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Vacaciones de lluvia y de paseos largos.

By on Viernes, julio 1, 2011

Mi hermano vino de vacaciones a Cholula y gracias a ello, he ignorado una buena parte del trabajo y de mis textos inconclusos. Al menos lo he convencido de que nos acompañe a caminar algunos días (a mí, a Sol, a Nico, o a Killer, o quien esté en la puerta listo para caminar el mismo cuadro de siempre). En Colima dejó una vida que conozco sólo por pedazos. Sé que él tenía dos perros grandes que lo acompañaban todos sus días. Se nota como los extraña cuando juega con Nico, cuando la tortura y la persigue, y ella responde saltando encima de él, y empujando con sus patas de boxeador justo en el tiro del pantalón para hacerlo saltar de dolor. Sabía que le agradaría encontrarse con un perro grande e inquieto como este, que sería una buena memoria para sus vacaciones. Mi hermano ya creció… ya tiene veinte años y yo, ya no cuento en este blog nuestras aventuras por cocinar juntos alguno de esos platillos sencillos pero memorables, ya no platico como me acompaña a trabajar a la oficina para que no se quede solo, de las peleas incesantes con nuestra madre, de los líos juveniles de mujeres y esa eterna búsqueda por saber como agradarles, ya no estamos a nueve horas de diferencia para que me cuente los temblores y del calor de Colima. Su personalidad está puliéndose, sí… lo sé, es lo mismo que hace el tiempo con cualquier pelafustán que se permita sentirlo. Tiene los pequeños arranques, compulsiones y obsesiones de nuestra familia y los aplica a sus gustos… y esos gustos, como son diferentes a los de otro en la familia, nos parece algo incomprensible, a veces tonto y a veces –ilusoriamente– sencillo. Aunque sus chistes de matemáticos no me son sencillos –a veces ni siquiera hago el esfuerzo de entenderlos– y él se ríe, al ver como sufro en buscarle un significado. Buscó y compró un cartucho que permite copiar los juegos de Super Nintendo a una tarjeta de memoria. Trajo todo a Puebla y hemos dedicado tiempo a juegos clásicos como Final Fantasy III, Earthbound, BattleToads, entre otros. Es la misma Super Nintendo con la que jugamos cuando fuimos niños. En casa abrió la consola, la limpió y le sacó un par de monedas que le metió cuando apenas tenía cuatro o cinco años, insistiendo que lo estaba haciendo como las maquinitas. Él todavía recuerda el regaño que vino acompañado con la ocurrencia de la moneda. Yo recuerdo que nos obligaron a prenderla y que nos dijeron algo como–: Reza porque prenda… que si no. La Super Nintendo encendió sin ningún problema, mi hermano descubrió que la moneda se quedó atorada justo entre unas protecciones de plástico y que tuvimos mucha suerte. A mí me toca el trabajo de copiar las guías en el Kindle y mientras leo, dirijo a su personaje construido de pixeles cual esté controlado de un lado a otro, mientras se nos va la tarde, la noche, la madrugada. Cenamos a deshoras, tomamos coca cola, nos reímos de como ronca Nico y recordamos, brevemente, la bondad de la vida cuando estábamos juntos. Mi esposa simplemente nos acompaña. A veces se siente ignorada, otras veces trata de unirse o simplemente nos abandona a nuestras anchas, pensando que somos un par de niños. Cuando no estamos jugando Super-Nintendo, nos dedicamos a ver los Caballeros del Zodiaco (Saint Seiya) solo para enseñarle una parte de mi infancia. Recuerdo que el anime me hacía pensar en el honor, en la amistad, en que una lucha debía ser a muerte y qué todo se resolvía encendiendo el Cosmos hasta alcanzar el séptimo sentido. También me gustaba la ensalada de mitos y de creencias que formaban parte del origen de los personajes, de sus ataques especiales y de su filosofía de vida. Me divirtió descubrir que Seiya era Sagitario y que, precisamente, la armadura dorada de Sagitario corría a protegerlo (además de que yo también soy Sagitario. Pensaba que la serie estaba hecha como para mí). Ahora que la veo de nuevo (con voces latinas o con voces japonesas), la encuentro… o un poco tonta, o un poco ingenua, o un poco redundante… pero no ha dejado de ser divertida. Los días son una abundancia de...

Anécdota del video juego en japonés, y un hermano neurótico.

By on Jueves, enero 27, 2011

La semana pasada, invité mi hermano a pasar sus últimos días de vacaciones en Cholula. Trajo su Playstation 2 y una versión japonesa de un juego llamado Kingdom Hearts (2, Final Mix). Es un juego interesante, que junta personajes de dos universos que a simple vista parecerían dispares: El universo Disney y el universo Final Fantasy. En este juego tienes el placer de ver a Mickey Mouse usando un largo abrigo negro, unos ojos de rata enfurecida y blandiendo una espada como si fuera una versión cómica de Conan, el bárbaro. Yo, como fanático de Final Fantasy, disfrutaba las apariciones de mis personajes preferidos, aquellos que me llevaron de la mano a través de horas y horas, de historia y juego. Por otra parte, Disney es el que ocupa un lugar predominante en lo que se refiere a la navegación de mundos. Es decir, juegas la historia de las películas, pero con las intervenciones de Sora (el personaje principal, específicamente creado para la franquicia), Donald (el brujo) y Goofy (el guerrero). La otra cuestión es que los enemigos, y los creadores de todos los problemas en todos los mundos, son Maléfica, Pete (el de Steamboat Willy, ¿lo recuerdan?), unos seres llamados Heartless y la inclusión de los Nobodies. A simple vista, uno piensa Disney, video juego, juegas las películas… no puede ser tan difícil. Lo es. Mi hermano no trajo cualquier versión del juego, trajo la versión “Final Mix”, que salió exclusivamente en Japón. La versión “Final Mix” incluye una dificultad llamada “Critical”. Los japoneses, como son curiosos y extraños (así se ven de lejos), cuando tienen un videojuego de este tipo en sus manos quieren sacarle el mayor jugo posible y ese jugo sólo los dejará satisfechos si tiene un picante extra que los haga llorar por dentro y que les carcoma el hígado. Cuando nosotros los occidentales recibimos los videojuegos de Japón que tienen la suerte de ser traducidos, las compañías dan órdenes específicas de que los tienen que bajar de dificultad, para que el cliente disfrute el juego. Los japoneses no lo disfrutan. Ellos necesitan perder años de su vida mientras hacen corajes en silencio y se tragan sus malas palabras. En algún momento de la vida, jugué la versión normal del video juego. Sólo que no lo acabé porque me distraje… quién sabe con qué. Seguro mi archivo salvado está en la memoria y estoy casi seguro que está a una pantalla del jefe final. En algo me distraje. Así que cuando me dijo que traería ese juego, en la versión japonesa especial, me encogí de hombros y me dije por qué no. Será divertido ver de todo lo que me perdí. ¿Cómo le haremos para entenderlo?, le pregunté. Ya me explicó que el juego tenía todas las voces en inglés para las escenas y qué traía una serie de guías impresas que facilitarían saber todo lo que picamos, escogemos y necesitamos. Genial. Traételo. Ah, otra cosa, añadió. ¿Qué? Lo quiero jugar en Critical, me dijo. Creo que hace poco expliqué que el oriental, de alguna manera, vive una cultura de paciencia. La paciencia involucra, pues, que aún cuando estés frustrado por no hacer bien las cosas, necesitas seguir haciéndolo, necesitas repetirlo, una y otra vez. El occidental no toma como sana costumbre la repetición y la paciencia. Esto en términos muy generales, por supuesto. A la mejor estoy disparando el aire, pero aplicándolo a un video juego, puedo entender perfectamente que un japonés repita las cosas hasta aprenderse los patrones que necesita para vencer. El occidental no siempre tiene la paciencia de la repetición y habrá de aventar el control en algún momento, directo a su televisor de miles de pesos, dólares o euros. Dejemos de lado al occidental y a los orientales, y a mis términos generales, hablemos de algo que tengo muy claro… mi hermano no tiene paciencia. Es el hombre con menos paciencia sobre la tierra. Eso no quiere decir que no deje de intentarlo, sin embargo, verbaliza intensamente sus fallos y golpea los sillones. Tuve que defender mi televisor un par de veces. Cuando lo veo jugar peleas, puedo notar que es rápido, que es preciso, pero cuando está perdiendo, adquiere momentáneamente el síndrome de Tourette y groserías que pensaba inimaginables salen de sus labios, junto con una espuma de corrupción y odio. Mi hermano se transforma. Mi hermano quería jugar un juego en dificultad especial para japoneses. Me encogí de hombros, y me dije, es posible que en esta ocasión, pueda ser paciente y tome esto como un reto divertido, alegre, un reto para el alma, es posible que todavía pueda cambiar. Así ha de pensar una esposa que sufre de abuso intrafamiliar. Tan pronto comenzamos el juego y descubrimos que nos mataban con un putazo, mejor me empecé a reír. Me reí durante las pocas veces que tuve el control en mis manos y luego me reí cuando mi hermano se moría. Pensaba lograr uno de esos bonitos momentos familiares, como en las películas, donde ambos reímos por las circunstancias. No debí reírme. ¿Por qué te ríes? me preguntaba mi hermano, con un instinto asesino asomándose por sus ojos, ME CAGO EN LA CACA (redundancia, le hubiera dicho, pero mejor me callé) NOS ESTÁN PARTIENDO LA MADRE, SORA ES UN INÚTIL, EL PUTO DE GOOFY SÓLO ESTORBA (juré ver una lágrima en el Goofy digital y romperle el...

De la carretera y sus caminos misteriosos.

By on Martes, diciembre 28, 2010

La Navidad en casa de los Salazar es para el estómago. Ya conozco el ritual donde mi familia platica y preguntan los antojos. A los días siguientes se hacen las compras. No falta la ensalada de la abuela, la pierna, los pasteles y los helados. Comer, dormir y ver películas o series a través de la red inalámbrica. Eso, al parecer, es un cielo personal. El cielo de un hombre moderno, escondido en su pedazo de ciudad. Totalmente contrario a las costumbres familiares de mi mujer, que involucran los paseos a las tiendas, curiosear los aparadores, atravesar los ríos de gente, las búsquedas de luces, las visitas a todas las familias para comer el famoso recalentado, el cine de fin de semana porque luego no hay otra cosa qué hacer. Tal vez se debe a que mi familia es pequeña y viven en un lugar pequeño. Este año, disfruté mejor esa costumbre pasiva de mi familia. Debe ser la edad y mi estómago, infinitamente más grande. Ya no tengo el mismo hervor para quejarme del frenesí capitalista y que diciembre es la época donde los diablos nos piden más dinero y una línea de crédito más grande. Me auto regalé una cámara de bolsillo. Jugué junto con mi hermano pedazos de historia en 16 y 32 bits (Ninja Gaiden Trilogy y Castlevania Rondo of Blood). Vi a mi esposa dormir, mientras nosotros jugábamos, nos servíamos más refresco o ensalada, o mirábamos las aventuras de Rick, el tipo con la casa de empeño en las Vegas. Mi esposa se quejó–. No dormí bien, todos ustedes tienen el mismo horario. Somos de noche, ¿qué decir? Para terminar el año, sigo leyendo “Tiempo de abrazar” de Onetti. Otra vez ese curioso tema donde hay un amante menor de edad. No en la misma circunstancia que su cuento “La cara de la desgracia”, pero similar. Sí, ya sé, obvia referencia a Nabokov ¿Es la única? Ese tema jaló tanto que escribió su cuento dos veces. Los hombres de Onetti, esos hombres hartos de su vida, de rasgos aparentemente misóginos (simplemente tienen miedo), esos hombres de ciudad que sueñan con ser hombres provincianos, como los gauchos, o los vaqueros de Marlboro. Desprecian el dinero, pero ahí están. Desprecian las luces de los bares, pero viven encima de ellas. Me hizo sonreír en el momento que sentenció: “Las mujeres no saben fumar”. Otra línea maestra: “Ojalá fuera tan fácil como desnudar un brazo”. Son hombres que desean ser otro hombre: un hombre rústico y supuestamente verdadero, pero es que piensan demasiado. Son los ingenuos que desprecian. Borges también hablaba de esos hombres, los marineros, los de provincia, para él eran hombres violentos. Onetti, con Julio Jason, los pinta como un modelo, una meta deseable. Las mujeres de Onetti son voluptosas, deseables y rencorosas. No importa si son inteligentes o vulgares, huecas o astutas, son una fuente de conflicto. Cuando un personaje masculino subestima a una mujer de Onetti, inevitablemente recibirá un castigo. Las mujeres de Onetti son carnosas, pinta a la perfección sus cuerpos. Supongo, que un lector de Onetti siempre tendrá una erección. Como una broma para terminar el año, Facebook me hizo el favor de mandarme una notificación. Alguno de mis primos, por algún motivo, me etiquetó en una de las fotos que subió mi padre. Mi padre, pues, jamás ha platicado conmigo. Durante un rato me quedé mirando la fotografía y luego el nombre de mi padre. “Every cowboy has daddy issues”, tal vez por eso hablo de vaqueros, de gauchos, de los hombres modelos y de modos familiares. Recuerdo, hace unos años, cuanto peleaba, y apretaba los dientes, pataleaba y golpeaba para hacerme un lugar en dónde fuera. Ahora parece que no tengo que pelearle a nadie, y sólo me quedan esos momentos metafísicos donde una fotografía, una etiqueta de facebook, un cigarrillo consumido, el escándalo alrededor, moldean mi rostro y moldean mis manos, y me hacen quién sabe qué. Cerré la fotografía, hice una mueca y luego me dirigí a ese otro lugar. Hablar de lo que uno siente, sin hacerlo mierda. Es decir, escribir bien es lo mismo que comunicar o negociar en el mundo. Expresar los sentimientos requiere maestría y delicadeza. Requiere que las manos o la boca, o el sexo, sean una plumilla y abrir el flujo para que sea preciso. Pensaba, tal vez, que debería escribir sin que los sentimientos se apoderaran de la hoja. Evitar la cursilería. Ahora, pienso que la meta es tal vez… manejar la pluma y sentir… Algo en qué pensar. Onetti logra que los hombres de Onetti odien su propia cursilería, pero a la vez, sienten cuando se requiere. Algo en qué pensar. Para terminar el año… estaba en la camioneta de mi suegro, mirando por la ventana los plantíos de caña que abundan por el sureste de la República. Sol hablaba con sus padres acerca de la Navidad y lo que hicimos en casa, mientras yo simplemente trataba de robarme paisajes. Me mareaba, porque el señor conduce rápido de verdad y me hace darme cuenta que apensas soy un fragmento de hombre porque a veces, no me sentía con estómago para soportar su velocidad y su destreza de carretera. Supongo que algunos hombres adquieren esa habilidad en algún momento, los hombres que viajan en sus coches. Para terminar el año, estoy en ese lugar donde empezaron muchas cosas, donde se...

Clic, clic, clic.

By on Martes, abril 13, 2010

¿Soy el único que escucha un cangrejo? Clic, clic, clic. Así suenan los controles cuando viciosos videojugadores, matan a sus rivales usando los poderes del chi para quemarlos. El clac, clac, clac, ha reemplazado el poder de los puños, la meditación, conjugar la energía de la naturaleza en un punto central para la acumulación y la liberación exitosa de un buen madrazo. También es el sonido de los nuevos gurús, mientras leen todo el internet a toda velocidad. Digo leer, porque ahora con los videos, el mundo se ha llenado de pendejos que ya no necesitan escribir y el mundo nos hace más pendejos porque asumen que tenemos el tiempo para observar los videos explicativos que dan instrucciones o nos venden las nuevas aplicaciones. El clec, clec, clec, de un hombre que fuma y escribe. Me gusta leer y escribir. Me gusta llegar a leer, no abrir un video de youtube que supuestamente me hará feliz a cambio de tres minutos de mi tiempo. Sólo en las noches, cuando todo termina, puedo entonces sentarme a decidir que quiero… ver o leer, ver o escribir, escuchar o tomar, fumar o esperar, erectar o eyacular. ¿Qué acabo de decir? Esos juegos horribles, juegos vulgares y poco discretos. Cluc, cluc, cluc, hacen las gallinas. Clac, clac, clac, las camas...

Impersonal.

By on Miércoles, febrero 25, 2009

* Volteé a mi izquierda y lo miré, agarrarse de los muros y buscar su camino entre la oscuridad. Por un momento, recargué mi rostro sobre mi mano, en un gesto de observación a lo único interesante que había que observar. Sus movimientos eran más erráticos de costumbre. Luego pensé que se había quedado dormido, así de pié, mirando al piso, balanceándose eternamente. El balanceo lento como las olas de mar. Hice un gesto, no recuerdo cual, y olvidé ese momento que seguro, más tarde, me provocaría tristeza. * La confesión es un recurso para buscar la aceptación de otro. Al confesar secretos –curioso, me acordé de ti, “Fabiola” (sólo por las confesiones)– tienes la oportunidad de mostrarte como el monstruo que crees que eres. En el fondo, me separo de mi mismo y sigo cometiendo un par de diabluras. Soy el mismo monstruo. Tengo secretos que todavía puedo confesar, así que mi alma está en paz. * Lo miré arrastrándose como una mancha en las sombras, preguntándome si necesitaría ayuda. Me quedé aferrado en mi asiento, todavía con el mentón sobre la mano. ¿Qué pasará en el futuro? Nos hemos hecho viejos, hermano, y no hemos cambiado nada. ¿Mi culpa, tu culpa, nuestra culpa, por mi gran culpa? * Traté de recordar, pero ya no...

Escribir un post a manera de microbitos.

By on Jueves, enero 15, 2009

* Quisiera ser un microbito, dice la canción de Fobia. No me había dado cuenta de sus intenciones sexuales hasta que un día me puse a escuchar bien la canción recién cumplidos mis veintes. Ahora, cada que la escucho, sonrío y me sonrojo. (Nah). * Estoy tomando té. No había café. Según mi jueguito de bajar de peso… ¡Prepárate un rico té, en vez de un rico café! * Me acuerdo de la canción de Abeja, El Desayuno, cada vez que me digo: Un rico café. * Un casting es como escribir microficción. Explicarle a un actor la historia de chingadazo y que este la comprenda para hacerla, pues, de chingadazo. Por eso, de tanta microficción que existe, sólo pocos cuentos pueden ser considerados “geniales”. Una verdadera historia, necesita un desarrollo. El escritor no debe temer el desarrollo. Después de todo, cada oración, es un pedazo de microficción en sí, que puede crear el universo completo. * Me levanté temprano para ir a mi filmación. * El primer despertador, fue el de mi hermano a las cinco de la mañana. Recuerdo que entrecerré los ojos y le grité–. Apaga esa chingadera. * El segundo despertador, fue el de la Nintendo DS, el cual tienes que apagar con la plumita táctil. Eso me preocupa un poco. Algún día, en mis sonambulismos, podría perderla. * Desperté antes del tercer despertador. A las seis con quince estaba listo para salir. Cuando en alta tensión vi una fila interminable de coches agarré en cuenta de las obras que están haciendo en revolución y regresé a la comodidad de mi hogar. * –Señor Oso, tengo los contratos ya firmados. ¿Le molestaría si checo a mis niños por teléfono? ¿No? Sí señor, yo me aseguraré de saber donde están y cómo van. * Una de las madres era española. Cuando me respondió el teléfono por tercera vez, le dije–. Ahora sí que va a decir como los mexicanos, “Ah cómo chinga”, ¿pero dónde dice que esta? –La señora rió antes de responder algo. * Hoy vi algo que me asombró, y hará algunos decir–. Pinche chilango –pero vi unos remolques de la marina enormes, pintados totalmente de gris. Uno de ellos cargaba una camioneta. El taxista estaba igual de sorprendido que yo. La gente en las esquinas, miraba los remolques con curiosidad y los conductores guardaban una respetuosa distancia. * Llegaron dos Jimenas Padilla a la filmación, lo cual, no fue precisamente bueno. Igual tuve que resolverlo por teléfono. * Hice mi caminata diaria. Se supone que lo subí a cuarenta minutos. (Uh, Mufasa). Me sentí bien caminando un viejo rumbo que tomé con mi hermano un par de veces, cuando mi abuela todavía vivía. Asocio la caminata con los queridos vivos y los queridos muertos. Recuerdo mientras camino. Olvido ponerme el reproductor en las orejas. La música, a veces, distrae la nostalgia. * Metí el celular a la regadera. Ley de Murphy: me llamaron por teléfono. –¿Te agarré en el baño? –preguntó mi AD. –Sí señor, pero usted dígame. No hay problema. * Mi hermano se rió cuando compré mi podómetro (en inglés, pedometer. Cuando lo buscaba en las tiendas, a veces preguntaba por pedómetros). Leyó el instructivo sarcásticamente–. Hay un ejercicio que es el más seguro de todos: Caminar –Luego de su carcajada, me regresó mi instructivo, mi podómetro y perdió la curiosidad. * Mi hermano entrena halterofilia, y como el cabrón tiene un cuerpazo, se ríe de mi panza gozosamente. Ya lo veré en unos años cuando deje de ser un jovencito con el metabolismo de una puberta… * En líneas, se tratan muchos más temas, pero de manera superficial. La superficialidad la mata el lector cuando con unas líneas, acompleta con su propia imaginación. Alabados sean los...

La próxima semana, cenaré con una reina de belleza.

By on Miércoles, enero 7, 2009

Habrá deseado algún pobre iluso. Yo encantado me iría a cenar con una reina de belleza, para platicar de los problemas astrofísicos que nos aquejan últimamente desde que se acerca el 2012, el año donde según los mayas, terminará el mundo. Ahora que ya pasamos el umbral, y esto se llama 2009, recuerdo que cuando comí las uvas en el 2008 no pedí muchos deseos, sólo que el amor de Sol todavía fuera vigente. Pedir que el amor sea vigente, es lo mismo que pedir que un cartón de leche se conserve. El amor, como la leche desperdiciada, transmuta y transforma en otras cosas. La leche puede transformarse en queso, o en hartos búlgaros, me gusta más el queso que los búlgaros. Si el amor se transforma en queso, podría hacerme quesadillas. Me gusta el queso. No deseé dejar de fumar. Ya lo hice una vez, y fue horrible. Tal vez me someta a ese tratamiento masoquista en el futuro. No deseé tampoco, bajar de peso. Sin embargo, estoy haciendo pequeñas mejoras a la salud. Tomo té, por ejemplo. Tomo agua, por ejemplo. Tomo menos coca cola, por ejemplo. Evito dulcitos, por ejemplo. Me compré un podómetro y junto con un juego de la Nintendo DS (My Weight Loss Coach), registro los pasos que camino diariamente. Nada muy espectacular. Sin embargo, he re-descubierto el gusto por caminar. Ayer me sentí muy sedentario, mientras estaba en la oficina esperando trabajo, así que levanté mi gordo trasero y fui a dar unas cuantas vueltas a la cuadra. Hoy caminé por la unidad y re-encontré uno de los escalones donde anoté “T-T” en el cemento fresco. Pequeño vándalo. No pude recordar en que año lo hice. Si no me equivoco, lo hice mientras caminaba con mi hermano, cuando regresábamos de su escuela. Nos topamos con el cemento fresco, tomé una varita y lo escribí: “T-T”. Dormía mucho en aquel entonces, y lo abandonaba en mi trabajo. Trataba de ir por él a la escuela todos los días, pero a veces los desvelos me hacían dormir de más. Los desvelos y la tristeza. Los desvelos y convertirme en adulto. T-T de Tsef Thaed. Hace mucho, nadie me conoce por ese alias. Me gustó más el Árbol, me gustó más el Fest. Estos cambios que hace uno mientras suceden los años. ¿Cómo me voy a llamar en veinte? Caminé por la unidad, y lo disfruté, reconocí a los viejos de siempre, callados e insulsos, haciendo sus paseos con los perros. Eso debe ser un trofeo: Ser un viejo y pasear con el perro. Es el trofeo de una larga vida de triunfos, fracasos, privaciones, decepciones y resolución de problemas y la vida. Me sentí viejito, callado e insulso, subiendo las escaleras y bajándolas de nuevo. Sube el piano, baja el piano. Eso es la vida. Avanza un paso, retrocede dos, pasa a cobrar y todo ese rollo turístico mundial. Feliz 2009, sea...

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