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escrito por el Lunes, febrero 11, 2013

13012 (Aleph)

13012 (Aleph)

Quiero escribir una historia interactiva por twitter. Primero pensé que debía ser una novela y luego de pensar en todas las complicaciones, y repasar la lista de proyectos pendientes, me rendí como se rinde la gente que prefiere soñar para ser desdichada. Hay buenos motivos para rendirse: Una novelas es, además de contar una historia, un homenaje al lenguaje. No dudo de la estética en fragmentos de 140 caracteres, o menos, pero se pierde peligrosamente la atención, la secuencia, el flujo de la narración. Quizás es mejor que cada tuit viva como un universo contenido y esperar, quizás, encontrar algún día el hilo conductor que una todos esos fragmentos para descubrir, por error, que se escribió una novela. Escuché, si mal no recuerdo, que al atravesar el universo (encontrar el fin, ese borde donde cae el agua estelar y alimenta a los cuatro elefantes, y a la tortuga) llegamos a la materia oscura, el triunfo de las múltiples dimensiones, un océano que contiene los otros universos donde otras dimensiones son posibles, e incluso, únicas. Si además éramos tan egocéntricos como para pensar en este único universo como único (y la raza humana, y el planeta, y el individuo), alguien arruina la fiesta, alguien dice que no y alguien tiene la imaginación para alargar el hilo que nos conecta a todos de las muñecas. Alguien con esa imaginación puede encontrar una novela escrita a capítulos de 140 caracteres, en todos los individuos posibles.

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escrito por el Jueves, octubre 18, 2012

Las sombras son un invento para dormir tranquilos

Las sombras son un invento para dormir tranquilos

Abro las persianas, la noche se extiende y enciendo un cigarrillo. Me pondré a escribir, me convenzo. Ya guardo la noche como un refugio para la construcción. No me levantaré de aquí hasta escribir algo, lo que sea. Cuánta ternura y cuánto romance, hacer y olvidar para qué. El propósito vendrá después.

Antes de teclear miro las sombras de las repisas y los libreros, de los objetos desperdigados sobre la mesa. Sombras artificiales, no como las sombras de sol de medio día cuya negrura despiertan la ilusión de duplicidad. Un objeto se clona cada vez que el sol recrea su sombra y quien sabe, quizás ese objeto amanece en otro lugar, se levanta, tiene una vida propia, separa su pasado (ya no es un teléfono, ya no es una taza) y construye un presente (hombre, mujer o quimera). El objeto se convierte en una persona. Quizás las sombras de la humanidad, cuando las toca la luz del sol, se convierten en objetos en ese otro lugar. Objetos raros, comunes, codiciables o inapetentes. Esclavos de otras sombras. Quizás.

“Las sombras son un invento para dormir tranquilos”, se me ocurre. Sopeso la idea. Cuando llega la noche y nos preparamos para ir a la cama, vamos atenuando las luces, como si las sombras no fueran sombras, como si en realidad la oscuridad fuera un portal a otra cosa. Sombras, simplemente sombras murmuras, la ausencia de luz provoca esas sombras débiles, sin posibilidad de despertar en otro lugar, quizás es mejor tener miedo al amanecer, cuando las sombras disminuyen pero despiertan, y son capaces de halarte los pies, llevarse un fragmento de la metafísica al otro lugar donde pueden ocuparlo como arcilla, como un arma, un invento funesto. Quizás en ese otro lado eres ficción, eres la mentira para que los niños duerman dulcemente, sin el temor de los diablos, ni el pesar de los santos. No lo escribes, no tienes por qué, pero te quedas pensando en ello, mientras la sombra del humo mancha las paredes, el escritorio, la duela y se convierte en el hilo de plata de un alma abandonada.

Si tuvieras menos miedo, harías algo con esa línea.

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escrito por el Martes, agosto 21, 2012

La cosa que rasca en las paredes.

La cosa que rasca en las paredes.

Este cuento se escribió a tuitazos. Para Zantcher.
  • Le dice a la cosa que rasca entre las paredes que ya se acostumbró, que siga, que no le importa.

  • (Le daba pena confesarle a la gente que él no tenía control de dónde lo llevaban sus pies).

  • Sigue rascando, hace un agujero, se asoma un dedo largo, un silbido, un ojo. Se arregla con un poco de cemento.

  • (El gozo cuando la sombra aprende a molestar a su cuerpo).

  • No dejaré que el demonio salga de mis paredes esta noche, se oye, dice, se ríe.

  • Así hay mucha gente que protege su casa y sólo algunos tontos se distraen para tuitearlo.

  • Pues un cafecito, ¿no? ¿No estaría? Pregunta, mientras tapa el agujero de su pared. Se quiere reír para que no le gane el sueño. Luego gritan.

  • Nadie grita. Sólo es que tiene mucho sueño y ya se imagina cosas. Igual y el agujero también se lo imagina. No es nada.

  • Diablos en las paredes. ¿Qué pifias son esas? ¿Qué piltrafas fifircihes petrimetes sarahuatadas y chingados son esas cosas? Agujeros.

  • Abre los ojos. Se quedó dormido. Soñaba que reía, la mezcla de cemento en sus manos. No es un agujero, son muchos, más de los que puede.

  • En ese caso, le susurra un diablo apretándole el hombro, lo mejor es incendiar la casa. ¿No cree? ¿Ya pa’ qué se molesta?

  • El tipo empecinado sueña con poner cemento en todos los agujeros. Algo le dice que lleva mucho tiempo despierto.

  • La casa es un sueño dentro de otro sueño, dice su cuerpo mientras él, sueña con el trabajo infinito, el trabajo perfecto e interminable.

  • (A veces cuando el diablo sueña con el diablo, se asusta).

  • Cuando despierta, se echa la carcajada. Se descubre encerrado entre las paredes. Hace un agujero, alguien más lo tapa, se ríe, se ríe.

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escrito por el Miércoles, octubre 26, 2011

Juegos de personalidad múltiple.

Soñaba, anoche, que echaba andar uno de los proyectos que tengo hace tiempo con el árbol 2:17 y es invitar a “otros escritores” a escribir regularmente en él. Esos “otros escritores” debe tener énfasis en las comillas, porque sería algo como lo que hizo Nájera o Pessoa. Usar otros nombres para escribir otras cosas. Cambio de estilo, de narrativa, de ocio.

Luego pesa escribir con el mismo nombre porque el nombre ya está acostumbrado a presentarse de una forma y parece imposible separarse de él para jugar. Han pasado tantos años que me he convertido en un personaje multidimensional para varios grupos de personas y mi vida personal, algunas veces, se ilusiona con separarse del escritor que durante años ha llevado este blog.

El nombre es una carga. El nombre y sus consecuencias son una ficción caótica, un espejismo que surge del calor y de la falta de azúcar.

Anoche pensaba en la justificación del proyecto. ¿Cómo escribir con otros nombres y que esto no sólo se presente como un seudónimo, sino también una posibilidad real y lúdica para el lector? Entonces pensé en el blog como un portal donde se descubren otros universos donde existe otro yo, el mismo físico, pero con otros nombres. Más o menos lo que Simón Dor dijo alguna vez: “En otro lugar me llamo Boris Santiel o Carlos Böhrs”. Usar la misma foto o el mismo físico para todos los personajes como una obviedad para recordarles, pues, que al final es un juego de ficción.

Simón Dor se descubrió como una posibilidad de mi futuro. Lugo pienso en esos otros que soy yo, y que desean comunicarse conmigo de alguna forma. Abrir una ventana a una ficción y luego que pasen los años, la gente crea que ese personaje de verdad existió. Crear un personaje es lo mismo que aceptar las posibilidades que ofrece una historia personal que jamás se cumplió. Es aceptar la posibilidad de que puedes ser otro.

Llevo años escribiendo en pequeños cuadernos otros nombres y los temas que les interesan. El nombre de Boris Santiel y Carlos Böhrs, los he escrito en incontables ocasiones. Así como el de Simón Dor, y el de Capurro (que todavía no tiene nombre de pila). Trato de ser detallado para que sus nombres no sean una simple separación de aspectos personales, sino que su existencia sea válida y creíble. Historias paralelas que lleven a un reconocimiento mutuo. Si un lector duda o no permite su entrada al juego, entonces el juego es inútil. Los personajes tienen la posibilidad de encontrarse y verse reflejados como un aspecto del otro, aún cuando la separación inminente por sus características individuales sea inexorable.

También anoto palabras clave que podrían dirigir los estilos de cada una de estas personalidades. Palabras clave qué, como una luz, dan el color preciso con el cual el texto debería ser leído. A veces el escritor trata de engañarse pero basta una palabra para ofrecer una ventana a la verdad de las cosas. Llevo meses jugando con palabras clave que guíen el propósito de ciertos “otros escritores” y que sean los cimientos de su perspectiva de vida.

Imagínense tener el tiempo de ser esas otras personas. Es decir… si pudiera, si tuviera el tiempo para ser meticuloso, tal vez cada uno tendría su propio twitter y su propio tumblr. (No se hable de Facebook. Qué horror.) Aún cuando este blog fuera el centro donde gira el universo de cada uno de estos personajes podría desarrollar sus propios intereses de manera independiente. Claro: Se necesita tiempo para hacerlo correctamente. El engaño, con todo y aviso de engaño, es un artificio laborioso que con la medida justa de tiempo… incluso podría engañar a su propio creador.

Me imagino, con una pequeña sonrisa, personas que se acerquen a estos personajes para platicar, para desarrollar ese tema que creen es quien los define, cuando la verdad es el mero aburrimiento de una sola persona. Habrá sus reacciones adversas: Alguien pensará que estoy loco, alguien pensará que los otros existen en serio, alguien querrá enemistar a los inexistentes o alguien se enamorará de ellos y mandará cartas, botellas con algún mensaje, opiniones largas y bien meditadas acerca de lo que… para mí, es un cuento, y para un ficticio, una verdad íntima e importante. Imagínense que empiezo a pensar como uno, como otro, como un ficticio y que se me olvida mi propia vida. Imagínense.

Solamente sueño. Tomo apuntes. Anoto estaturas y otros rasgos físicos, anoto viejos amores, los cuentos que han escrito, las carreras a las que se han dedicado, los muertos que llevan como sombras. Momentos de fe y de creencias. Juego con una baraja, anotando el nombre del personaje y probablemente de lo que pueden hablar. Anoto días, como si pudiera seccionarse una personalidad para cada día. Tal vez, algún día. Cuando termine escribiré un libro llamado: Los otros, los ficticios y de subtítulo: Juegos de personalidad múltiple.

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escrito por el Jueves, mayo 26, 2011

Diez.

Ejército de jeans.

El dieciseis de diciembre de 2007, Vlad Pax escribiría una novela postmodernista con detalles humorísticos: Uno solo no conserva lo que no amarra. Los críticos literarios del país cuando se vieron confrontados con un título de dicha índole, alzaron la ceja escépticos pero decidieron tomar el libro y leerlo de cualquier manera. No había mucho que leer para las reseñas de los domingos, o miércoles, o mensuales… y el libro, al tener una portada amarilla, parecía que contribuiría a la calidez de encerrarse en el estudio y olvidar los fríos de diciembre.

Yaffid Martínez dijo que el título era lo más adecuado, ya que sus personajes vivían una ambivalencia entre los amarres y las doble negaciones, y qué probablemente se convertiría en un himno de esta generación durante meses. “La importancia de los amarres y la conservación en esta generación materialista se ve reflejada en la obra como la sociedad se ve reflejada en el espejo día a día.”

En cambio, Gerardo Tron, como el crítico mordaz que era, desechó la obra como un momento apenas literario y definitivamente pueril. Su texto termina con la siguiente frase: “Que alguien le amarre los huevos al autor de la obra, o los dejará ir.” Cosa impensable, hasta entonces, para los críticos literarios de la nación que habían hecho un pacto de jamás utilizar las palabras vulgares para que las masas no se sintieran atraídos a su profesión. Algo que no confesaría Gerardo Tron, sin embargo, es que a la mitad de la lectura, cuando el personaje de Ulises Albarrán amarra a Federico Urrea en la cama para que este no vuelva irse lejos de él, se le salieron las lágrimas y pensó en la relación que había tenido con un joven escritor hacía unos meses. Dejo el libro, se abrazó en un ovillo y lloró toda la noche, por lo cual no fue raro que su humor estuviera tan ácido al día siguiente y que este hubiera agarrado el sabor, como lo agarra la carne marinada, durante toda la tarde que escribió su texto. Cuando Gerardo Tron escribió “Que alguien le amarre los huevos” le pasó rápidamente por la cabeza el rostro del joven escritor… y también sus huevos.

Un año más tarde, un escritor con el seudónimo de Perix, inspirado en la obra de Vlad Pax, escribió: El gasero y la viuda. Es un libro que tuvo una edición de quinientos ejemplares y qué, la verdad sea dicha, todavía está llenándose de polvo en todas las bodegas, donde está dividido. No sería hasta diez años más tarde que Perix escribiría la novela que le abriría las puertas como un escritor de la nación, pero no vayamos allá aún. Está muy lejos.

Cuando lo entrevistaron en un periódico estudiantil de una universidad de cierto renombre, unos estudiantes de comunicación que miraban la literatura con ingenuidad y optimismo, Perix se sintió en confianza de confesarles que “escribí mi novela todos los días a las siete de la mañana, observando las calles de mi barrio por la ventana. A esa hora pasaba un camión de gas tocando en sus altavoces una canción de Ennio Morricone y luego uno de los encargados gritaba por el micrófono gas. Entonces lo vi. Vi en ese momento mi infancia, y a mi madre viuda. En realidad no era mi infancia, sino era la de mi primo. Yo tenía a mis dos padres, pero luego me imaginaba que yo era mi primo e imaginaba que mi padre había muerto, y que me quedaba solo en el mundo. Que me levantaba mi madre temprano para ir a la escuela, mientras ella preparaba el desayuno y nostálgica, se asomaba, para buscar al gasero que tanto se parecía a mi padre, o al padre de mi primo, o a ti. Tú eres el gasero.”

El estudiante que recibió esa revelación no durmió durante varios días. Se miraba al espejo, tal como había profetizado Yaffid Martínez en su crítica, y lo único que podía encontrar era el gasero. La novela de Perix estaba sobre su buró pero no había leído ni una sola página. Moría de nervios por verse ahí. El estudiante, al que sus compañeros habían puesto de mote el mandarino, tomó entonces papel y lápiz, y decidió escribir sus propias angustias.

Mandarino escribió un cuento qué, como la entrevista del Perix, no saldría más allá de su periódico escolar. El cuento se llamaría ‘O sea mamón, un título que surgió de manera accidental como todos los buenos títulos. Aunque lo bueno, en este caso, estaba a criterio del lector. La primera vez que mandó su cuento al editor del periódico, un chavo de veintitantos años que prefería ver pornografía y jugar tetris en sus ratos libres, que buscar cualquier cosa que promoviera el crecimiento cultural de ese periódico, le dijo que le gustaba el cuento y se lo repitió dos días más tarde mientras tenía su verga dura y erecta y miraba unas fotografías de vedettes mexicanas de los setenta (y descubrió así, pues, su fetiche). Tres días más tarde tenía la entrega encima, la presión del consejo escolar, del consejo directivo, de los socios, de los escritores, reporteros y fotógrafos. Lo normal. Cuando llegó al cuento de Mandarino, hizo el copy paste y le llamó por teléfono para decirle–. Es una chingonería tu cuento, pero ¿cómo se llama?

–No sea mamón –respondió Mandarino, el editor le colgó el teléfono asumiendo que era el título, porque el texto, lo poco que había leído, exudaba mamonería. Ambos, uno mientras se masturbaba viendo las piernas abundantes de las mexicanas en los setentas, y el otro con la seguridad de que su texto sería publicado, pudieron dormir tranquilamente esa noche.

El gasero y la viuda también llegó como una casualidad a las manos de Roberta Excanda. En las antologías de cuentos, cuando uno iba a las últimas páginas para leer el nombre y los breves logros de los escritores, de Roberta Excanda podía leerse lo siguiente–. Excanda ha sido autora de libros como La insoportable levedad del ser o no ser y Todos somos Madame Bovary. El regreso. Sus libros han sido traducidos al polaco, al ruso, al francés y al italiano. Vive y escribe en Acapulco, donde convive con dos gatos. La única lectura que hizo de El gasero y la viuda, apenas tuvo notas marginales, fue breve, pero definitivamente sustanciosa. Gracias a ella escribiría su siguiente libro, el cual, como siempre, recibió críticas mediocres porque a los críticos, honestamente, no les interesaba leer “literatura de mujeres” y porque ella, honestamente, no quería usar un seudónimo masculino para atravesar esa barrera.

De hecho, la historia de Roberta Excanda como escritora tuvo sus pequeños deslices. Se sometía a concursos, a becas y a talleres, pero por destino, o por casualidad, o porque tal vez así eran todos los escritores del país, no sentían ninguna pasión por leer literatura de mujeres. Un término que nadie quería explicar porque sentían que era como una caja que contenía todos los males del mundo, todos los males femeninos del mundo. El director de Cultura Literaria para Nuestro País, Justo Henriques, había escupido el término diversas veces, y nomás porque era el director, no buscaban como responderle. El último que lo intentó estaba escribiendo reseñas de cine, en un periódico independiente de Guatemala, y contrario a lo que se pensaba era realmente feliz. Excanda, gracias a las olas que había creado este señor con sus piedritas, pensaba dejar de escribir una vez por todas, cuando decidió como último recurso mandar sus novelas a una pequeña editorial de España. La publicaron, tuvo excelentes críticas, le mandaban sus cheques en euros y su nombre que tuvo que ir allá, para golpear como un resorte y regresar acá, ahora tenía algo de peso. Justo Henriques cuando tenía un texto de Excanda en las manos giraba ligeramente los ojos, suspiraba, musitaba: literatura para mujeres pero que lo publiquen, que pase y ya nadie sabía como tratar esos textos. Roberta Excanda entonces, sabiéndose respaldada por unos europeos invisibles, tuvo el valor de dar una declaración qué, cito, decía así–. A gracia del señor Justo Henriques, y su chauvinismo, su machismo, su estrechez de mente y de persona.

Dos meses más tarde, se conocerían, se harían amantes de ocasión. Al final de cada sesión, Justo Henriques sonreía con su rostro moreno y le decía al oído–. Ya te puedes regresar a escribir tu literatura de mujeres –la primera vez que hizo eso, Excanda lo golpeó, lo tiró en la cama y al ver su culo expuesto, le metió un dedo con toda rectitud y fortaleza por el ano. Desde ese instante así terminaban sus sesiones amorosas. Eventualmente, Excanda saldría de las habitaciones de hotel susurrando No quiero ser un clissé, no quiero ser un clissé. Inspirada en sus encuentros y en las confidencias del señor Justo Henriquez, escribió: La raza cósmica, y otras pachequeces. Ese libro se publicó exclusivamente en México, porque no lo entendieron en el otro lado, y porque curiosamente, Justo Henriques después de sentir el dedo en el culo dejó su frase característica y quiso resarcirse con la escritora.

Roberta Excanda se volvió una figura importante para los círculos feministas e intelectuales del país. Una joven de diecisiete años que firmaba sus obras con el seudónimo de Malkaviana, se devoró todas sus obras y lo que decían los críticos de sus obras. Leyó sus cuentos, sus ensayos, sus novelas y sus primeros intentos de poesía y nada le decepcionaba. Su padre que era un lector prolífico, le dijo que tuviera cuidado, que todos teníamos a su edad un escritor que nos jodía la vida un par de años y no podíamos ver las cosas de otra manera. Malkaviana se encogió de hombros y luego, hizo su tercera lectura de La raza cósmica, y otras pachequeces justo en el capítulo donde un ficticio Flaubert, sonreía ligeramente y le enseñaba al público, como podía meterle un dedo en el culo a Madame Bovary quien gemía abundantemente y a partir de ese momento, la prosa se volvía un caudal de gemidos, de latidos, de jadeos exasperantes, tal cual si hubiera una conexión con la Madame Bovary verdadera, y con la novela ensayística que había escrito previamente del personaje que ahora recibía un dedo en el culo, y que era metáfora, seguramente aunque nadie podía asegurarlo, de la vida, del amor, de las dificultades de una mujer, del hombre imbécil que las detiene a todas y de cómo cogerse de verdad un buen culo.

Malkaviana como todo lector que desea imitar lo que le asombra y le sorprende, se animó a escribir. Escribió dos novelas, digamos cortas, llamadas La verdadera calumnia de Pávido Návido (El nombre era una especie de anagrama del nombre de su padre y del cual se sintió muy orgullosa cuando logró llegar a él) y El escritorio de Madamme Binöir. La última, hay que confesar, es como el reflejo que vaticinaría Yaffid Martínez en una de sus críticas y sería una especie de resumen de Todos somos Madame Bovary. Lo cual era curioso, e irónico, porque Madame Bovary regresó –otra vez– pero esta vez en la figura de Madamme Binöir y no sólo le era infiel a su novio, sino que también se dejaba ver frente al público (el lector, he roto una cuarta pared) y se levantaba su falda, y entonces Malkaviana creía entenderlo de verdad, creía descubrir porque en La raza cósmica, Bovary enseñaba el culo y permitía que le metieran el dedo por el ano. Diecisiete años más tarde, Malkaviana llegaría a la conclusión de que había escrito sus propias fantasías, mientras con una libertad serena se alzaba una falda larga y en soledad, repetía ese proceso que ataba a todas esas mujeres ficticias con una cadena invisible. Sus novelas no se publicaron, pero por accidente, llegó una de estas a un joven escritor que también había leído –otro accidente– El gasero y la viuda.

Te lo diré antes de partir escrita con el seudónimo de Luis-nada-más, recibió excelentes críticas literarias, sobre todo de Geradro Tron. La primera en incluir palabras como: “La yuxtaposición de los valores masculino y femenino, aunado con las vicisitudes de una raza que no encuentra un balance entre su mestizaje y su pureza, es un bellísimo conjunto que lejos de ser caótico presenta una aguerrida y esperanzadora visión en este país. Hay esperanza”. Nadie se lo esperaba, pero así como el crítico había llorado Uno sólo no conserva lo que no amarra, no pudo evitarlo con esta nueva que también la asoció al rostro del joven escritor que se le fue. En una novela encontró la pregunta “¿por qué se fue?” y en la otra, encontró el consuelo de la partida. Recuerda con cariño el siguiente fragmento:

La pregunta es inútil y quisiera ignorarla, como se ignoran todas las cosas que no te sirven de nada… pero es inevitable que luego le prestas atención a lo que piensas que no servía de nada. Mejor dicho, eso que no te sirve en el momento. Lo descubres con otra luz. Como si hubieras necesitado que se fuera la electricidad, y hubieras necesitado buscar una lámpara, y luego andaras a oscuras por el cuarto e iluminaras, repentinamente, esa chuchería: Puede ser un papel en blanco, puede ser una servilleta usada, pueden ser unos audífonos rotos. Descubres en ese objeto, lejos de pensar en los fusibles que lo arreglarán todo para continuar con la rutina, las respuestas de todo lo que te aqueja en esta vida. La luz y el objeto en conjunto son la respuesta.

Nadie sabía, a ciencia cierta, de qué trataba la obra y cómo es que un monólogo interior de trescientas cincuenta y dos páginas pudiera tener sentido. Sin embargo, como si la casualidad fuera un hechizo, o un capricho, varios factores se unieron para hacer de esta novela un brillantísimo momento literario. La defensa intensa de Gerardo Tron, se sumó a la clásica crítica entusiasta y bonachona de Yaffid Martínez, y a los comentarios positivos de Roberta Excanda que, gracias a su lectura, desenredó en un proceso paralelo de pensamiento ese dedo por el culo a Justo Henriques. Sería la única obra que escribiera Luis-nada-más, su decisión vendría a cuento de que dos años después hiciera una relectura, buscando material para su siguiente trabajo y descubriría, con toda honestidad, que no le gustaba lo que había escrito y que no quería repetirlo, jamás. Se largó a Guatemala donde un amigo, Cuahutemoc Jaka, lo invitó a vivir y trabajar en un periódico independiente.

Cuauhtemoc Jaka tenía pasiones poco claras y poco canónicas en el mundo de la literatura. Digamos y seamos demasiado genéricos, en escalas, si estas existieran, que en un punto existen las grandes obras literarias, esas que logran unir momentos trágicos, contextos históricos y un humor sutil, a veces negro, a veces inocentón, sin importar la forma en la que esté escrita dicha obra. El autor hace su tarea y libera en la obra su experiencia de vida, su caudal de lecturas, sus textos, metatextos e hipertextos. Después de las grandes obras literarias está todo lo demás revuelto como un batidillo: La aventura, la novela policiaca, la novela negra, la novela erótica. Al final del batidillo existen la ciencia ficción y la fantasía, que es como el borde de un omelette y lejos, caminando lentamente, con los miembros rotos y las ropas hecha jirones, están los zombies.

Cuando Justo Henriques le vetó la entrada al mundo de la literatura en este gran y hermoso país, Jaka sintió una especie de libertad que de otra forma no hubiera conocido y empezó a leer, y mirar películas, admirar fotografías, escucharlo todo. Su gusto que, hasta entonces estaba atado a las opiniones de los escritores, amigos y amantes a su alrededor… se abrió a un mundo de posibilidades. Jaka nadó en el batidillo de la literatura y escribió, sin miras a hacer otra cosa, sus reseñas cinematográficas. Entonces Jaka leyó a Julio Verne, luego miró la serie de televisión americana y retro que se basaba, muy libremente, en la obra. Jaka miró películas de zombies. No tardó en hacer la sinapsis. Todas las noches, a partir de las ocho, dedicaba cuatro horas diarias a escribir su novela, algo que se había vuelto un pasatiempo.

Su amigo, Luis, leyó el primer borrador de la obra y por curiosidad se lo mandó a un amigo editor. De un día para otro, ya era todo un equipo de personas, de marketing, de investigadores, de editores, de finanzas que proyectaban inversiones y ganancias, quienes esperaban con fervor la obra. Jaka se iba a dormir y se imaginaba a cada una de estas personas como un zombie, que en vez de comer cerebros, devoraban libros… especialmente su libro. Mandar el capítulo final sólo fue una formalidad, cuando salió el libro se convirtió un éxito en ventas y, curiosamente, Jaka dio una sola entrevista a un sobrino que estudiaba comunicaciones (y esa entrevista recorrió medio internet)–. Quisiera darle un mensaje a Justo Henriquez, quien gracias a él, estoy donde estoy: Que te metan un dedo por el culo.

Y sí, se lo metieron.

Este texto se escribió gracias a los siguientes tuiteros, que dieron títulos de libros que no se habían escrito.

Mandariino / p3rix / Vlad_Pax / mlkvn / Xcánda / Luis / Jaka

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escrito por el Miércoles, marzo 30, 2011

Cuento de los claveles blancos.

Este es un cuento que se escribió a tuitazos. Luego me cuentan si les gusta.

Esta tarde, cuando pensaba salir a pasear con mis dos perros, descubrimos a una mujer que lloraba en nuestra banqueta.

Estaba sentada, con las piernas dobladas al rostro y se balanceaba. El sol no tardaba en ocultarse.

Ella miraba hacia nosotros, usaba un vestido blanco, jirones de cabello cubrían sus ojos. Era muy vocal para llorar.

El perro más pequeño, con su complejo de macho alfa, se adelantó a mí y ladró. Sus patitas brincaban con cada ladrido.

No debió hacerlo.

¿Pero cómo íbamos a saberlo?

El perro más pequeño avanzó unos pasos más sintiéndose valiente. Ninguno esperábamos lo que sucedió después.

Se abrió el vestido blanco de la mujer que lloraba y su piel se hizo tan blanca como su vestido. Parecía un flashazo…

Pensé que un clavel blanco se había comido la realidad. Escuché los ladridos del perro pequeño y traté de llamarlo.

Cerré los ojos.

La mujer que lloraba, seguía llorando, llorando todo lo que tenía por llorar.

No me lastimaba la luz, me lastimaba la cantidad de blanco, era como si mis ojos se hubieran transformado en pantalla y…

y… ya no existiera otra cosa.

El vestido blanco se lo llevó.

El perrito ya no ladraba, y mi otro perro, en vez de asustarse, sencillamente se echó detrás de mí. Sabía que no tenía caso ladrar.

El sol ya no existía.

Observé a la mujer de vestido blanco y pensé lo que muchos pensaron—. A la mejor es la llorona, la de verdad, o es una versión moderna.

Ya saben que todo mundo hace versiones modernas de cuentos viejos por muchos motivos: jueguito, ingenio, necesidad, oficio.

Ocio.

Falta de seso.

Tenía una versión moderna de la llorona para mí. Eso debía ser, qué afortunado (Pensé y pensé). Busqué una cajetilla en mis bolsillos.

Ah… había dejado de fumar. Qué buena onda.

Saqué mi teléfono para llamarle a alguien y no tenía señal. Incluso el fondo de pantalla era —curiosamente— un clavel blanco.

Me gustan los claveles.

Los claveles me recuerdan cuando de niño, mi abuela y yo paseábamos por los jardines y ella me decía el nombre de las flores.

Las flores más escandalosas, además de las rosas por supuesto, eran los claveles. Claveles rojos, claveles blancos.

—Esto se llama clavel —me dijo—. Ahora vamos a buscar otro jardín para ver si recuerdas el nombre de las flores.

Buscamos muchos jardines antes de que nos aburriera el juego.

Hice una mueca. Podía entrar a la casa a esconderme, pero mi mujer no me perdonaría que el perrito se hubiera perdido.

Y el otro perro, que estaba echado y con los ojos cerrados, no me daba buena espina.

—Me salió más listo —susurré—. Mejor se hace el muerto y que el cabrón que se presume su dueño lo solucione todo.

—Él nos alimenta, nos saca a pasear, nos dice dónde dormir y dónde cagar… pues que él se haga cargo de los espíritus.

Pensé, molesto, que un gato ya habría solucionado las cosas.

La mujer seguía llorando. Recordé un incidente similar que había tenido con un hombre que se tragaba la tierra de mi jardín.

Era un hombre que se comía la tierra, que cavaba un agujero y que no respondía ninguna pregunta. ¿Qué le habrá pasado después?

Un sabor a tierra me picó la lengua, era un recuerdo.

Suspiré, los recuerdos no estaban solucionando nada y la mujer todavía tenía muchas lágrimas por derramar.

Así que hice la pregunta estúpida que había hecho en mi cabeza desde que se llevó a mi perro—. ¿Eres la llorona?

No debí hacerlo.

¿Pero cómo iba a saberlo?

El vestido blanco de la mujer se extendió de nuevo. Un nuevo flashazo de luz ocupó todo mi rango de visión…

Sentí sus diminutas lágrimas como esquirlas que atravesaban mi piel y me llevaban a otro lado. Me iba a romper.

Pero el otro perro, que se había tenido la gracia de jugar al muerto, me ofreció su protección.

Sus orejas grandes y su baboso hocico, se adelantaron a mí y recibieron todo el castigo. El perro que se hizo el dormido…

…desapareció.

La mujer que lloraba no paraba de llorar.

Tuve un pensamiento absurdo. Había sucedido como en un videojuego y ahora sólo me quedaba la última vida.

También se me ocurrió una certeza en ese instante: Un gato no me hubiera salvado la vida.

¿Me habían salvado la vida? Me sentí culpable por todo lo que había dicho del perro, porque así es uno.

Llega el momento donde uno se “desdice” de todas las pendejadas que dice.

Traté de hacer una relación de eventos: hombre que come la tierra, clavel blanco fondo de pantalla, perros desaparecidos,

lágrimas como esquirlas, un vestido blanco que se come la realidad, una mujer que no para de llorar,

te recuerdo abuela, y recuerdo los jardines por los que paseamos tantos días ofreciendo el nombre de las flores,

parece la llorona pero no es la llorona, personas que escriben cuentos viejos como cuentos nuevos por… por…

ocio, ingenio, beneficio, astucia, falta de ingenio, diversión, falta de seso.

Se supone que en un videojuego de detectives, uno hace ese tipo de relaciones y sabe después para donde moverse.

Sí, se supone.

Se supone la vida, se suponen muchas cosas, se supone que nadie moriría, se supone que todos viviremos para siempre.

Se supone.

La mujer que lloraba hacía lo que mejor sabía hacer—: Seguir llorando.

Luego se me ocurrió que los perros me querían llevar a buscar jardines.

Traté de mirarle el rostro para ver si era ella.

Traté de escuchar su llanto para entender el nombre de las flores.

De nada sirvió, pero fue agradable buscarlo.

Tal vez el clavel blanco era una llamada para ir a buscarlos.

Tal vez no debía.

¿Pero cómo iba a saberlo?

Avancé hacia la mujer blanca y me dije—. ¿Por qué no? También deberías abrazarla —y avancé con mis brazos extendidos.

Si es mi abuela seguramente querrá un abrazo.

Su vestido creció, sentí las esquirlas desgarrándome la piel, pero no había sangre, ni en color, ni en olor.

No era tan doloroso como suena.

Conforme avanzaba, sentía que…estaba empujando la tela. Estaba llegando atrás de las cortinas de un escenario.

No podía abrir los ojos, el llanto se estaba acabando y… los escuché, escuché a ambos perros ladrando.

No pude abrir los ojos, ni abrir la boca para llamarlos, sólo podía oler los claveles blancos. Pero eso no importa…

…Porque ya no sé dónde estoy, y no sé como le estoy haciendo para contar esta historia.

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escrito por el Viernes, febrero 4, 2011

Prácticas para abrir la puerta.

Acabo de hacer una serie de tuits que podrían ser microficción. Los publico aquí para guardarlos como referencia, ya que en twitter todo se pierde más fácil. Bendita sea la inmediatez, lo cronológicamente absurdo.

  1. Cuando abrió la puerta descubrió unas hadas. Las hadas volaron a su nariz, brillantes como eran, y luego se la arrancaron a mordiscos.
  2. Cuando abrió la puerta, los cuervos voltearon a mirarle. Dejaron sus cigarrillos en el cenicero y sus cartas en la mesa. Uno escupió.
  3. Cuando abrió la puerta se le cayó la mano
  4. Cuando abrió la puerta, descubrió a su esposa tratando de vestirse y un gorila que se reía a carcajadas.
  5. Cuando abrió la puerta los libros le mordieron los tobillos.
  6. Cuando abrió la puerta se encontró con otra puerta y otra, y otra.
  7. Cuando abrió la puerta no le advirtieron que apuntaba hacia el abismo y ya nadie supo mas de él.
  8. Cuando abrió la puerta, las bailarinas se vistieron.
  9. Cuando abrió la puerta, estrechó su propia mano. Platicaron de las sutiles diferencias que podían diferenciarlos.
  10. Cuando abrió la puerta, le cayó el balde de agua fría y los niños echaron la carcajada fácil.
  11. Cuando abrió la puerta, curiosamente, se sintió prisionero.
  12. Cuando abrió la puerta, se dijo-: No, otra puerta ya no. Por favor.
  13. Cuando abrió la puerta, el director le insistió-: “Debes mantener la erección, ¡ya llevamos 43 tomas!”.
  14. Cuando abrió la puerta, después la puerta lo abrió a él.
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