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Fin del viaje.

By on Domingo, julio 27, 2003

La magia del niño me inundó los poros y la mente, de nuevo pude ver mariposas amarillas en el aire, que buscaban y luego se besaban con cuervos azules y adquirió sentido como nunca antes lo había hecho, veía los escenarios en tonalidades más brillantes y me di cuenta, ya solo faltan seis días, con sus seis noches. Salí a la proa, donde el rostro del sol me sonrió y me señaló hacia el otro lado, donde las nubes todavía eran grises y el mar de Yunén seguía contaminado. Alcé mis manos creyéndome Dios y tomé las nubes grises entre mis manos y las apreté para dispersarlas, abrí la noche con todas sus estrellas y hasta creí escuchar grillos, soy el Inventor. El delfín saltó y dibujó su silueta a la luz de una luna completa. Esto es la magia y la magia ha cambiado mi entorno. Sin embargo, no ha completado mi destino. Ahora que soy Magia y Ciencia, Espíritu y Materia, debo preguntar a la Anciana. Soy un ser completo. Caminé a la popa, donde busqué a la anciana y me encontré su mecedora, moviéndose sola, iluminada en azul por la luna. Caminé a la proa donde los rayos del sol le daban vida a mi barco Mojalnir y después, me metí a mi habitación. Siluetas de cuervos y mariposas parecían seguirme, me sentí mareado. Todavía no me acostumbraba. Soy Dios. Tambaleándome en el pasillo de los Cuartos descubrí que El Cuarto de Juegos había desaparecido, el niño ha cumplido su destino. Seguían escuchándose gritos en el Cuarto de Trofeos: Yasmín todavía no ha terminado de hacer lo que hace con el súcubo. Toqué la puerta y grité el nombre de la ciega, ella no me respondió pero los gritos cesaron. —¡Ya fue suficiente, Yasmín! ¡Es hora de que me respondas! —grité. ¿Qué me respondiera qué? Estaba confundido, la magia no acababa de adentrarse en mi sistema. Yasmín entreabrió la puerta un poco, se veía algo de su rostro que estaba manchado en sangre, su ojo blanco de ceguera se veía siniestro y las arrugas, marcaban el espacio donde piel que no era suya, estaba ahí enterrada. —Todavía no termino, Simón —dijo la adivina seria y cerró la puerta. Los gritos regresaron en cuanto lo hizo, busqué en los bolsillos de mi pantalón y descubrí la tercera llave de Beatriz. ¿Debía usarla? ¿Debía aceptar que todo terminara? No, Beatriz no es el fin de éste viaje… de haber sido así, entonces el Árbol Tsef Thaed no hubiera evitado que me colgara. Hubiera muerto hace mucho tiempo, si todo fuera por Beatriz. Cuarto de Máquinas 0. ¡Caminar, caminar, caminar! Las siluetas de los cuervos y las mariposas continuaron siguiéndome, revoloteando en el ambiente. ¡Vuelen amarillos! ¡Vuelen azules! ¿Es el hombre soñando a una mariposa, o es la mariposa soñando al hombre? Filosofía barata de años de antigüedad. Los cuervos, los mensajeros de los caballeros de la muerte en la edad media. Más filosofía barata. Si… soy barato y filosófico. Soy un sofista o un fariseo, un Sartre o un Nietzsche, sin la misma elegancia o el mismo potencial para convertirse en un filósofo de renombre para el gusto de los muchachitos góticos o los ateos ignorantes. Acabaré convirtiéndome en un Fromm o en un Kant, para gusto de los humanistas o los profesores de ética. ¿Qué será peor? No, no quiero ser nada, tan sólo quiero ser una hoja de cerezo y que me lleve el viento, no quiero ser el sueño de la mariposa, ni el mensajero de la muerte. Yo soy el culpable de mi propia desgracia, ¿o hay alguien más detrás de todo esto? La Muerte o El Eterno. El Inventor. Soy un dios. Metí la llave y abrí el Cuarto de Máquinas. Lo primero que vi fue la espalda de Beatriz, avancé y la puerta se cerró con la estela de cuervos y mariposas que me seguían. Caminé hacia ella y con cada paso que daba, ella estaba más distante y más lejos. Mis pies se hicieron pesados y parecía que estaba luchando contra una corriente de aire. Grité su nombre que se perdió en el silencio. Ella no volteaba. Dejé de caminar y empecé a correr. Los engranajes del Cuarto de Máquinas se movían tan lento a comparación de mi pelea contra la corriente, ella todavía no se dignaba a mirarme. —Beatriz ya está muerta, Simón —dijo el niño, alguna vez lo dijo. Y era cierto… muy cierto. Las piezas del rompecabezas encajaron y yo me detuve, dejé de correr contra el aire, la estela de mariposas y cuervos se detuvo. Me senté en el piso y suspiré. Beatriz ya está muerta, desde hace mucho tiempo. No lloré, ni sonreí, ni prendí cigarrillos. Me senté a mirar su espalda. En alguna parte, empezó a sonar el Tango del Cambalache, un tango viejo y creo que de los más representativos de aquella Argentina, no lo sé. La puerta del Cuarto de Máquinas se abrió de nuevo y entré yo otra vez. Sentado en el piso, me miré caminar hacia ella con un cigarrillo en los labios y el cabello bien peinado. —Es hora de la tercera lección —dijo otro-yo. —Así es, mi querido Simón —respondió Beatriz, ella dejó de darnos la espalda y caminó hacia el otro-yo quien parecía más versado en el arte de bailar que yo. Los miré mirarse, eran mágicos. Los...

Niño 0.

By on Viernes, julio 25, 2003

Día 80 Querido Diario: Restan siete días, con sus siete noches… curioso, es el número de la perfección, según decían los católicos. O tal vez divago. Los cristianos, los católicos, los budistas, los islamitas y los mormones, ninguno de ellos me cae bien. Así es, querido Diario, estoy haciendo trampa y estoy diciendo que no me cae bien el noventa por ciento de la población. ¿Por qué habría de mentirte? Tampoco me caen mal, sólo me son… manchas borrosas, gente que quiere aventar sus incompatiblidades a otra gente y viceversa, entes amorfos, llorantes pensantes. Por supuesto, no me excluyo, pero al menos soy discreto y no busco molestar a los demás, son los otros si decidirán si molesto. Hace un par de días, quería escribirte muchas cosas y precisamente esas cosas no me lo permitieron. Ahora si las escribiera, no sería lo mismo y te soy honesto, no quiero revivirlas. Confórmate con saber tres cosas: El Árbol Tsef Thaed ha conseguido su nombre, antes de irse me recuperó la llave de Beatriz y ya no vendrán más súcubos. ¿Eso nos asegura tranquilidad, mi querido Diario? No. La verdad es que no. Hoy es el número de la perfección. Un símbolo cabalístico. No sabemos que puede suceder. Este viaje me ha hecho entender muchas cosas y entre ellas está que debo terminarlo. Ayer estuve a punto de suicidarme (¿cuántas veces no he escrito esas palabras en ti, mi querido?), y esta vez, no hubo marcha atrás. Sentí la cuerda, sentí el tirón y mi cuello se hubiera roto si un amigo no me hubiese salvado. ¿Quién lo hubiera pensado? Tengo amigos o mejor dicho, tuve a mi mejor amigo. Mi vida se está convirtiendo inevitablemente en una parodia de “El Principito”, tanto que negaba deslizarme a la cursilería y resulta que todo confabula para restregarmelo en la cara. Pero no importa. Está bien. Yo no pretendo ser un héroe y tampoco enseñar a nadie. De ser posible, mi querido Diario, he de quemarte para que nadie lea estas palabras. Nadie debe seguir mis pasos, y yo no soy nadie que otorgue enseñanzas. Sólo envejezco más cada día y ha llegado que pronto deba decidir… mi muerte, mi inmortalidad, mis fantasmas, mi destino, mi séptimo cigarrillo. Hacia ahí he estado caminando, irremediablemente, inexorablemente. Reflejo-contrarreflejo. Inspiración del Arte. El Aleph de Borges o el Omniverso de Fest. ¿Te conté que la puerta del Cuarto del Jardín ha desaparecido? Quiere decir que la historia del Árbol Tsef Thaed está resuelta. No ha de regresar, mi querido Diario, a menos que el cabrón haga trampa. ¡Ah! ¡Cómo lo extraño! Inexorablemente es una palabra que me ha hecho llorar, alguna vez estaba sentado, reflexionando, leyendo el libro en el libro de Ende y esa palabra me encontró: Inexorablemente. Es cierto, cada paso (pasito a pasito), me ha traido aquí. Desde antes de conocer al unicornio negro, sabía que esto iba a suceder de alguna manera u otra, lo intuía a manera de enigmas. Todo esto ha sido necesario para que yo tome una resolución y todavía faltan siete días, con sus siete noches… y en cada día, algo puede suceder, hasta llegar al día cero. El día que divide el tiempo de los hombres en antes y después. Del menos al infinito o del infinito a la nada. Hermoso. El hombre durante su vida puede tener muchos ceros, muchos antes y después, hasta llegar a la perfección de si mismo. La perfección imperfecta. Muchos le llaman destino y reniegan de él, otros tantos le llaman azar y la adoran como una cortesana. Yo le llamo caminar, el Árbol Tsef Thaed me ha enseñado eso. ¿Qué le enseñé yo, acaso? No lo sabré, se murió antes de poder decírmelo. Perdóname Diario, estoy recordando y te prometí que no quería escribir de ello, pero tú sabes… me fue inevitable. ¡Ja! ¡Es inexorable! Siete días, con sus siete noches. Simón Dor se acercó al niño, quien tenía los ojos abiertos y le miraba. Estaba serio y pálido, todavía afectado por el enfrentamiento del súcubo. Simón le sonrió al niño, se sentó en la cama y le acarició el cabello. –Perdóname, Simón. –Perdóname tú a mí. –Pude haber evitado todo. –Yo también. Esto me ha hecho comprender que si niego la magia que me ofreces, se perderá más de lo que ya se ha perdido. No podemos seguir separados o uno de los dos tiene que irse definitivamente, para que el otro no sufra. El niño asintió. –Me iré a primera hora del día de mañana. Simón sonrió de lado, el niño se salió de la cama y abrazó a Simón. Simón lo cargó y se lo llevo a sus piernas. Los dos se quedaron en silencio, hasta el amanecer. –Nadie dijo que tendrías que irte. El niño mago miró a Simón, sonrió y después se fragmentó en miles de mariposas amarillas que entraron por los poros del viejo. Simón Dor se agarró la cabeza y gritó, rió, se quejó. Los sentidos le cambiaban a medida que las mariposas se hacían agua en sus poros y le penetraban la piel bronceada, los ojos vencidos y los labios partidos por infinidad de batallas. Así pasó el día siete, con su séptima noche… y pronto quedaron quedaron...

Día 79.

By on Jueves, julio 24, 2003

Querido Diario: Ocho días, con sus ocho noches. Ya me morí. La pregunta golpeó violentamente el barco, estremeciéndolo completo, como si estuviese en plena tormenta. La anciana ciega abrió los ojos y pudo ver, furiosa, alzó las manos y como una fiera gritó a la luna. Se tiró de rodillas y un aura azul hizo la ilusión del fuego en el iris de sus ojos. —¡Madre Lilith! ¡Madre Lilith mi puta madre! —gritó Yasmín enfurecida, con las manos atrapó el aura que su cuerpo destilaba y la empujó en sus ojos, tratando de sellarla de nuevo—. ¡Ahora verás, Ludiah! ¡Tú puta madre está enojada! La pregunta inundó los pasillos, abriendo y cerrando todos los cuartos en un santiamén. El niño escuchó la pregunta y se retiró las uñas del corazón, luchando para quedar libre del súcubo, cuando logró hacerlo… los ojos de Simón se le hicieron agua, la ilusión de Ludiah Sartdac se estaba perdiendo entre parpadeos y vientos. Simón sintió la debilidad, casi había perdido el alma en la imagen falsa de Beatriz y ahora que escuchaba al verdadero fantasma, comprendía que todo era su culpa. Con lo que restaba de su salud mental y física, apartó al niño de Ludiah y lo puso detrás de él. El niño seguía confundido y mareado. Ludiah se arrodilló, con su vestido negro, entre los vestigios de la imagen que había adquirido. Miró a Simón Dor de reojo y le sonrió tiernamente. —Te estaba dando lo que querías… te estaba dando lo que querías. Aunque nunca me llamaste Ludiah, seguiste usando ese maldito nombre y no me importó. Te estaba amando Simón Dor, no hubieras sufrido con tu alma en mi posesión. Podemos olvidar esto, regresa a mí, ahora. Decide ya, Simón. Yo te doy carne que tocar, huesos que tronar, sangre que beber. Simón Dor buscó sus pantalones sin quitar la mirada del súcubo que parecía herido. Se puso sus pantalones y luego buscó en ellos los cigarrillos y los cerillos, estaba tan nervioso que solo pudo prender uno hasta el séptimo intento. Fue cuando recordó, ¡el Árbol Tsef! ¡Thaed! El Árbol Tsef Thaed había conseguido su nombre y de alguna manera, había logrado salvarlos a todos. —Ven a mis brazos, Simón… no me niegues ahora—dijo el súcubo, arrodillada alzó sus manos suplicante. El anciano fumó y miró todavía con la quijada temblándole al súcubo, había llegado tan cerca. —No. Vete de aquí. —¡Te amo! —Usaste su imagen. —Te amo… —¿Hasta dónde llegaste? El súcubo sonrió. —Hice lo que tenía que hacer. No quería salir y dejar al súcubo solo. Podría seguir haciendo de las suyas y el niño seguía lastimado por ella. Volteó y miró que dormía, lo alzó en sus brazos y se lo llevó al hombro. —¡Ludiah! —gritó una voz vieja y carrasposa. Después se azotó la puerta del Cuarto de Trofeos y entró Yasmín furiosa, su gran cuerpo temblaba de ira y los ojos completamente azules y abiertos. Las arrugas bien podían ser navajas y sus uñas, bien podían ser dientes que estaban a punto de desgarrar carne—. Déjame sóla Simón, no quieres ver esto. El viejo dudó un segundo. A Yasmín no le importó y caminó hacia Ludiah quien alzó las manos. —Me debes más que un jalón de orejas jovencita —dijo Yasmín—. Te sacaré los ovarios por la garganta y después te los meteré en el culo. ¡Vete de aquí, Simón, qué de veras no quieres ver esto!. Simón obedeció. Nunca la había visto tan enojada. Y al escuchar los gritos cuando se cerró el Cuarto de Trofeos, prefirió no preguntar después. Simón Dor caminó a su habitación, quitó el hacha de su cama y después acomodó al niño mago ahí. Lo arropó y lo dejó dormir. El súcubo había jugado sucio. Después salió y miró en sombras al Árbol Tsef Thaed, quien se encontraba plantado y con las ramas bien alzadas. Estaba completamente marchito. Simón se llevó una mano a la mejilla y caminó arrastrando los pies, queriendo retrasar lo inevitable. —No es cierto, no es cierto, no es cierto, no es cierto. Entendía ahora el silencio del delfín, que no había notado hasta que miró al Árbol Tsef Thaed y a medida que se fue acercando a él, penetraba la piedra por sus ojos. ¿Qué había tenido qué dar para salvarlos? ¡Una vida de siglos, desperdiciada tan sólo por salvarle a él! Se acercó y abrazó al Árbol Tsef Thaed petrificado, le lloró, sin importar que se le raspara el pecho desnudo. Fue cuando los ojos de Árbol Tsef Thaed lucharon por abrirse y trató de hablar, pero no salió más que un leve susurro, que fue suficiente para tranquilizar a Simón y hacerlo que se levantara, para acercar su oido a la boca de piedra. —Es…c…ú…cha… Lo…e.nx.. Mis…oool…vos…, ya…..es..toy….olv…iana…da..lo…e….len…guaji… Simón entendió. —Una palabra. No intentes formar oraciones. —Mojol. Mariposa. Iopothep. Árbol. Tsef. Thaed. —Así, Árbol… así. —Bien. Llave. Indiaraman. Ijoldio. Árbol. Tsaf. Thied. Adentro. Simón se limpió lágrimas con el puño, y escuchó miles de palabras. Palabras que el Árbol Tsef Thaed decía lentamente y pensaba para poder decirlas completas, ya que la mariposa estaba consumiendo por completo lo que restaba de su interior. —Beatraz. Llive. Adentro. Hacha. Morir. —No entiendo Árbol Tsef Thaed, descansa. Buscaremos la manera de curarte, el niño está salvado, ¡él podrá hacerlo! —Imposible. Escucha. Kilertes. Llaveo. Llave. Andierentero. Adentro. Llave. Beatraz. Adentro. Hachalad. Hachead. Ábol. Hacha....

Árbol 0.

By on Miércoles, julio 23, 2003

El rottweiler saltó al frente. El Árbol Tsef Thaed se protegió con la mitad petrificada y sintió el golpe seco del ataque del perro, que mordía con dientes y atacaba con manos fuertes. La piedra no le dañaba y la furia era tanta que el Árbol Tsef Thaed se vio obligado a retroceder, a pesar del peso de su corteza. El perro olió y después dejó de atacar. —Hermano —dijo Bobby Mindar—. Llevas una mariposa negra en tu interior, pero todavía no te transformas. ¿En qué te puedo ayudar, hermano? El rottweiler sonrió. —¿Hay.alguna…forma d..e detener la tra…nsformación? —preguntó el Árbol Tsef, aún con las ramas alzadas y cubriéndose con la mitad dura. La piedra se extendía y ya estaba llegando a su boca. Uno de sus ojos ya no se movía. —No lo sé, Hermano. Pero si tengo que decirte una cosa. Esa llave debe quedarse aquí, si no quieres que te mate. Ya no tienes fuerzas, Hermano. El rottweiler se movió rápidamente y de un zarpazo, quebró tres ramas del Árbol e hizo una raja en la parte de la corteza sana, cerca de su ojo. El Árbol aulló y la herida quedó como una cicatriz, que la corteza ya no podría borrar porque enfermaba. Intentó golpear a Mindar con las ramas sanas, sin embargo le fue inútil porque el perro era demasiado rápido. —Ya no puedes hacer nada, Hermano. Esa llave no servirá de nada. El Cuarto de Máquinas está sellado con magia. El rottweiler volvió a atacar con rápidez, y esta vez tronó raíces petrificadas con sus dientes y su fortaleza. El Árbol no se quejó, notó que no le dolía ya lo que se había convertido en piedra. —Nunca has de terminar la transformación, Hermano. Porque tienes tu nombre. —Tú tam..bién tienes el tu.yo. —A mi nunca me ha importado mi nombre, Hermano. A mi no me lo dio un dueño, me lo dio un verdugo y lo que siempre he querido, es vengarme del verdugo. El Árbol Tsef Thaed sonrió con la mitad de los labios que aun podía mover. —Buen….pu….nto. El rottweiler se rió. —Sal de aquí, Hermano. Siente con la madera que todavía te queda sana y grábate estas palabras: Podrás ver a la mariposa negra, acércate a ella… la mariposa negra querrá juntarse con la que llevas en tu interior. Sólo así se descubrirá el Cuarto de Máquinas. Pero también, Hermano, no podrás susurrar tu nombre si tus labios se quedan quietos y habrás de transformarte entero. ¿El verdugo vale ese sacrificio? Eres estúpido, Hermano, pero que se haga tu voluntad. Mindar volvió a atacar al Árbol Tsef Thaed, completando la cicatriz en el ojo como si fuera una cruz. Después se rió y se alejó corriendo, perdiéndose profundamente en el Laberinto. El Árbol Tsef Thaed le escuchó alejarse, arrastrándose y con la mitad de sus labios rotos, susurró su nombre en voz baja. Abrió la puerta del Laberinto y salió, lentamente. El ojo sangraba savia, las ramas que aún podían moverse, lo hacían y las raíces también, empujándose al extremo. —Árbo…l… Ts..ef…Tha…e.d… defi….nitiva….mente, es…t…o no….lo… quie….ro, en…mis…recu…e…rd…os. —El Árbol Tsef Thaed se echó a reír con la mitad sana de su boca, se estremeció todo su cuerpo con la risa y de haber estado sano, le hubieran llorado también los ojos. La corteza que aún poseía vida, estaba volviéndose gris. ¡Camina! ¡Camina!, pensó el Árbol, siguió con la letanía de su nombre. Agarró fuerzas para continuar moviéndose y se acercó a donde debía estar el Cuarto de Beatriz. ¡Si Simón estuviera aquí, se quejaría de la cursilería que significa la amistad!, se dijo el Árbol Tsef Thaed y continuó riendo en voz baja, le dolía moverse y le dolía seguir caminando, pero era la primera vez que quería hacerlo. Realmente, quiero dar mi vida por alguien que no se lo merece. A los ojos de todos, pensarían que este sacrificio de veras no se merece. No lo merece, dirían, y yo me estaría riendo como ahorita. El Árbol Tsef Thaed pronto cerró su mente, porque la mariposa negra ya estaba ganando acceso a ella. El veneno del olvido, estaba buscando en todas partes como llegar al nombre que evitaba que se esparciera. El Árbol Tsef Thaed sonrió con la mitad sana, eso ya no importaría. Al llegar donde debía estar la entrada del Cuarto de Máquinas, se plantó un momento y esperó. Efectivamente, la mariposa saltó sola y se acercó al Árbol, con una de sus ramas vivas la atrapó y se la llevó a sus labios. Luego, caminó susurrando en silencio su nombre hacia la proa. Esperaba que el tiempo alcanzara para llegar a la luz del sol. —…Árbo…l… Ts..ef…Tha…e.d… —…bol…Tse….f…Tha…d… —…l…Se…ha…. —…t…….t…. —……….. Se hizo piedra con las ramas levantadas y los ojos aún con vida. El sol le calentaba y le quemaba, intensamente, cuarteando la piedra y cicatrizándola. No había frutos, y no había hojas. Un árbol marchito que siempre miraba al horizonte, con los ojos aún brillando y la mente descompuesta. Si uno se acercaba lo suficiente, podía escuchar: “Árbol Tsef Thaed”, en voz muy bajita, casi como el susurro del viento cuando uno se está alejando del invierno. Si alguien te hubiera dicho que ese Árbol caminó durante siglos, no le hubieras creído, porque se veía como una hermosa estatua que siempre estuvo para el placer de algún bosque encantado. ¿O es qué el...

Árbol IV.

By on Martes, julio 22, 2003

—¡TSEF THAED! —grité. Ese es el nombre completo, un opuesto a celebrar la muerte. He vivido, y ahora que he vivido, no resta nada más. Dejé de caminar y dejé de sobrevivir, para disfrutar. ¿No es así? Simón Dor me ha olvidado, yo sé que no fue su intención, fue culpa del demonio que está caminando con el cuerpo de Beatriz. No habré de culparle. Es hora ya. La mariposa no tardará en matarme, el viento no tardará en arrastrar lo que quede de mi madera seca. ¡Te estás rindiendo antes de luchar, cabrón!, eso me dijo Simón Dor. Es la verdad, no hay más porque luchar. Mi historia ha terminado y como ha terminado, es como debía ser. El delfín está haciendo ruidos, como esperando a que me niegue a morir. Pero es que yo ya no debo hacer otra cosa más. Simón Dor me ha olvidado y es justo que yo me olvide de él. El niño y la anciana también se olvidaron de él. Todos han olvidado a Simón Dor. Es lo que él quería. Eres mi amigo y me duele, eso también lo dijo Simón. Es uno de los recuerdo que me llevaré. Me estoy marchitando. Ya no queda más por hacer. El delfín sigue haciendo escándalo… no me importa. Déjenme morir en paz, vamos, no me molesten. Es hora, no saben cuánto he caminado, no podría caminar otro tanto ya. Alzaré más las ramas, para que se vea bonito cuando me quede petrificado y seco. No salieron fuegos artificiales y tampoco murió la mariposa. Tan solo, se le dio un punto final a mi historia. El Árbol Tsef miró el horizonte y escuchó al delfín saltar. Las pocas hojas que quedaban, se fueron cayendo y los frutos, se habían echado a perder hacía tiempo. —Árbol Tsef Thaed —susurró. Sonrió, se acordó de la borrachera con Simón y después recordó las clases de pelea. Se rió, no pudo evitarlo, se rió tanto que un pedazo de corteza se quebró y cayó después al suelo. Apretó la boca de dolor, dirigió su vista al pedazo de corteza y se rió aún más. La mariposa empezó a llover olvido y el Árbol Tsef Thaed se dio cuenta de que no olvidaba nada ya, porque tenía su nombre, lo cual era todo lo que necesitaba. Se puso a pensar en Simón, ¿qué necesitaría él? No tuvo oportunidad de preguntárselo y luego cayó en cuenta, que Simón sabía el destino de todos, pero ninguno habría de conocer el del viejo. Ni Yasmín lo tenía cierto, ¿inmortalidad o muerte? ¿era el viaje por Beatriz? ¿los seres que se habían adueñado del barco, también se habían adueñado del destino del viaje? —Fuiste muy listo Simón —dijo el Árbol Tsef Thaed. Pensó un rato más y recordó de nuevo el baile, mecer las ramas de un lado para otro. Miró hacia arriba, donde estaba la mariposa y supo lo que debía hacer. —Si tu puedes escribir tu propia historia Simón, también yo escribiré la mía. Espero que valgas la pena. ¡Escúchame delfín! ¡Salta y traeme a la mariposa! Es muy importante esto que te digo, no te la comas. Hagas lo que hagas, no tragues ni tantito de ella. El delfín obedeció, saltó y con las aletas empujó la mariposa hacia el Árbol Tsef Thaed quien después, habría de atraparla con las ramas. Cerró los ojos y recitó su nombre en silencio cuantas veces pudo, antes de llevársela a la corteza y comérsela. El efecto fue inmediato, la mitad izquierda del Árbol empezó a convertirse en piedra. —Debo apresurarme, antes que la mariposa me transforme por completo. Nunca se debe jugar con magia pervertida, o te transforma desde adentro. Se abrieron las nubes, el sol se asomó y el Árbol pudo reverdecer la otra mitad de su corteza. Debía ser rápido, o la magia podría matarlo. Avanzó con las raíces que le quedaban sanas hacia el Pasillo de los Cuartos, arrastrando la pesadez de la mitad que se convertía lentamente en piedra. Repetía con ahínco su nombre entero, ya que eso le ayudaba a no olvidar y contrarrestar el efecto del veneno de la mariposa. ¡Árbol Tsef Thaed!, camina, vamos… camina un poco más. No es hora de descansar. ¿Dónde estás, Simón? ¿Dónde estás, Simón? El embrujo del súcubo es demasiado fuerte, no puedo contra él. La única que puede es Beatriz y ha desaparecido su Cuarto. ¡Demonios! ¡Piensa rápido Árbol Tsef Thaed! No hay más puerta, porque ya no hay más llaves. Simón solo utilizó dos, ¡eran tres llaves! ¿Dónde diablos quedó la tercera? Claro, en el Cuarto del Laberinto. ¡Camina, Árbol Tsef Thaed! El Árbol Tsef Thaed arrastró sus raíces hacia El Cuarto del Laberinto, con las ramas sanas abrió la puerta y se metió. Cerró los ojos y sintió las semillas que había depositado ahí en algún momento. No fueron aplastadas, como había pensado Simón, tan sólo se habían plantado dentro de la niebla. Con ellas podía ver todo el Laberinto y así, encontrar la respuesta. Mentalmente, visualizó todo lo que sus semillas podían alcanzar y descubrió un brillo, era la llave. No estaba lejos. Nueve días, con sus nueve noches. Se arrastró lo más rápido que pudo, la mitad que se petrificaba se hacía pesada y difícil de manejar. Caminó entre los muros de niebla, sin dudar el camino. Ahí estaba la llave, extendió sus ramas y la...

Simón Dor I.

By on Lunes, julio 21, 2003

Colores. Todo es a colores. Escribiré eso en mi diario si tengo tiempo, debo primero salvar al Árbol Tsef, ¿por qué? ¿por qué él? El niño y la vieja, no hay rastro de ellos, uno debe estar atrapado por el súcubo, si no es que muerto ya, y la otra por el sueño, con el aura azul apartándola de la realidad. No tengo a nadie para ayudarme más que al Árbol Tsef y él ya no puede, está bajo el embrujo de una mariposa negra que debe ser mi culpa, ¡pues claro! Yo soy el receptor de culpas. Si quieren a alguien a quien culpar, contrateneme, no cobro caro… tan sólo les pido el alma. No estoy hablando con nadie, pero debo asegurarme de escribir esto en el Diario. Así al menos hablaré con alguien y no con mi propia mente. Caminemos hacia la voz que habló con la voz de Beatriz, necesito saber si ha sucedido algo más. En mi cuarto no hay nadie, mi Diario está descansando en la mesita, el hacha está acostada en la cama, ocupando mi lugar. Espera… una fragancia conocida, una fragancia que me atrae. ¿Podrá ser posible? No, no es cierto. La voz y el olor. Alguien me está jugando sucio, el súcubo quiere volverme loco. Caminaré hacia los cuartos. El Cuarto del Jardín está cerrado, el súcubo debe estar descansando o debe estar en algún lugar observándome, disfrutando de mi locura y mi paranoia. Dios mío… colores, lo puedo ver en colores: No es su fragancia, no es su voz, también es su presencia. Aquí estuvo ella. Cuando ella caminaba, jalaba la fábrica de la realidad con sus suaves movimientos y transformaba todo… le daba colores, con la maestría de un pintor clásico y con la osadía de un niño que pinta con crayolas. Todo adquiría sentido. Caminé por donde estuvo ella, pero que digo… si ella ha estado conmigo en todas partes. Se siente diferente, los colores son diferentes, el olor es diferente. Pero debe ser ella, ¿no? ¿No crees, mi querido Diario? Espero no se me olvide escribir esto. Seguimos en el pasillo de los cuartos, no hay nadie, los cuartos están cerrados. Miremos hacia el cuarto de Beatriz… ¿no hay cuarto de Beatriz? ¡Dónde está el Cuarto de Beatriz! ¡Carajo! ¡Aquí estaba la puerta! Me detengo a mirar la puerta que ya no está, buscándola con mis ojos. Paciencia, todo se resuelve con paciencia. Debe estar ahí la puerta, a menos que el súcubo esté utilizando la magia del niño para volverme loco. Razonemos, la razón siempre da respuestas inmediatas y sensatas. Mi vida que siempre ha sido así, nunca tomo más de dos segundos para decidir cuando tengo dos opciones importantes que seguir. En eso tiene razón el Árbol Tsef (y a su vez, tengo razón yo porque él me lo robó): Lo que pasará, pasará. No hay puerta, no hay Beatriz. Así de sencillo. Ya no hay Beatriz, la he perdido, sólo debo esperar a que termine el viaje para descansar en una sillita y después recurrir a su imagen. ¡Pero su presencia inunda los pasillos! ¡Ella debe estar aquí! Es ella, pero no es ella… o no es ella, pero es ella. ¡Tiene qué ser! ¡Todo tiene colores y pareciera como si ella hubiera pasado, derramando un bote de pinturas combinadas sobre todo esto! La realidad, realizándose y des-deformándose. Tiene que ser Beatriz, por eso ya no hay puerta. Ella ha decidido dejarlo y salir aquí conmigo. El Árbol, debo ayudar al Árbol. No estés aquí mucho tiempo, regresa a escribir en el Diario antes que lo olvides. Unas manos en mi pecho, las miro, me quito el cigarrillo de los labios y observo las manos vivas. Manos blancas, pequeñas y suaves que me tocan el pecho. Tiemblo, reconozco las manos. Un rostro se recarga en mi espalda, unos pechos suaves se pegan contra mí. Abro los ojos. Colores, muchos colores. Está amaneciendo, lo siento en mi pecho. Sólo queda un día para el Árbol. Otros once días con sus once noches. Escucho la respiración contra la tela de mi camisa, el calor de su rostro. Tengo miedo de voltear, pero ella parece no tener prisa. Me estoy derritiendo, ahora entiendo porque no hay puerta, ella ha venido a rescatarme… ella ha venido a quererme, a amarme. Finalmente, no habrá necesidad de más sufrimiento. Está ella aquí conmigo y tengo miedo de mirar sus ojos brillando con vida. No tiene prisa. El tiempo pasa. No puedo mirar más y todos los pensamientos que tuve, se me deslizan inútilmente. No habrá necesidad de escribir en el diario ya. Un cigarro se consume, dos cigarros, tres… hasta llegar al séptimo, el número de la perfección. Tiene que ser ella. Volteo y miro sus ojos, su rostro me golpea violentamente y en vez de derretirme, inploto. Me duele el corazón y las entrañas. Ella está viva y me está sonriendo. Viva y sonriendo, una sonrisa amplia. No puede ser ella, pero es ella. Le tomo sus manos, aunque blancas como el mármol, son cálidas y puedo sentir la sangre circulando en ellas. Viva. Vestido azul veraniego que se ajusta maravillosamente al cuerpo, sólo faltaría el viento, un jardín y un café donde pudiéramos sentar a mirarnos, y declararnos de nuevo. Decido declarármele con un beso, estoy arreglando el pasado en el presente, un sacrilegio. No me importa, ella...

Árbol III.

By on Domingo, julio 20, 2003

Ready or not, Here I come, You can’t hide Gonna find you, and take it slowly Ready or not, Here I come, You can’t hide Gonna find you, and make you want me –Ready or not, Fugees. Acompáñame si gustas Árbol, ven a la habitación… ¿todavía puedes moverte? No, Simón. No puedo moverme, siempre y cuando esté esa mariposa oscura cubriendo la luz del sol. ¿Tienes más tequila? Deja de pensar en el tequila. Te necesito coherente para pensar la manera de salvarte, solo quedan dos días antes de que te marchites, según tus cálculos. Vamos pues, hay que pensar Árbol, fortaleza, ¡seguir caminando! ¿No eras tú el qué andaba diciendo eso? Simón, simón. Yo decía muchas estupideces cuando no me sabía mi nombre y ahora que tengo la mitad y he aprendido a disfrutar vivir, suceden cosas como esta. Tienes razón Simón, soy el culpable de mi propia desgracia. Nunca te dije eso, no me pongas palabras en la boca que nunca he dicho. Pero lo pensaste. Árbol Tsef, he querido todo, excepto que te conviertas en mí. ¿No ves? Debes seguir caminando, tienes que buscar lo que falta de ese nombre que podría salvarte. No soy el modelo correcto para que completes tu odisea. ¿Me entiendes? Esa maldita falta de querer vivir y ese maldito deseo de emborracharte cuando todo esta mal. ¿Simón? ¿Somos amigos? Tú sabes que sí, zarahuato imberbe. Ahora ayúdame a ayudarte, busquemos en tu historia y en tu pasado el restante de tu nombre. Eso debe matar la mariposa negra que está en el cielo. ¿Ayúdame a ayudarte? ¿Has visto televisión ultimamente, Simón, o de donde sacas esas frases malas? No… Eres tú el que no entiende Simón. Tú dirás que has vivido doscientos veintiún años. Yo he vivido siglos en el eterno retorno. Caminar, con cuervos que me picotean las ramas. Arrastrando las raíces durante tiempos inmemoriales, buscando pistas del nombre. He visitado muchos países, donde me he escondido en bosques y desiertos a la vista del ser humano. He entrado en templos antiguos, en templos paganos como aquel que construyó Constantino III para tener contento a Cristo. Los cuervos me seguían, fuera donde fuera, y donde no había cuervos, estaban sus hermanos gorriones o sus hermanas gaviotas. Todas riendo y mirando mi desgracia, cagando encima de mis ramas… ¿y sabes qué aprendí, Simón? A seguir caminando, gracias a la maldición de un niño que estaba aburrido un día y me dio nacimiento. Los cuervos, los muertos. ¿Tú esperas que de un día para otro, ahora que conozco una razón para existir tan sencilla como estar en éste barco y tener amigos, me deslice otra vez a la misma búsqueda? ¡Jamás! Prefiero vivir la mitad a morir completo. ¡Deberías saberlo mejor que yo! ¡Si estamos aquí por tí y no por otra razón! Discúlpame que te lo eche en cara ahora, son los últimos días y perdóname, sabes que te quiero, pero debes saberlo… eres siempre el mismo, tragándote a tu desgraciada Beatriz, ¿y qué hice yo? Te dije que no fueras a verla en mal estado, o te detuve cuando intentabas entrar como sonámbulo. Te protegí Simón y te hice más féliz tu desgracia, porque soy tu amigo. Ahora como amigo te pido que me dejes sufrir y pensar esto, que me corresponde a mí solamente. A mi y a nadie más. Ya que tú no sabes que pasará cuando encuentre ese pedazo faltante y aunque yo tampoco lo sé, puedo intuirlo: sucederá que caminaré durante mil centurias más, tratando de olvidarlo, donde más cuervos, más grandes y más negros, estaran jodiéndome más la existencia. No habrá servido de nada, se perderá mi existencia como el viento se pierde en la montaña. Me marchitaré y regresaré a la tierra, donde semillas que he dejado, darán nacimiento a más árboles que caminan, buscando desesperadamente ese nombre. El nombre que no habrá significado nada, más que una razón para caminar y soportar tanto. Estás perdiendo la batalla antes de lucharla cabrón. A ti te ha funcionado. ¡No entiendes! ¡Eres tú el que no entiendes! Nunca pensé que fuera tu culpa, ¡vamos! Ni siquiera me pasó por la cabeza, ¿sabes qué hice cuando me enteré de esa mariposa negra? Me fui a mi Diario, escribí que el único culpable era yo, por mantener gente aquí que no se merecía mis tormentos y mis desgracias. Eres un daño colateral Árbol Tsef, no eres nada más que eso. ¿Eso es lo que quisieras escuchar? No, resulta que también a mi me duele verte así y me duele más, porque nunca debiste sufrir nada aquí. Es cierto que tú decidiste y ambos lo tenemos presentes. Pero no me estás dejando arreglar mi error, no me estás dejando ayudarte y no me estás aminorizando la culpa. No eres el único que carga con sus cuervos y sus pasados y sus muertos. No eres el único que ha caminado sin saber que sucede a su alrededor y me has dado la oportunidad de que esto me importe. ¡Estoy preocupado por el destino de cada uno de ustedes y no sé cuál será el mío! ¿No te suena raro? ¿No te sorprende? Creeme que yo soy el más sorprendido de todos y no quiero tampoco, cargar con más muertos porque el arbolito decidió morirse en un invierno que no está presente. No te plantes aquí. ¡Busca ese maldito faltante y...

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