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escrito por el Domingo, mayo 19, 2013

13033 (Juliette)

13033 (Juliette)

199X. Estoy en un salón de usos múltiples, junto un grupo de estudiantes de mi edad. Tenemos entre 13 y 15 años. Un personaje de PROVIDA, al frente, pone la canción de “Hotel California” en una grabadora. Todavía se usaban los cassettes. Es sábado, son las diez de la mañana, los otros chamacos hablan de irse a Chapultepec o de irse a pasear al centro saliendo de la plática. A mí no me van a dejar. El barrio donde vivimos es duro, a mi familia le daría miedo y la verdad, no tengo ganas de preocuparlos. Saliendo de ahí me pondré a jugar Super Nintendo, debo estar al 60% de Final Fantasy. El personaje de PROVIDA nos explica que “Hotel California” habla de ritos satánicos, del diablo, el Adversario está presente en cada una de sus letras. Recuerdo, mientras alzo una ceja, algunas bromas que hacen en los sitcoms que veo de madrugada con referencia a esos grupos demasiado bondadosos. Hace mucho que sé del satanismo de la canción, así como de las bromas al supuesto satanismo de la canción. Dejo que siga hablando. No es mi lugar interrumpir, tampoco es mi lugar sugerir que al diablo se le combate con humor y perspicacia (¿el fuego se combate con fuego? Blasfemáis, a la hoguera). ¿Qué podría decir? Señorita, de hecho, he visto que en la tele hacen bromas de la gente que dice una canción es satánica. Mejor que no lo hice. Me habrían jalado a otro lugar, me habrían reclutado en un ánimo de redimir mi espíritu agnóstico. Luego viene el clásico de los Beatles. Algunas canciones esconden mensajes al revés, escuchen aquí. Milagrosamente, Revolution 9 es una adoración al Cornudo Mayor. ¿Los Beatles?, pienso, si ellos son tan buenos… si ellos cambiaron el mundo, si ellos despojaron el aburrimiento de una generación. ¿Cómo puede ser malo? No importa, anótenlo en su lista de música satánica. Nos hacen anotar, en el cuaderno, como si estuviéramos teniendo una clase, como si de verdad hubiera una lección qué aprender, mientras Bolaños (últimamente me acuerdo mucho de Bolaños, una vez me golpeó en el estómago y me sacó el aire. No me digas chaparro, me dijo, no vuelvas a hacerlo, jamás) voltea a mirarme, y hace una mueca que acentúa sus cejas espesas, sus cejas de hombre adulto, seguramente las cejas que lo hicieron gerente, o Comandante. De verdad nadie quiere estar ahí, pero la señorita se ve tan emocionada, y habla duro, habla bien, además del temor de romper sus expectativas podríamos romper otra cosa: su fe. Podría luchar para explicarle que tengo mi fe puesta en otras cosas pero, siempre he pensado (a veces con razón, a veces con equívoco), para que meterme en algo tan molesto. Escojo no hacerlo, como todos los otros que piensan en qué ocuparán su tiempo tan pronto salgan de ese monólogo tan sustancioso. (Me pregunto ahora, mientras releo la entrada, ¿alguno de ellos se habrá unido a PROVIDA? ¿Alguno de ellos sentirá que su alma se consume en el infierno mientras escucha “Hotel California”?).

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escrito por el Sábado, abril 20, 2013

13025 (Juliette)

13025 (Juliette)

Lista de cosas que me preocuparon al iniciar el 2013:

  • Los kilos que bajé, y subí, y ahora debo bajar de nuevo. Ni modo. Hay que dejar la coca cola. Busco hacer ejercicio además de las caminatas con los perros y el cardio de tres o cuatro veces a la semana en el gimnasio. El ejercicio también es tiempo al día que desaparece.
  • Organizar el tiempo para leer libros quita muchos otros placeres: La televisión, los videojuegos, el ocio en internet, las charlas con los amigos. Sin embargo, la lectura y su obligado tiempo de reflexión, son uno de los ejes principales en la vida del escritor.
  • Escribir en el árbol para no dejarlo a la merced de las islas binarias. Ya son muchas, y son muy abandonadas, y no quiero escribir mi blog en Facebook. Trataré de escribir las anotaciones los lunes y los domingos, un par de horas, y luego programarlas al azar para que se publiquen solas.
  • Son tantos y muchos los textos que quiero escribir. Tomo notas en el teléfono mientras camino, pero no es hasta que me siente y empiece que no sabré si debo perseguir la idea o desecharla. Es cierto. La inspiración (ese término espantoso) llega cuando menos lo espera uno. El trabajo es pulir esa inspiración y convertirlo en algo, lo más cercano que se pueda, perfecto.
  • También tener tiempo para el ocio, y divertirse. También es necesario relajar la cabeza para no consumirse en el propio pensamiento. Ojalá pueda ver a mis amigos, ojalá pueda beber con ellos, ojalá disfrute mucho a mi mujer y a mis perros, ojalá siga disfrutando mucho más que lo hice el año pasado, y el año pasado a este, y deje la nausea para pocas fechas, porque la nausea está bien, nos recuerda que somos polvo, pero tampoco se trata de convertirnos en lodo.
  • El Bushido me recordó una cosa muy sencilla que pensaba siempre, desde niño. Puedo morir en cualquier momento, e incluso, debo despertar preparado a la muerte. Que no se desperdicie ningún segundo pero que los segundos desperdiciados tampoco sean completamente estériles.
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escrito por el Viernes, abril 12, 2013

13022 (Juliette)

13022 (Juliette)

He pensado en tatuarme un bosque en la espalda. Primero un árbol en el omóplato derecho, un árbol discreto y pequeño, pero frondoso, quizás un olmo. Después un arbusto de tomillo, tan parecido a los árboles navideños, en el omóplato izquierdo. Quizás un ciruelo chino en un costado, y en el otro costado un maple canadiense, y poco a poco, llenar mi espalda de árboles hasta formar un bosque imaginario, y quien sabe, si algún día tengo la paciencia, quizás diseñe un árbol central, uno más grande que los otros, el árbol que siempre deseé ser, porque de todas las cosas me gustaría ser un árbol. (¿No es eso un peligro? He diseñado un árbol que no existe, y ahora que existe, ¿cómo puedo ser algo que alguna vez fue soñado?). Cuando mi vida acabe, y si por alguna suerte entre el azar de las divinidades, el karma me convierte en otra cosa en mi próxima vida, ojalá fuera uno de los múltiples árboles que sueño con pintarme en la espalda. Si no el más grande de todos, me contentaré con ser el arbusto de tomillo, o con el arbolito de dólar como los que me enseñaba mi abuela cuando paseábamos en los jardines de la Kennedy, o una de esas vulgares coníferas que delimitan los territorios de una casa. Tampoco tengo problemas en convertirme en un cacto, aunque ya conozco a un cacto, y parece que no tienen la vida fácil. Si un árbol, de por sí, es una quietud impresionante cuyos únicos cambios están sujetos a los caprichos estacionales, imagínese un cacto que solamente sabe sufrir del sol y de ahorrar el agua con una virtud imaginaria. Quizás también deba tatuarme tres o cuatro especies de espinas, ¿y por qué no flores? Una dalia, por ejemplo, ahora que tuve una casa me impresionaron sus grandes y hermosas hojas, sus flores extensas y coloridas, una sorpresa genética de colores nada tímidos. También me tatuaré un murgaño, o una colonia de murgaños, que me parecen todavía más fascinantes que las hormigas, porque luego se unen en una enorme esfera de patas deshilachadas, y cuando se juntan trescientos parecen crear una sola criatura monstruosa (como Sztamosz, con sus múltiples ojos y sus múltiples espinas, el monstruo en el hombro de Miriod voltea a mirarme, hace algo parecido a una sonrisa), y cuando enrojecen me imagino que se enojan, y corren torpemente enfurecidos porque alguien les echó agua, un niño les quitó una pata, un grillo los amenaza con quitarles algo de su existencia, por eso jamás me tatuaré grillos, o saltamontes, aunque a veces me gustan sus cantos he descubierto que son como las ratas y acaban, poco a poco, con todo eso que me gusta tener en mi jardín.

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escrito por el Miércoles, enero 30, 2013

13010 (Aleph)

13010 (Aleph)

En la playa sabía que no podría trabajar en mi proyecto actual, así que fui insistente y todos los días me la pasé rezando el mantra: “Aquí no escribirás, aquí viniste a descansar”. Pobre imbécil. Todos los días pensé en el libro que dejé a medias, resguardado bajo el Popocatépetl y las orejas de Nico, y a cada oportunidad sacaba el teléfono para dictar líneas, o escribirlas, o anotar el nombre de algún personaje, o los inconvenientes de escribir el cuento de una forma cuando otra puede ser mucho más interesante, una exploración satisfactoria. Aquí no escribirás, me dije otra vez, pero luego en medio del bufet, con el pedazo de hamburguesa en la boca, algún vecino de mesa decía alguna brillantez y los dedos temblaron, de nuevo el celular en mano, otra nota en el diario de todas las cosas. El sosiego lo encontré todos los atardeceres, el sol cayendo a las fauces del mar, un cigarrillo encendido y cientos de suspiros. Es cierto, murmuraba, nadie puede escribir cuando está contento.

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escrito por el Jueves, enero 17, 2013

13008 (Aleph)

13008 (Aleph)

Prometí, mientras miraba el mar en compañía de un niño llorón, que escribiría algo estas vacaciones. Unos minutos para ceder la voz a los dedos. Aunque sea algo breve. El sueño infantil e intencionado de todo bloguero, y seguro uno de sus propósitos comunes de año nuevo, es escribir una entrada todos los días. Quiero hacer eso, y lo haré. Cuando regrese de la playa esta será la primera entrada, una entrada anacrónica pero que cumplirá su función, de cualquier manera. Anoto en el manifiesto del árbol: Deja de preocuparte por tus múltiples voces, y también cede la angustia de repetir anécdotas. Por ahí mismo escribiré: “Una nota todos los días”. Mañana, quizás, me preocuparé por esa compulsión personalísima de no llenar el árbol con videos, notas populares y sosas, fotografías o citas de libros, porque eso es hacer trampa, es usar una máscara para ocultar algunos deseos, o pensamientos banales, o susurros malsanos.

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escrito por el Lunes, diciembre 10, 2012

Unas moscas

Unas moscas

En algún Walmart, de todos los Walmarts que hay en el mundo, un empleado tuvo la gloriosa idea de colgar los juguetes unos sobre otros en largas columnas que bajan de los techos. Cadáveres de peluche y felpa se sostienen los unos a los otros, y se contonean por el aire artificial, como un péndulo funesto y festivo, en espera de atraer miradas infantiles y enamoradas. Quien sabe, a lo mejor es una orden institucional y le doy demasiado crédito a la iniciativa de un empleado. Pensé, en cuánto los vi, que eran una versión oscura de Toy Story. Tal vez en algún lugar de ese mar peluche, hay un letrero pintado por un juguete, emulando la caligrafía de un niño: “Piérdase en alegría todo aquel que entre aquí”.

Moscas gordas y ruidosas han penetrado las defensas de mi oficina. A veces consigo engañarlas cuando abro el miriñaque, luego la ventana y hago como que las empujo con mis manos; casi todas me hacen caso (o pensarán que soy un loco) y se van, me abandonan apresuradamente y puedo seguir el trabajo en curso. Siempre se queda una: La más obesa, la más tenaz, la más escandalosa de todas. Entonces me acuerdo de Walter White, en el episodio botella de la mosca.

Todo el trabajo se detiene, acomodo el matamoscas cerca de mí, nos miramos y después de un rato nos olvidamos. Intento seguir lo que estaba haciendo pero luego, en una afrenta personalísima, una sombra vuela rápidamente entre mis ojos y el monitor, haciendo una línea y quebrando cualquier cosa que esté trabajando. Resoplo cansino, tomo el matamoscas, bailo alrededor de la habitación y la mosca, como una renuente compañera, se esconde entre mis libros, mis cajetillas, mis fotografías y mis juguetes. Así nos podemos pasar un rato más hasta que nos volvamos a olvidar.

Las moscas son igual que los malos recuerdos: Entran un puñado, consigues espantar algunos pero uno se queda ahí, discreto, entre las sombras o las repisas, mirándote desde una esquina, esperando el momento para salir volando y zumbarlo todo.

De vez en cuando grabo pequeños pensamientos en las notas de audio de mi teléfono o mi tableta. Así fue como hice el podcast del 20 de Noviembre. Luego de grabar varias notas, hice una selección y me dediqué a cortar los largos silencios, las muletillas, y pegar tres de estos pensamientos juntos. Me alegró el resultado, incluso parezco una persona elocuente. Ahora, por otra parte, miro la cámara de video. ¿Qué podría grabar en ella?

Se me ocurrió hacer lo mismo que hice con las notas de audio pero, de alguna manera, siento que en video soy otra cosa. Me reemplaza un sosias desagradable. En Youtube abundan los videodiarios (los vlaaaaghs) que imitan los monólogos de Adal Ramones y algunos son chistosos, otros no. Puntos extras si te enseñan las gracias del bricolaje.

Entonces negué la idea de grabar un diario en video. De por sí ya escribo uno y lo tengo bastante abandonado. (El diario que supuestamente me prometí escribir y luego termino confundiendo el blog con el diario, y viceversa). Pensé, mejor, en grabar minutos y luego pegarlos en un video de tres, o de cinco. Es decir: Un minuto de cielo, un minuto de mi perro, un minuto de cafetera, un minuto del aire pasando entre las plantas de maíz. Un elogio al silencio, a la cotidianidad, a la observación silenciosa de las cosas.

Lo haría si no tuviera un libro que escribir y mucho que leer. En las notas de audio tengo, al menos, unas veinte que no me he sentado a revisar y editar. Trabajo, escribo, leo, chachareo, paseo al perro, trabajo, escribo, leo, observo, escucho, día de Walking Dead, Dexter y American Horror Story (tres hora de televisión bien ganadas).

Ah, pues… mañana cumplo 31 años. Si tuviera 23 todo esto sería tan fácil pero llega la edad de elegir las cosas, eliges lo que quieres hacer y abandonas los caprichos con una facilidad aterradora. Cada año se refina esa habilidad y para no sentirte mal, te regodeas de ella. Mid-life crisis waiting to happen: perseguir moscas o fijarse en los juguetes colgados pidiendo, con una sonrisa costurada, auxilio.

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escrito por el Martes, diciembre 4, 2012

Fumador en la banca, humo del jugador

Fumador en la banca, humo del jugador

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 66 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.

Hay una frase muy sencilla que requiere un puñado de experiencias para entenderse. En su sencillez se encuentra la trampa y en sus consecuencias un dejo de desencanto. Al principio hay un poco de resistencia, pero cuando entra, entra bien y se repite como un mantra, un canto de guerra antes de lidiar contra una bestia que oculta los cuernos: “Tienes que ponerte la camiseta”. No soy inocente. Muchas veces he caído en expresar esa simpleza para invitar una reflexión, un cambio de actitud en el otro, así como me la dijeron muchas veces desde la niñez hasta la juventud y obligaban una mueca por lo cándido del discurso.

“¿Qué es ponerse la camiseta?”, pensaba y desmenuzaba la frase, “¿quitarme lo que tengo puesto y ponerme otra cosa?, ¿se refieren al cambio de equipo que hace un deportista y tiene que vestir otro Jersey? (Algo rastrero y traicionero, como cuando un jugador del América se pasa para las Chivas, y viceversa), ¿Acaso, en mi vida, llevo puestas múltiples playeras metafóricas que cambio, desecho o remendo conforme a la circunstancia? ¿Cuántas camisetas más debo de ponerme para que me consideren digno (el hombre camiseta lleva ya 28, porque más es imposible sin que algo se reviente, o el cuerpo o la tela), cuántas más?”

En realidad la frase se refiere a algo más sencillo, un discurso vulgar de motivación: Hay un jugador, un deportista o un atleta que espera en la banca. Llega el entrenador, pone una mano sobre tu hombro, su frente sudada, su voz rota de tanto gritar insultos, y paternalmente susurra mientras aprieta tu carne con firmeza: “Ponte la camiseta”. Es hora de entrar en el juego porque el partido depende de ti; porque te considera listo para sacrificarte y tal vez, salir victorioso; o porque no hay de otra y no importa tu aparente indiferencia, las circunstancias que te arrastraron allí, tienes que entrar y exhibir galanura, la gracia atlética de los dioses, la necesidad imperiosa de agradar al padre putativo (o quizás biológico) que implora, a su manera, tu entrada en el juego.

Obviamente, hay jugadores dispuestos a entrar, crecieron cómodamente con esas analogías deportivas y motivacionales como si fuera un manual para la vida. Sienten ese vacío en el estómago que sólo pueden colmar con calentamiento y una intensa observación al juego, cómo va, para no sentirse inútiles, estatuas estériles derruyéndose en la banca. No sólo se ponen la camiseta, ya la tienen lavada, aromatizada, planchada y doblada a un lado de la banca, una armadura lista para ser utilizada a la menor provocación.

Fumadores empedernidos, como yo, disfrutan apaciblemente con la pierna cruzada, sentados en la banca, su contemplación metafísica en el baile de las porristas y las espectadoras saltarinas y cuando sienten esa mano en el hombro no pueden más que suspirar con un poco de tristeza, tirar el cigarrillo y hacer como que se ponen la camiseta para presentar en el terreno de juego un espectáculo deplorable que, con suerte, irá alimentando una suerte de furia y aunque consigan involucrarse en el juego, no dejan de pensar que el espectador, y los otros jugadores, acaban de recibir un payaso que se ha puesto la camiseta al revés y que más bien se ha convertido en un elemento caótico, absurdo, dentro del juego con el objetivo accidental de arruinar lo bien que todos los demás se la están pasando.

“Ponte la camiseta”, depende de la circunstancia, no es tan malo como se cree. Cuando eres joven y no quieres, es una ofensa, es pedirte que arruines el conjunto de ropa que tanto trabajo te ha costado decidir, olvidarte de quien eres para entrar a una situación que no te gusta, o no quieres, o es demasiado problemática. Es fácil no ponérsela porque eres joven y aparentemente nada te lo impide. Pasan los años y, aunque todavía hay un ruido incómodo, decides ponértela para evitarte una secuencia de momentos incómodos: un despido, una mala calificación, el escarnio público, el exilio a otro país, una ruptura amorosa o el divorcio tan temido. En lo personal, yo la uso como una respuesta floja a confesiones de jóvenes imberbes cuando exponen un problema de su edad y que se resolverían, pues, con un poco de menos necedad.

Mi situación preferida de la frase es cuando estás acostado, miras fijamente al techo, piensas en las múltiples responsabilidades adultas y las consecuencias de ignorarlas, entrecierras los ojos para cachar las partículas de polvo, escuchas el ruido de afuera, un claxon, un hombre vende chicharrones, los zanates vuelan e imaginas sus silbidos al ocaso, no fumas ahí porque no es permitido y aún cuando tienes ganas de hacerlo el cuerpo se niega a levantarse, una mano posa sobre tu pecho, una pierna desnuda sobre la tuya, el sudor evaporado de un amor que continuamente está pereciendo y alguien susurra, flojamente, “ponte la camiseta, es hora de vestirnos”.

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