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13049 (Juliette / El Caos)

By on Domingo, julio 7, 2013

Escribo aquí porque evito trabajar en un cuento. Escribí dos líneas, las iniciales, cada una me llevó un día. El título lo escribí el año pasado. Pienso en Juan Rodolfo Wilcock, y su valentía para editar y reeditar “El Caos”. Cada cuento, como dio a entender, debía ser perfecto porque era lo único que pensaba escribir. (Libertad y prisión, de chingadazo, sólo voy a escribir esto y esto, debe ser perfecto. Abandonas escribir por corregir. Un intenso deseo de trascender a través de la perfección de las líneas). Eso viene escrito en los apéndices del libro. Mi problema, eso me digo con otra voz mientras camino y hablo solo como loquito, es que quiero escribir muchas cosas, y soy muy rápido para hacerlas. Es verdad, escribo muy rápido, y luego me tengo que sumergir al infierno de la revisión. Por ahí leí: “Escritor que sólo escribe y nunca revisa, le falta intención, y la intención suma”. Estos años estoy aprendiendo a sumar. Incluso lo que escribo aquí, algunas cosas las saco de su lugar y nos metemos a los hornos, para empezar la orfebrería del asunto. Ese cuento, el que está abandonado en dos líneas, no quiero continuarlo a no ser que cada piedra caiga como un ladrillo. Habrá revisión, sí, pero será mínima. Probablemente el lector nunca descubra el trabajo que implica entregarse a la elaboración precisa de un texto, no de esa manera. ¿Cómo le va a importar que el cuento que se echó de una sentada, tardó un día por línea? Eso es demasiado fatalista. Entendí a Wilcock, mientras leí su libro de cuentos. Consiguió crear un universo oscuro, caótico. El primer cuento anticipa los cuentos siguientes, a partir de ahí, persiste la posibilidad de que los cuentos son el resultado del primero (cuento en el cuento, el primer cuento extiende sus ramas y los hombres y mujeres de esa fiesta viven sus propias historias, para beneplácito del enano), en eso consiste la perfección, eso es hacer un libro de cuentos. Ojalá fuera evidente para...

13031 (Juliette)

By on Martes, mayo 28, 2013

¿Por qué grita así? ¿En eso ha evolucionado la actuación del género, en gritos? Parece que está muriendo, que le están partiendo en dos o que le flagelan contra los grises muros de un cuarto de inquisidores. Prefería cuando grababan las voces artificiales, aún cuando no estuvieran en sincronía, dignificaban la magia, una perezosa fantasía para la persona que no busca otra cosa que ver. No es que los gritos, agudos y escandalosos, me desagraden completamente, pero, en vez de enfocarme en el espíritu de la obra, me divido y pienso que está sufriendo, que alguien debe ayudarle porque en realidad es una víctima. Bueno, muchos pueden argumentar que es una víctima, por la posición y el oficio a que se dedica, y luego con esos gritos, y desconocemos que tan actuado es el abuso, un abuso que, siendo honestos, cada vez es más frecuente y violento dentro del género, y hasta preocupante por lo mismo. Si a los veinte me preguntaba si me estaba desensibilizando, a los treinta todavía más y lo que es peor, no lo estoy por completo porque en vez de mirarlo con el afán original, lo miro con cierto escepticismo y fascinación, casi como perseguir una nota, o la línea de un cuento que al principio parece brillante. Ajá, algo que explorar: no puedo dejar de mirar con horror, finalmente me han convertido y si no tengo cuidado, escalaré al grado de activista de sillón que aboga por los derechos de esas pobres personas, esa pobre gente. Quizás alguien proponga, en un futuro, junto a los camarógrafos, los directores y los duros asistentes, un observador presente, como los licenciados que abren los sobres en los concursos, para ratificar que es una actuación y entonces subirán los costos de un negocio que, de por sí, es muy mal pagado, demasiado explotado y que ya nadie compra porque puede conseguirse en todas partes. Sin embargo, eso sí, tendrán un sello dorado, uno que explique que nadie fue lastimado durante la grabación del evento y lo que acaba de presenciar, no lo dude, fueron quince minutos o media hora, de una ficción burda, casi honesta, pero una ficción al fin y al cabo. Usted acaba de leer un libro donde los personajes no fueron dañados, mancillados en sus partes pudendas e ilusoriamente en lo más íntimo de su espíritu. Tal vez eso le falta para que lo vea tranquilamente, sin arriesgarme a una distracción...

13019 (Historia de O)

By on Miércoles, marzo 27, 2013

Anoche se la mamaron en un jacuzzi, lo sé, porque lo vi por la rendija. Parecía amar a la chica porque ambos se reían cuando él sacaba el glande del agua, como si fuera el ojo de un submarino, un ojo común en las caricaturas de la Segunda Guerra cuando nos fascinaban las maquinarias de guerra. Ella estaba sobre él, con los senos hundidos en el agua cálida, podía ver el humo que salía de la superficie, luego tomaba aire, hacía un gesto arrugando el rostro, y hundía la cara en el agua. Ah, sí, era un momento agradable, él crispaba las manos y perdía el peso en el cuerpo, flotaba hacia ella, para que su miembro entrara más en una garganta que continuamente perdía el aire, y luego ella salía triunfalmente del agua, miraba la consecuencia de sus actos brevemente, otra vez tomaba aire y se volvía a hundir. El agua azul era una línea entre el placer y el aire. ¿Cómo se sentirá un miembro aprisionado dentro de una garganta, dentro del agua? Sólo podía adivinarlo por el arco de su ancha espalda. El experimento siguió su curso unos minutos más, hasta que él se cansó y se sentó en el borde de la tina. La mujer se amarró el cabello de nuevo, y luego de rodillas, la mitad de la mujer convertida en un espejismo, regresaron a una mamada tradicional. Ah, esa sí sé como se siente, es una aguda hambre por mantener la boca ocupada, y de mirar los ojos de un hombre rendido, quizás hasta vencido. No, a un hombre vencido jamás se la chupan. El hombre asistió a la mujer con algunos dedos de su mano, él movía rápidamente el brazo mientras ella chupaba con paciencia, diligencia. A media luz, no puedo decir cuando terminaron, hasta que ella se separó y abandonó el líquido derramándolo por su boca, gotas blancas flotando sobre el agua azul, ojalá mañana se les ocurra otra...

Velas de lectura

By on Miércoles, diciembre 12, 2012

Ayer cumplí 31 años pero en vez de elogiar o solapar la edad adulta (u otras cosas igual de lamentables), mejor aprovecho la caminata para hablar de leer y de como aprendí a leer. Sí, la mayor parte de este post lo escribí en el teléfono mientras caminaba. He pasado mucho tiempo de mi vida leyendo. Reafirmo, cada vez que abro un libro, un cómic o un manga; que otros placeres, ocios o estudios no me atraen igual. Incluso dedicarme a un juego que no sea casual se ha convertido en una tarea difícil. Me pregunto, a menudo, ¿cómo crece o vive la gente que no lee? Mi abuela, casi analfabeta, me enseñó a leer a los cuatro años. Quizás comenzó antes. Todos los días, en el ambiente frío y gris rata de un puesto de zapatos en el mercado de la Balbuena, repasábamos letras en el periódico. Eventualmente las letras se convirtieron en palabras, oraciones, párrafos completos. Una vez que supe nació un animal hambriento. El mercado era un lugar oscuro, frío, apenas vivo por el lugar tan escondido en el que estaba localizado. Ahí, una de las pocas cosas capaces de arrojar luz, alimentar al monstruo, era la lectura. Leía el periódico, leía cómics y la tira del domingo (Todos los domingos esperaba ansiosamente, en el Universal, el siguiente episodio de Dick Tracy). En el mercado, compraba en el puesto de periódicos uno de varios: “Archie y Verónica”, “Tom y Jerry”, “Las aventuras del Pato Donald”, “La familia Burrón” o “Memin Pingüín”. Mi abuela pedía, en algunas ocasiones, que los leyera en voz alta para corregirme si me equivocaba. En casa teníamos libros, demasiados. Mis tíos más jóvenes leían ciencia ficción y fantasía. En cajas, ocultos, estaban los libros de mi abuelo… Una colección impresionante y discordante: antropología, dibujo, astrología, psicología, enciclopedias de historia y cómics de Vargas Dulché. Muchas veces los hojeé, sin entender mucho lo que pasaba, los libros de ambos mundos eran ajenos: Unos por su vocabulario y otros porque estaban en inglés. Mi madre tenía un libro de ilustración de Michael Moorcock. Criaturas desnudas en un mundo fantástico. Rostros alargados, ovalados, ojos vivos en rostros imposibles. De niño, le rayé unos garabatos con pluma. Quería participar en la creación. Mi madre, dolida, me quitó el libro para siempre y, luego de unos años, lo dejó a mi alcance vencida. No cabe duda, los niños destruimos todo. Unos años más tarde que vi mis pequeñas interrupciones, me arrepentí. Hice lo mismo con otros de sus libros, incluyendo un libro ruso de ajedrez con unas ilustraciones bellísimas y un puñado de libros ilustrativos de cómo aprender a pintar. El colmo: un día, uno de mis tíos abre un programa en la Commodore 64. Es un juego llamado Zork, una aventura de texto, la más famosa de todos los tiempos (La mencionan a menudo en Big Bang Theory, y es referencia obligada de “Ready Player One”. Cualquiera que deseé hacer ficción interactiva debe conocerlo). A cada momento le pedía a mi tía que me tradujera lo que pasaba, estaba enganchado en el misterio y me asombraba que pudieras escribir en la computadora lo que quisieras hacer, y con ello cambiar el rumbo de la historia. Ella, cansada del chamaco, dijo que debía aprender inglés y dejara de molestar. Tenía seis o siete años. A los nueve años ya poseía el nivel suficiente de inglés para pasar un par de pantallas en Zork, y leer algunas páginas de los libros de mis tíos (y sus portadas luminosas, vistosas, mundos ajenos en espera de ser devorados). Otro tío al ver esa pequeña hambre que me guardaba, me sugirió leer mi primer manga en una traducción inglesa: “Crying Freeman”. “Crying Freeman”, después de Dick Tracy, fue mi incursión en el mundo noir, un mundo agresivo, adulto y violento. Páginas oscuras, hombres armados, mujeres fatales, negocios turbios con empresarios. Recuerdo mucho una escena donde un personaje le comparte a otro la geisha que contrató. Ambos hombres, uno joven y uno viejo, poseen a la hermosa geisha. Cierran el negocio. Empecé a intuir uno de los mecanismos del sexo. Para entonces, ya había cambiado mis cómics por el universo Marvel. Específicamente Spiderman (aunque también perseguía a los Hombres X y los Vengadores. Novedades editaba, en aquel entonces, los arcos que escribía Jack Kirby). Si no los había en español, a veces conseguía arcos más actuales en la American Bookstore. Spiderman y su humor, su genialidad, su inseguridad, perpetuamente enamorado de Mary Jane y su sola confidente, la tía May, me ganaron. Se parecía mucho al niño y su abuela en el mercado. Mi tío Rafael me entrega una nota de su propia experiencia mientras espera el nacimiento de su hija en el hospital: “Si quieres leer buenos cómics, fíjate en las burbujas de diálogo. Entre más texto haya en las burbujas, quiere decir que es de mejor calidad”. (Por supuesto, esto es debatible por muchas razones… sin embargo, en aquel momento me pareció la verdad, y a la fecha, me fijo en cuántos diálogos tiene un cómic). Después fuimos a un puesto de revistas, me compró dos comics de “Conan, el Bárbaro” y unos de la Familia Burrón. Esa tarde, mientras esperábamos el nacimiento, nos la pasamos leyendo en silencio. También leí libros. A los doce años, mi nivel de inglés me permitía leer con seguridad algunos libros de terror, fantasía...

Unas moscas

By on Lunes, diciembre 10, 2012

En algún Walmart, de todos los Walmarts que hay en el mundo, un empleado tuvo la gloriosa idea de colgar los juguetes unos sobre otros en largas columnas que bajan de los techos. Cadáveres de peluche y felpa se sostienen los unos a los otros, y se contonean por el aire artificial, como un péndulo funesto y festivo, en espera de atraer miradas infantiles y enamoradas. Quien sabe, a lo mejor es una orden institucional y le doy demasiado crédito a la iniciativa de un empleado. Pensé, en cuánto los vi, que eran una versión oscura de Toy Story. Tal vez en algún lugar de ese mar peluche, hay un letrero pintado por un juguete, emulando la caligrafía de un niño: “Piérdase en alegría todo aquel que entre aquí”. Moscas gordas y ruidosas han penetrado las defensas de mi oficina. A veces consigo engañarlas cuando abro el miriñaque, luego la ventana y hago como que las empujo con mis manos; casi todas me hacen caso (o pensarán que soy un loco) y se van, me abandonan apresuradamente y puedo seguir el trabajo en curso. Siempre se queda una: La más obesa, la más tenaz, la más escandalosa de todas. Entonces me acuerdo de Walter White, en el episodio botella de la mosca. Todo el trabajo se detiene, acomodo el matamoscas cerca de mí, nos miramos y después de un rato nos olvidamos. Intento seguir lo que estaba haciendo pero luego, en una afrenta personalísima, una sombra vuela rápidamente entre mis ojos y el monitor, haciendo una línea y quebrando cualquier cosa que esté trabajando. Resoplo cansino, tomo el matamoscas, bailo alrededor de la habitación y la mosca, como una renuente compañera, se esconde entre mis libros, mis cajetillas, mis fotografías y mis juguetes. Así nos podemos pasar un rato más hasta que nos volvamos a olvidar. Las moscas son igual que los malos recuerdos: Entran un puñado, consigues espantar algunos pero uno se queda ahí, discreto, entre las sombras o las repisas, mirándote desde una esquina, esperando el momento para salir volando y zumbarlo todo. De vez en cuando grabo pequeños pensamientos en las notas de audio de mi teléfono o mi tableta. Así fue como hice el podcast del 20 de Noviembre. Luego de grabar varias notas, hice una selección y me dediqué a cortar los largos silencios, las muletillas, y pegar tres de estos pensamientos juntos. Me alegró el resultado, incluso parezco una persona elocuente. Ahora, por otra parte, miro la cámara de video. ¿Qué podría grabar en ella? Se me ocurrió hacer lo mismo que hice con las notas de audio pero, de alguna manera, siento que en video soy otra cosa. Me reemplaza un sosias desagradable. En Youtube abundan los videodiarios (los vlaaaaghs) que imitan los monólogos de Adal Ramones y algunos son chistosos, otros no. Puntos extras si te enseñan las gracias del bricolaje. Entonces negué la idea de grabar un diario en video. De por sí ya escribo uno y lo tengo bastante abandonado. (El diario que supuestamente me prometí escribir y luego termino confundiendo el blog con el diario, y viceversa). Pensé, mejor, en grabar minutos y luego pegarlos en un video de tres, o de cinco. Es decir: Un minuto de cielo, un minuto de mi perro, un minuto de cafetera, un minuto del aire pasando entre las plantas de maíz. Un elogio al silencio, a la cotidianidad, a la observación silenciosa de las cosas. Lo haría si no tuviera un libro que escribir y mucho que leer. En las notas de audio tengo, al menos, unas veinte que no me he sentado a revisar y editar. Trabajo, escribo, leo, chachareo, paseo al perro, trabajo, escribo, leo, observo, escucho, día de Walking Dead, Dexter y American Horror Story (tres hora de televisión bien ganadas). Ah, pues… mañana cumplo 31 años. Si tuviera 23 todo esto sería tan fácil pero llega la edad de elegir las cosas, eliges lo que quieres hacer y abandonas los caprichos con una facilidad aterradora. Cada año se refina esa habilidad y para no sentirte mal, te regodeas de ella. Mid-life crisis waiting to happen: perseguir moscas o fijarse en los juguetes colgados pidiendo, con una sonrisa costurada,...

Camara everywhere

By on Sábado, octubre 20, 2012

Poseer una cámara es una atenta invitación a buscar la simetría, las texturas, la armonía y la geometría en todas partes. Luego camino por la casa, una casa que ya recorrí de arriba para abajo, con la cámara en mano, buscando sombras interesantes o alguna grieta aún desconocida. Es peor salir a la calle: la hierba mala, las nubes, los baldíos, los cadáveres de algunos animales, la basura graciosamente acomodada, las piernas descubiertas de alguna chamaca… parece que todo merece la posibilidad de registrarse en la memoria digital porque la memoria biológica aparentemente es insuficiente. Últimamente estoy dándole una manita de gato a la organización de mis fotos. Desde el 2004, a la fecha, quizás tendré unos 20,000 archivos. Algunas se repiten, otras son ediciones (quizás les llamaría duplicados estéticos), pero no me atrevo a dar un número real. Igual que las imágenes del blog, la tarea de arreglar las fotos es de una o dos horas semanales, cuando el tiempo lo permite y no tengo otra cosa qué hacer. Los hombres somos animales curiosos. No soy el único que hace esas cosas, lo dudo, desde que tenemos computadoras a la mano hemos despertado los genes del inventario. Etiquetas, carpetas, categorías, memorias… estructuramos un universo digital como si fuéramos bibliotecarios y cada quien tiene sus propios vicios: fotografías, libros, pornografía, películas, música. Es una tarde esplendorosa (y perezosa) de sábado —lo dicen mi ventana y el baldío del vecino, con sus florecillas amarillas alzadas hacia el cielo. Viene Nico a mover la cola, y mirarme fijamente, preguntándose a qué hora tendré la dignidad de ceñirle la correa al cuello y sacarla a pasear, a olisquear el pasto verde y jalonearme para perseguir zanates bravos y valientes, andantes del suelo y del jardín, quizás me arrepienta luego de lo que diré— pero no me arrepiento de pudrirme, ligeramente, enfrente de una...

Ráfagas cotidianas

By on Martes, octubre 2, 2012

Hoy, acabo de descubrir que los pequeños adaptadores que me costaron 500 pesos para que el iPad pueda cargar las fotografías de una cámara o una tarjeta SD, también me permiten conectar un teclado y escribir en él. Todo este tiempo y sin saberlo, pude empezar a escribir mi primera novela de 7000 páginas en uno de mis tantos dispositivos. Todos los dispositivos que se me han pegado en el camino busco que puedan hacer dos cosas: Escribir y leer. No importa como. No sólo mis notas están desperdigadas en papeles por todas mis casas, mis trabajos, mi pasado… también están desperdigadas en todos los dispositivos existentes. Con el iPad tengo la fortuna, además, de garabatear cuando se me da la gana. Ningún libro de notas respetable, pienso, está exento de los garabatos. Anoche, mientras corregía uno de mis libros de cuentos, hice una mueca y me dije: “esto no es divertido”. Casi estuve a punto de levantarme, golpear dramáticamente la mesa y exclamar: “Si no es divertido, ¡no lo haré! ¡Jamás!”. Lamentablemente, una de las cosas hórridas (insisto, es un adjetivo que no se usa lo suficiente) que he aprendido con los años es que lo no-divertido es necesario, como las correcciones de los textos que se escribieron en un momento de euforia, o durante las madrugadas, o en momentos de exagerado sentimentalismo. Del más barato y oloroso que existe, ese que atrae a las moscas más ruidosas y espeluznantes que jamás hayas visto. No se vale decir que no. Hay que hacerlo. Afortunadamente existen métodos para mejorar las tareas aburridas. Poner una lista musical que te levante el ánimo. Beber la cuarta taza de café (esa que no te dejará dormir y después hará que te convulsiones en la cama por la taquicardia de la cafeína y la nicotina). Masturbarse. Abrir una película pornográfica en el otro monitor mientras trabajas. Reproducir una grabación de ruido blanco para rogar que su sonido hipnótico estimule tu cerebro. Distraerse con los besos de la esposa. Hacer una larga pausa para crear un mosaico con fotografías de mujeres poco vestidas. Asomarse a ver el Popocatépetl y olvidarse del texto un rato. De un tiempo para acá, tengo ganas de hacer una historia de ficción interactiva. Incluso tengo una instalación preparada de WordPress para empezarla cuando se me antoje. El problema es que los antojos sobran pero los proyectos no. Aparte de los pequeños y urgentes trabajos, me encuentro en el infierno de la corrección. Tengo, al menos, tres correcciones más en el calendario de aquí al fin de año. Me encuentro escribiendo una novela corta que no resultó tan fácil como pensaba (ojo: nunca es tan fácil como se piensa). Si no es la novela, el tiempo libre se me va tomando notas para un libro de cuentos que me gustaría explorar, a ver a dónde me lleva. Últimamente acomodo ese verbo donde se pueda: Explorar. Quizás son las circunstancias de la vida pero, a estas alturas, me gusta más tomar el tiempo para explorar los diablos que ya conozco que descubrir unos nuevos. No desprecio el descubrimiento, para nada, viene con la exploración… pero mi método se enfoca en detenerme a mirar lo ya recorrido, apreciar lentamente el cuarto en el que estoy, contar las grietas, los nidos de las hormigas, los cigarrillos consumidos por los otros, lo que sus manos tocaron brevemente. Abrir caminos está bien pero disfruto explorar los que estoy recorriendo bien despacio. Prometo no corregir esta...

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