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escrito por el Martes, febrero 12, 2013

13013 (Bushido)

13013 (Bushido)

Siempre cambio las reglas de este espacio. Es culpa de lo que leo, el árbol es un reflejo de mis lecturas. Empecé el año con ficción breve y ejercicios de creación, juegos fascinantes. Ya lo había hecho alguna vez: Reducir mis líneas, narrar un momento, no irme por las ramas… pero luego me gana la necesidad de espesar el follaje. A veces, escribía durante los domingos lo que pensaba publicar en el árbol. Me sentaba durante un par de horas para preparar cuatro o cinco posts, sin embargo me ganó una criatura indefinible, un monstruo que me regañaba por lo poco natural del proceso. En alguna parte de mi cabeza, tengo la idea de que un blog debe ser inmediato y su cronología rigurosa, con ese monstruo martillando constantemente mi cerebro dejé el ejercicio, incluso dejé de escribir unas semanas, quizás más de un mes. Con una cabeza como la mía no se necesitan enemigos.

Me dispongo a intentarlo de nuevo pero apostando a un lúdico desorden en las fechas. Esto lo escribí algún día, pero se verá publicado otro. Es decir, pienso usar un algoritmo que me entregue las fechas del 2013 al azar y después programaré la entrada ya escrita para que se publique en esa fecha. Las entradas se publicarán a media noche, para no entorpecer en mis redes sociales a los trabajadores matutinos y diurnos, prefiero a los lectores desvelados o insomnes. Además, quisiera ver cómo interpreto estos mensajes desordenados mientras me encuentro haciendo esta cosa, si soy capaz de rememorar todo lo que escribo.

Pienso que este método me entregará una libertad nueva y necesaria, un libro escrito en desorden como los que siempre he querido escribir. Quien sabe, si no me aburro de ello, puede que finalmente logre emular el crecimiento irregular de un árbol: Sus hojas no crecen en serie, presas de una obligación ordenada, sino que aparecen como un capricho espontáneo en el lugar antojado de la rama. Si tengo otra cosa que escribir, un evento que merezca atarse a la cronología, lo haré durante el día y lo publicaré en el momento que haya sido escrito, como las entradas de Guardagujas o algún otro aviso.

Cancún, martes 8 de enero.

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escrito por el Miércoles, diciembre 12, 2012

Velas de lectura

Velas de lectura

Ayer cumplí 31 años pero en vez de elogiar o solapar la edad adulta (u otras cosas igual de lamentables), mejor aprovecho la caminata para hablar de leer y de como aprendí a leer. Sí, la mayor parte de este post lo escribí en el teléfono mientras caminaba.

  • He pasado mucho tiempo de mi vida leyendo. Reafirmo, cada vez que abro un libro, un cómic o un manga; que otros placeres, ocios o estudios no me atraen igual. Incluso dedicarme a un juego que no sea casual se ha convertido en una tarea difícil. Me pregunto, a menudo, ¿cómo crece o vive la gente que no lee?

  • Mi abuela, casi analfabeta, me enseñó a leer a los cuatro años. Quizás comenzó antes. Todos los días, en el ambiente frío y gris rata de un puesto de zapatos en el mercado de la Balbuena, repasábamos letras en el periódico. Eventualmente las letras se convirtieron en palabras, oraciones, párrafos completos. Una vez que supe nació un animal hambriento. El mercado era un lugar oscuro, frío, apenas vivo por el lugar tan escondido en el que estaba localizado. Ahí, una de las pocas cosas capaces de arrojar luz, alimentar al monstruo, era la lectura.

  • Leía el periódico, leía cómics y la tira del domingo (Todos los domingos esperaba ansiosamente, en el Universal, el siguiente episodio de Dick Tracy). En el mercado, compraba en el puesto de periódicos uno de varios: “Archie y Verónica”, “Tom y Jerry”, “Las aventuras del Pato Donald”, “La familia Burrón” o “Memin Pingüín”. Mi abuela pedía, en algunas ocasiones, que los leyera en voz alta para corregirme si me equivocaba.

  • En casa teníamos libros, demasiados. Mis tíos más jóvenes leían ciencia ficción y fantasía. En cajas, ocultos, estaban los libros de mi abuelo… Una colección impresionante y discordante: antropología, dibujo, astrología, psicología, enciclopedias de historia y cómics de Vargas Dulché. Muchas veces los hojeé, sin entender mucho lo que pasaba, los libros de ambos mundos eran ajenos: Unos por su vocabulario y otros porque estaban en inglés.

  • Mi madre tenía un libro de ilustración de Michael Moorcock. Criaturas desnudas en un mundo fantástico. Rostros alargados, ovalados, ojos vivos en rostros imposibles. De niño, le rayé unos garabatos con pluma. Quería participar en la creación. Mi madre, dolida, me quitó el libro para siempre y, luego de unos años, lo dejó a mi alcance vencida. No cabe duda, los niños destruimos todo. Unos años más tarde que vi mis pequeñas interrupciones, me arrepentí. Hice lo mismo con otros de sus libros, incluyendo un libro ruso de ajedrez con unas ilustraciones bellísimas y un puñado de libros ilustrativos de cómo aprender a pintar.

  • El colmo: un día, uno de mis tíos abre un programa en la Commodore 64. Es un juego llamado Zork, una aventura de texto, la más famosa de todos los tiempos (La mencionan a menudo en Big Bang Theory, y es referencia obligada de “Ready Player One”. Cualquiera que deseé hacer ficción interactiva debe conocerlo). A cada momento le pedía a mi tía que me tradujera lo que pasaba, estaba enganchado en el misterio y me asombraba que pudieras escribir en la computadora lo que quisieras hacer, y con ello cambiar el rumbo de la historia. Ella, cansada del chamaco, dijo que debía aprender inglés y dejara de molestar. Tenía seis o siete años.

  • A los nueve años ya poseía el nivel suficiente de inglés para pasar un par de pantallas en Zork, y leer algunas páginas de los libros de mis tíos (y sus portadas luminosas, vistosas, mundos ajenos en espera de ser devorados). Otro tío al ver esa pequeña hambre que me guardaba, me sugirió leer mi primer manga en una traducción inglesa: “Crying Freeman”.

  • “Crying Freeman”, después de Dick Tracy, fue mi incursión en el mundo noir, un mundo agresivo, adulto y violento. Páginas oscuras, hombres armados, mujeres fatales, negocios turbios con empresarios. Recuerdo mucho una escena donde un personaje le comparte a otro la geisha que contrató. Ambos hombres, uno joven y uno viejo, poseen a la hermosa geisha. Cierran el negocio. Empecé a intuir uno de los mecanismos del sexo.

  • Para entonces, ya había cambiado mis cómics por el universo Marvel. Específicamente Spiderman (aunque también perseguía a los Hombres X y los Vengadores. Novedades editaba, en aquel entonces, los arcos que escribía Jack Kirby). Si no los había en español, a veces conseguía arcos más actuales en la American Bookstore. Spiderman y su humor, su genialidad, su inseguridad, perpetuamente enamorado de Mary Jane y su sola confidente, la tía May, me ganaron. Se parecía mucho al niño y su abuela en el mercado.

  • Mi tío Rafael me entrega una nota de su propia experiencia mientras espera el nacimiento de su hija en el hospital: “Si quieres leer buenos cómics, fíjate en las burbujas de diálogo. Entre más texto haya en las burbujas, quiere decir que es de mejor calidad”. (Por supuesto, esto es debatible por muchas razones… sin embargo, en aquel momento me pareció la verdad, y a la fecha, me fijo en cuántos diálogos tiene un cómic). Después fuimos a un puesto de revistas, me compró dos comics de “Conan, el Bárbaro” y unos de la Familia Burrón. Esa tarde, mientras esperábamos el nacimiento, nos la pasamos leyendo en silencio.

  • También leí libros. A los doce años, mi nivel de inglés me permitía leer con seguridad algunos libros de terror, fantasía y de ciencia ficción (con diccionario a un lado): Stephen King, Clive Barker, Brian Aldiss, Isaac Asimov, Robert Heinlein, Arthur C. Clarke, Larry Niven, Orson Scott Card. Mi madre me regaló libros de Orwell, de Baum, de Verne, de Poe y una versión adulta, incluyendo los cuentos crueles, de los Hermanos Grimm. Alguna vez, aprovechando una liquidación de “El Sotano”, compramos al menos unos 30 ó 40 libros de editorial Minotauro. Costaron diez pesos cada uno. Uno de mis libros favoritos de entonces, que consumió meses de mi tiempo, fue un “Crea tu propia aventura” de los Hombres X.

  • Mi tía me prestó su copia de la “Historia Interminable”. Las cosas cambiaron. Hasta entonces, en cualquier mundo fantástico o tecnológico, había reglas y las reglas quedaban claras. En este libro encontré un laberinto, un mundo engañoso y cruel, una posibilidad de que las cosas no acabaran bien y que sería difícil saber por qué, sin explicaciones, podía ser desde el haber interpretado mal el juego de palabras hasta que las mentiras poblaran el mundo real, el de afuera, el que pasaba en el libro y el que pasaba en el mío, donde yo sostenía el libro en las manos. Escuché por primera vez al espíritu de la tragedia.

  • Dejemos a un lado al niño y su exploración. Pienso ahora en la lectura: un acto íntimo, personal, donde lentamente aprecias las palabras que tienes entre las manos y continuamente formas una historia, desenredas un misterio, entras en personaje y cuando abandonas, es posible que te hayas llevado algo de ahí. Son múltiples regalos los que deja la lectura, y que parece imposibles conseguir en otro lugar: Oyes distinto, aprendes palabras, encuentras en la rutina o en algún paseo las imágenes para ilustrar ciertos fragmentos, tomas los secretos del mundo, puedes ser tan malo o tan bueno como desees, asocias personajes con personas y las personas con personajes. ¿Quién querría renunciar o evitar eso? ¿O quién rechazaría esa oportunidad?

  • No pasa lo mismo con las series o con las películas, no son un reemplazo para leer, aunque a veces consiguen engañarlo a uno. El acto cambia porque no hay una intimidad, ves a personas interpretar papeles y es difícil imaginárselos de otra forma. Narran una historia, pero narran la historia desde un sólo punto, no ofrecen la oportunidad de perderse. Una serie o una película, utiliza las experiencias del espectador como un testigo, quizás consiga relacionarse, pero no se compara a tener las palabras en las manos, en los ojos, en la punta de la lengua, y abrir la posibilidad de enloquecer, de convertirse en otro, aunque sea un cambio mínimo, como la forma de tomarse el té.

  • Hace poco, en la plática con un escritor, escuché a un hombre necio, empresario, diciendo que leía veinte libros en un mes (y luego lo cambió por un año). “Y no leo malos libros, leo a los clásicos: Dumas, Stevenson, Dickens”, sin embargo, es lo único que pudo articular coherentemente. Usando su lenguaje de empresario, quiso preguntarle a este escritor (Keret) cómo pensaba venderse, es decir: ¿Qué debería tener en cuenta él como consumidor para comprar su producto? Hablaba bronco, apresurado, repetía palabras, muletillas, quizás le incomodaba hablar entre muchos jóvenes. Más tarde, como siempre sucede en esas cosas, un chavo arguyó que leer era importante para México y un escritor leído por tantos jóvenes, debía ser un buen escritor. Aplausos estridentes. ¿La moraleja? Leer mucho no te hace mejor persona. No leas por eso porque vas a perder.

  • Me gusta la lectura como un laberinto. Es decir, no puedo leer solamente a cierto autor, o cierto género, así termino leyendo cosas que no imaginaba. Algunos lectores consiguen disciplinarse: Se dedican a ciertos autores, se dedican a ciertos géneros, a las novedades editoriales, a la literatura de una sola región, a los Nobel, a los recomendados o a sus clásicos. Cumplen su cuota, se lavan las manos. Lo que salga de su círculo se convierte en algo despreciable, difícil de leer, imposible de manosear o disfrutar. Me parece triste. En cada libro, sobre todo los extraños, existe la oportunidad de rescatar la vida.

  • Los libros que provocan sentimientos de enojo, de abandono o de amargura, son libros a los que presto peculiar atención: Algo está pasando, comunica o provoca, tal vez me recuerdan algo que ya olvidé o algo que deseé. Eso no hace mejor, o peor, al libro, simplemente descubren otra cosa. También de eso trata leer: Perseguirse.

  • Esta será mi última entrada del año, por eso tan extensa. He decidido convertirlo en una costumbre: Abandonar el blog en las fechas del cumpleaños (30+1, oh man) y retomarlo a mediados de Enero, o hasta inicios de Febrero (aw, a ver). Diciembre, sus compromisos, sus vacaciones y los múltiples proyectos no me permiten dedicarle más tiempo al árbol, sin embargo, seguiré en twitter y en otros lados, como es mi costumbre. Así que aprovecho para desearle a los lectores, los perdidos y los curiosos felices fiestas, un feliz fin del mundo, un feliz año nuevo, y una clemente cuesta de Enero. Un abrazo, nos vemos otro día.

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escrito por el Lunes, diciembre 10, 2012

Unas moscas

Unas moscas

En algún Walmart, de todos los Walmarts que hay en el mundo, un empleado tuvo la gloriosa idea de colgar los juguetes unos sobre otros en largas columnas que bajan de los techos. Cadáveres de peluche y felpa se sostienen los unos a los otros, y se contonean por el aire artificial, como un péndulo funesto y festivo, en espera de atraer miradas infantiles y enamoradas. Quien sabe, a lo mejor es una orden institucional y le doy demasiado crédito a la iniciativa de un empleado. Pensé, en cuánto los vi, que eran una versión oscura de Toy Story. Tal vez en algún lugar de ese mar peluche, hay un letrero pintado por un juguete, emulando la caligrafía de un niño: “Piérdase en alegría todo aquel que entre aquí”.

Moscas gordas y ruidosas han penetrado las defensas de mi oficina. A veces consigo engañarlas cuando abro el miriñaque, luego la ventana y hago como que las empujo con mis manos; casi todas me hacen caso (o pensarán que soy un loco) y se van, me abandonan apresuradamente y puedo seguir el trabajo en curso. Siempre se queda una: La más obesa, la más tenaz, la más escandalosa de todas. Entonces me acuerdo de Walter White, en el episodio botella de la mosca.

Todo el trabajo se detiene, acomodo el matamoscas cerca de mí, nos miramos y después de un rato nos olvidamos. Intento seguir lo que estaba haciendo pero luego, en una afrenta personalísima, una sombra vuela rápidamente entre mis ojos y el monitor, haciendo una línea y quebrando cualquier cosa que esté trabajando. Resoplo cansino, tomo el matamoscas, bailo alrededor de la habitación y la mosca, como una renuente compañera, se esconde entre mis libros, mis cajetillas, mis fotografías y mis juguetes. Así nos podemos pasar un rato más hasta que nos volvamos a olvidar.

Las moscas son igual que los malos recuerdos: Entran un puñado, consigues espantar algunos pero uno se queda ahí, discreto, entre las sombras o las repisas, mirándote desde una esquina, esperando el momento para salir volando y zumbarlo todo.

De vez en cuando grabo pequeños pensamientos en las notas de audio de mi teléfono o mi tableta. Así fue como hice el podcast del 20 de Noviembre. Luego de grabar varias notas, hice una selección y me dediqué a cortar los largos silencios, las muletillas, y pegar tres de estos pensamientos juntos. Me alegró el resultado, incluso parezco una persona elocuente. Ahora, por otra parte, miro la cámara de video. ¿Qué podría grabar en ella?

Se me ocurrió hacer lo mismo que hice con las notas de audio pero, de alguna manera, siento que en video soy otra cosa. Me reemplaza un sosias desagradable. En Youtube abundan los videodiarios (los vlaaaaghs) que imitan los monólogos de Adal Ramones y algunos son chistosos, otros no. Puntos extras si te enseñan las gracias del bricolaje.

Entonces negué la idea de grabar un diario en video. De por sí ya escribo uno y lo tengo bastante abandonado. (El diario que supuestamente me prometí escribir y luego termino confundiendo el blog con el diario, y viceversa). Pensé, mejor, en grabar minutos y luego pegarlos en un video de tres, o de cinco. Es decir: Un minuto de cielo, un minuto de mi perro, un minuto de cafetera, un minuto del aire pasando entre las plantas de maíz. Un elogio al silencio, a la cotidianidad, a la observación silenciosa de las cosas.

Lo haría si no tuviera un libro que escribir y mucho que leer. En las notas de audio tengo, al menos, unas veinte que no me he sentado a revisar y editar. Trabajo, escribo, leo, chachareo, paseo al perro, trabajo, escribo, leo, observo, escucho, día de Walking Dead, Dexter y American Horror Story (tres hora de televisión bien ganadas).

Ah, pues… mañana cumplo 31 años. Si tuviera 23 todo esto sería tan fácil pero llega la edad de elegir las cosas, eliges lo que quieres hacer y abandonas los caprichos con una facilidad aterradora. Cada año se refina esa habilidad y para no sentirte mal, te regodeas de ella. Mid-life crisis waiting to happen: perseguir moscas o fijarse en los juguetes colgados pidiendo, con una sonrisa costurada, auxilio.

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escrito por el Lunes, octubre 22, 2012

El café de hace unos años

El café de hace unos años

El domingo abrí una caja de Pandora: Los comentarios que solían existir en este blog, cuando era el de los mil nombres y antes de eso, el cibernauta. Tengo un backup en el servicio de comentarios de disqus (además de los múltiples backups en bases de datos).

No sé cuántos son con exactitud. Unos quince mil, quizás. No es que mi blog fuera tan popular (un poco… sí, en aquel entonces lo era), también es que atiné con el posicionamiento y los títulos. Algunas entradas atraían visitantes curiosos que deseaban saber el significado de su nombre, nombres para duendes o unicornios (?) o que deseaban compartir el significado de un sueño que tuvieron, y usaban este espacio como un foro para buscar respuestas a cuestiones lejanas a la intención del contenido original.

Sin embargo, el restante de esos comentarios son amables y me ayudaron a darle un vistazo al pasado. Ocupé el domingo, tan absurdo y tan cansino, en regresar algunos de esos comentarios al blog. Un año de datos (de los diez que son en total), copy-paste, publicar, editar nombre y e-mail. No pude regresar varios porque en el translado borré un puñado de entradas que ahora están en el limbo binario. También pensé en editar la fecha pero se me hizo demasiado, así que he cometido el pecado de revivir muertos y crear una paradoja anacrónica. Ojalá dios internet me perdone.

Cuando hice el traspaso olvidé, sinceramente, que los comentarios también son parte de la documentación, una extensión de los amigos y los lectores que se han conseguido a través del tiempo. Es un testimonio de como han cambiado los lectores blogosféricos, sus modos y sus motivaciones.

Hay algo que siempre tuve en cuenta cuando abrí un blog: Sus comentaristas en algún momento se van a cansar y se van a ir. Tienen una vida, los gustos cambian (o el autor se casa, como yo, y misteriosamente se pierden muchas visitas, quien-sabe-por-qué), los autores se abandonan, incluso un autor de bitácora. Los lectores, igual que el escritor (sobre todo uno que platica su vida en este medio), son una cosa viva, con sus problemas, y sus movimientos, y sus encrucijadas. Nunca se sabe a donde irán o con quién te engañarán el día de mañana.

Además los distintos servicios que han surgido a través de los años han separado, de manera eficaz y cruel, las motivaciones de un blog. ¿Para qué tener uno de pornografía y ocio si puedes abrir un Tumblr? ¿Para qué tener un blog de tus fotografías si puedes tener Flickr o Instagram? ¿Para qué tener un blog de ráfagas breves si puedes abrir una cuenta en Twitter? ¿Para qué volcar una opinión rápida, sincera y probablemente estúpida, si tienes un perfil en Facebook? ¿Para qué grabar un video si puedes hacerlo en YouTube? Antes el blog era una oportunidad centralizada de unir todos esos rasgos individuales en un sólo lugar. La creación de una isla en el océano digital. El problema era (y todavía es) atraer náufragos a esa isla.

Muchos blogueros se inclinaron por la especialización (blog de diseño, blog de tecnología, bloguétcetera), otros se dividieron en sus múltiples redes sociales y finalmente, el puñado de necios que, por cariño a la herramienta y por sus propios fines, siguen trabajando diligentemente en su paraíso personal. Me incluyo en el último. Tuve un blog para escribir y ahora escribo porque tengo un blog. Gracias a él, he publicado, sigo creando historias y quizás consiga muchas más cosas en el camino.

Hace años era obligatorio tener una taza de café y pasear diariamente por los múltiples comentarios que dejaron en días anteriores, anotarme los triunfos, recibir las amabilidades, soportar los fueras de contexto y tragarme uno que otro comentario anónimo y ponzoñoso. Hoy la taza de café es para iniciar el siguiente texto, tallarlo, pulirlo, enviarlo en la botella y que corra solo, quien sabe dónde, quizás nadie lo lea, desde mi isla al océano.

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escrito por el Viernes, septiembre 28, 2012

Un caricaturista frustado.

Un caricaturista frustado.

Anoche me acordé que hice este video (más o menos hace un año). Durante algunas horas libres, en el periodo de una semana, me senté a dibujar cuadro por cuadro. 278 cuadros en total para una bobada. El título es lo que más tiempo se tomó. Soy un caricaturista frustado, no tengo la paciencia de las figuras míticas de los 40s o 50s, ni el colmillo de los 60s-80s para repetir los cuadros o saltármelos (aunque la gente protestara, aunque fueran los menos que se dieran cuenta).

De niño, mi madre me dio un libro de Walter Lantz (el creador del Pájaro Loco), donde enseñaba como dibujar animales antropomórficos, sus expresiones y como animarlos cuadro por cuadro. Un libro más que me dolió haber perdido entre tanta mudanza. Tendría como ocho o nueve años de edad. Quien sabe cuánto tiempo estuve molestando a mi madre para que dibujáramos una caricatura y la paciencia con la que toleró una de mis obsesiones más tempranas. Ahora sólo dibujo perfiles, bocetos, pequeñas líneas, con la promesa de ser breve. No dibujo más allá de un primer boceto. No tengo la disciplina. Algunas veces extraño mis cuadernos blancos de dibujo, el proceso de hacer las guías, de apretar cada vez más fuerte el lápiz para marcar lo que “es real de lo que no”.

Es buena hora como cualquier otra para descubrir lo que no sé es y contentarse con lo que se puede hacer.

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escrito por el Miércoles, septiembre 12, 2012

Un poco de amor para Padre Taxi

Un poco de amor para Padre Taxi

No sólo para Padre Taxi, también para el blog en general. Desde hace tiempo (quizás un año), dedico unas horas a la semana para editar las entradas y verificar formato, fotos de presentación, y otros detalles estéticos. Cambiarse de nombre fue lo fácil, los desastres vinieron después. He arrastrado muchos problemitas por ahí: Se rompió el markdown, las primeras fotos las puse en el servidor de picasa en lo que arreglaba otras entradas, y un par de cosas más en la lista. Quisiera darle más tiempo, pero la edad y la vida me alcanzaron.

Prefiero hacer otras cosas. Prefiero escribir en el mundo de afuera, por ejemplo. O de repente me caen trabajos a los que le dedico semanas o meses enteros, y me quedo sin tiempo para prestarle la atención necesaria. Podría hacerlo durante una hora al día, pero tendría que quitarle a Nico su paseo diario y eso es algo que, simplemente, para mi lotófago orejón, es inaceptable. Trato al menos de trabajar una página del blog a la semana pero, a la fecha, son 210. Sería un trabajo de cuatro años más lo que se acumule. Vaya.

Sin embargo, me alegra que ayer finalmente terminé de dibujar los bocetos de los personajes de Padre Taxi (y arreglar el formato de los capítulos. La mudanza los dejó despedazados). Aquí una pequeña galería con los títulos y los perfiles en tamaño completo (aunque también pueden verlos en el índice de la novela):

La cosa con Padre Taxi (y ese poco de amor que le ofrezco) es que… es mi primera novela terminada. Por eso siempre la querré, y también por eso mismo la despreciaré. En futuro y en presente. Es un texto obviamente joven y cursi. A pesar de ello, tiene muchas cosas que eventualmente he ocupado para otros cuentos, otros textos, otras líneas. Hay personajes en él que todavía exploro (visito, como un espectador ajeno, oculto en las sombras, dudoso de lo que veo, quizás otra cosa interfiera y no sea el personaje, sino un espejismo), mientras estoy tomándome el café, encendiendo el cigarrillo. Me pregunto, como uno se pregunta de los amigos abandonados, que estarán haciendo. Definitivamente, Padre Taxi me recuerda cuando escribir era un gozo salvaje, menos meticuloso, una explosión a la imaginación y dejarse ir, caer en el abismo de escribir una novela como un trabajo obligado y diario. Es un homenaje a todas mis lecturas sencillas y tempranas de un lector sencillo y temprano.

Hay días que me gustaría negarla pero también hay días que la acepto tal como es. Negarla sería quitar un ladrillo de lo que me trajo aquí. Aún cuando me avergüenzan sus detalles de redacción, sus formas de tratar al lector como tonto, los dos capítulos donde no pasa nada mas que una glorificación absurda de los personajes y sus motivos, su manejo irresponsable de la muerte, de los fantasmas, de los animales como fábula. Tengo derecho a odiarla, a criticarla y a despedazarla, así como tengo derecho a después arroparla, acicalarla y regresar a ella, como una bola en la cadena inevitable, inexorable tal vez, y amar ese hilo invisible que nos une.

Todavía me da pena cuando releo algunos capítulos y encuentro los más simples errores de redacción. Curiosamente, con Taxi no hago lo mismo que otros textos, revisarlos, arreglarlos en paz y en calma, y seguir con la vida. No me permito. Lo dejo, así de terrible, tal cual es. En un par de años espero darle su peinadita, su pulida, quizás sacar una nueva edición, quizás reescribir capítulos enteros, quitar personajes, quemar el circo para las vidas pasadas (un homenaje al tedio de escribir para que los personajes no se quedaran callados). Es pedir demasiado. Hay mucho más que escribir, mucho más que está en el cajón y exige búsqueda. Ojalá tuviera tiempo para todo ello. Mientras tanto, espero que baste con este poco de amor que le ofrezco, una ofrenda sencilla para seguir nuestra vida juntos, en paz.

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escrito por el Martes, agosto 21, 2012

De Acapulco, de Argos, de A

De Acapulco, de Argos, de A

He dejado de ser uno de los pocos chilangos que no han ido a Acapulco. La gracia de la premiación rompió uno de tantos récords personales. Claro, no me interesaba conservarlo. Como buen citadino, sueño con la libertad económica para dejarlo todo atrás y vivir haciendo artesanías, o trenzas, en algún pueblito costero. El sueño común de, al despertar, admirar los amaneceres como si el Sol se escondiera bajo el agua para al día siguiente, aparecer risueño detrás de las montañas al otro lado. Fui a esa playa, tan mítica y legendaria, siempre mencionada por los borrachos aventurados o los adultos traviesos como el escape obligatorio del fin de semana. No es raro, al menos no lo es para mí, toparse con estas historias:

  • Salimos de la disco (ajá) y alguien preguntó qué queríamos para desayunar. Entonces alguien dijo ¿por qué no desayunamos unos mariscos en Acapulco? Pues agarramos el coche y vámonos, todos crudos y cenicientos, despeinados, deshechos, molidos. El piloto iba como un bólido. Hicimos hora y media en llegar.
  • Le decía a mi papá: Voy de fin de semana a estudiar porque tengo un examen muy pesado. Agarraba el coche y me iba a la playa. Las dos noches, a asolearme, a pasear, a tomarme las chelitas…
  • Le digo a mi esposa ¿Oye, y si nos vamos a Acapulco? Salíamos muy noche para llegar en la madrugada. Nos íbamos despacio. A las seis estábamos buscando hotel, desayuno y ya nos sentíamos listos para empezar el fin de semana tranquilos.

El camión, de ida y de vuelta, fue emocionante. Miraba a través del mapa del iPhone la distancia que nos faltaba. Me bastó para distraerme, al menos, una hora. Después me di la vuelta y me dormí. Benditos los camiones que pueden extenderse como si fuera una cama. Sólo en esos duermo. He viajado tanto en los camiones para masoquistas…

Sol se distrajo con las películas. Al menos pasaron tres.

El calor de Acapulco se me hizo extraño, muy intenso, poco amable. No había sentido un calor así: Ni en Villahermosa, ni en Ciudad Victoria, que son las dos ciudades más calurosas que he visitado. Mis pies, demasiado sanos, se quemaron fácilmente con la arena. Llevé a mi hermano para que nos golpearan un rato las olas. El placer de meterse justo en la línea media, entre la playa y el agua salada. Somos un filtro donde pasan los designios de la naturaleza.

Fuimos con mi familia, para festejar, a uno de los restaurantes lujosos de Acapulco. Se llama el Zibu y es un lugar de comida mexicana, y tailandesa. La vista era impresionante, los almendros chinos que adornaban el lugar preciosos y la comida una verdadera delicia. Es la primera vez que le tomo fotografías a los platos para conservar un registro, como si con ello pudiera extender la felicidad del paladar más tiempo.

Aída Espino me dio el libro con el que ganó el María Ocampo, unas pintorescas loterías estatales que organizó con unos pintores y un bonche de revistas literarias que, nada más de verlas, se nota que son un pedazo de historia. Contienen gemas según veo los títulos, y los subtítulos. Daniel González Dueñas me compartió su libro: “Ónfalo”. Ambos firmaron sus libros, mientras seguían platicándome de Lotófago, de la historia del concurso, de los proyectos culturales de la Ciudad de Acapulco y de historias pasadas, con revistas literarias y la incansable lucha por mantener la cultura viva. Por momentos no sabía que decir y mejor escuchaba. Hay tantos misterios en el juego de las ceremonias, y de los premios, que todavía no comprendo. Me costaba disfrutar los halagos aunque se me escapaba la sonrisa. ¿Quién puede escapar fácil de las garras del elogio?

En la cena después de la ceremonia, hablamos de Ulises y de Argos. Argos… ¿Memoria de Odiseo? ¿O reflejo de Odiseo? ¿O el destino roto de Odiseo? Son cosas que todavía me rondan la cabeza. Quizás algún día escriba un ensayo.

En las noches, muy noches, de insomnio, salía al balcón a fumar, escuchar las olas, tuitear, ver los balcones ajenos. La primera noche pensé: Seguro ahorita agarro a algunos vecinos durante la travesura. Me tuve que conformar con un grupo de jóvenes borrachos con una guitarra, que cantaban alrededor de una fogata. Acapulco es Acapulco, supuse.

La travesura no sucedió hasta la siguiente noche, que en el edificio de a lado una pareja joven se animó a coger en el balcón. Ella se subió la falda, se sentó sobre el hombre, tuvieron sexo rápido y honesto, furioso, sobre una silla de plástico blanco. Ella gritó un par de veces, se escuchó hasta mi balcón. Ojalá tuviera cámara, pensé, pero el profesionalismo en mi oficio de mirón ha disminuido bastante desde que vivo en Puebla (quién sabe por qué). Cuando terminaron, el hombre se levantó semidesnudo de la silla y se metió a la habitación, ella se acostó en el balcón, con las piernas juntas, mirando mitad de techo y de luna. Dejé de mirar. Encendí un cigarrillo y también contemplé la luna, el mar. Cosas pasan cuando uno injuria a una diosa.

El Ritz ya está viejito, pensé, tal como lo dejó Mauricio Garcés (aunque, al parecer, tiene una historia de mudanzas. Al menos conté dos edificios de Ritz abandonados). Con algo de música de surf y fácilmente viajarías en el tiempo. Algunos niños tenían pequeñas tablas de surf para hacer como que podían dominar las olas. A mi esposa le daba risa como se caían, como neceaban con las olas tan breves y pequeñas. Los niños tienen que jugar. ¿Qué otra cosa se puede hacer cuando tienen mar, si no soñar con dominar a Neptuno y sus achaques?

Tomé muchas fotos del viaje. Ojalá las disfruten tanto como yo.

Si no han leído el cuento, pueden hacerlo en el especial de tres años, de Guardagujas. Finalmente, comparto el discurso que escribí para aceptar el premio.

Sucedieron dos cosas cuando se me ocurrió la idea de Lotófago.

Releía la Odisea y me conseguí un perro. Recuerdo mi primera lectura: la Odisea me dejó un sabor amargo en la boca. En ciertos cantos, Ulises terminaba con una frase similar a esta: “Perdimos muchos compañeros, y con el corazón vencido, proseguimos el camino”. Recuerdo los llantos del héroe, su tristeza cada que perdía compañeros por la necedad, o la traición. También recuerdo el tedio de la tripulación por haber viajado durante tantos años. Cada que conseguían un botín, pasaba una nueva desgracia que los despojaba de los tesoros, del oro, de la gloria y los alejaba, otra vez, de Ítaca. Ulises simplemente lloraba la necedad y la traición de sus hombres. Al ser un héroe, poseía una misteriosa noción de los designios divinos. Luchar contra un dios, contrario a lo que sucede en las películas, sólo trae desgracias y venganzas. Quizás en eso consiste el heroísmo, a la manera de Ulises: Una paciencia inexorablemente humana para soportar, sufrir con elegancia, el castigo.

El perro que me conseguí es un sabueso, de raza basset hound. Es un perro pequeño con los huesos densos, de orejas grandes para no distraerse con los sonidos y ojos tristes para incitar a la ternura de sus dueños. Es una raza diseñada para navegar fácilmente entre los arbustos. Su nariz es todavía más potente que la de otras razas, tal vez el doble o el triple. También fueron diseñados para ser necios. Que feo suena decir que diseñaron a un perro pero es la verdad. Unos monjes aburridos necesitaban perros con la fuerza de una raza grande, pero lo suficientemente pequeños y necios para perseguir tejones. Cualquier entrenador te dirá que un basset hound es un idiota, un tonto, imposibles de educar. Mienten. Son chillones, pero muy listos, obedecen bien fácil si tienes un huesito entre las manos. Aunque parece que duermen, están soñando como robarse la comida, donde hacer agujeros para guardar los huesos. Cuando su nariz encuentra algo, ninguna correa o cadena les impide seguir olisqueando hasta satisfacer su curiosidad. Son capaces de jalarte a los abismos con tal de robarse un pollo. Son algo rencorosos, y comodinos. Ahora que lo pienso… Mi perro se parece a Odiseo: Un mentiroso, un engañador, un necio.

En mi tercera lectura de la Odisea, llegué al canto donde Ulises finalmente regresa a Ítaca. Un sirviente lleva al héroe, disfrazado de viejo, a la entrada del palacio. Entonces aparece Argos, el perro fiel del rey. Lo describen como un saco infestado de pulgas, a punto de morir. Su porte de perro cazador, un perro trofeo, estaba carcomido por los años que esperó a su dueño. Pensé en mi propia mascota. Recordé nuestros paseos de una hora diaria, donde compartimos el silencio, el placer de buscar basura entre la yerba. Como le saco del hocico los huesos que algún paseante distraído y poco consciente, tira por las banquetas. Siempre los encuentra, y no siempre puedo quitárselos de los dientes. Ulises rompió en lágrimas, otra vez, cuando se encontró con su perro. Le cayó el veinte cuando apreció, con la efigie de su fiel compañero casi muerto, el tiempo que tardó en llegar a Ítaca. Argos se levantó para acercarse y lamerle las rodillas. El último gesto de fidelidad, de honor, de gozo. El rey había regresado. Argos, finalmente, murió en paz.

No me bastaban unas líneas. Tampoco me bastaba la fidelidad de Argos. Mi perro es fiel, pero también se enoja cuando no lo llevo conmigo. Mi perro, a pesar de sus orejas ridículas y sus ojos tristes, también posee el instinto lobuno de la libertad y la caza. Quise depositar en Argos toda la amargura de una espera, la locura de un olor imposible de quitarse (la sal), el dolor de un aburrimiento que parece durar el infinito y no encontrar piedad, siquiera, en la posibilidad de la muerte. Escribí un homenaje a la espera, escribí el momento gozoso que significa encontrarse con alguien, después de mucho tiempo, y esta persona te cuente aventuras increíbles, mientras tú, por una parte, apenas un resquicio, masticas dolido, porque no te llevó, porque no pudiste viajar con él cuando antes no podía separarse de ti.

Quiero agradecer al jurado: Ana Alonzo, Praxedis Razo y Daniel González Dueñas. Agradezco al comité del concurso, a los organizadores y a la ciudad de Acapulco. A mi esposa, que soportó mis desvelos al haber cachado un aroma y me dediqué a perseguirlo durante varias noches. Por supuesto, le doy gracias a mi perro, aunque preferiría un hueso, que me enseñó no sólo la lealtad, también el rencor primitivo del abandono. No soy como Ulises. Espero que no se haya olvidado de mí cuando regrese a mi modesta Ítaca. También agradezco a José Agustín, quien me ha acompañado en muchas de mis lecturas tempranas y todavía recurro a sus libros cuando necesito despojarme de tanta seriedad. Decir las cosas como son, chingado.

Pienso, curiosamente, que Lotófago muestra a Ulises y Argos como un par de ciudades desiertas, las cuales tuvieron que desafiar a los dioses un momento para recuperar el río amoroso en su corazón. Gracias.

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