Google PlusFacebookTwitter

Siento que un Dios anida en mí

By on Lunes, mayo 27, 2013

El siguiente texto fue el que leí el 23 de Mayo en la Universidad Autónoma de Nayarit, con el motivo de mi conferencia: “Siento que un Dios anida en mí”. El otro día desperté con el siguiente verso de Nervo en la cabeza, no podía dejar de pensar en él: “Siento que un Dios anida en mí”. Tan pronto lo saboreé, supe que iba a estar pensando largo rato en él, quizás pasarían años antes de poder olvidarlo, de pensar en otra cosa (que, si no me equivoco, “pensar en otra cosa” es otro de los versos de Nervo). Arrancando la línea del poema, ésta nos ofrece dos posibilidades igual de impactantes: El verbo anidar puede referirse a algo bello, hasta cierto punto inocente, como el nido de unos pajaritos. Por otra parte, ¿cuántas veces no hemos escuchado nido como una palabra para referirse a cosas menos amables? Un nido de víboras, un nido de gusanos, un nido de ratas. Siento que un Dios anida en mí. ¿Y qué Dios hace nido en mis entrañas? ¿El Dios de los gusanos, el Dios de los parásitos o el Dios de los pájaros rompiendo el huevo? ¿Es el nacimiento o la putrefacción? Supongo que la pregunta, aunque es inquietante y no del todo estéril, también es inútil. Los dos Dioses son el mismo, el Único que en su infinita y supuesta omnipotencia, no puede darse el lujo de favorecer la existencia de uno sólo de los rasgos. La línea de Nervo, ese verbo tan preciso que expresa para referirse a ambas vías, no sólo brinda la posibilidad de la belleza, sino también el horror y la putrefacción. La creación que anida en nuestras entrañas no sólo es vida; la fertilidad de la tierra también es trabajo de los gusanos y los desperdicios. Los pájaros se alimentan de los gusanos que se retuercen. La muerte inexorablemente es compañera e impulsora de la creación. Dice López Velarde, cuando escribe acerca de “En voz baja”, que: “Quien dice Nervo, dice vida múltiple, vida intensa, magia que educa a una generación y que logra discípulos”. Mucho tiempo abandoné la lectura del poeta pero ésta plática se convirtió en un excelente pretexto para acercarme a él con otros ojos. Ojos, espero, con algo de más experiencia. Éstas lecturas, aún si yo no lo quisiera, me convirtieron en un discípulo y no es para menos. Amado Nervo no sólo fue un admirable constructor de versos, un guardián de un lenguaje que cada vez nos es más ajeno, un compositor que requiere un estudio minucioso por la abundancia de maravillas, también resultó un prosista dedicado y un cronista amable, generoso. Fue un deleite leer su odisea en Europa, en “El éxodo y las flores del camino”, así como sus cuentos ingeniosos en “Almas que pasan”. Cuando retomé su lectura, descubrí a un hombre sincero y una búsqueda imparable por entender a ese Dios de dos vías. Dice Enrique Díaz-Canedo que la obra de Nervo es una constante preparación a la muerte, algo que precisamente, no evita trasladar a uno de sus cuentos: “El miedo a la muerte”. La búsqueda del hombre, el cual es un proceso detallado que puede leerse en su obra, finalmente encuentra una paz, una respuesta que sólo nos queda esperar fue satisfactoria. Nervo duerme (¿y no es la muerte despertar en otro lado?) para encontrarse con ese Dios que tanto busca, el Dios que inspira una multitud de sentidos en distintos colores, ese Dios que desconocemos, y sólo podemos concretar a través de la imaginación, a pesar de tanto que se escribe, y tantos rostros que posee. Nervo se esfuma, como un ilusionista, en Uruguay, después de construir su propia ciudad tanatológica. La preparación a la muerte (importante en un país como el nuestro que compagina de manera curiosa y constante el humor con la violencia), tan sólo es un inicio si de verdad existe ese otro lado. Como creadores y como lectores, Nervo aún tiene mucho que enseñarnos, desde el hombre: un viajero inquieto, defensor y promotor de la cultura, hasta como autor: el vocabulario olvidado que renueva por un sincero amor al lenguaje sin traicionar su principio; esa búsqueda íntima por entender el lugar a dónde vamos después de la vida y cómo llegar ahí de un modo que estos momentos sucedidos no sean un desperdicio, o bien, que esos desperdicios también constituyen una fuga creativa, un aspecto que vale la pena explorar y perseguir. En Nervo encontramos el amor no sólo a las musas, sino también a los amigos y los enemigos, además del encanto por los desconocidos y el desencanto de los ídolos. Es un personaje envidiable, con una carrera vasta y que no puedo dejar de observarla con admiración y con cierta duda: ¿Por qué el modelo de hombre, de persona, de Nervo se está empolvando? ¿Dónde están los perseguidores de los dioses? ¿Por qué hemos dejado de creer y de imaginar, semejante a los japoneses, en los espíritus que residen en todas las cosas? Vivimos épocas crueles. El desencanto disminuye nuestra curiosidad fácilmente, nos opaca la vista. A la vuelta de la esquina, en una computadora o desde nuestro teléfono, olvidamos quienes somos, que somos humanos curiosos, condenados a preguntar, y que esas preguntas inciten esa búsqueda, y el sufrimiento que viene con el viaje, y el viaje que nos abre las puertas del amor, de la sorpresa...

13012 (Aleph)

By on Lunes, febrero 11, 2013

Quiero escribir una historia interactiva por twitter. Primero pensé que debía ser una novela y luego de pensar en todas las complicaciones, y repasar la lista de proyectos pendientes, me rendí como se rinde la gente que prefiere soñar para ser desdichada. Hay buenos motivos para rendirse: Una novelas es, además de contar una historia, un homenaje al lenguaje. No dudo de la estética en fragmentos de 140 caracteres, o menos, pero se pierde peligrosamente la atención, la secuencia, el flujo de la narración. Quizás es mejor que cada tuit viva como un universo contenido y esperar, quizás, encontrar algún día el hilo conductor que una todos esos fragmentos para descubrir, por error, que se escribió una novela. Escuché, si mal no recuerdo, que al atravesar el universo (encontrar el fin, ese borde donde cae el agua estelar y alimenta a los cuatro elefantes, y a la tortuga) llegamos a la materia oscura, el triunfo de las múltiples dimensiones, un océano que contiene los otros universos donde otras dimensiones son posibles, e incluso, únicas. Si además éramos tan egocéntricos como para pensar en este único universo como único (y la raza humana, y el planeta, y el individuo), alguien arruina la fiesta, alguien dice que no y alguien tiene la imaginación para alargar el hilo que nos conecta a todos de las muñecas. Alguien con esa imaginación puede encontrar una novela escrita a capítulos de 140 caracteres, en todos los individuos...

Las sombras son un invento para dormir tranquilos

By on Jueves, octubre 18, 2012

Abro las persianas, la noche se extiende y enciendo un cigarrillo. Me pondré a escribir, me convenzo. Ya guardo la noche como un refugio para la construcción. No me levantaré de aquí hasta escribir algo, lo que sea. Cuánta ternura y cuánto romance, hacer y olvidar para qué. El propósito vendrá después. Antes de teclear miro las sombras de las repisas y los libreros, de los objetos desperdigados sobre la mesa. Sombras artificiales, no como las sombras de sol de medio día cuya negrura despiertan la ilusión de duplicidad. Un objeto se clona cada vez que el sol recrea su sombra y quien sabe, quizás ese objeto amanece en otro lugar, se levanta, tiene una vida propia, separa su pasado (ya no es un teléfono, ya no es una taza) y construye un presente (hombre, mujer o quimera). El objeto se convierte en una persona. Quizás las sombras de la humanidad, cuando las toca la luz del sol, se convierten en objetos en ese otro lugar. Objetos raros, comunes, codiciables o inapetentes. Esclavos de otras sombras. Quizás. “Las sombras son un invento para dormir tranquilos”, se me ocurre. Sopeso la idea. Cuando llega la noche y nos preparamos para ir a la cama, vamos atenuando las luces, como si las sombras no fueran sombras, como si en realidad la oscuridad fuera un portal a otra cosa. Sombras, simplemente sombras murmuras, la ausencia de luz provoca esas sombras débiles, sin posibilidad de despertar en otro lugar, quizás es mejor tener miedo al amanecer, cuando las sombras disminuyen pero despiertan, y son capaces de halarte los pies, llevarse un fragmento de la metafísica al otro lugar donde pueden ocuparlo como arcilla, como un arma, un invento funesto. Quizás en ese otro lado eres ficción, eres la mentira para que los niños duerman dulcemente, sin el temor de los diablos, ni el pesar de los santos. No lo escribes, no tienes por qué, pero te quedas pensando en ello, mientras la sombra del humo mancha las paredes, el escritorio, la duela y se convierte en el hilo de plata de un alma abandonada. Si tuvieras menos miedo, harías algo con esa...

La cosa que rasca en las paredes.

By on Martes, agosto 21, 2012

Este cuento se escribió a tuitazos. Para Zantcher. Le dice a la cosa que rasca entre las paredes que ya se acostumbró, que siga, que no le importa. (Le daba pena confesarle a la gente que él no tenía control de dónde lo llevaban sus pies). Sigue rascando, hace un agujero, se asoma un dedo largo, un silbido, un ojo. Se arregla con un poco de cemento. (El gozo cuando la sombra aprende a molestar a su cuerpo). No dejaré que el demonio salga de mis paredes esta noche, se oye, dice, se ríe. Así hay mucha gente que protege su casa y sólo algunos tontos se distraen para tuitearlo. Pues un cafecito, ¿no? ¿No estaría? Pregunta, mientras tapa el agujero de su pared. Se quiere reír para que no le gane el sueño. Luego gritan. Nadie grita. Sólo es que tiene mucho sueño y ya se imagina cosas. Igual y el agujero también se lo imagina. No es nada. Diablos en las paredes. ¿Qué pifias son esas? ¿Qué piltrafas fifircihes petrimetes sarahuatadas y chingados son esas cosas? Agujeros. Abre los ojos. Se quedó dormido. Soñaba que reía, la mezcla de cemento en sus manos. No es un agujero, son muchos, más de los que puede. En ese caso, le susurra un diablo apretándole el hombro, lo mejor es incendiar la casa. ¿No cree? ¿Ya pa’ qué se molesta? El tipo empecinado sueña con poner cemento en todos los agujeros. Algo le dice que lleva mucho tiempo despierto. La casa es un sueño dentro de otro sueño, dice su cuerpo mientras él, sueña con el trabajo infinito, el trabajo perfecto e interminable. (A veces cuando el diablo sueña con el diablo, se asusta). Cuando despierta, se echa la carcajada. Se descubre encerrado entre las paredes. Hace un agujero, alguien más lo tapa, se ríe, se...

Juegos de personalidad múltiple.

By on Miércoles, octubre 26, 2011

Soñaba, anoche, que echaba andar uno de los proyectos que tengo hace tiempo con el árbol 2:17 y es invitar a “otros escritores” a escribir regularmente en él. Esos “otros escritores” debe tener énfasis en las comillas, porque sería algo como lo que hizo Nájera o Pessoa. Usar otros nombres para escribir otras cosas. Cambio de estilo, de narrativa, de ocio. Luego pesa escribir con el mismo nombre porque el nombre ya está acostumbrado a presentarse de una forma y parece imposible separarse de él para jugar. Han pasado tantos años que me he convertido en un personaje multidimensional para varios grupos de personas y mi vida personal, algunas veces, se ilusiona con separarse del escritor que durante años ha llevado este blog. El nombre es una carga. El nombre y sus consecuencias son una ficción caótica, un espejismo que surge del calor y de la falta de azúcar. Anoche pensaba en la justificación del proyecto. ¿Cómo escribir con otros nombres y que esto no sólo se presente como un seudónimo, sino también una posibilidad real y lúdica para el lector? Entonces pensé en el blog como un portal donde se descubren otros universos donde existe otro yo, el mismo físico, pero con otros nombres. Más o menos lo que Simón Dor dijo alguna vez: “En otro lugar me llamo Boris Santiel o Carlos Böhrs”. Usar la misma foto o el mismo físico para todos los personajes como una obviedad para recordarles, pues, que al final es un juego de ficción. Simón Dor se descubrió como una posibilidad de mi futuro. Lugo pienso en esos otros que soy yo, y que desean comunicarse conmigo de alguna forma. Abrir una ventana a una ficción y luego que pasen los años, la gente crea que ese personaje de verdad existió. Crear un personaje es lo mismo que aceptar las posibilidades que ofrece una historia personal que jamás se cumplió. Es aceptar la posibilidad de que puedes ser otro. Llevo años escribiendo en pequeños cuadernos otros nombres y los temas que les interesan. El nombre de Boris Santiel y Carlos Böhrs, los he escrito en incontables ocasiones. Así como el de Simón Dor, y el de Capurro (que todavía no tiene nombre de pila). Trato de ser detallado para que sus nombres no sean una simple separación de aspectos personales, sino que su existencia sea válida y creíble. Historias paralelas que lleven a un reconocimiento mutuo. Si un lector duda o no permite su entrada al juego, entonces el juego es inútil. Los personajes tienen la posibilidad de encontrarse y verse reflejados como un aspecto del otro, aún cuando la separación inminente por sus características individuales sea inexorable. También anoto palabras clave que podrían dirigir los estilos de cada una de estas personalidades. Palabras clave qué, como una luz, dan el color preciso con el cual el texto debería ser leído. A veces el escritor trata de engañarse pero basta una palabra para ofrecer una ventana a la verdad de las cosas. Llevo meses jugando con palabras clave que guíen el propósito de ciertos “otros escritores” y que sean los cimientos de su perspectiva de vida. Imagínense tener el tiempo de ser esas otras personas. Es decir… si pudiera, si tuviera el tiempo para ser meticuloso, tal vez cada uno tendría su propio twitter y su propio tumblr. (No se hable de Facebook. Qué horror.) Aún cuando este blog fuera el centro donde gira el universo de cada uno de estos personajes podría desarrollar sus propios intereses de manera independiente. Claro: Se necesita tiempo para hacerlo correctamente. El engaño, con todo y aviso de engaño, es un artificio laborioso que con la medida justa de tiempo… incluso podría engañar a su propio creador. Me imagino, con una pequeña sonrisa, personas que se acerquen a estos personajes para platicar, para desarrollar ese tema que creen es quien los define, cuando la verdad es el mero aburrimiento de una sola persona. Habrá sus reacciones adversas: Alguien pensará que estoy loco, alguien pensará que los otros existen en serio, alguien querrá enemistar a los inexistentes o alguien se enamorará de ellos y mandará cartas, botellas con algún mensaje, opiniones largas y bien meditadas acerca de lo que… para mí, es un cuento, y para un ficticio, una verdad íntima e importante. Imagínense que empiezo a pensar como uno, como otro, como un ficticio y que se me olvida mi propia vida. Imagínense. Solamente sueño. Tomo apuntes. Anoto estaturas y otros rasgos físicos, anoto viejos amores, los cuentos que han escrito, las carreras a las que se han dedicado, los muertos que llevan como sombras. Momentos de fe y de creencias. Juego con una baraja, anotando el nombre del personaje y probablemente de lo que pueden hablar. Anoto días, como si pudiera seccionarse una personalidad para cada día. Tal vez, algún día. Cuando termine escribiré un libro llamado: Los otros, los ficticios y de subtítulo: Juegos de personalidad...

Diez.

By on Jueves, mayo 26, 2011

El dieciseis de diciembre de 2007, Vlad Pax escribiría una novela postmodernista con detalles humorísticos: Uno solo no conserva lo que no amarra. Los críticos literarios del país cuando se vieron confrontados con un título de dicha índole, alzaron la ceja escépticos pero decidieron tomar el libro y leerlo de cualquier manera. No había mucho que leer para las reseñas de los domingos, o miércoles, o mensuales… y el libro, al tener una portada amarilla, parecía que contribuiría a la calidez de encerrarse en el estudio y olvidar los fríos de diciembre. Yaffid Martínez dijo que el título era lo más adecuado, ya que sus personajes vivían una ambivalencia entre los amarres y las doble negaciones, y qué probablemente se convertiría en un himno de esta generación durante meses. “La importancia de los amarres y la conservación en esta generación materialista se ve reflejada en la obra como la sociedad se ve reflejada en el espejo día a día.” En cambio, Gerardo Tron, como el crítico mordaz que era, desechó la obra como un momento apenas literario y definitivamente pueril. Su texto termina con la siguiente frase: “Que alguien le amarre los huevos al autor de la obra, o los dejará ir.” Cosa impensable, hasta entonces, para los críticos literarios de la nación que habían hecho un pacto de jamás utilizar las palabras vulgares para que las masas no se sintieran atraídos a su profesión. Algo que no confesaría Gerardo Tron, sin embargo, es que a la mitad de la lectura, cuando el personaje de Ulises Albarrán amarra a Federico Urrea en la cama para que este no vuelva irse lejos de él, se le salieron las lágrimas y pensó en la relación que había tenido con un joven escritor hacía unos meses. Dejo el libro, se abrazó en un ovillo y lloró toda la noche, por lo cual no fue raro que su humor estuviera tan ácido al día siguiente y que este hubiera agarrado el sabor, como lo agarra la carne marinada, durante toda la tarde que escribió su texto. Cuando Gerardo Tron escribió “Que alguien le amarre los huevos” le pasó rápidamente por la cabeza el rostro del joven escritor… y también sus huevos. Un año más tarde, un escritor con el seudónimo de Perix, inspirado en la obra de Vlad Pax, escribió: El gasero y la viuda. Es un libro que tuvo una edición de quinientos ejemplares y qué, la verdad sea dicha, todavía está llenándose de polvo en todas las bodegas, donde está dividido. No sería hasta diez años más tarde que Perix escribiría la novela que le abriría las puertas como un escritor de la nación, pero no vayamos allá aún. Está muy lejos. Cuando lo entrevistaron en un periódico estudiantil de una universidad de cierto renombre, unos estudiantes de comunicación que miraban la literatura con ingenuidad y optimismo, Perix se sintió en confianza de confesarles que “escribí mi novela todos los días a las siete de la mañana, observando las calles de mi barrio por la ventana. A esa hora pasaba un camión de gas tocando en sus altavoces una canción de Ennio Morricone y luego uno de los encargados gritaba por el micrófono gas. Entonces lo vi. Vi en ese momento mi infancia, y a mi madre viuda. En realidad no era mi infancia, sino era la de mi primo. Yo tenía a mis dos padres, pero luego me imaginaba que yo era mi primo e imaginaba que mi padre había muerto, y que me quedaba solo en el mundo. Que me levantaba mi madre temprano para ir a la escuela, mientras ella preparaba el desayuno y nostálgica, se asomaba, para buscar al gasero que tanto se parecía a mi padre, o al padre de mi primo, o a ti. Tú eres el gasero.” El estudiante que recibió esa revelación no durmió durante varios días. Se miraba al espejo, tal como había profetizado Yaffid Martínez en su crítica, y lo único que podía encontrar era el gasero. La novela de Perix estaba sobre su buró pero no había leído ni una sola página. Moría de nervios por verse ahí. El estudiante, al que sus compañeros habían puesto de mote el mandarino, tomó entonces papel y lápiz, y decidió escribir sus propias angustias. Mandarino escribió un cuento qué, como la entrevista del Perix, no saldría más allá de su periódico escolar. El cuento se llamaría ‘O sea mamón, un título que surgió de manera accidental como todos los buenos títulos. Aunque lo bueno, en este caso, estaba a criterio del lector. La primera vez que mandó su cuento al editor del periódico, un chavo de veintitantos años que prefería ver pornografía y jugar tetris en sus ratos libres, que buscar cualquier cosa que promoviera el crecimiento cultural de ese periódico, le dijo que le gustaba el cuento y se lo repitió dos días más tarde mientras tenía su verga dura y erecta y miraba unas fotografías de vedettes mexicanas de los setenta (y descubrió así, pues, su fetiche). Tres días más tarde tenía la entrega encima, la presión del consejo escolar, del consejo directivo, de los socios, de los escritores, reporteros y fotógrafos. Lo normal. Cuando llegó al cuento de Mandarino, hizo el copy paste y le llamó por teléfono para decirle–. Es una chingonería tu cuento, pero ¿cómo se llama? –No sea mamón –respondió Mandarino, el editor le colgó el teléfono...

Cuento de los claveles blancos.

By on Miércoles, marzo 30, 2011

Este es un cuento que se escribió a tuitazos. Luego me cuentan si les gusta. Esta tarde, cuando pensaba salir a pasear con mis dos perros, descubrimos a una mujer que lloraba en nuestra banqueta. Estaba sentada, con las piernas dobladas al rostro y se balanceaba. El sol no tardaba en ocultarse. Ella miraba hacia nosotros, usaba un vestido blanco, jirones de cabello cubrían sus ojos. Era muy vocal para llorar. El perro más pequeño, con su complejo de macho alfa, se adelantó a mí y ladró. Sus patitas brincaban con cada ladrido. No debió hacerlo. ¿Pero cómo íbamos a saberlo? El perro más pequeño avanzó unos pasos más sintiéndose valiente. Ninguno esperábamos lo que sucedió después. Se abrió el vestido blanco de la mujer que lloraba y su piel se hizo tan blanca como su vestido. Parecía un flashazo… Pensé que un clavel blanco se había comido la realidad. Escuché los ladridos del perro pequeño y traté de llamarlo. Cerré los ojos. La mujer que lloraba, seguía llorando, llorando todo lo que tenía por llorar. No me lastimaba la luz, me lastimaba la cantidad de blanco, era como si mis ojos se hubieran transformado en pantalla y… y… ya no existiera otra cosa. El vestido blanco se lo llevó. El perrito ya no ladraba, y mi otro perro, en vez de asustarse, sencillamente se echó detrás de mí. Sabía que no tenía caso ladrar. El sol ya no existía. Observé a la mujer de vestido blanco y pensé lo que muchos pensaron—. A la mejor es la llorona, la de verdad, o es una versión moderna. Ya saben que todo mundo hace versiones modernas de cuentos viejos por muchos motivos: jueguito, ingenio, necesidad, oficio. Ocio. Falta de seso. Tenía una versión moderna de la llorona para mí. Eso debía ser, qué afortunado (Pensé y pensé). Busqué una cajetilla en mis bolsillos. Ah… había dejado de fumar. Qué buena onda. Saqué mi teléfono para llamarle a alguien y no tenía señal. Incluso el fondo de pantalla era —curiosamente— un clavel blanco. Me gustan los claveles. Los claveles me recuerdan cuando de niño, mi abuela y yo paseábamos por los jardines y ella me decía el nombre de las flores. Las flores más escandalosas, además de las rosas por supuesto, eran los claveles. Claveles rojos, claveles blancos. —Esto se llama clavel —me dijo—. Ahora vamos a buscar otro jardín para ver si recuerdas el nombre de las flores. Buscamos muchos jardines antes de que nos aburriera el juego. Hice una mueca. Podía entrar a la casa a esconderme, pero mi mujer no me perdonaría que el perrito se hubiera perdido. Y el otro perro, que estaba echado y con los ojos cerrados, no me daba buena espina. —Me salió más listo —susurré—. Mejor se hace el muerto y que el cabrón que se presume su dueño lo solucione todo. —Él nos alimenta, nos saca a pasear, nos dice dónde dormir y dónde cagar… pues que él se haga cargo de los espíritus. Pensé, molesto, que un gato ya habría solucionado las cosas. La mujer seguía llorando. Recordé un incidente similar que había tenido con un hombre que se tragaba la tierra de mi jardín. Era un hombre que se comía la tierra, que cavaba un agujero y que no respondía ninguna pregunta. ¿Qué le habrá pasado después? Un sabor a tierra me picó la lengua, era un recuerdo. Suspiré, los recuerdos no estaban solucionando nada y la mujer todavía tenía muchas lágrimas por derramar. Así que hice la pregunta estúpida que había hecho en mi cabeza desde que se llevó a mi perro—. ¿Eres la llorona? No debí hacerlo. ¿Pero cómo iba a saberlo? El vestido blanco de la mujer se extendió de nuevo. Un nuevo flashazo de luz ocupó todo mi rango de visión… Sentí sus diminutas lágrimas como esquirlas que atravesaban mi piel y me llevaban a otro lado. Me iba a romper. Pero el otro perro, que se había tenido la gracia de jugar al muerto, me ofreció su protección. Sus orejas grandes y su baboso hocico, se adelantaron a mí y recibieron todo el castigo. El perro que se hizo el dormido… …desapareció. La mujer que lloraba no paraba de llorar. Tuve un pensamiento absurdo. Había sucedido como en un videojuego y ahora sólo me quedaba la última vida. También se me ocurrió una certeza en ese instante: Un gato no me hubiera salvado la vida. ¿Me habían salvado la vida? Me sentí culpable por todo lo que había dicho del perro, porque así es uno. Llega el momento donde uno se “desdice” de todas las pendejadas que dice. Traté de hacer una relación de eventos: hombre que come la tierra, clavel blanco fondo de pantalla, perros desaparecidos, lágrimas como esquirlas, un vestido blanco que se come la realidad, una mujer que no para de llorar, te recuerdo abuela, y recuerdo los jardines por los que paseamos tantos días ofreciendo el nombre de las flores, parece la llorona pero no es la llorona, personas que escriben cuentos viejos como cuentos nuevos por… por… ocio, ingenio, beneficio, astucia, falta de ingenio, diversión, falta de seso. Se supone que en un videojuego de detectives, uno hace ese tipo de relaciones y sabe después para donde moverse. Sí, se supone. Se supone la vida, se suponen muchas cosas, se supone que nadie moriría, se supone que todos viviremos para...

1 12345679