Google PlusFacebookTwitter

13056 (La invención de Morel / El gran Serafín)

By on Domingo, agosto 11, 2013

Algún escritor, creo que Dostoievski, dijo que podías conocer a una persona a través de su sonrisa. Mi perra, Nico, sonríe de alguna manera (aunque no es una persona). Cuando está acostada, envuelta en sus arrugas y su tranquilidad, estiro sus cachetes colgantes hasta descubrir sus dientes y muestro la sonrisa artificial e incómoda a Sol, o a mis amigos. Miren lo feliz que está, digo, mientras muestra todos los colmillos y nos reímos, porque esa sonrisa es lo menos fiable, lo más forzada, que existe. Generalmente me apena sonreír, no sé por qué, es un placer que disfruto en soledad pero que no acostumbro en una habitación, a no ser que esté con gente muy íntima. Me transporto, inevitablemente, al recuerdo de la sonrisa de algunas actrices y modelos. ¡Cómo les facilitaba las cosas con una sonrisa en el momento indicado! No es necesario enseñar piel para obtener mínimos favores, una simple sonrisa basta. En mi familia somos de carcajadas explosivas, y sinceras, después de todo un día de seriedad y navegar en reflexiones, en el pasado, en el remordimiento, los arrepentimientos. La sonrisa de Sol tiene algo que me desvanece, me desarma, y debo evitarla si no deseo cederle todos los placeres, todos los caprichos, todo el amor que puedo ofrecerle, porque a veces no puedo darlo. Así soy, me guardo algunas cosas, me lo guardo todo, me guardo dos o tres secretos. La sonrisa de Marilyn Monroe, después de Norma Jean, es de una tristeza envidiable, parece que esconde en ella una sabiduría divinal y erótica, ¿cuántos secretos habrá puesto atrás de los dientes, del labial rojo y de los ojos a punto de llorar? La sonrisa lasciva de Lindsey Lohan, en la escena de la orgía, esa que me imaginé, cuando leí el artículo de Times acerca de “The Canyons”. La sonrisa de Ezequiel, con sus ojos pequeños (una chispa muy débil), cuando pedía que le ayudara a entender alguna cosa y ya estaba tan acostumbrado a ella, que le respondía con largas, además del montón de trabajo en las espaldas no quería negar un favor, sentiría que eso me ganaría un pase al infierno. Esas sonrisas infantiles y salvajes, esas que parece te van a...

13026 (Juliette)

By on Sábado, abril 27, 2013

Nico ha practicado, en estos dos años de vivir conmigo, su cara de “No me asombra lo que haces”. También puede ser interpretada como: “No me simpatizas” o “No me sorprende, ya lo he vivido”. Esa cara es vital cuando comparto con ella alguna historia que se me ocurre. Así compruebo si voy por buen o por mal camino. No sé como lo hacía antes de tenerla a ella, quizás era un bruto, un salvaje. Antes se lo recitaba a mi cacto, pero el cacto simplemente buscaba rebatirme todo, incluso lo que no podía ser de otra manera. El cielo es azul, le decía, ¿y por qué debe ser azul, chamaco imberbe? Me refutaba, y luego me espinaba y le daba a beber mi sangre, la cual asimilaba gustoso porque éramos buenos amigos y ningún agua debe ser desperdiciada. A Nico, durante horas, le recito mis ocurrencias en voz alta y anoto sus gestos, si mueve o alza las cejas, si gira los ojos a la derecha o a la izquierda, si bosteza o se relame los bigotes, o bien, si hace la cara tan temida. Sí, en apariencia, todo parece muy seguro con ella pero ya quisiera verlos tratando de adivinar los gestos enigmáticos. Entonces pruebo reescribir la historia en otro tono y leerla diferente, anoto la evolución de los gestos, le ofrezco un hueso y ella ofrece llevarme por un túnel, donde tiene ocultos todos los huesos del mundo, pero no le haría daño tener uno más, porque está en su naturaleza de mamífero recolector. Después de todo, ella gracias a su intuición animal debe tener más claro cuando serán las épocas de carencia, y aunque se le antojaría despedazar el hueso, prefiere guardarlos en caso de una emergencia. Le acaricio las orejas largas. Gracias a ti, quisiera decirle, escribo mejor, pero afortunadamente le basta con los...

13019 (Historia de O)

By on Miércoles, marzo 27, 2013

Anoche se la mamaron en un jacuzzi, lo sé, porque lo vi por la rendija. Parecía amar a la chica porque ambos se reían cuando él sacaba el glande del agua, como si fuera el ojo de un submarino, un ojo común en las caricaturas de la Segunda Guerra cuando nos fascinaban las maquinarias de guerra. Ella estaba sobre él, con los senos hundidos en el agua cálida, podía ver el humo que salía de la superficie, luego tomaba aire, hacía un gesto arrugando el rostro, y hundía la cara en el agua. Ah, sí, era un momento agradable, él crispaba las manos y perdía el peso en el cuerpo, flotaba hacia ella, para que su miembro entrara más en una garganta que continuamente perdía el aire, y luego ella salía triunfalmente del agua, miraba la consecuencia de sus actos brevemente, otra vez tomaba aire y se volvía a hundir. El agua azul era una línea entre el placer y el aire. ¿Cómo se sentirá un miembro aprisionado dentro de una garganta, dentro del agua? Sólo podía adivinarlo por el arco de su ancha espalda. El experimento siguió su curso unos minutos más, hasta que él se cansó y se sentó en el borde de la tina. La mujer se amarró el cabello de nuevo, y luego de rodillas, la mitad de la mujer convertida en un espejismo, regresaron a una mamada tradicional. Ah, esa sí sé como se siente, es una aguda hambre por mantener la boca ocupada, y de mirar los ojos de un hombre rendido, quizás hasta vencido. No, a un hombre vencido jamás se la chupan. El hombre asistió a la mujer con algunos dedos de su mano, él movía rápidamente el brazo mientras ella chupaba con paciencia, diligencia. A media luz, no puedo decir cuando terminaron, hasta que ella se separó y abandonó el líquido derramándolo por su boca, gotas blancas flotando sobre el agua azul, ojalá mañana se les ocurra otra...

13003 (Los malditos niños)

By on Jueves, marzo 14, 2013

Vine al área de negocios del hotel, es un área muy cómoda donde el internet es estable. Optimista, casi tanto como Alfredo Peniche, traje mi iPad y mi teclado inalámbrico, decidido a que me sentaré a escribir aquí. Aunque sea algunos postitos para el árbol. Empezó todo mal. No había espacio en las mesas porque las ocupaban unos gringos mirando una película de Adam Sandler. Los cuatro escritorios con computadoras estaban ocupados. Entonces fui a los sillones, resignado a la comodidad. Cuando me senté en ellos me hundí, casi me caigo a otro lado, un mundo al revés. Así no se puede escribir, suspiré, le pedí a mi esposa que guardara el teclado. (Ella decidió seguirme para ser testigo de mi pequeño capricho). Me puse a leer los correos pendientes. Un centenar de correos, y de nada importante, la mayoría son avisos de Twitter que activé recientemente. Quizás los desactive de nuevo, en vacaciones no es conveniente tenerlos activos. Mi iPad a veces no soportaba la cantidad de los correos, así que la app de Mail simplemente se cerraba y tenía que empezar de nuevo la depuración. Qué enojo. Entran unos niños. No son de aquí, no me es fácil cachar su acento. Al principio creí que eran españoles, pero quizás son de alguna región específica, una que nunca he escuchado. Los niños son libres en el Centro de Negocios, nadie les vigila, es impresionante la libertad de los salvajes. Tendrán unos ocho y diez años, el cabello despeinado, los ojos pequeños y brillantes que son una señal común de muchos criminales. Se libera una mesa, tomo rápidamente mis cosas para ocuparla. Mi esposa me acompaña, buena, tranquila, feliz de la vida, con un libro de Sherlock Holmes, el segundo tomo de una compilación. Me dispongo a escribir algo y los niños, empiezan a salir y entrar del Centro de Negocios. Quien sabe qué juego habrán inventado. No son escandalosos pero… se dan a notar, es imposible no verlos, no registrar la cantidad de ciclos que ocupan en salir y entrar. Se arrojan, extienden su territorio, ahora desde la entrada hasta la máquina de café, en la máquina de café (atrás de mí) se sirven un café, se lo toman de un trago (sin quejarse), y van hasta la entrada. Repiten la hazaña unas cuatro, cinco veces. Llega la madre de los niños, sonriente, les acaricia la cabeza, la pobre imbécil no sabe lo que le espera, y después llega el padre, es de esos padres serios, malencarados, que están dispuestos a educar hombres verdaderos, pide un whisky y se va a uno de los sillones. Los niños se van, sin correr y sin gritar, como si la cafeína fuera una imbecilidad, una mentira para controlar idiotas, hacia la mesa de billar. Juegan con la mayor naturalidad mientras yo pongo la cabeza sobre la mano, y pienso que de algún modo, acabo de ser testigo de un orden natural de las...

Erotizar un libro (literatura histérica), y 375 libros gratis en Open Culture

By on Miércoles, noviembre 14, 2012

Pétalos

By on Lunes, octubre 29, 2012

Llega la edad. No puedes hablar de todo lo que se te antoja. O eso parece. Se guardan ciertas cosas en el cajón: Mi engendro recién nacido me aburre, golpeé a mi perro de orejas grandes, mi esposo es impotente, saqué la punta de dieciséis lápices, mi jefe es un idiota, hoy fumé dos cigarrillos, no tengo para comprar cigarros, robé una cartera en el metro, maté al tipo que me debía la renta, ay… las nalgas de la prima, conseguí rayar la Mona Lisa, restauré mal una obra, traduje un cuento pornográfico para subirlo a un foro, me masturbé tres veces en la noche (así comprobé que no da sueño), le puse el pie a un niño escandaloso, atropellé al perro del vecino, limpié la casa, electrocuté a una tarántula, no fumo mota pero digo que sí para que me crean en su grupo, dale-retuit-dale-retuit, hoy desperté mojada. Por eso más vale tomar el camino seguro, bien medido, inmaculado: hablar de las nubes, de los paseos, de las películas y los libros, de los vecinos ruidosos y molestos, de las niñas bonitas —desconocidas— en la plaza, de como-cuándo-y-dónde me acordé de ti, alguna anécdota o chistorete de la mascota o del bebé, lo delicioso que cocina la hermana, los dolores del abuelo, las peculiaridades de la calle en donde vivo, del vigilante y sus moditos al fin que no tiene internet (o lo disimula bien, quizás te fisga en un mundo y en el otro), del escandaloso y “bizarro” porno japonés. Al fin que los halagos son igual de estériles que los chismes jugosos, los momentos aburridos de la rutina, el manjar de los vicios, los rencores mínimos y breves. (¿Y lo son de veras? ¿O puede redimirse la continuidad de momentos aparentemente insulsos? Cada quien) Frutos de un árbol seco repartidos entre mano y mano, en la mordida se escuchan jugosos y crocantes pero son igual de secos que la ceniza entre los dientes. No hay problema, se dice, con un poco de aderezo se arregla. Quizás mañana encuentre una aventura, quizás mañana se convierta en el pirata de brazos biónicos que tanto soñó, en el productor de cine pornográfico o el espía disfrazado de diplomático en algún país ajeno. Difícilmente se sabe cuando la rutina puede ser necesaria. El tuerto todavía es rey porque se dice...

Los olvidos, los enfermos

By on Viernes, octubre 12, 2012

Anoche los viejos me hablaron de los muertos, pero antes de llegar ahí, hablaron de los enfermos, de los viejos frágiles, de los desmemoriados y de los enfermos. Estamos en la cena, me cuesta trabajo masticar el pan. La memoria es una cosa muy precaria, dicen, todo se me olvida ya, y es irónico, esta conversación del olvido se repite a menudo. Un viejo, medio sordo, dice: “La vejez es mucha responsabilidad”, y con responsabilidad se refiere, según trato de entenderle con sus dientes sintéticos y su voz arrastrada por no tener ganas de articular, a no caerse de las escaleras, a caminar con cuidado para no tropezarse, porque hacerlo significa visitar el hospital, romperse algún hueso, retar la fragilidad de un músculo que ya sirvió demasiado tiempo. Una vieja olvidadiza habla de su hermana cinco años más joven que ella: “Tiene 83 años, sí, creo que son 83”. Habla de su hermana, la viejita que no puede sostener su cabeza, que vive desde hace años en una silla de ruedas y que apenas puede hablar. La he visto, la recuerdo en otras situaciones, rodeada de gente joven haciéndole fiesta, invitándola a bailar, moviéndola de la silla como la gente más piadosa del mundo mientras ella, con sus manos temblorosas, sus labios pintados débilmente y la sonrisa perpetua de los desdentados, aguanta unas lágrimas de agradecimiento o de humillación, o quien sabe qué sentimiento tendrán los viejos atados al mundo, los viejos que hablan de los muertos con un dejo de envidia, como una solicitud espiritual de descanso. Mientras los escuchaba hablar y meditaba sus silencios tan parecidos a una pregunta, pensaba en que soy joven, en que no imagino llegar a esa edad donde la muerte se reduzca a un simple “ojalá llegue mañana”. Mi abuela murió casi treinta años más joven que esa pareja de ancianos. A los mediados de sus cincuenta, escuchaba el discurso repetido, obligado, frente al espejo mientras se arreglaba para que fuéramos al mercado, o a la escuela. Soy una burra vieja, decía, soy una vieja, y se miraba las canas, se tocaba las arrugas, se miraba las manos llenas de heridas y de líneas. El discurso se pausaba unos días, pintándose el cabello, usando unos zapatos o una blusa nueva, buscándose un deber, una cosa que arreglar, un capricho que le ayudara a olvidar su vida de mujer blanca y pobre en un pueblo, de mujer ignorante que siempre cargó demasiado, o simplemente de mujer y de vieja. Supongo, o quizás asumo, me atrevo a ficcionar, que además de la desdicha de su sexo, repentinamente llegó la desgracia de la edad. El viejo anoche me dijo: “De repente pasó el tiempo y tengo casi noventa años”. Los enfermos y los olvidos acabaron conmigo. Terminó el café, deglutimos el pan y sólo pensaba en llegar a casa. Los abrazos de los abuelos para despedirse, siempre tienen un toque de abandono, de un adiós definitivo e irremediablemente, en ese instante, no sólo se despiden sino que reafirmen su alegría de ser genuinamente escuchados. La gracia de ceder un poco del polvo en que se han convertido. Ese polvo cuya densidad es engañosa, variable. Unas noches es más pesado que otras. “Es complicado que no piensen en la muerte”, dijo mi esposa, ya en el auto. “No es lo complicado”, le corregí, “es lo inevitable”. Se atraviesa una línea donde, de veras, sin adornos, este día puede ser el último. Además de ser el último, honestamente das las gracias porque esto ya se acabó, porque alguien tuvo la piedad de cerrar tus ojos y convertirte en polvo, en memoria ajena, en anécdotas sin desgracias. Cuando llegué a casa, miré los trastes sucios y recordé a mi vieja, mi abuela. De niño y de chavo, es el momento en que platicábamos: cuando ella lavaba los platos. También era reconfortante escucharla prender el radio y luego el torrente de agua, cerámica y vidrio golpeaban la tarja. Asumo, no queda de otra, que el rito y el agua ayudaban a limpiar su condición, su pasado, la memoria. Jabón en el vaso, olvido mi vejez, los caminos errados. Agua en el plato, olvido mi pobreza e ignorancia, la letra chueca por no estudiar en la primaria. El cuchillo sin filo y la cascada borran lentamente todos los arrepentimientos para esperar, al menos limpios, la muerte. Me acerqué a la cocina sin pensar en el fastidio o en el tedio, ignoré el dolor común y superficial de los deberes. Anoche lavé los...

1 123456713