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13003 (Los malditos niños)

By on Jueves, marzo 14, 2013

Vine al área de negocios del hotel, es un área muy cómoda donde el internet es estable. Optimista, casi tanto como Alfredo Peniche, traje mi iPad y mi teclado inalámbrico, decidido a que me sentaré a escribir aquí. Aunque sea algunos postitos para el árbol. Empezó todo mal. No había espacio en las mesas porque las ocupaban unos gringos mirando una película de Adam Sandler. Los cuatro escritorios con computadoras estaban ocupados. Entonces fui a los sillones, resignado a la comodidad. Cuando me senté en ellos me hundí, casi me caigo a otro lado, un mundo al revés. Así no se puede escribir, suspiré, le pedí a mi esposa que guardara el teclado. (Ella decidió seguirme para ser testigo de mi pequeño capricho). Me puse a leer los correos pendientes. Un centenar de correos, y de nada importante, la mayoría son avisos de Twitter que activé recientemente. Quizás los desactive de nuevo, en vacaciones no es conveniente tenerlos activos. Mi iPad a veces no soportaba la cantidad de los correos, así que la app de Mail simplemente se cerraba y tenía que empezar de nuevo la depuración. Qué enojo. Entran unos niños. No son de aquí, no me es fácil cachar su acento. Al principio creí que eran españoles, pero quizás son de alguna región específica, una que nunca he escuchado. Los niños son libres en el Centro de Negocios, nadie les vigila, es impresionante la libertad de los salvajes. Tendrán unos ocho y diez años, el cabello despeinado, los ojos pequeños y brillantes que son una señal común de muchos criminales. Se libera una mesa, tomo rápidamente mis cosas para ocuparla. Mi esposa me acompaña, buena, tranquila, feliz de la vida, con un libro de Sherlock Holmes, el segundo tomo de una compilación. Me dispongo a escribir algo y los niños, empiezan a salir y entrar del Centro de Negocios. Quien sabe qué juego habrán inventado. No son escandalosos pero… se dan a notar, es imposible no verlos, no registrar la cantidad de ciclos que ocupan en salir y entrar. Se arrojan, extienden su territorio, ahora desde la entrada hasta la máquina de café, en la máquina de café (atrás de mí) se sirven un café, se lo toman de un trago (sin quejarse), y van hasta la entrada. Repiten la hazaña unas cuatro, cinco veces. Llega la madre de los niños, sonriente, les acaricia la cabeza, la pobre imbécil no sabe lo que le espera, y después llega el padre, es de esos padres serios, malencarados, que están dispuestos a educar hombres verdaderos, pide un whisky y se va a uno de los sillones. Los niños se van, sin correr y sin gritar, como si la cafeína fuera una imbecilidad, una mentira para controlar idiotas, hacia la mesa de billar. Juegan con la mayor naturalidad mientras yo pongo la cabeza sobre la mano, y pienso que de algún modo, acabo de ser testigo de un orden natural de las...

Pétalos

By on Lunes, octubre 29, 2012

Llega la edad. No puedes hablar de todo lo que se te antoja. O eso parece. Se guardan ciertas cosas en el cajón: Mi engendro recién nacido me aburre, golpeé a mi perro de orejas grandes, mi esposo es impotente, saqué la punta de dieciséis lápices, mi jefe es un idiota, hoy fumé dos cigarrillos, no tengo para comprar cigarros, robé una cartera en el metro, maté al tipo que me debía la renta, ay… las nalgas de la prima, conseguí rayar la Mona Lisa, restauré mal una obra, traduje un cuento pornográfico para subirlo a un foro, me masturbé tres veces en la noche (así comprobé que no da sueño), le puse el pie a un niño escandaloso, atropellé al perro del vecino, limpié la casa, electrocuté a una tarántula, no fumo mota pero digo que sí para que me crean en su grupo, dale-retuit-dale-retuit, hoy desperté mojada. Por eso más vale tomar el camino seguro, bien medido, inmaculado: hablar de las nubes, de los paseos, de las películas y los libros, de los vecinos ruidosos y molestos, de las niñas bonitas —desconocidas— en la plaza, de como-cuándo-y-dónde me acordé de ti, alguna anécdota o chistorete de la mascota o del bebé, lo delicioso que cocina la hermana, los dolores del abuelo, las peculiaridades de la calle en donde vivo, del vigilante y sus moditos al fin que no tiene internet (o lo disimula bien, quizás te fisga en un mundo y en el otro), del escandaloso y “bizarro” porno japonés. Al fin que los halagos son igual de estériles que los chismes jugosos, los momentos aburridos de la rutina, el manjar de los vicios, los rencores mínimos y breves. (¿Y lo son de veras? ¿O puede redimirse la continuidad de momentos aparentemente insulsos? Cada quien) Frutos de un árbol seco repartidos entre mano y mano, en la mordida se escuchan jugosos y crocantes pero son igual de secos que la ceniza entre los dientes. No hay problema, se dice, con un poco de aderezo se arregla. Quizás mañana encuentre una aventura, quizás mañana se convierta en el pirata de brazos biónicos que tanto soñó, en el productor de cine pornográfico o el espía disfrazado de diplomático en algún país ajeno. Difícilmente se sabe cuando la rutina puede ser necesaria. El tuerto todavía es rey porque se dice...

Camara everywhere

By on Sábado, octubre 20, 2012

Poseer una cámara es una atenta invitación a buscar la simetría, las texturas, la armonía y la geometría en todas partes. Luego camino por la casa, una casa que ya recorrí de arriba para abajo, con la cámara en mano, buscando sombras interesantes o alguna grieta aún desconocida. Es peor salir a la calle: la hierba mala, las nubes, los baldíos, los cadáveres de algunos animales, la basura graciosamente acomodada, las piernas descubiertas de alguna chamaca… parece que todo merece la posibilidad de registrarse en la memoria digital porque la memoria biológica aparentemente es insuficiente. Últimamente estoy dándole una manita de gato a la organización de mis fotos. Desde el 2004, a la fecha, quizás tendré unos 20,000 archivos. Algunas se repiten, otras son ediciones (quizás les llamaría duplicados estéticos), pero no me atrevo a dar un número real. Igual que las imágenes del blog, la tarea de arreglar las fotos es de una o dos horas semanales, cuando el tiempo lo permite y no tengo otra cosa qué hacer. Los hombres somos animales curiosos. No soy el único que hace esas cosas, lo dudo, desde que tenemos computadoras a la mano hemos despertado los genes del inventario. Etiquetas, carpetas, categorías, memorias… estructuramos un universo digital como si fuéramos bibliotecarios y cada quien tiene sus propios vicios: fotografías, libros, pornografía, películas, música. Es una tarde esplendorosa (y perezosa) de sábado —lo dicen mi ventana y el baldío del vecino, con sus florecillas amarillas alzadas hacia el cielo. Viene Nico a mover la cola, y mirarme fijamente, preguntándose a qué hora tendré la dignidad de ceñirle la correa al cuello y sacarla a pasear, a olisquear el pasto verde y jalonearme para perseguir zanates bravos y valientes, andantes del suelo y del jardín, quizás me arrepienta luego de lo que diré— pero no me arrepiento de pudrirme, ligeramente, enfrente de una...

Aysí.

By on Viernes, agosto 17, 2012

Ay sí, ay sí, con la app de wordpress ya puedo escribir, mientras camino, en mi blog. Así me arriesgo a darme el putazo pero el ejercicio de la escritura cronológica se convierte en un verdadero deporte. Uno de riesgo. No diré que de alto, porque eso suena bien pendejo, pero al menos de mediano, porque un putazo contra el poste duele. Igual hasta deja cicatriz. Ya me pasó alguna vez tuiteando. El guamazo sonó tan duro que hasta mi perro chilló del susto y casi salió corriendo, lo que me jaló más, y si acaso pensaba felicitarme por no caer de rodillas, se quedó como una esperanza noble mientras mi pantalón rayaba la banqueta y escuchaba la carcajada de unos polis en bicicleta nada mensos, porque seguían mirando al frente, riéndose del pendejo que se cree atleta, que se cree multitasking, o recepcionista, pero de las chingonas, que tienen tres llamadas en espera, revisan el cuaderno de reportes y ya sacaron los documentos que según urgían para ayer, y también un cafecito Lupita, pero con dos de Splenda porque salí muy malo del azúcar. Yo creo que mejor la usaré para escribir en el cine, ya saben, durante los cuarenta minutos de comerciales que ponen antes de la película. Que tal y me agarra la inspireiton como dicen algunos poetitas de taller o algún tuitero famoso, como de 120,000 seguidores, y me pongo a escribir durante toda la película, para beneplácito de los pobres espectadores atrás de mí que no saben que pantalla mirar: si la chiquita o la grandota. Ya desde ahí tenemos problemas. No hacen bien la sinapsis y me callan, cuando lo que de verdad quieren decir es que apague mi chingadera. Los mandaré, con la intensidad del artista, por un tubo surrealista porque está bien bueno lo que estoy escribiendo y no quiero que se me vaya el hilo y no me chinguen, es otra vez el pendejo de Edward Cullen recitando a Shakespeare, que no mamen, como si esa gente que me calla lo hubiera leído, como si hubieran pasado todo un semestre entendiendo la economía de las obras shakesperianas y su versatilidad universal para funcionar hasta en el garaje de mi abuelita. Ya pues. La verdad, uno se compra un iPhone para bajarse apps como la de wordpress y escribir en el baño. De neta, de hombres, de caballeros y de damas se los digo. Estoy en el trono, aburrido, mirando la loza que ya me sé de memoria o escuchando la música del Vip’s y eso no se puede quedar así. Estoy perdiendo el tiempo. Tengo que hacer algo, y va el teléfono para afuera y mientras mi cuerpo se ocupa en biológicas trivialidades, el ejercicio de la mente, del órgano mas poderoso que es el cerebro, se dedica furiosamente a escribir una palabra tras otra, y ya uno se puede decir pacíficamente: Ira pinche Hemingway, tienes razón, que te agarre la inspiración trabajando. Ira, ira, ira dices mientras escuchas a un padre educando a su hijo en las artes del mingitorio o maldiciendo silenciosamente a la esposa porque lo mandó a cambiar el pañal, quejándose en voz alta que todo el hijo es maravilloso, excepto su mierda, porque eso es bien feíto y bien injusto. ¿Dónde le pongo el punto a esto? No le encuentro. Quizás debería explicarme: desde el putazo que me di, ya no tuiteo caminando; me cagan los pendejos que sacan el celular en el cine durante la película y no lo hago, por educación; y no escribo en el baño con el teléfono porque me salió muy caro y quiero evitarme accidentes. Mejor uno se explica porque luego lo crucifican a uno por chistocito y si me clavan las manos, y me dejan sin iPhone, ¿pos dónde voy a escribir tan sensatos y bellos pensamientos? Eso sí. Tuiteo mientras cojo. No le digan a mi suegra, ni a mi...

Todavía me pregunta.

By on Miércoles, agosto 15, 2012

Todavía me pregunta si le quiero. No le voy a decir que no. No soy sonso. La quiero pero soy el idiota de siempre: también me lo cuestiono, así como me cuestiono todo lo demás. Si el piso donde mis pies me sostienen es real o es una proyección del otro lado del universo, por ejemplo, o si de verdad disfruto la música que escucho, o si me puedo auto hipnotizar para aprender una maestría en economía, o si el horóscopo de hoy tiene razón o es la misma faramalla de siempre. Me pregunto esas cosas porque soy el mismo idiota. Luego despierto y siento un súbito amor por ella, y por sus calzones, y el pasito coqueto de tabasqueña cachonda, y como ronca, dios, como roncan ella y el perro y sostienen una conversación fascinante, y muy aburrida a la vez, porque no les entiendo nada. Ni modo, el mismo idiota, vine con etiquetas de aviso, con la recomendación de usar un hazmat suit si te acercas: sigo apreciando las piernas ajenas, las falditas de chamaquitas enamoradas, las fotografías perniciosas de las morritas indiscretas y sus delirantes confesiones reales o imaginadas. Así me quiere, quien sabe por qué, y yo también lo hago, aunque me lo pregunte como sintiéndose vieja, insuficiente, y ya le haya dicho que siendo otro hombre, uno al otro lado de la acera que nos mira caminar juntos, estaría viendo la oportunidad de arrancarle de la presencia de aquel idiota que se pregunta si no es una simulación de una computadora. Así también le quiero. Ahora no hablemos de amor porque esa es otra cosa, y algunos tontos se...

Casting de las caritas.

By on Domingo, julio 15, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 56 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. No hablemos de política, ni de libertades cibernéticas, ni de otras tristezas, ya tendremos tiempo para eso. Mejor les cuento un chisme. En el mundo de la farándula, en la subespecie de los comerciales, existen ciertos proyectos que son el Santo Grial para muchos de los actores y modelos que tratan de ganarse el pan de cada día. No es que los proyecten a la fama, para nada. Como muchas cosas en la vida, todo se trata de la pachocha. Son comerciales que no presentan competencia alguna (contrario a, por ejemplo, si hacen un comercial de Pepsi ya no pueden hacer Coca Cola, al menos, en tres años) y que, además, pagan 40,000 pesos por un día de trabajo. Además, la agencia manda una especificación que tiene el elegantísimo nombre de “Clase C”. Para no herir susceptibilidades, digamos que todo México funciona. Conocer el tabulador de clases en una agencia publicitaria puede ser un ejercicio muy cruel para una sociedad que está aprendiendo a ser políticamente correcta. Esos proyectos suelen tener personajes muy abiertos y de todo tipo: niños de 8 a 11 años, adolescentes de 16 a 20, adultos de 22 a 40 años. El sexo no importa. Cuando una casa de casting abre un comercial con esas especificaciones, el lugar se convierte en un nido de gente hambrienta, ansiosa y preparada a todo para conseguirse un papel. Por ejemplo, hacer un casting de caritas. Es una tortura para el hombre que está atrás de una cámara (especialmente cuando junta a más de mil personas en dos días) pero es una bendición para los modelos y actores, y los niños, sobre todo los niños. Un casting de caritas se trata de grabar al sujeto haciendo una serie de expresiones: triste, pensativo, feliz y sorprendido (las emociones pueden variar, según el director). Es un ejercicio básico que cualquier actor de teatro ya debe dominar. Algunos hasta insultados se sienten cuando se les pide, otros sencillamente se divierten recordando alguno de sus personajes. Para que el director tenga una idea del nivel de improvisación, también se les pide que narren una historia, que hablen, que griten, que exclamen o que digan algo. Es un excelente método para medir capacidades histriónicas. Uno se lleva grata sorpresas al descubrir un hilo conductor de emociones, desde los más expresivos hasta los más sutiles. Sin embargo, honestamente, la mayor parte del tiempo es aburrido. Un casting de ese estilo suele atraer a mucha gente que sueña con salir en la televisión y que, además, desea embolsarse un dinerito, porque debe o porque quiere. No faltan los personajes, de cualquier edad o sexo, que cuando se paran frente a la cámara y se les pide tristeza, dicen: “Estoy muy triste”, y tan triste que apenas puede pronunciarlo. O cuando se les pide alegría: “Estoy feliz”, en un tono plano, serio, apocado, que trae memorias de un suicidio no cometido. No falta, y a veces son horas de rostros en sucesión, de pedir sorpresa y que el sujeto sencillamente exprese: “Wow, que sorpresa”. Wow, goao, guau, como un perro que está esperando en fila, echado en la jaula, su turno a la silla del ejecutado. El casting de las caritas engaña con ser fácil. Tuve la suerte de encontrarme un actor que inventó una historia muy simple, pero entretenida. Triste: ¿No entiendo, cómo sucedió esto?, Enojado: Pero por favor explícame, ¿cómo te embarazaste? Feliz: Por fin tendremos un hijo. Sorprendido: ¡Ni sé para qué me hice la vasectomía! Quienes mejor tienen dominado este ejercicio espiritual, son los niños. Acostumbrados a la desinihibición de su edad, su obligada hiperactividad y que algunas madres los torturan con castings día tras día, ya conocen muy bien el ejercicio de las caras. A su edad no les importa quebrar el rostro, ganarse arrugas nuevas, la búsqueda por provocar la ternura y la travesura. Incluso lo hacen a toda velocidad, sin pensarlo, con ganas de largarse de ahí y regresar a la niñez de su vida. La infancia urgente de regresar a los videojuegos, las tareas, salir con el perro a los parques. No quiero dar a entender que los niños son torturados, no, la verdad muchos disfrutan de sus ganancias tempranas con premios de todo tipo: juegos, celulares, coches a control remoto. Como director, cuando hacía el casting de las caritas con los niños, rompí el esquema incluyendo o inventando ciertas emociones para sacarlos de balance. Me molestaba tanto que los pequeños granujas ya se supieran la rutina que me sentí obligado a robarles la seguridad de los inocentes. Terminando la serie (triste, enojado, feliz, sorprendido), solía incluir otras emociones: conspicuo, ensimismado, apocado, incluyente, ambigüedad, deprimido, hipócrita, entre muchas otras. Luego miraba a los niños aterrorizados al verse frente a esas palabras, otras veces se detenían a pensar e inventaban algún rostro, también recibí sorpresas de niños explorando ese terreno que parecía tan lejano, tan inalcanzable, de la adultez y sus palabras absurdamente precisas. Phillip Larkin, si mal no recuerdo, mantenía correspondencia con un escritor de pornografía. En una de esas cartas, el pornógrafo le menciona que uno de los mayores logros de un escritor es lograr una reacción física de su lector. Obviando...

nueve pensamientos de tener treinta.

By on Lunes, diciembre 12, 2011

Anoche me dijo un tío–. Con qué… ¿treinta, verdad? ¿Qué se siente? –Le pregunté a que se refería. Olvidé por un momento que había atravesado una década y que, inevitablemente, dejé atrás los veintes para siempre. Mi tío se rió, me di cuenta a que se refería pero fue demasiado tarde. Él me dijo–. No te preocupes. Tienes todo un año para acostumbrarte. Me gustaba imaginar que tendría treinta. Ya tenerlos es otra cosa. El día que cumplí años caminé con Nico, mi basset, por terrenos inexplorados. Dimos una larga vuelta por una de las avenidas más grandes de Puebla (y cuyo nombre, ahora se me esfuma). Paseamos por parques, camellones, calles de transición que unen al centro con avenidas, vecindarios abandonados y centros escolares. Terminamos exhaustos. Sin embargo creo que esa enorme cantidad de nuevos olores la hizo crecer un poco. Tal vez yo también crecí. Recibí muchos mensajes por Facebook pero me hubiera gustado más que vinieran. Ni modo. “You can’t always get what you want”. Ayer alguien me preguntó mi edad. Para seguir la conversación, me dijo–. Ah, yo fui a una fiesta de treinta hace poquito –Pregunté cómo era una de esas y no me dieron una respuesta satisfactoria. Probablemente, como un resultado en mis cambios de edad y la soledad de mi oficina, compré dos cactos nuevos. Uno se llama Carver (el cual es una palma de Madagascar), y el otro se llama Ulises. Cambié a Bob a una maceta mucho más grande, con esperanza de que los años lo harán crecer tan grande como un hombre. Los pequeños cactos esperan su turno en la ventana de la oficina. Pasarán años, lo sé. Llevo en mi teléfono una aplicación para registrar momentos (como el nombre de la aplicación). Es una manera novedosa y poco intrusiva para tener un diario, y responde a las exigencias de anotar algo con rapidez. En ese cuaderno digital registro pensamientos breves e íntimos. En algún lugar debo hacerlo. También podría funcionar para registrar ideas mientras camino (libros que quiero hacer, proyectos que deseo concluir). Parece que a estas alturas, mi uso de las palabras: nenorra, chaviza, chipocludo, fiestuca, entre otras… delatan mi edad y me convierten en un hombre muy viejo para cierto target. He dejado el cigarrillo, he bajado cuatro kilos controlando lo que como, he tomado dos litros de agua diaria, camino dos veces al día con Nico (el basset), todos los días riego mi jardin. Parece que he llegado a un estado de tranquilidad budista. Quién sabe. Tal vez con los treinta cumplidos, me convertiré en un asesino serial o en el productor de películas pornográficas que siempre soñé. ¿Escribir? Qué vocación/oficio tan...

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