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Hasta pronto y gracias por el pescado

By on Martes, noviembre 19, 2013

Hay buenas razones, además del dinero, por las cuales las series de televisión gringas dividen sus etapas por temporadas: un cambio al arco global de la historia, preparar el siguiente, invitar a los espectadores a extrañar a los personajes, el descanso del equipo de producción, entre otras. Por la misma razón dividí, en su momento, Big-Blogger en temporadas: un descanso sano para los colaboradores, el administrador del changarro y para que los lectores y los troles tuvieran algo que esperar hasta dentro de unos meses. Sin embargo, quizás, hay una razón un poco más frustrante y es que simplemente la historia acabó, o nunca estuvo dirigida a un fin. Sí, hubo sus momentos satisfactorios y el tiempo que duró la historia, por momentos, engañaba con una dirección… quiero creer que armé una buena ilusión. El árbol de los mil nombres (o el 217 en este par de años) contó ese tipo de historia. Y ustedes, como lectores, quizás me acompañaron en un puñado de arcos (algunos siguen, otros se convirtieron en líneas, meros recuerdos): la mujer de mi vida, el matrimonio, dos o tres mudanzas (de las doce), mi hermano, mi familia, el casting (casi diez años de casting), la UNAM, la muerte de mi abuela, el Simón Dor, el cacto y el montón de cuentos, cuenteletes, noveletas y novelas. “Quiero escribir en otra parte”, anuncié en Twitter alguna vez, y me refería a la hoja en blanco que veo desde el administrador de WordPress. Así, murmurándolo en voz alta, me di cuenta que era momento de cerrar esta historia o, mejor dicho, este fragmento de la historia. Diez años, vaya, se me hace mucho tiempo y me felicito por la disciplina. Claro, el producto no siempre fue excepcional, maravilloso o satisfactorio, pero pocas veces traicioné la constancia y la disciplina. Este blog puede decir orgullosamente que no hubo largo abandono, tampoco drama personal de “recojo mis cosas y me voy”. Siempre traté de ser educado y respetuoso con los lectores, incluso los espectrales, los invisibles. Espero nunca haber traicionado eso. Declaro que esta es la última hoja del cuaderno. De este cuaderno. Ya me morí Hace algunos años, muchos, prometí que esa sería la última línea en el cuaderno de Simón Dor, uno de mis tantos alteregos. Como era dramático y, según él, conciso, decidió que esa debía ser la última línea. Simón y yo ya estamos muy separados el uno del otro, pero al menos le debo ese último capricho. Es poca la gente que escribe un blog personal. El blog se transformó en Twitter, Facebook, Tumblr y un puñado de medios más. La cantidad de medios para compartir algo es avasalladora y frustrante. Poco a poco nos sentimos más atados a “compartir contenido” y buscar la resonancia de nuestra voz en un mar infinito, inacabable, que cada día crece más y más. Cuando empecé a formular la idea de renovar el blog, de cambiar de lugar, a inicios de año, pensaba si quería abrir el nuevo espacio (una nueva temporada) en tumblr, en medium (un espacio encantador para escritores amateur y profesionales), en blogspot o una versión más sobria de wordpress. ¿Y si no escribo nada?, me pregunté, pues ya tienen con mi instagram, con mi flickr, con mi soundcloud. Incluso consideré un vlog: Youtube me sacará del aprieto de escribir, de revisar lo escrito. Tener uno de estos parece… vano. Una necedad anacrónica, habiendo tantas opciones gratuitas y que implican una ignorancia total por parte de la persona que las mantiene. Hay gente que, sin saberlo, mantiene blogs enteros en Facebook y lo que es peor (además de regalarse), algunos los leemos sin interés nomás porque no le hemos movido bien a las opciones de privacidad. En la charla de escritores que moderé en Profética, recuerdo que Ruy Feben comentó que un escritor debería tomar un par de cursos de relaciones públicas y mercadotecnia. He pensado en ello, además de la disciplina que requiere escribir y leer, la disciplina de escribir y buscar que lo escrito se distribuya. Qué complicado, prefiero la sobriedad y tratar de mantener una sana discreción en lo que se comparte. Por otra parte, veo a viejos amigos publicando una larguísima entrada en sus redes sociales, reciben un montón de comentarios, hacen como que discuten y comparten puntos de vista, el chiste ocasional (gracioso o de mal gusto, o ambos), y eso parece contentarlos, y empujarlos a necesitar más. Lo sé, ya lo viví. Sin embargo el “contenido” se pierde, es abandonado, producto de los desmemoriados, en el furor de las fotografías de gatos y los escotes de alguna chamaquita que tiene permiso de equivocarse (es joven). Tanta energía desperdiciada en un momento que será comido por otros momentos. Al menos un blog, al exigir un mínimo de mantenimiento y cariño, no nos permite engañarnos tan fácilmente que lo escrito lo “hicimos por convivir”. No me siento cómodo escribiendo en Facebook. A duras penas he conseguido una voz que me satisface en Twitter. Al decir que cierro este cuaderno, es para darme la libertad de abrir otro: El árbol del abandono. De ahora en adelante escribiré estos blogs temáticos que, si tengo suerte y constancia, mantendrán una dirección y tendrán un final. Este primer cuaderno es un proyecto que pienso seguir durante un año, con fechas y calendarios ya predispuestos. Si quieres seguirle la pista, recomiendo que sigas la página en...

Ñoñazo videojuega

By on Viernes, noviembre 1, 2013

Hace un tiempo leí un libro de Gamification (o “jueguificación, en español)… palabras horribles aparte, es un concepto interesante y un tanto inseparable de la vida diaria, al menos para nosotros, los que vivimos en línea. Una cuenta en Facebook, en Twitter o en cualquier otra red social, es un indicador simple y efectivo de que ya somos jugadores y los puntos se miden a través de una serie de valores subjetivos que nosotros le damos a ese juego. La cantidad de seguidores, por ejemplo, o el número de likes o de favs que recibimos por alguna de nuestras ocurrencias. Según la jueguificación, todo el tiempo estamos jugando y aún aquellos monstruos que pueden prescindir del monstruo virtual de las redes sociales, algo tendrá en su vida que defina a través de logros, de triunfos, llegar a una meta involucra una serie de jefes finales a los cuales hay que vencer para sentir que hemos encontrado a la princesa. El libro separaba a los jugadores en cuatro tipos, si mal no recuerdo: cazadores, exploradores, casuales y over achievers (por ejemplo los fraggers, que necesitan ocupar el primer lugar en un match de Halo). Como toda categorización… cada persona se compone de varios de estos elementos. El objetivo ahora, y desde los ochentas, según para las empresas, es crear “juegos” y “dinámicas” (me ajusto mi corbata, señalo el letrero que dice: “Recursos Humanos, pásele”) que apelen a la mayor cantidad de jugadores posibles, o bien, inventar un juego que apele a la curiosidad de algún jugador en especial. Por eso mismo World of Warcraft fue (y aún es) uno de los juegos más populares de todos los tiempos: ofrecía de una manera perfecta espacio para los cuatro tipos de jugadores. ¿Por qué hablo de esto? Porque, después de 70 horas acumuladas de jugar una madre, me doy cuenta que soy un explorador, coleccionista y un poquito over-achiever. Soy un obsesivo compulsivo. Estoy subiendo las escaleras para convertirme en aquel mítico videojugador coreano que murió por jugar 36 horas seguidas. Y en vez de jugar más, mejor me siento a escribir algo y después a dar un paseo antes de qué, efectivamente, me dé una constipación coronaria por no levantarme de la silla. Estoy jugando: Record of Agarest War. Lo peor de todo es que no es un juego fascinante, sólo tiene cosas, muchas cosas y ya me metí en la cabeza que las quiero todas. (Explorador y coleccionista. Soy uno de esos que llenan de mierda su casa, porque todo puede servir, todo tiene un valor sentimental, nunca se sabe lo que se puede necesitar, pero con pixeles). La historia, a grandes rasgos, tiene una embarradita de Tolkien y El señor de los anillos. Hay elfos, elfos altos (perdón, ¿así se dice? ¿o un elfo alto es… nomás alto?), mitrilo y un objeto maldito de gran poder que le pertenece al señor de la oscuridad. Un general de guerra (Leonhardt) pierde un duelo contra un caballero oscuro y un personaje misterioso, que le exige balance ante todo, permite darle el poder para vencer a dicho caballero a cambio de su alma y del futuro de su alma. Que poético, me dije, cuando leí eso y quise convencerme con la historia. Luego descubres que “el futuro de su alma” se refiere a que sus hijos tendrán la misma misión: seguir hasta que la oscuridad quede erradicada del mapa y el señor oscuro no cumpla sus planes. Suena emocionante pero la historia no es tan buena como nos lo hacen creer. Combina el clásico humor japonés, ciertos estereotipos, con algo de mitología occidental y un simulador de citas. Los japoneses son unos maestrazos para romper géneros, al menos en lo que a videojuegos se refieren. Resulta que para perpetuar el futuro de mi alma, en cada generación tengo que escoger a una de tres heroínas para casarme con ella y procrear al siguiente héroe que seguirá la historia. Durante el juego, después de las cruentas batallas tácticas y pulir las armaduras, me hacen preguntas muy monas, como qué clase de mujer me gusta. Sí, lo sé. Setenta horas y apenas voy en la tercera generación porque el juego ofrece un rango muy amplio de personajes y cosas para hacer: armas, armaduras y accesorios que necesitan ciertos materiales, puntos y dinero para construirse. El juego tiene una cantidad imbécil de puntos acumulables: puntos de esfuerzo por batalla, puntos de atributos para el grupo, puntos para la cofradía de aventureros, puntos por bañarse antes de meterse a jugar; eso sin contar los puntos de experiencia de cada personaje que utilizas. ¿No te gusta alguno de los personajes? No hay pedo, en un ánimo pokemonesco muy burdo, puedes capturar y combinar monstruos para usarlos en vez de usar a los personajes y todo lo anterior aplica. Además te lo advierten: “algunas de las mejores armas para monstruos, y sólo para monstruos, puedes conseguirlas cazando, combinando e intercambiando esos monstruos”. No son nada amables para tipos como yo. Para ver todo lo que el juego puede ofrecer, según dicen, tienes que jugarlo dos veces. Si le chingas. Si no le chingas, al menos unas tres veces. Como todo JRPG que se precie, el juego ofrece su New Game+. Me hace feliz tener juegos así, pero también veo la colección de juegos que he comprado en Steam y que no puedo tocar por estar atrapado ahí. También...

No importa lo que haga, siempre regreso a ese lugar…

By on Miércoles, octubre 30, 2013

Esa línea viene de uno de los mejores videojuegos de todos los tiempos. Ya sabrán cual y si no lo saben, muy mal; ustedes y yo nunca podremos tener una conversación sincera (bromeo, como siempre, antes de que alguien alce una ceja, se la tome en serio y me insulte sin ningún empacho, y se le ocurra que cada año debe venir a insultarme, como ha pasado, de verdad me ha pasado. Gente que me desprecia tanto, por mis bromitas babosas, ha anotado el día que descubrió cuánto me desprecia en su calendario, y de vez en cuando regresa, para dejarme mierda en la puerta y yo, resignado, me pongo el traje de barrendero y limpio, qué otra, porque nunca voy a dejar de bromear). Que paréntesis tan grande para un breve regreso. Espero que estén ocupando su tiempo de ocio en algo de provecho. (Porque el tiempo de trabajo es trabajo, no hay otra forma de ocuparlo, según). Creo que estas líneas se las escribo a alguien. (Leo un libro de semiótica, de signos, símbolos, etcétera. La línea anterior es un resumen burdo, simplista y pueril de ese libro). Hace mucho no usaba esta voz para escribir. Quizás para ustedes no tenga sentido. En general, hace tiempo que no escribo. Sólo unas notas brevísimas y la fuga de los 140 caracteres, pero nada más. Incluso abandoné temporalmente, y como las chachas, la columna de Guardagujas. Le debo una encarecida disculpa al señor Aldán. Espero ponerme al corriente. Topé con una especie de pared porque “escribí demasiado”. Una parte de mi cabeza se dio cuenta y dijo: fuck it. Tiré la pluma (esa simbólica pluma; dorada, alada y retorcida pluma) y decidí tomar un control de XBOX. Luego recogí la pluma para escribir, como siempre, notas de los videojuegos: recetas, fórmulas y a veces, nomás porque sí, código hexadecimal. No me gusta la pureza de las cosas, siempre debo retorcerla de algún modo. No sé cuántos meses llevo jugando. No más de dos. Llevo una cuenta muy descuidada del tiempo y del gasto del tiempo. En dos meses hubiera escrito y revisado una tercera parte de la novela que me publicará Ficticia y el Universidad Autónoma de Nayarit (dos capítulos de los seis). Es verdad. Así como juego, escribo y reviso (ese doloroso proceso de revisar, y revisar). Soy como esos caballos de ceguera lateral, me pongo una tarea y jalo para allá, no importa si la tarea es jugar, escribir, pasear al perro, bajar de peso, masturbarme nueve horas seguidas o leer En busca del tiempo perdido. Sí, saldrá mi primera novela publicada en papel (“Dile a tu mamá que se calle”, aunque antes se titulaba “El monstruo”), lo cual me alegra y también me entristece un poco. Antes la celebración de escribir algo nuevo (explorar una historia, entregar una novela por fascículos, una serie de cuentos) se mostraba aquí, en este blog, de manera inmediata. Quizás aprendí tarde que la inmediatez no ayuda pero también la inmediatez algo me enseñó y me trajo aquí, a un momentosatisfactoriodelavida. El blog se siente traicionado aunque sabe, de algún modo, que la traición era el curso natural de las cosas. Quizás es por la traición que lo he abandonado. Presentaré la novela en Nayarit el 11 de Noviembre. La editorial me mandará un paquete de cien libros. Reservaré algunos de estos libros para venderlos por acá (paypal, quizás) y el blog no se sienta traicionado por completo (¿Traidor a medias? No chingues, eres traidor o no eres traidor. Quíhubo). El precio de los cuates, de los lectores que han soportado mi accidentada y cambiante carrera literaria, de los despistados a los que no les gustan mis bromas. Es decir, el de los que saben que existo en el árbol 2:17, el árbol de los mil nombres. Ya veremos. Por otra parte, ya firmé el contrato de Jóvenes Creadores. Durante un año, el FONCA apoyará un proyecto de creación literaria que podrán leer, en sus primeras etapas, en línea. Faltan definir algunas cosas (es un proyecto que depende de la marcha, y de que su creador suelte, algún día, el control de XBOX) pero el arranque es por internet. Es un proyecto que me entusiasma porque es uno de los tantos simulacros que he intentado escribir por aquí, de algún modo u otro, y nunca he terminado de lograr porque le faltaba madurar. Para mí fue una verdadera sorpresa que escogieran el proyecto. Ahora debo poner en todas partes que soy becario del FONCA. No importa lo que haga, siempre regresaré a ese...

Siente mi corazón

By on Martes, septiembre 10, 2013

Eso dice la mujer, después de poner en evidencia a una niña de 16 ó 17 años y una alumna, reluctante, pone la mano sobre el pecho de la maestra y ella le cuestiona cómo lo siente. Acelerado, rápido, algo habrá respondido la chamaquita mientras la profesora exclama—: así es y farfulla algo similar a que así corre porque está muy enojada, está airada, fúrica, sin embargo amenaza con no perder en ningún momento la compostura, no caerá en la trampa e insultará a la niña como ella fue insultada: perra, puta, para que todos nosotros lo sepamos, no sólo los estudiantes, sino la gente del internet, esa masa nebulosa de rostros ensombrecidos, una hilera de hormigas que distribuimos la información de un lado a otro apenas deteniendo el camino para hablar de ello comentarlo, pues, en su justa dimensión: qué ridiculez, alimento para el morboso, etcétera. Quisiera comentar algunos puntos del video (uno que seguramente ya has visto, o escuchado hablar, y si no, podrás verlo al final de este post): Me sorprende que los estudiantes graben una clase con sus teléfonos para no perder detalles o bien, para evitarse el método engorroso de tomar apuntes. Me pregunto si fue iniciativa de la profesora o si a ellos se les ocurrió. Claro, también considero que es poco práctico. El viejo método de apuntar las cosas, me parece, todavía es más rápido para la eventual consulta que perder el tiempo analizando horas de video para encontrar qué se dijo en cierta clase. De cualquier modo, podemos intuir que grabar ESA clase en particular es una costumbre y que la profesora lo sabía. Tan es así que se dirige a las cámaras que la están grabando, con algo que promete es el don de la justicia en los puños, cual protagonista de show, muy a la Rocío Sánchez Azuara, Carmen Salinas, Cristina Saralegui, y tantas otras más. Tiene ese tonito en la voz. Tan sólo recuerde que para alimentar el espectáculo, le pidió a una alumna que atravesara los límites del espacio personal para que le tocaran el pecho, el corazón, para que se lo sintieran, a la vista de los celulares que seguían grabando. Después de dar semejante espectáculo, también sería bastante iluso creer que la profesora no anticipaba que subieran el video a internet, y que no la notaran a ella en cierta forma. La mujer se fue a dormir esa noche pensando que sentaba un precedente. (¿Y de qué tipo?, lo sabrá ella pero yo me la imagino que se fue a dormir sonriendo por haber demostrado algo que, para muchos, parece justicia). ¿Por qué es un espectáculo? Porque una profesora, cuya supuesta madurez emocional y experiencia de vida es mucho más grande, acorraló poco a poco a una estudiante hasta llevarla a representar un papel. Durante ocho tendenciosos minutos podemos ver como la profesora urde su plan. Primero habla de competencias, y luego de redes sociales, los crímenes de las redes sociales y finalmente llegar al punto que tanto ansiaba, la lapidación de un par de estudiantes que no tienen el colmillo, ni las garras, que tiene esta señora. En ningún momento olvida que la están grabando, en ningún momento deja de imaginar hasta donde llegará ese video. Pide que se disculpen y los mocosos, al saberse observados, no tienen de otra más que pedir perdón por ser mocosos. Me pareció cruel y vergonzoso. Tampoco hubiera permitido a mis hijos insultar a un profesor. Después de hacer su graciosada, porque soy ese tipo de personas que hace como que no miran pero ahí andan, le pediría a mi hijo o a mi hija que borrara eso y darle un delicioso estofado aderezado con un sermón, de una o dos horas, acerca de las consecuencias. Sobre todo para advertirle que existe este tipo de gente. ¿Qué tipo de gente? Manipuladores. Esta mujer, una manipuladora, acorrala a dos niñotes que no pueden defenderse, que no pueden expresarse. Chamacos que todavía viven el delirio de las hormonas, del día a día, que pueden insultarse un día y al siguiente olvidarlo, porque nada les importa, son imortales, qué van a comprender ellos de la muerte, de la imagen, de las trampas que urden los adultos telenovelescas para destruir a otros adultos igual de telenovelescos. Sí, pues, el mismo discurso de siempre: “es que los niños ya están más abusados, ya son más crueles, no manches hijo, qué miedo”. Aproveche y lea una novela: “El señor de las moscas”, nada más para que pueda imaginárselos, tampoco vaya a creer que la novela es algo real, faltaba más. Los niños nunca han sido inocentes, así nos los imaginamos porque es como nos gusta pero son capaces de cualquier maldad que se les ocurra, y sin frenos sociales tan bien puestos como los tenemos nosotros, los grandes, híjoles que suave: somos los perritos bien amaestrados de la sociedad. Supongo que si la profesora hubiera tenido un poco de sentido común, en vez de imprecar públicamente a los alumnos, hubiera hablado con ellos al finalizar la clase. Lo que yo hubiera hecho, si me lo preguntan, es decirles que vi los insultos y pedirles amablemente que los borren. Luego los dejaría ir, haciéndoles saber que soy de las personas que hacen como que no miran, y quizás nomás por el drama, decirles que la próxima vez podría llevarlo a “las últimas consecuencias”. Que para...

13065 (Crimen y castigo)

By on Domingo, septiembre 8, 2013

Todo el libro tuve una clara noción del dinero. Pienso, divertido, que fue cosa del jugador y el jugador nos ofreció una entrada a sus propias angustias económicas. Quizás no sepamos en la actualidad cuánto sea un kopec, o un rublo, pero leyendo cuidadosamente sabremos cuanto cuesta un abrigo usado, un gorro, la compostura de unas camisas, una cerveza. Teniendo eso en la cabeza, luego los personajes mencionan los rublos. Veinte rublos cuesta armar una fiesta que todos los demás menospreciarán. Después vienen las pensiones de los trabajadores, por ejemplo, la de un empleado de correos: mil rublos al año, y mil rublos es la mitad necesaria para abrir un negocio editorial. Entonces aparece otro personaje, uno más adinerado, que ofrece diez mil rublos por aquí, diez mil rublos por allá, y se me antojó como una pequeña fortuna, algo deseable, como si me hubiera ganado la lotería. Un suicida, o un violento, decide que cuesta treinta mil rublos iniciar una vida en otra parte: en Viena, por ejemplo. El lector no sólo está pensando en el crimen, en el castigo, en la crueldad de ciertos sueños, en la posibilidad de la locura, en los pasos para convertirse un súper hombre, en el asesinato de viejas y la necedad de huir a la redención; está haciendo cuentas, constantemente, palpándose los bolsillos para saber cuántos kopecs necesita para salir de paseo, comprarse un refresco, ampliar su casa, hacerse del nuevo iPad. Lo irónico es que aprendemos tan bien la economía que al final, ni en ese mundo ni en el nuestro, el dinero aparentemente sirve de...

Un cigarrillo para Miley Cyrus

By on Lunes, septiembre 2, 2013

Un cigarrillo para Miley Cyrus

V/H/S

By on Lunes, agosto 26, 2013

Caminando por la Fayuca de Puebla, descubrí una película llamada V/H/S. La portada: una mujer amarrada y amordazada con un gagball de silicón. Sospeché. Tomé la película para leer de qué trataba y parecía, engañosamente, corresponder a la imagen: un grupo de criminales entra a una casa con la orden de robar una película en VHS, pero descubren que la casa está llena de esas cintas y ahora deben recorrer todas las películas para descubrir la que buscan. Encuentran que las películas son terroríficas, algunas snuff, y deciden verlas mientras los acompaña un muerto silenciosamente, desde un sillón que también tiene vista a los televisores. Al final, la película tenía poco que ver con la perversión (o cualquier perversión) de la portada (esos piratas, tan desvergonzados y atinados) pero fue un descubrimiento interesante y agradable. Son dos películas hechas por un colectivo y cada una de ellas es una antología de terror, principalmente fantástico. Lo interesante es que no sólo son historias que van una tras otra, sino que la estructura de la película permite que los personajes que miran las cintas, formen parte de una trama global, algo que se teje afuera y eso, a su vez, es una excelente manera de inquietar al espectador, de hacerlo sentir que también forma parte de una cinta. Los cortos (son cuatro por película, si no me equivoco, más el quinto que es la conclusión de la trama global) son terror y gore del clásico, un homenaje para aquellos que nos espantábamos de chamacos con las noches terroríficas de canal 5, los sábados por la noche / madrugada. El primer corto sienta perfecto el humor de las antologías, terror fantástico, sin preocuparse por insultar a nadie, y eso le avisa al espectador que esperar de la franquicia, si es que el colectivo decide avanzar más allá de la segunda. Una de las cosas que me gustó de ambas películas es que los directores, escritores y productores (un equipo de chavos) se preocuparon por ofrecer alternativas para narrar historias a través de cámaras (todas las historias son de cámara en mano, lo cual explica, hasta cierto punto, porque están grabadas en VHS). El punto de vista de la primera historia usa una cámara espía montada en unos lentes, lo cual ofrece cierta estabilidad a un medio que fácilmente puede caer en el abuso de los movimientos de cámara, la nausea. En la segunda película usarán esto al máximo: la historia de los zombies es contada a través de un iPhone y una cámara en el casco de un ciclista; y la del grupo religioso usa una mulitud de cámaras: profesionales, espía, digitales de fotografía, entre otras. Disfruté la mayoría de las historias, la verdad, por lo grato del formato y porque me gusta el terror. En la primera película, la historia global es suficiente para quedarse con un buen sabor de boca, mientras que las historias de la segunda película están todavía mejor trabajadas y ofrecen casos humorísticos, explosivos y poco explorados de éste tipo de cine. La historia global de la segunda película no me gustó tanto pero, supongo, es difícil superar el ritmo de la primera. Un espectador no cae dos veces con el mismo truco. Véala, de preferencia con una morra, seguro la espanta y ya cualquier cosa que se le ocurra, la hará infinitamente más feliz que seguir viendo las...

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