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escrito por el Martes, diciembre 4, 2012

Fumador en la banca, humo del jugador

Fumador en la banca, humo del jugador

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 66 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.

Hay una frase muy sencilla que requiere un puñado de experiencias para entenderse. En su sencillez se encuentra la trampa y en sus consecuencias un dejo de desencanto. Al principio hay un poco de resistencia, pero cuando entra, entra bien y se repite como un mantra, un canto de guerra antes de lidiar contra una bestia que oculta los cuernos: “Tienes que ponerte la camiseta”. No soy inocente. Muchas veces he caído en expresar esa simpleza para invitar una reflexión, un cambio de actitud en el otro, así como me la dijeron muchas veces desde la niñez hasta la juventud y obligaban una mueca por lo cándido del discurso.

“¿Qué es ponerse la camiseta?”, pensaba y desmenuzaba la frase, “¿quitarme lo que tengo puesto y ponerme otra cosa?, ¿se refieren al cambio de equipo que hace un deportista y tiene que vestir otro Jersey? (Algo rastrero y traicionero, como cuando un jugador del América se pasa para las Chivas, y viceversa), ¿Acaso, en mi vida, llevo puestas múltiples playeras metafóricas que cambio, desecho o remendo conforme a la circunstancia? ¿Cuántas camisetas más debo de ponerme para que me consideren digno (el hombre camiseta lleva ya 28, porque más es imposible sin que algo se reviente, o el cuerpo o la tela), cuántas más?”

En realidad la frase se refiere a algo más sencillo, un discurso vulgar de motivación: Hay un jugador, un deportista o un atleta que espera en la banca. Llega el entrenador, pone una mano sobre tu hombro, su frente sudada, su voz rota de tanto gritar insultos, y paternalmente susurra mientras aprieta tu carne con firmeza: “Ponte la camiseta”. Es hora de entrar en el juego porque el partido depende de ti; porque te considera listo para sacrificarte y tal vez, salir victorioso; o porque no hay de otra y no importa tu aparente indiferencia, las circunstancias que te arrastraron allí, tienes que entrar y exhibir galanura, la gracia atlética de los dioses, la necesidad imperiosa de agradar al padre putativo (o quizás biológico) que implora, a su manera, tu entrada en el juego.

Obviamente, hay jugadores dispuestos a entrar, crecieron cómodamente con esas analogías deportivas y motivacionales como si fuera un manual para la vida. Sienten ese vacío en el estómago que sólo pueden colmar con calentamiento y una intensa observación al juego, cómo va, para no sentirse inútiles, estatuas estériles derruyéndose en la banca. No sólo se ponen la camiseta, ya la tienen lavada, aromatizada, planchada y doblada a un lado de la banca, una armadura lista para ser utilizada a la menor provocación.

Fumadores empedernidos, como yo, disfrutan apaciblemente con la pierna cruzada, sentados en la banca, su contemplación metafísica en el baile de las porristas y las espectadoras saltarinas y cuando sienten esa mano en el hombro no pueden más que suspirar con un poco de tristeza, tirar el cigarrillo y hacer como que se ponen la camiseta para presentar en el terreno de juego un espectáculo deplorable que, con suerte, irá alimentando una suerte de furia y aunque consigan involucrarse en el juego, no dejan de pensar que el espectador, y los otros jugadores, acaban de recibir un payaso que se ha puesto la camiseta al revés y que más bien se ha convertido en un elemento caótico, absurdo, dentro del juego con el objetivo accidental de arruinar lo bien que todos los demás se la están pasando.

“Ponte la camiseta”, depende de la circunstancia, no es tan malo como se cree. Cuando eres joven y no quieres, es una ofensa, es pedirte que arruines el conjunto de ropa que tanto trabajo te ha costado decidir, olvidarte de quien eres para entrar a una situación que no te gusta, o no quieres, o es demasiado problemática. Es fácil no ponérsela porque eres joven y aparentemente nada te lo impide. Pasan los años y, aunque todavía hay un ruido incómodo, decides ponértela para evitarte una secuencia de momentos incómodos: un despido, una mala calificación, el escarnio público, el exilio a otro país, una ruptura amorosa o el divorcio tan temido. En lo personal, yo la uso como una respuesta floja a confesiones de jóvenes imberbes cuando exponen un problema de su edad y que se resolverían, pues, con un poco de menos necedad.

Mi situación preferida de la frase es cuando estás acostado, miras fijamente al techo, piensas en las múltiples responsabilidades adultas y las consecuencias de ignorarlas, entrecierras los ojos para cachar las partículas de polvo, escuchas el ruido de afuera, un claxon, un hombre vende chicharrones, los zanates vuelan e imaginas sus silbidos al ocaso, no fumas ahí porque no es permitido y aún cuando tienes ganas de hacerlo el cuerpo se niega a levantarse, una mano posa sobre tu pecho, una pierna desnuda sobre la tuya, el sudor evaporado de un amor que continuamente está pereciendo y alguien susurra, flojamente, “ponte la camiseta, es hora de vestirnos”.

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escrito por el Miércoles, noviembre 7, 2012

El año de Proust

El año de Proust

Este año comencé uno de mis proyectos literarios más ambiciosos como lector: Leer a Marcel Proust y los siete tomos de “En busca del tiempo perdido”. Quise, de alguna manera, que mis treinta años significaran algo como lector y escritor. Leer también es escribir (es un aspecto de muchos). Escritor que no lee sólo puede burlar una vez, o dos, pero eventualmente cae presa de su propia desidia y lo castigan como a un Karamazov. Quizás con lectores dedicados evitaríamos el tufo del plagio.

El pintor tiene que ver la naturaleza, un sujeto, una imagen y contemplarla, meditarla, precisarla antes de mancillar decididamente el lienzo en blanco. El escritor también tiene que ser un observador y no sólo de sus alrededores, sino de esos bloques de letras, párrafos, oraciones, estilos, maneras de hablar. Tiene que entregarse a sus lecturas, sean cuales estas sean y sobre todo, tiene que estar dispuesto a arriesgarse a tomar esos libros aparentemente invencibles para desmenuzarlos, estudiarlos, descubrirse insuficiente (o levantarse como un Coloso adecuado al reto) para entregarse y sencillamente leer hasta concluir la historia. Traduzco la invitación: Deje de leer libracos complacientes un rato, anímese.

Dicho lo anterior, escogí a Proust y leer a Proust es una putada. Es una deliciosa ironía que el trabajo se trate del tiempo y que hogaño, sea muy difícil leer párrafos tan largos, abundantes. La tendencia del lector contemporáneo es disminuir su tiempo de lectura sin sacrificar el placer que provoca una historia. Eso, a su vez, alimenta estos géneros explosivos de literatura breve: microficción, ráfagas poéticas, palíndromos, twitteratura, como quieran llamarle. Subrayé demasiadas líneas en mi lectura ¿y saben cuántas pude compartir a través de Twitter? Tres. Solamente tres que se acomodaron a la brevedad exigida. Los demás son imposibles de tuitear sin destazarlos y convertirlos en otra cosa, algo que pueda leerse estúpido, insuficiente o incompleto.

Proust exige lectores de otra época. Lectores dispuestos a devorar lentamente la búsqueda memoriosa del narrador en su afán por recuperar el tiempo, tiempo que paradójicamente el lector pierde mientras enferma de Proust. A manera de una Scherezada, el Narrador entrelaza historias, recuerdos, personajes y es fácil perderse en los encuentros, vencerse al vértigo de las demasiadas palabras. ¿Vale la pena leer a Proust? ¿Tengo el tiempo de leerlo? Sí, lo tienes, búscale y atrévete. Quizás nunca deje de recomendarlo.

Hace unas semanas, en una discusión tuitera, una estudiante de literatura mencionó que quisiera tener tiempo de leer a Proust. Tuve que responderle, y me parece justo decirlo aquí: Una novela de siete tomos con la palabra “tiempo” en el título es una advertencia obvia. Si quieres leerlo tienes que buscarte el tiempo, tienes que sacrificar otras diversiones para entregarte al oficio y el placer de la lectura, una lectura orgánica, del tamaño de una selva y sin salidas fáciles. Es decir, tienes que tomártelo en serio (lúdico pero en serio Juanito). Aunque es posible que el destino de Proust sea la soledad. Es posible que, como lo vaticina el Narrador, la obra pierda su vigencia en unos cien años más y sean cada vez menos los lectores dispuestos, entregados. Si lo lees, prepárate para que sea imposible compartir la experiencia.

Otra cosa que salió en twitter fueron personas que solamente han leído uno de los tomos. Ya que lo he terminado, esas personas me angustian… después de que hice mi tarea sin trampitas, tomando al toro por los cuernos, leyendo de tomo en tomo, sin saltarme las partes aburridas y soporíferas, recibí mi recompensa al final, como tuvo que ser. El orden es importante, puede ignorarse pero no lo recomiendo. Recuperar los recuerdos progresivamente es un deleite increíble y me imagino esas lecturas incompletas, sin el destino o el progreso de los numerosos personajes mencionados, sin el placer o el gozo de cuchichear todo lo que se dijo de ellos.

La novela es un gozo una vez que empiezas. Además de obedecer a su época y su lugar (Francia, el caso Dreyfuss, los judíos, pre y durante la Primera Guerra Mundial), también es un compendio acerca del amor, el erotismo, el lenguaje, la amistad, las etiquetas, la diplomacia, el chisme, el juego de poderes, la muerte, las estrategias de guerra, el ocio, la enfermedad, el arte (en sus múltiples ramificaciones), la narrativa, los artificios del escritor y los celos (lo he dicho numerosas veces: si una mujer deseara comprender los celos de un hombre, debería leerlo).

El último tomo es un regalo. El libro, como muchos saben, empieza con la mordida de la madalena y en el último tomo, a la mitad, la madalena ya está mordida. Recibes una manifestación completa, preciosa, de lo que es el escritor y lo que es el arte, el descubrimiento de la gran obra (que quizás no sea tan grande) y el momento de escribirla. Después de seis tomos donde el Narrador se admite un fracasado, incapaz de escribir algo verdaderamente de valor, luego de atravesar el río de la memoria se siente con la capacidad de hacerlo, recibe el don del tiempo y a su vez, el don es un castigo cuando se descubre viejo, quizás sin el tiempo suficiente de plasmar todas esas memorias (ya leídas por el lector, y escritas por Proust), en medio de una reunión de viejos aristócratas, donde se encuentra a la mayoría de los personajes (si no es que todos) que Proust ha delatado a lo largo de la búsqueda. Se oculta la ironía y las mejores ironías siempre se disfrazan, igual que los soñadores quijotescos que pronto olvidan el peso irónico del Quijote, la búsqueda del tiempo perdido se resuelve cuando el tiempo, en verdad, ya se fue.

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escrito por el Lunes, noviembre 5, 2012

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 64 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.
  • Mi esposa tiene trabajo para mes y medio en otro estado. Ha confiado, con cierta duda ilustrada en sus cejas arqueadas, a mi sola responsabilidad los perros, los asuntos caseros y que no se caiga el Popocatépetl.

  • Pienso en este problema tan contemporáneo: No es gracioso cuando una institución es incapaz de reconocerle a una mujer sus habilidades en el trabajo pero que tierno es cuando un varón se hace cargo de la casa. Míralo como trapea, barre, limpia, cambia los pañales del mocoso. Al instante y con unas gotas de agua, es un caballero. Señalar culpables es un pasatiempo estéril.

  • La soledad me permitió ignorar dos rutinas: La hora de gimnasio y las dos horas nocturnas de televisión. He redescubierto el placer de leer a horas reservadas para otras cosas… Durante la comida, a las cinco de la tarde, a las ocho de la noche. Aderezo con literatura mientras mi panza crece a base de harinas y refrescos.

  • Hay algo de tristeza a la hora de comer cuando ella no se presenta y nadie ayuda a lavar platos, picar verduras, poner aceite en el sartén, empanizar carne, cocer pasta. Mi esposa platica en su trabajo, orgullosamente, que la cocina exige de ambos contratantes y sus compañeros algo envidiosos, antojadizos, preguntan todos los días que alcanzamos a cocinar con la economía del tiempo. Descubren el paraíso de la confianza y la charla.

  • El silencio recobra su fuerza sin pláticas, y sin llegadas. Ambos perros no tienen a quien ladrarle o moverle la cola cuando suena el motor de la camioneta, el arrullo muere y finalmente alguien abre la puerta.

  • Posiblemente sobra decir como ha cambiado el menú gastronómico y el lector ya lo intuyó: hamburguesas, sandwiches de jamón, sincronizadas, quesadillas, jochos, cereal, sabritones, cacahuates enchilados y finalmente la pizza que no terminamos el día que se fue. Las rebanadas esperan pacientemente en el refrigerador al recalentado de la cena. Las mujeres de mi vida son, invariablemente, el impulso de la nutrición y las defensoras imbatibles de las verduras.

  • Al menos a todo le pongo aguacate.

  • En las noches, mientras escribo, pongo la música y el radio a volúmenes normalmente prohibidos por la educación. Ella duerme horarios normales, yo nunca he podido y cuando me encierro en la oficina, pongo música aunque sea a niveles bajos. Sonrío alegremente, soy un adulto-niño que comete la travesura. La venganza es contra el vecino que vive a unos terrenos de distancia y que durante las mañanas suele practicar los discursos entre canción y canción, con el micrófono a todo lo que da, para la fiesta a la que contraten su sonido.

  • Los primeros dos días, para hablar solo volteaba hacia los perros y me refería a ellos como si fueran personas. En la segunda etapa conseguí ignorar a los perros para hablar con mi cigarrillo, con el cenicero, el cacto en el jardín o con la pantalla. Hoy conseguí practicar el soliloquio sin justificarlo. Abrí la boca y nadie pudo callarme… pero como reza el viejo enigma: “¿Si un árbol cae a mitad del bosque y nadie estuvo para escucharlo, realmente hizo ruido?”. La pregunta es un consuelo de la locura aparente.

  • Fumo casi por toda la casa: En la sala, en el comedor, en la cocina, en las escaleras, afuera de mi oficina, en bodega, en la azotehuela, en la entrada, en los pasillos. Los ceniceros sucios desperdigados por doquier, sin nadie que los critique o que los levante. En el único cuarto donde todavía no me atrevo a hacerlo (y tal vez nunca lo haga) es en la recámara.

  • Los perros ya se rindieron en recibir el desayuno a una buena hora (Ella los alimenta a las nueve de la mañana, antes de salir a su trabajo). Duermen a mi lado hasta las diez, once de la mañana, y duermen un poco más (aprovechan la cama, se extienden, toman las almohadas como un descanso para el hocico) en lo que me ducho, me visto, bajo a desayunar, mastico frente a ellos y leo fragmentos de la novela que estoy escribiendo. Desayunan a la hora del almuerzo. No se preocupen. He hablado con ellos, y no les molesta.

  • Pienso: Brunch es el almuerzo. ¿Por qué algunos gringos le toman demasiada atención a la palabra, al concepto? Anoto que debo investigarlo en mi cuaderno de imbecilidades, aprovechando que está descuidadamente abierto ahora que nadie más convive en esta casa.

  • Soy un adolescente y aprovecho la televisión de la sala para ver algo de pornografía. A los pocos minutos, olvido la esperanza del relief, ignoro el volumen alto que quizás espante a los vecinos, recargo la cabeza sobre mis manos y me descubro platicando con una muchacha que no para de pujar.

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escrito por el Lunes, octubre 8, 2012

Un cigarrillo para los dioses del tiempo

Un cigarrillo para los dioses del tiempo

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 62 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.

En algún tomo, después de miles de palabras, en la búsqueda del tiempo perdido escrita por Proust, el Narrador revela una verdad importantísima: “Albertine es la diosa del tiempo”. Hasta entonces, el sueño espeso del primer tomo que comienza con el beso anhelado de su madre, antes de refugiarse en el sueño, era simplemente el capricho de un niño. En ese pequeño fragmento, un golpe a la intuición, decir lo que es (porque tiene que hacerlo, no puede dejarlo así nada más, no después de todo el tiempo que narrador y lector han compartido un largo camino), ofrece un nuevo sentido a la obra.

Un dios no existe hasta que es nombrado. Dios existe hasta que el hombre encuentra en su consciencia el camino metafísico capaz de justificar la existencia de ambos (creyente, divinidad). Se escribe el primer párrafo de un credo que define sus alcances, sus milagros, libaciones para arrojarse a la fe. Una cómoda definición de reglas para vivir con la suposición de la justicia, del honor, de lo correcto. Por supuesto, también su contraparte en las travesuras que cometemos, unas peores que otras. ¿Qué pediría una diosa del tiempo? Supongo, sencillamente, que su presencia no sea desperdiciada. Su truco maligno estaría en la balanza, al final de la vida, preguntándote qué tanto recuerdas y qué tanto de tu tiempo sirvió para esa nebulosa llamada: “algo” y ese “algo” como “lo importante” y lo importante como “en lo que crees de veras”.

O quizás te pregunte si jugaste lo suficiente.

Tiempo y memoria van de la mano. No existe el pasado si no somos capaces de reconstruirlo a nuestro antojo, asomarnos por los cimientos que nos llevaron hasta el lugar donde estamos. El tiempo, el presente, puede ser prisionero de un reloj, podemos observarlo segundo a segundo, pero generalmente acabamos usando el presente para explorar los caprichos del pasado y las angustias de un futuro (muy probablemente) inventado. El presente es ese preciso instante donde nos preguntamos si contestarle que sí a la muchacha cuando nos pregunta si queremos papas o refrescos más grandes por sólo cinco pesos.

El tiempo, pasado y futuro, son nudos de una ficción que conforman la novela de una vida. El presente es la máquina de escribir, una ilusión instantánea presentándonos traviesamente una multitud de caminos disponibles para continuar la historia, una perpetua oportunidad para crear nuestra ficción única y personalísima, estabilizar los cimientos, adornarla de flores y macetas, pequeños cuadros o quizás pintar de negro sus muros por las deudas, las preocupaciones, los dolores del cuerpo cada vez más comunes.

Los griegos tenían a un Dios para el tiempo. Mejor dicho, es un Titán. Cronos, el monstruo que se comía a sus hijos tan pronto parían por el temor de una profecía. Irónicamente, por supuesto, no puede ser de otra manera, uno de sus hijos logra sobrevivir por argucias de la madre y es quien derrota a Cronos. Ni siquiera la madre es perdonada cuando todos los titanes quedan relegados a la oscuridad, dioses viejos e incapaces. Zeus prevalece, dios del trueno y de la perpetua coquetería, y libera a sus hermanos. Se me ocurre que en ese instante, cuando a Cronos le rajan la panza y sacan de ella a una multitud de dioses, el tiempo se divide en tres principales para los griegos. Los hombres dividen su tiempo en la vida terrenal (Zeus), los viajeros ofrecen su tiempo al mar y sus funestos humores (Poseidón), y finalmente dejan de luchar para entregarse al sueño del Inframundo (Hades). No existen los minutos, los segundos, las horas. Así el hombre consigue construir su tiempo en etapas.

Dios y Cristo son muy malos para manejar el tiempo, todo consiste en el sufrimiento hasta que nos ganemos una de dos entradas: Paraíso e infierno. La vida terrenal, tanto el espacio como el tiempo, lo dejaron a nuestro criterio. Bien hecho. Ahora luchamos con el sentido del tiempo, de como los días cada vez son más cortos, de como desaparece un minuto de tiempo con cada rotación terrestre (porque la Tierra se acelera, son las leyes del Universo que las divinidades, como los hombres, no tenían contempladas hasta hace poco).

Tenemos el tiempo para hacer lo que deseemos con él: Atenernos a la métrica clásica, dividirlo en cómodas quincenas de sueldos y facturas, en los desayunos con la persona deseada, en los días correspondientes para darle gusto al cuerpo con el alcohol o el sexo, en listas musicales o lo que dura una película, en proyectos de algunos meses, en semestres de horarios escolares, en una tesis que lleva muchos años escribiéndose, en lamentables sexenios presidenciales, en los meses que dejamos el cigarrillo y lo volvemos a retomar.

Quizás no existan los dioses del tiempo pero somos creyentes, aquí seguimos aún sabiendo que en algún momento se puede terminar.

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escrito por el Martes, septiembre 11, 2012

Fumar a la nada.

Fumar a la nada.

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 60 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.

Es el momento donde enciendes un cigarrillo y no cedes a los pensamientos. En silencio, la nicotina y el alquitrán se consumen por el fuego y los pulmones. Tal vez te asomes por la ventana para ver la noche o quizás estás tomando una pausa después de leer cualquier texto. De ahí no pasa. No hay estudio de gravísimas cuestiones o la búsqueda de respuestas. Simplemente uno fuma por el placer de fumar. Te conviertes en el sueño de otro, en la estatua silenciosa de un niño que le pregunta a su madre: “¿Ese señor, mami, que está pensando?”, “¿Esa señora, mami, está triste?”. Puede ser, pensará la madre, o cualquier otro que mire la fotografía.

¿Desde cuándo la nada es tristeza? Supongo que, desde tiempos inmemoriales, nos piden justificar todas las acciones, darles un propósito. En hogaño, es especialmente importante que el fumador explique por qué lo hace si los cigarrillos están tan caros, si tiene una carrera exigente de momentos reflexivos o si de verdad está tan azorado por la vida para necesitar un respiro de cuatro pesos, en la esquina, antes de llegar a donde sea que vaya.

Uno se acostumbra a buscarle formas al humo ajeno, fumador o no. Al no-fumador esto le puede agarrar de sorpresa. El humo del cigarrillo mete la zancadilla cuando le descubrimos las aspiraciones como mancha de Rorschach. Depende de los pulmones y la garganta, de la nariz, de la cabeza del fumador. No digo que confiese los secretos, no, mejor dicho, expulsa la imaginación. Los minutos de vida perdidos en el momento del cigarrillo se transforman en imágenes, en una habitación de humo a la cual podemos elegirle forma. El humo, como nubes portátiles, forman personas corriendo, los rostros de los muertos, la casa donde solías vivir, la faz de una muerte aburrida e inexorable, quimeras y dragones. Algunos, seguramente, perciben mensajes escritos y señales para interpretar su futuro.

El mismo fumador no puede interpretar sus propios mensajes, dejaría de estar fumando a la nada para fumar por algo. Sencillamente, en el momento, se convierte en el medio. Una pausa en el cuerpo, y la mente, para dejar de buscar, abandonar las preguntas y las cuentas. El truco está cuando un fumador se dedica a mirar, sin vergüenza, el humo que expulsa otro. Descubre su papel como un mensajero, mientras, hipnotizado, trata de leer las señales del otro, ese que por un momento es igual que él, o es una copia del pasado o un vistazo al futuro.

Fumar a la nada es un accidente. Pasa en el momento justo que te descubres con el cigarrillo encendido, a medio consumir. La consciencia de que fuiste algo, y el momento ya pasó. Quien sabe cuánto habrás expulsado. Fuiste otro, perdiste unos segundos (o minutos) de vida, en un tiempo vacío, sin memoria. No sirve sentarse y murmurar, convencido, “Voy a fumar a la nada”. No lo encontrarás, no te engañes, lo he intentado. Es como tratar de convencer a los otros niños (los imaginarios, si estás solo) en el parque que eres Superman. Simplemente la noción de la acción basta para llenar la cabeza de ideas y el humo se desperdicia.

¿Cuántos libros habrá escrito el humo de la nada? No digamos las personas, porque ahora con internet y la vida digital, la cantidad de libros es imposible. Todo lector conoce la titánica, y abismal, tarea de leerse todos los libros, incluso ni terminará aquellos que piensa para su vida. Imagínense ahora todos los libros accidentales que se han escrito en el humo, como los orangutanes en la máquina de escribir que eventualmente habrán de sacar las obras de Shakespeare, los fumadores a la nada ya escribieron todas las obras universales, del pasado y del futuro (en el presente no, siempre es muy pronto para hablar de obras universales). También es posible que gracias al humo observado, ya tengamos un puñado de lecturas que se dieron por accidente. Según leemos por primera vez a Proust, pero descubrimos esa rara sensación asmática de dejá vù durante la lectura. Nos cruza el pensamiento: “Ya lo leí en algún lugar”. Presta atención, sugiero, al humo de los fumadores especialmente silenciosos, estáticos, inertes. Las respuestas que ellos no encuentran, las ofrecen en abundancia los hilos grisáceos que escapan de su nariz y sus labios.

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escrito por el Lunes, agosto 20, 2012

Algo de lo que aprendí en diez años.

Algo de lo que aprendí en diez años.

Quisiera compartir un poco del aprendizaje que he tenido con la experiencia de tener un blog, o mejor dicho, una bitácora como la mía. Supongo que estos consejos pueden aplicar a ciertos diaristas, escritores o jóvenes recién iniciados. Conservar uno de estos es una experiencia gratificante. También me atrevo a decir que esencial para cualquiera que aspire una carrera artística, de entretenimiento, comunicaciones, periodismo o simplemente, destripándolo a su esencia más básica: refinar la capacidad para contar historias.

Tengo reglas. Son las que pienso platicarles, a grandes rasgos. Si inicias una bitácora o ya tienes la tuya, es sensato que te sientes a escribirlas. Si no las tienes, piensa en ellas, quizás están ahí pero no las has nombrado. Los límites, contrario a lo que parece, enriquecen u ofrecen opciones. Necesitas algo que romper cuando el aburrimiento o la rutina te hayan alcanzado (porque lo harán, el tiempo es inevitable).

No borres lo que ya publicaste. No seas de los que, en un arranque de tristeza o un berrinche, borran el blog para castigar a sus enemigos imaginarios. Si tienes la constancia y la paciencia, encontrarás algo de valor en los primeros textos que escribiste. Prepárate: No son brillantes. No te dejes engañar por la inocencia, o la ingenuidad. Seguramente te provocarán vergüenza, quizás tanta que hasta huyas a esconderte.

No hay nada más atemorizante que un reflejo más joven y no hay mejor monstruo a vencer que lo escrito en el pasado. Existen tesoros escondidos en las primeras líneas escritas. Tampoco se trata del regreso, la tristeza o la melancolía (que también puede haber), recuerda, se trata de buscar los diamantes. Explora, piensa que eventualmente encontrarás líneas ocultas con la capacidad de hablar contigo, de iniciar procesos nuevos, un cuento velado o una búsqueda que se pensaba olvidada.

Si lo que publicaste alguna vez, de veras no te gusta, entonces haz lo que se debe hacer: Deja la anotación en su lugar; abre un procesador de textos, copia, pega y trabájalo; corrígelo. Cambia la voz del texto, cambia el tono, quita las palabras desagradables y cámbialas por otra. Reemplaza la anotación original, si quieres, o guárdalo para ti. Si no puedes más, elimínalo. Sin embargo, te advierto, lo que eliminas siempre lo recuerdas.

No pienses en los lectores (tampoco mientas, escribir para ti es lo mismo). No escribas para ellos, para todos o para “ninguno”. Es un error escribir la primera línea pensando: “Para Chuchita, a quien tanto quiero”. Puede que te salgas con la tuya una vez, pero las siguientes alimentarás un monstruo. A no ser que tengas un nicho específico o te hayas puesto el disfraz de payaso, no vale la pena.

Los lectores de tu blog eventualmente se irán, se aburrirán de ti o regresarán silenciosamente para recordar la primera vez que te leyeron (les provocaste algo, tal vez, y raras veces te enterarás de que lo hiciste). A un gran porcentaje de estos lectores sólo les interesa hacer un amigo, preguntarte como hiciste algo o buscan con quien hablar. Si tienes suerte, hasta coger. Quizás les interese tu opinión para validar la suya; te tienen en estima o confían en tu criterio. Muchos más querrán insultarte porque en internet es el deporte. Pocos lectores, igual que con los libros, se acercan a un blog por el placer de leer. Un lector experimentado (y pretencioso) siempre desdeñará leer un blog por un libro. Mejor, aprovecha esa libertad, y dedícate a buscar el placer en escribir.

Los placeres se educan. Escribir es un ejercicio de reglas y múltiples caminos a seguir. Equivócate, escribe mal y luego regresa a releer lo que hiciste. Pon los signos y los acentos en su lugar. No te quedes con lo primero, quédate con el segundo o con el tercero. Investiga el nombre de las cosas que usas a diario, escúchate y date cuenta de las palabras que repites. Busca sinónimos y antónimos. Hay deleite en aprender palabras nuevas y salir corriendo a escribirlas en una anotación, un cuento o si tienes algo de matemático, en un poema correctamente estructurado. Después de usada, úsala otra vez. No la olvides. Publica, regresa a leerte, toma notas, edita cuando vuelvas. Avanza hacia el quinto, o el sexto. No te preocupes, con los años esto se aprecia y se entiende mejor.

Lee otras cosas. Lee la Biblia con un diccionario a la mano, busca libros infantiles de hace diez o quince años y date cuenta como han cambiado las palabras, lee ese libro gordo que te da miedo. Son pocos los libros esenciales que un lector sencillo necesita en su vida pero te darás cuenta que pocas veces se quedan ahí, se convierten en adictos, en participantes de la búsqueda infinita. El buen lector encuentra hasta lo que no busca en un libro que llegó a sus manos por accidente.

La lectura es un ejercicio y raras veces te lo dicen, pero también tiene reglas y ellas te enseñarán a escribir, no sólo en un blog, en lo que quieras. No leas lo mismo que tus amigos, la conversación eventualmente te aburrirá. Toma lo que te dé miedo, vergüenza, incomodidad. Lee los otros autores mencionados en el libro gordo que te atreviste a leer. ¿No te gusta la poesía? Sal a comprar libros de sonetos. ¿Te aburren las novelas? Cómprate la más gorda que puedas encontrar. Subraya los párrafos que te gusten, anota en el canto de la página lo que pensaste, investiga las palabras que no conoces (los libros traducidos son especialmente útiles para eso).

¿Recuerdas los primeros libros? Relee los libros que te hicieron.

Si platicas tu vida en un blog, miente. No tengas miedo. La mentira es una valiosa herramienta del contador de historias. Más gente recuerda gozosamente los cuentos de un mentiroso que las quejas o los lamentos de un borracho. Contar mentiras hará las cosas más fáciles el día que confieses la verdad. Si escribes de tu trabajo o tu familia, prepárate. Ellos te leen, di lo que tengas que decir, pero te leen y algo te dirán. Si no lo hacen, no te confíes. Eso dicen. Si cuentas tu rutina, no tengas miedo de adornarla. Todos estamos atados a las reglas del mundo, incluso los aventureros tienen que pasar las horas en un aeropuerto, observando a la gente e inventando historias que no les corresponden.

Finalmente, cuando identifiques tu voz y te aburras de ella, rómpela. Cambia las reglas, invéntate un juego nuevo. Habla de lo que te da miedo. Escribe lo que desearías ser. Detalla lo mal que duermes en las noches. Cuenta las historias cachondas de tus amigas. Deja de hacerlo. Busca otra cosa de que hablar. Durante un tiempo escribe cuentos con fotos, escribe líneas o versos, escribe momentos rutinarios y francamente aburridos. Entre más difícil sea ponerle palabras, mejor te enseña.

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escrito por el Lunes, agosto 13, 2012

Humo del insomne

Humo del insomne

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 58 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.

Cuando dejé de fumar, el humo del cigarrillo ajeno me daba un golpe igual que a los sanos. No llegué a despreciarlo o denostar al vicioso, para mí era como atravesar una línea, un recuerdo. Los fumadores somos niños que miraron a sus padres, a sus abuelos, a sus héroes, dar una bocanada al cigarrillo y quedarse en silencio. La imaginación completaba el resto y provocaba la construcción de cuentos en torno a los gravísimos momentos de reflexión, de espera o de hastío. Fumar en silencio es un homenaje a los momentos melancólicos de mi madre, así me convierto en ella y trato de pensar como ella. Se me ocurre que ella fumaba para desmenuzar los silencios de su padre, el caricaturista, el pensador. La ceniza es una concatenación de motivos y testimonios silentes.

Anoche mi esposa cerró las cortinas para dormir. Pensé que algo estaba mal. Su naturaleza tabasqueña, la del calor y la humedad, contradice el impulso de unas cortinas cerradas. Había olvidado lo que es dormir así, ya acostumbrado a las luces de un farolito y de las casas lejanas, tal como cuando dejé el cigarrillo y los restos de olor repentinamente golpean. Me acosté en la cama, di un par de vueltas y pensé en mi abuela, cuando dormíamos juntos porque éramos demasiados en un departamento. Mi abuela contándome cuentos del diablo, chistes judíos, preocupaciones cotidianas acerca de la comida, del dinero, del transporte, ¿cómo te quieres ir mañana? Preguntaba la abuela, contemplando las opciones, si el metro, los camiones o regalarnos el lujo de un taxi. No quería dormir, quería seguir escuchándola. La ausencia de luz despertó un impulso infantil porque alguien me hablara, me siguiera contando historias. Mi esposa duerme sin culpas, estoy seguro que ella morirá piadosamente cuando envejezca, sí, morirá mientras duerme. Hablé solo toda la noche.

Ha llovido todos los días. Tengo ocho años. Estoy en las maquinitas, antes llamadas chispas. Ahora se les conoce como arcades. Estoy mirando como un chamaco, uno de los más vagos, va ganando en Street Fighter II. No soy el único. Tiene una audiencia de niños y jóvenes que somos los regulares del local. Somos los niños que se preparan para reunirse en una cantina, en el futuro, y contar anécdotas de cuando éramos chaparros y las cosas estaban igual de peladas, pero había juegos de doscientos pesos y las bebidas eran de azúcar y agua con bicarbonato de sodio. El vago usa a Guile, el soldado estadounidense, y después de una hora con veinte, consigue llegar al dictador, Bison. Miramos el final en la pantalla. Empiezo a traducirles en voz alta. Es, quizás, la primera y única vez que me convierto en un poeta recitando en medio de un grupo de desconocidos, hambrientos de saber. Guile habla de Camboya, está a punto de matar a Bison, pero su esposa y su hija lo detienen. Regresa a casa, su esposa le ofrece una cerveza. Su hija y el perro juegan. También hay una chimenea. Me da risa. Cuando Guile suele ganar una pelea, se burla del vencido diciéndole: Regresa a casa y sé un hombre de familia. El vago me hace prometer que vendré mañana, a la misma hora, para que traduzca otro de los finales. Ahora se le hace tarde, tiene que ir a la escuela.

Las seis de la mañana, camino junto a mi abuela para ir a la secundaria. Nos desviamos. Tomamos el camino más largo, y menos práctico, para ir a la escuela. Tal vez fue porque empezamos a seguir a la gente. Dos grupos de tres personas que cuchicheaban, querían ver algo. Una señora gorda, con un delantal cuadrado y tubos en la cabeza, señala un edificio. Allá arriba. Un muerto, envuelto como un tamal, se balancea, da vueltas lentas, colgado de uno de los números. Sus labios están hinchados, sus ojos cerrados y sus pies salen de las sábanas. Mi abuela me jala pero ella tampoco puede evitarlo. Lo observa despacio. Promete luego comprar el periódico para leer la noticia. Regresamos al camino, diez minutos de silencio y luego me acaricia la cabeza. Más tarde dice que lo arroparon como si lo quisieran, como si alguien descubriera al muerto y lo arreglara para que lo vieran. Luego añade que seguro antes de matarse tenía mucho frío. Cuando tenga a mis hijos, si alguna vez los tengo, me imagino en los fríos de Cholula, alzando la mirada para observar los techos de las casas, de los pocos edificios. Aprendí muy joven que las madrugadas son para los suicidas.

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