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escrito por el Lunes, mayo 6, 2013

13029 (Juliette)

13029 (Juliette)

Los perros:

  • Como soy mono de ciudad, tomo nota de los perros que tienen en los terrenos que están a mi alrededor. Mi vecino inmediato tiene una jauría de cinco perros. Asumo que son necesarios para proteger el terreno de las ratas, los topos, las víboras, y los perros de los baldíos foráneos. No me imagino que los ladrones sean cosa grave. ¿Qué se van a robar? ¿Mazorcas?
  • Alguna vez me contaron que algunos ladrones entran a los baldíos para robarse los grillos. Los grillos se fríen y se venden como botana en los mercados.
  • En terrenos vecinos, he contado una jauría de tres y una jauría de cuatro o cinco. Otro vecino es dueño de tres boxers a los cuales mantiene encadenados. Estos perros, atados a su correa, nos miran a mí y a Nico pasear (cuando pasamos por ahí, últimamente evito el lugar). Esos perros tienen cara de personas, pienso que algo pensarán de nosotros.
  • No sé si estos perros tengan nombre y si los hayan reducido a una utilidad práctica: La protección. No sé, también, si los alimentan o si los han entrenado de alguna manera. Me sorprendería y me alegraría que sí.
  • Como son más salvajes y viven en un ambiente más primitivo, los perros de mi vecino, el Señor Calavera, mataron a uno de los perros más débiles de la jauría. Luego se lo comieron. No desperdician nada.
  • He visto a la jauría de los cinco perros caminar por toda la cuadra, afuera de los restaurantes, en búsqueda de bolsas de basura. Creo que el Señor Calavera así filtra a su jauría de perros. Deja que vayan por las calles y si la calle es cruel, morirán atropellados, o se perderán al perseguir un olor intenso y no encuentren el camino de regreso.
  • Perder el camino de regreso: Acabar caminando en una carretera de madrugada. Así me perdí yo alguna vez, aunque mi situación, obviamente, fue favorable. Ojalá otros perros encuentren un buen camino tan pronto pisan una autopista.
  • Algunas madrugadas se alebrestan, y aúllan, o ladran. Imagino que algún perro intruso, el perdido de otra jauría, se abre espacio entre los maíces y tiene la esperanza vacua de haber encontrado un nuevo hogar. Entonces los cinco se despiertan, reciben violentamente al intruso, se deshacen de él. Siempre me inquieto cuando eso pasa.
  • Los perros de Coetzee y de Vargas Llosa. Se debe vivir en un lugar con perros liberados, condenados a su lado más salvaje, para que uno pueda apreciarlos como lo que son, la posibilidad de que no son unos animales adorables, domésticos, leales, siempre fieles. No me parece una fantasía, tampoco me parece absurdo, que los perros del Cerro de la Estrella se dedicaran a cazar hombres.
  • Mi perro intentó morderme una vez que le quité el hueso. Tuve que enseñarle que eso no se hace.
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escrito por el Sábado, abril 27, 2013

13026 (Juliette)

13026 (Juliette)

Nico ha practicado, en estos dos años de vivir conmigo, su cara de “No me asombra lo que haces”. También puede ser interpretada como: “No me simpatizas” o “No me sorprende, ya lo he vivido”. Esa cara es vital cuando comparto con ella alguna historia que se me ocurre. Así compruebo si voy por buen o por mal camino. No sé como lo hacía antes de tenerla a ella, quizás era un bruto, un salvaje. Antes se lo recitaba a mi cacto, pero el cacto simplemente buscaba rebatirme todo, incluso lo que no podía ser de otra manera. El cielo es azul, le decía, ¿y por qué debe ser azul, chamaco imberbe? Me refutaba, y luego me espinaba y le daba a beber mi sangre, la cual asimilaba gustoso porque éramos buenos amigos y ningún agua debe ser desperdiciada. A Nico, durante horas, le recito mis ocurrencias en voz alta y anoto sus gestos, si mueve o alza las cejas, si gira los ojos a la derecha o a la izquierda, si bosteza o se relame los bigotes, o bien, si hace la cara tan temida. Sí, en apariencia, todo parece muy seguro con ella pero ya quisiera verlos tratando de adivinar los gestos enigmáticos. Entonces pruebo reescribir la historia en otro tono y leerla diferente, anoto la evolución de los gestos, le ofrezco un hueso y ella ofrece llevarme por un túnel, donde tiene ocultos todos los huesos del mundo, pero no le haría daño tener uno más, porque está en su naturaleza de mamífero recolector. Después de todo, ella gracias a su intuición animal debe tener más claro cuando serán las épocas de carencia, y aunque se le antojaría despedazar el hueso, prefiere guardarlos en caso de una emergencia. Le acaricio las orejas largas. Gracias a ti, quisiera decirle, escribo mejor, pero afortunadamente le basta con los huesos.

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escrito por el Viernes, noviembre 30, 2012

Tres coronas

Tres coronas

Viajando, de repente, me encontré en esta esquina y me detuve a tomarle una foto. “Aquí nos encontramos”, anoté, y luego la esquina dejó de ser esquina, se convirtió en una estructura, un edificio de tres sombreros. Todavía no me recuperaba de mi asombro cuando se convirtieron en tres escalones, y terminó mi viaje, en realidad me encontraba bajando las escaleras de no importa donde, en una espiral infinita, es el momento donde todo se junta: suelo, tierra, cielo. Los tres edificios son una metáfora: ¿presente, pasado y futuro?; ¿hijo, padre y espíritu santo?; ¿madre, padre, hijo?; ¿Clavel, rosa o gardenia? Los tres edificios no son una metáfora, no son edificios, son peldaños. Los tres edificios son tres ventanas, tres gigantes, tres piernas de una deidad inalcanzable. La trinidad de los reflejos, las angustias y una alegría piadosa para llegar al final de los días.

No dejo de pensar en Cronos y como devoraba continuamente a sus hijos. Sí, pues, la gente ya se ocupó en estudiar a Cronos y sus connotaciones sexuales, coprofágicas, freudianos empolvados consumiéndose en su propio óxido, hablemos de otro Cronos, uno similar pero ocupado en otra cosa. Antes era Cronos y para escribir, estaba comiendo y regurgitando continuamente mis hijos, momentos inspirados, creación imparable. Ahora, quizás, soy otra cosa. Alguno de los hijos de Cronos. No puedo escribir, como antes, sin sentir un asomo de culpa. Observo a Cronos, soy el testigo, y no sin antes de una observación meticulosa, anoto en un cuaderno lo que recojo: Su rostro relajado al satisfacer el hambre, el vagido de los niños mientras son triturados entre sus dientes, la expresión inexpugnable de Rea quien guarda, en su interior, el rencor de ser una madre interrumpida. Atrás las cortinas del universo, el mundo todavía no es creado, y si consigo separarme, escribo del testigo que mira la escena y anota cautelosamente cada una de las cosas que suceden.

Recuerdo a los Cuatro Fantásticos y la primera vez que se encontraron con Galactus, Cronos renacido, el devorador de mundos. Cuatro pobres cabrones, con poderes y todo, apenas tienen el tamaño para abrazar uno de los dedos de esa entidad imparable. ¿Cómo podrán detener algo tan grande?, imaginaba, es aún mayor que Godzilla o King Kong. En Final Fantasy VI es una sorpresa cuando enfrentas a Kefka, ya con el poder de los dioses asimilado por su cuerpo, primero te lo presentan como un hombre y después descubres que su cuerpo está dividido en cuatro pantallas. Un cuerpo monstruoso y angelical, entrelazado con otros cuerpos y otras criaturas, construyen un árbol que atraviesa los cielos. (Quizás sólo deseaba romper el televisor, conseguir una entrada a este mundo). La primera vez que lo juegas no sobra ninguno de los personajes, los usarás a todos para vencer al dios falso. En Marvel contra Capcom, eventualmente, peleas contra Onslaught o contra Apocalypse (depende de la versión, en realidad no importa). Tus personajes diminutos luchan contra una mano, y quizás contra una cabeza, existe un ligero temor de que al villano se le ocurra pelear con todo el cuerpo y se deje de tonterías. Lavos, el dios del tiempo, ocupa toda la pantalla.

Salí a comprar cigarrillos y cuando regresé, Nico hizo su festejo acostumbrado. Fue por su oso gordo de peluche, lo agarró con el hocico y paseó en círculos, contoneando suavemente las caderas. Es una perra coqueta, pienso divertido por las múltiples connotaciones de la frase. Al principio, por alguna razón, pensaba que su fijación por el muñeco correspondía a la necesidad quebrada de procrear una camada. El muñeco son los hijos que jamás tendrá. Siento algo de tristeza por todo lo que leí de los bassets como madres y que nunca veré presente en el mío. Me hubiera gustado, sí, tal vez. Encendí un cigarrillo, Nico me miró a los ojos y luego renuncié al pensamiento, es la soledad la que convierte al perro en un individuo. Solo eres una mascota, murmuré, y Nico me ladró. Está bien, dije y me acerqué para palparle su cabeza, también eres mi compañera, mi guardián metafísico.

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escrito por el Martes, noviembre 20, 2012

Bob, el cacto, contra el sol

Bob, el cacto, contra el sol

—En otro lado, en otro tiempo —dice Bob, el cacto, interrumpiendo mi lectura en el banquito del jardín—, tuve un amigo que odiaba el sol y lo odiaba por justos y diversos motivos. Entorpecía sus plumas negras, sudaba sus garras y su pico filoso, nublaba su vista prodigiosa y destilaba el alcohol que había bebido con ganas de olvidar. Quizás si detengo al sol… él pueda regresar. El sol, inexorablemente, lo regresaba a la realidad Tsef Thaed.

—Has dormido tanto que ya no recuerdas: Nadie me llama así desde hace tiempo.

Entonces el cacto empezó a crecer, y crecer. Engordaron sus raíces, el centro acuoso, las espinas, las flores, las areolas y su merístemo apical. Encendí un cigarrillo e intenté platicar con él, como los viejos tiempos, de algún descubrimiento cotidiano.

—No me distraigas. Tengo que crecer.

Salí de la casa apresuradamente, ambos perros con la correa, mientras el cacto seguía creciendo y sus tallos espinosos tomaron la sala, las habitaciones, el techo y luego creció hacia las otras casas. Los vecinos salieron y apuntaron hacia la planta, dudosos de huir o de admirar el evento. Afortunadamente estaba robusto, la confusión vegetal lentamente se adueñaba del panorama, así nadie sospecharía del monstruo que tenía tiempo viviendo en mi jardín. Sin embargo, si el cacto estaba empecinado en tapar al sol, alguien debía empecinarse a parar el cacto. Nos alejamos un poco más. Las espinas tomaron el fraccionamiento, y luego el terreno vecino, y después el centro de San Andrés Cholula y si esto continuaba así, México entero y finalmente el mundo.

—Si hago una esfera que cubra la tierra quizás mi amigo pueda estar tranquilo ydebocubrirelsolparaquetodospodamosdescansaryelcalor…

El cacto empezó a hablar tan rápido que no se le entendía y su voz se convirtió en una vibración natural, algo que rompía con la armonía acostumbrada de la rutina. Era resultado de su crecimiento gutural, o quizás eran las múltiples bocas verdes que generaban su cuerpo multiplicado. Empezaron los accidentes lamentables: gente se pinchaba con sus espinas, los zanates quedaron atrapados entre sus ramificaciones aéreas, los niños y los gatos eran atrapados y masticados indiscriminadamente para seguir alimentándose, las rubias con falda recibieron un poco de su amor violento. Eso sí, el ambiente era fresco, y había mucha sombra. Consideré la posibilidad de dejarlo pasar, el wu wei wu, hermano. Me acaricié la frente, los perros empezaron a ladrarle y lo único que podía pensar era que mi esposa había salido de viaje y que antes de su regreso, tendría que limpiar todo ese desastre.

—Ende escribe en Momo, ¿recuerdas Momo?

nuncanoleirevisemomoEndeporqueesqueestabaestuvemuymuchomásocupado durmiendoenelsueñodelmundodejanohablesdiscutasdiablodemonioporque tuplandesignioesquenopuedalogreconsigarescataramiamigodelasgarras eldiseñodelamuerteysicrezcocrezcocrezcomásquizápuedapasaralotrola doporqueséquehamuertomuriólomatastecuandoelmomentoqueterminastesu historiacuentolibro,nodebistenodebiste,mehasdejadosoloymesentirés ientomuysolosolodesdeeldíaquenoestáestás.

—Él cuenta una historia de la segunda tierra. Un hombre decide construir un globo de papel con el tamaño de la tierra y como la quiere igual, poco a poco muda todos los objetos a ese otro lugar. ¿Entiendes? La Tierra se convirtió en otra Tierra. Lo mismo, pero en el fondo, la angustia de que no es lo mismo. Tienes un límite, es decir, sólo alcanzarás a crecer hasta convertirte en una segunda tierra y si lo haces, la gente aprenderá a vivir sobre ti, construirá casas y fábricas sobre ti y tu amigo seguirá sufriendo las consecuencias del sol. No puedes detenerlo, amigo, a lo mucho lograrás convertirte en un recubrimiento de celofán verde. Nada más.

Seguí hablando con el cacto, en mi papel de sofista (o de fariseo), y lentamente el crecimiento se convirtió en quietud, y la quietud en regreso. Mientras el cacto dejaba de cubrir los cielos del mundo, lo seguí con ambos perros a mi lado, hablando de la imposibilidad de tapar el sol con un dedo, y de que al sol le importa un comino quienes somos porque, a su lado, somos menos que hormigas, menos que ácaros, somos los hijos pequeños del sol y él, en su condición de astro silencioso, dios calorífico, puede hacer lo que guste con nosotros desde que empieza al amanecer hasta unas horas después del ocaso, que le pasa el batón a la luna y así, nos convertimos en esclavos de la noche y siervos de los múltiples cadáveres de las estrellas que nos retan en el cielo. Espinas cayeron en los pisos adoquinados, en los techos de las casas. Llovieron un centenar de flores violeta de cacto sobre los cielos, quizás aún más bellos que los cerezos que sólo puedo imaginar, y que he visto en fotografías y películas. No pude detenerme para admirarlos y por ello sentí que el corazón se me vaciaba, pero debía seguir, porque hay cosas que me importan sobre esta Tierra. Y yo seguía hablando, se me secaba la boca, pero no debía parar porque entonces el cacto empezaría otra de sus necedades, como aquélla vez que lo busqué por todas partes porque el diablo se lo llevó para hacer desastres en el mundo y tuve qué, con un par de amigos, salvar a la humanidad aunque nadie lo sabe y no estoy tan seguro de haberla salvado, porque soy un cobarde, prefiero que piensen que solamente soy valiente cuando escribo, y el cacto fue haciéndose chiquito, más chiquito, mínimo, un microbio para el sol, hasta que cupo misteriosamente en su maceta y me dejó la casa hecha un desastre, pero no lo regañaré, lo haré el día de mañana, después de limpiar las espinas, y los tallos débiles que se quebraron, y ya se espinó uno de mis perros, el más chiquito de ellos, y corre de un lado para otro, aullando como el coyote de un cuento infantil, mientras la orejona lo persigue porque la muy imbécil cree que están jugando, pero no importa, quizás haya tiempo para dejar todo en su lugar.

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escrito por el Jueves, noviembre 15, 2012

Ráfagas cotidianas (de mediados de Noviembre)

Ráfagas cotidianas (de mediados de Noviembre)

De Cholula

  • Anoche tembló en Guerrero y también se sintió en Cholula. Una sirena antisismos instalada en la UDLA, muy parecida a las de Silent Hill, sonó por toda la colonia. No sabía por qué sonaba. Al principio me pregunté: ¿Quién le pondría una sirena tan fea y escandalosa a su automóvil? Luego me di cuenta del movimiento y, claro, hice lo justo: Entré a Twitter para comprobar que temblaba.

  • Cholula me contenta con sus caminatas. Es obvio por qué: Las estudiantes, sus minifaldas, sus shorts y su juventud comprimida en cuerpos juveniles, curvos y sonrientes. A veces lo lamento: Casarme, quizás, fue el inicio de mi destino para convertirme en un viejo rabo verde.

  • No sólo me gustan las piernas desnudas, me gustan las nubes y las ráfagas de aire. El viento penetra entre las malahierbas de los baldíos y hacen ruido de olas. Observa ese mar vegetal.

  • Aunque desprecio a la gente que anda en caballo sobre la acera (y el camino de mierda que nadie se molesta en limpiar), me gusta ver los caballos y escuchar sus cascos en un paso calmo contra el pavimento.

  • Hace unos días alguien me saludó mientras paseaba y me presentó a otra persona como un tuitstar. Fue una sorpresa curiosa, como la vez que conocí a Gamez en un camión y se presentó como alguien que era fan de mi bitácora. Corregí rápidamente. No dejé que lo hicieran con blogstar, no pienso hacer lo mismo con Twitter. Además, siempre hay peces más grandes que uno (en mi caso, hay muchos) y, por más halagador que pueda ser la ilusión de los seguidores que crecen y las estrellas que dejan, sigue siendo una ilusión. Entre más gente te sigue y te busca, los secretos se descubren, la intimidad transmuta en otra cosa y te manosean como una figura pública. El caso más obvio es el de Hortensia, y su chamaquito.

De los perros

  • Como siempre, los perros durmieron durante el temblor. Que los animales avisen de los temblores es un mito.

  • Los primeros días que Sol se fue por trabajo, fui negligente con Nico y dejamos de pasear todos los días. Paseamos poco esa primera semana. Ella me despertó un día a lengüetazos y pidió hablar seriamente conmigo. Una hora de regaños después, le prometí cambiar. Ahora paseamos todos los días, aunque sea poco.

  • Me entristece Killer cuando lo dejo en la casa. Salgo con Nico y a través del vidrio en la puerta, miro como Killer interrumpe su impulso de salir corriendo para simplemente observarnos. Mastica con algo de rencor en su hocico desdentado. Es complicado llevar a dos perros, sobre todo por él: Está acostumbrado a caminar sin correa y tomar la calle a su paso. La correa es una afrenta a su libertad de lobo contenida en el cuerpo de un french minitoy.

  • Quiero ver a Killer viejo (tiene 11 años) pero no puedo. Cuando me animo a sacarlo y hago la maroma de llevar a los dos perros, corre y salta como conejo en el jardín, entre las hierbas.

  • A la hora de cenar, ladra enérgicamente y su cuerpo da pequeños saltitos divertidos. Me hace reír.

  • Nico no quiere comer, aunque eventualmente se rinde y come lo que le doy. Ya lo había hecho antes pero esta vez es más necia. A veces abandona el plato durante una hora en lo que se decide a dar la primera mordida. Me pregunto si busca algún cambio en el alimento. Recientemente lo cambiamos porque el alimento barato provocó una baja de defensas y se quedó sin pelo en un ojo, y en un costado, por culpa de unos hongos.

  • Quizás le cuesta trabajo acostumbrarse a los cambios: Sol no está, los primeros días no paseamos tanto, le cambié la hora del desayuno a la hora que me despierto, cuando salgo la dejo varias horas sola (y no salgo muy a menudo). Es una princesa. Le hace falta un poco de maltrato.

Enigmas

  • La Muerte ya sabe de qué nos vamos a morir justo después de la primera nalgada, o del primer llanto. No es tan triste como parece, al contrario, es un consuelo que alguien sepa.

  • Cuando regrese todo estará mejor, pienso, mientras doy un par de vueltas en la cama. He descubierto que nunca estuve habituado a la soledad, casi siempre dormí con gente.

  • Aprecio mis pocos secretos.

  • El ruido blanco me regresa la nostalgia del insomnio infantil.

Del lector

  • Pensé que leer Proust le quitaría el sabor a lecturas más fáciles (qué pinche snob, mamón) y no, sigo disfrutando mis libros sencillos. En un aspecto más general, eso me preocupa: el repudio a lo sencillo.

  • Actualmente me encuentro leyendo una antología de cuentos steampunk combinados con romance. Algunos cuentos son entretenidos, unos son buenos y otros son simplemente malos. Ninguno me ha parecido genial. Me dio curiosidad el libro porque me gusta el género pero no había conseguido lectura abundante del mismo (Philip Pullman, Samuel Butler, quizás otro par). Es muy fácil encontrar el género en películas, anime y videojuegos: Mad Max, Final Fantasy, Chrono Trigger, Trigun, One Piece, Wild Wild West y un puñado de títulos más. La estética de las máquinas de vapor, los engranes, los visores y los abrigos me parece fascinante.

Del escritor

  • Entiendo la alegría de Alberto Chimal cuando declara, en una entrevista, el triunfo de haber alcanzado 400 páginas (u hojas) en una novela. “Ya sé que puedo, por lo menos, apuntar a ese tipo de escritura”, declara en alguna entrevista y sonreí. En mis propios intentos, lo máximo que he alcanzado son 180 ó 190 páginas y sufro mucho. Algunas veces simplemente lo abandono.

  • Mi novela más reciente se llama M y la escribí proponiéndome su brevedad (quizás es un camino errado y fácil de criticar. ¿De qué sirve delimitar una extensión al inicio?). Al conocer mis límites entre las 120 y 180 páginas, pensé que lograr 70 sería cosa fácil. Hasta, bien chicho, supuse que lo conseguiría en un proceso de dos horas diarias, en dos semanas. Me equivoqué. Conseguí 76 cuartillas en un mes y medio, había días en que simplemente miraba el texto en las dos horas de trabajo.

  • El próximo proyecto es un libro de cuentos. Alguien se atrevió a decirme que eso sería más sencillo. Hace unos años hubiera dicho que sí, pero ahora difiero… luego del trabajo que me costó “Lotófago” (en cinco cuartillas), escribir un libro de cuentos ya no parece tan sencillo, aunque el cuento me parece una fuga lúdica a la tormenta que significa escribir una novela.

  • Hablando con Aldán, le dije que algún día podía acabarse la abundancia de palabras, textos, etcétera. Él simplemente se limitó a decirme, parafraseando, que no fuera mamón y que siguiera como iba.

  • Este año, como escritor profesional, no me fue nada mal: Gané el concurso, publiqué en una antología y quizás me publiquen en otra. He sido constante en mi columna en el guardagujas. Los últimos seis meses aprendí más de lo que he aprendido en muchos años.

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escrito por el Lunes, noviembre 5, 2012

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 64 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.
  • Mi esposa tiene trabajo para mes y medio en otro estado. Ha confiado, con cierta duda ilustrada en sus cejas arqueadas, a mi sola responsabilidad los perros, los asuntos caseros y que no se caiga el Popocatépetl.

  • Pienso en este problema tan contemporáneo: No es gracioso cuando una institución es incapaz de reconocerle a una mujer sus habilidades en el trabajo pero que tierno es cuando un varón se hace cargo de la casa. Míralo como trapea, barre, limpia, cambia los pañales del mocoso. Al instante y con unas gotas de agua, es un caballero. Señalar culpables es un pasatiempo estéril.

  • La soledad me permitió ignorar dos rutinas: La hora de gimnasio y las dos horas nocturnas de televisión. He redescubierto el placer de leer a horas reservadas para otras cosas… Durante la comida, a las cinco de la tarde, a las ocho de la noche. Aderezo con literatura mientras mi panza crece a base de harinas y refrescos.

  • Hay algo de tristeza a la hora de comer cuando ella no se presenta y nadie ayuda a lavar platos, picar verduras, poner aceite en el sartén, empanizar carne, cocer pasta. Mi esposa platica en su trabajo, orgullosamente, que la cocina exige de ambos contratantes y sus compañeros algo envidiosos, antojadizos, preguntan todos los días que alcanzamos a cocinar con la economía del tiempo. Descubren el paraíso de la confianza y la charla.

  • El silencio recobra su fuerza sin pláticas, y sin llegadas. Ambos perros no tienen a quien ladrarle o moverle la cola cuando suena el motor de la camioneta, el arrullo muere y finalmente alguien abre la puerta.

  • Posiblemente sobra decir como ha cambiado el menú gastronómico y el lector ya lo intuyó: hamburguesas, sandwiches de jamón, sincronizadas, quesadillas, jochos, cereal, sabritones, cacahuates enchilados y finalmente la pizza que no terminamos el día que se fue. Las rebanadas esperan pacientemente en el refrigerador al recalentado de la cena. Las mujeres de mi vida son, invariablemente, el impulso de la nutrición y las defensoras imbatibles de las verduras.

  • Al menos a todo le pongo aguacate.

  • En las noches, mientras escribo, pongo la música y el radio a volúmenes normalmente prohibidos por la educación. Ella duerme horarios normales, yo nunca he podido y cuando me encierro en la oficina, pongo música aunque sea a niveles bajos. Sonrío alegremente, soy un adulto-niño que comete la travesura. La venganza es contra el vecino que vive a unos terrenos de distancia y que durante las mañanas suele practicar los discursos entre canción y canción, con el micrófono a todo lo que da, para la fiesta a la que contraten su sonido.

  • Los primeros dos días, para hablar solo volteaba hacia los perros y me refería a ellos como si fueran personas. En la segunda etapa conseguí ignorar a los perros para hablar con mi cigarrillo, con el cenicero, el cacto en el jardín o con la pantalla. Hoy conseguí practicar el soliloquio sin justificarlo. Abrí la boca y nadie pudo callarme… pero como reza el viejo enigma: “¿Si un árbol cae a mitad del bosque y nadie estuvo para escucharlo, realmente hizo ruido?”. La pregunta es un consuelo de la locura aparente.

  • Fumo casi por toda la casa: En la sala, en el comedor, en la cocina, en las escaleras, afuera de mi oficina, en bodega, en la azotehuela, en la entrada, en los pasillos. Los ceniceros sucios desperdigados por doquier, sin nadie que los critique o que los levante. En el único cuarto donde todavía no me atrevo a hacerlo (y tal vez nunca lo haga) es en la recámara.

  • Los perros ya se rindieron en recibir el desayuno a una buena hora (Ella los alimenta a las nueve de la mañana, antes de salir a su trabajo). Duermen a mi lado hasta las diez, once de la mañana, y duermen un poco más (aprovechan la cama, se extienden, toman las almohadas como un descanso para el hocico) en lo que me ducho, me visto, bajo a desayunar, mastico frente a ellos y leo fragmentos de la novela que estoy escribiendo. Desayunan a la hora del almuerzo. No se preocupen. He hablado con ellos, y no les molesta.

  • Pienso: Brunch es el almuerzo. ¿Por qué algunos gringos le toman demasiada atención a la palabra, al concepto? Anoto que debo investigarlo en mi cuaderno de imbecilidades, aprovechando que está descuidadamente abierto ahora que nadie más convive en esta casa.

  • Soy un adolescente y aprovecho la televisión de la sala para ver algo de pornografía. A los pocos minutos, olvido la esperanza del relief, ignoro el volumen alto que quizás espante a los vecinos, recargo la cabeza sobre mis manos y me descubro platicando con una muchacha que no para de pujar.

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escrito por el Sábado, octubre 20, 2012

Camara everywhere

Camara everywhere

Poseer una cámara es una atenta invitación a buscar la simetría, las texturas, la armonía y la geometría en todas partes. Luego camino por la casa, una casa que ya recorrí de arriba para abajo, con la cámara en mano, buscando sombras interesantes o alguna grieta aún desconocida. Es peor salir a la calle: la hierba mala, las nubes, los baldíos, los cadáveres de algunos animales, la basura graciosamente acomodada, las piernas descubiertas de alguna chamaca… parece que todo merece la posibilidad de registrarse en la memoria digital porque la memoria biológica aparentemente es insuficiente.

Últimamente estoy dándole una manita de gato a la organización de mis fotos. Desde el 2004, a la fecha, quizás tendré unos 20,000 archivos. Algunas se repiten, otras son ediciones (quizás les llamaría duplicados estéticos), pero no me atrevo a dar un número real. Igual que las imágenes del blog, la tarea de arreglar las fotos es de una o dos horas semanales, cuando el tiempo lo permite y no tengo otra cosa qué hacer. Los hombres somos animales curiosos. No soy el único que hace esas cosas, lo dudo, desde que tenemos computadoras a la mano hemos despertado los genes del inventario. Etiquetas, carpetas, categorías, memorias… estructuramos un universo digital como si fuéramos bibliotecarios y cada quien tiene sus propios vicios: fotografías, libros, pornografía, películas, música.

Es una tarde esplendorosa (y perezosa) de sábado —lo dicen mi ventana y el baldío del vecino, con sus florecillas amarillas alzadas hacia el cielo. Viene Nico a mover la cola, y mirarme fijamente, preguntándose a qué hora tendré la dignidad de ceñirle la correa al cuello y sacarla a pasear, a olisquear el pasto verde y jalonearme para perseguir zanates bravos y valientes, andantes del suelo y del jardín, quizás me arrepienta luego de lo que diré— pero no me arrepiento de pudrirme, ligeramente, enfrente de una pantalla.

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