Google PlusFacebookTwitter

No importa lo que haga, siempre regreso a ese lugar…

By on Miércoles, octubre 30, 2013

Esa línea viene de uno de los mejores videojuegos de todos los tiempos. Ya sabrán cual y si no lo saben, muy mal; ustedes y yo nunca podremos tener una conversación sincera (bromeo, como siempre, antes de que alguien alce una ceja, se la tome en serio y me insulte sin ningún empacho, y se le ocurra que cada año debe venir a insultarme, como ha pasado, de verdad me ha pasado. Gente que me desprecia tanto, por mis bromitas babosas, ha anotado el día que descubrió cuánto me desprecia en su calendario, y de vez en cuando regresa, para dejarme mierda en la puerta y yo, resignado, me pongo el traje de barrendero y limpio, qué otra, porque nunca voy a dejar de bromear). Que paréntesis tan grande para un breve regreso. Espero que estén ocupando su tiempo de ocio en algo de provecho. (Porque el tiempo de trabajo es trabajo, no hay otra forma de ocuparlo, según). Creo que estas líneas se las escribo a alguien. (Leo un libro de semiótica, de signos, símbolos, etcétera. La línea anterior es un resumen burdo, simplista y pueril de ese libro). Hace mucho no usaba esta voz para escribir. Quizás para ustedes no tenga sentido. En general, hace tiempo que no escribo. Sólo unas notas brevísimas y la fuga de los 140 caracteres, pero nada más. Incluso abandoné temporalmente, y como las chachas, la columna de Guardagujas. Le debo una encarecida disculpa al señor Aldán. Espero ponerme al corriente. Topé con una especie de pared porque “escribí demasiado”. Una parte de mi cabeza se dio cuenta y dijo: fuck it. Tiré la pluma (esa simbólica pluma; dorada, alada y retorcida pluma) y decidí tomar un control de XBOX. Luego recogí la pluma para escribir, como siempre, notas de los videojuegos: recetas, fórmulas y a veces, nomás porque sí, código hexadecimal. No me gusta la pureza de las cosas, siempre debo retorcerla de algún modo. No sé cuántos meses llevo jugando. No más de dos. Llevo una cuenta muy descuidada del tiempo y del gasto del tiempo. En dos meses hubiera escrito y revisado una tercera parte de la novela que me publicará Ficticia y el Universidad Autónoma de Nayarit (dos capítulos de los seis). Es verdad. Así como juego, escribo y reviso (ese doloroso proceso de revisar, y revisar). Soy como esos caballos de ceguera lateral, me pongo una tarea y jalo para allá, no importa si la tarea es jugar, escribir, pasear al perro, bajar de peso, masturbarme nueve horas seguidas o leer En busca del tiempo perdido. Sí, saldrá mi primera novela publicada en papel (“Dile a tu mamá que se calle”, aunque antes se titulaba “El monstruo”), lo cual me alegra y también me entristece un poco. Antes la celebración de escribir algo nuevo (explorar una historia, entregar una novela por fascículos, una serie de cuentos) se mostraba aquí, en este blog, de manera inmediata. Quizás aprendí tarde que la inmediatez no ayuda pero también la inmediatez algo me enseñó y me trajo aquí, a un momentosatisfactoriodelavida. El blog se siente traicionado aunque sabe, de algún modo, que la traición era el curso natural de las cosas. Quizás es por la traición que lo he abandonado. Presentaré la novela en Nayarit el 11 de Noviembre. La editorial me mandará un paquete de cien libros. Reservaré algunos de estos libros para venderlos por acá (paypal, quizás) y el blog no se sienta traicionado por completo (¿Traidor a medias? No chingues, eres traidor o no eres traidor. Quíhubo). El precio de los cuates, de los lectores que han soportado mi accidentada y cambiante carrera literaria, de los despistados a los que no les gustan mis bromas. Es decir, el de los que saben que existo en el árbol 2:17, el árbol de los mil nombres. Ya veremos. Por otra parte, ya firmé el contrato de Jóvenes Creadores. Durante un año, el FONCA apoyará un proyecto de creación literaria que podrán leer, en sus primeras etapas, en línea. Faltan definir algunas cosas (es un proyecto que depende de la marcha, y de que su creador suelte, algún día, el control de XBOX) pero el arranque es por internet. Es un proyecto que me entusiasma porque es uno de los tantos simulacros que he intentado escribir por aquí, de algún modo u otro, y nunca he terminado de lograr porque le faltaba madurar. Para mí fue una verdadera sorpresa que escogieran el proyecto. Ahora debo poner en todas partes que soy becario del FONCA. No importa lo que haga, siempre regresaré a ese...

Retorno a Doom: Hangar (E1M1)

By on Domingo, agosto 25, 2013

Retorno a Doom: Hangar (E1M1)

Siento que un Dios anida en mí

By on Lunes, mayo 27, 2013

El siguiente texto fue el que leí el 23 de Mayo en la Universidad Autónoma de Nayarit, con el motivo de mi conferencia: “Siento que un Dios anida en mí”. El otro día desperté con el siguiente verso de Nervo en la cabeza, no podía dejar de pensar en él: “Siento que un Dios anida en mí”. Tan pronto lo saboreé, supe que iba a estar pensando largo rato en él, quizás pasarían años antes de poder olvidarlo, de pensar en otra cosa (que, si no me equivoco, “pensar en otra cosa” es otro de los versos de Nervo). Arrancando la línea del poema, ésta nos ofrece dos posibilidades igual de impactantes: El verbo anidar puede referirse a algo bello, hasta cierto punto inocente, como el nido de unos pajaritos. Por otra parte, ¿cuántas veces no hemos escuchado nido como una palabra para referirse a cosas menos amables? Un nido de víboras, un nido de gusanos, un nido de ratas. Siento que un Dios anida en mí. ¿Y qué Dios hace nido en mis entrañas? ¿El Dios de los gusanos, el Dios de los parásitos o el Dios de los pájaros rompiendo el huevo? ¿Es el nacimiento o la putrefacción? Supongo que la pregunta, aunque es inquietante y no del todo estéril, también es inútil. Los dos Dioses son el mismo, el Único que en su infinita y supuesta omnipotencia, no puede darse el lujo de favorecer la existencia de uno sólo de los rasgos. La línea de Nervo, ese verbo tan preciso que expresa para referirse a ambas vías, no sólo brinda la posibilidad de la belleza, sino también el horror y la putrefacción. La creación que anida en nuestras entrañas no sólo es vida; la fertilidad de la tierra también es trabajo de los gusanos y los desperdicios. Los pájaros se alimentan de los gusanos que se retuercen. La muerte inexorablemente es compañera e impulsora de la creación. Dice López Velarde, cuando escribe acerca de “En voz baja”, que: “Quien dice Nervo, dice vida múltiple, vida intensa, magia que educa a una generación y que logra discípulos”. Mucho tiempo abandoné la lectura del poeta pero ésta plática se convirtió en un excelente pretexto para acercarme a él con otros ojos. Ojos, espero, con algo de más experiencia. Éstas lecturas, aún si yo no lo quisiera, me convirtieron en un discípulo y no es para menos. Amado Nervo no sólo fue un admirable constructor de versos, un guardián de un lenguaje que cada vez nos es más ajeno, un compositor que requiere un estudio minucioso por la abundancia de maravillas, también resultó un prosista dedicado y un cronista amable, generoso. Fue un deleite leer su odisea en Europa, en “El éxodo y las flores del camino”, así como sus cuentos ingeniosos en “Almas que pasan”. Cuando retomé su lectura, descubrí a un hombre sincero y una búsqueda imparable por entender a ese Dios de dos vías. Dice Enrique Díaz-Canedo que la obra de Nervo es una constante preparación a la muerte, algo que precisamente, no evita trasladar a uno de sus cuentos: “El miedo a la muerte”. La búsqueda del hombre, el cual es un proceso detallado que puede leerse en su obra, finalmente encuentra una paz, una respuesta que sólo nos queda esperar fue satisfactoria. Nervo duerme (¿y no es la muerte despertar en otro lado?) para encontrarse con ese Dios que tanto busca, el Dios que inspira una multitud de sentidos en distintos colores, ese Dios que desconocemos, y sólo podemos concretar a través de la imaginación, a pesar de tanto que se escribe, y tantos rostros que posee. Nervo se esfuma, como un ilusionista, en Uruguay, después de construir su propia ciudad tanatológica. La preparación a la muerte (importante en un país como el nuestro que compagina de manera curiosa y constante el humor con la violencia), tan sólo es un inicio si de verdad existe ese otro lado. Como creadores y como lectores, Nervo aún tiene mucho que enseñarnos, desde el hombre: un viajero inquieto, defensor y promotor de la cultura, hasta como autor: el vocabulario olvidado que renueva por un sincero amor al lenguaje sin traicionar su principio; esa búsqueda íntima por entender el lugar a dónde vamos después de la vida y cómo llegar ahí de un modo que estos momentos sucedidos no sean un desperdicio, o bien, que esos desperdicios también constituyen una fuga creativa, un aspecto que vale la pena explorar y perseguir. En Nervo encontramos el amor no sólo a las musas, sino también a los amigos y los enemigos, además del encanto por los desconocidos y el desencanto de los ídolos. Es un personaje envidiable, con una carrera vasta y que no puedo dejar de observarla con admiración y con cierta duda: ¿Por qué el modelo de hombre, de persona, de Nervo se está empolvando? ¿Dónde están los perseguidores de los dioses? ¿Por qué hemos dejado de creer y de imaginar, semejante a los japoneses, en los espíritus que residen en todas las cosas? Vivimos épocas crueles. El desencanto disminuye nuestra curiosidad fácilmente, nos opaca la vista. A la vuelta de la esquina, en una computadora o desde nuestro teléfono, olvidamos quienes somos, que somos humanos curiosos, condenados a preguntar, y que esas preguntas inciten esa búsqueda, y el sufrimiento que viene con el viaje, y el viaje que nos abre las puertas del amor, de la sorpresa...

13013 (Bushido)

By on Martes, febrero 12, 2013

Siempre cambio las reglas de este espacio. Es culpa de lo que leo, el árbol es un reflejo de mis lecturas. Empecé el año con ficción breve y ejercicios de creación, juegos fascinantes. Ya lo había hecho alguna vez: Reducir mis líneas, narrar un momento, no irme por las ramas… pero luego me gana la necesidad de espesar el follaje. A veces, escribía durante los domingos lo que pensaba publicar en el árbol. Me sentaba durante un par de horas para preparar cuatro o cinco posts, sin embargo me ganó una criatura indefinible, un monstruo que me regañaba por lo poco natural del proceso. En alguna parte de mi cabeza, tengo la idea de que un blog debe ser inmediato y su cronología rigurosa, con ese monstruo martillando constantemente mi cerebro dejé el ejercicio, incluso dejé de escribir unas semanas, quizás más de un mes. Con una cabeza como la mía no se necesitan enemigos. Me dispongo a intentarlo de nuevo pero apostando a un lúdico desorden en las fechas. Esto lo escribí algún día, pero se verá publicado otro. Es decir, pienso usar un algoritmo que me entregue las fechas del 2013 al azar y después programaré la entrada ya escrita para que se publique en esa fecha. Las entradas se publicarán a media noche, para no entorpecer en mis redes sociales a los trabajadores matutinos y diurnos, prefiero a los lectores desvelados o insomnes. Además, quisiera ver cómo interpreto estos mensajes desordenados mientras me encuentro haciendo esta cosa, si soy capaz de rememorar todo lo que escribo. Pienso que este método me entregará una libertad nueva y necesaria, un libro escrito en desorden como los que siempre he querido escribir. Quien sabe, si no me aburro de ello, puede que finalmente logre emular el crecimiento irregular de un árbol: Sus hojas no crecen en serie, presas de una obligación ordenada, sino que aparecen como un capricho espontáneo en el lugar antojado de la rama. Si tengo otra cosa que escribir, un evento que merezca atarse a la cronología, lo haré durante el día y lo publicaré en el momento que haya sido escrito, como las entradas de Guardagujas o algún otro aviso. Cancún, martes 8 de...

Velas de lectura

By on Miércoles, diciembre 12, 2012

Ayer cumplí 31 años pero en vez de elogiar o solapar la edad adulta (u otras cosas igual de lamentables), mejor aprovecho la caminata para hablar de leer y de como aprendí a leer. Sí, la mayor parte de este post lo escribí en el teléfono mientras caminaba. He pasado mucho tiempo de mi vida leyendo. Reafirmo, cada vez que abro un libro, un cómic o un manga; que otros placeres, ocios o estudios no me atraen igual. Incluso dedicarme a un juego que no sea casual se ha convertido en una tarea difícil. Me pregunto, a menudo, ¿cómo crece o vive la gente que no lee? Mi abuela, casi analfabeta, me enseñó a leer a los cuatro años. Quizás comenzó antes. Todos los días, en el ambiente frío y gris rata de un puesto de zapatos en el mercado de la Balbuena, repasábamos letras en el periódico. Eventualmente las letras se convirtieron en palabras, oraciones, párrafos completos. Una vez que supe nació un animal hambriento. El mercado era un lugar oscuro, frío, apenas vivo por el lugar tan escondido en el que estaba localizado. Ahí, una de las pocas cosas capaces de arrojar luz, alimentar al monstruo, era la lectura. Leía el periódico, leía cómics y la tira del domingo (Todos los domingos esperaba ansiosamente, en el Universal, el siguiente episodio de Dick Tracy). En el mercado, compraba en el puesto de periódicos uno de varios: “Archie y Verónica”, “Tom y Jerry”, “Las aventuras del Pato Donald”, “La familia Burrón” o “Memin Pingüín”. Mi abuela pedía, en algunas ocasiones, que los leyera en voz alta para corregirme si me equivocaba. En casa teníamos libros, demasiados. Mis tíos más jóvenes leían ciencia ficción y fantasía. En cajas, ocultos, estaban los libros de mi abuelo… Una colección impresionante y discordante: antropología, dibujo, astrología, psicología, enciclopedias de historia y cómics de Vargas Dulché. Muchas veces los hojeé, sin entender mucho lo que pasaba, los libros de ambos mundos eran ajenos: Unos por su vocabulario y otros porque estaban en inglés. Mi madre tenía un libro de ilustración de Michael Moorcock. Criaturas desnudas en un mundo fantástico. Rostros alargados, ovalados, ojos vivos en rostros imposibles. De niño, le rayé unos garabatos con pluma. Quería participar en la creación. Mi madre, dolida, me quitó el libro para siempre y, luego de unos años, lo dejó a mi alcance vencida. No cabe duda, los niños destruimos todo. Unos años más tarde que vi mis pequeñas interrupciones, me arrepentí. Hice lo mismo con otros de sus libros, incluyendo un libro ruso de ajedrez con unas ilustraciones bellísimas y un puñado de libros ilustrativos de cómo aprender a pintar. El colmo: un día, uno de mis tíos abre un programa en la Commodore 64. Es un juego llamado Zork, una aventura de texto, la más famosa de todos los tiempos (La mencionan a menudo en Big Bang Theory, y es referencia obligada de “Ready Player One”. Cualquiera que deseé hacer ficción interactiva debe conocerlo). A cada momento le pedía a mi tía que me tradujera lo que pasaba, estaba enganchado en el misterio y me asombraba que pudieras escribir en la computadora lo que quisieras hacer, y con ello cambiar el rumbo de la historia. Ella, cansada del chamaco, dijo que debía aprender inglés y dejara de molestar. Tenía seis o siete años. A los nueve años ya poseía el nivel suficiente de inglés para pasar un par de pantallas en Zork, y leer algunas páginas de los libros de mis tíos (y sus portadas luminosas, vistosas, mundos ajenos en espera de ser devorados). Otro tío al ver esa pequeña hambre que me guardaba, me sugirió leer mi primer manga en una traducción inglesa: “Crying Freeman”. “Crying Freeman”, después de Dick Tracy, fue mi incursión en el mundo noir, un mundo agresivo, adulto y violento. Páginas oscuras, hombres armados, mujeres fatales, negocios turbios con empresarios. Recuerdo mucho una escena donde un personaje le comparte a otro la geisha que contrató. Ambos hombres, uno joven y uno viejo, poseen a la hermosa geisha. Cierran el negocio. Empecé a intuir uno de los mecanismos del sexo. Para entonces, ya había cambiado mis cómics por el universo Marvel. Específicamente Spiderman (aunque también perseguía a los Hombres X y los Vengadores. Novedades editaba, en aquel entonces, los arcos que escribía Jack Kirby). Si no los había en español, a veces conseguía arcos más actuales en la American Bookstore. Spiderman y su humor, su genialidad, su inseguridad, perpetuamente enamorado de Mary Jane y su sola confidente, la tía May, me ganaron. Se parecía mucho al niño y su abuela en el mercado. Mi tío Rafael me entrega una nota de su propia experiencia mientras espera el nacimiento de su hija en el hospital: “Si quieres leer buenos cómics, fíjate en las burbujas de diálogo. Entre más texto haya en las burbujas, quiere decir que es de mejor calidad”. (Por supuesto, esto es debatible por muchas razones… sin embargo, en aquel momento me pareció la verdad, y a la fecha, me fijo en cuántos diálogos tiene un cómic). Después fuimos a un puesto de revistas, me compró dos comics de “Conan, el Bárbaro” y unos de la Familia Burrón. Esa tarde, mientras esperábamos el nacimiento, nos la pasamos leyendo en silencio. También leí libros. A los doce años, mi nivel de inglés me permitía leer con seguridad algunos libros de terror, fantasía...

Unas moscas

By on Lunes, diciembre 10, 2012

En algún Walmart, de todos los Walmarts que hay en el mundo, un empleado tuvo la gloriosa idea de colgar los juguetes unos sobre otros en largas columnas que bajan de los techos. Cadáveres de peluche y felpa se sostienen los unos a los otros, y se contonean por el aire artificial, como un péndulo funesto y festivo, en espera de atraer miradas infantiles y enamoradas. Quien sabe, a lo mejor es una orden institucional y le doy demasiado crédito a la iniciativa de un empleado. Pensé, en cuánto los vi, que eran una versión oscura de Toy Story. Tal vez en algún lugar de ese mar peluche, hay un letrero pintado por un juguete, emulando la caligrafía de un niño: “Piérdase en alegría todo aquel que entre aquí”. Moscas gordas y ruidosas han penetrado las defensas de mi oficina. A veces consigo engañarlas cuando abro el miriñaque, luego la ventana y hago como que las empujo con mis manos; casi todas me hacen caso (o pensarán que soy un loco) y se van, me abandonan apresuradamente y puedo seguir el trabajo en curso. Siempre se queda una: La más obesa, la más tenaz, la más escandalosa de todas. Entonces me acuerdo de Walter White, en el episodio botella de la mosca. Todo el trabajo se detiene, acomodo el matamoscas cerca de mí, nos miramos y después de un rato nos olvidamos. Intento seguir lo que estaba haciendo pero luego, en una afrenta personalísima, una sombra vuela rápidamente entre mis ojos y el monitor, haciendo una línea y quebrando cualquier cosa que esté trabajando. Resoplo cansino, tomo el matamoscas, bailo alrededor de la habitación y la mosca, como una renuente compañera, se esconde entre mis libros, mis cajetillas, mis fotografías y mis juguetes. Así nos podemos pasar un rato más hasta que nos volvamos a olvidar. Las moscas son igual que los malos recuerdos: Entran un puñado, consigues espantar algunos pero uno se queda ahí, discreto, entre las sombras o las repisas, mirándote desde una esquina, esperando el momento para salir volando y zumbarlo todo. De vez en cuando grabo pequeños pensamientos en las notas de audio de mi teléfono o mi tableta. Así fue como hice el podcast del 20 de Noviembre. Luego de grabar varias notas, hice una selección y me dediqué a cortar los largos silencios, las muletillas, y pegar tres de estos pensamientos juntos. Me alegró el resultado, incluso parezco una persona elocuente. Ahora, por otra parte, miro la cámara de video. ¿Qué podría grabar en ella? Se me ocurrió hacer lo mismo que hice con las notas de audio pero, de alguna manera, siento que en video soy otra cosa. Me reemplaza un sosias desagradable. En Youtube abundan los videodiarios (los vlaaaaghs) que imitan los monólogos de Adal Ramones y algunos son chistosos, otros no. Puntos extras si te enseñan las gracias del bricolaje. Entonces negué la idea de grabar un diario en video. De por sí ya escribo uno y lo tengo bastante abandonado. (El diario que supuestamente me prometí escribir y luego termino confundiendo el blog con el diario, y viceversa). Pensé, mejor, en grabar minutos y luego pegarlos en un video de tres, o de cinco. Es decir: Un minuto de cielo, un minuto de mi perro, un minuto de cafetera, un minuto del aire pasando entre las plantas de maíz. Un elogio al silencio, a la cotidianidad, a la observación silenciosa de las cosas. Lo haría si no tuviera un libro que escribir y mucho que leer. En las notas de audio tengo, al menos, unas veinte que no me he sentado a revisar y editar. Trabajo, escribo, leo, chachareo, paseo al perro, trabajo, escribo, leo, observo, escucho, día de Walking Dead, Dexter y American Horror Story (tres hora de televisión bien ganadas). Ah, pues… mañana cumplo 31 años. Si tuviera 23 todo esto sería tan fácil pero llega la edad de elegir las cosas, eliges lo que quieres hacer y abandonas los caprichos con una facilidad aterradora. Cada año se refina esa habilidad y para no sentirte mal, te regodeas de ella. Mid-life crisis waiting to happen: perseguir moscas o fijarse en los juguetes colgados pidiendo, con una sonrisa costurada,...

Podcast del 20 de Noviembre

By on Miércoles, noviembre 21, 2012

http://www.arbol217.com/audio/20 Un dos tres… ¿ah, prendí esta cosa o nel? Hace años no hacía un podcast. Se me ocurrió cambiar el método de lo que hacía con Random Podcast: Esta vez grabé pequeños comentarios, usando alguno de mis gadgets a la mano y luego, después de un tiempo, me senté a editarlos en un sólo programa de 8 minutos. Los podcasts subsecuentes estarán en el mismo rango de tiempo, de 5 a 10 minutos. Supongo que por lo mismo cambiaré el nombre del programa. Ya no puedo llamarlo Random, después de todo esto es pura voz, con música gratuita de fondo. ¿De qué hablo en esta ocasión? Bueno, de la idea del podcast, de mi falta de energía para el cambio, de mis días sin Sol (el trabajo la tiene viajando), de Proust (otra vez) y unas cuantas ideas inconexas. Quizás es muy personal el podcast, por la naturaleza de cómo fue grabado. La música es gratuita. El grupo se llama Nature y las canciones utilizadas fueron: I Remember You y Step Up To The Dubplate, cortesía del Free Music...

1 123456726