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escrito por el Martes, mayo 21, 2013

13034 (Juliette)

13034 (Juliette)

El 27 de Enero de 2013, vi la luna asomarse por detrás de las cerros. Estaba en el coche, con Sol, en la carretera de regreso a Atlixco. Primero me sorprendió, ya que jamás la había visto de esa forma. Primero pensé que era el domo de una estructura, o un incendio impresionantemente simétrico (tan lejano que los ojos caen en la trampa de la perfección). La luna estaba ligeramente amarilla, su luz parecía la de un sol tímido, abriéndose paso a través de unos cerros ensombrecidos. Se lo comenté a Sol y ella volteó discretamente a mirar. ¿Ya te fijaste lo rápido que se alza? Y sí, la luna parecía alzarse entre la oscuridad, un poco más cada vez, no sabía si era porque estábamos bajando en la carretera o porque así de rápido se mueven los astros y no es hasta que hay una referencia, damos cuenta de la velocidad con la que se mueven. Siempre que pienso: “Debería tomar una fotografía”, no lo hago, porque eso entorpece los sentidos, no permite que la memoria haga lo suyo. Es lo mismo que escribir un cuento tan pronto se te ocurre. Alguien que estuviera entre los árboles de esos bosques, apreciando la luna más cerca de lo que yo estaba ahora, debió tener una especie de revelación, o quizás una vista habitual donde revitaliza los sentidos, su lugar en el mundo. Ahora, mientras escribo esto, fisgo al sol que se oculta detrás de unos edificios, los rayos de luz lastiman un poco la mirada pero fijándose de veras, ves el movimiento de las sombras, como cambian de color las cosas, y los seres vivos, los monstruos que se alimentan de las malas hierbas. Estático, quieto, sin pensar, sin celulares y sonidos de alerta, mira hacia allá y asimila como envejeces. Detenerse unos momentos, y admirar el movimiento del sol y de la luna, nos enseña nuestro lugar en lo inexorable.

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escrito por el Lunes, mayo 6, 2013

13029 (Juliette)

13029 (Juliette)

Los perros:

  • Como soy mono de ciudad, tomo nota de los perros que tienen en los terrenos que están a mi alrededor. Mi vecino inmediato tiene una jauría de cinco perros. Asumo que son necesarios para proteger el terreno de las ratas, los topos, las víboras, y los perros de los baldíos foráneos. No me imagino que los ladrones sean cosa grave. ¿Qué se van a robar? ¿Mazorcas?
  • Alguna vez me contaron que algunos ladrones entran a los baldíos para robarse los grillos. Los grillos se fríen y se venden como botana en los mercados.
  • En terrenos vecinos, he contado una jauría de tres y una jauría de cuatro o cinco. Otro vecino es dueño de tres boxers a los cuales mantiene encadenados. Estos perros, atados a su correa, nos miran a mí y a Nico pasear (cuando pasamos por ahí, últimamente evito el lugar). Esos perros tienen cara de personas, pienso que algo pensarán de nosotros.
  • No sé si estos perros tengan nombre y si los hayan reducido a una utilidad práctica: La protección. No sé, también, si los alimentan o si los han entrenado de alguna manera. Me sorprendería y me alegraría que sí.
  • Como son más salvajes y viven en un ambiente más primitivo, los perros de mi vecino, el Señor Calavera, mataron a uno de los perros más débiles de la jauría. Luego se lo comieron. No desperdician nada.
  • He visto a la jauría de los cinco perros caminar por toda la cuadra, afuera de los restaurantes, en búsqueda de bolsas de basura. Creo que el Señor Calavera así filtra a su jauría de perros. Deja que vayan por las calles y si la calle es cruel, morirán atropellados, o se perderán al perseguir un olor intenso y no encuentren el camino de regreso.
  • Perder el camino de regreso: Acabar caminando en una carretera de madrugada. Así me perdí yo alguna vez, aunque mi situación, obviamente, fue favorable. Ojalá otros perros encuentren un buen camino tan pronto pisan una autopista.
  • Algunas madrugadas se alebrestan, y aúllan, o ladran. Imagino que algún perro intruso, el perdido de otra jauría, se abre espacio entre los maíces y tiene la esperanza vacua de haber encontrado un nuevo hogar. Entonces los cinco se despiertan, reciben violentamente al intruso, se deshacen de él. Siempre me inquieto cuando eso pasa.
  • Los perros de Coetzee y de Vargas Llosa. Se debe vivir en un lugar con perros liberados, condenados a su lado más salvaje, para que uno pueda apreciarlos como lo que son, la posibilidad de que no son unos animales adorables, domésticos, leales, siempre fieles. No me parece una fantasía, tampoco me parece absurdo, que los perros del Cerro de la Estrella se dedicaran a cazar hombres.
  • Mi perro intentó morderme una vez que le quité el hueso. Tuve que enseñarle que eso no se hace.
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escrito por el Viernes, marzo 29, 2013

Algunos puntos de “La torre y el jardín”

Algunos puntos de “La torre y el jardín”

  • Trataré de ser amable con las personas que no han leído el libro, pero será difícil hacerlo. Recomiendo que no leas la anotación si planeas leerlo y sobre todo si eres una de esas personas que se desesperan cuando creen que se les echará a perder si poseen uno o dos datos. La novela de Chimal contiene múltiples misterios que se revelan continuamente. El libro (su riqueza en los enigmas), ofrece una fuga para cada tipo de lector. No es necesario entenderlo la primera vez, invita a múltiples lecturas, descubrir el origen de las distintas voces así como el inicio de un puñado de conflictos. Es una novela que le hace bien prestarle atención durante la lectura, pero no tanto como para abrumarse, también tiene espacio abierto para jugar y regresar a ella.

  • Generalmente me molesta, aunque es uno de los vicios de los que no estoy completamente exento, encasillar el texto a un género. En el caso de “La torre y el jardín” es aparentemente fácil decir que se trata de una novela de ciencia ficción o de fantasía. Evitémonos los facilismos engañosos. Después de leer el libro entiendo un poco más a Alberto Chimal cuando propone el término “literatura de la imaginación”. Por mi parte, cuando estoy frente a un extraño, un lector imprudente y atado a sus vicios de lectura (porque es triste, los hay, es irónico que las personas que buscan fugarse en un libro necesitan géneros para sentirse cómodos), y debo recomendar o hablar de un libro, prefiero la vaguedad y la simpleza de decir que es una historia y luego rodear la historia, apenas contarla, apelar a la curiosidad. Eso ofrece una esperanza para iniciar un chispazo.

  • Hace tiempo leí “Los esclavos”, también de Chimal. En ella desarrolla un tema sórdido como el de la dominación y la sumisión sexual y al terminarla, me dejó pensando en los mecanismos de Chimal para contar la historia. Pensé en la realidad de lo que había leído. “La torre y el jardín” se aproxima al tema pero, en una lectura simple, los sometidos son los animales. Los tigres son dormidos con tranquilizantes, los caballos son atados fuertemente a estructuras especiales, los cerdos son molestados con lanzas hasta hacer lo que deben hacer (en ese fragmento, confieso, tuve que regresarme varias veces para querer entender lo que pasó). Chimal purifica los temas “sucios” con una tranquila ingenuidad. Al principio son escenarios casi incomprensibles pero a lo largo de la historia los destripa, los simplifica y paulatinamente nos sumerge en ellos. La primera impresión es que nos abre las puertas a un mundo fantástico, intocable y ajeno; cuando nos damos cuenta, ya estamos ahí, conocemos las reglas, nos hemos habituado a esa cómoda oscuridad. El mundo que creíamos ajeno y cuya inexistencia nos hacía sentir seguros, en un principio, se hace real. Ya estamos ahí.

  • Sin embargo, ésta oscuridad se desarrolla con elegancia, elocuencia. En la historia de Chimal se nos permiten breves espacios para la risa, la diversión, la maravilla. Hay un contraste entre las primeras anécdotas de los animales y las últimas, empiezan en la oscuridad (tentar al elefante) para llegar a la inocencia (el orangután vestido de blanco). Gracias a ello, la crueldad adquiere una dimensión mayor, sobre todo cuando la novela trata con los humanos, un contraste inverso (una joven Isabel frente al venado, una Isabel adulta pensando en el mismo venado), los animales más rapaces y audaces del Brincadero (Pienso en el viejo Constantino). En “Los esclavos” no hay tiempo para reír, al menos no con inocencia.

  • Es incómodo, en lo personal, que en las reseñas que he leído del libro mencionen a Sade para describir la novela de Chimal. No sé que clase de romanticismo les embelesa cuando piensan en el Marqués, pero cualquiera que haya leído sus obras, difícilmente puede olvidar las jugosas descripciones de los criminales que saltan sobre la panza de una embarazada para sacarle al niño y provocar la muerte del nonato y de la madre. En el segundo tomo de Juliette: El ogro, Minski, mientras copula con una de esas muchachas tan guapas como el día, con su monstruoso miembro en el ano del personaje, decide degollarla para que la sangre corra y los espasmos de una muerte pronta aprieten el orificio, emulando lo que en el tomo uno Sade apenas sugiere se hace con los chivos, para obtener una experiencia más placentera. Paráfrasis de las palabras de Minski: “No puedo venirme sin matar”. Yo lo hice en unas líneas, Sade ocupa párrafos abundantes. Nada más alejado de la obra de Chimal. En “La torre y el jardín” se le sugiere, continuamente, al lector lo que está pasando y quien tiene que completar las imágenes es la persona con el libro entre sus manos. Sade es un monstruo, no le molesta para nada el papel, lo juega con abundancia, nos encarcela en su filosofía y su crueldad. Chimal nos ofrece la posibilidad de serlo, abre la puerta para invitarnos a saltar, en la intimidad del libro, a convertirnos en el monstruo y la responsabilidad, digámoslo así, es compartida entre el lector y el narrador.

  • La torre es el libro que tenemos entre las manos. Los personajes no saben a quien le habla, pero nosotros sabemos a quien le está hablando. ¿Cómo negar una invitación a ser cómplices de una criatura monumental como la torre? Al principio miré con desconfianza el juego del libro, el diseño, pero después me acostumbré a él y además lo disfruté (Si usted dudaba, como yo, de leerlo por el diseño, quítese esa telaraña de la cabeza). La torre nos cuenta su propia historia, nos revela a nosotros las pistas para resolver los misterios, pistas que de otra manera los personajes, por su contexto, jamás nos ofrecerían. Es una metáfora bonita para los libros: El libro es una torre y cada libro tiene un jardín que proteger.

  • Para terminar, la historia de Isabel, la administradora del Brincadero y de la torre, es maravillosa. Una novela por sí misma. Las anécdotas de los animales no sobran, para nada, la condena empieza con las primeras anécdotas y la reivindicación de la humanidad surge en las últimas. Una redención necesaria después de explorar a los personajes involucrados en el Brincadero, los humanos más crueles, los primitivos (ya se acordarán de él, el viejo Constantino). También es una invitación a explorar la relación que tienen las personas con los animales, aún cuando no sean obviamente eróticas, y con la naturaleza. El libro ofrece un puñado de cosas a pensar, laberintos propios que resolver, pisos íntimos qué visitar, aunque también ofrece la tranquilidad de vivir una aventura. Es rico que un libro haga eso: Dar opciones. Raras veces un autor nos permite ser tan libres.

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escrito por el Jueves, marzo 14, 2013

13003 (Los malditos niños)

13003 (Los malditos niños)

Vine al área de negocios del hotel, es un área muy cómoda donde el internet es estable. Optimista, casi tanto como Alfredo Peniche, traje mi iPad y mi teclado inalámbrico, decidido a que me sentaré a escribir aquí. Aunque sea algunos postitos para el árbol. Empezó todo mal. No había espacio en las mesas porque las ocupaban unos gringos mirando una película de Adam Sandler. Los cuatro escritorios con computadoras estaban ocupados. Entonces fui a los sillones, resignado a la comodidad. Cuando me senté en ellos me hundí, casi me caigo a otro lado, un mundo al revés. Así no se puede escribir, suspiré, le pedí a mi esposa que guardara el teclado. (Ella decidió seguirme para ser testigo de mi pequeño capricho). Me puse a leer los correos pendientes. Un centenar de correos, y de nada importante, la mayoría son avisos de Twitter que activé recientemente. Quizás los desactive de nuevo, en vacaciones no es conveniente tenerlos activos. Mi iPad a veces no soportaba la cantidad de los correos, así que la app de Mail simplemente se cerraba y tenía que empezar de nuevo la depuración. Qué enojo. Entran unos niños. No son de aquí, no me es fácil cachar su acento. Al principio creí que eran españoles, pero quizás son de alguna región específica, una que nunca he escuchado. Los niños son libres en el Centro de Negocios, nadie les vigila, es impresionante la libertad de los salvajes. Tendrán unos ocho y diez años, el cabello despeinado, los ojos pequeños y brillantes que son una señal común de muchos criminales. Se libera una mesa, tomo rápidamente mis cosas para ocuparla. Mi esposa me acompaña, buena, tranquila, feliz de la vida, con un libro de Sherlock Holmes, el segundo tomo de una compilación. Me dispongo a escribir algo y los niños, empiezan a salir y entrar del Centro de Negocios. Quien sabe qué juego habrán inventado. No son escandalosos pero… se dan a notar, es imposible no verlos, no registrar la cantidad de ciclos que ocupan en salir y entrar. Se arrojan, extienden su territorio, ahora desde la entrada hasta la máquina de café, en la máquina de café (atrás de mí) se sirven un café, se lo toman de un trago (sin quejarse), y van hasta la entrada. Repiten la hazaña unas cuatro, cinco veces. Llega la madre de los niños, sonriente, les acaricia la cabeza, la pobre imbécil no sabe lo que le espera, y después llega el padre, es de esos padres serios, malencarados, que están dispuestos a educar hombres verdaderos, pide un whisky y se va a uno de los sillones. Los niños se van, sin correr y sin gritar, como si la cafeína fuera una imbecilidad, una mentira para controlar idiotas, hacia la mesa de billar. Juegan con la mayor naturalidad mientras yo pongo la cabeza sobre la mano, y pienso que de algún modo, acabo de ser testigo de un orden natural de las cosas.

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escrito por el Miércoles, enero 30, 2013

13010 (Aleph)

13010 (Aleph)

En la playa sabía que no podría trabajar en mi proyecto actual, así que fui insistente y todos los días me la pasé rezando el mantra: “Aquí no escribirás, aquí viniste a descansar”. Pobre imbécil. Todos los días pensé en el libro que dejé a medias, resguardado bajo el Popocatépetl y las orejas de Nico, y a cada oportunidad sacaba el teléfono para dictar líneas, o escribirlas, o anotar el nombre de algún personaje, o los inconvenientes de escribir el cuento de una forma cuando otra puede ser mucho más interesante, una exploración satisfactoria. Aquí no escribirás, me dije otra vez, pero luego en medio del bufet, con el pedazo de hamburguesa en la boca, algún vecino de mesa decía alguna brillantez y los dedos temblaron, de nuevo el celular en mano, otra nota en el diario de todas las cosas. El sosiego lo encontré todos los atardeceres, el sol cayendo a las fauces del mar, un cigarrillo encendido y cientos de suspiros. Es cierto, murmuraba, nadie puede escribir cuando está contento.

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escrito por el Viernes, noviembre 30, 2012

Tres coronas

Tres coronas

Viajando, de repente, me encontré en esta esquina y me detuve a tomarle una foto. “Aquí nos encontramos”, anoté, y luego la esquina dejó de ser esquina, se convirtió en una estructura, un edificio de tres sombreros. Todavía no me recuperaba de mi asombro cuando se convirtieron en tres escalones, y terminó mi viaje, en realidad me encontraba bajando las escaleras de no importa donde, en una espiral infinita, es el momento donde todo se junta: suelo, tierra, cielo. Los tres edificios son una metáfora: ¿presente, pasado y futuro?; ¿hijo, padre y espíritu santo?; ¿madre, padre, hijo?; ¿Clavel, rosa o gardenia? Los tres edificios no son una metáfora, no son edificios, son peldaños. Los tres edificios son tres ventanas, tres gigantes, tres piernas de una deidad inalcanzable. La trinidad de los reflejos, las angustias y una alegría piadosa para llegar al final de los días.

No dejo de pensar en Cronos y como devoraba continuamente a sus hijos. Sí, pues, la gente ya se ocupó en estudiar a Cronos y sus connotaciones sexuales, coprofágicas, freudianos empolvados consumiéndose en su propio óxido, hablemos de otro Cronos, uno similar pero ocupado en otra cosa. Antes era Cronos y para escribir, estaba comiendo y regurgitando continuamente mis hijos, momentos inspirados, creación imparable. Ahora, quizás, soy otra cosa. Alguno de los hijos de Cronos. No puedo escribir, como antes, sin sentir un asomo de culpa. Observo a Cronos, soy el testigo, y no sin antes de una observación meticulosa, anoto en un cuaderno lo que recojo: Su rostro relajado al satisfacer el hambre, el vagido de los niños mientras son triturados entre sus dientes, la expresión inexpugnable de Rea quien guarda, en su interior, el rencor de ser una madre interrumpida. Atrás las cortinas del universo, el mundo todavía no es creado, y si consigo separarme, escribo del testigo que mira la escena y anota cautelosamente cada una de las cosas que suceden.

Recuerdo a los Cuatro Fantásticos y la primera vez que se encontraron con Galactus, Cronos renacido, el devorador de mundos. Cuatro pobres cabrones, con poderes y todo, apenas tienen el tamaño para abrazar uno de los dedos de esa entidad imparable. ¿Cómo podrán detener algo tan grande?, imaginaba, es aún mayor que Godzilla o King Kong. En Final Fantasy VI es una sorpresa cuando enfrentas a Kefka, ya con el poder de los dioses asimilado por su cuerpo, primero te lo presentan como un hombre y después descubres que su cuerpo está dividido en cuatro pantallas. Un cuerpo monstruoso y angelical, entrelazado con otros cuerpos y otras criaturas, construyen un árbol que atraviesa los cielos. (Quizás sólo deseaba romper el televisor, conseguir una entrada a este mundo). La primera vez que lo juegas no sobra ninguno de los personajes, los usarás a todos para vencer al dios falso. En Marvel contra Capcom, eventualmente, peleas contra Onslaught o contra Apocalypse (depende de la versión, en realidad no importa). Tus personajes diminutos luchan contra una mano, y quizás contra una cabeza, existe un ligero temor de que al villano se le ocurra pelear con todo el cuerpo y se deje de tonterías. Lavos, el dios del tiempo, ocupa toda la pantalla.

Salí a comprar cigarrillos y cuando regresé, Nico hizo su festejo acostumbrado. Fue por su oso gordo de peluche, lo agarró con el hocico y paseó en círculos, contoneando suavemente las caderas. Es una perra coqueta, pienso divertido por las múltiples connotaciones de la frase. Al principio, por alguna razón, pensaba que su fijación por el muñeco correspondía a la necesidad quebrada de procrear una camada. El muñeco son los hijos que jamás tendrá. Siento algo de tristeza por todo lo que leí de los bassets como madres y que nunca veré presente en el mío. Me hubiera gustado, sí, tal vez. Encendí un cigarrillo, Nico me miró a los ojos y luego renuncié al pensamiento, es la soledad la que convierte al perro en un individuo. Solo eres una mascota, murmuré, y Nico me ladró. Está bien, dije y me acerqué para palparle su cabeza, también eres mi compañera, mi guardián metafísico.

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escrito por el Jueves, noviembre 1, 2012

El camino de los muertos

El camino de los muertos

No hablaré de mis muertos en esta ocasión. Son pocos pero muy queridos. Hablaré de otros, los muertos lejanos, ahora que he tenido oportunidad de explorar esta bitácora y sus inicios hice una cuenta de ellos. Ojalá logre armar un camino espiritual para dirigirlos aquí y arrancarles una sonrisa, ofrecerles un cigarrillo, una anécdota. Aunque sea una pequeña, ¿qué otra cosa se le puede pedir a un fantasma? Quizás el favor de evitarnos la jalada de patas o el espanto con los alaridos de madrugada. Sería mezquino de mi parte preguntarles el futuro o los números ganadores de lotería, aunque si ellos lo ofrecieran en algún sueño o premonición, bueno…

En un montoncito de horas libres he recuperado algunos comentarios de los primeros años en el árbol y descubrí algunos muertos que solían leerme. Diez años después y puedo contar al menos tres “cadáveres exquisitos”. Vaya, si fuera supersticioso diría que leerme es asegurarse un pase al otro lado. (Lo cual es una deliciosa falacia… de todos modos ya lo tenemos asegurado).

Por eso me gustaría brindar por Tess, por Cristina (La Diabla) y por Eduardo (Ehecatl). Cada uno aportó su puñado de comentarios en el momento, además de que hicieron lo suyo para que el mundo binario fuera ameno. A las dos primeras se las llevó el cáncer y al último se lo llevó la ironía (su último tuit, parafraseando: “Ojalá esta chingadera me mate porque si no voy a estar muy encabronado”). Hablando de ironías, es curioso, pero sus comentarios solían estar llenos de optimismo y de buenos deseos. Si fuera supersticioso y malora (lo cual Cristina y Eduardo lo sabrían apreciar, a Tess no le conocí lo suficiente) diría que los optimistas son los primeros en morir.

A Tess la conocí poco, muy poco, pero solía venir a saludar cuando apenas me enamoraba de mi esposa. “Es una chica afortunada”, dijo alguna vez y quien sabe si hubiera pensado lo mismo con el tiempo. De todos modos dejó de leer pronto, ya estaba diagnosticada y bajo fuertes terapias, medicamentos. Le gustaban mis farfullerías enamoradas y enamoradizas. Leí su blog alguna vez. No recuerdo que hablara de la enfermedad, al contrario, siempre hablaba de un hombre que la traía mordiendo la banqueta. Nunca supe si era española o venezolana, aunque quizás lo supe alguna vez. El internet le resta importancia a la nacionalidad de los muertos.

Cristina fue una locutora de radio en Australia y su programa consistía en un segmento especial para latinos, sobre todo mexicanos. Tenía una comunidad muy activa allá. Me parece que también era productora. Platicamos mucho en el IRC y después estuvimos vigilándonos a través de nuestros respectivos blogs. Me entrevistó para su página, cuando empecé a escribir y publicó algunos cuentos míos para su público australiano. Cuentos que ahora me dan vergüenza viven en una pequeñísima parte de la memoria colectiva en otro país. La entrevista la tituló como: “El niño genio en su cajita de cartón” y me la creí.

Tuve oportunidad de conocerla en persona, las dos veces que viajó a México, y de salir con ella. Era una mujer casada, al menos quince años más grande que yo, con el tamaño del mundo. Fumaba como chacuaco (dos cajetillas diarias, cáncer de pulmón) y poseía una risa estridente, cigarrosa. Reía mucho. En mis peores momentos me ofreció trabajo y toda la ayuda para empezar de nuevo… en Australia. No tuve el valor para aceptar y qué bueno, en estos años he acumulado numerosa información acerca de los bichos que existen allá, especialmente las arañas. (Aunque me pregunto…).

Un tiempo después de su muerte supe que tenía una hermana gemela y además la conocí por accidente. Igual a ella, pero perpetuamente enojada. Es raro, imprudente, mórbido topar al gemelo de un muerto. Unos días antes de su deceso tuvimos una plática que todavía arrastro conmigo y me hizo tomar decisiones. “Diferentes personas para diferentes necesidades”.

Eduardo es otra cosa. Era el más joven de los tres, y más joven que yo por uno o dos años. Supongo que adquirió sabiduría de pronto. Murió de una complicación rara en el hígado la cual estuvo tuiteando. También salí con él algunas veces. Era un tipo curioso, parecía un niño de barrio, sus gestos y su sonrisa, sí… un travieso de la Guerrero. Primero me desesperaban sus comentarios por los errores ortográficos, quise corregirlo un par de veces pero él simplemente no hacía caso, o no quería aprender.

Después visité su bitácora: diseño elegante, fotografías espectaculares y jamás quise corregirle otra vez. Lo invité a participar en Big Blogger. Cuando lo hice fue porque pensé: “Necesitamos una persona sensible, no importa como lo diga, sino como lo ve”. Pobre, no pudo hacerlo durante mucho tiempo porque lo criticaban fuertemente sobre la redacción y la ortografía. Luego me sentí culpable por ello, porque lo empujé a participar y quizás rompí un poco de su inocencia. Alguna vez tomó un fragmento de “La Torre de los Sueños” para el diseño de su blog, lo cual me halagó. Aunque no comentaba, de esa manera supe que alcanzó a leer una de mis historias.

La última vez que nos encontramos me regaló tres discos (negros, como los de PlayStation 1) con música trance y psycho en formato MP3. Nunca tuve la delicadeza de escucharlos completos. Quedamos de vernos para ir a un McDonald’s, por un McFlurry. Pasaron los años, se juntó con una chica, tuvo un hijo y alguna vez me comentó por aquí: “Le debo su McFlurry, señor”. Quizás cuando llegue me estará esperando con el helado.

Diez años y ya cuento muertos que dejaron su paso aquí. No me quiero imaginar en unos años más. El espiral no sólo tiene una extremidad para la muerte, del otro lado están los vivos. Muchos otros se han casado, han procreado, han obtenido sus trabajos soñados, son investigadores-docentes-maestros o han viajado por todos los lugares que se prometieron. No creo que, en general, puedan quejarse. Tampoco me quejo de mi vida, en general está bien. Finalmente, mudos, existen esos otros personajes: los desaparecidos… ni muertos, ni vivos, simplemente apagaron la computadora y se fueron a otro lugar. ¿Quién podrá componer una esquela para ellos? No importa, esta es mi ofrenda para ellos, para los vivos y también, por qué no, para los otros, todos los otros.

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