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escrito por el Sábado, abril 27, 2013

13026 (Juliette)

13026 (Juliette)

Nico ha practicado, en estos dos años de vivir conmigo, su cara de “No me asombra lo que haces”. También puede ser interpretada como: “No me simpatizas” o “No me sorprende, ya lo he vivido”. Esa cara es vital cuando comparto con ella alguna historia que se me ocurre. Así compruebo si voy por buen o por mal camino. No sé como lo hacía antes de tenerla a ella, quizás era un bruto, un salvaje. Antes se lo recitaba a mi cacto, pero el cacto simplemente buscaba rebatirme todo, incluso lo que no podía ser de otra manera. El cielo es azul, le decía, ¿y por qué debe ser azul, chamaco imberbe? Me refutaba, y luego me espinaba y le daba a beber mi sangre, la cual asimilaba gustoso porque éramos buenos amigos y ningún agua debe ser desperdiciada. A Nico, durante horas, le recito mis ocurrencias en voz alta y anoto sus gestos, si mueve o alza las cejas, si gira los ojos a la derecha o a la izquierda, si bosteza o se relame los bigotes, o bien, si hace la cara tan temida. Sí, en apariencia, todo parece muy seguro con ella pero ya quisiera verlos tratando de adivinar los gestos enigmáticos. Entonces pruebo reescribir la historia en otro tono y leerla diferente, anoto la evolución de los gestos, le ofrezco un hueso y ella ofrece llevarme por un túnel, donde tiene ocultos todos los huesos del mundo, pero no le haría daño tener uno más, porque está en su naturaleza de mamífero recolector. Después de todo, ella gracias a su intuición animal debe tener más claro cuando serán las épocas de carencia, y aunque se le antojaría despedazar el hueso, prefiere guardarlos en caso de una emergencia. Le acaricio las orejas largas. Gracias a ti, quisiera decirle, escribo mejor, pero afortunadamente le basta con los huesos.

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escrito por el Miércoles, marzo 27, 2013

13019 (Historia de O)

13019 (Historia de O)

Anoche se la mamaron en un jacuzzi, lo sé, porque lo vi por la rendija. Parecía amar a la chica porque ambos se reían cuando él sacaba el glande del agua, como si fuera el ojo de un submarino, un ojo común en las caricaturas de la Segunda Guerra cuando nos fascinaban las maquinarias de guerra. Ella estaba sobre él, con los senos hundidos en el agua cálida, podía ver el humo que salía de la superficie, luego tomaba aire, hacía un gesto arrugando el rostro, y hundía la cara en el agua. Ah, sí, era un momento agradable, él crispaba las manos y perdía el peso en el cuerpo, flotaba hacia ella, para que su miembro entrara más en una garganta que continuamente perdía el aire, y luego ella salía triunfalmente del agua, miraba la consecuencia de sus actos brevemente, otra vez tomaba aire y se volvía a hundir. El agua azul era una línea entre el placer y el aire. ¿Cómo se sentirá un miembro aprisionado dentro de una garganta, dentro del agua? Sólo podía adivinarlo por el arco de su ancha espalda. El experimento siguió su curso unos minutos más, hasta que él se cansó y se sentó en el borde de la tina. La mujer se amarró el cabello de nuevo, y luego de rodillas, la mitad de la mujer convertida en un espejismo, regresaron a una mamada tradicional. Ah, esa sí sé como se siente, es una aguda hambre por mantener la boca ocupada, y de mirar los ojos de un hombre rendido, quizás hasta vencido. No, a un hombre vencido jamás se la chupan. El hombre asistió a la mujer con algunos dedos de su mano, él movía rápidamente el brazo mientras ella chupaba con paciencia, diligencia. A media luz, no puedo decir cuando terminaron, hasta que ella se separó y abandonó el líquido derramándolo por su boca, gotas blancas flotando sobre el agua azul, ojalá mañana se les ocurra otra cosa.

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escrito por el Jueves, marzo 14, 2013

13003 (Los malditos niños)

13003 (Los malditos niños)

Vine al área de negocios del hotel, es un área muy cómoda donde el internet es estable. Optimista, casi tanto como Alfredo Peniche, traje mi iPad y mi teclado inalámbrico, decidido a que me sentaré a escribir aquí. Aunque sea algunos postitos para el árbol. Empezó todo mal. No había espacio en las mesas porque las ocupaban unos gringos mirando una película de Adam Sandler. Los cuatro escritorios con computadoras estaban ocupados. Entonces fui a los sillones, resignado a la comodidad. Cuando me senté en ellos me hundí, casi me caigo a otro lado, un mundo al revés. Así no se puede escribir, suspiré, le pedí a mi esposa que guardara el teclado. (Ella decidió seguirme para ser testigo de mi pequeño capricho). Me puse a leer los correos pendientes. Un centenar de correos, y de nada importante, la mayoría son avisos de Twitter que activé recientemente. Quizás los desactive de nuevo, en vacaciones no es conveniente tenerlos activos. Mi iPad a veces no soportaba la cantidad de los correos, así que la app de Mail simplemente se cerraba y tenía que empezar de nuevo la depuración. Qué enojo. Entran unos niños. No son de aquí, no me es fácil cachar su acento. Al principio creí que eran españoles, pero quizás son de alguna región específica, una que nunca he escuchado. Los niños son libres en el Centro de Negocios, nadie les vigila, es impresionante la libertad de los salvajes. Tendrán unos ocho y diez años, el cabello despeinado, los ojos pequeños y brillantes que son una señal común de muchos criminales. Se libera una mesa, tomo rápidamente mis cosas para ocuparla. Mi esposa me acompaña, buena, tranquila, feliz de la vida, con un libro de Sherlock Holmes, el segundo tomo de una compilación. Me dispongo a escribir algo y los niños, empiezan a salir y entrar del Centro de Negocios. Quien sabe qué juego habrán inventado. No son escandalosos pero… se dan a notar, es imposible no verlos, no registrar la cantidad de ciclos que ocupan en salir y entrar. Se arrojan, extienden su territorio, ahora desde la entrada hasta la máquina de café, en la máquina de café (atrás de mí) se sirven un café, se lo toman de un trago (sin quejarse), y van hasta la entrada. Repiten la hazaña unas cuatro, cinco veces. Llega la madre de los niños, sonriente, les acaricia la cabeza, la pobre imbécil no sabe lo que le espera, y después llega el padre, es de esos padres serios, malencarados, que están dispuestos a educar hombres verdaderos, pide un whisky y se va a uno de los sillones. Los niños se van, sin correr y sin gritar, como si la cafeína fuera una imbecilidad, una mentira para controlar idiotas, hacia la mesa de billar. Juegan con la mayor naturalidad mientras yo pongo la cabeza sobre la mano, y pienso que de algún modo, acabo de ser testigo de un orden natural de las cosas.

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escrito por el Miércoles, noviembre 14, 2012

Erotizar un libro (literatura histérica), y 375 libros gratis en Open Culture

Erotizar un libro (literatura histérica), y 375 libros gratis en Open Culture

Una obviedad: Al tener una representación física (es muy fácil decir que no, hoy en día, los libros son parte de internet y todos los días, cientos de libros nuevos caen al río), el libro también corre los riesgos de convertirse en objetos de fetiche. Gracias al Pornito y su sección SFW, llegué al proyecto de “Hysterical Literature”.

Clayton Cubitt graba videos de mujeres (actrices porno, y quizás algunas amateur) leyendo libros mientras, por debajo de la mesa, “algo pasa” (un vibrador o quizás una mano, una lengua, acumulación, el orgasmo). El primer video de la serie es el que ven allá arriba y le correspondió a Stoya, con el libro “Necrophilia Variations” por Supervert (Un libro que, como se mire, también apela al morbo, al misterio, a la confesión de un erotómano a través del anonimato). También trabaja con otros libros, como “Leaves of Grass” de Walt Whitman o “American Psycho” de Bret Easton Ellis.

Cubbit despoja los colores, enfoca el lente a la mesa, al medio cuerpo, invita a través de su proyecto a mirar el libro y al lector como “otra cosa”, una propuesta a tratar las palabras, su mensaje oral, como un impulsor erótico. Por supuesto, es muy interesante (y morboso) ver los rostros, escuchar los gemidos y como las actrices arrastran o sesean las palabras. Si ven la serie recomiendo que usen audífonos. Es más placentero y menos peligroso (sobre todo si están en el trabajo).

Hablando de libros como la posibilidad de un orgasmo, Open Culture publicó hace tiempo una lista de 375 libros electrónicos gratis (en inglés). Incluye libros clásicos como las tragedias de Esquilo o “Las mil y una noches”, así como unas sorpresitas (libros de Coelho (por eso dije sorpresitas), de P.K. Dick, Vonnegut, Neil Gaiman, Scott Fitzgerald o Foster Wallace). Los textos están en distintos formatos digitales y algunos solamente se pueden leer en línea.

No hay excusa. Hoy mismo puede conseguirse el material para hacer su mejor imitación de Stoya mientras está leyendo.

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escrito por el Lunes, octubre 29, 2012

Pétalos

Pétalos

Llega la edad. No puedes hablar de todo lo que se te antoja. O eso parece. Se guardan ciertas cosas en el cajón: Mi engendro recién nacido me aburre, golpeé a mi perro de orejas grandes, mi esposo es impotente, saqué la punta de dieciséis lápices, mi jefe es un idiota, hoy fumé dos cigarrillos, no tengo para comprar cigarros, robé una cartera en el metro, maté al tipo que me debía la renta, ay… las nalgas de la prima, conseguí rayar la Mona Lisa, restauré mal una obra, traduje un cuento pornográfico para subirlo a un foro, me masturbé tres veces en la noche (así comprobé que no da sueño), le puse el pie a un niño escandaloso, atropellé al perro del vecino, limpié la casa, electrocuté a una tarántula, no fumo mota pero digo que sí para que me crean en su grupo, dale-retuit-dale-retuit, hoy desperté mojada.

Por eso más vale tomar el camino seguro, bien medido, inmaculado: hablar de las nubes, de los paseos, de las películas y los libros, de los vecinos ruidosos y molestos, de las niñas bonitas —desconocidas— en la plaza, de como-cuándo-y-dónde me acordé de ti, alguna anécdota o chistorete de la mascota o del bebé, lo delicioso que cocina la hermana, los dolores del abuelo, las peculiaridades de la calle en donde vivo, del vigilante y sus moditos al fin que no tiene internet (o lo disimula bien, quizás te fisga en un mundo y en el otro), del escandaloso y “bizarro” porno japonés.

Al fin que los halagos son igual de estériles que los chismes jugosos, los momentos aburridos de la rutina, el manjar de los vicios, los rencores mínimos y breves. (¿Y lo son de veras? ¿O puede redimirse la continuidad de momentos aparentemente insulsos? Cada quien) Frutos de un árbol seco repartidos entre mano y mano, en la mordida se escuchan jugosos y crocantes pero son igual de secos que la ceniza entre los dientes. No hay problema, se dice, con un poco de aderezo se arregla. Quizás mañana encuentre una aventura, quizás mañana se convierta en el pirata de brazos biónicos que tanto soñó, en el productor de cine pornográfico o el espía disfrazado de diplomático en algún país ajeno. Difícilmente se sabe cuando la rutina puede ser necesaria. El tuerto todavía es rey porque se dice ciego.

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escrito por el Viernes, octubre 12, 2012

Los olvidos, los enfermos

Los olvidos, los enfermos

Anoche los viejos me hablaron de los muertos, pero antes de llegar ahí, hablaron de los enfermos, de los viejos frágiles, de los desmemoriados y de los enfermos. Estamos en la cena, me cuesta trabajo masticar el pan. La memoria es una cosa muy precaria, dicen, todo se me olvida ya, y es irónico, esta conversación del olvido se repite a menudo. Un viejo, medio sordo, dice: “La vejez es mucha responsabilidad”, y con responsabilidad se refiere, según trato de entenderle con sus dientes sintéticos y su voz arrastrada por no tener ganas de articular, a no caerse de las escaleras, a caminar con cuidado para no tropezarse, porque hacerlo significa visitar el hospital, romperse algún hueso, retar la fragilidad de un músculo que ya sirvió demasiado tiempo.

Una vieja olvidadiza habla de su hermana cinco años más joven que ella: “Tiene 83 años, sí, creo que son 83″. Habla de su hermana, la viejita que no puede sostener su cabeza, que vive desde hace años en una silla de ruedas y que apenas puede hablar. La he visto, la recuerdo en otras situaciones, rodeada de gente joven haciéndole fiesta, invitándola a bailar, moviéndola de la silla como la gente más piadosa del mundo mientras ella, con sus manos temblorosas, sus labios pintados débilmente y la sonrisa perpetua de los desdentados, aguanta unas lágrimas de agradecimiento o de humillación, o quien sabe qué sentimiento tendrán los viejos atados al mundo, los viejos que hablan de los muertos con un dejo de envidia, como una solicitud espiritual de descanso. Mientras los escuchaba hablar y meditaba sus silencios tan parecidos a una pregunta, pensaba en que soy joven, en que no imagino llegar a esa edad donde la muerte se reduzca a un simple “ojalá llegue mañana”.

Mi abuela murió casi treinta años más joven que esa pareja de ancianos. A los mediados de sus cincuenta, escuchaba el discurso repetido, obligado, frente al espejo mientras se arreglaba para que fuéramos al mercado, o a la escuela. Soy una burra vieja, decía, soy una vieja, y se miraba las canas, se tocaba las arrugas, se miraba las manos llenas de heridas y de líneas. El discurso se pausaba unos días, pintándose el cabello, usando unos zapatos o una blusa nueva, buscándose un deber, una cosa que arreglar, un capricho que le ayudara a olvidar su vida de mujer blanca y pobre en un pueblo, de mujer ignorante que siempre cargó demasiado, o simplemente de mujer y de vieja. Supongo, o quizás asumo, me atrevo a ficcionar, que además de la desdicha de su sexo, repentinamente llegó la desgracia de la edad. El viejo anoche me dijo: “De repente pasó el tiempo y tengo casi noventa años”.

Los enfermos y los olvidos acabaron conmigo. Terminó el café, deglutimos el pan y sólo pensaba en llegar a casa. Los abrazos de los abuelos para despedirse, siempre tienen un toque de abandono, de un adiós definitivo e irremediablemente, en ese instante, no sólo se despiden sino que reafirmen su alegría de ser genuinamente escuchados. La gracia de ceder un poco del polvo en que se han convertido. Ese polvo cuya densidad es engañosa, variable. Unas noches es más pesado que otras.

“Es complicado que no piensen en la muerte”, dijo mi esposa, ya en el auto. “No es lo complicado”, le corregí, “es lo inevitable”. Se atraviesa una línea donde, de veras, sin adornos, este día puede ser el último. Además de ser el último, honestamente das las gracias porque esto ya se acabó, porque alguien tuvo la piedad de cerrar tus ojos y convertirte en polvo, en memoria ajena, en anécdotas sin desgracias.

Cuando llegué a casa, miré los trastes sucios y recordé a mi vieja, mi abuela. De niño y de chavo, es el momento en que platicábamos: cuando ella lavaba los platos. También era reconfortante escucharla prender el radio y luego el torrente de agua, cerámica y vidrio golpeaban la tarja. Asumo, no queda de otra, que el rito y el agua ayudaban a limpiar su condición, su pasado, la memoria. Jabón en el vaso, olvido mi vejez, los caminos errados. Agua en el plato, olvido mi pobreza e ignorancia, la letra chueca por no estudiar en la primaria. El cuchillo sin filo y la cascada borran lentamente todos los arrepentimientos para esperar, al menos limpios, la muerte. Me acerqué a la cocina sin pensar en el fastidio o en el tedio, ignoré el dolor común y superficial de los deberes. Anoche lavé los platos.

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escrito por el Miércoles, octubre 10, 2012

Un tonto occidental

Un tonto occidental

Según OmmWriter, este texto lleva menos un caracter. No me extraña. Debo alguna vocal a los espíritus, and perhaps several pounds of flesh. Cada vez se me complica más escribir en el blog. Qué culero, y eso debería estar en todas las reglas de los bloggers que se sientan en Fight Club: No escribas de por qué no escribes, pero aquí estoy, en la dolorosa situación de ocupar el recurso para iniciar el primer párrafo. Lo he hecho antes, no estoy limpio, hacerlo de nuevo es lo de menos. Una vez que incurres en el delito pues disfrútalo. Ya qué.

El segundo detalle (o detallito, con la pronunciación de una señora en alguna telenovela), quizás, es usar OmmWriter para escribir una entrada del blog, o cualquier texto en general. Es la herramienta más cursi que existe para escribir algo. Los sonidos, los fondos, los tipos de letra y la interfaz están específicamente diseñados para jalar a los tontos y perdidos hijos del occidente, los advocantes de meter la paz y la relajación a sus impulsos materialistas, un bluff perpetuo para expresar: “Yo escribo, yo puedo ser un artista y acceder a mi monje oriental interior, puedo conseguir escribir una novela mientras escucho un latido del corazón en MP3 en un bitrate aceptable, quizás monaural, pero es suficiente”.

Me incluyo por ahí. También quisiera invitarles a que no teman, cada vez es más común incurrir en estos delitos metafísicos, diría que inevitable. Pronto se convertirán en una norma y nadie, jamás, se atreverá a decirte nada (hasta que llegue una generación con ganas de romperlo). Un crimen abandona su estado cuando la población se encoge de hombros, se mete una fritura a la boca y dice: “Méh”. Tal vez es cosa mía. Lo siento como un delito. Soy un criminal tecnocrático que rompe ciertos principios ancestrales. Siento la pesadumbre de la mirada de un policía espiritual encima de mí y éste todavía no se anima a detenerme, pero pronto, pronto. Ni modo… una vez que incurres en el delito, reitero, disfrútalo. Ya qué.

Otros tontos occidentales son aquellos qué, teniendo toda clase de aparatos, dispositivos y pantallas, se niegan a leer en otra cosa que no sea en papel. Los Kindle se venden baratísimo si los compras directo en Amazon, y acéptalo, tienes peores deudas bajo el brazo, como esa caminadora que nunca usas o esa arrocera que ocupas una vez cada seis meses.

Quisiera entenderlos pero, luego de verlos con su Diablo Guardian (juraba que tendría versión digital en Amazon, pero no… vaya) bajo el brazo y que empiecen con la clásica perorata de la textura de las hojas, el olor a pritt y las portadas irremplazables (claro, ¿a quién no le gusta una mujer desnuda en alguna pose semierótica? Hasta ellas lo aprueban), me rindo, bajo los brazos y cedo todas las canicas. Parece imposible hacerles comprender que la adicción funciona perfectamente con libros en ambos mundos: el físico y el digital.

Si me atrevo a escribir en OmmWriter, atrévete a leer un libro digital. Da el salto, vamos, un pie en el abismo de los unos, de los ceros, de conectar un USB para copiar el libro pirata que acabas de descargar a tu teléfono móvil y lee. Descubrirás que no es tan diferente, que lo físico sólo es un medio, un impulso ancestral de poseer las cosas, babearlas y que puede ser vencido con el intelecto. Aunque no niego que una experiencia sensorial a veces entrañable si la historia no es suficiente.

No te preocupes, seguirás igual. No dejarás de comprar libros. En este instante, tengo un ojo virulo fisgando al librero de mi derecha, apreciando los veinte o treinta libros que compré en estos últimos dos años y que no sé cuando voy a leer. Mi copia binaria de Proust acabó conmigo este año, detuvo mi ritmo de lecturas para entregarme al mundo aristocrático-burgués de Paris, al mundo de Balbec, a Sodoma y a Gomorra.

Hay libros qué, no importa el medio, exigen una lectura pausada y atenta. Quizás me falta el cariño de acariciar las páginas durante los intermedios de cigarrillo y de reflexión. Quizás. Acceder al impulso fetichista de adorar la representación física de las palabras (un árbol transmutado en un objeto de deseo) en vez del frío material de un libro electrónico… pero no por ello, me ahorro las pausas que exige un párrafo o una línea que destroza el momento, o se convierte en el reflejo, o descubre una sensación que no sabías describir hasta ese momento.

No se escriba más. La música de OmmWriter está a punto de encender el fenómeno de la recordación y mañana, mientras paseé el perro, seguramente querré tararear el sonido de las gotas sobre las copas para estimular ese monstruo llamado: escritura creativa sin distracciones. Sí, mientras alzo la mierda de mi perro. Stop. Suficiente cariño al blog, otra isla binaria y, hoy se me ocurrió, cada vez más solitaria. Ni siquiera el náufrago, único habitante de un país desaprovechado, se molesta en visitarla. Es hora de visitar la otra isla, una o dos horas de lectura, de subrayados y continuar la liberación de Albertine, quien espera con su sonrisa coqueta en algún baño público. Sí, definitivamente compraría esa portada.

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