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escrito por el Sábado, abril 20, 2013

13025 (Juliette)

13025 (Juliette)

Lista de cosas que me preocuparon al iniciar el 2013:

  • Los kilos que bajé, y subí, y ahora debo bajar de nuevo. Ni modo. Hay que dejar la coca cola. Busco hacer ejercicio además de las caminatas con los perros y el cardio de tres o cuatro veces a la semana en el gimnasio. El ejercicio también es tiempo al día que desaparece.
  • Organizar el tiempo para leer libros quita muchos otros placeres: La televisión, los videojuegos, el ocio en internet, las charlas con los amigos. Sin embargo, la lectura y su obligado tiempo de reflexión, son uno de los ejes principales en la vida del escritor.
  • Escribir en el árbol para no dejarlo a la merced de las islas binarias. Ya son muchas, y son muy abandonadas, y no quiero escribir mi blog en Facebook. Trataré de escribir las anotaciones los lunes y los domingos, un par de horas, y luego programarlas al azar para que se publiquen solas.
  • Son tantos y muchos los textos que quiero escribir. Tomo notas en el teléfono mientras camino, pero no es hasta que me siente y empiece que no sabré si debo perseguir la idea o desecharla. Es cierto. La inspiración (ese término espantoso) llega cuando menos lo espera uno. El trabajo es pulir esa inspiración y convertirlo en algo, lo más cercano que se pueda, perfecto.
  • También tener tiempo para el ocio, y divertirse. También es necesario relajar la cabeza para no consumirse en el propio pensamiento. Ojalá pueda ver a mis amigos, ojalá pueda beber con ellos, ojalá disfrute mucho a mi mujer y a mis perros, ojalá siga disfrutando mucho más que lo hice el año pasado, y el año pasado a este, y deje la nausea para pocas fechas, porque la nausea está bien, nos recuerda que somos polvo, pero tampoco se trata de convertirnos en lodo.
  • El Bushido me recordó una cosa muy sencilla que pensaba siempre, desde niño. Puedo morir en cualquier momento, e incluso, debo despertar preparado a la muerte. Que no se desperdicie ningún segundo pero que los segundos desperdiciados tampoco sean completamente estériles.
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escrito por el Miércoles, enero 30, 2013

13010 (Aleph)

13010 (Aleph)

En la playa sabía que no podría trabajar en mi proyecto actual, así que fui insistente y todos los días me la pasé rezando el mantra: “Aquí no escribirás, aquí viniste a descansar”. Pobre imbécil. Todos los días pensé en el libro que dejé a medias, resguardado bajo el Popocatépetl y las orejas de Nico, y a cada oportunidad sacaba el teléfono para dictar líneas, o escribirlas, o anotar el nombre de algún personaje, o los inconvenientes de escribir el cuento de una forma cuando otra puede ser mucho más interesante, una exploración satisfactoria. Aquí no escribirás, me dije otra vez, pero luego en medio del bufet, con el pedazo de hamburguesa en la boca, algún vecino de mesa decía alguna brillantez y los dedos temblaron, de nuevo el celular en mano, otra nota en el diario de todas las cosas. El sosiego lo encontré todos los atardeceres, el sol cayendo a las fauces del mar, un cigarrillo encendido y cientos de suspiros. Es cierto, murmuraba, nadie puede escribir cuando está contento.

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escrito por el Lunes, noviembre 5, 2012

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 64 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.
  • Mi esposa tiene trabajo para mes y medio en otro estado. Ha confiado, con cierta duda ilustrada en sus cejas arqueadas, a mi sola responsabilidad los perros, los asuntos caseros y que no se caiga el Popocatépetl.

  • Pienso en este problema tan contemporáneo: No es gracioso cuando una institución es incapaz de reconocerle a una mujer sus habilidades en el trabajo pero que tierno es cuando un varón se hace cargo de la casa. Míralo como trapea, barre, limpia, cambia los pañales del mocoso. Al instante y con unas gotas de agua, es un caballero. Señalar culpables es un pasatiempo estéril.

  • La soledad me permitió ignorar dos rutinas: La hora de gimnasio y las dos horas nocturnas de televisión. He redescubierto el placer de leer a horas reservadas para otras cosas… Durante la comida, a las cinco de la tarde, a las ocho de la noche. Aderezo con literatura mientras mi panza crece a base de harinas y refrescos.

  • Hay algo de tristeza a la hora de comer cuando ella no se presenta y nadie ayuda a lavar platos, picar verduras, poner aceite en el sartén, empanizar carne, cocer pasta. Mi esposa platica en su trabajo, orgullosamente, que la cocina exige de ambos contratantes y sus compañeros algo envidiosos, antojadizos, preguntan todos los días que alcanzamos a cocinar con la economía del tiempo. Descubren el paraíso de la confianza y la charla.

  • El silencio recobra su fuerza sin pláticas, y sin llegadas. Ambos perros no tienen a quien ladrarle o moverle la cola cuando suena el motor de la camioneta, el arrullo muere y finalmente alguien abre la puerta.

  • Posiblemente sobra decir como ha cambiado el menú gastronómico y el lector ya lo intuyó: hamburguesas, sandwiches de jamón, sincronizadas, quesadillas, jochos, cereal, sabritones, cacahuates enchilados y finalmente la pizza que no terminamos el día que se fue. Las rebanadas esperan pacientemente en el refrigerador al recalentado de la cena. Las mujeres de mi vida son, invariablemente, el impulso de la nutrición y las defensoras imbatibles de las verduras.

  • Al menos a todo le pongo aguacate.

  • En las noches, mientras escribo, pongo la música y el radio a volúmenes normalmente prohibidos por la educación. Ella duerme horarios normales, yo nunca he podido y cuando me encierro en la oficina, pongo música aunque sea a niveles bajos. Sonrío alegremente, soy un adulto-niño que comete la travesura. La venganza es contra el vecino que vive a unos terrenos de distancia y que durante las mañanas suele practicar los discursos entre canción y canción, con el micrófono a todo lo que da, para la fiesta a la que contraten su sonido.

  • Los primeros dos días, para hablar solo volteaba hacia los perros y me refería a ellos como si fueran personas. En la segunda etapa conseguí ignorar a los perros para hablar con mi cigarrillo, con el cenicero, el cacto en el jardín o con la pantalla. Hoy conseguí practicar el soliloquio sin justificarlo. Abrí la boca y nadie pudo callarme… pero como reza el viejo enigma: “¿Si un árbol cae a mitad del bosque y nadie estuvo para escucharlo, realmente hizo ruido?”. La pregunta es un consuelo de la locura aparente.

  • Fumo casi por toda la casa: En la sala, en el comedor, en la cocina, en las escaleras, afuera de mi oficina, en bodega, en la azotehuela, en la entrada, en los pasillos. Los ceniceros sucios desperdigados por doquier, sin nadie que los critique o que los levante. En el único cuarto donde todavía no me atrevo a hacerlo (y tal vez nunca lo haga) es en la recámara.

  • Los perros ya se rindieron en recibir el desayuno a una buena hora (Ella los alimenta a las nueve de la mañana, antes de salir a su trabajo). Duermen a mi lado hasta las diez, once de la mañana, y duermen un poco más (aprovechan la cama, se extienden, toman las almohadas como un descanso para el hocico) en lo que me ducho, me visto, bajo a desayunar, mastico frente a ellos y leo fragmentos de la novela que estoy escribiendo. Desayunan a la hora del almuerzo. No se preocupen. He hablado con ellos, y no les molesta.

  • Pienso: Brunch es el almuerzo. ¿Por qué algunos gringos le toman demasiada atención a la palabra, al concepto? Anoto que debo investigarlo en mi cuaderno de imbecilidades, aprovechando que está descuidadamente abierto ahora que nadie más convive en esta casa.

  • Soy un adolescente y aprovecho la televisión de la sala para ver algo de pornografía. A los pocos minutos, olvido la esperanza del relief, ignoro el volumen alto que quizás espante a los vecinos, recargo la cabeza sobre mis manos y me descubro platicando con una muchacha que no para de pujar.

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escrito por el Lunes, octubre 22, 2012

El café de hace unos años

El café de hace unos años

El domingo abrí una caja de Pandora: Los comentarios que solían existir en este blog, cuando era el de los mil nombres y antes de eso, el cibernauta. Tengo un backup en el servicio de comentarios de disqus (además de los múltiples backups en bases de datos).

No sé cuántos son con exactitud. Unos quince mil, quizás. No es que mi blog fuera tan popular (un poco… sí, en aquel entonces lo era), también es que atiné con el posicionamiento y los títulos. Algunas entradas atraían visitantes curiosos que deseaban saber el significado de su nombre, nombres para duendes o unicornios (?) o que deseaban compartir el significado de un sueño que tuvieron, y usaban este espacio como un foro para buscar respuestas a cuestiones lejanas a la intención del contenido original.

Sin embargo, el restante de esos comentarios son amables y me ayudaron a darle un vistazo al pasado. Ocupé el domingo, tan absurdo y tan cansino, en regresar algunos de esos comentarios al blog. Un año de datos (de los diez que son en total), copy-paste, publicar, editar nombre y e-mail. No pude regresar varios porque en el translado borré un puñado de entradas que ahora están en el limbo binario. También pensé en editar la fecha pero se me hizo demasiado, así que he cometido el pecado de revivir muertos y crear una paradoja anacrónica. Ojalá dios internet me perdone.

Cuando hice el traspaso olvidé, sinceramente, que los comentarios también son parte de la documentación, una extensión de los amigos y los lectores que se han conseguido a través del tiempo. Es un testimonio de como han cambiado los lectores blogosféricos, sus modos y sus motivaciones.

Hay algo que siempre tuve en cuenta cuando abrí un blog: Sus comentaristas en algún momento se van a cansar y se van a ir. Tienen una vida, los gustos cambian (o el autor se casa, como yo, y misteriosamente se pierden muchas visitas, quien-sabe-por-qué), los autores se abandonan, incluso un autor de bitácora. Los lectores, igual que el escritor (sobre todo uno que platica su vida en este medio), son una cosa viva, con sus problemas, y sus movimientos, y sus encrucijadas. Nunca se sabe a donde irán o con quién te engañarán el día de mañana.

Además los distintos servicios que han surgido a través de los años han separado, de manera eficaz y cruel, las motivaciones de un blog. ¿Para qué tener uno de pornografía y ocio si puedes abrir un Tumblr? ¿Para qué tener un blog de tus fotografías si puedes tener Flickr o Instagram? ¿Para qué tener un blog de ráfagas breves si puedes abrir una cuenta en Twitter? ¿Para qué volcar una opinión rápida, sincera y probablemente estúpida, si tienes un perfil en Facebook? ¿Para qué grabar un video si puedes hacerlo en YouTube? Antes el blog era una oportunidad centralizada de unir todos esos rasgos individuales en un sólo lugar. La creación de una isla en el océano digital. El problema era (y todavía es) atraer náufragos a esa isla.

Muchos blogueros se inclinaron por la especialización (blog de diseño, blog de tecnología, bloguétcetera), otros se dividieron en sus múltiples redes sociales y finalmente, el puñado de necios que, por cariño a la herramienta y por sus propios fines, siguen trabajando diligentemente en su paraíso personal. Me incluyo en el último. Tuve un blog para escribir y ahora escribo porque tengo un blog. Gracias a él, he publicado, sigo creando historias y quizás consiga muchas más cosas en el camino.

Hace años era obligatorio tener una taza de café y pasear diariamente por los múltiples comentarios que dejaron en días anteriores, anotarme los triunfos, recibir las amabilidades, soportar los fueras de contexto y tragarme uno que otro comentario anónimo y ponzoñoso. Hoy la taza de café es para iniciar el siguiente texto, tallarlo, pulirlo, enviarlo en la botella y que corra solo, quien sabe dónde, quizás nadie lo lea, desde mi isla al océano.

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escrito por el Jueves, octubre 18, 2012

Las sombras son un invento para dormir tranquilos

Las sombras son un invento para dormir tranquilos

Abro las persianas, la noche se extiende y enciendo un cigarrillo. Me pondré a escribir, me convenzo. Ya guardo la noche como un refugio para la construcción. No me levantaré de aquí hasta escribir algo, lo que sea. Cuánta ternura y cuánto romance, hacer y olvidar para qué. El propósito vendrá después.

Antes de teclear miro las sombras de las repisas y los libreros, de los objetos desperdigados sobre la mesa. Sombras artificiales, no como las sombras de sol de medio día cuya negrura despiertan la ilusión de duplicidad. Un objeto se clona cada vez que el sol recrea su sombra y quien sabe, quizás ese objeto amanece en otro lugar, se levanta, tiene una vida propia, separa su pasado (ya no es un teléfono, ya no es una taza) y construye un presente (hombre, mujer o quimera). El objeto se convierte en una persona. Quizás las sombras de la humanidad, cuando las toca la luz del sol, se convierten en objetos en ese otro lugar. Objetos raros, comunes, codiciables o inapetentes. Esclavos de otras sombras. Quizás.

“Las sombras son un invento para dormir tranquilos”, se me ocurre. Sopeso la idea. Cuando llega la noche y nos preparamos para ir a la cama, vamos atenuando las luces, como si las sombras no fueran sombras, como si en realidad la oscuridad fuera un portal a otra cosa. Sombras, simplemente sombras murmuras, la ausencia de luz provoca esas sombras débiles, sin posibilidad de despertar en otro lugar, quizás es mejor tener miedo al amanecer, cuando las sombras disminuyen pero despiertan, y son capaces de halarte los pies, llevarse un fragmento de la metafísica al otro lugar donde pueden ocuparlo como arcilla, como un arma, un invento funesto. Quizás en ese otro lado eres ficción, eres la mentira para que los niños duerman dulcemente, sin el temor de los diablos, ni el pesar de los santos. No lo escribes, no tienes por qué, pero te quedas pensando en ello, mientras la sombra del humo mancha las paredes, el escritorio, la duela y se convierte en el hilo de plata de un alma abandonada.

Si tuvieras menos miedo, harías algo con esa línea.

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escrito por el Martes, septiembre 18, 2012

Poltergeist, Proust, etcétera

Poltergeist, Proust, etcétera

Leo “Poltergeist”, una novela más que arrostró para llegar a mi biblioteca. (Bonito verbo, arrostrar, me gusta mucho. Es preciso, suena rico). Lo leí de niño. Tendría como unos nueve o diez años. En ese entonces me daba miedo. Repentinamente, mientras avanzaba las páginas esta tarde, recordé imágenes de mi niñez, momentos de la película y fantasías escabrosas, imaginadas, que tuve alguna vez mientras devoraba el libraco. La escena de Marty en el baño y en el espejo, la mordida, el payaso sonriente.

No terminé de leerlo, lamentablemente no fue por pavor, sino porque mi tía Imperio me lo quitó. Me dijo que no sabía cuidar los libros luego de ver sus páginas llenas de grasa, de mermelada, de manchas de chocolate. Lo forró con un papel azul de regalo, lo escondió en su librero. Pasaba por su habitación, me asomaba, a veces le preguntaba si podía prestármelo para acabar de leerlo. Quizás lo hizo alguna vez, quizás lo manché de nuevo, quizás me lo quitó para llevárselo y dejar la historia inconclusa. Irónico, ahora ese libro me pertenece. Nunca he sido cuidadoso con mis libros. El tiempo que los tomo para leerlos o para revisar fragmentos, puede ser el momento preciso de su muerte, de romperse. Es el tiempo de mancillarlos con alguna delicia gastronómica, la grasa de los chicharrones, la salsa de las quesadillas. Ni modo, soy un lector cochino. Hay tantos libros que recuerdo y quisiera recuperar.

“Poltergeist” no tiene una prosa fantástica. No sé si los accidentes son culpa del traductor o del material original. Algunas imágenes me remiten a los diseños que hizo H.R. Giger para los espíritus y los monstruos, eso me agrada. Es una buena lectura para limpiar el paladar antes de continuar con Proust. “La prisionera”, el tomo cinco de “En busca del tiempo perdido”, siento que me capturó meses. No fue aburrido, no como el tercer tomo que me pareció una tortura. Al contrario, es abundantemente delicioso con mis personajes preferidos y las situaciones en las que se ven sometidos: de Charlus, los Verdurin, Albertine y finalmente, la hermosa Sonata de Vinteuil. No me explico la demora de su lectura. Es algo inefable.

Las páginas me parecían largas, larguísimas, los párrafos extrañamente sustanciosos, más que en los libros anteriores y me encontraba presa de un sueño. Supongo que me convertí en un prisionero. ¿La sugestión del título? ¿La constante referencia al ruiseñor de oro enjaulado y su cantar dorado? Cuando regrese a Proust, en un par de años, quizás pueda explicarme esas caminatas largas, esa multitud de voces que guardan silencio al momento que Morel empieza a tocar su violín. Supongo que llegué por un accidente a otro país. No podía regresar.

Siete tomos, supongo, tuvo que escribir siete tomos. Mientras leo a Proust pienso que logró escribirlo todo. Lo bueno: No se escribe para buscar algo novedoso, se escribe porque sí. Se escribe y ya. Darle un propósito a lo que siempre quise, o siempre he querido. Desmenuzar el lenguaje, sus efectos, encontrar la belleza, lo horrible. Escribir es fabricar un espejo. Es lo que soy, lo que imagino, un filtro de lo que miro reflejado a los otros. Puede ser chueco, puede ser angosto, deformado. La lectura es el espejo negro, así como el agua para el paladar, una limpieza de colores, de imágenes, darle descanso a la vista antes de continuar el cuadro. Me gusta escribir, así como odio hacerlo. Una pasión de dualidades para mantenerse vivo, para decirse que se está cumpliendo el destino.

Caminos retorcidos que recorre uno.

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escrito por el Martes, agosto 21, 2012

De Acapulco, de Argos, de A

De Acapulco, de Argos, de A

He dejado de ser uno de los pocos chilangos que no han ido a Acapulco. La gracia de la premiación rompió uno de tantos récords personales. Claro, no me interesaba conservarlo. Como buen citadino, sueño con la libertad económica para dejarlo todo atrás y vivir haciendo artesanías, o trenzas, en algún pueblito costero. El sueño común de, al despertar, admirar los amaneceres como si el Sol se escondiera bajo el agua para al día siguiente, aparecer risueño detrás de las montañas al otro lado. Fui a esa playa, tan mítica y legendaria, siempre mencionada por los borrachos aventurados o los adultos traviesos como el escape obligatorio del fin de semana. No es raro, al menos no lo es para mí, toparse con estas historias:

  • Salimos de la disco (ajá) y alguien preguntó qué queríamos para desayunar. Entonces alguien dijo ¿por qué no desayunamos unos mariscos en Acapulco? Pues agarramos el coche y vámonos, todos crudos y cenicientos, despeinados, deshechos, molidos. El piloto iba como un bólido. Hicimos hora y media en llegar.
  • Le decía a mi papá: Voy de fin de semana a estudiar porque tengo un examen muy pesado. Agarraba el coche y me iba a la playa. Las dos noches, a asolearme, a pasear, a tomarme las chelitas…
  • Le digo a mi esposa ¿Oye, y si nos vamos a Acapulco? Salíamos muy noche para llegar en la madrugada. Nos íbamos despacio. A las seis estábamos buscando hotel, desayuno y ya nos sentíamos listos para empezar el fin de semana tranquilos.

El camión, de ida y de vuelta, fue emocionante. Miraba a través del mapa del iPhone la distancia que nos faltaba. Me bastó para distraerme, al menos, una hora. Después me di la vuelta y me dormí. Benditos los camiones que pueden extenderse como si fuera una cama. Sólo en esos duermo. He viajado tanto en los camiones para masoquistas…

Sol se distrajo con las películas. Al menos pasaron tres.

El calor de Acapulco se me hizo extraño, muy intenso, poco amable. No había sentido un calor así: Ni en Villahermosa, ni en Ciudad Victoria, que son las dos ciudades más calurosas que he visitado. Mis pies, demasiado sanos, se quemaron fácilmente con la arena. Llevé a mi hermano para que nos golpearan un rato las olas. El placer de meterse justo en la línea media, entre la playa y el agua salada. Somos un filtro donde pasan los designios de la naturaleza.

Fuimos con mi familia, para festejar, a uno de los restaurantes lujosos de Acapulco. Se llama el Zibu y es un lugar de comida mexicana, y tailandesa. La vista era impresionante, los almendros chinos que adornaban el lugar preciosos y la comida una verdadera delicia. Es la primera vez que le tomo fotografías a los platos para conservar un registro, como si con ello pudiera extender la felicidad del paladar más tiempo.

Aída Espino me dio el libro con el que ganó el María Ocampo, unas pintorescas loterías estatales que organizó con unos pintores y un bonche de revistas literarias que, nada más de verlas, se nota que son un pedazo de historia. Contienen gemas según veo los títulos, y los subtítulos. Daniel González Dueñas me compartió su libro: “Ónfalo”. Ambos firmaron sus libros, mientras seguían platicándome de Lotófago, de la historia del concurso, de los proyectos culturales de la Ciudad de Acapulco y de historias pasadas, con revistas literarias y la incansable lucha por mantener la cultura viva. Por momentos no sabía que decir y mejor escuchaba. Hay tantos misterios en el juego de las ceremonias, y de los premios, que todavía no comprendo. Me costaba disfrutar los halagos aunque se me escapaba la sonrisa. ¿Quién puede escapar fácil de las garras del elogio?

En la cena después de la ceremonia, hablamos de Ulises y de Argos. Argos… ¿Memoria de Odiseo? ¿O reflejo de Odiseo? ¿O el destino roto de Odiseo? Son cosas que todavía me rondan la cabeza. Quizás algún día escriba un ensayo.

En las noches, muy noches, de insomnio, salía al balcón a fumar, escuchar las olas, tuitear, ver los balcones ajenos. La primera noche pensé: Seguro ahorita agarro a algunos vecinos durante la travesura. Me tuve que conformar con un grupo de jóvenes borrachos con una guitarra, que cantaban alrededor de una fogata. Acapulco es Acapulco, supuse.

La travesura no sucedió hasta la siguiente noche, que en el edificio de a lado una pareja joven se animó a coger en el balcón. Ella se subió la falda, se sentó sobre el hombre, tuvieron sexo rápido y honesto, furioso, sobre una silla de plástico blanco. Ella gritó un par de veces, se escuchó hasta mi balcón. Ojalá tuviera cámara, pensé, pero el profesionalismo en mi oficio de mirón ha disminuido bastante desde que vivo en Puebla (quién sabe por qué). Cuando terminaron, el hombre se levantó semidesnudo de la silla y se metió a la habitación, ella se acostó en el balcón, con las piernas juntas, mirando mitad de techo y de luna. Dejé de mirar. Encendí un cigarrillo y también contemplé la luna, el mar. Cosas pasan cuando uno injuria a una diosa.

El Ritz ya está viejito, pensé, tal como lo dejó Mauricio Garcés (aunque, al parecer, tiene una historia de mudanzas. Al menos conté dos edificios de Ritz abandonados). Con algo de música de surf y fácilmente viajarías en el tiempo. Algunos niños tenían pequeñas tablas de surf para hacer como que podían dominar las olas. A mi esposa le daba risa como se caían, como neceaban con las olas tan breves y pequeñas. Los niños tienen que jugar. ¿Qué otra cosa se puede hacer cuando tienen mar, si no soñar con dominar a Neptuno y sus achaques?

Tomé muchas fotos del viaje. Ojalá las disfruten tanto como yo.

Si no han leído el cuento, pueden hacerlo en el especial de tres años, de Guardagujas. Finalmente, comparto el discurso que escribí para aceptar el premio.

Sucedieron dos cosas cuando se me ocurrió la idea de Lotófago.

Releía la Odisea y me conseguí un perro. Recuerdo mi primera lectura: la Odisea me dejó un sabor amargo en la boca. En ciertos cantos, Ulises terminaba con una frase similar a esta: “Perdimos muchos compañeros, y con el corazón vencido, proseguimos el camino”. Recuerdo los llantos del héroe, su tristeza cada que perdía compañeros por la necedad, o la traición. También recuerdo el tedio de la tripulación por haber viajado durante tantos años. Cada que conseguían un botín, pasaba una nueva desgracia que los despojaba de los tesoros, del oro, de la gloria y los alejaba, otra vez, de Ítaca. Ulises simplemente lloraba la necedad y la traición de sus hombres. Al ser un héroe, poseía una misteriosa noción de los designios divinos. Luchar contra un dios, contrario a lo que sucede en las películas, sólo trae desgracias y venganzas. Quizás en eso consiste el heroísmo, a la manera de Ulises: Una paciencia inexorablemente humana para soportar, sufrir con elegancia, el castigo.

El perro que me conseguí es un sabueso, de raza basset hound. Es un perro pequeño con los huesos densos, de orejas grandes para no distraerse con los sonidos y ojos tristes para incitar a la ternura de sus dueños. Es una raza diseñada para navegar fácilmente entre los arbustos. Su nariz es todavía más potente que la de otras razas, tal vez el doble o el triple. También fueron diseñados para ser necios. Que feo suena decir que diseñaron a un perro pero es la verdad. Unos monjes aburridos necesitaban perros con la fuerza de una raza grande, pero lo suficientemente pequeños y necios para perseguir tejones. Cualquier entrenador te dirá que un basset hound es un idiota, un tonto, imposibles de educar. Mienten. Son chillones, pero muy listos, obedecen bien fácil si tienes un huesito entre las manos. Aunque parece que duermen, están soñando como robarse la comida, donde hacer agujeros para guardar los huesos. Cuando su nariz encuentra algo, ninguna correa o cadena les impide seguir olisqueando hasta satisfacer su curiosidad. Son capaces de jalarte a los abismos con tal de robarse un pollo. Son algo rencorosos, y comodinos. Ahora que lo pienso… Mi perro se parece a Odiseo: Un mentiroso, un engañador, un necio.

En mi tercera lectura de la Odisea, llegué al canto donde Ulises finalmente regresa a Ítaca. Un sirviente lleva al héroe, disfrazado de viejo, a la entrada del palacio. Entonces aparece Argos, el perro fiel del rey. Lo describen como un saco infestado de pulgas, a punto de morir. Su porte de perro cazador, un perro trofeo, estaba carcomido por los años que esperó a su dueño. Pensé en mi propia mascota. Recordé nuestros paseos de una hora diaria, donde compartimos el silencio, el placer de buscar basura entre la yerba. Como le saco del hocico los huesos que algún paseante distraído y poco consciente, tira por las banquetas. Siempre los encuentra, y no siempre puedo quitárselos de los dientes. Ulises rompió en lágrimas, otra vez, cuando se encontró con su perro. Le cayó el veinte cuando apreció, con la efigie de su fiel compañero casi muerto, el tiempo que tardó en llegar a Ítaca. Argos se levantó para acercarse y lamerle las rodillas. El último gesto de fidelidad, de honor, de gozo. El rey había regresado. Argos, finalmente, murió en paz.

No me bastaban unas líneas. Tampoco me bastaba la fidelidad de Argos. Mi perro es fiel, pero también se enoja cuando no lo llevo conmigo. Mi perro, a pesar de sus orejas ridículas y sus ojos tristes, también posee el instinto lobuno de la libertad y la caza. Quise depositar en Argos toda la amargura de una espera, la locura de un olor imposible de quitarse (la sal), el dolor de un aburrimiento que parece durar el infinito y no encontrar piedad, siquiera, en la posibilidad de la muerte. Escribí un homenaje a la espera, escribí el momento gozoso que significa encontrarse con alguien, después de mucho tiempo, y esta persona te cuente aventuras increíbles, mientras tú, por una parte, apenas un resquicio, masticas dolido, porque no te llevó, porque no pudiste viajar con él cuando antes no podía separarse de ti.

Quiero agradecer al jurado: Ana Alonzo, Praxedis Razo y Daniel González Dueñas. Agradezco al comité del concurso, a los organizadores y a la ciudad de Acapulco. A mi esposa, que soportó mis desvelos al haber cachado un aroma y me dediqué a perseguirlo durante varias noches. Por supuesto, le doy gracias a mi perro, aunque preferiría un hueso, que me enseñó no sólo la lealtad, también el rencor primitivo del abandono. No soy como Ulises. Espero que no se haya olvidado de mí cuando regrese a mi modesta Ítaca. También agradezco a José Agustín, quien me ha acompañado en muchas de mis lecturas tempranas y todavía recurro a sus libros cuando necesito despojarme de tanta seriedad. Decir las cosas como son, chingado.

Pienso, curiosamente, que Lotófago muestra a Ulises y Argos como un par de ciudades desiertas, las cuales tuvieron que desafiar a los dioses un momento para recuperar el río amoroso en su corazón. Gracias.

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