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Siente mi corazón

By on Martes, septiembre 10, 2013

Eso dice la mujer, después de poner en evidencia a una niña de 16 ó 17 años y una alumna, reluctante, pone la mano sobre el pecho de la maestra y ella le cuestiona cómo lo siente. Acelerado, rápido, algo habrá respondido la chamaquita mientras la profesora exclama—: así es y farfulla algo similar a que así corre porque está muy enojada, está airada, fúrica, sin embargo amenaza con no perder en ningún momento la compostura, no caerá en la trampa e insultará a la niña como ella fue insultada: perra, puta, para que todos nosotros lo sepamos, no sólo los estudiantes, sino la gente del internet, esa masa nebulosa de rostros ensombrecidos, una hilera de hormigas que distribuimos la información de un lado a otro apenas deteniendo el camino para hablar de ello comentarlo, pues, en su justa dimensión: qué ridiculez, alimento para el morboso, etcétera. Quisiera comentar algunos puntos del video (uno que seguramente ya has visto, o escuchado hablar, y si no, podrás verlo al final de este post): Me sorprende que los estudiantes graben una clase con sus teléfonos para no perder detalles o bien, para evitarse el método engorroso de tomar apuntes. Me pregunto si fue iniciativa de la profesora o si a ellos se les ocurrió. Claro, también considero que es poco práctico. El viejo método de apuntar las cosas, me parece, todavía es más rápido para la eventual consulta que perder el tiempo analizando horas de video para encontrar qué se dijo en cierta clase. De cualquier modo, podemos intuir que grabar ESA clase en particular es una costumbre y que la profesora lo sabía. Tan es así que se dirige a las cámaras que la están grabando, con algo que promete es el don de la justicia en los puños, cual protagonista de show, muy a la Rocío Sánchez Azuara, Carmen Salinas, Cristina Saralegui, y tantas otras más. Tiene ese tonito en la voz. Tan sólo recuerde que para alimentar el espectáculo, le pidió a una alumna que atravesara los límites del espacio personal para que le tocaran el pecho, el corazón, para que se lo sintieran, a la vista de los celulares que seguían grabando. Después de dar semejante espectáculo, también sería bastante iluso creer que la profesora no anticipaba que subieran el video a internet, y que no la notaran a ella en cierta forma. La mujer se fue a dormir esa noche pensando que sentaba un precedente. (¿Y de qué tipo?, lo sabrá ella pero yo me la imagino que se fue a dormir sonriendo por haber demostrado algo que, para muchos, parece justicia). ¿Por qué es un espectáculo? Porque una profesora, cuya supuesta madurez emocional y experiencia de vida es mucho más grande, acorraló poco a poco a una estudiante hasta llevarla a representar un papel. Durante ocho tendenciosos minutos podemos ver como la profesora urde su plan. Primero habla de competencias, y luego de redes sociales, los crímenes de las redes sociales y finalmente llegar al punto que tanto ansiaba, la lapidación de un par de estudiantes que no tienen el colmillo, ni las garras, que tiene esta señora. En ningún momento olvida que la están grabando, en ningún momento deja de imaginar hasta donde llegará ese video. Pide que se disculpen y los mocosos, al saberse observados, no tienen de otra más que pedir perdón por ser mocosos. Me pareció cruel y vergonzoso. Tampoco hubiera permitido a mis hijos insultar a un profesor. Después de hacer su graciosada, porque soy ese tipo de personas que hace como que no miran pero ahí andan, le pediría a mi hijo o a mi hija que borrara eso y darle un delicioso estofado aderezado con un sermón, de una o dos horas, acerca de las consecuencias. Sobre todo para advertirle que existe este tipo de gente. ¿Qué tipo de gente? Manipuladores. Esta mujer, una manipuladora, acorrala a dos niñotes que no pueden defenderse, que no pueden expresarse. Chamacos que todavía viven el delirio de las hormonas, del día a día, que pueden insultarse un día y al siguiente olvidarlo, porque nada les importa, son imortales, qué van a comprender ellos de la muerte, de la imagen, de las trampas que urden los adultos telenovelescas para destruir a otros adultos igual de telenovelescos. Sí, pues, el mismo discurso de siempre: “es que los niños ya están más abusados, ya son más crueles, no manches hijo, qué miedo”. Aproveche y lea una novela: “El señor de las moscas”, nada más para que pueda imaginárselos, tampoco vaya a creer que la novela es algo real, faltaba más. Los niños nunca han sido inocentes, así nos los imaginamos porque es como nos gusta pero son capaces de cualquier maldad que se les ocurra, y sin frenos sociales tan bien puestos como los tenemos nosotros, los grandes, híjoles que suave: somos los perritos bien amaestrados de la sociedad. Supongo que si la profesora hubiera tenido un poco de sentido común, en vez de imprecar públicamente a los alumnos, hubiera hablado con ellos al finalizar la clase. Lo que yo hubiera hecho, si me lo preguntan, es decirles que vi los insultos y pedirles amablemente que los borren. Luego los dejaría ir, haciéndoles saber que soy de las personas que hacen como que no miran, y quizás nomás por el drama, decirles que la próxima vez podría llevarlo a “las últimas consecuencias”. Que para...

Un cigarrillo para Miley Cyrus

By on Lunes, septiembre 2, 2013

Un cigarrillo para Miley Cyrus

Una breve de Breaking Bad

By on Lunes, agosto 26, 2013

Breaking Bad me provocó dos cosas desde el inicio de la serie hasta el momento en que Hank, cagando en el baño, recoge el ejemplar de “Leaves of Grass” de Walt Whitman y descubre quién es W.W. La primera fue una angustia incesante por ver como una buena persona se corrompe y la segunda una carcajada ocasional por situaciones negras. Ahora que empezó la carrera por terminar la serie, la primera cosa se ha mantenido e incluso se ha extendido hasta tocar a otros personajes pero la segunda… se esfumó. Eso lo descubrí después de ver el último episodio. En tres episodios hubo dos momentos cómicos (dudo de uno, el otro rompió la tensión brevemente): el largo monólogo de Star Trek y cuando Hull se acuesta sobre una cama de dinero, cuz he gotta do it, man. El segundo momento fue especialmente breve porque los personajes, acostados sobre millones de dólares, juegan brevemente con la idea de robarse el dinero hasta que el otro le recuerda que W.W. es un hombre que mató a diez cabrones en un espacio de dos minutos y termina con preguntarle si quería arriesgarse a traicionar a alguien así. El primer momento, al principio, creí que sería una especie de anuncio (lo pensaba y lo pensaba) pero en kotaku leí que es un cebollazo a Vince Gilligan, quien constantemente chacoteaba con el script a los escritores de la serie (y además, se puede ver una versión animada del mismo, creada por los fanáticos). Parece que, más que romper la tensión de la serie, ese momento en especial fue creado para “detenerse y oler las rosas”. Un simple retraso, nada para tomarse en serio, y prepararse para lo que viene. Aunque disfruto, y mucho, las situaciones tensas en las que los personajes están involucrados, extraño el humor. Lo mío es una queja momentánea, quizás se solucione en los siguientes episodios y también entiendo el otro lado: no hay tiempo para reír, es hora de pagar (y también paga el espectador, ¿pues qué esperaba? ¿Qué Walter se saliera con la suya?). Será que en Jesse, quien estaba un poco ausente de la serie y en éste último descubrimos donde está, para donde va y lo realmente furioso que está, deposito mis esperanzas para la redención no sólo de W.W., sino de Hank, de Skyler y del propio Jesse. Aún recuerdo su momento final en la temporada pasada: Destruido y temeroso apenas recibe las bolsas de dinero porque teme que su padre, su compañero, se ha convertido en el dueño del Imperio y hacer algo que no le parezca al don, lo que sea, puede costarle lo poco de vida jodida que tiene. Es interesante como han cambiado los papeles: ahora Walter observa desde la sombras, mientras que Jesse está a punto de...

13061 (Crimen y castigo)

By on Viernes, agosto 23, 2013

La casa me provoca curiosidad, ¿quién la levantó y con qué propósito? No hace mucho la ocupa una pareja joven. Está en medio del terreno, no hay calle segura que le lleve ahí y comparte espacio con otras dos casas un poco más humildes, más terrenales y cercanas a la civilización (entiéndase por civilización una calle adoquinada). Tiene dos pisos, una barda de ladrillo y una reja incompleta, la reja no encierra nada más que misterios. A veces invitan a sus amigos, en un principio pensé que era para eso, reuniones escandalosas a mitad de la nada y una multitud de coches lujosos (una vez un hombre se bajó, y cantó en tono de barítono, perfectamente educado, la sorpresa me tiró el cigarrillo de la boca, su obra duró al menos diez minutos), pero gente vive ahí, los he visto. En éste momento dos perros del Señor Calavera descansan frente a la puerta de esa casa. ¿Será cierto que el Sr. Calavera casó a una de sus hijas, y la instaló a su lado, para tenerle los huesos constantemente vigilados? Son jóvenes, y guapos, a él lo he visto sin playera andar por el terreno y el polvo, sin preocupaciones de algún tipo, luego dejé de mirarlo porque así como yo puedo vigilarlo, supongo, le resulta fácil vigilarme a mí. Me pregunto si algunas noches, ocultos en sus ventanas, mirarán hacía la mía y se preguntarán por el humo disipado, las horas de lectura, la tercera taza de café, los juegos solitarios (que en realidad son con un perro enano pero no lo pueden ver, la ventana no deja mirar...

13041 (Juliette)

By on Sábado, junio 8, 2013

Personalmente creo que exagera. Es decir, ¿cómo lo digo?, ¿necesito explicarlo más? Sí, pero mírelo, gordísimo como el mundo, sentado sobre algo que parece una silla de cuero, fumando cigarrillos que seguramente no le hacen nada por el tamaño de sus pulmones, y de su corazón (es una concepción errónea, no me crean mucho, entre más grande el corazón más rápido se muere uno. Eso suena correcto. Todo debe tener su justa dimensión dentro del cuerpo). Escúchelo decir: “No tengo nada contra las gordas, ni contra las malencaradas, mi problema es cuando van juntas, ¿entiende? Lo voy a decir más fácil: las gordas malencaradas me chocan. Me parten el alma, y, vea, no es fácil partirle el alma a un hombre como yo. Justo anoche se estacionó una gorda malencarada a mitad de la banqueta para que su amiga, la delgada bonita, bajara e hiciera pasarela para llegar a la entrada de su casa. Entonces, ¿por qué no? Lo que faltaba. Dice la delgada bonita, y nadie se mueve por temor a interrumpir la conversación—. Está en su momento, déjale, ya recapacitará pero si puedo serte honesta, aquí, y ahorita, su problema es el cabello. Si lo deja crecer más, toda la gente se tropezará con él para llegar a casa y ¿cómo hacer eso? ¿Te imaginas? Es como permitir que algo de ti se vaya para todos y para todas partes. Pasa un desgraciado y, justo en ese momento, se le enreda uno de los cabellos enormes que no se atreve a cortar. De alguna forma ha cambiado algo en el mundo de ese muchacho, lleva un pedazo de una persona que desconoce, a la que no quiere, ¡y no por su propia voluntad! ¡Bueno fuera que supiera! Deberían tatuarle una cláusula en la espalda: Me llevarás contigo aunque no lo desees, aunque no lo imagines, mi cuerpo ha modificado tu cuerpo, mi cuerpo ha cambiado el camino de tu cuerpo, mi cuerpo también es tu...

Suavizar la línea

By on Martes, junio 4, 2013

31 años después, me sorprendí escuchando un concierto de Andrés Calamaro y descubrí que me agradaba. Todavía más vergonzoso: Me puse a tararear sus canciones, como si estuviera viviendo alguna crisis andropáusica, como si hubiera crecido con aquellas canciones a la merced de algún tío argentino que aplicó un método subliminal para fregar al sobrino. Escuché algunos discos de él, en algún remoto pasado donde vivía de coca cola, cigarrillos y algunos otros vicios, y decidí que no me gustaba, y que nunca me iba a gustar, y me hice la firme promesa de evitar convertirme en uno de esos chavos de onda que para todo cita a Calamaro. Que triste darse cuenta de cuando uno deja de manchar los pantalones. Limpiar la biblioteca musical es una de las necesidades contemporáneas que practica el hombre de hoy, simplemente porque ya no puede salir a cazar (creo que la mayoría de nosotros moriría tratando de cazar un topo, hay estadísticas alarmantes de los humanos heridos tratando de cazar una rata) o descubrir otra rueda, una en la cuarta dimensión, por ejemplo. Así redescubrí a Calamaro y además descubrí un disquito que, en algún momento, descargué por accidente. Es un grupo de alemanes que manejan sintetizadores medio oscuros, pasivoagresivos contenidos. El álbum se llama Agressor, y la banda se llama And One. Mientras escuchaba mi descubrimiento, todo un triunfo entre treinta mil canciones y el chiquero que tengo en iTunes, pensé que es un excelente disco para coger. Coger puercamente. Sí, pues, como pervertidote alemán. Después de la más reciente decepción laboral (últimamente me decepciono mucho), es hora de regresar al cuarto de trabajo y hacerle hojalatería y pintura a cierto manuscrito que tengo por ahí. Qué horror. Me burlo mucho de los contadores (por cuadradotes) pero a veces pienso que debí ser uno. Quizás los envidio, un poco. “Suavizar la línea”, me dije en el paseo de hoy. Como en las láminas de dibujo, que uno tenía la navaja y el estilógrafo a la mano para quitar esos pequeños imperfectos, así se descubren las oraciones a las que les sobra tinta o les falta cerrar espacio. Nico trituraba un hueso que no debió y yo pensaba en ciertas líneas de esos cuentos que tengo guardados. Después de escribir, en la corrección, se trata de suavizar líneas. Ponerse los lentes, acercar la lupa y limpiar esas rebabas que se escaparon en los primeros meses de trabajo, y luego en los abandonos y los primeros regresos. Ya dejé de creer que no las hay, ni modo, la verdad es que siempre algo se escapa. Al menos los contadores tienen el consuelo de un sólo...

13038 (Where’s your head at?)

By on Domingo, junio 2, 2013

En los paseos de Nico, a las cinco o seis de la tarde, cuando ya estamos regresando a la casa, nos encontramos uno de los árboles más altos de la cuadra lleno de zanates. Silban juntos, como si avisaran de una fiesta o que ya viene la tira (mi mujer los llama tranchos, me da gracia cuando usa la palabra), y luego las manchas negras escapan de entre las ramas, vuelan en giros arriba de los edificios, la escuela, los departamentos y la universidad, para regresar juntos al árbol y agarrar un nuevo impulso. Son una banda de maleantes alegres. ¿Han visto un zanate de cerca? Tiene los ojos de un animal furioso, su pico es como un puñal y de algún modo, sus plumas negras y brillantes parecen llenas de violencia. En ese árbol, lo que dure su alharaca, siempre los miro con algo de sorpresa y curiosidad. ¿Por qué lo harán? ¿Será un rito de apareamiento? ¿Hacen ejercicio antes de dormir? ¿O sus silbidos es una murmuración de los ausentes? Siempre me prometo, a la misma hora, llevar la cámara de video la próxima vez. También siempre se me olvida, así que cuando paso por ahí, despierto la memoria y trato de grabarme los ruidos, los silbidos, los patrones de puntos negros en el árbol y las elípticas que hacen al volar. Aunque la escena se repite todos los días, tiene sus pequeñas diferencias como la forma del vuelo, o la cantidad de pájaros que vuelan, o cuando se dividen en dos o tres grupos para agarrar distintos caminos. Algunas veces los zanates no vuelan, se quedan en el árbol y silban, silban, silban. Pienso en Borges. Estos no son los gritos de un pájaro, son una canción, una comunión, la misa regular a la misma hora, un momento cotidiano que, aún con sus pequeñas variantes, repite actores y movimientos. El grito del pájaro es de otro tipo de ave, una ruptura, algo que cimbra el espíritu y lo deja partido en dos, o en...

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