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13060 (Super Mario Galaxy)

By on Jueves, agosto 22, 2013

Soñé con B, y un grupo de alegres desconocidos. Creo que antes de la escena que voy a relatar, nos encontrábamos jugando consolas viejas y luego me levantaba para revisar la configuración, quería tener a la mano los viejos juegos, una organización que me permitiera cualquier capricho (una obsesión que ocupó algunos de mis días, quizás todavía). Estábamos reunidos en una plaza, y en la plaza, en un local parecido al ático de una casa americana. No sólo se trataba de jugar, también de trabajar, un ambiente muy relajado. Me gustaría trabajar ahí. Repentinamente, tenía la correa de mi perro en las manos y él me acompañaba. Pensé: “Es cierto, estábamos en medio de un paseo”. Nico se asomó por la ventana, había unos perros monstruosos, extraños. Había un pastor alemán con cuerpo de un conejo trataba de subir las tejas, un gato gigante y gordo, quizás de un metro de cola a cabeza, nos observaba con su enorme cabeza desde las ramas de un árbol. También había algunos boxers, algunos lobos, algunos coyotes, pero con los miembros dispares, retorcidos, y paseaban por las calles para encontrar comida en la basura. B me tomó del hombro, me preguntó que si podría llevarme al lugar donde había sentido la aparición. Sentí un golpe de temor, pero le dije que lo llevaría. Salimos del local y paseamos por la colonia, similar a la del Valle. Había un local para representaciones de teatro amateur que estaba cerrado, y al momento, abierto. Me sorprendió la seriedad del lugar, el escenario, y que los actores eran niños, pero los niños jugaban con el escenario en vez de actuar. Mientras tanto, le narré a B la historia de la aparición: En una calle poco transitada, al menos no lo es desde que la aparición se hizo común, un día caminando con Nico sentí que me suspendía de miedo. No podía seguir caminando, no podía moverme, no podía decir nada. Recordaba todo esto mientras lo platicaba, el recuerdo en el sueño, y la sensación parecía real, podía verme estático, inmóvil, mientras pensaba angustiosamente como salir de la situación. Lo que no le dije fue como sentí la presencia de esa persona, recorriendo con sus delgados y fríos dedos mis hombres, mis brazos, mi espalda, algo de mi rostro. Si pude salir de ahí de ello, decidí en ese momento, fue porque me...

13056 (La invención de Morel / El gran Serafín)

By on Domingo, agosto 11, 2013

Algún escritor, creo que Dostoievski, dijo que podías conocer a una persona a través de su sonrisa. Mi perra, Nico, sonríe de alguna manera (aunque no es una persona). Cuando está acostada, envuelta en sus arrugas y su tranquilidad, estiro sus cachetes colgantes hasta descubrir sus dientes y muestro la sonrisa artificial e incómoda a Sol, o a mis amigos. Miren lo feliz que está, digo, mientras muestra todos los colmillos y nos reímos, porque esa sonrisa es lo menos fiable, lo más forzada, que existe. Generalmente me apena sonreír, no sé por qué, es un placer que disfruto en soledad pero que no acostumbro en una habitación, a no ser que esté con gente muy íntima. Me transporto, inevitablemente, al recuerdo de la sonrisa de algunas actrices y modelos. ¡Cómo les facilitaba las cosas con una sonrisa en el momento indicado! No es necesario enseñar piel para obtener mínimos favores, una simple sonrisa basta. En mi familia somos de carcajadas explosivas, y sinceras, después de todo un día de seriedad y navegar en reflexiones, en el pasado, en el remordimiento, los arrepentimientos. La sonrisa de Sol tiene algo que me desvanece, me desarma, y debo evitarla si no deseo cederle todos los placeres, todos los caprichos, todo el amor que puedo ofrecerle, porque a veces no puedo darlo. Así soy, me guardo algunas cosas, me lo guardo todo, me guardo dos o tres secretos. La sonrisa de Marilyn Monroe, después de Norma Jean, es de una tristeza envidiable, parece que esconde en ella una sabiduría divinal y erótica, ¿cuántos secretos habrá puesto atrás de los dientes, del labial rojo y de los ojos a punto de llorar? La sonrisa lasciva de Lindsey Lohan, en la escena de la orgía, esa que me imaginé, cuando leí el artículo de Times acerca de “The Canyons”. La sonrisa de Ezequiel, con sus ojos pequeños (una chispa muy débil), cuando pedía que le ayudara a entender alguna cosa y ya estaba tan acostumbrado a ella, que le respondía con largas, además del montón de trabajo en las espaldas no quería negar un favor, sentiría que eso me ganaría un pase al infierno. Esas sonrisas infantiles y salvajes, esas que parece te van a...

13035 (Juliette)

By on Sábado, mayo 25, 2013

Pasear con Nico: Anuncio que saldré a pasear con Nico. Ella se levanta de donde esté echada, me sigue cautelosamente, algo sospecha aunque a veces mi anuncio sea silencioso. (Siempre sospecha, la muy mensa se levanta para seguirme a todas partes). Abro la puerta de la bodega, donde guardo sus correas y la cadena de castigo hace ruido. Nico se emociona, busca el juguete más cercano para mordisquearlo, corre un rato en círculos o de un lado a otro, su entusiasmo parece sincero, aunque la verdad, parecen señales de exceso de energía. No entiendo por qué, pasea todos los días, una hora, cuando era un cachorro lo sacaba a pasear una hora y media, a veces dos horas, y terminaba exhausta. Ya tiene dos años, si paseamos esas dos horas eventualmente se rinde y pide descanso. Siéntate, ordeno una o dos veces, cuando termina de correr de un lado a otro y me ve próximo a la puerta, ella hace caso y ciño la correa alrededor de su cuello. Repito la orden al abrir la puerta, salgo antes, le doy la orden de salir y entonces la nariz empieza. Nico no pasea como otros perros, con el hocico levantado y las orejas alzadas, no, ella casi siempre pasea con la nariz en el suelo y las orejas barriendo los olores de la calle. Caminamos media cuadra, giramos a un baldío y he adquirido la costumbre de correr una mínima parte del camino para que no se quede oliendo el basurero del restaurante de mariscos. Si no lo hago, necea, pone toda la fuerza en la densidad de sus huesos, huele los botes de basura, las bolsas que están (o ya no están, pero han dejado su marca, sus hedores) y jalarla se convierte en una proeza. Llegamos a la banqueta de la UDLA, empieza el paseo, la parte divertida para ella, donde la dejo oler el césped los minutos que le sean necesarios. Huele basura, huele las excreciones de otros perros, huele las envolturas de comida que alguien ha tirado descuidadamente y huele hasta encontrar, misteriosamente, todos los huesos de pollo y de cerdo que han tirado los antepasados más lejanos. Hay días que tengo que quitarle dos o tres veces los huesos del hocico, tirarlos lejos, porque ella invariablemente los encuentra. A veces espera hasta el regreso, hasta el día siguiente, o una semana entera, que a mí ya se me olvidaron, para correr directamente al botín, jalarme con todas sus fuerzas, y metérselo a la boca. No puedo distraerme con ella porque nunca sé. La primera mitad del paseo es la más larga. No hay negociación: ella huele el pasto, yo debo retrasar mi marcha, ser paciente, permitirle que haga uso de sus dones, darle su espacio para que cace la comida que —ella jura— comeremos en casa, o en el camino. No puedo convencerla de que vayamos atrás (a una distancia prudente) de la muchachita de nalgas paradas, o la de los muslos bonitos, o atrás de la experta en caminar con tacones. Después de un kilómetro y setecientos metros, nos regresamos y es mi turno. Ella va del lado de la acera, no tiene nada que oler, sabe que es hora de regresar y sus pasos son regulares. Lo único de lo que nos cuidamos es de los otros perros: Ella se detiene cuando ve a otro perro, a veces se agazapa y no se mueve, hasta que tiene la oportunidad de olisquearlo, o saludarlo. Ya aprendió a cuidarse de los perros nerviosos, esos que le ladran, o esos que le gimotean, esos qué, generalmente, sacan a pasear al dueño y lo llevan arrastrando. A esos simplemente voltea a verlos y luego, cuando quedan atrás, sigue volteando, mientras yo la arrastro a ella, y le digo que es hora de regresarnos. Aunque es más fácil ver muchachas durante el regreso, también es más cansado, porque yo ya quiero regresar a mi casa y generalmente las rebasamos, y también a los muchachos, y a las bicicletas flojas, y a los niños parlanchines. Miro a Nico regularmente, me fijo si tiene una expresión cansada, en su respiración y su lengua kilométrica a punto de trapear el concreto. Entonces bajo la velocidad, de todos modos, la zona está menos poblada a esas alturas, menos gente camina por ahí. A veces Nico cacha el olor de una persona, le parece interesante, y no me deja avanzar hasta terminar de oler, por supuesto, a una distancia prudente del personaje que le interesa. Giramos, corremos para evitar la basura del restaurante, evitamos una pequeña jauría de perritos que últimamente se sienten los dueños de la cuadra, el guardia nos abre la puerta y tengo ganas de soltarle la correa. Sólo lo hago cuando hace calor, y después de fijarme varias veces si no hay un carro con la luz encendida. He soñado que así me la atropellan y por eso lo hago pocas veces. De todas maneras, si la suelto, corre directamente a la entrada de la casa, me espera echada en lo que llego, parece satisfecha y feliz de haberse robado un pedazo de mundo. Es hermoso ver como un rostro tan cansado, aunque sea por la naturaleza de su raza, se ilumina con la gracia de un breve...

13029 (Juliette)

By on Lunes, mayo 6, 2013

Los perros: Como soy mono de ciudad, tomo nota de los perros que tienen en los terrenos que están a mi alrededor. Mi vecino inmediato tiene una jauría de cinco perros. Asumo que son necesarios para proteger el terreno de las ratas, los topos, las víboras, y los perros de los baldíos foráneos. No me imagino que los ladrones sean cosa grave. ¿Qué se van a robar? ¿Mazorcas? Alguna vez me contaron que algunos ladrones entran a los baldíos para robarse los grillos. Los grillos se fríen y se venden como botana en los mercados. En terrenos vecinos, he contado una jauría de tres y una jauría de cuatro o cinco. Otro vecino es dueño de tres boxers a los cuales mantiene encadenados. Estos perros, atados a su correa, nos miran a mí y a Nico pasear (cuando pasamos por ahí, últimamente evito el lugar). Esos perros tienen cara de personas, pienso que algo pensarán de nosotros. No sé si estos perros tengan nombre y si los hayan reducido a una utilidad práctica: La protección. No sé, también, si los alimentan o si los han entrenado de alguna manera. Me sorprendería y me alegraría que sí. Como son más salvajes y viven en un ambiente más primitivo, los perros de mi vecino, el Señor Calavera, mataron a uno de los perros más débiles de la jauría. Luego se lo comieron. No desperdician nada. He visto a la jauría de los cinco perros caminar por toda la cuadra, afuera de los restaurantes, en búsqueda de bolsas de basura. Creo que el Señor Calavera así filtra a su jauría de perros. Deja que vayan por las calles y si la calle es cruel, morirán atropellados, o se perderán al perseguir un olor intenso y no encuentren el camino de regreso. Perder el camino de regreso: Acabar caminando en una carretera de madrugada. Así me perdí yo alguna vez, aunque mi situación, obviamente, fue favorable. Ojalá otros perros encuentren un buen camino tan pronto pisan una autopista. Algunas madrugadas se alebrestan, y aúllan, o ladran. Imagino que algún perro intruso, el perdido de otra jauría, se abre espacio entre los maíces y tiene la esperanza vacua de haber encontrado un nuevo hogar. Entonces los cinco se despiertan, reciben violentamente al intruso, se deshacen de él. Siempre me inquieto cuando eso pasa. Los perros de Coetzee y de Vargas Llosa. Se debe vivir en un lugar con perros liberados, condenados a su lado más salvaje, para que uno pueda apreciarlos como lo que son, la posibilidad de que no son unos animales adorables, domésticos, leales, siempre fieles. No me parece una fantasía, tampoco me parece absurdo, que los perros del Cerro de la Estrella se dedicaran a cazar hombres. Mi perro intentó morderme una vez que le quité el hueso. Tuve que enseñarle que eso no se...

13026 (Juliette)

By on Sábado, abril 27, 2013

Nico ha practicado, en estos dos años de vivir conmigo, su cara de “No me asombra lo que haces”. También puede ser interpretada como: “No me simpatizas” o “No me sorprende, ya lo he vivido”. Esa cara es vital cuando comparto con ella alguna historia que se me ocurre. Así compruebo si voy por buen o por mal camino. No sé como lo hacía antes de tenerla a ella, quizás era un bruto, un salvaje. Antes se lo recitaba a mi cacto, pero el cacto simplemente buscaba rebatirme todo, incluso lo que no podía ser de otra manera. El cielo es azul, le decía, ¿y por qué debe ser azul, chamaco imberbe? Me refutaba, y luego me espinaba y le daba a beber mi sangre, la cual asimilaba gustoso porque éramos buenos amigos y ningún agua debe ser desperdiciada. A Nico, durante horas, le recito mis ocurrencias en voz alta y anoto sus gestos, si mueve o alza las cejas, si gira los ojos a la derecha o a la izquierda, si bosteza o se relame los bigotes, o bien, si hace la cara tan temida. Sí, en apariencia, todo parece muy seguro con ella pero ya quisiera verlos tratando de adivinar los gestos enigmáticos. Entonces pruebo reescribir la historia en otro tono y leerla diferente, anoto la evolución de los gestos, le ofrezco un hueso y ella ofrece llevarme por un túnel, donde tiene ocultos todos los huesos del mundo, pero no le haría daño tener uno más, porque está en su naturaleza de mamífero recolector. Después de todo, ella gracias a su intuición animal debe tener más claro cuando serán las épocas de carencia, y aunque se le antojaría despedazar el hueso, prefiere guardarlos en caso de una emergencia. Le acaricio las orejas largas. Gracias a ti, quisiera decirle, escribo mejor, pero afortunadamente le basta con los...

Tres coronas

By on Viernes, noviembre 30, 2012

Viajando, de repente, me encontré en esta esquina y me detuve a tomarle una foto. “Aquí nos encontramos”, anoté, y luego la esquina dejó de ser esquina, se convirtió en una estructura, un edificio de tres sombreros. Todavía no me recuperaba de mi asombro cuando se convirtieron en tres escalones, y terminó mi viaje, en realidad me encontraba bajando las escaleras de no importa donde, en una espiral infinita, es el momento donde todo se junta: suelo, tierra, cielo. Los tres edificios son una metáfora: ¿presente, pasado y futuro?; ¿hijo, padre y espíritu santo?; ¿madre, padre, hijo?; ¿Clavel, rosa o gardenia? Los tres edificios no son una metáfora, no son edificios, son peldaños. Los tres edificios son tres ventanas, tres gigantes, tres piernas de una deidad inalcanzable. La trinidad de los reflejos, las angustias y una alegría piadosa para llegar al final de los días. No dejo de pensar en Cronos y como devoraba continuamente a sus hijos. Sí, pues, la gente ya se ocupó en estudiar a Cronos y sus connotaciones sexuales, coprofágicas, freudianos empolvados consumiéndose en su propio óxido, hablemos de otro Cronos, uno similar pero ocupado en otra cosa. Antes era Cronos y para escribir, estaba comiendo y regurgitando continuamente mis hijos, momentos inspirados, creación imparable. Ahora, quizás, soy otra cosa. Alguno de los hijos de Cronos. No puedo escribir, como antes, sin sentir un asomo de culpa. Observo a Cronos, soy el testigo, y no sin antes de una observación meticulosa, anoto en un cuaderno lo que recojo: Su rostro relajado al satisfacer el hambre, el vagido de los niños mientras son triturados entre sus dientes, la expresión inexpugnable de Rea quien guarda, en su interior, el rencor de ser una madre interrumpida. Atrás las cortinas del universo, el mundo todavía no es creado, y si consigo separarme, escribo del testigo que mira la escena y anota cautelosamente cada una de las cosas que suceden. Recuerdo a los Cuatro Fantásticos y la primera vez que se encontraron con Galactus, Cronos renacido, el devorador de mundos. Cuatro pobres cabrones, con poderes y todo, apenas tienen el tamaño para abrazar uno de los dedos de esa entidad imparable. ¿Cómo podrán detener algo tan grande?, imaginaba, es aún mayor que Godzilla o King Kong. En Final Fantasy VI es una sorpresa cuando enfrentas a Kefka, ya con el poder de los dioses asimilado por su cuerpo, primero te lo presentan como un hombre y después descubres que su cuerpo está dividido en cuatro pantallas. Un cuerpo monstruoso y angelical, entrelazado con otros cuerpos y otras criaturas, construyen un árbol que atraviesa los cielos. (Quizás sólo deseaba romper el televisor, conseguir una entrada a este mundo). La primera vez que lo juegas no sobra ninguno de los personajes, los usarás a todos para vencer al dios falso. En Marvel contra Capcom, eventualmente, peleas contra Onslaught o contra Apocalypse (depende de la versión, en realidad no importa). Tus personajes diminutos luchan contra una mano, y quizás contra una cabeza, existe un ligero temor de que al villano se le ocurra pelear con todo el cuerpo y se deje de tonterías. Lavos, el dios del tiempo, ocupa toda la pantalla. Salí a comprar cigarrillos y cuando regresé, Nico hizo su festejo acostumbrado. Fue por su oso gordo de peluche, lo agarró con el hocico y paseó en círculos, contoneando suavemente las caderas. Es una perra coqueta, pienso divertido por las múltiples connotaciones de la frase. Al principio, por alguna razón, pensaba que su fijación por el muñeco correspondía a la necesidad quebrada de procrear una camada. El muñeco son los hijos que jamás tendrá. Siento algo de tristeza por todo lo que leí de los bassets como madres y que nunca veré presente en el mío. Me hubiera gustado, sí, tal vez. Encendí un cigarrillo, Nico me miró a los ojos y luego renuncié al pensamiento, es la soledad la que convierte al perro en un individuo. Solo eres una mascota, murmuré, y Nico me ladró. Está bien, dije y me acerqué para palparle su cabeza, también eres mi compañera, mi guardián...

Bob, el cacto, contra el sol

By on Martes, noviembre 20, 2012

—En otro lado, en otro tiempo —dice Bob, el cacto, interrumpiendo mi lectura en el banquito del jardín—, tuve un amigo que odiaba el sol y lo odiaba por justos y diversos motivos. Entorpecía sus plumas negras, sudaba sus garras y su pico filoso, nublaba su vista prodigiosa y destilaba el alcohol que había bebido con ganas de olvidar. Quizás si detengo al sol… él pueda regresar. El sol, inexorablemente, lo regresaba a la realidad Tsef Thaed. —Has dormido tanto que ya no recuerdas: Nadie me llama así desde hace tiempo. Entonces el cacto empezó a crecer, y crecer. Engordaron sus raíces, el centro acuoso, las espinas, las flores, las areolas y su merístemo apical. Encendí un cigarrillo e intenté platicar con él, como los viejos tiempos, de algún descubrimiento cotidiano. —No me distraigas. Tengo que crecer. Salí de la casa apresuradamente, ambos perros con la correa, mientras el cacto seguía creciendo y sus tallos espinosos tomaron la sala, las habitaciones, el techo y luego creció hacia las otras casas. Los vecinos salieron y apuntaron hacia la planta, dudosos de huir o de admirar el evento. Afortunadamente estaba robusto, la confusión vegetal lentamente se adueñaba del panorama, así nadie sospecharía del monstruo que tenía tiempo viviendo en mi jardín. Sin embargo, si el cacto estaba empecinado en tapar al sol, alguien debía empecinarse a parar el cacto. Nos alejamos un poco más. Las espinas tomaron el fraccionamiento, y luego el terreno vecino, y después el centro de San Andrés Cholula y si esto continuaba así, México entero y finalmente el mundo. —Si hago una esfera que cubra la tierra quizás mi amigo pueda estar tranquilo ydebocubrirelsolparaquetodospodamosdescansaryelcalor… El cacto empezó a hablar tan rápido que no se le entendía y su voz se convirtió en una vibración natural, algo que rompía con la armonía acostumbrada de la rutina. Era resultado de su crecimiento gutural, o quizás eran las múltiples bocas verdes que generaban su cuerpo multiplicado. Empezaron los accidentes lamentables: gente se pinchaba con sus espinas, los zanates quedaron atrapados entre sus ramificaciones aéreas, los niños y los gatos eran atrapados y masticados indiscriminadamente para seguir alimentándose, las rubias con falda recibieron un poco de su amor violento. Eso sí, el ambiente era fresco, y había mucha sombra. Consideré la posibilidad de dejarlo pasar, el wu wei wu, hermano. Me acaricié la frente, los perros empezaron a ladrarle y lo único que podía pensar era que mi esposa había salido de viaje y que antes de su regreso, tendría que limpiar todo ese desastre. —Ende escribe en Momo, ¿recuerdas Momo? nuncanoleirevisemomoEndeporqueesqueestabaestuvemuymuchomásocupado durmiendoenelsueñodelmundodejanohablesdiscutasdiablodemonioporque tuplandesignioesquenopuedalogreconsigarescataramiamigodelasgarras eldiseñodelamuerteysicrezcocrezcocrezcomásquizápuedapasaralotrola doporqueséquehamuertomuriólomatastecuandoelmomentoqueterminastesu historiacuentolibro,nodebistenodebiste,mehasdejadosoloymesentirés ientomuysolosolodesdeeldíaquenoestáestás. —Él cuenta una historia de la segunda tierra. Un hombre decide construir un globo de papel con el tamaño de la tierra y como la quiere igual, poco a poco muda todos los objetos a ese otro lugar. ¿Entiendes? La Tierra se convirtió en otra Tierra. Lo mismo, pero en el fondo, la angustia de que no es lo mismo. Tienes un límite, es decir, sólo alcanzarás a crecer hasta convertirte en una segunda tierra y si lo haces, la gente aprenderá a vivir sobre ti, construirá casas y fábricas sobre ti y tu amigo seguirá sufriendo las consecuencias del sol. No puedes detenerlo, amigo, a lo mucho lograrás convertirte en un recubrimiento de celofán verde. Nada más. Seguí hablando con el cacto, en mi papel de sofista (o de fariseo), y lentamente el crecimiento se convirtió en quietud, y la quietud en regreso. Mientras el cacto dejaba de cubrir los cielos del mundo, lo seguí con ambos perros a mi lado, hablando de la imposibilidad de tapar el sol con un dedo, y de que al sol le importa un comino quienes somos porque, a su lado, somos menos que hormigas, menos que ácaros, somos los hijos pequeños del sol y él, en su condición de astro silencioso, dios calorífico, puede hacer lo que guste con nosotros desde que empieza al amanecer hasta unas horas después del ocaso, que le pasa el batón a la luna y así, nos convertimos en esclavos de la noche y siervos de los múltiples cadáveres de las estrellas que nos retan en el cielo. Espinas cayeron en los pisos adoquinados, en los techos de las casas. Llovieron un centenar de flores violeta de cacto sobre los cielos, quizás aún más bellos que los cerezos que sólo puedo imaginar, y que he visto en fotografías y películas. No pude detenerme para admirarlos y por ello sentí que el corazón se me vaciaba, pero debía seguir, porque hay cosas que me importan sobre esta Tierra. Y yo seguía hablando, se me secaba la boca, pero no debía parar porque entonces el cacto empezaría otra de sus necedades, como aquélla vez que lo busqué por todas partes porque el diablo se lo llevó para hacer desastres en el mundo y tuve qué, con un par de amigos, salvar a la humanidad aunque nadie lo sabe y no estoy tan seguro de haberla salvado, porque soy un cobarde, prefiero que piensen que solamente soy valiente cuando escribo, y el cacto fue haciéndose chiquito, más chiquito, mínimo, un microbio para el sol, hasta que cupo misteriosamente en su maceta y me dejó la casa hecha un desastre, pero no lo regañaré, lo haré el día de mañana, después de limpiar las espinas, y los tallos débiles que se quebraron, y ya...

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