuento extiende sus ramas y los hombres y mujeres de esa fiesta viven sus propias historias, para beneplácito del enano), en eso consiste la perfección, eso es hacer un libro de cuentos. Ojalá fuera evidente para...

13048 (Juliette)

By on Viernes, julio 5, 2013

Juliette, además de ser un samurái que se levanta en las mañanas pensando en la muerte, también piensa constantemente en el crimen. Hulk, en la película de los Vengadores, revela su secreto: “siempre estoy enojado”, e inmediatamente se transforma. En vez de negar su naturaleza monstruosa, cede al instante, y está preparado para ella. Juliette “siempre está preparada para el vicio”. Hace algunas notas dije que tenía un grupo de criminales a su lado para recorrer Italia, como una banda de aventureros en un JRPG, (ah… quizás podrían hacer un videojuego con los libros de Sade, uno peculiarmente violento). Es curioso, perverso y tremendo, cómo se va deshaciendo de ellos a lo largo de su viaje. Nadie está a salvo. El honor no existe. Es muy fácil caer en la tentación de una mentira para asesinarlos y con ello, satisfacer placeres más oscuros. Pienso, ahora, en ¿cuáles son mis principios? A inicios de año, me encontré un iPhone 5 tirado en el piso, cubierto de polvo, y recuerdo que lo levanté, lo contemplé un rato, y pensé en qué hacer con él. De haber sido Juliette, un criminal más refinado, lo hubiera apagado e inmediatamente lo hubiera llevado a la tienda de empeños más cercana. O quizás lo hubiera apagado, hubiera ido a comprar los cables y después lo hubiera reseteado para quedármelo. Pude hacer muchas cosas pero decidí confiar en el destino. Me fijé que tenía el ícono de ubicación activado, el dueño lo estaba buscando. Suspiré, hice una anotación en mi propio teléfono dejando mis datos y tomé una foto con el teléfono extraviado. Tomé la decisión de esperar. Fotos en streaming activado, era cuestión de tiempo para que me llamara. No lo hizo en el momento. Bien, pensé, si pasa una semana y no han reclamado el teléfono, entonces decidiré qué hacer con él. A las dos horas empezó a vibrar. El final feliz: Vinieron a la casa por el teléfono y nos agradecieron, brevemente, la buena acción. ¿Siento alguna tranquilidad? Una de las filosofías que se repiten constantemente, en Sade, es que la virtud es problemática. La virtud se educa a través del tiempo, son cosas que se aprenden, mientras que los vicios y la criminalidad son resultado de la naturaleza, una chispa inevitable. La virtud, en sus grandes defectos, son los grandes remordimientos que provocan. Es decir: Cada vez que olvido en hacer una bondad, siento la mirada pesada de una sombra sobre mis hombros, la espalda, la cabeza. Se convierte en una angustia constante hacer el bien, y la angustia se multiplica cuando lo olvidamos. ¿Y el vicio, el crimen? Sade no lo dice, lo muestra con Juliette, debe estar preparada para hacer los males, cualquiera que sea, por más horrible que parezca, y ceder a su impulso animal. Su más grande recompensa, se me ocurre, es asesinar el remordimiento que permea a las buenas...

13039 (Juliette)

By on Miércoles, junio 5, 2013

Pienso en la asiduidad que tienen los mangakas de usar la preparatoria como un escenario recurrente para sus historias. Es el punto en la memoria, quizás, donde la gente es más bella y más inteligente. Si nosotros nos sentíamos feos e inseguros, había un ejemplo a seguir en cada salón de clases, y luego, en la jerarquía, uno para toda la generación. Los amigos deseados. Sí, a veces esos ejemplos podían ser unos imbéciles, a menudo imbéciles, pero también envidiables imbéciles. El mangaka no sólo es nostálgico en sus recuerdos de preparatoria, también se ocupa de crear héroes en situaciones violentas (como High School of the Dead) o desea romper la ilusión de la juventud (Battle Royale, aunque primero fue una novela). Hay una anime, donde un personaje similar a Sherlock Holmes, se dedica a resolver casos propios de la escuela (Hyoukai), y la serie también explora la rivalidad, el enamoramiento, la posibilidad de amargar los recuerdos de nuestro pasaje a la vida adulta (y quizás, sólo quizás, los recuerdos suavicen con el tiempo, se conviertan en una bobería, un reflejo agradable y propio, una ironía, para pasar los días tediosos y rutinarios). A veces detengo lo que estoy haciendo para pensar en la preparatoria: Busco momentos de cambios extraordinarios, que hayan afectado a mis compañeros en su totalidad, y todavía no soy capaz de encontrarlos. Fuimos (¿aún somos?) una generación de cambios pobres, una generación desinteresada y cínica. Quizás hubo una serie de momentos individuales pero en general creo que, como grupo, estuvimos contentos, carentes de conflicto y drama. Nadie nos enseñó que ese es lo más próximo a la felicidad. Durante dos años mi escuela fue de puros varones, los conflictos eran agarrarnos a putazos afuera de la escuela o acusarnos, en sus distintas variaciones, de una posible homosexualidad. Y nada más. Cómo cambiaron las cosas cuando entraron las mujeres. Durante un año, apenas tuvimos tiempo de crear diosas, de rezarles, de explorar los caminos de sus faldas y los intereses que podrían tener en un puñado de zarrapastrosos. Sí, hubo algunos cambios, algunos empezaron a vestirse mejor, empezaron a usar loción y se separaban de la camaradería masculina para hablar con ellas durante los descansos entre clase y clase. Yo también lo hice, aunque siempre fui un amigo en vez de un amante deseable (¿Quién lo es en esos años?, Ah, recuerdo a uno, olvidé su apellido, pero no sólo era guapo, también tenía la sombra de la desgracia: sus padres murieron a mitad del ciclo escolar, cómo lo querían las niñas). 199X. Yo fui algo tímido, y gordo, y noble, y amable (a veces lo soy, siempre lo soy, sigo siendo). Genshiken es un anime de otakus, los chavitos obsesionados con el anime, los videojuegos, el manga, el cosplay, todos esos pedazos de subcultura que traspasan fronteras y llegan a fascinarnos a nosotros, los occidentales. Todos somos monstruos en la preparatoria, quizás ahí radica la fascinación de los mangakas. Recorren el anuario (Twenty Century Boy) para buscar los nombres de los olvidados, esos que enajenamos del grupo, y luego se inventan historias de increíble resentimiento, los años para planear la venganza no sólo contra el mundo, también en contra de la memoria, algo que se hubiera arreglado con un acto de gentileza en el instante adecuado. Sade no estaría de acuerdo: Separen a los débiles y mátenlos. Supongo que anticipaba la preparatoria de estos tiempos que...

13033 (Juliette)

By on Domingo, mayo 19, 2013

199X. Estoy en un salón de usos múltiples, junto un grupo de estudiantes de mi edad. Tenemos entre 13 y 15 años. Un personaje de PROVIDA, al frente, pone la canción de “Hotel California” en una grabadora. Todavía se usaban los cassettes. Es sábado, son las diez de la mañana, los otros chamacos hablan de irse a Chapultepec o de irse a pasear al centro saliendo de la plática. A mí no me van a dejar. El barrio donde vivimos es duro, a mi familia le daría miedo y la verdad, no tengo ganas de preocuparlos. Saliendo de ahí me pondré a jugar Super Nintendo, debo estar al 60% de Final Fantasy. El personaje de PROVIDA nos explica que “Hotel California” habla de ritos satánicos, del diablo, el Adversario está presente en cada una de sus letras. Recuerdo, mientras alzo una ceja, algunas bromas que hacen en los sitcoms que veo de madrugada con referencia a esos grupos demasiado bondadosos. Hace mucho que sé del satanismo de la canción, así como de las bromas al supuesto satanismo de la canción. Dejo que siga hablando. No es mi lugar interrumpir, tampoco es mi lugar sugerir que al diablo se le combate con humor y perspicacia (¿el fuego se combate con fuego? Blasfemáis, a la hoguera). ¿Qué podría decir? Señorita, de hecho, he visto que en la tele hacen bromas de la gente que dice una canción es satánica. Mejor que no lo hice. Me habrían jalado a otro lugar, me habrían reclutado en un ánimo de redimir mi espíritu agnóstico. Luego viene el clásico de los Beatles. Algunas canciones esconden mensajes al revés, escuchen aquí. Milagrosamente, Revolution 9 es una adoración al Cornudo Mayor. ¿Los Beatles?, pienso, si ellos son tan buenos… si ellos cambiaron el mundo, si ellos despojaron el aburrimiento de una generación. ¿Cómo puede ser malo? No importa, anótenlo en su lista de música satánica. Nos hacen anotar, en el cuaderno, como si estuviéramos teniendo una clase, como si de verdad hubiera una lección qué aprender, mientras Bolaños (últimamente me acuerdo mucho de Bolaños, una vez me golpeó en el estómago y me sacó el aire. No me digas chaparro, me dijo, no vuelvas a hacerlo, jamás) voltea a mirarme, y hace una mueca que acentúa sus cejas espesas, sus cejas de hombre adulto, seguramente las cejas que lo hicieron gerente, o Comandante. De verdad nadie quiere estar ahí, pero la señorita se ve tan emocionada, y habla duro, habla bien, además del temor de romper sus expectativas podríamos romper otra cosa: su fe. Podría luchar para explicarle que tengo mi fe puesta en otras cosas pero, siempre he pensado (a veces con razón, a veces con equívoco), para que meterme en algo tan molesto. Escojo no hacerlo, como todos los otros que piensan en qué ocuparán su tiempo tan pronto salgan de ese monólogo tan sustancioso. (Me pregunto ahora, mientras releo la entrada, ¿alguno de ellos se habrá unido a PROVIDA? ¿Alguno de ellos sentirá que su alma se consume en el infierno mientras escucha “Hotel...

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