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escrito por el Martes, febrero 12, 2013

13013 (Bushido)

13013 (Bushido)

Siempre cambio las reglas de este espacio. Es culpa de lo que leo, el árbol es un reflejo de mis lecturas. Empecé el año con ficción breve y ejercicios de creación, juegos fascinantes. Ya lo había hecho alguna vez: Reducir mis líneas, narrar un momento, no irme por las ramas… pero luego me gana la necesidad de espesar el follaje. A veces, escribía durante los domingos lo que pensaba publicar en el árbol. Me sentaba durante un par de horas para preparar cuatro o cinco posts, sin embargo me ganó una criatura indefinible, un monstruo que me regañaba por lo poco natural del proceso. En alguna parte de mi cabeza, tengo la idea de que un blog debe ser inmediato y su cronología rigurosa, con ese monstruo martillando constantemente mi cerebro dejé el ejercicio, incluso dejé de escribir unas semanas, quizás más de un mes. Con una cabeza como la mía no se necesitan enemigos.

Me dispongo a intentarlo de nuevo pero apostando a un lúdico desorden en las fechas. Esto lo escribí algún día, pero se verá publicado otro. Es decir, pienso usar un algoritmo que me entregue las fechas del 2013 al azar y después programaré la entrada ya escrita para que se publique en esa fecha. Las entradas se publicarán a media noche, para no entorpecer en mis redes sociales a los trabajadores matutinos y diurnos, prefiero a los lectores desvelados o insomnes. Además, quisiera ver cómo interpreto estos mensajes desordenados mientras me encuentro haciendo esta cosa, si soy capaz de rememorar todo lo que escribo.

Pienso que este método me entregará una libertad nueva y necesaria, un libro escrito en desorden como los que siempre he querido escribir. Quien sabe, si no me aburro de ello, puede que finalmente logre emular el crecimiento irregular de un árbol: Sus hojas no crecen en serie, presas de una obligación ordenada, sino que aparecen como un capricho espontáneo en el lugar antojado de la rama. Si tengo otra cosa que escribir, un evento que merezca atarse a la cronología, lo haré durante el día y lo publicaré en el momento que haya sido escrito, como las entradas de Guardagujas o algún otro aviso.

Cancún, martes 8 de enero.

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escrito por el Miércoles, diciembre 12, 2012

Velas de lectura

Velas de lectura

Ayer cumplí 31 años pero en vez de elogiar o solapar la edad adulta (u otras cosas igual de lamentables), mejor aprovecho la caminata para hablar de leer y de como aprendí a leer. Sí, la mayor parte de este post lo escribí en el teléfono mientras caminaba.

  • He pasado mucho tiempo de mi vida leyendo. Reafirmo, cada vez que abro un libro, un cómic o un manga; que otros placeres, ocios o estudios no me atraen igual. Incluso dedicarme a un juego que no sea casual se ha convertido en una tarea difícil. Me pregunto, a menudo, ¿cómo crece o vive la gente que no lee?

  • Mi abuela, casi analfabeta, me enseñó a leer a los cuatro años. Quizás comenzó antes. Todos los días, en el ambiente frío y gris rata de un puesto de zapatos en el mercado de la Balbuena, repasábamos letras en el periódico. Eventualmente las letras se convirtieron en palabras, oraciones, párrafos completos. Una vez que supe nació un animal hambriento. El mercado era un lugar oscuro, frío, apenas vivo por el lugar tan escondido en el que estaba localizado. Ahí, una de las pocas cosas capaces de arrojar luz, alimentar al monstruo, era la lectura.

  • Leía el periódico, leía cómics y la tira del domingo (Todos los domingos esperaba ansiosamente, en el Universal, el siguiente episodio de Dick Tracy). En el mercado, compraba en el puesto de periódicos uno de varios: “Archie y Verónica”, “Tom y Jerry”, “Las aventuras del Pato Donald”, “La familia Burrón” o “Memin Pingüín”. Mi abuela pedía, en algunas ocasiones, que los leyera en voz alta para corregirme si me equivocaba.

  • En casa teníamos libros, demasiados. Mis tíos más jóvenes leían ciencia ficción y fantasía. En cajas, ocultos, estaban los libros de mi abuelo… Una colección impresionante y discordante: antropología, dibujo, astrología, psicología, enciclopedias de historia y cómics de Vargas Dulché. Muchas veces los hojeé, sin entender mucho lo que pasaba, los libros de ambos mundos eran ajenos: Unos por su vocabulario y otros porque estaban en inglés.

  • Mi madre tenía un libro de ilustración de Michael Moorcock. Criaturas desnudas en un mundo fantástico. Rostros alargados, ovalados, ojos vivos en rostros imposibles. De niño, le rayé unos garabatos con pluma. Quería participar en la creación. Mi madre, dolida, me quitó el libro para siempre y, luego de unos años, lo dejó a mi alcance vencida. No cabe duda, los niños destruimos todo. Unos años más tarde que vi mis pequeñas interrupciones, me arrepentí. Hice lo mismo con otros de sus libros, incluyendo un libro ruso de ajedrez con unas ilustraciones bellísimas y un puñado de libros ilustrativos de cómo aprender a pintar.

  • El colmo: un día, uno de mis tíos abre un programa en la Commodore 64. Es un juego llamado Zork, una aventura de texto, la más famosa de todos los tiempos (La mencionan a menudo en Big Bang Theory, y es referencia obligada de “Ready Player One”. Cualquiera que deseé hacer ficción interactiva debe conocerlo). A cada momento le pedía a mi tía que me tradujera lo que pasaba, estaba enganchado en el misterio y me asombraba que pudieras escribir en la computadora lo que quisieras hacer, y con ello cambiar el rumbo de la historia. Ella, cansada del chamaco, dijo que debía aprender inglés y dejara de molestar. Tenía seis o siete años.

  • A los nueve años ya poseía el nivel suficiente de inglés para pasar un par de pantallas en Zork, y leer algunas páginas de los libros de mis tíos (y sus portadas luminosas, vistosas, mundos ajenos en espera de ser devorados). Otro tío al ver esa pequeña hambre que me guardaba, me sugirió leer mi primer manga en una traducción inglesa: “Crying Freeman”.

  • “Crying Freeman”, después de Dick Tracy, fue mi incursión en el mundo noir, un mundo agresivo, adulto y violento. Páginas oscuras, hombres armados, mujeres fatales, negocios turbios con empresarios. Recuerdo mucho una escena donde un personaje le comparte a otro la geisha que contrató. Ambos hombres, uno joven y uno viejo, poseen a la hermosa geisha. Cierran el negocio. Empecé a intuir uno de los mecanismos del sexo.

  • Para entonces, ya había cambiado mis cómics por el universo Marvel. Específicamente Spiderman (aunque también perseguía a los Hombres X y los Vengadores. Novedades editaba, en aquel entonces, los arcos que escribía Jack Kirby). Si no los había en español, a veces conseguía arcos más actuales en la American Bookstore. Spiderman y su humor, su genialidad, su inseguridad, perpetuamente enamorado de Mary Jane y su sola confidente, la tía May, me ganaron. Se parecía mucho al niño y su abuela en el mercado.

  • Mi tío Rafael me entrega una nota de su propia experiencia mientras espera el nacimiento de su hija en el hospital: “Si quieres leer buenos cómics, fíjate en las burbujas de diálogo. Entre más texto haya en las burbujas, quiere decir que es de mejor calidad”. (Por supuesto, esto es debatible por muchas razones… sin embargo, en aquel momento me pareció la verdad, y a la fecha, me fijo en cuántos diálogos tiene un cómic). Después fuimos a un puesto de revistas, me compró dos comics de “Conan, el Bárbaro” y unos de la Familia Burrón. Esa tarde, mientras esperábamos el nacimiento, nos la pasamos leyendo en silencio.

  • También leí libros. A los doce años, mi nivel de inglés me permitía leer con seguridad algunos libros de terror, fantasía y de ciencia ficción (con diccionario a un lado): Stephen King, Clive Barker, Brian Aldiss, Isaac Asimov, Robert Heinlein, Arthur C. Clarke, Larry Niven, Orson Scott Card. Mi madre me regaló libros de Orwell, de Baum, de Verne, de Poe y una versión adulta, incluyendo los cuentos crueles, de los Hermanos Grimm. Alguna vez, aprovechando una liquidación de “El Sotano”, compramos al menos unos 30 ó 40 libros de editorial Minotauro. Costaron diez pesos cada uno. Uno de mis libros favoritos de entonces, que consumió meses de mi tiempo, fue un “Crea tu propia aventura” de los Hombres X.

  • Mi tía me prestó su copia de la “Historia Interminable”. Las cosas cambiaron. Hasta entonces, en cualquier mundo fantástico o tecnológico, había reglas y las reglas quedaban claras. En este libro encontré un laberinto, un mundo engañoso y cruel, una posibilidad de que las cosas no acabaran bien y que sería difícil saber por qué, sin explicaciones, podía ser desde el haber interpretado mal el juego de palabras hasta que las mentiras poblaran el mundo real, el de afuera, el que pasaba en el libro y el que pasaba en el mío, donde yo sostenía el libro en las manos. Escuché por primera vez al espíritu de la tragedia.

  • Dejemos a un lado al niño y su exploración. Pienso ahora en la lectura: un acto íntimo, personal, donde lentamente aprecias las palabras que tienes entre las manos y continuamente formas una historia, desenredas un misterio, entras en personaje y cuando abandonas, es posible que te hayas llevado algo de ahí. Son múltiples regalos los que deja la lectura, y que parece imposibles conseguir en otro lugar: Oyes distinto, aprendes palabras, encuentras en la rutina o en algún paseo las imágenes para ilustrar ciertos fragmentos, tomas los secretos del mundo, puedes ser tan malo o tan bueno como desees, asocias personajes con personas y las personas con personajes. ¿Quién querría renunciar o evitar eso? ¿O quién rechazaría esa oportunidad?

  • No pasa lo mismo con las series o con las películas, no son un reemplazo para leer, aunque a veces consiguen engañarlo a uno. El acto cambia porque no hay una intimidad, ves a personas interpretar papeles y es difícil imaginárselos de otra forma. Narran una historia, pero narran la historia desde un sólo punto, no ofrecen la oportunidad de perderse. Una serie o una película, utiliza las experiencias del espectador como un testigo, quizás consiga relacionarse, pero no se compara a tener las palabras en las manos, en los ojos, en la punta de la lengua, y abrir la posibilidad de enloquecer, de convertirse en otro, aunque sea un cambio mínimo, como la forma de tomarse el té.

  • Hace poco, en la plática con un escritor, escuché a un hombre necio, empresario, diciendo que leía veinte libros en un mes (y luego lo cambió por un año). “Y no leo malos libros, leo a los clásicos: Dumas, Stevenson, Dickens”, sin embargo, es lo único que pudo articular coherentemente. Usando su lenguaje de empresario, quiso preguntarle a este escritor (Keret) cómo pensaba venderse, es decir: ¿Qué debería tener en cuenta él como consumidor para comprar su producto? Hablaba bronco, apresurado, repetía palabras, muletillas, quizás le incomodaba hablar entre muchos jóvenes. Más tarde, como siempre sucede en esas cosas, un chavo arguyó que leer era importante para México y un escritor leído por tantos jóvenes, debía ser un buen escritor. Aplausos estridentes. ¿La moraleja? Leer mucho no te hace mejor persona. No leas por eso porque vas a perder.

  • Me gusta la lectura como un laberinto. Es decir, no puedo leer solamente a cierto autor, o cierto género, así termino leyendo cosas que no imaginaba. Algunos lectores consiguen disciplinarse: Se dedican a ciertos autores, se dedican a ciertos géneros, a las novedades editoriales, a la literatura de una sola región, a los Nobel, a los recomendados o a sus clásicos. Cumplen su cuota, se lavan las manos. Lo que salga de su círculo se convierte en algo despreciable, difícil de leer, imposible de manosear o disfrutar. Me parece triste. En cada libro, sobre todo los extraños, existe la oportunidad de rescatar la vida.

  • Los libros que provocan sentimientos de enojo, de abandono o de amargura, son libros a los que presto peculiar atención: Algo está pasando, comunica o provoca, tal vez me recuerdan algo que ya olvidé o algo que deseé. Eso no hace mejor, o peor, al libro, simplemente descubren otra cosa. También de eso trata leer: Perseguirse.

  • Esta será mi última entrada del año, por eso tan extensa. He decidido convertirlo en una costumbre: Abandonar el blog en las fechas del cumpleaños (30+1, oh man) y retomarlo a mediados de Enero, o hasta inicios de Febrero (aw, a ver). Diciembre, sus compromisos, sus vacaciones y los múltiples proyectos no me permiten dedicarle más tiempo al árbol, sin embargo, seguiré en twitter y en otros lados, como es mi costumbre. Así que aprovecho para desearle a los lectores, los perdidos y los curiosos felices fiestas, un feliz fin del mundo, un feliz año nuevo, y una clemente cuesta de Enero. Un abrazo, nos vemos otro día.

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escrito por el Lunes, diciembre 10, 2012

Unas moscas

Unas moscas

En algún Walmart, de todos los Walmarts que hay en el mundo, un empleado tuvo la gloriosa idea de colgar los juguetes unos sobre otros en largas columnas que bajan de los techos. Cadáveres de peluche y felpa se sostienen los unos a los otros, y se contonean por el aire artificial, como un péndulo funesto y festivo, en espera de atraer miradas infantiles y enamoradas. Quien sabe, a lo mejor es una orden institucional y le doy demasiado crédito a la iniciativa de un empleado. Pensé, en cuánto los vi, que eran una versión oscura de Toy Story. Tal vez en algún lugar de ese mar peluche, hay un letrero pintado por un juguete, emulando la caligrafía de un niño: “Piérdase en alegría todo aquel que entre aquí”.

Moscas gordas y ruidosas han penetrado las defensas de mi oficina. A veces consigo engañarlas cuando abro el miriñaque, luego la ventana y hago como que las empujo con mis manos; casi todas me hacen caso (o pensarán que soy un loco) y se van, me abandonan apresuradamente y puedo seguir el trabajo en curso. Siempre se queda una: La más obesa, la más tenaz, la más escandalosa de todas. Entonces me acuerdo de Walter White, en el episodio botella de la mosca.

Todo el trabajo se detiene, acomodo el matamoscas cerca de mí, nos miramos y después de un rato nos olvidamos. Intento seguir lo que estaba haciendo pero luego, en una afrenta personalísima, una sombra vuela rápidamente entre mis ojos y el monitor, haciendo una línea y quebrando cualquier cosa que esté trabajando. Resoplo cansino, tomo el matamoscas, bailo alrededor de la habitación y la mosca, como una renuente compañera, se esconde entre mis libros, mis cajetillas, mis fotografías y mis juguetes. Así nos podemos pasar un rato más hasta que nos volvamos a olvidar.

Las moscas son igual que los malos recuerdos: Entran un puñado, consigues espantar algunos pero uno se queda ahí, discreto, entre las sombras o las repisas, mirándote desde una esquina, esperando el momento para salir volando y zumbarlo todo.

De vez en cuando grabo pequeños pensamientos en las notas de audio de mi teléfono o mi tableta. Así fue como hice el podcast del 20 de Noviembre. Luego de grabar varias notas, hice una selección y me dediqué a cortar los largos silencios, las muletillas, y pegar tres de estos pensamientos juntos. Me alegró el resultado, incluso parezco una persona elocuente. Ahora, por otra parte, miro la cámara de video. ¿Qué podría grabar en ella?

Se me ocurrió hacer lo mismo que hice con las notas de audio pero, de alguna manera, siento que en video soy otra cosa. Me reemplaza un sosias desagradable. En Youtube abundan los videodiarios (los vlaaaaghs) que imitan los monólogos de Adal Ramones y algunos son chistosos, otros no. Puntos extras si te enseñan las gracias del bricolaje.

Entonces negué la idea de grabar un diario en video. De por sí ya escribo uno y lo tengo bastante abandonado. (El diario que supuestamente me prometí escribir y luego termino confundiendo el blog con el diario, y viceversa). Pensé, mejor, en grabar minutos y luego pegarlos en un video de tres, o de cinco. Es decir: Un minuto de cielo, un minuto de mi perro, un minuto de cafetera, un minuto del aire pasando entre las plantas de maíz. Un elogio al silencio, a la cotidianidad, a la observación silenciosa de las cosas.

Lo haría si no tuviera un libro que escribir y mucho que leer. En las notas de audio tengo, al menos, unas veinte que no me he sentado a revisar y editar. Trabajo, escribo, leo, chachareo, paseo al perro, trabajo, escribo, leo, observo, escucho, día de Walking Dead, Dexter y American Horror Story (tres hora de televisión bien ganadas).

Ah, pues… mañana cumplo 31 años. Si tuviera 23 todo esto sería tan fácil pero llega la edad de elegir las cosas, eliges lo que quieres hacer y abandonas los caprichos con una facilidad aterradora. Cada año se refina esa habilidad y para no sentirte mal, te regodeas de ella. Mid-life crisis waiting to happen: perseguir moscas o fijarse en los juguetes colgados pidiendo, con una sonrisa costurada, auxilio.

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escrito por el Miércoles, noviembre 21, 2012

Podcast del 20 de Noviembre

Podcast del 20 de Noviembre


  • Un dos tres… ¿ah, prendí esta cosa o nel? Hace años no hacía un podcast. Se me ocurrió cambiar el método de lo que hacía con Random Podcast: Esta vez grabé pequeños comentarios, usando alguno de mis gadgets a la mano y luego, después de un tiempo, me senté a editarlos en un sólo programa de 8 minutos.

  • Los podcasts subsecuentes estarán en el mismo rango de tiempo, de 5 a 10 minutos.

  • Supongo que por lo mismo cambiaré el nombre del programa. Ya no puedo llamarlo Random, después de todo esto es pura voz, con música gratuita de fondo.

  • ¿De qué hablo en esta ocasión? Bueno, de la idea del podcast, de mi falta de energía para el cambio, de mis días sin Sol (el trabajo la tiene viajando), de Proust (otra vez) y unas cuantas ideas inconexas. Quizás es muy personal el podcast, por la naturaleza de cómo fue grabado.

  • La música es gratuita. El grupo se llama Nature y las canciones utilizadas fueron: I Remember You y Step Up To The Dubplate, cortesía del Free Music Archive.

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escrito por el Jueves, noviembre 1, 2012

El camino de los muertos

El camino de los muertos

No hablaré de mis muertos en esta ocasión. Son pocos pero muy queridos. Hablaré de otros, los muertos lejanos, ahora que he tenido oportunidad de explorar esta bitácora y sus inicios hice una cuenta de ellos. Ojalá logre armar un camino espiritual para dirigirlos aquí y arrancarles una sonrisa, ofrecerles un cigarrillo, una anécdota. Aunque sea una pequeña, ¿qué otra cosa se le puede pedir a un fantasma? Quizás el favor de evitarnos la jalada de patas o el espanto con los alaridos de madrugada. Sería mezquino de mi parte preguntarles el futuro o los números ganadores de lotería, aunque si ellos lo ofrecieran en algún sueño o premonición, bueno…

En un montoncito de horas libres he recuperado algunos comentarios de los primeros años en el árbol y descubrí algunos muertos que solían leerme. Diez años después y puedo contar al menos tres “cadáveres exquisitos”. Vaya, si fuera supersticioso diría que leerme es asegurarse un pase al otro lado. (Lo cual es una deliciosa falacia… de todos modos ya lo tenemos asegurado).

Por eso me gustaría brindar por Tess, por Cristina (La Diabla) y por Eduardo (Ehecatl). Cada uno aportó su puñado de comentarios en el momento, además de que hicieron lo suyo para que el mundo binario fuera ameno. A las dos primeras se las llevó el cáncer y al último se lo llevó la ironía (su último tuit, parafraseando: “Ojalá esta chingadera me mate porque si no voy a estar muy encabronado”). Hablando de ironías, es curioso, pero sus comentarios solían estar llenos de optimismo y de buenos deseos. Si fuera supersticioso y malora (lo cual Cristina y Eduardo lo sabrían apreciar, a Tess no le conocí lo suficiente) diría que los optimistas son los primeros en morir.

A Tess la conocí poco, muy poco, pero solía venir a saludar cuando apenas me enamoraba de mi esposa. “Es una chica afortunada”, dijo alguna vez y quien sabe si hubiera pensado lo mismo con el tiempo. De todos modos dejó de leer pronto, ya estaba diagnosticada y bajo fuertes terapias, medicamentos. Le gustaban mis farfullerías enamoradas y enamoradizas. Leí su blog alguna vez. No recuerdo que hablara de la enfermedad, al contrario, siempre hablaba de un hombre que la traía mordiendo la banqueta. Nunca supe si era española o venezolana, aunque quizás lo supe alguna vez. El internet le resta importancia a la nacionalidad de los muertos.

Cristina fue una locutora de radio en Australia y su programa consistía en un segmento especial para latinos, sobre todo mexicanos. Tenía una comunidad muy activa allá. Me parece que también era productora. Platicamos mucho en el IRC y después estuvimos vigilándonos a través de nuestros respectivos blogs. Me entrevistó para su página, cuando empecé a escribir y publicó algunos cuentos míos para su público australiano. Cuentos que ahora me dan vergüenza viven en una pequeñísima parte de la memoria colectiva en otro país. La entrevista la tituló como: “El niño genio en su cajita de cartón” y me la creí.

Tuve oportunidad de conocerla en persona, las dos veces que viajó a México, y de salir con ella. Era una mujer casada, al menos quince años más grande que yo, con el tamaño del mundo. Fumaba como chacuaco (dos cajetillas diarias, cáncer de pulmón) y poseía una risa estridente, cigarrosa. Reía mucho. En mis peores momentos me ofreció trabajo y toda la ayuda para empezar de nuevo… en Australia. No tuve el valor para aceptar y qué bueno, en estos años he acumulado numerosa información acerca de los bichos que existen allá, especialmente las arañas. (Aunque me pregunto…).

Un tiempo después de su muerte supe que tenía una hermana gemela y además la conocí por accidente. Igual a ella, pero perpetuamente enojada. Es raro, imprudente, mórbido topar al gemelo de un muerto. Unos días antes de su deceso tuvimos una plática que todavía arrastro conmigo y me hizo tomar decisiones. “Diferentes personas para diferentes necesidades”.

Eduardo es otra cosa. Era el más joven de los tres, y más joven que yo por uno o dos años. Supongo que adquirió sabiduría de pronto. Murió de una complicación rara en el hígado la cual estuvo tuiteando. También salí con él algunas veces. Era un tipo curioso, parecía un niño de barrio, sus gestos y su sonrisa, sí… un travieso de la Guerrero. Primero me desesperaban sus comentarios por los errores ortográficos, quise corregirlo un par de veces pero él simplemente no hacía caso, o no quería aprender.

Después visité su bitácora: diseño elegante, fotografías espectaculares y jamás quise corregirle otra vez. Lo invité a participar en Big Blogger. Cuando lo hice fue porque pensé: “Necesitamos una persona sensible, no importa como lo diga, sino como lo ve”. Pobre, no pudo hacerlo durante mucho tiempo porque lo criticaban fuertemente sobre la redacción y la ortografía. Luego me sentí culpable por ello, porque lo empujé a participar y quizás rompí un poco de su inocencia. Alguna vez tomó un fragmento de “La Torre de los Sueños” para el diseño de su blog, lo cual me halagó. Aunque no comentaba, de esa manera supe que alcanzó a leer una de mis historias.

La última vez que nos encontramos me regaló tres discos (negros, como los de PlayStation 1) con música trance y psycho en formato MP3. Nunca tuve la delicadeza de escucharlos completos. Quedamos de vernos para ir a un McDonald’s, por un McFlurry. Pasaron los años, se juntó con una chica, tuvo un hijo y alguna vez me comentó por aquí: “Le debo su McFlurry, señor”. Quizás cuando llegue me estará esperando con el helado.

Diez años y ya cuento muertos que dejaron su paso aquí. No me quiero imaginar en unos años más. El espiral no sólo tiene una extremidad para la muerte, del otro lado están los vivos. Muchos otros se han casado, han procreado, han obtenido sus trabajos soñados, son investigadores-docentes-maestros o han viajado por todos los lugares que se prometieron. No creo que, en general, puedan quejarse. Tampoco me quejo de mi vida, en general está bien. Finalmente, mudos, existen esos otros personajes: los desaparecidos… ni muertos, ni vivos, simplemente apagaron la computadora y se fueron a otro lugar. ¿Quién podrá componer una esquela para ellos? No importa, esta es mi ofrenda para ellos, para los vivos y también, por qué no, para los otros, todos los otros.

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escrito por el Lunes, octubre 22, 2012

El café de hace unos años

El café de hace unos años

El domingo abrí una caja de Pandora: Los comentarios que solían existir en este blog, cuando era el de los mil nombres y antes de eso, el cibernauta. Tengo un backup en el servicio de comentarios de disqus (además de los múltiples backups en bases de datos).

No sé cuántos son con exactitud. Unos quince mil, quizás. No es que mi blog fuera tan popular (un poco… sí, en aquel entonces lo era), también es que atiné con el posicionamiento y los títulos. Algunas entradas atraían visitantes curiosos que deseaban saber el significado de su nombre, nombres para duendes o unicornios (?) o que deseaban compartir el significado de un sueño que tuvieron, y usaban este espacio como un foro para buscar respuestas a cuestiones lejanas a la intención del contenido original.

Sin embargo, el restante de esos comentarios son amables y me ayudaron a darle un vistazo al pasado. Ocupé el domingo, tan absurdo y tan cansino, en regresar algunos de esos comentarios al blog. Un año de datos (de los diez que son en total), copy-paste, publicar, editar nombre y e-mail. No pude regresar varios porque en el translado borré un puñado de entradas que ahora están en el limbo binario. También pensé en editar la fecha pero se me hizo demasiado, así que he cometido el pecado de revivir muertos y crear una paradoja anacrónica. Ojalá dios internet me perdone.

Cuando hice el traspaso olvidé, sinceramente, que los comentarios también son parte de la documentación, una extensión de los amigos y los lectores que se han conseguido a través del tiempo. Es un testimonio de como han cambiado los lectores blogosféricos, sus modos y sus motivaciones.

Hay algo que siempre tuve en cuenta cuando abrí un blog: Sus comentaristas en algún momento se van a cansar y se van a ir. Tienen una vida, los gustos cambian (o el autor se casa, como yo, y misteriosamente se pierden muchas visitas, quien-sabe-por-qué), los autores se abandonan, incluso un autor de bitácora. Los lectores, igual que el escritor (sobre todo uno que platica su vida en este medio), son una cosa viva, con sus problemas, y sus movimientos, y sus encrucijadas. Nunca se sabe a donde irán o con quién te engañarán el día de mañana.

Además los distintos servicios que han surgido a través de los años han separado, de manera eficaz y cruel, las motivaciones de un blog. ¿Para qué tener uno de pornografía y ocio si puedes abrir un Tumblr? ¿Para qué tener un blog de tus fotografías si puedes tener Flickr o Instagram? ¿Para qué tener un blog de ráfagas breves si puedes abrir una cuenta en Twitter? ¿Para qué volcar una opinión rápida, sincera y probablemente estúpida, si tienes un perfil en Facebook? ¿Para qué grabar un video si puedes hacerlo en YouTube? Antes el blog era una oportunidad centralizada de unir todos esos rasgos individuales en un sólo lugar. La creación de una isla en el océano digital. El problema era (y todavía es) atraer náufragos a esa isla.

Muchos blogueros se inclinaron por la especialización (blog de diseño, blog de tecnología, bloguétcetera), otros se dividieron en sus múltiples redes sociales y finalmente, el puñado de necios que, por cariño a la herramienta y por sus propios fines, siguen trabajando diligentemente en su paraíso personal. Me incluyo en el último. Tuve un blog para escribir y ahora escribo porque tengo un blog. Gracias a él, he publicado, sigo creando historias y quizás consiga muchas más cosas en el camino.

Hace años era obligatorio tener una taza de café y pasear diariamente por los múltiples comentarios que dejaron en días anteriores, anotarme los triunfos, recibir las amabilidades, soportar los fueras de contexto y tragarme uno que otro comentario anónimo y ponzoñoso. Hoy la taza de café es para iniciar el siguiente texto, tallarlo, pulirlo, enviarlo en la botella y que corra solo, quien sabe dónde, quizás nadie lo lea, desde mi isla al océano.

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escrito por el Martes, octubre 16, 2012

Algunas herramientas para escribir

Algunas herramientas para escribir

Me han preguntado si conozco procesadores de texto que sean… simplemente eso, procesadores de texto (Recuerdo que en DOS usaba el clásico QEDIT, alabado sea). Por supuesto, existen Word y sus clones (OpenOffice, Pages), pero no son amigables con tantos iconos y distracciones regadas por toda la pantalla. Para escribir, y simplemente escribir, sin preocuparse por formatos, márgenes y monitos para poner en el texto, no son muy útiles. Desde hace tiempo, he buscado y probado opciones para una escritura libre de porquería y que el propósito simplemente sea poner una palabra después de otra. La revisión y el formato vienen después. Esta es una lista de los procesadores de texto que uso para darle vuelo a la hilacha. Haré un repaso por sus virtudes y una explicación para qué los uso.

iA Writer (OS X, iOS)

Este es mi procesador de textos por defecto. Si estoy escribiendo alguna entrada para el blog, una novela en su primer borrador o un cuento, esta suele ser mi primera opción.

Aprovecha el modo de pantalla completa de Lion y Mountain Lion sin aspavientos. Puedes tener varios documentos abiertos y “un escritorio” para cada documento. Además, utiliza el servicio de iCloud, lo que sube todos los documentos a la nube y es muy útil si quieres echar una leída o una revisión desde algún dispositivo iOS. El tipo de fuente y el fondo de pantalla gris hacen cómoda la lectura y las revisiones.

Otro de sus beneficios es que tiene un motor de MarkDown incluido. Si conoces MarkDown, y quieres darle formato al texto HTML, puedes prever los resultados. Muy útil cuando escribes entradas de blog.

Supuestamente, según los desarrolladores, su interfaz hace más rápido y más cómodo escribir, incluso desde un iPad, usando solamente los dedos. Exageran. Aunque es mi app preferida para escribir, tanto en el iPad como en OS X, es mejor conseguirse un teclado.

(Vínculo: iawriter.com)

MacJournal

Este es mi segundo software preferido. Disponible para OS X y para Windows. Antes de acostumbrarme a iA Writer (y de que existiera), usaba este programa en pantalla completa para escribir las entradas del blog. MacJournal está diseñado para mantener todo tipo de diarios, bitácoras, registros, notas. Aunque se acerca más a un procesador de textos tradicional, también tiene un modo de pantalla completa que retira distracciones.

Este software lo uso, básicamente, para guardar un backup más amigable de mis blogs. Puedes conectar tu blog de WordPress, Blogspot, Livejournal, etcétera y con un botón bajas las entradas. También puedes escribir las anotaciones desde el programa y enviarlas directamente al blog. Soporta imágenes, videos y sonido. Puedes tener un sólo diario, o cientos de ellos, y dividirlos en subdiarios. Muy útil cuando quieres tener un diario para cada año que pasa.

Es un programa muy complejo. Recomiendo una leída al manual. Una vez que le agarras la onda tiene un montón de cositas que alivianan la vida: Estadísticas, categorías, etiquetas, exportar a distintos formatos, backups automáticos y que puedes guardar a través de dropbox. Hay una versión de iOS, pero es decepcionante. Al menos no jala bien en mi iPad 1.

Vínculo: (Mac Journal en Mariner Software)

Day One (OS X, iOS)

Básicamente es para escribir un diario personal. Tiene una interfaz agradable, puedes ilustrar el día con una fotografía. A veces lo uso como backup de ciertas cosas, notas de libros, ráfagas cotidianas, algún pensamiento del día, o una idea para desarrollar en algún momento. Es un programa muy sencillo.

Tiene la ventaja de que puedes importar de un archivo de MacJournal. Así que si tienes un diario personal ahí y quieres que se vea lindo, simplemente importa. No es muy práctico para cualquier otra cosa.

También se conecta a iCloud y pone la ubicación de la entrada automáticamente (pidiendo permiso, previamente, por supuesto). La versión de iOS tiene dos grandes ventajas: La navegación de línea de tiempo por fotos y que, al momento de hacer una entrada, si importas una foto, la app te pregunta si deseas ajustar la fecha a la fecha en que se tomó la fotografía. Eso suena magnífico para diarios de viaje.

Vínculo: (dayoneapp.com)

StoryMill

StoryMill es el hermano menor de MacJournal (igual que éste, también tiene versión Windows). La ventaja de este programa es que está especialmente creado para trabajos de ficción.

¿Qué tiene de bueno? Modo de pantalla completa, cajón de notas, categoría de notas para personajes, ubicaciones, entre otras cosas. Puedes anotar el número de revisión del capítulo o el texto que estés trabajando. Puedes separar los capítulos en “escenas” para enfocarte en ellas o reordenarlas al gusto. Es una aplicación muy completa, sobre todo para novelas o libros de cuentos que exigen notas rigurosas.

Una de las cosas útiles que tiene es un contador de palabras enorme que te avisa cuántas llevas. Puedes ajustar una meta por día y una meta global. Muy útil para los escritores que trabajan en el NaNoWriMo y dividen sus tiempos en cantidad de palabras.

Igual que MacJournal, tiene diversos modos de exportación que son muy útiles a la hora de dar formato a las cosas. Incluso, puede exportar un documento directamente en ePub, para libros electrónicos. Este programa suelo utilizarlo cuando acabé de trabajar una novela en iA Writer y deseo darle sentido a lo que hice.

Dicen que Scrivener ha mejorado mucho y que supera por mucho a este, pero no he tenido la fortuna (literal, el varo) para probarlo en sus versiones más recientes.

Vínculo: StoryMill en Mariner Software

OmmWriter

Este es un programa muy mamón pero igual sirve para la chamba. Pantalla completa, permite varios fondos (tranquilizantes, de buen contraste), según puedes poner ruido blanco o escándalo zen, puedes configurar que ruido hacen las teclas.

Simplemente lo uso cuando estoy aburrido o cuando no quiero silencio.

Vínculo: ommwriter.com

Momento (iOS)

Para escribir notas rápidas y guardar un backup de mi Twitter (y otras redes sociales) uso Momento. Mientras voy caminando y se me ocurre alguna idea de algún trabajo en curso, abro Momento, escribo, pongo etiqueta y puedo buscarlo fácilmente como referencia más tarde. Una de las ventajas de esta app es que puedes exportar los datos y luego importarlos en DailyJournal o en MacJournal.

Vínculo: momentoapp.com

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