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Otra manera de viajar en el tiempo.

By on Lunes, abril 23, 2012

Ulises todavía es pequeño. Lo compraron por un sueño de que cinco pesos se convertirán en un cacto enorme. También porque, su comprador, se imagina como el personaje que compra cactos en el poema de Matthew Sweeney y cree que su acumulación pondrán un filtro de espinas a todo lo que extraña de su vida anterior (porque lo extraña, ¿qué clase de monstruo sería si no?). Ulises recibe agua dos veces a la semana. Le dan la mitad de un vaso pequeño. Descansa en el borde de una ventana, junto a Carver (la palmera de Madagascar), y todo el día mira hacia el horizonte que termina más allá de los edificios con el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. El cambio de maceta le hizo bien. Creció de manera significativa casi de inmediato. De ser un cacto que sobrevivía en la mitad de una lata de Coca Cola, ahora es livianamente amenazador y ofrece un contraluz interesante cuando el sol se mueve a las tres o...

Ulises, el otro cacto.

By on Lunes, abril 23, 2012

Oigo una conversación entre Agustín y Bob, un cacto que sí puede hablar. Son muy discretos: El hombre acerca el rostro hasta que casi las espinas de Bob rozan su mejilla y el cacto le responde a Agustín sin disminuir la voz. Él no tiene temor de que los descubran. Agustín mira por encima de su hombro pero no hay nadie, sólo los perros que dan vueltas por el jardín y que lo marcan, como siempre, como una obligación importantísima, todos los días, sin falla, en los mismos lugares. Cuando llega su esposa evita acercarse al cacto y el cacto simplemente duerme. Ese día, más tarde, Agustín sube a su oficina, enciende un cigarrillo y nos echa un poco de agua. Habla conmigo y con Carver, pero lo hace todavía con más reservas, como si él supiera que nosotros no podemos responderle. Nos habla en el mismo tono con el que habla con los perros, aunque los perros responden más cuando le ladran,...

Manual de comportamiento para el otro mundo.

By on Lunes, abril 9, 2012

Los sacos de arena, según le dijeron, retrasarían el descubrimiento de mi cuerpo. Estos absorberán los olores y además, detendrán tu espíritu en esta casa el tiempo suficiente para que jamás puedas irte. Así pagarás tu deuda mil veces bribón, granuja, hijo de puta. Un mar de lágrimas. Luego salió de la casa, cerró la puerta con llave y me dejó. Supongo que tiene razón. Los niños vecinos juegan afuera. Mi cuerpo, translucido, se acerca a la ventana para verlos y escucharlos jugar. Son mi único entretenimiento. También algunos chismes del vecindario, pero luego se me pierden algunos capítulos y es frustrante. Es como si te perdieras cinco episodios de una serie consistente, de largos arcos. Además dependo que los vecinos estén cercanos a la casa para “poder escuchar” algo, si no es así, entonces escucho ruido blanco que luego, durante las noches silenciosas, me dedico a...

Jamás se les ocurre ocultarse en su sombra.

By on Lunes, abril 2, 2012

Los cuervos… Desearían que el sol se oculte. No les agrada la primavera. El negro de sus hojas absorbe los rayos solares y todo el día, tienen esa molestia —Una lama de rayos ultravioletas— impregnada en su cuerpo, entre sus hojas, en el sudor del pico, los ojos entrecerrados, las patas engarrotadas y sus quejidos lastimosos, débiles, hartos. Los días de calor no juegan a los dados, no juegan a las cartas y no encienden los cigarros. Volarían para buscar charcos donde empuercarse, refrescarse, —sobre todo refrescarse—, o buscarían el fresco de la sombra de los árboles pero volar es demasiado. Demasiado sol, demasiado. Las alas no les sirven los días de sol. (Quizás sí, pero lo niegan). Entonces un accidente ocurre. Un cuervo… de rostro particularmente enfermo, estalla en llamas. Unos hablan de la combustión espontánea. Otros se ríen y bromean: —Huele a pollito rostizado. Son las seis,...

Apuesta de los 120 tacos. (Nace un superhéroe)

By on Viernes, marzo 30, 2012

Juan Esquivel encendió un cigarrillo. Se acarició el estómago y recordó el día que cambiaría su vida por completo: Aquella vez que comió 122 tacos de canasta. Fueron 83 de chicharrón, 15 de frijoles y 24 de papa. 46 de esos tacos tenían salsa verde y el resto, 76 tacos, no les puso salsa porque ya estaba demasiado enchilado. Su chistecito le costó 183 pesos a $1.50 el taco, precio especial para el deportista, todo un nuevo héroe nacional, valiente. Juan Esquivel supuso que la comilona también lo convirtió en un súper héroe. Sus poderes eran velocidad extraordinaria y una fuerza titánica. Podía levantar coches con una sola mano, lo cual, para su oficio de mecánico, le era muy útil. La velocidad todavía no sabía para qué usarla. Su fuerza inhumana era práctica, la velocidad no. Misteriosamente, componer los coches de sus clientes velozmente ofrecía menos prospectos económicos que alargar...

Presas.

By on Miércoles, marzo 28, 2012

Algún día vendrás con nosotros a proteger la Torre de los Sueños. Faltan hojas especiales en tu cabeza. No cualquiera puede dártelas. Cuídate de escoger bien a tus presas. Sus padres lo dejaron con esas palabras. Desde entonces, es un quetzalcoatli que navega los cielos solitario, expectante, impaciente. Su especie no se toma bien la soledad. En su sangre tienen la educación de pertenecer a grandes grupos y formar parte de una jerarquía. Aprenden del mundo a través de sus mayores, aquellos cuya cabeza está adornada por una multitud de plumas coloridas. La soledad los parte, los vuelve estúpidos, feroces, débiles. Sin embargo, el abandono es un requisito inevitable para los quetzalcoatlis aspirantes a proteger la Torre. Uno de los pocos y grandes honores que ofrece el mundo. Lleva mucho tiempo volando sobre la casa de una familia. Una casa apartada, a dos kilómetros de un pequeño...

Sueño 1931.

By on Sábado, marzo 24, 2012

El soñado despertó. Su primer deseo fue enterrar las manos en la arena. Cálida, suave, se deshacía entre sus dedos como agua. No tenía mucho tiempo. Se arrodilló, miró a su alrededor y contempló los cielos. No sólo el de la Tierra, también el de Júpiter, el de Ítaca, el de la Venus de Milo. ¿Cuántos cielos no había visto el soñado? Muchos. No se atrevía a decir que todos porque siempre eran nuevos. No confiaba en el engaño del mismo cielo o de la misma luna. Se levantó y empezó a correr en la arena. La arena, como se lo vaticinó la misma arena, se convirtió en agua. El agua se hizo concreto, el concreto se transformaron en espinas, las espinas sangraron las plantas de sus pies, se hizo raíz y se quedó quieto, cara a cara, contra un sol amable y sonriente que le acariciaba todos los cabellos. La calidez del sol, extrañamente, se sintió como el abrazo de su madre. El soñado no estaba...

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