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escrito por el Sábado, mayo 25, 2013

13035 (Juliette)

13035 (Juliette)

Pasear con Nico:

Anuncio que saldré a pasear con Nico. Ella se levanta de donde esté echada, me sigue cautelosamente, algo sospecha aunque a veces mi anuncio sea silencioso. (Siempre sospecha, la muy mensa se levanta para seguirme a todas partes). Abro la puerta de la bodega, donde guardo sus correas y la cadena de castigo hace ruido. Nico se emociona, busca el juguete más cercano para mordisquearlo, corre un rato en círculos o de un lado a otro, su entusiasmo parece sincero, aunque la verdad, parecen señales de exceso de energía. No entiendo por qué, pasea todos los días, una hora, cuando era un cachorro lo sacaba a pasear una hora y media, a veces dos horas, y terminaba exhausta. Ya tiene dos años, si paseamos esas dos horas eventualmente se rinde y pide descanso. Siéntate, ordeno una o dos veces, cuando termina de correr de un lado a otro y me ve próximo a la puerta, ella hace caso y ciño la correa alrededor de su cuello. Repito la orden al abrir la puerta, salgo antes, le doy la orden de salir y entonces la nariz empieza. Nico no pasea como otros perros, con el hocico levantado y las orejas alzadas, no, ella casi siempre pasea con la nariz en el suelo y las orejas barriendo los olores de la calle. Caminamos media cuadra, giramos a un baldío y he adquirido la costumbre de correr una mínima parte del camino para que no se quede oliendo el basurero del restaurante de mariscos. Si no lo hago, necea, pone toda la fuerza en la densidad de sus huesos, huele los botes de basura, las bolsas que están (o ya no están, pero han dejado su marca, sus hedores) y jalarla se convierte en una proeza. Llegamos a la banqueta de la UDLA, empieza el paseo, la parte divertida para ella, donde la dejo oler el césped los minutos que le sean necesarios. Huele basura, huele las excreciones de otros perros, huele las envolturas de comida que alguien ha tirado descuidadamente y huele hasta encontrar, misteriosamente, todos los huesos de pollo y de cerdo que han tirado los antepasados más lejanos. Hay días que tengo que quitarle dos o tres veces los huesos del hocico, tirarlos lejos, porque ella invariablemente los encuentra. A veces espera hasta el regreso, hasta el día siguiente, o una semana entera, que a mí ya se me olvidaron, para correr directamente al botín, jalarme con todas sus fuerzas, y metérselo a la boca. No puedo distraerme con ella porque nunca sé. La primera mitad del paseo es la más larga. No hay negociación: ella huele el pasto, yo debo retrasar mi marcha, ser paciente, permitirle que haga uso de sus dones, darle su espacio para que cace la comida que —ella jura— comeremos en casa, o en el camino. No puedo convencerla de que vayamos atrás (a una distancia prudente) de la muchachita de nalgas paradas, o la de los muslos bonitos, o atrás de la experta en caminar con tacones. Después de un kilómetro y setecientos metros, nos regresamos y es mi turno. Ella va del lado de la acera, no tiene nada que oler, sabe que es hora de regresar y sus pasos son regulares. Lo único de lo que nos cuidamos es de los otros perros: Ella se detiene cuando ve a otro perro, a veces se agazapa y no se mueve, hasta que tiene la oportunidad de olisquearlo, o saludarlo. Ya aprendió a cuidarse de los perros nerviosos, esos que le ladran, o esos que le gimotean, esos qué, generalmente, sacan a pasear al dueño y lo llevan arrastrando. A esos simplemente voltea a verlos y luego, cuando quedan atrás, sigue volteando, mientras yo la arrastro a ella, y le digo que es hora de regresarnos. Aunque es más fácil ver muchachas durante el regreso, también es más cansado, porque yo ya quiero regresar a mi casa y generalmente las rebasamos, y también a los muchachos, y a las bicicletas flojas, y a los niños parlanchines. Miro a Nico regularmente, me fijo si tiene una expresión cansada, en su respiración y su lengua kilométrica a punto de trapear el concreto. Entonces bajo la velocidad, de todos modos, la zona está menos poblada a esas alturas, menos gente camina por ahí. A veces Nico cacha el olor de una persona, le parece interesante, y no me deja avanzar hasta terminar de oler, por supuesto, a una distancia prudente del personaje que le interesa. Giramos, corremos para evitar la basura del restaurante, evitamos una pequeña jauría de perritos que últimamente se sienten los dueños de la cuadra, el guardia nos abre la puerta y tengo ganas de soltarle la correa. Sólo lo hago cuando hace calor, y después de fijarme varias veces si no hay un carro con la luz encendida. He soñado que así me la atropellan y por eso lo hago pocas veces. De todas maneras, si la suelto, corre directamente a la entrada de la casa, me espera echada en lo que llego, parece satisfecha y feliz de haberse robado un pedazo de mundo. Es hermoso ver como un rostro tan cansado, aunque sea por la naturaleza de su raza, se ilumina con la gracia de un breve paseo.

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escrito por el Martes, mayo 21, 2013

13034 (Juliette)

13034 (Juliette)

El 27 de Enero de 2013, vi la luna asomarse por detrás de las cerros. Estaba en el coche, con Sol, en la carretera de regreso a Atlixco. Primero me sorprendió, ya que jamás la había visto de esa forma. Primero pensé que era el domo de una estructura, o un incendio impresionantemente simétrico (tan lejano que los ojos caen en la trampa de la perfección). La luna estaba ligeramente amarilla, su luz parecía la de un sol tímido, abriéndose paso a través de unos cerros ensombrecidos. Se lo comenté a Sol y ella volteó discretamente a mirar. ¿Ya te fijaste lo rápido que se alza? Y sí, la luna parecía alzarse entre la oscuridad, un poco más cada vez, no sabía si era porque estábamos bajando en la carretera o porque así de rápido se mueven los astros y no es hasta que hay una referencia, damos cuenta de la velocidad con la que se mueven. Siempre que pienso: “Debería tomar una fotografía”, no lo hago, porque eso entorpece los sentidos, no permite que la memoria haga lo suyo. Es lo mismo que escribir un cuento tan pronto se te ocurre. Alguien que estuviera entre los árboles de esos bosques, apreciando la luna más cerca de lo que yo estaba ahora, debió tener una especie de revelación, o quizás una vista habitual donde revitaliza los sentidos, su lugar en el mundo. Ahora, mientras escribo esto, fisgo al sol que se oculta detrás de unos edificios, los rayos de luz lastiman un poco la mirada pero fijándose de veras, ves el movimiento de las sombras, como cambian de color las cosas, y los seres vivos, los monstruos que se alimentan de las malas hierbas. Estático, quieto, sin pensar, sin celulares y sonidos de alerta, mira hacia allá y asimila como envejeces. Detenerse unos momentos, y admirar el movimiento del sol y de la luna, nos enseña nuestro lugar en lo inexorable.

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escrito por el Domingo, mayo 19, 2013

13033 (Juliette)

13033 (Juliette)

Sade también escribe un laberinto dentro de Juliette. En su afán de complacer a Saint-Ford y a otro ministro (¿O era un príncipe?), construye un laberinto dentro de su jardín donde los pierde para que den rienda suelta a sus impulsos criminales y libertinos. Me encontré sumergido ahí, en las sombras, entre los arbustos y los árboles, para ser testigo de sangrientos crímenes. Sade se contiene (o quizás el traductor, o quizás una censura vieja), pero el ministro usa sus instrumentos para extraer las vísceras de una mujer viva. La referencia velada fue suficiente para que sintiera miedo. Supongo que esa es una de las virtudes de Sade, una libertad sin límites no viene sin los temores de ser libre, ser esclavo de los impulsos y la naturaleza es más errático que las cómodas esclavitudes cotidianas a las que estamos cada vez más condenados. Saint-Ford entrega a Juliette el dinero para sus vicios y sus juegos sacándolo del Estado. De su bolsillo no vino la construcción de este laberinto, además de que paga una suma sustanciosa por cada víctima (treinta mil luises por víctima, me imagino, son una fortuna). Me enoja, y de ser francés me hubiera enojado mucho, contemplar la posibilidad de que el Estado paga los vicios. ¿Y no lo sigue haciendo? Me imagino como un francés, prerevolucionario, leyendo a Sade y un enojo acumulándose por lo que provoca la imaginación. (Si no se pagan esa clase de vicios, otras opulencias se pagarán con nuestro bolsillo). Se me ocurre un pensamiento terrible: Quizás lo que me enoja es que jamás podré ser tan libre como Juliette lo fue, mientras andaba descalza y reía salvaje, corriendo desnuda entre los pliegues del laberinto. Me queda el consuelo de ser libre mientras leo y a la vez, soy esclavo del libro que estoy leyendo.

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escrito por el Domingo, mayo 19, 2013

13033 (Juliette)

13033 (Juliette)

199X. Estoy en un salón de usos múltiples, junto un grupo de estudiantes de mi edad. Tenemos entre 13 y 15 años. Un personaje de PROVIDA, al frente, pone la canción de “Hotel California” en una grabadora. Todavía se usaban los cassettes. Es sábado, son las diez de la mañana, los otros chamacos hablan de irse a Chapultepec o de irse a pasear al centro saliendo de la plática. A mí no me van a dejar. El barrio donde vivimos es duro, a mi familia le daría miedo y la verdad, no tengo ganas de preocuparlos. Saliendo de ahí me pondré a jugar Super Nintendo, debo estar al 60% de Final Fantasy. El personaje de PROVIDA nos explica que “Hotel California” habla de ritos satánicos, del diablo, el Adversario está presente en cada una de sus letras. Recuerdo, mientras alzo una ceja, algunas bromas que hacen en los sitcoms que veo de madrugada con referencia a esos grupos demasiado bondadosos. Hace mucho que sé del satanismo de la canción, así como de las bromas al supuesto satanismo de la canción. Dejo que siga hablando. No es mi lugar interrumpir, tampoco es mi lugar sugerir que al diablo se le combate con humor y perspicacia (¿el fuego se combate con fuego? Blasfemáis, a la hoguera). ¿Qué podría decir? Señorita, de hecho, he visto que en la tele hacen bromas de la gente que dice una canción es satánica. Mejor que no lo hice. Me habrían jalado a otro lugar, me habrían reclutado en un ánimo de redimir mi espíritu agnóstico. Luego viene el clásico de los Beatles. Algunas canciones esconden mensajes al revés, escuchen aquí. Milagrosamente, Revolution 9 es una adoración al Cornudo Mayor. ¿Los Beatles?, pienso, si ellos son tan buenos… si ellos cambiaron el mundo, si ellos despojaron el aburrimiento de una generación. ¿Cómo puede ser malo? No importa, anótenlo en su lista de música satánica. Nos hacen anotar, en el cuaderno, como si estuviéramos teniendo una clase, como si de verdad hubiera una lección qué aprender, mientras Bolaños (últimamente me acuerdo mucho de Bolaños, una vez me golpeó en el estómago y me sacó el aire. No me digas chaparro, me dijo, no vuelvas a hacerlo, jamás) voltea a mirarme, y hace una mueca que acentúa sus cejas espesas, sus cejas de hombre adulto, seguramente las cejas que lo hicieron gerente, o Comandante. De verdad nadie quiere estar ahí, pero la señorita se ve tan emocionada, y habla duro, habla bien, además del temor de romper sus expectativas podríamos romper otra cosa: su fe. Podría luchar para explicarle que tengo mi fe puesta en otras cosas pero, siempre he pensado (a veces con razón, a veces con equívoco), para que meterme en algo tan molesto. Escojo no hacerlo, como todos los otros que piensan en qué ocuparán su tiempo tan pronto salgan de ese monólogo tan sustancioso. (Me pregunto ahora, mientras releo la entrada, ¿alguno de ellos se habrá unido a PROVIDA? ¿Alguno de ellos sentirá que su alma se consume en el infierno mientras escucha “Hotel California”?).

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escrito por el Sábado, mayo 18, 2013

13032 (Juliette)

13032 (Juliette)

Fotografía: Fernando Polo.

Del bestiario de Caín: “(…) Los semáforos son pequeñas deidades o espíritus que anidan en la esquina de las calles. No tienen una expectativa de vida muy larga. El más longevo de ellos, en Nueva Delhi (1942), tuvo una vida de veinticinco años antes de que lo destruyeran en medio de una protesta. Mucha gente confunde la estructura metálica, las luces y los circuitos con el cuerpo de la criatura, sin embargo, ésta estructura es meramente una armadura que guarda en su interior tres espíritus que constantemente luchan entre sí por el control del destino de los hombres. Su escondite es obvio, común, lo mismo que sus intenciones, por eso rara vez prestamos atención. Cabe destacar que no todos los semáforos son espíritus, algunos simplemente son lo que son: un mecanismo para regular la circulación y nada más. Los semáforos son tres espíritus (antropomorfos diminutos) que representan los colores: verde, amarillo y rojo. Nos vigilan constantemente a través de los vidrios que saturan el color de sus cuerpos iluminados. Nos miran la cara, hacen las apuestas, luchan, y el espíritu ganador es el que decide si llegaremos más pronto a casa, o si esperaremos unos segundos mientras tamborileamos el dedo en el volante. Se tienen fotografías de los espíritus, pero nadie ha capturado uno vivo para estudiar sus cuerpos, son nómadas y mudan rápido entre sus estructuras homólogas. Algunos hombres, conscientes de estos espíritus, mientras esperan el cambio de color en sus autos, murmuran una oración al dios de su preferencia, como si esto ayudara a cambiar el color más rápido (Hebert, 1985). Uno pensaría que no existen los devotos que ruegan por el rojo mientras están en verdes, pero sí, las hay (Hirota, 1989). El más terrible de ellos es el amarillo, aunque es un color con poca participación y al que poco se le presta atención, es el que da los anuncios más ominosos (Cuauhtémoc, 1999)”.

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escrito por el Jueves, mayo 9, 2013

13030 (Juliette)

13030 (Juliette)

Lista de buenos deseos para este año que quizás no se cumplan porque soy un troglodita mal organizado y desidioso: Fumar menos, cuarenta minutos de gimnasio diarios, media hora de yoga y estiramientos, escribir una historia interactiva, mejor un libro de crear tu propia aventura, aplicar para una o dos becas en el sistema de creadores, escribir dos libros más, terminar uno o dos videojuegos que valgan la pena, alcanzar los 70 libros leídos este año, reducir mi consumo de coca cola, entrenar a Nico para que busque cosas a través del olor, ¿qué sería una lista así si no prometiera dejar de escribir listas así?, investigar como cuidar cactos porque Bob tiene un par de ramificaciones preocupantes, escribir al menos 250 entradas en el árbol, publicar al menos uno de los libros que he escrito, acabar al menos uno de los juegos mediocres que he empezado, comprar una consola más actual de videojuegos, ignorar el celular mientras paseo con Nico o con Killer, tenerle más paciencia a Sol porque soy un bruto y qué pena que así me quiera, visitar más a menudo a mi familia, viajar para recoger historias al menos una vez este año, escribir todos los cuentos que anoto en mi diario de líneas, aprenderme uno o dos poemas de memoria porque ya-chole con el de Yeates y el de Larkin, salir de mi zona de confort para conocer más gente en Cholula, nunca aburrirme de tomar fotografías del cielo y del Popo, seguir explorando los diarios de las personas alternas (Böhrs, Santiel, Dor, Bob, Mafessoli, Caín, etcétera), escribir escenas más cachondas porque me estoy oxidando de tanto pensar en el lenguaje (¿qué? ¿No puedo?), conocer a mucha gente que deseo conocer, anotar más cosas de mi lectura, dormir más temprano y despertar más temprano, reducir significativamente las deudas y que nunca se agoten los deseos. El genio no concede estas cosas.

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escrito por el Lunes, mayo 6, 2013

13029 (Juliette)

13029 (Juliette)

Los perros:

  • Como soy mono de ciudad, tomo nota de los perros que tienen en los terrenos que están a mi alrededor. Mi vecino inmediato tiene una jauría de cinco perros. Asumo que son necesarios para proteger el terreno de las ratas, los topos, las víboras, y los perros de los baldíos foráneos. No me imagino que los ladrones sean cosa grave. ¿Qué se van a robar? ¿Mazorcas?
  • Alguna vez me contaron que algunos ladrones entran a los baldíos para robarse los grillos. Los grillos se fríen y se venden como botana en los mercados.
  • En terrenos vecinos, he contado una jauría de tres y una jauría de cuatro o cinco. Otro vecino es dueño de tres boxers a los cuales mantiene encadenados. Estos perros, atados a su correa, nos miran a mí y a Nico pasear (cuando pasamos por ahí, últimamente evito el lugar). Esos perros tienen cara de personas, pienso que algo pensarán de nosotros.
  • No sé si estos perros tengan nombre y si los hayan reducido a una utilidad práctica: La protección. No sé, también, si los alimentan o si los han entrenado de alguna manera. Me sorprendería y me alegraría que sí.
  • Como son más salvajes y viven en un ambiente más primitivo, los perros de mi vecino, el Señor Calavera, mataron a uno de los perros más débiles de la jauría. Luego se lo comieron. No desperdician nada.
  • He visto a la jauría de los cinco perros caminar por toda la cuadra, afuera de los restaurantes, en búsqueda de bolsas de basura. Creo que el Señor Calavera así filtra a su jauría de perros. Deja que vayan por las calles y si la calle es cruel, morirán atropellados, o se perderán al perseguir un olor intenso y no encuentren el camino de regreso.
  • Perder el camino de regreso: Acabar caminando en una carretera de madrugada. Así me perdí yo alguna vez, aunque mi situación, obviamente, fue favorable. Ojalá otros perros encuentren un buen camino tan pronto pisan una autopista.
  • Algunas madrugadas se alebrestan, y aúllan, o ladran. Imagino que algún perro intruso, el perdido de otra jauría, se abre espacio entre los maíces y tiene la esperanza vacua de haber encontrado un nuevo hogar. Entonces los cinco se despiertan, reciben violentamente al intruso, se deshacen de él. Siempre me inquieto cuando eso pasa.
  • Los perros de Coetzee y de Vargas Llosa. Se debe vivir en un lugar con perros liberados, condenados a su lado más salvaje, para que uno pueda apreciarlos como lo que son, la posibilidad de que no son unos animales adorables, domésticos, leales, siempre fieles. No me parece una fantasía, tampoco me parece absurdo, que los perros del Cerro de la Estrella se dedicaran a cazar hombres.
  • Mi perro intentó morderme una vez que le quité el hueso. Tuve que enseñarle que eso no se hace.
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