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La rueda de la fortuna

By on Jueves, julio 11, 2013

13043 (Juliette)

By on Martes, junio 11, 2013

Fragmento del diario de Boris Santiel: “(…) Fotografía de una silla. Alguien sube esa fotografía a internet. Es su silla, y a la vez no lo es. Una concienzuda búsqueda hizo que encontrara dieciséis fotografías de la misma silla. Aunque variaban los filtros, los ángulos, la iluminación y dos veces el fondo, la silla se multiplicó dieciséis veces. Internet tiene, en su mundo infinito, dieciséis sillas iguales. ¿Algún día podría llenarse ese espacio? Obviamente sí, eso espero, aunque nadie puede imaginárselo o dar un cálculo concreto. Internet crece todos los días, depende de la cantidad de memoria que tiene el equipo de cada usuario. Tan pronto alguien se conecta, el espacio de internet crece y son más las conexiones que las desconexiones. Antes me hubiera atrevido a buscar una ecuación para llenar el internet con la misma silla, regalarme la paz de un número, pero he desistido de la idea. Estoy siendo amable: El internet no solamente guarda sillas, también guarda roperos, libros, música, personas. Multiplica y replica exponencialmente todas las cosas. Universo de constante clonación. ¿Y dicen que no está todo el conocimiento de la humanidad en el internet? También está todo lo que ha visto, todo lo que ha oído, y pronto todo lo que ha sentido y leído. Por eso la gente constantemente se pregunta cuánto dejamos, realmente, en ese mundo y cuánto está sacrificando: porque la ilusión permanece. Fotografía de una silla, la subo a internet, la silla ahora está ahí (su existencia se dobla, ¿o se duplica? Argüir: Esa silla no existe, es una imagen, un conjunto de ceros y unos, tomas la fotografía de una persona tocando la silla, ¿y ahora?), junto con otras dieciséis sillas iguales, no sólo existe en el espacio físico sino que ahora tiene una presencia “virtual”. Esa silla se vuelve algo real para los que nunca la han visto y topan, casualmente, con la fotografía. Real dieciséis...

13018 (Historia de O)

By on Martes, marzo 26, 2013

Del diario de Carlos Böhrs: “Descubrí en mi cámara digital un zoom monstruoso. Una vez, mirando por la ventana, me dio curiosidad el edificio de enfrente. Estará a unos ochocientos metros de distancia. Era de noche, había luces prendidas, y se me ocurrió que debía comprar un telescopio para vigilar a mis lejanos vecinos. Sí, quizás me sentía particularmente solo esa noche. Por supuesto, si yo puedo hacerlo ellos también, sin embargo ellos no lo harían conmigo, seguramente son personas buenas. ¿Es posible medir la bondad a través de lo mirona que es una persona? Casi me rindo de hacerlo, pensando que sería una persona mala, cuando se me ocurrió sacar mi cámara de video y se me olvidaron las excusas. Esta presume un zoom de 32X con algoritmos digitales. Siempre había desconfiado de ese zoom ya que como es digital, había tenido malas experiencias donde la imagen se pixelaba y era imposible distinguir cualquier cosa. Busqué la cámara de cualquier manera, enfoqué hacia las luces en la oscuridad para no perder foco y después apreté el botón de zoom. Apreté, apreté, apreté y en la diminuta pantalla, el mundo lejano cada vez se revelaba más. Abrí la boca de sorpresa. La ventana que había escogido, me descubrió una mujer joven cambiando uno de los focos de su balcón. Era más de lo que esperaba y sin embargo, deseaba más. Pasaron varios minutos donde me fasciné por una tarea común y tediosa. La mujer trataba de cambiar el foco, luego vino un joven a vigilar la tarea. No pasó más, aunque deseaba que algo más pasara, parece que no me sería permitido esa noche. Quince o veinte minutos después, la mujer terminó su tarea, bajó de la silla donde estaba, el joven ofreció sus manos para que ella bajara con seguridad. Luego de un largo silencio, tanto en la imagen como en la noche, se me ocurrió que si deseaba observar vidas, tendría que invertir incontables días, encariñarme con esa joven pareja, quizás grabar momentos de sus vidas, hacer un documental personal y propio para satisfacer una perversión qué, hasta ese momento, sólo era una idea difusa, un montón de pixeles en la pantalla de...

13010 (Aleph)

By on Miércoles, enero 30, 2013

En la playa sabía que no podría trabajar en mi proyecto actual, así que fui insistente y todos los días me la pasé rezando el mantra: “Aquí no escribirás, aquí viniste a descansar”. Pobre imbécil. Todos los días pensé en el libro que dejé a medias, resguardado bajo el Popocatépetl y las orejas de Nico, y a cada oportunidad sacaba el teléfono para dictar líneas, o escribirlas, o anotar el nombre de algún personaje, o los inconvenientes de escribir el cuento de una forma cuando otra puede ser mucho más interesante, una exploración satisfactoria. Aquí no escribirás, me dije otra vez, pero luego en medio del bufet, con el pedazo de hamburguesa en la boca, algún vecino de mesa decía alguna brillantez y los dedos temblaron, de nuevo el celular en mano, otra nota en el diario de todas las cosas. El sosiego lo encontré todos los atardeceres, el sol cayendo a las fauces del mar, un cigarrillo encendido y cientos de suspiros. Es cierto, murmuraba, nadie puede escribir cuando está...

13008 (Aleph)

By on Jueves, enero 17, 2013

Prometí, mientras miraba el mar en compañía de un niño llorón, que escribiría algo estas vacaciones. Unos minutos para ceder la voz a los dedos. Aunque sea algo breve. El sueño infantil e intencionado de todo bloguero, y seguro uno de sus propósitos comunes de año nuevo, es escribir una entrada todos los días. Quiero hacer eso, y lo haré. Cuando regrese de la playa esta será la primera entrada, una entrada anacrónica pero que cumplirá su función, de cualquier manera. Anoto en el manifiesto del árbol: Deja de preocuparte por tus múltiples voces, y también cede la angustia de repetir anécdotas. Por ahí mismo escribiré: “Una nota todos los días”. Mañana, quizás, me preocuparé por esa compulsión personalísima de no llenar el árbol con videos, notas populares y sosas, fotografías o citas de libros, porque eso es hacer trampa, es usar una máscara para ocultar algunos deseos, o pensamientos banales, o susurros...

Unas moscas

By on Lunes, diciembre 10, 2012

En algún Walmart, de todos los Walmarts que hay en el mundo, un empleado tuvo la gloriosa idea de colgar los juguetes unos sobre otros en largas columnas que bajan de los techos. Cadáveres de peluche y felpa se sostienen los unos a los otros, y se contonean por el aire artificial, como un péndulo funesto y festivo, en espera de atraer miradas infantiles y enamoradas. Quien sabe, a lo mejor es una orden institucional y le doy demasiado crédito a la iniciativa de un empleado. Pensé, en cuánto los vi, que eran una versión oscura de Toy Story. Tal vez en algún lugar de ese mar peluche, hay un letrero pintado por un juguete, emulando la caligrafía de un niño: “Piérdase en alegría todo aquel que entre aquí”. Moscas gordas y ruidosas han penetrado las defensas de mi oficina. A veces consigo engañarlas cuando abro el miriñaque, luego la ventana y hago como que las empujo con mis manos; casi todas me hacen caso (o pensarán que soy un loco) y se van, me abandonan apresuradamente y puedo seguir el trabajo en curso. Siempre se queda una: La más obesa, la más tenaz, la más escandalosa de todas. Entonces me acuerdo de Walter White, en el episodio botella de la mosca. Todo el trabajo se detiene, acomodo el matamoscas cerca de mí, nos miramos y después de un rato nos olvidamos. Intento seguir lo que estaba haciendo pero luego, en una afrenta personalísima, una sombra vuela rápidamente entre mis ojos y el monitor, haciendo una línea y quebrando cualquier cosa que esté trabajando. Resoplo cansino, tomo el matamoscas, bailo alrededor de la habitación y la mosca, como una renuente compañera, se esconde entre mis libros, mis cajetillas, mis fotografías y mis juguetes. Así nos podemos pasar un rato más hasta que nos volvamos a olvidar. Las moscas son igual que los malos recuerdos: Entran un puñado, consigues espantar algunos pero uno se queda ahí, discreto, entre las sombras o las repisas, mirándote desde una esquina, esperando el momento para salir volando y zumbarlo todo. De vez en cuando grabo pequeños pensamientos en las notas de audio de mi teléfono o mi tableta. Así fue como hice el podcast del 20 de Noviembre. Luego de grabar varias notas, hice una selección y me dediqué a cortar los largos silencios, las muletillas, y pegar tres de estos pensamientos juntos. Me alegró el resultado, incluso parezco una persona elocuente. Ahora, por otra parte, miro la cámara de video. ¿Qué podría grabar en ella? Se me ocurrió hacer lo mismo que hice con las notas de audio pero, de alguna manera, siento que en video soy otra cosa. Me reemplaza un sosias desagradable. En Youtube abundan los videodiarios (los vlaaaaghs) que imitan los monólogos de Adal Ramones y algunos son chistosos, otros no. Puntos extras si te enseñan las gracias del bricolaje. Entonces negué la idea de grabar un diario en video. De por sí ya escribo uno y lo tengo bastante abandonado. (El diario que supuestamente me prometí escribir y luego termino confundiendo el blog con el diario, y viceversa). Pensé, mejor, en grabar minutos y luego pegarlos en un video de tres, o de cinco. Es decir: Un minuto de cielo, un minuto de mi perro, un minuto de cafetera, un minuto del aire pasando entre las plantas de maíz. Un elogio al silencio, a la cotidianidad, a la observación silenciosa de las cosas. Lo haría si no tuviera un libro que escribir y mucho que leer. En las notas de audio tengo, al menos, unas veinte que no me he sentado a revisar y editar. Trabajo, escribo, leo, chachareo, paseo al perro, trabajo, escribo, leo, observo, escucho, día de Walking Dead, Dexter y American Horror Story (tres hora de televisión bien ganadas). Ah, pues… mañana cumplo 31 años. Si tuviera 23 todo esto sería tan fácil pero llega la edad de elegir las cosas, eliges lo que quieres hacer y abandonas los caprichos con una facilidad aterradora. Cada año se refina esa habilidad y para no sentirte mal, te regodeas de ella. Mid-life crisis waiting to happen: perseguir moscas o fijarse en los juguetes colgados pidiendo, con una sonrisa costurada,...

Camara everywhere

By on Sábado, octubre 20, 2012

Poseer una cámara es una atenta invitación a buscar la simetría, las texturas, la armonía y la geometría en todas partes. Luego camino por la casa, una casa que ya recorrí de arriba para abajo, con la cámara en mano, buscando sombras interesantes o alguna grieta aún desconocida. Es peor salir a la calle: la hierba mala, las nubes, los baldíos, los cadáveres de algunos animales, la basura graciosamente acomodada, las piernas descubiertas de alguna chamaca… parece que todo merece la posibilidad de registrarse en la memoria digital porque la memoria biológica aparentemente es insuficiente. Últimamente estoy dándole una manita de gato a la organización de mis fotos. Desde el 2004, a la fecha, quizás tendré unos 20,000 archivos. Algunas se repiten, otras son ediciones (quizás les llamaría duplicados estéticos), pero no me atrevo a dar un número real. Igual que las imágenes del blog, la tarea de arreglar las fotos es de una o dos horas semanales, cuando el tiempo lo permite y no tengo otra cosa qué hacer. Los hombres somos animales curiosos. No soy el único que hace esas cosas, lo dudo, desde que tenemos computadoras a la mano hemos despertado los genes del inventario. Etiquetas, carpetas, categorías, memorias… estructuramos un universo digital como si fuéramos bibliotecarios y cada quien tiene sus propios vicios: fotografías, libros, pornografía, películas, música. Es una tarde esplendorosa (y perezosa) de sábado —lo dicen mi ventana y el baldío del vecino, con sus florecillas amarillas alzadas hacia el cielo. Viene Nico a mover la cola, y mirarme fijamente, preguntándose a qué hora tendré la dignidad de ceñirle la correa al cuello y sacarla a pasear, a olisquear el pasto verde y jalonearme para perseguir zanates bravos y valientes, andantes del suelo y del jardín, quizás me arrepienta luego de lo que diré— pero no me arrepiento de pudrirme, ligeramente, enfrente de una...

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