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13048 (Juliette)

By on Viernes, julio 5, 2013

Juliette, además de ser un samurái que se levanta en las mañanas pensando en la muerte, también piensa constantemente en el crimen. Hulk, en la película de los Vengadores, revela su secreto: “siempre estoy enojado”, e inmediatamente se transforma. En vez de negar su naturaleza monstruosa, cede al instante, y está preparado para ella. Juliette “siempre está preparada para el vicio”. Hace algunas notas dije que tenía un grupo de criminales a su lado para recorrer Italia, como una banda de aventureros en un JRPG, (ah… quizás podrían hacer un videojuego con los libros de Sade, uno peculiarmente violento). Es curioso, perverso y tremendo, cómo se va deshaciendo de ellos a lo largo de su viaje. Nadie está a salvo. El honor no existe. Es muy fácil caer en la tentación de una mentira para asesinarlos y con ello, satisfacer placeres más oscuros. Pienso, ahora, en ¿cuáles son mis principios? A inicios de año, me encontré un iPhone 5 tirado en el piso, cubierto de polvo, y recuerdo que lo levanté, lo contemplé un rato, y pensé en qué hacer con él. De haber sido Juliette, un criminal más refinado, lo hubiera apagado e inmediatamente lo hubiera llevado a la tienda de empeños más cercana. O quizás lo hubiera apagado, hubiera ido a comprar los cables y después lo hubiera reseteado para quedármelo. Pude hacer muchas cosas pero decidí confiar en el destino. Me fijé que tenía el ícono de ubicación activado, el dueño lo estaba buscando. Suspiré, hice una anotación en mi propio teléfono dejando mis datos y tomé una foto con el teléfono extraviado. Tomé la decisión de esperar. Fotos en streaming activado, era cuestión de tiempo para que me llamara. No lo hizo en el momento. Bien, pensé, si pasa una semana y no han reclamado el teléfono, entonces decidiré qué hacer con él. A las dos horas empezó a vibrar. El final feliz: Vinieron a la casa por el teléfono y nos agradecieron, brevemente, la buena acción. ¿Siento alguna tranquilidad? Una de las filosofías que se repiten constantemente, en Sade, es que la virtud es problemática. La virtud se educa a través del tiempo, son cosas que se aprenden, mientras que los vicios y la criminalidad son resultado de la naturaleza, una chispa inevitable. La virtud, en sus grandes defectos, son los grandes remordimientos que provocan. Es decir: Cada vez que olvido en hacer una bondad, siento la mirada pesada de una sombra sobre mis hombros, la espalda, la cabeza. Se convierte en una angustia constante hacer el bien, y la angustia se multiplica cuando lo olvidamos. ¿Y el vicio, el crimen? Sade no lo dice, lo muestra con Juliette, debe estar preparada para hacer los males, cualquiera que sea, por más horrible que parezca, y ceder a su impulso animal. Su más grande recompensa, se me ocurre, es asesinar el remordimiento que permea a las buenas...

13038 (Where’s your head at?)

By on Domingo, junio 2, 2013

En los paseos de Nico, a las cinco o seis de la tarde, cuando ya estamos regresando a la casa, nos encontramos uno de los árboles más altos de la cuadra lleno de zanates. Silban juntos, como si avisaran de una fiesta o que ya viene la tira (mi mujer los llama tranchos, me da gracia cuando usa la palabra), y luego las manchas negras escapan de entre las ramas, vuelan en giros arriba de los edificios, la escuela, los departamentos y la universidad, para regresar juntos al árbol y agarrar un nuevo impulso. Son una banda de maleantes alegres. ¿Han visto un zanate de cerca? Tiene los ojos de un animal furioso, su pico es como un puñal y de algún modo, sus plumas negras y brillantes parecen llenas de violencia. En ese árbol, lo que dure su alharaca, siempre los miro con algo de sorpresa y curiosidad. ¿Por qué lo harán? ¿Será un rito de apareamiento? ¿Hacen ejercicio antes de dormir? ¿O sus silbidos es una murmuración de los ausentes? Siempre me prometo, a la misma hora, llevar la cámara de video la próxima vez. También siempre se me olvida, así que cuando paso por ahí, despierto la memoria y trato de grabarme los ruidos, los silbidos, los patrones de puntos negros en el árbol y las elípticas que hacen al volar. Aunque la escena se repite todos los días, tiene sus pequeñas diferencias como la forma del vuelo, o la cantidad de pájaros que vuelan, o cuando se dividen en dos o tres grupos para agarrar distintos caminos. Algunas veces los zanates no vuelan, se quedan en el árbol y silban, silban, silban. Pienso en Borges. Estos no son los gritos de un pájaro, son una canción, una comunión, la misa regular a la misma hora, un momento cotidiano que, aún con sus pequeñas variantes, repite actores y movimientos. El grito del pájaro es de otro tipo de ave, una ruptura, algo que cimbra el espíritu y lo deja partido en dos, o en...

13035 (Juliette)

By on Sábado, mayo 25, 2013

Pasear con Nico: Anuncio que saldré a pasear con Nico. Ella se levanta de donde esté echada, me sigue cautelosamente, algo sospecha aunque a veces mi anuncio sea silencioso. (Siempre sospecha, la muy mensa se levanta para seguirme a todas partes). Abro la puerta de la bodega, donde guardo sus correas y la cadena de castigo hace ruido. Nico se emociona, busca el juguete más cercano para mordisquearlo, corre un rato en círculos o de un lado a otro, su entusiasmo parece sincero, aunque la verdad, parecen señales de exceso de energía. No entiendo por qué, pasea todos los días, una hora, cuando era un cachorro lo sacaba a pasear una hora y media, a veces dos horas, y terminaba exhausta. Ya tiene dos años, si paseamos esas dos horas eventualmente se rinde y pide descanso. Siéntate, ordeno una o dos veces, cuando termina de correr de un lado a otro y me ve próximo a la puerta, ella hace caso y ciño la correa alrededor de su cuello. Repito la orden al abrir la puerta, salgo antes, le doy la orden de salir y entonces la nariz empieza. Nico no pasea como otros perros, con el hocico levantado y las orejas alzadas, no, ella casi siempre pasea con la nariz en el suelo y las orejas barriendo los olores de la calle. Caminamos media cuadra, giramos a un baldío y he adquirido la costumbre de correr una mínima parte del camino para que no se quede oliendo el basurero del restaurante de mariscos. Si no lo hago, necea, pone toda la fuerza en la densidad de sus huesos, huele los botes de basura, las bolsas que están (o ya no están, pero han dejado su marca, sus hedores) y jalarla se convierte en una proeza. Llegamos a la banqueta de la UDLA, empieza el paseo, la parte divertida para ella, donde la dejo oler el césped los minutos que le sean necesarios. Huele basura, huele las excreciones de otros perros, huele las envolturas de comida que alguien ha tirado descuidadamente y huele hasta encontrar, misteriosamente, todos los huesos de pollo y de cerdo que han tirado los antepasados más lejanos. Hay días que tengo que quitarle dos o tres veces los huesos del hocico, tirarlos lejos, porque ella invariablemente los encuentra. A veces espera hasta el regreso, hasta el día siguiente, o una semana entera, que a mí ya se me olvidaron, para correr directamente al botín, jalarme con todas sus fuerzas, y metérselo a la boca. No puedo distraerme con ella porque nunca sé. La primera mitad del paseo es la más larga. No hay negociación: ella huele el pasto, yo debo retrasar mi marcha, ser paciente, permitirle que haga uso de sus dones, darle su espacio para que cace la comida que —ella jura— comeremos en casa, o en el camino. No puedo convencerla de que vayamos atrás (a una distancia prudente) de la muchachita de nalgas paradas, o la de los muslos bonitos, o atrás de la experta en caminar con tacones. Después de un kilómetro y setecientos metros, nos regresamos y es mi turno. Ella va del lado de la acera, no tiene nada que oler, sabe que es hora de regresar y sus pasos son regulares. Lo único de lo que nos cuidamos es de los otros perros: Ella se detiene cuando ve a otro perro, a veces se agazapa y no se mueve, hasta que tiene la oportunidad de olisquearlo, o saludarlo. Ya aprendió a cuidarse de los perros nerviosos, esos que le ladran, o esos que le gimotean, esos qué, generalmente, sacan a pasear al dueño y lo llevan arrastrando. A esos simplemente voltea a verlos y luego, cuando quedan atrás, sigue volteando, mientras yo la arrastro a ella, y le digo que es hora de regresarnos. Aunque es más fácil ver muchachas durante el regreso, también es más cansado, porque yo ya quiero regresar a mi casa y generalmente las rebasamos, y también a los muchachos, y a las bicicletas flojas, y a los niños parlanchines. Miro a Nico regularmente, me fijo si tiene una expresión cansada, en su respiración y su lengua kilométrica a punto de trapear el concreto. Entonces bajo la velocidad, de todos modos, la zona está menos poblada a esas alturas, menos gente camina por ahí. A veces Nico cacha el olor de una persona, le parece interesante, y no me deja avanzar hasta terminar de oler, por supuesto, a una distancia prudente del personaje que le interesa. Giramos, corremos para evitar la basura del restaurante, evitamos una pequeña jauría de perritos que últimamente se sienten los dueños de la cuadra, el guardia nos abre la puerta y tengo ganas de soltarle la correa. Sólo lo hago cuando hace calor, y después de fijarme varias veces si no hay un carro con la luz encendida. He soñado que así me la atropellan y por eso lo hago pocas veces. De todas maneras, si la suelto, corre directamente a la entrada de la casa, me espera echada en lo que llego, parece satisfecha y feliz de haberse robado un pedazo de mundo. Es hermoso ver como un rostro tan cansado, aunque sea por la naturaleza de su raza, se ilumina con la gracia de un breve...

13030 (Juliette)

By on Jueves, mayo 9, 2013

Lista de buenos deseos para este año que quizás no se cumplan porque soy un troglodita mal organizado y desidioso: Fumar menos, cuarenta minutos de gimnasio diarios, media hora de yoga y estiramientos, escribir una historia interactiva, mejor un libro de crear tu propia aventura, aplicar para una o dos becas en el sistema de creadores, escribir dos libros más, terminar uno o dos videojuegos que valgan la pena, alcanzar los 70 libros leídos este año, reducir mi consumo de coca cola, entrenar a Nico para que busque cosas a través del olor, ¿qué sería una lista así si no prometiera dejar de escribir listas así?, investigar como cuidar cactos porque Bob tiene un par de ramificaciones preocupantes, escribir al menos 250 entradas en el árbol, publicar al menos uno de los libros que he escrito, acabar al menos uno de los juegos mediocres que he empezado, comprar una consola más actual de videojuegos, ignorar el celular mientras paseo con Nico o con Killer, tenerle más paciencia a Sol porque soy un bruto y qué pena que así me quiera, visitar más a menudo a mi familia, viajar para recoger historias al menos una vez este año, escribir todos los cuentos que anoto en mi diario de líneas, aprenderme uno o dos poemas de memoria porque ya-chole con el de Yeates y el de Larkin, salir de mi zona de confort para conocer más gente en Cholula, nunca aburrirme de tomar fotografías del cielo y del Popo, seguir explorando los diarios de las personas alternas (Böhrs, Santiel, Dor, Bob, Mafessoli, Caín, etcétera), escribir escenas más cachondas porque me estoy oxidando de tanto pensar en el lenguaje (¿qué? ¿No puedo?), conocer a mucha gente que deseo conocer, anotar más cosas de mi lectura, dormir más temprano y despertar más temprano, reducir significativamente las deudas y que nunca se agoten los deseos. El genio no concede estas...

13010 (Aleph)

By on Miércoles, enero 30, 2013

En la playa sabía que no podría trabajar en mi proyecto actual, así que fui insistente y todos los días me la pasé rezando el mantra: “Aquí no escribirás, aquí viniste a descansar”. Pobre imbécil. Todos los días pensé en el libro que dejé a medias, resguardado bajo el Popocatépetl y las orejas de Nico, y a cada oportunidad sacaba el teléfono para dictar líneas, o escribirlas, o anotar el nombre de algún personaje, o los inconvenientes de escribir el cuento de una forma cuando otra puede ser mucho más interesante, una exploración satisfactoria. Aquí no escribirás, me dije otra vez, pero luego en medio del bufet, con el pedazo de hamburguesa en la boca, algún vecino de mesa decía alguna brillantez y los dedos temblaron, de nuevo el celular en mano, otra nota en el diario de todas las cosas. El sosiego lo encontré todos los atardeceres, el sol cayendo a las fauces del mar, un cigarrillo encendido y cientos de suspiros. Es cierto, murmuraba, nadie puede escribir cuando está...

13009 (Aleph)

By on Sábado, enero 26, 2013

Sabe contar historias pero ahora le preocupa el lenguaje. En las cosas menos esperadas encuentra el arranque de una historia pero se le traba en la garganta, porque piensa en imágenes, y le falta precisión que engalanará esa línea inicial. Se va el día pensando en ello, mientras camina, y se topa con los murmullos de múltiples excusas: “Engatusar con el inicio es sólo para cobardes, la valentía consiste en hablar el cuento, hablarlo fuerte, destriparlo de todo adorno, inventar los gestos inexplicables para que la gente se ría, se asuste o se sorprenda en el momento indicado”. Jamás se le ocurre abrir un libro, pero eso sí, en su cabeza se escucha muy elocuente.

Velas de lectura

By on Miércoles, diciembre 12, 2012

Ayer cumplí 31 años pero en vez de elogiar o solapar la edad adulta (u otras cosas igual de lamentables), mejor aprovecho la caminata para hablar de leer y de como aprendí a leer. Sí, la mayor parte de este post lo escribí en el teléfono mientras caminaba. He pasado mucho tiempo de mi vida leyendo. Reafirmo, cada vez que abro un libro, un cómic o un manga; que otros placeres, ocios o estudios no me atraen igual. Incluso dedicarme a un juego que no sea casual se ha convertido en una tarea difícil. Me pregunto, a menudo, ¿cómo crece o vive la gente que no lee? Mi abuela, casi analfabeta, me enseñó a leer a los cuatro años. Quizás comenzó antes. Todos los días, en el ambiente frío y gris rata de un puesto de zapatos en el mercado de la Balbuena, repasábamos letras en el periódico. Eventualmente las letras se convirtieron en palabras, oraciones, párrafos completos. Una vez que supe nació un animal hambriento. El mercado era un lugar oscuro, frío, apenas vivo por el lugar tan escondido en el que estaba localizado. Ahí, una de las pocas cosas capaces de arrojar luz, alimentar al monstruo, era la lectura. Leía el periódico, leía cómics y la tira del domingo (Todos los domingos esperaba ansiosamente, en el Universal, el siguiente episodio de Dick Tracy). En el mercado, compraba en el puesto de periódicos uno de varios: “Archie y Verónica”, “Tom y Jerry”, “Las aventuras del Pato Donald”, “La familia Burrón” o “Memin Pingüín”. Mi abuela pedía, en algunas ocasiones, que los leyera en voz alta para corregirme si me equivocaba. En casa teníamos libros, demasiados. Mis tíos más jóvenes leían ciencia ficción y fantasía. En cajas, ocultos, estaban los libros de mi abuelo… Una colección impresionante y discordante: antropología, dibujo, astrología, psicología, enciclopedias de historia y cómics de Vargas Dulché. Muchas veces los hojeé, sin entender mucho lo que pasaba, los libros de ambos mundos eran ajenos: Unos por su vocabulario y otros porque estaban en inglés. Mi madre tenía un libro de ilustración de Michael Moorcock. Criaturas desnudas en un mundo fantástico. Rostros alargados, ovalados, ojos vivos en rostros imposibles. De niño, le rayé unos garabatos con pluma. Quería participar en la creación. Mi madre, dolida, me quitó el libro para siempre y, luego de unos años, lo dejó a mi alcance vencida. No cabe duda, los niños destruimos todo. Unos años más tarde que vi mis pequeñas interrupciones, me arrepentí. Hice lo mismo con otros de sus libros, incluyendo un libro ruso de ajedrez con unas ilustraciones bellísimas y un puñado de libros ilustrativos de cómo aprender a pintar. El colmo: un día, uno de mis tíos abre un programa en la Commodore 64. Es un juego llamado Zork, una aventura de texto, la más famosa de todos los tiempos (La mencionan a menudo en Big Bang Theory, y es referencia obligada de “Ready Player One”. Cualquiera que deseé hacer ficción interactiva debe conocerlo). A cada momento le pedía a mi tía que me tradujera lo que pasaba, estaba enganchado en el misterio y me asombraba que pudieras escribir en la computadora lo que quisieras hacer, y con ello cambiar el rumbo de la historia. Ella, cansada del chamaco, dijo que debía aprender inglés y dejara de molestar. Tenía seis o siete años. A los nueve años ya poseía el nivel suficiente de inglés para pasar un par de pantallas en Zork, y leer algunas páginas de los libros de mis tíos (y sus portadas luminosas, vistosas, mundos ajenos en espera de ser devorados). Otro tío al ver esa pequeña hambre que me guardaba, me sugirió leer mi primer manga en una traducción inglesa: “Crying Freeman”. “Crying Freeman”, después de Dick Tracy, fue mi incursión en el mundo noir, un mundo agresivo, adulto y violento. Páginas oscuras, hombres armados, mujeres fatales, negocios turbios con empresarios. Recuerdo mucho una escena donde un personaje le comparte a otro la geisha que contrató. Ambos hombres, uno joven y uno viejo, poseen a la hermosa geisha. Cierran el negocio. Empecé a intuir uno de los mecanismos del sexo. Para entonces, ya había cambiado mis cómics por el universo Marvel. Específicamente Spiderman (aunque también perseguía a los Hombres X y los Vengadores. Novedades editaba, en aquel entonces, los arcos que escribía Jack Kirby). Si no los había en español, a veces conseguía arcos más actuales en la American Bookstore. Spiderman y su humor, su genialidad, su inseguridad, perpetuamente enamorado de Mary Jane y su sola confidente, la tía May, me ganaron. Se parecía mucho al niño y su abuela en el mercado. Mi tío Rafael me entrega una nota de su propia experiencia mientras espera el nacimiento de su hija en el hospital: “Si quieres leer buenos cómics, fíjate en las burbujas de diálogo. Entre más texto haya en las burbujas, quiere decir que es de mejor calidad”. (Por supuesto, esto es debatible por muchas razones… sin embargo, en aquel momento me pareció la verdad, y a la fecha, me fijo en cuántos diálogos tiene un cómic). Después fuimos a un puesto de revistas, me compró dos comics de “Conan, el Bárbaro” y unos de la Familia Burrón. Esa tarde, mientras esperábamos el nacimiento, nos la pasamos leyendo en silencio. También leí libros. A los doce años, mi nivel de inglés me permitía leer con seguridad algunos libros de terror, fantasía...

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