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Otra manera de viajar en el tiempo.

By on Lunes, abril 23, 2012

Ulises todavía es pequeño. Lo compraron por un sueño de que cinco pesos se convertirán en un cacto enorme. También porque, su comprador, se imagina como el personaje que compra cactos en el poema de Matthew Sweeney y cree que su acumulación pondrán un filtro de espinas a todo lo que extraña de su vida anterior (porque lo extraña, ¿qué clase de monstruo sería si no?). Ulises recibe agua dos veces a la semana. Le dan la mitad de un vaso pequeño. Descansa en el borde de una ventana, junto a Carver (la palmera de Madagascar), y todo el día mira hacia el horizonte que termina más allá de los edificios con el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. El cambio de maceta le hizo bien. Creció de manera significativa casi de inmediato. De ser un cacto que sobrevivía en la mitad de una lata de Coca Cola, ahora es livianamente amenazador y ofrece un contraluz interesante cuando el sol se mueve a las tres o cuatro de la tarde. Su dueño, durante los primeros días, leyó para Ulises fragmentos de la Odisea en voz alta. Escuchó fragmentos del engaño de Polifemo, del viaje al Inframundo, de Circe y los hombres cerdos. Ulises adquirió un intenso deseo de viajar por todo el mundo y conocer a todos esos personajes, ignorante de que es imposible encontrarlos como se los imagina. Eso tampoco importa demasiado. ¿Qué clase de monstruo sería si desprecia el prospecto del viaje y se entrega solamente a buscar la meta? Comprende, de manera básica (y probablemente, la manera básica es la mejor manera) la importancia del movimiento. Ulises tampoco es tonto, sólo joven. Los días que observa el movimiento del sol y de las nubes (pues otra cosa no tiene que hacer), es el inicio para comprender una cosa muy sencilla: La quietud vegetal es engañosa. ¿Acaso no está creciendo y tomando más de la maceta para expanderse? En su lugar, nota que el transcurso del día en sí es un viaje: las sombras, el viento, la ceniza que expulsa el volcán, el tiempo, las construcciones que hombres hacen allá adelante. En su lugar, cuando presta atención, nota que las cosas crecen o cambian o disminuyen, igual que él. Otra manera de viajar el tiempo, deduce, es entregarse a su transcurso con la fluidez de un río en la...

Ulises, el otro cacto.

By on Lunes, abril 23, 2012

Oigo una conversación entre Agustín y Bob, un cacto que sí puede hablar. Son muy discretos: El hombre acerca el rostro hasta que casi las espinas de Bob rozan su mejilla y el cacto le responde a Agustín sin disminuir la voz. Él no tiene temor de que los descubran. Agustín mira por encima de su hombro pero no hay nadie, sólo los perros que dan vueltas por el jardín y que lo marcan, como siempre, como una obligación importantísima, todos los días, sin falla, en los mismos lugares. Cuando llega su esposa evita acercarse al cacto y el cacto simplemente duerme. Ese día, más tarde, Agustín sube a su oficina, enciende un cigarrillo y nos echa un poco de agua. Habla conmigo y con Carver, pero lo hace todavía con más reservas, como si él supiera que nosotros no podemos responderle. Nos habla en el mismo tono con el que habla con los perros, aunque los perros responden más cuando le ladran, cuando alzan las orejas o cuando simplemente levantan la cabeza en reconocimiento a la voz del amo y finalmente resoplan resignados. Tiran el hocico vencidos a la comodidad de algún cojín cuando comprenden que lo suyo no es el lenguaje humano. Si pudiera hablar con él… Primero me gustaría quejarme por mi nombre: Ulises (el nombre de un viajero), cuando sabe que estoy condenado a la maceta, a las piedras, a las raíces. ¿De verdad cree que puedo viajar con sus viejas anécdotas, con sus lecturas en voz alta que debe compartir con alguien que no le responda? Apenas. Me gustaría más conseguir piernas. Me encantaría aprender, como lo hace Bob, el truco de saltar con la maceta por todos lados en la casa. Bob desperdicia su talento, se la pasa dormido, habla de que no quisiera perderse de nuevo, de que ya no tiene la voluntad para redimirse. ¿Será que Bob no es un cacto, será que no nació cacto? No me sé su historia. Vinieron a esta casa ya con el pasado bien cicatrizado y no desean recorrer la cicatriz con las manos a riesgo de abrirla, de infectarla y ver de frente la muerte. No es que me interese saber. Simplemente… sería agradable escuchar otra cosa que murmuros en vez de largos párrafos de lugares envidiables y que jamás podré visitar. Ojalá tuviera el valor de contarme una mentira. Ya me la saboreo: Mañana te conseguiré unas piernas de madera para que vayamos a caminar, conocerás Cholula y la gente se asombrará. Te presentaré, aunque sabemos no es cierto, como el primer cacto caminante de toda la República. Caminaremos entre indigentes, bochos de color rojo, vendedores ambulantes, pepenadores, perros callejeros que amenacen con orinarte, monjas de todas las órdenes porque sabes, ¿sabes? hay cientos de iglesias en este lugar donde vives. ¿Te imaginas? Entraremos a una de estas iglesias y te ofrecerán asiento. Acariciarán tus espinas sin miedo a sangrar porque pensarán, ojalá así me mintieras, que eres el nuevo milagro de...

Manual de comportamiento para el otro mundo.

By on Lunes, abril 9, 2012

Los sacos de arena, según le dijeron, retrasarían el descubrimiento de mi cuerpo. Estos absorberán los olores y además, detendrán tu espíritu en esta casa el tiempo suficiente para que jamás puedas irte. Así pagarás tu deuda mil veces bribón, granuja, hijo de puta. Un mar de lágrimas. Luego salió de la casa, cerró la puerta con llave y me dejó. Supongo que tiene razón. Los niños vecinos juegan afuera. Mi cuerpo, translucido, se acerca a la ventana para verlos y escucharlos jugar. Son mi único entretenimiento. También algunos chismes del vecindario, pero luego se me pierden algunos capítulos y es frustrante. Es como si te perdieras cinco episodios de una serie consistente, de largos arcos. Además dependo que los vecinos estén cercanos a la casa para “poder escuchar” algo, si no es así, entonces escucho ruido blanco que luego, durante las noches silenciosas, me dedico a transcribir en mi cabeza para tratar de comprenderles. Las historias de fantasmas, luego me animo, deben tener asomos de verdad, deben ser una teoría, un manual de comportamiento para ese otro plano astral. Cuando muera, soñaba, podré viajar a todas partes mientras soy una nube ectoplásmica, sin pasado, sin peso, sin ataduras al mundo físico y las tonterías que surgen de él. Luego hago pequeños ejercicios con los pequeños objetos de la mesa. Trato de empujar el salero, el servilletero, los restos de la última comida. Sirve para nada. Tal vez deba enojarme, me animo, como hacen en las películas, si me enojo lo suficiente tendré la mala vibra para mover las cosas. Ojalá tuviera un cigarro, deseo y apenas se le puede llamar deseo, porque… no sé, ya no puedo enojarme, antes era tan fácil, ¿la furia será cosa hormonal, un ánimo sanguinoso que cambia el mundo, los mundos? ¿Antes? Pierdo la memoria. Recuerdo pedazos de quien soy y lo poco que recuerdo, apenas sirve en mi condición. No sé cuánto tiempo ha pasado desde aquel día. ¿Estoy condenado a no registrar memoria porque perdí el cerebro? No, me digo, porque todavía soy capaz de razonar las cosas. ¿Lo soy? Razonas historias de fantasmas y tratas de aplicarlas a tu vida diaria. Estúpido, murmuro, eres un estúpido… Hey, tal vez alguna puerta se abrirá en algún lado, tal vez una luz iluminará el techo y me llevará al otro lado, murmuro y murmuro sin tono definido, como si también la autocrícita se hubiera perdido en las grietas de la casa, en el polvo de mi cuerpo, entre las maderas de la mesa y los mosquitos de fruta que se alimentaron con mi cuerpo. Camino hacia mi cuerpo. Que vista tan horrible tendrá el primero que logre entrar a la casa. Es lo primero que se ve. Los sacos de arena alrededor de la silla donde descansa mi cuerpo. Mis manos están atadas. Mis dedos, mi cuello, mi pecho descubierto, están lleno de pequeñas cicatrices. Mi cuello atado, rígido, al respaldo de la silla. Mis labios y mis párpados están cosidos con hilo negro, grueso. A veces me pregunto si el estado de mi cuerpo tendrá que ver con mi falta de sentidos, mi falta de percepción y deseo. Quizás si mi cuerpo no hubiera sido torturado, podría salir de la casa y abandonarme a los caminos del viento. Visitar Francia, Egipto, Turquía, Japón. Me acerco a la ventana. Admiro los niños que juegan con una pelota. Les susurro, les hablo, les grito y alzo las manos para tratar de golpear el cristal. No sirve. ¿A quién quiero engañar? Los niños no voltean, se ríen, se entregan al juego y, suspiro, pienso que soy afortunado, dejó las cortinas un poco abiertas. Quizás mañana alguien sepa que aquí...

Jamás se les ocurre ocultarse en su sombra.

By on Lunes, abril 2, 2012

Los cuervos… Desearían que el sol se oculte. No les agrada la primavera. El negro de sus hojas absorbe los rayos solares y todo el día, tienen esa molestia —Una lama de rayos ultravioletas— impregnada en su cuerpo, entre sus hojas, en el sudor del pico, los ojos entrecerrados, las patas engarrotadas y sus quejidos lastimosos, débiles, hartos. Los días de calor no juegan a los dados, no juegan a las cartas y no encienden los cigarros. Volarían para buscar charcos donde empuercarse, refrescarse, —sobre todo refrescarse—, o buscarían el fresco de la sombra de los árboles pero volar es demasiado. Demasiado sol, demasiado. Las alas no les sirven los días de sol. (Quizás sí, pero lo niegan). Entonces un accidente ocurre. Un cuervo… de rostro particularmente enfermo, estalla en llamas. Unos hablan de la combustión espontánea. Otros se ríen y bromean: —Huele a pollito rostizado. Son las seis, el sol se está ocultando y aunque algunos piensan en hacer planes para evitar otro ridículo accidente, sacan un tablero de ajedrez, el backgammon, la armónica y los discos de Fats Domino. (Los cuervos… se abrazan, se emborrachan y bailan sin parejas al atardecer hasta muy entrada la madrugada) Aprovechan la oscuridad muy a pesar del diablO, de Dios, de los chanates, los árboles, de los fantasmas en los panteones, los dragones nebulosos, los mosquitos tan molestos y de los otros, todos los...

Apuesta de los 120 tacos. (Nace un superhéroe)

By on Viernes, marzo 30, 2012

Juan Esquivel encendió un cigarrillo. Se acarició el estómago y recordó el día que cambiaría su vida por completo: Aquella vez que comió 122 tacos de canasta. Fueron 83 de chicharrón, 15 de frijoles y 24 de papa. 46 de esos tacos tenían salsa verde y el resto, 76 tacos, no les puso salsa porque ya estaba demasiado enchilado. Su chistecito le costó 183 pesos a $1.50 el taco, precio especial para el deportista, todo un nuevo héroe nacional, valiente. Juan Esquivel supuso que la comilona también lo convirtió en un súper héroe. Sus poderes eran velocidad extraordinaria y una fuerza titánica. Podía levantar coches con una sola mano, lo cual, para su oficio de mecánico, le era muy útil. La velocidad todavía no sabía para qué usarla. Su fuerza inhumana era práctica, la velocidad no. Misteriosamente, componer los coches de sus clientes velozmente ofrecía menos prospectos económicos que alargar lastimosamente los arreglos y las consultas. Tomó las cuentas porque hizo una apuesta de comerse los más tacos posibles. Un amigo, el taquero y un grupo de comensales curiosos que escucharon la conversación se presentaron. Apostó por los 120 tacos y todavía, aludiendo a los dioses de la fuerza de voluntad, se superó con dos. El taquero, el amigo y uno que otro curioso, le ofrecían refrescos por temor a que se atragantara pero Juan se negaba efusivamente. No habló durante el proceso. Un niño que estaba presente lo vio como una especie de héroe mítico y se prometió, ¿por qué no? Que haría lo mismo cuando fuera grande. Juan, el mecánico, ofreció todo su cuerpo a la tarea en curso. Sus manos, sus dientes, su garganta y su estómago todos ocupados en el proceso, funcionando como una maquinaría perfectamente sincronizada. Luego del taco 122, se acarició el estómago, pidió a su amigo que pagara y que lo llevara a su casa, porque necesitaba descansar. Su amigo, Hilario, pagó la cuenta y dejaron atrás el puesto de tacos, en medio de vitores y aplausos. La barriga redonda de Juan sudaba más que su cuerpo completo. Su amigo le dio el aventón y después, pensando en todo lo que podía salir mal con su amigo, por culo o por boca, se arrepintió. Hilario le miraba el rostro a su copiloto constantemente, buscándole alguna enfermedad, algún aviso, aceleró cuando el rostro de Juan enverdeció igual a un presagio. Finalmente respiró cuando llegaron a la casa de Esquivel, donde tenía su taller, en la Guerrero y cuando quiso bajarse para acompañarlo, Juan lo detuvo con un par de manotazos al aire. Tambaleándose, mareado y enchilado, subió las escaleras y se tiró en su cama. Se quedó dormido. Despertó siendo otro. Sentía un vigor, una fortaleza y una ligereza incomparables. Ni de niño se había sentido así. Se miró en el espejo y todo estaba igual: su cabello negro y graso, las arrugas de su rostro moreno, sus dedos gruesos y chuecos, la mirada enrojecida por las noches de cerveza. Físicamente, nada parecía haber cambiado. Se levantó tan de buenas que se dio un largo baño, se vistió con ropa poco usada y bajó a la cocina para tomarse la primera cerveza del día. Sacó la cerveza del refrigerador, y acostumbrado a abrirla con los dedos, no midió su fuerza y se le rompió en las manos. Esquirlas de vidrio salieron volando. Exclamó un par de groserías, se miró las manos, no se había hecho daño. Extrañado, recogió uno de los vidrios puntiagudos en el suelo, lo apretó entre sus dedos y se hizo polvo. ¿Qué le pasó a mi sangre? Se preguntó ridículamente, y luego exclamó: puta madre, putísima madre. Salió al garage donde tenía el taller, tomó una barra de metal y la dobló sin esfuerzo. Putísima madre, repitió, ¿qué más puedo hacer? En medio del delirio y de la sorpresa, salió corriendo a su habitación para esconderse bajo las sábanas porque temía que los ángeles le estuvieran haciendo trampa y cuando llegó en menos de unos segundos, se detuvo. Boquiabierto, los ojos pelados, miró por la ventana como el sol de medio día. El momento culminante donde uno realiza que los días jamás serán lo mismo y no queda de otra, más que guardar silencio y despedirse de todo aquello mientras se contempla, como si fuéramos testigos ajenos, la vida propia en el pasado y en el futuro, con todos sus errores y sus aciertos, y sus chistes, y sus accidentes. Se escucha el susurro de una promesa: Nada será igual. Todo fue igual, menos las pequeñas diferencias. Usaba la fuerza para los coches, a veces usaba la velocidad para ir de un lado a otro. Compró unas películas y unas series de super héroes en un puesto, a diez pesos, para tratar de comprender que había pasado con él. Nunca se decidió a verlas. Trató una vez, pero le aburrieron. Juan comprendía más las cosas si alguien se las explicaba. Decidió pedirle ayuda a uno de los niños de la cuadra, Alejandro, un chamaco problemático en la vecindad, cuyo nombre rebotaba en ecos y gritos de su madre al menos diez veces al día. Primero le ofreció pequeñas chambitas: recados, ir por la cerveza y los cigarros, traer algunas piezas en la refaccionaria a unas cuadras y luego se animó a preguntarle si él sabía de súper héroes. Al chamaco se le iluminaron los ojos. Fue corriendo a su...

Presas.

By on Miércoles, marzo 28, 2012

Algún día vendrás con nosotros a proteger la Torre de los Sueños. Faltan hojas especiales en tu cabeza. No cualquiera puede dártelas. Cuídate de escoger bien a tus presas. Sus padres lo dejaron con esas palabras. Desde entonces, es un quetzalcoatli que navega los cielos solitario, expectante, impaciente. Su especie no se toma bien la soledad. En su sangre tienen la educación de pertenecer a grandes grupos y formar parte de una jerarquía. Aprenden del mundo a través de sus mayores, aquellos cuya cabeza está adornada por una multitud de plumas coloridas. La soledad los parte, los vuelve estúpidos, feroces, débiles. Sin embargo, el abandono es un requisito inevitable para los quetzalcoatlis aspirantes a proteger la Torre. Uno de los pocos y grandes honores que ofrece el mundo. Lleva mucho tiempo volando sobre la casa de una familia. Una casa apartada, a dos kilómetros de un pequeño pueblo. ¿Por qué están tan solos?, pensó el quetzalcoatli, no saben lo que duele. El hombre es un guerrero, la mujer es sana y fuerte, el niño tiene futuro en el mundo de sangre gracias a la combinación de sus padres. El padre le enseña a cazar tiramizules y jugolares. El niño aprende pronto por la fortaleza de su sangre. El padre es un excelente maestro, tiene cicatrices en los brazos, en el rostro y un ojo ciego. Es un guerrero que ha cargado en sus espaldas, durante muchos años, la crueldad del mundo. El joven quetzalcoatli indaga en el pasado del hombre con sus ojos que pueden ver el tiempo. Descubre guerras, descubre traiciones, descubre su cuerpo ensangrentado, abrazando a los amados que se fueron por las puntas de las flechas, el filo de las espadas, el fuego ardiente de las catapultas. ¿Por eso los alejaste de los hombres?, se pregunta el quetzalcoatli. Observa al guerrero tuerto, lo sopesa. Durante las madrugadas, mientras duerme, baja silenciosamente a reposar afuera de la casa y lo vigila con uno de sus enormes ojos turquesa a través de la ventana. Socava el alma del guerrero. Analiza la posibilidad que sea una de las presas especiales que sus padres advirtieron. Si fuera cualquier otra criatura, el padre habría despertado y habría aventado la daga con la que duerme a un lado. Pero no es cualquier criatura la que lo observa. Es la más letal y cautelosa de todas. Un abandonado en la búsqueda desesperada por un propósito. Los quetzalcoatli son silenciosos, son demasiado rápidos y pueden ver, si ellos así lo requieren, unos cuantos segundos en el futuro. Vuela de nuevo. Evalúa. Los mira como pequeñas hormigas en su rutina. La mujer sale muy temprano para trocar la caza por el pan, las semillas y la leche. El padre y el hijo salen a cazar. Los sigue desde el cielo. Evalúa de nuevo. Recuerda el consejo de sus padres: Presas excepcionales. Aún cuando podía mirar muchísimas cosas en el mundo, no sabía como identificar dichas presas. El guerrero, en apariencia, era una decisión segura, pero si fuera así de fácil, bastaba con irrumpir un campo de batalla y seleccionarlos uno a uno. No, tenía que ser otra cosa. Sería tan fácil si sus padres pudieran guiarlo… ¿Y sí en ello consistía el enigma? El quetzalcoatli evalúa e imagina. Sonríe. Escoge. Se atreve. Empieza el descenso mientras el niño tensa una flecha. El guerrero saca la espada, voltea, lo presiente y es demasiado tarde. Escucha el grito del guerrero mientras cruje los huesos del niño cazador en su hocico, sus dientes se bañan de sangre, ya está de nuevo en el cielo y las flechas, los quejidos, los sollozos del guerrero se alejan rápidamente. Una nueva hoja, una dorada con la silueta del niño, crece en su cabeza mientras celebra su decisión. Más tarde vendrá por la mujer y al final, sí, al final el guerrero. Uno como él querrá luchar, querrá matarlo por haberlo arrinconado al dolor de la pérdida. Imagina, sueña, se alegra de encontrar un propósito en el camino. Descubre satisfactoriamente la respuesta: Las mejores presas son las que uno se...

Sueño 1931.

By on Sábado, marzo 24, 2012

El soñado despertó. Su primer deseo fue enterrar las manos en la arena. Cálida, suave, se deshacía entre sus dedos como agua. No tenía mucho tiempo. Se arrodilló, miró a su alrededor y contempló los cielos. No sólo el de la Tierra, también el de Júpiter, el de Ítaca, el de la Venus de Milo. ¿Cuántos cielos no había visto el soñado? Muchos. No se atrevía a decir que todos porque siempre eran nuevos. No confiaba en el engaño del mismo cielo o de la misma luna. Se levantó y empezó a correr en la arena. La arena, como se lo vaticinó la misma arena, se convirtió en agua. El agua se hizo concreto, el concreto se transformaron en espinas, las espinas sangraron las plantas de sus pies, se hizo raíz y se quedó quieto, cara a cara, contra un sol amable y sonriente que le acariciaba todos los cabellos. La calidez del sol, extrañamente, se sintió como el abrazo de su madre. El soñado no estaba preocupado, sabía que no había mucho tiempo, pero las oportunidades nunca se perdían. Se hizo árbol. Unos feligreses hicieron una ciudad a su alrededor. Las hojas de sus múltiples brazos cayeron con el golpe de un viento. Hoja, siguió avanzando, dejando atrás al sol, a los fieles, a la ciudad de hormigas en la que se convirtieron sus raíces. Entró en un abismo. No pienses que te caes, pensó, o te vas a dormir y serás el sueño de otro. Se aguantó los verdes nervios muchos días, muchos meses, muchos años, hasta que se hizo hombre. Cayó de pie. Corrió en la oscuridad. Extendió el brazo para robarse una antorcha. La antorcha era un fénix atado de las patas en madera de vieja ceiba. Búscalo ahora, se dijo, eres hombre de nuevo. Dio felices brincos cuando recuperó su forma humana. Algunas veces era imposible recuperar la conciencia después de la mutación. Un viejo uniformado de azul le ofreció un paraguas. Lloverá pronto, resguárdese, deme la antorcha. Lo ignoró. Escampó. Llovió. Arreció. Sintió como el agua le congeló los brazos, le congeló las piernas, ¿Tanto tiempo ha transcurrido desde el abrazo de mi madre sol? Negó. El fénix se hizo cenizas húmedas, se convirtió en un cenicero. Una dama de rojo pasó y le ofreció un cigarrillo. Un cacto con las espinas llenas de pequeñas gotas se rió de él. Aceptó el cigarro de la joven, lo encendió, paró de llover. Las grises nubes se disiparon bruscamente. El cielo desplegó un azul intenso como el de un desierto. Hombres gigantes de arena caminaban lejos de él, mirando al frente, sus brazos y sus piernas entregando minúsculos granos de arena a tierra empedrada. Buscó entre los bolsillos de su saco y les tomó una fotografía. Recordó lo que estaba buscando: El cuaderno, el maldito cuaderno. El soñado guardaba en su cabeza todos los sueños que había vivido, pero nunca llegaba a encontrar el cuaderno para anotarlos. El lento andar de los hombres de arena le dio sueño. No pudo detenerlo. Se arrodilló. Cerró los ojos. La tierra temblaba un poco. Lo arrullaba. El soñado se quedó...

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