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Con el debido humo

By on Martes, julio 30, 2013

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 80 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Una vez, entré a mi clase de las seis de la mañana de Introducción al Derecho y mientras trataba de limpiarme las lagañas, y de dominar la mente con algún truco para despertara (ya que para entonces no apreciaba el café tanto como ahora), entró el Pony intempestivamente a dar su clase. Él si había tomado café, supongo, porque no paraba de saludar, de hablar y de tratar de despertarnos. Le llamábamos Pony por chaparrito, así de originales, y quizás por esos rasgos equinos achatados que tenía: una nariz aplastada y los ojos hundidos. Además era un profesor relativamente joven a lo acostumbrado entre las huestes maristas, su edad rondaba entre los 25 y los 27 años. El Pony siempre iba vestido de trajes hechos a la medida, no se quitaba el saco, ni la corbata. Se tomaba en serio dar la clase, lamentablemente para él, muy divertido para nosotros. Ya bien enterado de la grilla, en alguna clase nos dijo su nombre completo y nos explicó que ese era su nombre para cualquier cuestión legal, si queríamos alguna vez demandarlo, Pony no serviría de nada y luego pasó a señalar a algunos de nosotros, nombrarnos por nuestros apodos seguido de nuestros nombres, para ejemplificar su punto. Su pequeña venganza se convirtió en una feria. La clase de las seis, con la que comienzo este relato, abrió con una explicación del “deber ser”. No fui un alumno muy dedicado al derecho, no estoy seguro si el “deber ser” se trata de una figura legal o uno de sus tantos terminajos incomprensibles y que requieren una traducción al español sencillo. Deformé la construcción y ese día la convertí en otra cosa. A fuerza de repetición se me pegó: El “deber ser”. Cacofónico, pero simple, y reflexionándolo un poco, es una construcción que me susurra todos los días. El “deber ser” es como una oportunidad bondadosa y sencilla para olvidarse de los caprichos y las ambiciones; lo que dictan las leyes, como un manual parco para la vida: esposo, hijo, padre, hermano en sus aspectos más sencillos de obligaciones y deberes. No se trata de lo que deseo, de mis impulsos o de someterme a los impulsos de alguien más. No soy más de lo que debo. Es como una red de seguridad. Puedes vivir cómodamente una vida de desencantos y mediocridad hasta la muerte. La ley lo aceptará siempre que hayas tachado los pequeños logros en la libreta: Pagaste tus impuestos, le diste el nombre al hijo, cumpliste las obligaciones nupciales, conseguiste un hogar para tu gente (quizás no el que hubieras querido, pero ahí está) entre un montón de cositas más. La ley es la vida correctamente hecha, haces los logros más básicos de un videojuego. Me pasa, por ejemplo, que cuando siento la amenaza de una ambición formidable, pienso en el “deber ser” y cuántas de esas cosas ya hice, o que otras cosas puedo ignorar, y entonces la ambición se ve más gris, menos necesaria. La ambición se convierte en una molestia, un nido de moscas que nació de un día para otro en una oficina, supuestamente aislada de los parásitos, y qué provoca un placer perverso tomarse el día para perseguirlas con un matamoscas, irlas matando una a una. Verso de Nervo: “Siento que un Dios anida en mí”, hablé de eso en el coloquio de escritores en Tepic. La ambición, el deseo, la iluminación, la ruptura de la humanidad es un dios (¿Qué Dios anida en mí, el de los gusanos, el de las moscas o el de los pájaros?). El “deber ser” es la humanidad, es lo que nos permite la sanidad entre miles, cientos de miles, de personas que caminamos sin apenas vernos el uno al otro. Es lo que nos permite compararnos con otros, darnos palmaditas en la espalda o la crítica mal hecha y cruel. Cuando estaba chavo, y me apropié por primera vez de aquella construcción, se me hizo fácil hacer una lista propia de lo que podría ser y ese podría, convertirlo en el deber; Hice una especie de manifiesto personal para que mi vida no fuera tan común, tan rutinaria, tan pobremente condenada al exilio de lo sano y de lo inerte. Por supuesto, es obvio, todos los chavos piensan igual, tienen ídolos en la espera de convertirse en esos ídolos y no se dan cuenta que cuando lleguen ahí, no sabrán después a quien rezarle. También fui inmortal, ahora que soy gente y que sé que puedo morir, el tiempo me ha regalado la oportunidad de preguntarme un montón de cosas, de dudar no sólo de mis ambiciones sino también de mis deberes. Hay días que no sólo me la paso matando moscas, sino que las vigilo fornicar en pleno vuelo y espero, pacientemente, a que nazcan dentro de ésta oficina aislada, quizás se conviertan en...

Siento que un Dios anida en mí

By on Lunes, mayo 27, 2013

El siguiente texto fue el que leí el 23 de Mayo en la Universidad Autónoma de Nayarit, con el motivo de mi conferencia: “Siento que un Dios anida en mí”. El otro día desperté con el siguiente verso de Nervo en la cabeza, no podía dejar de pensar en él: “Siento que un Dios anida en mí”. Tan pronto lo saboreé, supe que iba a estar pensando largo rato en él, quizás pasarían años antes de poder olvidarlo, de pensar en otra cosa (que, si no me equivoco, “pensar en otra cosa” es otro de los versos de Nervo). Arrancando la línea del poema, ésta nos ofrece dos posibilidades igual de impactantes: El verbo anidar puede referirse a algo bello, hasta cierto punto inocente, como el nido de unos pajaritos. Por otra parte, ¿cuántas veces no hemos escuchado nido como una palabra para referirse a cosas menos amables? Un nido de víboras, un nido de gusanos, un nido de ratas. Siento que un Dios anida en mí. ¿Y qué Dios hace nido en mis entrañas? ¿El Dios de los gusanos, el Dios de los parásitos o el Dios de los pájaros rompiendo el huevo? ¿Es el nacimiento o la putrefacción? Supongo que la pregunta, aunque es inquietante y no del todo estéril, también es inútil. Los dos Dioses son el mismo, el Único que en su infinita y supuesta omnipotencia, no puede darse el lujo de favorecer la existencia de uno sólo de los rasgos. La línea de Nervo, ese verbo tan preciso que expresa para referirse a ambas vías, no sólo brinda la posibilidad de la belleza, sino también el horror y la putrefacción. La creación que anida en nuestras entrañas no sólo es vida; la fertilidad de la tierra también es trabajo de los gusanos y los desperdicios. Los pájaros se alimentan de los gusanos que se retuercen. La muerte inexorablemente es compañera e impulsora de la creación. Dice López Velarde, cuando escribe acerca de “En voz baja”, que: “Quien dice Nervo, dice vida múltiple, vida intensa, magia que educa a una generación y que logra discípulos”. Mucho tiempo abandoné la lectura del poeta pero ésta plática se convirtió en un excelente pretexto para acercarme a él con otros ojos. Ojos, espero, con algo de más experiencia. Éstas lecturas, aún si yo no lo quisiera, me convirtieron en un discípulo y no es para menos. Amado Nervo no sólo fue un admirable constructor de versos, un guardián de un lenguaje que cada vez nos es más ajeno, un compositor que requiere un estudio minucioso por la abundancia de maravillas, también resultó un prosista dedicado y un cronista amable, generoso. Fue un deleite leer su odisea en Europa, en “El éxodo y las flores del camino”, así como sus cuentos ingeniosos en “Almas que pasan”. Cuando retomé su lectura, descubrí a un hombre sincero y una búsqueda imparable por entender a ese Dios de dos vías. Dice Enrique Díaz-Canedo que la obra de Nervo es una constante preparación a la muerte, algo que precisamente, no evita trasladar a uno de sus cuentos: “El miedo a la muerte”. La búsqueda del hombre, el cual es un proceso detallado que puede leerse en su obra, finalmente encuentra una paz, una respuesta que sólo nos queda esperar fue satisfactoria. Nervo duerme (¿y no es la muerte despertar en otro lado?) para encontrarse con ese Dios que tanto busca, el Dios que inspira una multitud de sentidos en distintos colores, ese Dios que desconocemos, y sólo podemos concretar a través de la imaginación, a pesar de tanto que se escribe, y tantos rostros que posee. Nervo se esfuma, como un ilusionista, en Uruguay, después de construir su propia ciudad tanatológica. La preparación a la muerte (importante en un país como el nuestro que compagina de manera curiosa y constante el humor con la violencia), tan sólo es un inicio si de verdad existe ese otro lado. Como creadores y como lectores, Nervo aún tiene mucho que enseñarnos, desde el hombre: un viajero inquieto, defensor y promotor de la cultura, hasta como autor: el vocabulario olvidado que renueva por un sincero amor al lenguaje sin traicionar su principio; esa búsqueda íntima por entender el lugar a dónde vamos después de la vida y cómo llegar ahí de un modo que estos momentos sucedidos no sean un desperdicio, o bien, que esos desperdicios también constituyen una fuga creativa, un aspecto que vale la pena explorar y perseguir. En Nervo encontramos el amor no sólo a las musas, sino también a los amigos y los enemigos, además del encanto por los desconocidos y el desencanto de los ídolos. Es un personaje envidiable, con una carrera vasta y que no puedo dejar de observarla con admiración y con cierta duda: ¿Por qué el modelo de hombre, de persona, de Nervo se está empolvando? ¿Dónde están los perseguidores de los dioses? ¿Por qué hemos dejado de creer y de imaginar, semejante a los japoneses, en los espíritus que residen en todas las cosas? Vivimos épocas crueles. El desencanto disminuye nuestra curiosidad fácilmente, nos opaca la vista. A la vuelta de la esquina, en una computadora o desde nuestro teléfono, olvidamos quienes somos, que somos humanos curiosos, condenados a preguntar, y que esas preguntas inciten esa búsqueda, y el sufrimiento que viene con el viaje, y el viaje que nos abre las puertas del amor, de la sorpresa...

Fumador en la banca, humo del jugador

By on Martes, diciembre 4, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 66 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Hay una frase muy sencilla que requiere un puñado de experiencias para entenderse. En su sencillez se encuentra la trampa y en sus consecuencias un dejo de desencanto. Al principio hay un poco de resistencia, pero cuando entra, entra bien y se repite como un mantra, un canto de guerra antes de lidiar contra una bestia que oculta los cuernos: “Tienes que ponerte la camiseta”. No soy inocente. Muchas veces he caído en expresar esa simpleza para invitar una reflexión, un cambio de actitud en el otro, así como me la dijeron muchas veces desde la niñez hasta la juventud y obligaban una mueca por lo cándido del discurso. “¿Qué es ponerse la camiseta?”, pensaba y desmenuzaba la frase, “¿quitarme lo que tengo puesto y ponerme otra cosa?, ¿se refieren al cambio de equipo que hace un deportista y tiene que vestir otro Jersey? (Algo rastrero y traicionero, como cuando un jugador del América se pasa para las Chivas, y viceversa), ¿Acaso, en mi vida, llevo puestas múltiples playeras metafóricas que cambio, desecho o remendo conforme a la circunstancia? ¿Cuántas camisetas más debo de ponerme para que me consideren digno (el hombre camiseta lleva ya 28, porque más es imposible sin que algo se reviente, o el cuerpo o la tela), cuántas más?” En realidad la frase se refiere a algo más sencillo, un discurso vulgar de motivación: Hay un jugador, un deportista o un atleta que espera en la banca. Llega el entrenador, pone una mano sobre tu hombro, su frente sudada, su voz rota de tanto gritar insultos, y paternalmente susurra mientras aprieta tu carne con firmeza: “Ponte la camiseta”. Es hora de entrar en el juego porque el partido depende de ti; porque te considera listo para sacrificarte y tal vez, salir victorioso; o porque no hay de otra y no importa tu aparente indiferencia, las circunstancias que te arrastraron allí, tienes que entrar y exhibir galanura, la gracia atlética de los dioses, la necesidad imperiosa de agradar al padre putativo (o quizás biológico) que implora, a su manera, tu entrada en el juego. Obviamente, hay jugadores dispuestos a entrar, crecieron cómodamente con esas analogías deportivas y motivacionales como si fuera un manual para la vida. Sienten ese vacío en el estómago que sólo pueden colmar con calentamiento y una intensa observación al juego, cómo va, para no sentirse inútiles, estatuas estériles derruyéndose en la banca. No sólo se ponen la camiseta, ya la tienen lavada, aromatizada, planchada y doblada a un lado de la banca, una armadura lista para ser utilizada a la menor provocación. Fumadores empedernidos, como yo, disfrutan apaciblemente con la pierna cruzada, sentados en la banca, su contemplación metafísica en el baile de las porristas y las espectadoras saltarinas y cuando sienten esa mano en el hombro no pueden más que suspirar con un poco de tristeza, tirar el cigarrillo y hacer como que se ponen la camiseta para presentar en el terreno de juego un espectáculo deplorable que, con suerte, irá alimentando una suerte de furia y aunque consigan involucrarse en el juego, no dejan de pensar que el espectador, y los otros jugadores, acaban de recibir un payaso que se ha puesto la camiseta al revés y que más bien se ha convertido en un elemento caótico, absurdo, dentro del juego con el objetivo accidental de arruinar lo bien que todos los demás se la están pasando. “Ponte la camiseta”, depende de la circunstancia, no es tan malo como se cree. Cuando eres joven y no quieres, es una ofensa, es pedirte que arruines el conjunto de ropa que tanto trabajo te ha costado decidir, olvidarte de quien eres para entrar a una situación que no te gusta, o no quieres, o es demasiado problemática. Es fácil no ponérsela porque eres joven y aparentemente nada te lo impide. Pasan los años y, aunque todavía hay un ruido incómodo, decides ponértela para evitarte una secuencia de momentos incómodos: un despido, una mala calificación, el escarnio público, el exilio a otro país, una ruptura amorosa o el divorcio tan temido. En lo personal, yo la uso como una respuesta floja a confesiones de jóvenes imberbes cuando exponen un problema de su edad y que se resolverían, pues, con un poco de menos necedad. Mi situación preferida de la frase es cuando estás acostado, miras fijamente al techo, piensas en las múltiples responsabilidades adultas y las consecuencias de ignorarlas, entrecierras los ojos para cachar las partículas de polvo, escuchas el ruido de afuera, un claxon, un hombre vende chicharrones, los zanates vuelan e imaginas sus silbidos al ocaso, no fumas ahí porque no es permitido y aún cuando tienes ganas de hacerlo el cuerpo se niega a levantarse, una mano posa sobre tu pecho, una pierna desnuda sobre la tuya, el sudor evaporado de un amor que continuamente está pereciendo y alguien susurra, flojamente, “ponte la camiseta, es hora de...

El año de Proust

By on Miércoles, noviembre 7, 2012

Este año comencé uno de mis proyectos literarios más ambiciosos como lector: Leer a Marcel Proust y los siete tomos de “En busca del tiempo perdido”. Quise, de alguna manera, que mis treinta años significaran algo como lector y escritor. Leer también es escribir (es un aspecto de muchos). Escritor que no lee sólo puede burlar una vez, o dos, pero eventualmente cae presa de su propia desidia y lo castigan como a un Karamazov. Quizás con lectores dedicados evitaríamos el tufo del plagio. El pintor tiene que ver la naturaleza, un sujeto, una imagen y contemplarla, meditarla, precisarla antes de mancillar decididamente el lienzo en blanco. El escritor también tiene que ser un observador y no sólo de sus alrededores, sino de esos bloques de letras, párrafos, oraciones, estilos, maneras de hablar. Tiene que entregarse a sus lecturas, sean cuales estas sean y sobre todo, tiene que estar dispuesto a arriesgarse a tomar esos libros aparentemente invencibles para desmenuzarlos, estudiarlos, descubrirse insuficiente (o levantarse como un Coloso adecuado al reto) para entregarse y sencillamente leer hasta concluir la historia. Traduzco la invitación: Deje de leer libracos complacientes un rato, anímese. Dicho lo anterior, escogí a Proust y leer a Proust es una putada. Es una deliciosa ironía que el trabajo se trate del tiempo y que hogaño, sea muy difícil leer párrafos tan largos, abundantes. La tendencia del lector contemporáneo es disminuir su tiempo de lectura sin sacrificar el placer que provoca una historia. Eso, a su vez, alimenta estos géneros explosivos de literatura breve: microficción, ráfagas poéticas, palíndromos, twitteratura, como quieran llamarle. Subrayé demasiadas líneas en mi lectura ¿y saben cuántas pude compartir a través de Twitter? Tres. Solamente tres que se acomodaron a la brevedad exigida. Los demás son imposibles de tuitear sin destazarlos y convertirlos en otra cosa, algo que pueda leerse estúpido, insuficiente o incompleto. Proust exige lectores de otra época. Lectores dispuestos a devorar lentamente la búsqueda memoriosa del narrador en su afán por recuperar el tiempo, tiempo que paradójicamente el lector pierde mientras enferma de Proust. A manera de una Scherezada, el Narrador entrelaza historias, recuerdos, personajes y es fácil perderse en los encuentros, vencerse al vértigo de las demasiadas palabras. ¿Vale la pena leer a Proust? ¿Tengo el tiempo de leerlo? Sí, lo tienes, búscale y atrévete. Quizás nunca deje de recomendarlo. Hace unas semanas, en una discusión tuitera, una estudiante de literatura mencionó que quisiera tener tiempo de leer a Proust. Tuve que responderle, y me parece justo decirlo aquí: Una novela de siete tomos con la palabra “tiempo” en el título es una advertencia obvia. Si quieres leerlo tienes que buscarte el tiempo, tienes que sacrificar otras diversiones para entregarte al oficio y el placer de la lectura, una lectura orgánica, del tamaño de una selva y sin salidas fáciles. Es decir, tienes que tomártelo en serio (lúdico pero en serio Juanito). Aunque es posible que el destino de Proust sea la soledad. Es posible que, como lo vaticina el Narrador, la obra pierda su vigencia en unos cien años más y sean cada vez menos los lectores dispuestos, entregados. Si lo lees, prepárate para que sea imposible compartir la experiencia. Otra cosa que salió en twitter fueron personas que solamente han leído uno de los tomos. Ya que lo he terminado, esas personas me angustian… después de que hice mi tarea sin trampitas, tomando al toro por los cuernos, leyendo de tomo en tomo, sin saltarme las partes aburridas y soporíferas, recibí mi recompensa al final, como tuvo que ser. El orden es importante, puede ignorarse pero no lo recomiendo. Recuperar los recuerdos progresivamente es un deleite increíble y me imagino esas lecturas incompletas, sin el destino o el progreso de los numerosos personajes mencionados, sin el placer o el gozo de cuchichear todo lo que se dijo de ellos. La novela es un gozo una vez que empiezas. Además de obedecer a su época y su lugar (Francia, el caso Dreyfuss, los judíos, pre y durante la Primera Guerra Mundial), también es un compendio acerca del amor, el erotismo, el lenguaje, la amistad, las etiquetas, la diplomacia, el chisme, el juego de poderes, la muerte, las estrategias de guerra, el ocio, la enfermedad, el arte (en sus múltiples ramificaciones), la narrativa, los artificios del escritor y los celos (lo he dicho numerosas veces: si una mujer deseara comprender los celos de un hombre, debería leerlo). El último tomo es un regalo. El libro, como muchos saben, empieza con la mordida de la madalena y en el último tomo, a la mitad, la madalena ya está mordida. Recibes una manifestación completa, preciosa, de lo que es el escritor y lo que es el arte, el descubrimiento de la gran obra (que quizás no sea tan grande) y el momento de escribirla. Después de seis tomos donde el Narrador se admite un fracasado, incapaz de escribir algo verdaderamente de valor, luego de atravesar el río de la memoria se siente con la capacidad de hacerlo, recibe el don del tiempo y a su vez, el don es un castigo cuando se descubre viejo, quizás sin el tiempo suficiente de plasmar todas esas memorias (ya leídas por el lector, y escritas por Proust), en medio de una reunión de viejos aristócratas, donde se encuentra a la mayoría de los personajes (si no es que todos) que Proust ha delatado a...

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

By on Lunes, noviembre 5, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 64 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Mi esposa tiene trabajo para mes y medio en otro estado. Ha confiado, con cierta duda ilustrada en sus cejas arqueadas, a mi sola responsabilidad los perros, los asuntos caseros y que no se caiga el Popocatépetl. Pienso en este problema tan contemporáneo: No es gracioso cuando una institución es incapaz de reconocerle a una mujer sus habilidades en el trabajo pero que tierno es cuando un varón se hace cargo de la casa. Míralo como trapea, barre, limpia, cambia los pañales del mocoso. Al instante y con unas gotas de agua, es un caballero. Señalar culpables es un pasatiempo estéril. La soledad me permitió ignorar dos rutinas: La hora de gimnasio y las dos horas nocturnas de televisión. He redescubierto el placer de leer a horas reservadas para otras cosas… Durante la comida, a las cinco de la tarde, a las ocho de la noche. Aderezo con literatura mientras mi panza crece a base de harinas y refrescos. Hay algo de tristeza a la hora de comer cuando ella no se presenta y nadie ayuda a lavar platos, picar verduras, poner aceite en el sartén, empanizar carne, cocer pasta. Mi esposa platica en su trabajo, orgullosamente, que la cocina exige de ambos contratantes y sus compañeros algo envidiosos, antojadizos, preguntan todos los días que alcanzamos a cocinar con la economía del tiempo. Descubren el paraíso de la confianza y la charla. El silencio recobra su fuerza sin pláticas, y sin llegadas. Ambos perros no tienen a quien ladrarle o moverle la cola cuando suena el motor de la camioneta, el arrullo muere y finalmente alguien abre la puerta. Posiblemente sobra decir como ha cambiado el menú gastronómico y el lector ya lo intuyó: hamburguesas, sandwiches de jamón, sincronizadas, quesadillas, jochos, cereal, sabritones, cacahuates enchilados y finalmente la pizza que no terminamos el día que se fue. Las rebanadas esperan pacientemente en el refrigerador al recalentado de la cena. Las mujeres de mi vida son, invariablemente, el impulso de la nutrición y las defensoras imbatibles de las verduras. Al menos a todo le pongo aguacate. En las noches, mientras escribo, pongo la música y el radio a volúmenes normalmente prohibidos por la educación. Ella duerme horarios normales, yo nunca he podido y cuando me encierro en la oficina, pongo música aunque sea a niveles bajos. Sonrío alegremente, soy un adulto-niño que comete la travesura. La venganza es contra el vecino que vive a unos terrenos de distancia y que durante las mañanas suele practicar los discursos entre canción y canción, con el micrófono a todo lo que da, para la fiesta a la que contraten su sonido. Los primeros dos días, para hablar solo volteaba hacia los perros y me refería a ellos como si fueran personas. En la segunda etapa conseguí ignorar a los perros para hablar con mi cigarrillo, con el cenicero, el cacto en el jardín o con la pantalla. Hoy conseguí practicar el soliloquio sin justificarlo. Abrí la boca y nadie pudo callarme… pero como reza el viejo enigma: “¿Si un árbol cae a mitad del bosque y nadie estuvo para escucharlo, realmente hizo ruido?”. La pregunta es un consuelo de la locura aparente. Fumo casi por toda la casa: En la sala, en el comedor, en la cocina, en las escaleras, afuera de mi oficina, en bodega, en la azotehuela, en la entrada, en los pasillos. Los ceniceros sucios desperdigados por doquier, sin nadie que los critique o que los levante. En el único cuarto donde todavía no me atrevo a hacerlo (y tal vez nunca lo haga) es en la recámara. Los perros ya se rindieron en recibir el desayuno a una buena hora (Ella los alimenta a las nueve de la mañana, antes de salir a su trabajo). Duermen a mi lado hasta las diez, once de la mañana, y duermen un poco más (aprovechan la cama, se extienden, toman las almohadas como un descanso para el hocico) en lo que me ducho, me visto, bajo a desayunar, mastico frente a ellos y leo fragmentos de la novela que estoy escribiendo. Desayunan a la hora del almuerzo. No se preocupen. He hablado con ellos, y no les molesta. Pienso: Brunch es el almuerzo. ¿Por qué algunos gringos le toman demasiada atención a la palabra, al concepto? Anoto que debo investigarlo en mi cuaderno de imbecilidades, aprovechando que está descuidadamente abierto ahora que nadie más convive en esta casa. Soy un adolescente y aprovecho la televisión de la sala para ver algo de pornografía. A los pocos minutos, olvido la esperanza del relief, ignoro el volumen alto que quizás espante a los vecinos, recargo la cabeza sobre mis manos y me descubro platicando con una muchacha que no para de...

Un cigarrillo para los dioses del tiempo

By on Lunes, octubre 8, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 62 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. En algún tomo, después de miles de palabras, en la búsqueda del tiempo perdido escrita por Proust, el Narrador revela una verdad importantísima: “Albertine es la diosa del tiempo”. Hasta entonces, el sueño espeso del primer tomo que comienza con el beso anhelado de su madre, antes de refugiarse en el sueño, era simplemente el capricho de un niño. En ese pequeño fragmento, un golpe a la intuición, decir lo que es (porque tiene que hacerlo, no puede dejarlo así nada más, no después de todo el tiempo que narrador y lector han compartido un largo camino), ofrece un nuevo sentido a la obra. Un dios no existe hasta que es nombrado. Dios existe hasta que el hombre encuentra en su consciencia el camino metafísico capaz de justificar la existencia de ambos (creyente, divinidad). Se escribe el primer párrafo de un credo que define sus alcances, sus milagros, libaciones para arrojarse a la fe. Una cómoda definición de reglas para vivir con la suposición de la justicia, del honor, de lo correcto. Por supuesto, también su contraparte en las travesuras que cometemos, unas peores que otras. ¿Qué pediría una diosa del tiempo? Supongo, sencillamente, que su presencia no sea desperdiciada. Su truco maligno estaría en la balanza, al final de la vida, preguntándote qué tanto recuerdas y qué tanto de tu tiempo sirvió para esa nebulosa llamada: “algo” y ese “algo” como “lo importante” y lo importante como “en lo que crees de veras”. O quizás te pregunte si jugaste lo suficiente. Tiempo y memoria van de la mano. No existe el pasado si no somos capaces de reconstruirlo a nuestro antojo, asomarnos por los cimientos que nos llevaron hasta el lugar donde estamos. El tiempo, el presente, puede ser prisionero de un reloj, podemos observarlo segundo a segundo, pero generalmente acabamos usando el presente para explorar los caprichos del pasado y las angustias de un futuro (muy probablemente) inventado. El presente es ese preciso instante donde nos preguntamos si contestarle que sí a la muchacha cuando nos pregunta si queremos papas o refrescos más grandes por sólo cinco pesos. El tiempo, pasado y futuro, son nudos de una ficción que conforman la novela de una vida. El presente es la máquina de escribir, una ilusión instantánea presentándonos traviesamente una multitud de caminos disponibles para continuar la historia, una perpetua oportunidad para crear nuestra ficción única y personalísima, estabilizar los cimientos, adornarla de flores y macetas, pequeños cuadros o quizás pintar de negro sus muros por las deudas, las preocupaciones, los dolores del cuerpo cada vez más comunes. Los griegos tenían a un Dios para el tiempo. Mejor dicho, es un Titán. Cronos, el monstruo que se comía a sus hijos tan pronto parían por el temor de una profecía. Irónicamente, por supuesto, no puede ser de otra manera, uno de sus hijos logra sobrevivir por argucias de la madre y es quien derrota a Cronos. Ni siquiera la madre es perdonada cuando todos los titanes quedan relegados a la oscuridad, dioses viejos e incapaces. Zeus prevalece, dios del trueno y de la perpetua coquetería, y libera a sus hermanos. Se me ocurre que en ese instante, cuando a Cronos le rajan la panza y sacan de ella a una multitud de dioses, el tiempo se divide en tres principales para los griegos. Los hombres dividen su tiempo en la vida terrenal (Zeus), los viajeros ofrecen su tiempo al mar y sus funestos humores (Poseidón), y finalmente dejan de luchar para entregarse al sueño del Inframundo (Hades). No existen los minutos, los segundos, las horas. Así el hombre consigue construir su tiempo en etapas. Dios y Cristo son muy malos para manejar el tiempo, todo consiste en el sufrimiento hasta que nos ganemos una de dos entradas: Paraíso e infierno. La vida terrenal, tanto el espacio como el tiempo, lo dejaron a nuestro criterio. Bien hecho. Ahora luchamos con el sentido del tiempo, de como los días cada vez son más cortos, de como desaparece un minuto de tiempo con cada rotación terrestre (porque la Tierra se acelera, son las leyes del Universo que las divinidades, como los hombres, no tenían contempladas hasta hace poco). Tenemos el tiempo para hacer lo que deseemos con él: Atenernos a la métrica clásica, dividirlo en cómodas quincenas de sueldos y facturas, en los desayunos con la persona deseada, en los días correspondientes para darle gusto al cuerpo con el alcohol o el sexo, en listas musicales o lo que dura una película, en proyectos de algunos meses, en semestres de horarios escolares, en una tesis que lleva muchos años escribiéndose, en lamentables sexenios presidenciales, en los meses que dejamos el cigarrillo y lo volvemos a retomar. Quizás no existan los dioses del tiempo pero somos creyentes, aquí seguimos aún sabiendo que en algún momento se puede...

Fumar a la nada.

By on Martes, septiembre 11, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 60 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Es el momento donde enciendes un cigarrillo y no cedes a los pensamientos. En silencio, la nicotina y el alquitrán se consumen por el fuego y los pulmones. Tal vez te asomes por la ventana para ver la noche o quizás estás tomando una pausa después de leer cualquier texto. De ahí no pasa. No hay estudio de gravísimas cuestiones o la búsqueda de respuestas. Simplemente uno fuma por el placer de fumar. Te conviertes en el sueño de otro, en la estatua silenciosa de un niño que le pregunta a su madre: “¿Ese señor, mami, que está pensando?”, “¿Esa señora, mami, está triste?”. Puede ser, pensará la madre, o cualquier otro que mire la fotografía. ¿Desde cuándo la nada es tristeza? Supongo que, desde tiempos inmemoriales, nos piden justificar todas las acciones, darles un propósito. En hogaño, es especialmente importante que el fumador explique por qué lo hace si los cigarrillos están tan caros, si tiene una carrera exigente de momentos reflexivos o si de verdad está tan azorado por la vida para necesitar un respiro de cuatro pesos, en la esquina, antes de llegar a donde sea que vaya. Uno se acostumbra a buscarle formas al humo ajeno, fumador o no. Al no-fumador esto le puede agarrar de sorpresa. El humo del cigarrillo mete la zancadilla cuando le descubrimos las aspiraciones como mancha de Rorschach. Depende de los pulmones y la garganta, de la nariz, de la cabeza del fumador. No digo que confiese los secretos, no, mejor dicho, expulsa la imaginación. Los minutos de vida perdidos en el momento del cigarrillo se transforman en imágenes, en una habitación de humo a la cual podemos elegirle forma. El humo, como nubes portátiles, forman personas corriendo, los rostros de los muertos, la casa donde solías vivir, la faz de una muerte aburrida e inexorable, quimeras y dragones. Algunos, seguramente, perciben mensajes escritos y señales para interpretar su futuro. El mismo fumador no puede interpretar sus propios mensajes, dejaría de estar fumando a la nada para fumar por algo. Sencillamente, en el momento, se convierte en el medio. Una pausa en el cuerpo, y la mente, para dejar de buscar, abandonar las preguntas y las cuentas. El truco está cuando un fumador se dedica a mirar, sin vergüenza, el humo que expulsa otro. Descubre su papel como un mensajero, mientras, hipnotizado, trata de leer las señales del otro, ese que por un momento es igual que él, o es una copia del pasado o un vistazo al futuro. Fumar a la nada es un accidente. Pasa en el momento justo que te descubres con el cigarrillo encendido, a medio consumir. La consciencia de que fuiste algo, y el momento ya pasó. Quien sabe cuánto habrás expulsado. Fuiste otro, perdiste unos segundos (o minutos) de vida, en un tiempo vacío, sin memoria. No sirve sentarse y murmurar, convencido, “Voy a fumar a la nada”. No lo encontrarás, no te engañes, lo he intentado. Es como tratar de convencer a los otros niños (los imaginarios, si estás solo) en el parque que eres Superman. Simplemente la noción de la acción basta para llenar la cabeza de ideas y el humo se desperdicia. ¿Cuántos libros habrá escrito el humo de la nada? No digamos las personas, porque ahora con internet y la vida digital, la cantidad de libros es imposible. Todo lector conoce la titánica, y abismal, tarea de leerse todos los libros, incluso ni terminará aquellos que piensa para su vida. Imagínense ahora todos los libros accidentales que se han escrito en el humo, como los orangutanes en la máquina de escribir que eventualmente habrán de sacar las obras de Shakespeare, los fumadores a la nada ya escribieron todas las obras universales, del pasado y del futuro (en el presente no, siempre es muy pronto para hablar de obras universales). También es posible que gracias al humo observado, ya tengamos un puñado de lecturas que se dieron por accidente. Según leemos por primera vez a Proust, pero descubrimos esa rara sensación asmática de dejá vù durante la lectura. Nos cruza el pensamiento: “Ya lo leí en algún lugar”. Presta atención, sugiero, al humo de los fumadores especialmente silenciosos, estáticos, inertes. Las respuestas que ellos no encuentran, las ofrecen en abundancia los hilos grisáceos que escapan de su nariz y sus...

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