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Libro de los fotocuentos.

By on Martes, abril 19, 2011

Hace un par años (me da un poquito de miedo comprobar cuántos años pasaron y por eso no reviso la fecha exacta), estaba aburrido y decidí lanzar una convocatoria pidiendo que me enviaran fotografías a cambio de que les escribiera un cuento. La convocatoria, contrario de lo que pensaba, se convirtió en un éxito y me enviaron más de cincuenta fotografías en el mismo mes que se lanzó. Cuando miré la cantidad de fotografías, dejé de pedirlas y algunas veces respondía el correo diciendo que no sabía si tendría la pericia, o la creatividad, para llegar hasta la foto enviada y tenía que dar las gracias. Hay muchas otras fotografías que aún conservo y a las cuales no les escribí cuento. Espero hacerlo algún día. En esa temporada era lo único que escribía: Fotocuentos. Este libro, en formato digital, contiene casi todos los fotocuentos que se escribieron en ese entonces. Los fotocuentos que no...

Confianza regalada.

By on Miércoles, noviembre 14, 2007

Este es el regalo que le ibas a dar a tu amante. No fuiste muy cuidadoso esta vez. Lo saqué del saco, después que llegaste ahogado de borracho, me senté en el sillón de la salita y leí la carta que venía con el empaque. ¿Dos años ya? Pero si nos casamos hace tres. Yo creí que era más reciente. Fue el tiempo que llevas con ella quien te hizo descuidado y flojo. Me contentaba asumir que era algo pasajero pero ahora descubro que no tardaste mucho en faltarme el respeto. Quería esperar a los cinco años de casados para darte una sorpresa y decirte, estúpida por la alegría, que mi madre no tenía razón. De tu traición es lo que más me enoja: Darle la razón a mi madre. ¿Te acuerdas como nos burlábamos de sus sospechas? ¿O es que era la única que se burlaba? No te di lo mejor de mi. Haciendo un buen trabajo interno, conozco todas mis fallas y mis defectos. No he querido darte un hijo por temor...

Tus tristezas.

By on Lunes, noviembre 12, 2007

¿Qué haces ahí sentada? Llevas largo rato en ese lugar, mientras los demás corren y expresan sus heridos sentimientos. –Ha muerto el abuelo. –Por fin esta descansando. –¡Otro tequilita por ti, viejo! Los miras correr de un lado a otro, y sigues en pijama. A veces se acercan a ti para tocarte el hombro, pero no te importa mucho, prefieres mirar como la muerte afecta a otros y contigo actúa por dentro. Un viaje interno que no tiene regreso. Aprecias, te maravillas, te asombras de todo lo que ha cambiado en unas cuantas horas. Tus piernas, tus nalgas, tu pecho, la respiración, el pilar de piedra que te has convertido empieza a resentirlo todo. Tu primo Juán sigue coqueteando con la prima segunda, Estela. El tío Raul sigue bebiendo tequila. Tus padres preguntan educados a los invitados como va todo. ¿Y tu esquina? Tu esquina oscura, un lugar seguro, donde puedes...

Tus pequeñas manos, que nada guardan.

By on Viernes, octubre 19, 2007

Mira como las hojitas se resquebrajan entre tus dedos y las varas secas se rompen. Tus manos son tan pequeñas que aún no pueden guardar el polvo de los muertos. Se extienden tus dedos para tocar la tierra y siento un gozo discreto, una sonrisa pequeña, sabiendo que tus ansias de anclar raíces y procurar vida tal vez no son intencionales. El instinto primitivo que nos delata, como aquel cuervo que mató a sus hermanos porque deseaba vivir el último día de juerga. Los caracoles en el tallo de un girasol muerto, buscando en el pasado el sol que los benefactores jamás buscaron… sus corazas vacías hace tiempo ya. Eres una hermosa imagen. También te marchitarás, ¿te imaginas bebito, que formarás parte de esa tierra y alimentarás a los gusanos? Así pasa, mira mis manos y entenderás que la piel también se seca. Mis manos son grandes, mis manos son el polvo de los muertos, los dedos son...

Mi sombra salta y salta.

By on Lunes, septiembre 10, 2007

Todo estaba bien. Cuando decidí descansar de mi blog –el cual he mantenido cinco años, ¡gracias!–, me fui a la playa. ¿Les he contado que de viejito deseo morir en la playa? Me parece que sí, muchas veces. Lamentablemente, por más literato que me presuma, sigo teniendo mi sueñito clasemediero: una casita cerca de la playa para morirse ahí. ¿O será que así le pasa a los tipos que se la viven en la ciudad? “Híjole, ya estoy harto del smog, del tráfico, del ruido y de Andrés Manuel López Obrador… mejor me voy al cerro, al campo, a la playa, al norte para que me saquen a palos por chilango presuntuoso y mi acento capitalino. Me voy, ¡a donde sea!” Me fui a la playa, lo confieso, ¿y qué? Quería escuchar el mar, ¿y qué? Quería soñar con abandonar mi vida de esclavitud, hombre gris y borrego, multiplicado entre tantos que caminan de mañana a sus trabajos con el hilo de baba y el almohadazo,...

Cansado impulso.

By on Viernes, agosto 24, 2007

No es un accidente que me encuentre aquí, entre tanta gente, para buscar al tipo que te tocó. Prometí que te cuidaría. Las bocinas lastiman mis oídos, el hombre de la cadena casi no me deja entrar si es que no le doy el billete de quinientos. No buscó en mis bolsillos, no me quitó la pistola, no sabe que estoy aquí para protegerte. Te tocó más de la cuenta. Aprovechó la oportunidad que le diste y que yo estaba distraído… no… aprovechó la debilidad en mi juramento. Siempre había jurado que estaría ahí para protegerte, pero ya ves. Uno promete, y promete, yo velaré tus sueños, yo te lavaré los pies cuando los ensucies, cuidaré que nada te falte… y promete y promete… y me equivoqué, cerré los ojos un momento y estuvo encima de tí, se aprovechó de mi ceguera, de la falta de compromiso en las promesas, de … no lo sé. Creo que no estaba lo suficientemente consciente cuando hice la promesa....

La puta y su eterno pretendiente.

By on Martes, julio 17, 2007

“Usted es la puta y yo seré su eterno pretendiente”. Eso le dije a la señorita en cuestión, llamada Laura. Una persona muy agradable, a la cual no me atrevería a hincarle el diente porque sé que no podría controlarme. Yo suelo ser un hombre callado, reservado, conozco muy bien los límites sociales, o bueno… procuro mantenerlos. Mi madre me enseñó a guardar el decoro. Pero cuando ella se acercó, algo me pegó en el vientre que no pude guardarme las cochinadas. Mi madre ya me estaría lavando la boca con jabón si lo supiera, lo bueno es que esta muerta y ya habría sentido algo si me observara desde el cielo: un escupitajo o una piedra. Es su culpa. Ella empezó, creo, porque dijo algo de un pantalón pegadito y una blusa negra. Luego me mandó fotos dónde presentaba tales características y todo se le veía muy bien. Aunque dudaba, porque luego uno platica con un hombre y no...

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