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escrito por el Viernes, marzo 15, 2013

Lotófago

Lotófago

AP. AM. N.
Why are we weigh’d upon with heaviness,

And utterly consumed with sharp distress,

While all things else have rest from weariness?

All things have rest: why should we toil alone (…)

Alfred Tennyson.

La vida se ha vuelto más interesante. Echado frente al palacio donde solía vivir, paso mis días revolcándome en la tierra para tratar de quitarme el olor a sal que se ha impregnado en mi piel, a falta de cuidados, a falta de caza. Ya no me extraña, ni me preocupa, que se aparezcan las Parcas. Las hermanas me observan, calladas, jugando con sus materiales, y entonces mi presencia se vuelve incierta. Cierro los ojos esperando despertarme en otro lugar. Todavía no pasa. Me quedan días, horas, no lo sé. Justo ahora que la vida se ha puesto interesante.

Hace poco salió el hijo del Cazador. Apestaba a miedo y amargura. Los hombres son como la tierra; su vida se desentierra como un tesoro, o un hueso, a través de los olores. Conozco bien al hijo del Cazador. Sus olores me son familiares. Sin embargo, una capa de miedo y amargura tiene años acumulándose en su piel. Si persiste es lo único que se sabrá de él. Desde que se fue el Cazador, Ciento Ocho hombres vienen todos los días a su palacio, a robarle sus presas y consumir su vino. Aunque conté sus olores ya los miro como una sola presencia, codiciosa y funesta. Fui de los primeros a los que dejaron de alimentar para darles de comer a ellos. No me echaron, me eché solo. Algunos sirvientes permiten que regrese y me robe una gallina por respeto a que fui el segundo del Cazador. Esos son buenos días.

Los Ciento Ocho salen y entran del palacio. Su olor a codicia crece día con día. Tiene poco que se les huele inciertos. Entonces presto atención: la gente murmura en la oscuridad, detrás de las paredes, se vigilan unos a otros, hablan de un regreso, y finalmente aparece la diosa lechuza, que se disfraza caprichosamente de viejo o de joven, y engaña con sutileza para provocar quién sabe qué cosa. Algunas veces ella me observa con curiosidad. Su mirada me recuerda cuando era pequeño y me distraía algún movimiento entre los arbustos. Es intensa y espontánea. Por algo lo hará.

Se acerca un viejo vagabundo. Una ráfaga de viento empuja una multitud de olores. Mi curiosidad despierta. También despierta el olor a lechuza. La diosa me vigila. Las Parcas se ven más claras que otros días. Conmovido, rasco una de mis orejas. Hace mucho que no me prestaban tanta atención. Camino despacio hacia el hombre. Prudencia y lentitud. El Viejo Vagabundo se percata y parece recibirme. Se acerca sin vergüenza, sin temor. Tal vez es un espíritu bondadoso. Confío en que no piensa alejarme a patadas o molerme a palos. Ojalá le sobre un pan. Ojalá quiera un compañero.

Soy nadie desde que se fue mi compañero, el Cazador. Acompañar a otro estaría bien. El Viejo Vagabundo camina erguido, preparado, valiente. Entiendo, por su postura, que podríamos ser muy buenos compañeros. Los espíritus nos observaban con interés, la diosa parecía enojada, como si mi intervención pudiera descomponer el resultado de todas sus intrigas. Que se enoje. Acerco mi nariz a los pies desnudos del hombre. Huele a lechuza como la diosa. Comprendo la rectitud de su espalda al caminar: No es un Viejo Vagabundo; es otra cosa. Usa un disfraz para confundir a los hombres. Comienzo a socavar en el Hombre.

Descubro el tiempo cuando este se detiene. La diosa lechuza amenaza como una sombra que repentinamente cubre el cielo. ¿Se enoja porque meto las narices en su truco? Pues enójate, pienso, qué me importa. Espiro, aspiro. Las Parcas no me detienen y su silencio me regala tiempo. Debo aprovecharlo. Tengo que saber.

Huele a sudor y adrenalina de una pelea, músculos contraídos. No hay sangre reciente, es victorioso. La victoria parecía sentarse sobre él como un olor natural. Hay olor de palacio frío, pequeños fragmentos de los Ciento Ocho. Interesante: ¿también él es parte de lo que sucede? Hay un profundo olor a desprecio, como igual los desprecia el hijo del Cazador que muerde sus dientes cuando duerme y alcanzo a escuchar aun estando lejos del palacio. Duerme con los cerdos. Que rico, ojalá me regalaran uno. Si soy su compañero, dormiríamos juntos con los puercos y tal vez podríamos comernos uno. Tiene rato que se disfraza con otros olores. Socavo. Huele al hijo del Cazador. ¿Lo toca? ¿Lloraron juntos? Sí, olor de lágrimas en su espalda y su cabello. El disfraz se evapora, pero no me dejo engañar por los ojos. Así engañan los dioses a los hombres. Tierra nueva, desconocida, plantas que no son de aquí, árboles de madera sagrada y un mar distinto. Es piedra de otro palacio, viste ropas de telas que me son ajenas y la piel de una mujer joven, fértil. ¿La mujer lo desea? Se tocan los brazos, apenas un roce. Ella ofrece las ropas que lo visten en ese lugar. La siguiente capa es el hombre, de nuevo, naufragando en aguas turbias. Sujeto con desesperación a un pedazo de madera. ¿Pues qué le hizo al dios del agua? Son muchas capas donde lo tortura, donde recubre su cuerpo con agua, con sal. Ah… pregunta más necia. Yo no le hice nada y estoy igual. Espiro, aspiro. Mis orejas acarician los pies del Hombre para recoger otra capa de olores. Sospecho, y las Parcas, en consecuencia, se acercan por órdenes de la diosa. Relamo mis bigotes. La furia de la diosa me divierte. En la siguiente capa hay más de esos seres deleznables: una diosa de agua que lo carga en brazos, la diosa de arena lo monta. Debe ser un Hombre muy despreciable, o muy importante. Una capa muy grande, engañosamente jugosa. Muchos días se alimenta bien, bebe vino en abundancia y todas las noches copula con la diosa de arena. El olor me confunde. También llora. Supongo que se lamenta de sus músculos atrofiados al vivir atado del cuello a un árbol, como un pequeño, y lo usan como un domesticado. Llora por libertad. Qué capa tan grande y tan miserable gracias al hedor de su enfermedad melancólica.

La diosa de lechuza estalla en amenazas. Las Parcas extienden sus manos hacia el hombre. ¿Pensaba llevárselo a él en vez de a mí? Es injusto, pero no importa. No sé quién es. Es lo más divertido que he encontrado en mucho tiempo. Aspiro, espiro. Un olor despierta el don de la memoria: corría junto al Cazador, buscábamos gamos y jabalís, en sus manos un arco de divina puntería y los brazos de un héroe. Entonces mis dientes no dolían. Hoy si meto los dientes a una gallina sin cuidado es muy seguro que se rompan, pero ayer… ayer era tan fácil despedazar la carne y correr sin el dolor de los huesos. Era tan fácil. ¿Será él? Si fuera él, entregaría mi vida gustoso. Abandonaría la investigación para cesar los berrinches de la diosa lechuza y así las Parcas me señalarían a mí. Sin embargo… todavía faltan olores. Todavía no completo al Hombre. Ha acumulado tanto que es difícil conocerlo desde el origen. El tiempo sigue suspendido. Un tiempo que no existirá en memoria alguna, o en historia alguna, y que decide el destino de dos seres desiguales. Cosas suceden cuando uno injuria a una diosa. Aspiro, espiro.

Mucho olor a mar, los vestigios de un trueno, el Hombre naufraga otra vez. Qué curioso. Mi nombre es el de un viajero y nunca tuve el placer de naufragar. Ignoro el suyo, pero el nombre que pasará a la historia como el signo de los viajeros será el que sobreviva este encuentro. Me divierte la idea de que algún poeta se entere de que hice enojar a la diosa, escriba mi historia y en ella el Hombre sea mencionado brevemente. De nueva cuenta lo miro agarrado a los restos de un barco, maderas desperdigadas, y él a la merced de las lluvias y de los tiempos. El océano impregnado en su cuerpo y su memoria. ¿Cómo los habrá hecho enojar esta vez? Ah, aquí la razón. Huele a reses de sol, reses blancas que son las mascotas de los dioses. También el olor de su sangre combinada con el sudor de otros hombres: ¿sus amigos?, ¿sus compañeros?, ¿traidores? Se roban las reses y los empujan a la crueldad del mar. El Hombre es el único sobreviviente. Sí, su piel no tiene rastros de esa carne, el olor es breve. Las Parcas se impacientan, quieren tomar una decisión, pero la diosa lechuza las atrasa. Le pesa el olor de esos otros compañeros. Él es el líder, huele a prudencia y engaño. Lástima que el viaje fue muy largo y que los dioses jugaran con él, porque el oro lo envuelve tanto como el valor y la victoria. Pasan muchas penas y mucha hambre. Las reses blancas me embriagan. Hago un esfuerzo para saltar a la siguiente capa. Me colman olores peligrosos y casi pierdo la cordura. Encuentro monstruos a los que no puedo ponerles forma, monstruos de múltiples cabezas y escamas en su cuerpo, monstruos de un sólo ojo que se alimentan de los humanos y los perros por igual. Sobre él cayó la sangre de sus hombres y la sangre de los monstruos. Lágrimas, sudor y adrenalina. Miedo no, nunca tuvo miedo. Los olores son tan potentes que me llevan con él. Estoy a su lado mientras sus amigos se transforman en cerdos cuando comen el pan y el queso. Unas yerbas dulces le permiten no verse presa del mismo designio. Lo miro como un testigo silencioso mientras copula con la peste de una mujer perversa y mágica. Miro a sus compañeros, los vivos numerosos, que expulsan cera de sus orejas y lo atan a madera para que unas mujeres con vientre de pez salten a besarlo. Un inolvidable olor dulce y amargo se entierra en su piel. Debo detenerme, casi puedo reconocerlo. La diosa me descubre y permite, dolida y mordaz, que las Parcas se aproximen al Hombre. Se acaban las negociaciones. ¿Me detengo? ¿O es cierto que puedo escoger el camino de la historia? ¿Qué historia puede tener un perro viejo, un perro que hace unos instantes deseaba morir? Me ataca el olor de los muertos, de otro mundo, pequeños fragmentos de esa tierra que cuando abandonas secan los jardines y cubren de invierno los árboles. ¿Cómo puedes morir sin morir? Deseo que me cuente de ese lugar… de la segunda y definitiva morada. La punta de sus dedos huele al cuero que encierra los vientos. Ojalá la tuviera para alejar a las Parcas. Hay una salida, un olor específico que me permitirá salvarnos. Lamo sus pies. En ellos todavía hay restos de loto… ¡Qué poderosos! El tiempo suspendido se convierte en espacio que desaparece. Las Parcas me señalan con sus dedos. Mis sentidos se nublan, me encuentro en otro lugar donde los pétalos de loto caen sobre mí. Justo cuando reconozco los últimos olores, la memoria se difumina y apenas importa nuestro nombre.

Recuerdo cuando era un cachorro y un hombre parecido a él blandía con fuerza un hacha. Preparaba con amor el lecho nupcial, el lecho que se convertiría en el centro de Ítaca, nuestro pueblo. Su mujer descansaba junto a mí y me acariciaba detrás de las orejas. El Cazador recogió una vara, la aventó para que la persiguiera. Se esfuma el disfraz de Viejo Vagabundo, de Hombre, y mi cuerpo se vence a él, mi cabeza se desparrama en el piso, cierro mis ojos para no mirarle. Despertaré en otro lugar. Él murmura mi nombre. Se arrodilla entre los lotos para acariciarme, sus manos me dirigen al descanso, me acarician piadosamente y ayudan a retirar la sal encerrada en mi pelaje. Esta vez el viajero soy yo.

“Lotófago” ganó el Premio Nacional de Cuento José Agustín, en el 2012. Éste cuento, además de su hogar en el árbol 2:17, lo puedes leer en tres sabores gracias a la gentileza de su gente:

  1. En un PDF, en el especial de Guardagujas de tres años.
  2. En el periódico poblano, Lado B, en su sección de Cubo de Rubik.
  3. En la revista de creación artística de Miami, Nagari.

No importa donde lo leas, para mí es un placer compartirlo.

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escrito por el Martes, agosto 21, 2012

La cosa que rasca en las paredes.

La cosa que rasca en las paredes.

Este cuento se escribió a tuitazos. Para Zantcher.
  • Le dice a la cosa que rasca entre las paredes que ya se acostumbró, que siga, que no le importa.

  • (Le daba pena confesarle a la gente que él no tenía control de dónde lo llevaban sus pies).

  • Sigue rascando, hace un agujero, se asoma un dedo largo, un silbido, un ojo. Se arregla con un poco de cemento.

  • (El gozo cuando la sombra aprende a molestar a su cuerpo).

  • No dejaré que el demonio salga de mis paredes esta noche, se oye, dice, se ríe.

  • Así hay mucha gente que protege su casa y sólo algunos tontos se distraen para tuitearlo.

  • Pues un cafecito, ¿no? ¿No estaría? Pregunta, mientras tapa el agujero de su pared. Se quiere reír para que no le gane el sueño. Luego gritan.

  • Nadie grita. Sólo es que tiene mucho sueño y ya se imagina cosas. Igual y el agujero también se lo imagina. No es nada.

  • Diablos en las paredes. ¿Qué pifias son esas? ¿Qué piltrafas fifircihes petrimetes sarahuatadas y chingados son esas cosas? Agujeros.

  • Abre los ojos. Se quedó dormido. Soñaba que reía, la mezcla de cemento en sus manos. No es un agujero, son muchos, más de los que puede.

  • En ese caso, le susurra un diablo apretándole el hombro, lo mejor es incendiar la casa. ¿No cree? ¿Ya pa’ qué se molesta?

  • El tipo empecinado sueña con poner cemento en todos los agujeros. Algo le dice que lleva mucho tiempo despierto.

  • La casa es un sueño dentro de otro sueño, dice su cuerpo mientras él, sueña con el trabajo infinito, el trabajo perfecto e interminable.

  • (A veces cuando el diablo sueña con el diablo, se asusta).

  • Cuando despierta, se echa la carcajada. Se descubre encerrado entre las paredes. Hace un agujero, alguien más lo tapa, se ríe, se ríe.

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escrito por el Martes, mayo 29, 2012

De los monstruos.

De los monstruos.

Los monstruos necesitan héroes para fortalecerse. No se trata de la criatura que mate más. Al revés: los monstruos que pierden se agrandan con el fracaso. Luego renacen con más ganas de morder los miembros del imbécil que se atrevió a mancillarlos con sus ganas de aventura.

Un creador de monstruos tiene todo tipo de materiales a su disposición: brazos desmembrados, ojos de sapo, sonidos de perro hambriento, placas de hierro cubierto en óxido, gotas de fuego para los ojos, para las uñas, para reemplazar a la sangre que saben, la perderán fácil en las batallas.

Los monstruos, similar a los golems, nacen tan pronto su nombre es escrito. ¿No me crees? Imagina: Yurinia, Almengrado, Hupisio, Ramamorti, Crudohiel. Puedes borrar el nombre, pero el monstruo sigue existiendo. Nace por ahí, con suerte muy lejos de ti, y dedica toda su vida a preparar su primer encuentro contigo.

No todos los monstruos tienen ganas de masticar sangre y huesos. Algunos sueñan con ser cocineros, otros quisieran habitar los sueños de tus hijos, los más pobres viven en los bosques para dibujar árboles en su cuaderno. Su monstruosidad, quizás, radica en la poca paciencia que tienen ante las interrupciones de su propósito de vida.

Los monstruos que se alimentan con libros de auto-ayuda crecen, en tamaño, motivados por el deseo de ser mejores cada día, ser millonarios, educar a sus hijos para tomar decisiones frente a los dilemas morales cotidianos y, por supuesto, descubrir el secreto para la libertad económica hasta llegar a ser millonarios y prósperos. La desventaja de aquellos monstruos es que se quiebran fácil contra una varita de trigo, de maiz. No, con un palillo basta.

Algunos niños creen que pueden capturarlos en pequeñas bolas de plástico bicolor. Presas fáciles, dicen los monstruos, pero tiernas y ligeras de nutrientes.

Los monstruos se sienten apenados cuando los humanos insisten que ellos también pueden ser monstruosos, horribles, terroríficos. Algunos, sin duda, lo consiguen después de hacer los sacrificios necesarios para convertirse en uno. Ignoran que atraviesan una línea muy débil. En cualquier descuido, se regresan a un estado humano más patético que el anterior.

Hay monstruos, como algunos ya saben, en las formas cotidianas: una mancha de tinta, un error de impresión, en el ruido blanco, en la ceniza del Popo, en la estatua de un Cristo enrojecido con pintura y con sangre, en un vaso lleno de agua cristalina y en las plantas de los pies, junto con los hongos del pie de atleta.

Los monstruos que viven en tu almohada toman nota de tus sueños y tus pesadillas. Hacen bocetos, dibujan planos, diseñan disfraces. Toda idea es valiosa: reemplazar sus manos con un garfío, ponerse dientes de cocodrilo, ojos de vidrio para construirse mil ojos y los labios gruesos de esa muchachita, sí, juran que se les vería mejor a ellos.

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escrito por el Miércoles, febrero 8, 2012

Ansiedad.

Ansiedad.

Un perro pequeño con el pecho erguido se acercó a ellos. Desde lejos trataba de acertar su dominio. Lo vio bien alimentado, los pelos blancos que tenía en el pecho estaban limpios, su lomo de pelos café brillaba saludablemente. Mala cosa que caminara recordando la discusión con el padre. No puedes cuidar nada, le dijo, no puedes cuidar siquiera a tu propio perro. Mala cosa, pensó, una oportunidad para demostrarle que se equivoca. Sonrió chueco mientras el perro extraño se acercaba. Puedo cuidar el mío, pensó, puedo cuidar al otro. Su propio perro ya estaba con las orejas paradas, esperando. Tranquilízate Orejón, dijo el hombre y le acarició el lomo, tranquilízate. Ciñó la correa del perro que llevaba para que no se emocionara demasiado con la proximidad del intruso. Extendió la mano. Había leído que si el perro se acercaba a olisquear entonces habría ganado un poco de su confianza. La oportunidad recargó la nariz en la herida que tenía en la mano, y luego lamió, como si con ello pudiera retirar el abuso, los regaños, el agua hirviendo que le tiró encima un día de mucha furia.

El intruso se llamaba “Cofy” según su placa de identificación. Hizo una mueca. Cofy. Había un número telefónico. Tan pronto lo soltó, los perros se excitaron y empezaron a seguirse, a perseguirse, a rodearlo. Orejón jalaba la correa. No había coches alrededor y el parque estaba vacío. Recordó el día que su padre le puso el pie en un parque lejos de allí. Un parque que ya nunca visitaba. Estoy enseñando a que te caigas, luego le tendió la mano mientras se acomodó el cigarrillo en los labios, vamos… ¿ya te puedes levantar? Le gustaba contar esa historia para que su vida pareciera envidiable. Se la había contado a sus novias, a sus familiares lejanos, a sus profesores, a los entrevistadores de trabajo. Luego se frotaba la cicatriz de la mano y terminaba con–. Siempre sabré levantarme. Mi padre me enseñó desde muy temprano –El final siempre le ganaba algo. Detuvo a Cofy del collar. Sacó el teléfono del bolsillo e intentó hacer la llamada.

El padre estaba muerto. Lo que vivía era su necesidad de pedirle permiso para hacer las cosas. Primero había pensado en llevarse el perro a casa. Ignoraba la raza pero le gustaba que fuera un perro pequeño, de orejas puntiagudas y de confianza extraordinaria. Orejón era distinto: Un perro mediano, de orejas grandes que colgaban y se tambaleaban a la hora de caminar. Cada vez que tomaba asiento para limpiarle las orejas, sentía que le apretaban el hombro y una mirada firme que le mostraba todas las decisiones erróneas que había tomado. Ni siquiera puedes limpiarle bien las orejas, ni siquiera puedes dejarlo solo porque ya te está llorando. No puedes enseñarle que viva sin ti. No como lo hice yo. La cicatriz empezó a dolerle. Al otro lado del teléfono le dijeron que marcó mal el número. Los perros se lanzaban mordidas inofensivas y trataban de saltar uno alrededor del otro. Dejen de jugar, murmuró, colgó y detuvo de nuevo a Cofy para verificar los datos.

–Los números están mal… me falta uno –apenas murmuró el hombre. Con su pie detuvo la correa de Orejón para limitar su espacio. Se arrodilló para detener a Cofy con las manos. Tal vez si lo cargo, pensó, mientras apostó atinarle al número que faltaba. Le respondió una voz bronca. Buenos días, tengo a un perro llamado Cofy aquí, ¿será su perro? Sí, sí lo es, permítame unos minutos y le marco para que usted no gaste. Le colgaron sin que él pudiera decir nada más. Su espalda sudaba por el esfuerzo que hacía para detener a ambos perros. Debería dejarlos jugar para que se cansen. Los detenía con firmeza pero no los soltaba. Sintió esa mirada encima. Otra vez el agua hervida sobre la mano. Su teléfono empezó a sonar. Cuando respondió, alzó ligeramente el pie y cedió la mano sobre el collar. Cofy y Orejón se liberaron.

–Bueno –dijo el hombre, mientras observaba como si estuviera en otra parte como los perros aprovechaban la extensión del parque–. Espere un minuto.

–Ya mando alguien por Cofy –dijo la voz bronca–, ¿me puede indicar dónde está?

Caminó rápidamente tras los perros que ya habían bajado y corrían libremente por las calles. Ya lo sabía. Lo sabía desde el minuto que se acercó el perro de pecho erguido. Mi padre me quiere enseñar otra lección. ¿Qué dijo? ¿Puede repetir? La calle que no tenía coches se iluminó bruscamente con centenares de ellos. Cofy y Orejón evitaron el primer Tsuru, pero la camioneta los golpeó simultáneamente. Rodaron por las calles como un par de pelotas viejas, hasta que otro coche les pasó por encima y los dejó marcados como señalamientos de tránsito. La mano herida del hombre empezó a temblar. ¿Ves?, escuchó la voz de su padre, no puede pasar un día sin que tengas que aprender algo nuevo.

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escrito por el Miércoles, noviembre 23, 2011

diario de otro hombre aburrido que mira una vaca.

diario de otro hombre aburrido que mira una vaca.

Día 1.

La vaca muge y apenas camina. Mueve las orejas como pequeños discos satelitales cuando pongo música. Me pregunto si se hará costumbre asomarme por la ventana y prender un cigarrillo para observar al animal, mientras pienso graves cuestiones existenciales. Vigilar a la vaca. Podría escribir un libro de eso. Estoy vigilando a la vaca y quiero encontrarle un propósito a su existencia rumiante, tragapasto. Cuando le comento a mis amigos citadinos que mi vecina es una vaca, se ríen y dicen que quisieran conocerla. Me ha costado trabajo explicarles que vive en un terreno independiente y que acercarse a ella, probablemente traerá la ira del dueño, de su jauría de perros y de los chanates que están acostumbrados a molestarla picándole el cráneo.

Día 2.

Le platiqué a mi esposa de la vaca. Le parecieron divertidos mis descubrimientos.

Día 3.

Hoy estuve tuiteando acerca de la vaca. Una escritora me agregó a twitter y estuve un rato platicándole de la vaca. Ella, chilanga también, parecía entretenida leyendo las anécdotas de mi rumiante amiga. ¿Será posible que una vaca pueda ofrecer en su figura una increíble cantidad de posibilidades lúdicas y literarias? Hay músicos, caricaturistas, animadores y escritores que encuentran cierto misterio en la pasividad de uno de esos animales. Aún cuando lo hagan de manera chistosa, la vaca parece de los primeros animales que están en contacto con civilizaciones extraterrestres, como si ellas supieran algo que al humano se le escapa. Las vacas entienden. Observaré a la vaca intensamente. Puede que su vida esconda algo.

Día 7.

Llueve y la pobre vaca, sigue rumiando el pasto. ¿Por qué no busca el resguardo? Imposible. Los dueños del terreno no tienen un establo donde meterla y simplemente la dejan vagar libremente. También en días de lluvia. La pobre vaca se está mojando y solamente sabe mugirle a la lluvia. Mugir como una respuesta a los días malos que algún dios cruel nos impone. ¿Será que estoy a punto de descubrir algo? La vaca camina descuidadamente por el terreno, a un lado de un pequeño charco que se acumula por las gotas de lluvia. ¿Las vacas beben? Será mejor que regrese, rápidamente, a la ventana para seguir anotando mis descubrimientos.

Día 8.

Me pareció escuchar el balido de unas cabras, pero me asomo a la ventana y suelo encuentro a una vaca. ¿Me estoy volviendo loco? ¿La vaca estará tratando de comunicarse conmigo?

Día 9.

Mi esposa me ignoró cuando le platiqué de la vaca y de su mensaje.

Día 12.

Los dueños de la vaca, en una broma cruel, ataron dos cabras a su cuello. Una de las cabras, la más joven (pero qué se yo de esas cuestiones, lo que digo es resultado de comparar tamaños), quiere salir corriendo pero cuando comienza a trotar la vaca pone toda la fuerza en sus pezuñas y la cabra idiota nomás tensa la cuerda. Todo el día he pensado en ese chiste estúpido: “A esta vaca no se le van las cabras”. Sonrío ligeramente, enciendo un cigarrillo y observo como la fuerza de ambas cabras se cancela porque no entienden que están lidiando con un animal superior a ellos: La inercia de un animal indiferente, dios de la paciencia y el descanso. Salen los dueños y me oculto entre las persianas, mientras ofrecen a sus animalitos un poco de pienso. Sale un niño moreno con una vara de madera y empieza a picar a las cabras. Su madre lo regaña mientras toma una mazorca y la despinocha. Las cabras balan, como si estuvieran riéndose y la vaca muge, como si le importara un bledo.

Día 15.

Es de noche. Escucho los mugidos de la vaca pero cuando me asomo por la ventana, está tan oscuro que no puedo verla. Apago las luces. ¿Dónde estás mi amor?, canturreo, ¿dónde estás escondida que no te veo? Aplasto un cigarrillo en el cenicero. La vaca canturrea conmigo. Mi esposa toca la puerta y pregunta si iré a dormir con ella. Será mejor que lo dejemos para otra ocasión.

Día 23.

A mis amigos ya no les parece divertido que les cuente de la vaca. Les ha costado trabajo asimilar las noticias de la buena nueva. Es que si ellos pudieran mirarla de verdad como yo lo hago. Mi esposa escucha con distracción y no entiende. La escritora me dijo que debía salir a vivir y después me dio unfollow. Perra infeliz, sin dirección y sin propósito. No lo entiende. Dijo que la vida era corta y sólo estaba perdiendo mi tiempo. ¿Qué sabe ella? Se pierde de un descubrimiento lleno de dicha. Si todos supieran que la vaca es el inicio de un hilo metafísico que teje la construcción del universo. Sus mugidos son un canturreo que le dan sentido a los días, no solo de mi vida, pero de todas las vidas. Me he sentido mejor desde el día que las personas que la cuidan desaparecieron a las cabras. Ahora la vaca está sola y me mira a través de la ventana. A mí, solamente a mí.

Día 24.

Tal vez así debió ser desde un principio. Un mensaje secreto que solo yo puedo entender.

Descubren a hombre teniendo sexo al aire libre con una vaca.

* El hombre declaró que ello resultaría en la reencarnación de dios.

* Su esposa los descubrió desde la ventana.

* Los dueños del terreno llamaron a la policía.

SAN ANDRÉS CHOLULA.

Un hombre fue descubierto a las diez de la mañana, en el terreno ubicado en 14 Oriente, con la 4 Norte, copulando con uno de los animales de la granja. “Apenas se mudo ese hombre a las casas de a lado, empezó a asomarse por la ventana para mirar a Rosita”, dijo uno de los dueños, “Parecía amable. Nos saludaba todas las mañanas”. El dueño, de nombre José Morales, también mencionó que cuando descubrió al hombre desnudo montado sobre la vaca, miró a la esposa del susodicho asomada por la ventana “bien espantada, con los ojos bien abiertos y las manos en la boca como si quisiera gritar pero no pudiera hacerlo”.

De acuerdo con la policía que recogió al hombre, uno de los niños escuchó ruidos que parecían los de un forcejeo en la mañana y salió con los perros a investigar la procedencia de los ruidos. Los perros rodearon al criminal, el niño entró corriendo a la casa y José Morales salió empuñando un machete para protección personal. “Es que ya nos robaron las cabras una vez y pues salí a cuidar lo que me quedaba. Entonces encontré a un cabrón cogiéndose a mi vaca. Ahora como se lo explico al niño, ¿eh? Dígame”

La redacción quiso entrevistar a la esposa del sujeto, pero ella no abrió la puerta.

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escrito por el Martes, noviembre 8, 2011

Nos hará bien.

Nos hará bien.

El verde de su piel se hizo más oscuro con las primeras gotas de lluvia. Una gota cayó en la punta de sus colmillos inferiores, que salían de sus labios como unas pequeñas torres que rompían con el paisaje de su rostro. Era un paisaje muy feo. Su piel estaba agrietada y arrugada. Su cabello rojo y graso, salía apenas de una gorra azul que estaba desgastada por el tiempo y por los viajes. Usaba una camisa de mezclilla que estaba remendada en algunas partes, o con agujeros en otras. Su hijo… un antropomorfo azul de ojos negros y muy grandes, bostezó casi partiendo su rostro alargado. Usaba unos pants y una playera casi nuevas. El padre sentía satisfacción. Esperaba que la ropa nueva se le rompiera en el trayecto para que su hijo fuera un hombre de una vez. Sí, aunque fueran un par de heridas en la ropa.

El niño ignoraba la lluvia negra.

Invitó a su hijo a salir de campamento. Luego de la negativa, lo obligó, pensando que sería buena idea compartir el tiempo juntos aún cuando esto fuera obligado. Habían tomado el gusabús durante más de tres horas y luego caminaron un par más. El niño azul estaba silencioso, haciendo muecas con su rostro y murmurando su descontento. Todavía no se animaba a quejarse en voz alta… hasta ahora—: Estoy muy aburrido, padre.

—Nos hará bien. Entiéndelo.

—No me gustan las…

—Cállate ya. Ayúdame a poner la tienda.

El niño hizo una mueca y luego de un breve escalofrío, sus brazos y su cabeza grande colgaron de un lado. Su cuerpo cayó suavemente a la tierra mojada. El hombre verde, de los colmillos en los labios, se acercó a su hijo. La lluvia negra empapó su rostro y sus ropas. Decidió hacer lo mismo. Sus brazos, su cabeza colgaron y cayó con suavidad a la tierra mojada.

-o-o-

—No me gustan las simulaciones, padre —dijo el niño cuando su padre entró a la habitación furioso. El padre no podía gritarle, quería hacerlo, pero no podía. Lo sacarían de ahí. Miró los lentes de la simulación, sobre el cuaderno y los lápices, a un lado de los frascos de medicinas. ¿Cuánto tiempo le habían dicho? Unos meses, unas semanas, ya pasó su tiempo. Se observaron en silencio. El niño descubría en la respiración pesada de su padre cada uno de los sueños inconclusos que se interrumpían por la enfermedad y la promesa de muerte. Sonrió ligeramente tratando de consolarlo, pero su padre estaba inmerso en el conflicto. La simulación solo era un pasaje para recrear momentos rotos.

—¿Quieres que te traiga otro sandwich? —preguntó el padre y sin esperar la respuesta, con la misma paciencia de siempre, fue a buscarlo al comedor del hospital.

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escrito por el Miércoles, julio 20, 2011

Cuento de los dibujos de mujeres que había en aquel cuaderno.

Cuento de los dibujos de mujeres que había en aquel cuaderno.

Lo he practicado durante años: garabatear algo en el cuaderno que estoy usando para escribir, o para estudiar, o el cuaderno nuevo que me regalaron del cual solo aprovecharé una hoja, o el cuaderno nuevo que compré para tener las cuentas y terminé usándolo para escribir cuentos, o crónicas de la vida diaria (bueno, mi querido diario), o que terminé usando para tomar anotaciones de algún juego que estuviera jugando, sí, esos juegos largos y complicados que necesitan anotaciones, y cuentas aritméticas básicas, como los puntos de fuerza que adquirirá mi personaje cuando suba al siguiente nivel o cuantos pasos ha caminado un pokémon antes de declararse amistoso, mi amigo, ese que siempre estuve esperando. Como decía: Algo me posee y empieza con una ligera curva. Hago una línea y cuando me doy cuenta, ya dibujé un rostro. Si la línea empezó tosca, dibujo a un hombrecito. Si la línea es más suave, intentaré dibujar a una mujer. De chamaquito jarioso me gustaba dibujar mujeres.

En aquel entonces, dibujaba las mujeres que me hubiera gustado coger pero estaban muy lejos de cualquier posibilidad amorosa, erótica, sensorial… cachonda, vamos. Mujeres de humo, que se materializaban de ilustraciones, películas, anuncios televisivos y/o impresos, telenovelas. Incluso Yayita, la de Condorito, ofrecía maravillosas posibilidades eróticas en la mente febril de la pubertad. Dibujaba mujeres de muslos grandes, de tetas medianas pero firmes, de cabello largo y oscuro. Las dibujaba en posiciones casuales, aprendiendo de los pinups que veía ocasionalmente: leyendo en la cama, sentadas esperando el tren (en pantis, minifalda, top o medias, cómo no), dando la espalda al mirón del dibujante o escuchando divertidas, tratando de robarse las miradas del profesor de religión. Todavía me acuerdo cuando el profesor pasó a mi banca y me descubrió dibujando mujeres, cuando en realidad debíamos discutir la responsabilidad católica con los más necesitados en esas regiones de tan difícil acceso. El profesor se río y me dijo–. Chamaco, deja de dibujar eso. En la noche a veces le entregaba mi cuaderno de dibujos a mi mamá y ella lo revisaba (tan aficionada y seria a la pintura, a la proporción. Sí, fueron tantos años los que practicó y practicó), me tachaba las líneas mal hechas, las cabezas demasiado grandes, las piernas que parecían de un caballo. No me regañaba por pintar mujeres desnudas, ni por pintarlas en posiciones explícitas, me regañaba por mi torpeza, por mi falta de paciencia, por mis líneas rudas, groseras. Entonces regresaba a mi habitación y empezaba de nuevo.

Luego crecí y olvidé dibujarlas. Lo que pasa es que ya podía tocarlas. Todavía con esa curiosidad infantil recorría con apenas la punta de los dedos, como quien tiene un lápiz de punto grueso y apenas, apenas, debe marcar tantito porque si no todo se mancha de grafito y no hay goma que regrese una hoja a su estado original, un estado claro, un estado terrorífico como el de la hoja en blanco de todas las posibilidades, todos los mundos y todas las palabras… así tocaba a las mujeres en esa casualidad del ofrecimiento mutuo. Que vamos a tocar un poco el rostro, alrededor de los ojos, que vamos a tocar las líneas de las manos, justo debajo de los senos y el arco que hace la espalda. Que vamos a tocar las sombras del rostro cuando tienen la boca ocupada y las sombras de los muslos que, con lentitud pero a la seguridad de una mano firme, se van separando. Que vamos a tocar la lengua, y jalonear la punta, como se le haría a un perro para que deje de ladrar, de morder lo que no es suyo. Cada encuentro era un aprendizaje para el bocetista aficionado a las mujeres de cualquier cuaderno, a las mujeres que se quería coger y ya se estaba cogiendo. En las épocas de abundancia para los recuerdos de la piel, dibujaba a las mujeres con las que había follado. Dibujaba sus rostros en situaciones inverosímiles como el aroma del café a medio día o la expresión que harían con la anécdota del tipo que las acosó en el camión ese día. Les dibujaba el cuerpo recién vestido, les dibujaba una silueta que miraba ajena y despreocupada el mundo por la ventana o simplemente les dibujaba la nariz, con la resignación e inevitabilidad del deseo apaciguado.

Entonces me dediqué a dibujar a las mujeres de las que me había enamorado unos minutos. Las dibujaba para volverlas a ver y pensar qué, después de todo, esa noche, esa semana, ese mes, no había sido tan malo. La expresión no siempre correspondía, porque era muy malo para las expresiones: Me miraban furibundas, me miraban apocadas, me miraban agrestes, me miraban con curiosidad, me miraban reprochando, me miraban y me miraban, siempre me miraban, nunca miraban a otro lado. Seguían mis manos mientras bocetaba, mientras apretaba el puño en el lápiz antes de hacer la línea más suave de todas, que sería la curva de ese flequillo que les tapaba el rostro. A fuerza del recuerdo, también las dibujé con mi sexo en las manos o en la boca y luego suspiraba cansado, dolido, pensando que había manchado la bondad de los recuerdos con lo que en verdad había sucedido. Dejaba el lápiz, una vez o dos veces, dejaba el lápiz varios meses, dejaba que pasara el tiempo hasta que el lápiz y la hoja se llenaran de polvo, que el dibujo de su rostro adquiriera una expresión distinta y yo pudiera, pues, no sólo dibujar a la mujer, sino el recuerdo de esa mujer, para suplir un antojo personalísimo de enamorarme. No un amor atormentado, no un amor que durara años, no el amor que según las historias estamos esperando como las princesas a su príncipe y los sapos a la idiota que irá a besarlos o el amor que será la redención de nuestros pecados y que serán esas marcas metafísicas en nuestras muñecas, como si cada uno de nosotros pudiera ser un Cristo… sino simplemente amor por otro, amor por un recuerdo, como el amor que se tiene cuando hueles una taza de café y regresas a una sala donde tus padres lo beben, leen el periódico, miran la televisión, platican un poco y en un impulso discreto, se toman de la mano.

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