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escrito por el Domingo, junio 2, 2013

13038 (Where’s your head at?)

13038 (Where’s your head at?)

En los paseos de Nico, a las cinco o seis de la tarde, cuando ya estamos regresando a la casa, nos encontramos uno de los árboles más altos de la cuadra lleno de zanates. Silban juntos, como si avisaran de una fiesta o que ya viene la tira (mi mujer los llama tranchos, me da gracia cuando usa la palabra), y luego las manchas negras escapan de entre las ramas, vuelan en giros arriba de los edificios, la escuela, los departamentos y la universidad, para regresar juntos al árbol y agarrar un nuevo impulso. Son una banda de maleantes alegres. ¿Han visto un zanate de cerca? Tiene los ojos de un animal furioso, su pico es como un puñal y de algún modo, sus plumas negras y brillantes parecen llenas de violencia. En ese árbol, lo que dure su alharaca, siempre los miro con algo de sorpresa y curiosidad. ¿Por qué lo harán? ¿Será un rito de apareamiento? ¿Hacen ejercicio antes de dormir? ¿O sus silbidos es una murmuración de los ausentes? Siempre me prometo, a la misma hora, llevar la cámara de video la próxima vez. También siempre se me olvida, así que cuando paso por ahí, despierto la memoria y trato de grabarme los ruidos, los silbidos, los patrones de puntos negros en el árbol y las elípticas que hacen al volar. Aunque la escena se repite todos los días, tiene sus pequeñas diferencias como la forma del vuelo, o la cantidad de pájaros que vuelan, o cuando se dividen en dos o tres grupos para agarrar distintos caminos. Algunas veces los zanates no vuelan, se quedan en el árbol y silban, silban, silban. Pienso en Borges. Estos no son los gritos de un pájaro, son una canción, una comunión, la misa regular a la misma hora, un momento cotidiano que, aún con sus pequeñas variantes, repite actores y movimientos. El grito del pájaro es de otro tipo de ave, una ruptura, algo que cimbra el espíritu y lo deja partido en dos, o en tres.

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escrito por el Sábado, mayo 25, 2013

13035 (Juliette)

13035 (Juliette)

Pasear con Nico:

Anuncio que saldré a pasear con Nico. Ella se levanta de donde esté echada, me sigue cautelosamente, algo sospecha aunque a veces mi anuncio sea silencioso. (Siempre sospecha, la muy mensa se levanta para seguirme a todas partes). Abro la puerta de la bodega, donde guardo sus correas y la cadena de castigo hace ruido. Nico se emociona, busca el juguete más cercano para mordisquearlo, corre un rato en círculos o de un lado a otro, su entusiasmo parece sincero, aunque la verdad, parecen señales de exceso de energía. No entiendo por qué, pasea todos los días, una hora, cuando era un cachorro lo sacaba a pasear una hora y media, a veces dos horas, y terminaba exhausta. Ya tiene dos años, si paseamos esas dos horas eventualmente se rinde y pide descanso. Siéntate, ordeno una o dos veces, cuando termina de correr de un lado a otro y me ve próximo a la puerta, ella hace caso y ciño la correa alrededor de su cuello. Repito la orden al abrir la puerta, salgo antes, le doy la orden de salir y entonces la nariz empieza. Nico no pasea como otros perros, con el hocico levantado y las orejas alzadas, no, ella casi siempre pasea con la nariz en el suelo y las orejas barriendo los olores de la calle. Caminamos media cuadra, giramos a un baldío y he adquirido la costumbre de correr una mínima parte del camino para que no se quede oliendo el basurero del restaurante de mariscos. Si no lo hago, necea, pone toda la fuerza en la densidad de sus huesos, huele los botes de basura, las bolsas que están (o ya no están, pero han dejado su marca, sus hedores) y jalarla se convierte en una proeza. Llegamos a la banqueta de la UDLA, empieza el paseo, la parte divertida para ella, donde la dejo oler el césped los minutos que le sean necesarios. Huele basura, huele las excreciones de otros perros, huele las envolturas de comida que alguien ha tirado descuidadamente y huele hasta encontrar, misteriosamente, todos los huesos de pollo y de cerdo que han tirado los antepasados más lejanos. Hay días que tengo que quitarle dos o tres veces los huesos del hocico, tirarlos lejos, porque ella invariablemente los encuentra. A veces espera hasta el regreso, hasta el día siguiente, o una semana entera, que a mí ya se me olvidaron, para correr directamente al botín, jalarme con todas sus fuerzas, y metérselo a la boca. No puedo distraerme con ella porque nunca sé. La primera mitad del paseo es la más larga. No hay negociación: ella huele el pasto, yo debo retrasar mi marcha, ser paciente, permitirle que haga uso de sus dones, darle su espacio para que cace la comida que —ella jura— comeremos en casa, o en el camino. No puedo convencerla de que vayamos atrás (a una distancia prudente) de la muchachita de nalgas paradas, o la de los muslos bonitos, o atrás de la experta en caminar con tacones. Después de un kilómetro y setecientos metros, nos regresamos y es mi turno. Ella va del lado de la acera, no tiene nada que oler, sabe que es hora de regresar y sus pasos son regulares. Lo único de lo que nos cuidamos es de los otros perros: Ella se detiene cuando ve a otro perro, a veces se agazapa y no se mueve, hasta que tiene la oportunidad de olisquearlo, o saludarlo. Ya aprendió a cuidarse de los perros nerviosos, esos que le ladran, o esos que le gimotean, esos qué, generalmente, sacan a pasear al dueño y lo llevan arrastrando. A esos simplemente voltea a verlos y luego, cuando quedan atrás, sigue volteando, mientras yo la arrastro a ella, y le digo que es hora de regresarnos. Aunque es más fácil ver muchachas durante el regreso, también es más cansado, porque yo ya quiero regresar a mi casa y generalmente las rebasamos, y también a los muchachos, y a las bicicletas flojas, y a los niños parlanchines. Miro a Nico regularmente, me fijo si tiene una expresión cansada, en su respiración y su lengua kilométrica a punto de trapear el concreto. Entonces bajo la velocidad, de todos modos, la zona está menos poblada a esas alturas, menos gente camina por ahí. A veces Nico cacha el olor de una persona, le parece interesante, y no me deja avanzar hasta terminar de oler, por supuesto, a una distancia prudente del personaje que le interesa. Giramos, corremos para evitar la basura del restaurante, evitamos una pequeña jauría de perritos que últimamente se sienten los dueños de la cuadra, el guardia nos abre la puerta y tengo ganas de soltarle la correa. Sólo lo hago cuando hace calor, y después de fijarme varias veces si no hay un carro con la luz encendida. He soñado que así me la atropellan y por eso lo hago pocas veces. De todas maneras, si la suelto, corre directamente a la entrada de la casa, me espera echada en lo que llego, parece satisfecha y feliz de haberse robado un pedazo de mundo. Es hermoso ver como un rostro tan cansado, aunque sea por la naturaleza de su raza, se ilumina con la gracia de un breve paseo.

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escrito por el Martes, mayo 21, 2013

13034 (Juliette)

13034 (Juliette)

El 27 de Enero de 2013, vi la luna asomarse por detrás de las cerros. Estaba en el coche, con Sol, en la carretera de regreso a Atlixco. Primero me sorprendió, ya que jamás la había visto de esa forma. Primero pensé que era el domo de una estructura, o un incendio impresionantemente simétrico (tan lejano que los ojos caen en la trampa de la perfección). La luna estaba ligeramente amarilla, su luz parecía la de un sol tímido, abriéndose paso a través de unos cerros ensombrecidos. Se lo comenté a Sol y ella volteó discretamente a mirar. ¿Ya te fijaste lo rápido que se alza? Y sí, la luna parecía alzarse entre la oscuridad, un poco más cada vez, no sabía si era porque estábamos bajando en la carretera o porque así de rápido se mueven los astros y no es hasta que hay una referencia, damos cuenta de la velocidad con la que se mueven. Siempre que pienso: “Debería tomar una fotografía”, no lo hago, porque eso entorpece los sentidos, no permite que la memoria haga lo suyo. Es lo mismo que escribir un cuento tan pronto se te ocurre. Alguien que estuviera entre los árboles de esos bosques, apreciando la luna más cerca de lo que yo estaba ahora, debió tener una especie de revelación, o quizás una vista habitual donde revitaliza los sentidos, su lugar en el mundo. Ahora, mientras escribo esto, fisgo al sol que se oculta detrás de unos edificios, los rayos de luz lastiman un poco la mirada pero fijándose de veras, ves el movimiento de las sombras, como cambian de color las cosas, y los seres vivos, los monstruos que se alimentan de las malas hierbas. Estático, quieto, sin pensar, sin celulares y sonidos de alerta, mira hacia allá y asimila como envejeces. Detenerse unos momentos, y admirar el movimiento del sol y de la luna, nos enseña nuestro lugar en lo inexorable.

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escrito por el Lunes, mayo 6, 2013

13029 (Juliette)

13029 (Juliette)

Los perros:

  • Como soy mono de ciudad, tomo nota de los perros que tienen en los terrenos que están a mi alrededor. Mi vecino inmediato tiene una jauría de cinco perros. Asumo que son necesarios para proteger el terreno de las ratas, los topos, las víboras, y los perros de los baldíos foráneos. No me imagino que los ladrones sean cosa grave. ¿Qué se van a robar? ¿Mazorcas?
  • Alguna vez me contaron que algunos ladrones entran a los baldíos para robarse los grillos. Los grillos se fríen y se venden como botana en los mercados.
  • En terrenos vecinos, he contado una jauría de tres y una jauría de cuatro o cinco. Otro vecino es dueño de tres boxers a los cuales mantiene encadenados. Estos perros, atados a su correa, nos miran a mí y a Nico pasear (cuando pasamos por ahí, últimamente evito el lugar). Esos perros tienen cara de personas, pienso que algo pensarán de nosotros.
  • No sé si estos perros tengan nombre y si los hayan reducido a una utilidad práctica: La protección. No sé, también, si los alimentan o si los han entrenado de alguna manera. Me sorprendería y me alegraría que sí.
  • Como son más salvajes y viven en un ambiente más primitivo, los perros de mi vecino, el Señor Calavera, mataron a uno de los perros más débiles de la jauría. Luego se lo comieron. No desperdician nada.
  • He visto a la jauría de los cinco perros caminar por toda la cuadra, afuera de los restaurantes, en búsqueda de bolsas de basura. Creo que el Señor Calavera así filtra a su jauría de perros. Deja que vayan por las calles y si la calle es cruel, morirán atropellados, o se perderán al perseguir un olor intenso y no encuentren el camino de regreso.
  • Perder el camino de regreso: Acabar caminando en una carretera de madrugada. Así me perdí yo alguna vez, aunque mi situación, obviamente, fue favorable. Ojalá otros perros encuentren un buen camino tan pronto pisan una autopista.
  • Algunas madrugadas se alebrestan, y aúllan, o ladran. Imagino que algún perro intruso, el perdido de otra jauría, se abre espacio entre los maíces y tiene la esperanza vacua de haber encontrado un nuevo hogar. Entonces los cinco se despiertan, reciben violentamente al intruso, se deshacen de él. Siempre me inquieto cuando eso pasa.
  • Los perros de Coetzee y de Vargas Llosa. Se debe vivir en un lugar con perros liberados, condenados a su lado más salvaje, para que uno pueda apreciarlos como lo que son, la posibilidad de que no son unos animales adorables, domésticos, leales, siempre fieles. No me parece una fantasía, tampoco me parece absurdo, que los perros del Cerro de la Estrella se dedicaran a cazar hombres.
  • Mi perro intentó morderme una vez que le quité el hueso. Tuve que enseñarle que eso no se hace.
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escrito por el Viernes, abril 12, 2013

13022 (Juliette)

13022 (Juliette)

He pensado en tatuarme un bosque en la espalda. Primero un árbol en el omóplato derecho, un árbol discreto y pequeño, pero frondoso, quizás un olmo. Después un arbusto de tomillo, tan parecido a los árboles navideños, en el omóplato izquierdo. Quizás un ciruelo chino en un costado, y en el otro costado un maple canadiense, y poco a poco, llenar mi espalda de árboles hasta formar un bosque imaginario, y quien sabe, si algún día tengo la paciencia, quizás diseñe un árbol central, uno más grande que los otros, el árbol que siempre deseé ser, porque de todas las cosas me gustaría ser un árbol. (¿No es eso un peligro? He diseñado un árbol que no existe, y ahora que existe, ¿cómo puedo ser algo que alguna vez fue soñado?). Cuando mi vida acabe, y si por alguna suerte entre el azar de las divinidades, el karma me convierte en otra cosa en mi próxima vida, ojalá fuera uno de los múltiples árboles que sueño con pintarme en la espalda. Si no el más grande de todos, me contentaré con ser el arbusto de tomillo, o con el arbolito de dólar como los que me enseñaba mi abuela cuando paseábamos en los jardines de la Kennedy, o una de esas vulgares coníferas que delimitan los territorios de una casa. Tampoco tengo problemas en convertirme en un cacto, aunque ya conozco a un cacto, y parece que no tienen la vida fácil. Si un árbol, de por sí, es una quietud impresionante cuyos únicos cambios están sujetos a los caprichos estacionales, imagínese un cacto que solamente sabe sufrir del sol y de ahorrar el agua con una virtud imaginaria. Quizás también deba tatuarme tres o cuatro especies de espinas, ¿y por qué no flores? Una dalia, por ejemplo, ahora que tuve una casa me impresionaron sus grandes y hermosas hojas, sus flores extensas y coloridas, una sorpresa genética de colores nada tímidos. También me tatuaré un murgaño, o una colonia de murgaños, que me parecen todavía más fascinantes que las hormigas, porque luego se unen en una enorme esfera de patas deshilachadas, y cuando se juntan trescientos parecen crear una sola criatura monstruosa (como Sztamosz, con sus múltiples ojos y sus múltiples espinas, el monstruo en el hombro de Miriod voltea a mirarme, hace algo parecido a una sonrisa), y cuando enrojecen me imagino que se enojan, y corren torpemente enfurecidos porque alguien les echó agua, un niño les quitó una pata, un grillo los amenaza con quitarles algo de su existencia, por eso jamás me tatuaré grillos, o saltamontes, aunque a veces me gustan sus cantos he descubierto que son como las ratas y acaban, poco a poco, con todo eso que me gusta tener en mi jardín.

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escrito por el Jueves, enero 31, 2013

13011 (Aleph)

13011 (Aleph)

He descubierto un placer horrible en hacerme el gringo, y no es tan difícil; Lo parezco. Al principio sacaba a los vendedores de su error pero de todos modos me complacían hablándome en inglés. Would you like a tatoo? Have you explored wonderful Shcaret? Are you interested in having some fun, pretty boy?

Pretty boy, se me derrite el corazón. Me pregunto si imaginarán que mi abuela venía de un pueblo, que era una analfabeta, que cazaba ranas y conejos para comer todos los días. Tampoco imaginarán que durante un par de años vivía como un hombre frugal, prudente y dolido, huevo y pan para comer toda la semana, a veces un poco de jamón, y lloraba con cada aumento a los cigarros. Algunos años, durante la huelga de la UNAM, escuchaba cuánto pagarían mis amigos por una universidad privada y a mí no me quedaba otra más que esperar, y hubo otros que también esperaron a la UNAM y mientras tanto, ese año, viajaron a Europa para desdeñar a la Mona Lisa o escupir en la entrada del Vaticano. Alguno que otro viajó a Buenos Aires para aprender a usar el látigo como los gauchos. En mi primer trabajo abrí las puertas a las personas más bellas, y más excéntricas, que conocí jamás. Ignoran que un actor con senos falsos y tacones dorados prometió sacarme de mi pobreza, y quiso invitarme una botella de vino, del mejor vino, por abrirle la puerta para que saliera, el último en la lista. No se lo imaginan, me ven y creen que poseo la abundancia de un judío shakespeareano, de un ingeniero alemán, del top seller de seguros en New Jersey, o alguna otra pavada. La última vez que saqué a un vendedor de su error, me insultó por no comprarle un paquete turístico, sin ningún empacho me mandó a chingar a mi madre, mientras me miraba de arriba a abajo, y hacía una sonrisita sardónica, quizás me imaginó como un empresario chilango, o un regio hacendado. Me fui con una joroba, de las pocas veces, sin responder. Sí, cuento todas las veces que no respondo. Soy un manojo de expectativas retorcidas.

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escrito por el Miércoles, diciembre 12, 2012

Velas de lectura

Velas de lectura

Ayer cumplí 31 años pero en vez de elogiar o solapar la edad adulta (u otras cosas igual de lamentables), mejor aprovecho la caminata para hablar de leer y de como aprendí a leer. Sí, la mayor parte de este post lo escribí en el teléfono mientras caminaba.

  • He pasado mucho tiempo de mi vida leyendo. Reafirmo, cada vez que abro un libro, un cómic o un manga; que otros placeres, ocios o estudios no me atraen igual. Incluso dedicarme a un juego que no sea casual se ha convertido en una tarea difícil. Me pregunto, a menudo, ¿cómo crece o vive la gente que no lee?

  • Mi abuela, casi analfabeta, me enseñó a leer a los cuatro años. Quizás comenzó antes. Todos los días, en el ambiente frío y gris rata de un puesto de zapatos en el mercado de la Balbuena, repasábamos letras en el periódico. Eventualmente las letras se convirtieron en palabras, oraciones, párrafos completos. Una vez que supe nació un animal hambriento. El mercado era un lugar oscuro, frío, apenas vivo por el lugar tan escondido en el que estaba localizado. Ahí, una de las pocas cosas capaces de arrojar luz, alimentar al monstruo, era la lectura.

  • Leía el periódico, leía cómics y la tira del domingo (Todos los domingos esperaba ansiosamente, en el Universal, el siguiente episodio de Dick Tracy). En el mercado, compraba en el puesto de periódicos uno de varios: “Archie y Verónica”, “Tom y Jerry”, “Las aventuras del Pato Donald”, “La familia Burrón” o “Memin Pingüín”. Mi abuela pedía, en algunas ocasiones, que los leyera en voz alta para corregirme si me equivocaba.

  • En casa teníamos libros, demasiados. Mis tíos más jóvenes leían ciencia ficción y fantasía. En cajas, ocultos, estaban los libros de mi abuelo… Una colección impresionante y discordante: antropología, dibujo, astrología, psicología, enciclopedias de historia y cómics de Vargas Dulché. Muchas veces los hojeé, sin entender mucho lo que pasaba, los libros de ambos mundos eran ajenos: Unos por su vocabulario y otros porque estaban en inglés.

  • Mi madre tenía un libro de ilustración de Michael Moorcock. Criaturas desnudas en un mundo fantástico. Rostros alargados, ovalados, ojos vivos en rostros imposibles. De niño, le rayé unos garabatos con pluma. Quería participar en la creación. Mi madre, dolida, me quitó el libro para siempre y, luego de unos años, lo dejó a mi alcance vencida. No cabe duda, los niños destruimos todo. Unos años más tarde que vi mis pequeñas interrupciones, me arrepentí. Hice lo mismo con otros de sus libros, incluyendo un libro ruso de ajedrez con unas ilustraciones bellísimas y un puñado de libros ilustrativos de cómo aprender a pintar.

  • El colmo: un día, uno de mis tíos abre un programa en la Commodore 64. Es un juego llamado Zork, una aventura de texto, la más famosa de todos los tiempos (La mencionan a menudo en Big Bang Theory, y es referencia obligada de “Ready Player One”. Cualquiera que deseé hacer ficción interactiva debe conocerlo). A cada momento le pedía a mi tía que me tradujera lo que pasaba, estaba enganchado en el misterio y me asombraba que pudieras escribir en la computadora lo que quisieras hacer, y con ello cambiar el rumbo de la historia. Ella, cansada del chamaco, dijo que debía aprender inglés y dejara de molestar. Tenía seis o siete años.

  • A los nueve años ya poseía el nivel suficiente de inglés para pasar un par de pantallas en Zork, y leer algunas páginas de los libros de mis tíos (y sus portadas luminosas, vistosas, mundos ajenos en espera de ser devorados). Otro tío al ver esa pequeña hambre que me guardaba, me sugirió leer mi primer manga en una traducción inglesa: “Crying Freeman”.

  • “Crying Freeman”, después de Dick Tracy, fue mi incursión en el mundo noir, un mundo agresivo, adulto y violento. Páginas oscuras, hombres armados, mujeres fatales, negocios turbios con empresarios. Recuerdo mucho una escena donde un personaje le comparte a otro la geisha que contrató. Ambos hombres, uno joven y uno viejo, poseen a la hermosa geisha. Cierran el negocio. Empecé a intuir uno de los mecanismos del sexo.

  • Para entonces, ya había cambiado mis cómics por el universo Marvel. Específicamente Spiderman (aunque también perseguía a los Hombres X y los Vengadores. Novedades editaba, en aquel entonces, los arcos que escribía Jack Kirby). Si no los había en español, a veces conseguía arcos más actuales en la American Bookstore. Spiderman y su humor, su genialidad, su inseguridad, perpetuamente enamorado de Mary Jane y su sola confidente, la tía May, me ganaron. Se parecía mucho al niño y su abuela en el mercado.

  • Mi tío Rafael me entrega una nota de su propia experiencia mientras espera el nacimiento de su hija en el hospital: “Si quieres leer buenos cómics, fíjate en las burbujas de diálogo. Entre más texto haya en las burbujas, quiere decir que es de mejor calidad”. (Por supuesto, esto es debatible por muchas razones… sin embargo, en aquel momento me pareció la verdad, y a la fecha, me fijo en cuántos diálogos tiene un cómic). Después fuimos a un puesto de revistas, me compró dos comics de “Conan, el Bárbaro” y unos de la Familia Burrón. Esa tarde, mientras esperábamos el nacimiento, nos la pasamos leyendo en silencio.

  • También leí libros. A los doce años, mi nivel de inglés me permitía leer con seguridad algunos libros de terror, fantasía y de ciencia ficción (con diccionario a un lado): Stephen King, Clive Barker, Brian Aldiss, Isaac Asimov, Robert Heinlein, Arthur C. Clarke, Larry Niven, Orson Scott Card. Mi madre me regaló libros de Orwell, de Baum, de Verne, de Poe y una versión adulta, incluyendo los cuentos crueles, de los Hermanos Grimm. Alguna vez, aprovechando una liquidación de “El Sotano”, compramos al menos unos 30 ó 40 libros de editorial Minotauro. Costaron diez pesos cada uno. Uno de mis libros favoritos de entonces, que consumió meses de mi tiempo, fue un “Crea tu propia aventura” de los Hombres X.

  • Mi tía me prestó su copia de la “Historia Interminable”. Las cosas cambiaron. Hasta entonces, en cualquier mundo fantástico o tecnológico, había reglas y las reglas quedaban claras. En este libro encontré un laberinto, un mundo engañoso y cruel, una posibilidad de que las cosas no acabaran bien y que sería difícil saber por qué, sin explicaciones, podía ser desde el haber interpretado mal el juego de palabras hasta que las mentiras poblaran el mundo real, el de afuera, el que pasaba en el libro y el que pasaba en el mío, donde yo sostenía el libro en las manos. Escuché por primera vez al espíritu de la tragedia.

  • Dejemos a un lado al niño y su exploración. Pienso ahora en la lectura: un acto íntimo, personal, donde lentamente aprecias las palabras que tienes entre las manos y continuamente formas una historia, desenredas un misterio, entras en personaje y cuando abandonas, es posible que te hayas llevado algo de ahí. Son múltiples regalos los que deja la lectura, y que parece imposibles conseguir en otro lugar: Oyes distinto, aprendes palabras, encuentras en la rutina o en algún paseo las imágenes para ilustrar ciertos fragmentos, tomas los secretos del mundo, puedes ser tan malo o tan bueno como desees, asocias personajes con personas y las personas con personajes. ¿Quién querría renunciar o evitar eso? ¿O quién rechazaría esa oportunidad?

  • No pasa lo mismo con las series o con las películas, no son un reemplazo para leer, aunque a veces consiguen engañarlo a uno. El acto cambia porque no hay una intimidad, ves a personas interpretar papeles y es difícil imaginárselos de otra forma. Narran una historia, pero narran la historia desde un sólo punto, no ofrecen la oportunidad de perderse. Una serie o una película, utiliza las experiencias del espectador como un testigo, quizás consiga relacionarse, pero no se compara a tener las palabras en las manos, en los ojos, en la punta de la lengua, y abrir la posibilidad de enloquecer, de convertirse en otro, aunque sea un cambio mínimo, como la forma de tomarse el té.

  • Hace poco, en la plática con un escritor, escuché a un hombre necio, empresario, diciendo que leía veinte libros en un mes (y luego lo cambió por un año). “Y no leo malos libros, leo a los clásicos: Dumas, Stevenson, Dickens”, sin embargo, es lo único que pudo articular coherentemente. Usando su lenguaje de empresario, quiso preguntarle a este escritor (Keret) cómo pensaba venderse, es decir: ¿Qué debería tener en cuenta él como consumidor para comprar su producto? Hablaba bronco, apresurado, repetía palabras, muletillas, quizás le incomodaba hablar entre muchos jóvenes. Más tarde, como siempre sucede en esas cosas, un chavo arguyó que leer era importante para México y un escritor leído por tantos jóvenes, debía ser un buen escritor. Aplausos estridentes. ¿La moraleja? Leer mucho no te hace mejor persona. No leas por eso porque vas a perder.

  • Me gusta la lectura como un laberinto. Es decir, no puedo leer solamente a cierto autor, o cierto género, así termino leyendo cosas que no imaginaba. Algunos lectores consiguen disciplinarse: Se dedican a ciertos autores, se dedican a ciertos géneros, a las novedades editoriales, a la literatura de una sola región, a los Nobel, a los recomendados o a sus clásicos. Cumplen su cuota, se lavan las manos. Lo que salga de su círculo se convierte en algo despreciable, difícil de leer, imposible de manosear o disfrutar. Me parece triste. En cada libro, sobre todo los extraños, existe la oportunidad de rescatar la vida.

  • Los libros que provocan sentimientos de enojo, de abandono o de amargura, son libros a los que presto peculiar atención: Algo está pasando, comunica o provoca, tal vez me recuerdan algo que ya olvidé o algo que deseé. Eso no hace mejor, o peor, al libro, simplemente descubren otra cosa. También de eso trata leer: Perseguirse.

  • Esta será mi última entrada del año, por eso tan extensa. He decidido convertirlo en una costumbre: Abandonar el blog en las fechas del cumpleaños (30+1, oh man) y retomarlo a mediados de Enero, o hasta inicios de Febrero (aw, a ver). Diciembre, sus compromisos, sus vacaciones y los múltiples proyectos no me permiten dedicarle más tiempo al árbol, sin embargo, seguiré en twitter y en otros lados, como es mi costumbre. Así que aprovecho para desearle a los lectores, los perdidos y los curiosos felices fiestas, un feliz fin del mundo, un feliz año nuevo, y una clemente cuesta de Enero. Un abrazo, nos vemos otro día.

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