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13013 (Bushido)

By on Martes, febrero 12, 2013

Siempre cambio las reglas de este espacio. Es culpa de lo que leo, el árbol es un reflejo de mis lecturas. Empecé el año con ficción breve y ejercicios de creación, juegos fascinantes. Ya lo había hecho alguna vez: Reducir mis líneas, narrar un momento, no irme por las ramas… pero luego me gana la necesidad de espesar el follaje. A veces, escribía durante los domingos lo que pensaba publicar en el árbol. Me sentaba durante un par de horas para preparar cuatro o cinco posts, sin embargo me ganó una criatura indefinible, un monstruo que me regañaba por lo poco natural del proceso. En alguna parte de mi cabeza, tengo la idea de que un blog debe ser inmediato y su cronología rigurosa, con ese monstruo martillando constantemente mi cerebro dejé el ejercicio, incluso dejé de escribir unas semanas, quizás más de un mes. Con una cabeza como la mía no se necesitan enemigos. Me dispongo a intentarlo de nuevo pero apostando a un lúdico desorden en las fechas. Esto lo escribí algún día, pero se verá publicado otro. Es decir, pienso usar un algoritmo que me entregue las fechas del 2013 al azar y después programaré la entrada ya escrita para que se publique en esa fecha. Las entradas se publicarán a media noche, para no entorpecer en mis redes sociales a los trabajadores matutinos y diurnos, prefiero a los lectores desvelados o insomnes. Además, quisiera ver cómo interpreto estos mensajes desordenados mientras me encuentro haciendo esta cosa, si soy capaz de rememorar todo lo que escribo. Pienso que este método me entregará una libertad nueva y necesaria, un libro escrito en desorden como los que siempre he querido escribir. Quien sabe, si no me aburro de ello, puede que finalmente logre emular el crecimiento irregular de un árbol: Sus hojas no crecen en serie, presas de una obligación ordenada, sino que aparecen como un capricho espontáneo en el lugar antojado de la rama. Si tengo otra cosa que escribir, un evento que merezca atarse a la cronología, lo haré durante el día y lo publicaré en el momento que haya sido escrito, como las entradas de Guardagujas o algún otro aviso. Cancún, martes 8 de...

Pétalos

By on Lunes, octubre 29, 2012

Llega la edad. No puedes hablar de todo lo que se te antoja. O eso parece. Se guardan ciertas cosas en el cajón: Mi engendro recién nacido me aburre, golpeé a mi perro de orejas grandes, mi esposo es impotente, saqué la punta de dieciséis lápices, mi jefe es un idiota, hoy fumé dos cigarrillos, no tengo para comprar cigarros, robé una cartera en el metro, maté al tipo que me debía la renta, ay… las nalgas de la prima, conseguí rayar la Mona Lisa, restauré mal una obra, traduje un cuento pornográfico para subirlo a un foro, me masturbé tres veces en la noche (así comprobé que no da sueño), le puse el pie a un niño escandaloso, atropellé al perro del vecino, limpié la casa, electrocuté a una tarántula, no fumo mota pero digo que sí para que me crean en su grupo, dale-retuit-dale-retuit, hoy desperté mojada. Por eso más vale tomar el camino seguro, bien medido, inmaculado: hablar de las nubes, de los paseos, de las películas y los libros, de los vecinos ruidosos y molestos, de las niñas bonitas —desconocidas— en la plaza, de como-cuándo-y-dónde me acordé de ti, alguna anécdota o chistorete de la mascota o del bebé, lo delicioso que cocina la hermana, los dolores del abuelo, las peculiaridades de la calle en donde vivo, del vigilante y sus moditos al fin que no tiene internet (o lo disimula bien, quizás te fisga en un mundo y en el otro), del escandaloso y “bizarro” porno japonés. Al fin que los halagos son igual de estériles que los chismes jugosos, los momentos aburridos de la rutina, el manjar de los vicios, los rencores mínimos y breves. (¿Y lo son de veras? ¿O puede redimirse la continuidad de momentos aparentemente insulsos? Cada quien) Frutos de un árbol seco repartidos entre mano y mano, en la mordida se escuchan jugosos y crocantes pero son igual de secos que la ceniza entre los dientes. No hay problema, se dice, con un poco de aderezo se arregla. Quizás mañana encuentre una aventura, quizás mañana se convierta en el pirata de brazos biónicos que tanto soñó, en el productor de cine pornográfico o el espía disfrazado de diplomático en algún país ajeno. Difícilmente se sabe cuando la rutina puede ser necesaria. El tuerto todavía es rey porque se dice...

Voltear a los ángeles

By on Jueves, septiembre 13, 2012

Me pregunto si servirá de algo voltear ángeles, así como uno voltea a San Antonio para conseguir los milagritos. Me acuerdo de “¿Qué te ha dado esa mujer?”, cuando el personaje de Rosita Arenas volteaba al santo para alguno de sus nefarios planes. En aquel tiempo era chistoso que el personaje se llevara gran porcentaje de la propina para ponerlo en el cochinito. La gracia actual de lo políticamente correcto nos lo presenta, sin chiste alguno, como algo mezquino, una actitud de un ladrón o de un salvaje. Me daba gracia. Hogaño, una porción de mí piensa en lo incorrecto, en lo terriblemente tacaño del asunto. Dejar propina es un acto definitivamente subversivo: Tanto para los que dejan las monedas como para los que, con rostro gravísimo y las convicciones bien puestas, dicen que no. Hay gente que se inventa una larga disertación de por qué no dar la propina para provocar la revolución de los meseros en el mundo y que ellos, pues, exijan un salario, condiciones más justas, una vida mejor. Recuerdo el diálogo del Señor Rosa, en “Reservoir Dogs”, acerca de las propinas y su peculiar filosofía de no dejarlas. Nice Guy Eddie: C’mon, throw in a buck! Mr. Pink: Uh-uh, I don’t tip. Nice Guy Eddie: You don’t tip? Mr. Pink: Nah, I don’t believe in it. Nice Guy Eddie: You don’t believe in tipping? Mr. Blue: You know what these chicks make? They make shit. Mr. Pink: Don’t give me that. She don’t make enough money that she can quit. Nice Guy Eddie: I don’t even know a fucking Jew who’d have the balls to say that. Let me get this straight: you don’t ever tip? Mr. Pink: I don’t tip because society says I have to. All right, if someone deserves a tip, if they really put forth an effort, I’ll give them something a little something extra. But this tipping automatically, it’s for the birds. As far as I’m concerned, they’re just doing their job. Mr. Blue: Hey, our girl was nice. Mr. Pink: She was okay. She wasn’t anything special. Mr. Blue: What’s special? Take you in the back and suck your dick? Nice Guy Eddie: I’d go over twelve percent for that. Voltear ángeles debe ser una propina generosa para las meseras del infierno. Cambiarles el sentido, mandarlos al suelo, que se estrellen y se rompan sus alas para que algún peatón perdido, generoso, los recoja, los lleve a casa y les de una charla abundante de angelología, demonología, y demás charlataneriologías. Quien sabe, quizás el ángel caído aprenda algo. Angelito de la guarda, vigila y protege mi camino, llévame de la mano para no tomar el camino accidentado que conduce al infierno. Creo en las propinas. Luego me angustio tanto de no darle sus cinco pesos al cerillo o al viene viene, que el resto del día me pongo a pensar si no estaré mal, si no habré cometido una barbaridad, un pecado a la cuenta de los ángeles en el cielo, los rectos, los erectos, los que apuntan al cielo. Mi familia me dio una charla de generosidad y cuánto se debe dejar en cada caso. Buen servicio, quince por ciento. Si solamente bebes un café de Sanborn’s (o Vips, escoja su veneno), no seas marro y déjales unos veinte pesos, mínimo lo que te costó el café. No concibo que alguien deje un peso. No las insultes dejando solamente la morraya de relleno, ya saben cuál, las moneditas de cincuenta y diez centavos. Angelito de la guarda, perdóname si mis acciones no son las mejores, habla mal de mí con el jefe que de todas maneras tengo cosas que decirle. Mi cuñada sugirió que el trece por ciento es más que suficiente por el buen servicio, sin llegar al quince para que no se confíen, y sin dejarles el acostumbrado diez. Creo también en no dejar propina cuando su servicio es malo. Una vez un mesero intentó salirse con la suya, incluyéndome en la cuenta el porcentaje del servicio, así lo llaman ellos, la suma bien impresa y hecha, como si fuera inevitable, como si me diera pena arrepentirme, ¡qué arrogancia!, después de que se le olvidó uno de mis platos y tardó más de media hora en llevar la comida de un cabrón hambriento. Los ángeles, como los meseros, tantos meseros, también tienen sus malos días. Regañé al mesero, pedí hablar con el gerente, hice que me imprimieran de nuevo la cuenta, dejé nada de propina. Sin insultos, las cosas como son. Angelito de la guarda, olvidaste hacia donde apunta el cielo, te mareaste un segundito y caíste contra el suelo, no muevas las alas o acabarán de romperse, quédate quieto, te platico de mi madre y de mis perros en lo que se fija el jefe y te compone las alas. Sugiero, mejor, dejar a los ángeles como están y ser generoso, como lo hace Jerry Seinfeld ya que sufrió tan desdichado oficio, con los meseros. Por supuesto, si no daña al bolsillo. Tampoco se trata de matarse, cuando hay, hay. Adviértale a su mesero de confianza: «’Ora no hay, se lo robaron todo las colegiaturas, la tenencia, el precio de los cigarrillos, la ropa de moda». Seguro el mesero sabrá entenderlo. Sugiero, también, no darle vuelta a los ángeles. Accidentes lamentables pasan cuando uno injuria a los mensajeros de nuestro Señor. Luego andan trabajando...

Algo de lo que aprendí en diez años.

By on Lunes, agosto 20, 2012

Quisiera compartir un poco del aprendizaje que he tenido con la experiencia de tener un blog, o mejor dicho, una bitácora como la mía. Supongo que estos consejos pueden aplicar a ciertos diaristas, escritores o jóvenes recién iniciados. Conservar uno de estos es una experiencia gratificante. También me atrevo a decir que esencial para cualquiera que aspire una carrera artística, de entretenimiento, comunicaciones, periodismo o simplemente, destripándolo a su esencia más básica: refinar la capacidad para contar historias. Tengo reglas. Son las que pienso platicarles, a grandes rasgos. Si inicias una bitácora o ya tienes la tuya, es sensato que te sientes a escribirlas. Si no las tienes, piensa en ellas, quizás están ahí pero no las has nombrado. Los límites, contrario a lo que parece, enriquecen u ofrecen opciones. Necesitas algo que romper cuando el aburrimiento o la rutina te hayan alcanzado (porque lo harán, el tiempo es inevitable). No borres lo que ya publicaste. No seas de los que, en un arranque de tristeza o un berrinche, borran el blog para castigar a sus enemigos imaginarios. Si tienes la constancia y la paciencia, encontrarás algo de valor en los primeros textos que escribiste. Prepárate: No son brillantes. No te dejes engañar por la inocencia, o la ingenuidad. Seguramente te provocarán vergüenza, quizás tanta que hasta huyas a esconderte. No hay nada más atemorizante que un reflejo más joven y no hay mejor monstruo a vencer que lo escrito en el pasado. Existen tesoros escondidos en las primeras líneas escritas. Tampoco se trata del regreso, la tristeza o la melancolía (que también puede haber), recuerda, se trata de buscar los diamantes. Explora, piensa que eventualmente encontrarás líneas ocultas con la capacidad de hablar contigo, de iniciar procesos nuevos, un cuento velado o una búsqueda que se pensaba olvidada. Si lo que publicaste alguna vez, de veras no te gusta, entonces haz lo que se debe hacer: Deja la anotación en su lugar; abre un procesador de textos, copia, pega y trabájalo; corrígelo. Cambia la voz del texto, cambia el tono, quita las palabras desagradables y cámbialas por otra. Reemplaza la anotación original, si quieres, o guárdalo para ti. Si no puedes más, elimínalo. Sin embargo, te advierto, lo que eliminas siempre lo recuerdas. No pienses en los lectores (tampoco mientas, escribir para ti es lo mismo). No escribas para ellos, para todos o para “ninguno”. Es un error escribir la primera línea pensando: “Para Chuchita, a quien tanto quiero”. Puede que te salgas con la tuya una vez, pero las siguientes alimentarás un monstruo. A no ser que tengas un nicho específico o te hayas puesto el disfraz de payaso, no vale la pena. Los lectores de tu blog eventualmente se irán, se aburrirán de ti o regresarán silenciosamente para recordar la primera vez que te leyeron (les provocaste algo, tal vez, y raras veces te enterarás de que lo hiciste). A un gran porcentaje de estos lectores sólo les interesa hacer un amigo, preguntarte como hiciste algo o buscan con quien hablar. Si tienes suerte, hasta coger. Quizás les interese tu opinión para validar la suya; te tienen en estima o confían en tu criterio. Muchos más querrán insultarte porque en internet es el deporte. Pocos lectores, igual que con los libros, se acercan a un blog por el placer de leer. Un lector experimentado (y pretencioso) siempre desdeñará leer un blog por un libro. Mejor, aprovecha esa libertad, y dedícate a buscar el placer en escribir. Los placeres se educan. Escribir es un ejercicio de reglas y múltiples caminos a seguir. Equivócate, escribe mal y luego regresa a releer lo que hiciste. Pon los signos y los acentos en su lugar. No te quedes con lo primero, quédate con el segundo o con el tercero. Investiga el nombre de las cosas que usas a diario, escúchate y date cuenta de las palabras que repites. Busca sinónimos y antónimos. Hay deleite en aprender palabras nuevas y salir corriendo a escribirlas en una anotación, un cuento o si tienes algo de matemático, en un poema correctamente estructurado. Después de usada, úsala otra vez. No la olvides. Publica, regresa a leerte, toma notas, edita cuando vuelvas. Avanza hacia el quinto, o el sexto. No te preocupes, con los años esto se aprecia y se entiende mejor. Lee otras cosas. Lee la Biblia con un diccionario a la mano, busca libros infantiles de hace diez o quince años y date cuenta como han cambiado las palabras, lee ese libro gordo que te da miedo. Son pocos los libros esenciales que un lector sencillo necesita en su vida pero te darás cuenta que pocas veces se quedan ahí, se convierten en adictos, en participantes de la búsqueda infinita. El buen lector encuentra hasta lo que no busca en un libro que llegó a sus manos por accidente. La lectura es un ejercicio y raras veces te lo dicen, pero también tiene reglas y ellas te enseñarán a escribir, no sólo en un blog, en lo que quieras. No leas lo mismo que tus amigos, la conversación eventualmente te aburrirá. Toma lo que te dé miedo, vergüenza, incomodidad. Lee los otros autores mencionados en el libro gordo que te atreviste a leer. ¿No te gusta la poesía? Sal a comprar libros de sonetos. ¿Te aburren las novelas? Cómprate la más gorda que puedas encontrar. Subraya los párrafos que te gusten, anota en...

¿Dónde está el rock?

By on Viernes, junio 15, 2012

¿Todavía existe el rock mexicano? Que chistosa pregunta, es como preguntarse: ¿Todavía existen los hombres de verdad? (Citando libremente a Aquiles Serdán). Paso la tarde escuchando a La Castañeda y a la Cuca, tal vez más tarde ponga a la Maldita, al clásico de viejos Café Tacuba, quizás Molotov, Resorte, Jumbo y un puñado de nombres más, nacidos en los ochentas, que nos rescataron de la apatía noventera… pero el rock mexicano, ¿aún existe? ¿Actualmente quién da los chingadazos con la guitarra? ¿Quién habla hogaño de la Malinche, de la vida pinchona, de los chafiretes y de los trolebuses? ¿Quién nos hace prender el cigarrillo mientras movemos la cabeza hipnóticamente adelante y atrás, y levantamos los brazos en protesta por el mal gobierno, por la revolución jodida, la conquista española y estas ruinas en que nos hemos convertido? En estas etapas electorales se me ocurre que hace falta rock mexicano, rock del viejito, guitarrazo desmadre y diversión. Un botellita de Jerez, por ejemplo, un blues del Tri, pero que no sea el Tri, ¿dónde están los chavos disidentes que tratan de abrirse paso en el MySpace, en el last.fm y consiguen diez mil descargas en un día? ¿A poco ya todo es música para maricones? Y no me malinterpreten, maricones para mí son todos esos delgaduchos debilones que usan cremitas para oler bien (en vez de perfumes, en vez de HUGO BOSS como los machos), que combinan sus tenis morados con sus jeans negros y sus accesorios, que se afeitan y depilan las cejitas y contratan dermatólogos para alisarse la piel. Los maricones son como muñequitos que traen sus camisas a un pecho liso abierto y usan rosarios de colores que hacen juego con sus gorros, y sus ténis converse, y sus anillos dorados. Quizás ya estoy en esa edad donde agradezco los putazos de la infancia y miro a los niños crecidos de hoy, adultos buenos y derechos de veintitantos años, que juegan su adultez con sus deudas de tarjetas de crédito y se compran su skyy vodka para compartirle a las muchachas, y se emborrachan felices, sin otras cicatrices que chocar con un poste por no ver dónde caminan por estar pegados al puto celular, al puto ipod o a su blackberry de fundas moradas. Quizás ya estoy en esa edad donde me cuesta trabajo tomar en serio a las ovejas nacidas en los noventa porque, pues… sí, porque nacieron en los noventa y diez años de vida encabronada pesan, y quisiera agarrarlos a cachetadas, darles una patada en el culo y preguntarles, con los ojos enrojecidos y las mejillas hinchadas: “¿OYE CHAVO, DÓNDE ESTÁ EL PUTO ROCK, DÓNDE?” y mientras susurren, pidan, rueguen “señor amarguetas, por favor, ya no me pegue señor”, levantarlos de la camisa y, como en una película ochentera, con un riff de Iron Maiden, de Helloween, o de la Casta pues, decirles: “El rock está en tu corazón chavo, está en tu...

El palacio de la memoria (fragmento de una anotación).

By on Lunes, mayo 21, 2012

Vi una plática de Ted que habla de la memoria y los espacios. “El Palacio de la Memoria“. Cuenta la historia de un poeta que, después de un banquete, abandona un palacio y éste se derrumba. El poeta entonces lleva a cada una de las familias al lugar donde estaban sentados los invitados, sus cadáveres irreconocibles bajo los escombros. Chistoso (no hablo de la muerte, hablo del proceso de recuperación). La anécdota se convierte en una especie de memoria múltiple, capas de memoria. Mientras el poeta recitaba el poema miró los rostros, los rostros se convierten en el poema y el poema son los rostros, los lugares, donde se perdieron los muertos. Me gustaría educar mi memoria, me encantaría aprender párrafos enteros de las novelas que me gustan. Quizás lo empiece a trabajar. En vez de confiar en el diablo de la memoria por repetición, confiar en otro diablo: la memoria de la asociación. Liberar la mente para la distribución de imágenes que ayuden a traer esos pedazos. Distracciones. Los gorriones vuelan afuera, sin rumbo, dan vueltas, giran, el cielo es demasiado gris. Probablemente llueva, sí, ojalá que llueva. Es fácil aprenderse una canción por todas esas imágenes que provoca. Las canciones no están atadas a la belleza del lenguaje, sino al ritmo y las imágenes. Como la coca cola en una ciudad hecha de cenizas, de Modest Mouse. El “Palacio de la Memoria”. ¿Recordaré este día después de abandonarlo en escrito? ¿Recordaré a los hombres que caminan en el baldío y los perros que se ladran unos a otros? ¿Recordaré el vuelo de los gorriones? Confía en tu cabeza. Dale de beber. Sigue leyendo Proust. La memoria, curioso, la memoria en busca del tiempo perdido funciona por esos pequeños gestos idiotas que hacen sus personajes. Los gestos idiotas, aún cuando no aprendas sus nombres, te los ubican en cierto contexto, en cierta posición. Anoche recordé a Maurice Maeterlinck en la vida íntima de las abejas. Oriane, Mmlle. de Guermantes, habla de la vida de las flores y lo hace en ese mismo tono de curiosidad, de numeración, de acumulación de eventos naturales. Fue como releer un fragmento de aquel libro. Es gracioso porque ella, unos capítulos antes, habla de su desprecio por Maeterlinck. Es sumamente interesante el personaje de Oriane, y sus contradicciones aparentes, bien estudiadas, sí, indudablemente se trata de recobrar el tiempo… tiempo recobrado, lo que no deseamos perder de los días aparentemente triviales, superficiales,...

Fiesta de un ratón.

By on Sábado, mayo 12, 2012

No le digan a mi esposa pero que rico son los días de su ausencia. Al menos empiezan bien. Nadie interrumpe el sueño matutino de un vividor de madrugada. Los perros duermen igual o más que yo cuando no perciben gente haciendo alharaca en la casa. Abrazo a los peludos para entregarnos al sueño de los cínicos, de los desvergonzados, de los inútiles y de los malos ejemplos. Paseamos juntos, sí, en el mundo onírico, en jardines vastos, en praderas fértiles y campos asoleados que no queman, e incomodan, por la brisa abundante de los céfiros. Despierto, saco algunos pelos de mi boca y resoplo tristón como resoplan los bassets, gruño malhumorado como los french minitoys. Cuando saco a caminar a los perros, veo las piernitas tiernas de las estudiantes sin luego sentirme culpable o disculparme inmediatamente por andar de mirón. Ya me conocen, tal vez demasiada gente, pero quien sabe por qué siento la necesidad de disculparme. Es como un impulso incontrolable de pedir perdón. A lo mejor es la resonancia de las 180 iglesias de Puebla. También puede ser el gen mexicano, o la culpa la tienen los indígenas, o mi parte criolla, o mi pasado alemán, o la televisión gringa, quien sabe, pero me disculpo con mi mujer por la mirada desviada en estos tiempos tan políticamente insulsos. Será que me tienen bien entrenado. Cuando me dejan solo, pienso: “¡Uh! ¡Hay qué hacer fiesta!” y me imagino que esto se llena de muchachitas voluptuosas, casi desnudas, despojándose eventualmente de sus trapos. Bailan hasta al amanecer. No sucede, verdad que no, pero la imaginación a veces basta. No hago tanto desmadre. Quisiera. Hoy tuve un visitante. Un jardinero que hacía el mantenimiento en mi casa anterior. Lo traje para que cortara mi pasto, mis malamadres, mis amarillas espinosas, mis narcisos y los que no son narcisos. Algún día le preguntaré como se llaman todas esas plantas y como todos esos “algún día”, tal vez nunca lo haga. Le puse música y le ofrecí pique para ver si se desnudaba. No cumplió. Ni modo. A ver si en dos semanas que regrese. Preparo el calendario del abandono: Las caminatas, lo que veré en televisión, las horas de lectura, los cafés y en dónde, los videojuegos que tengo pendientes desde hace más de diez años, las horas que pasaré frente a la ventana vigilando a Don Goyo y rezándole para que explote, por favor que explote para interrumpir los fuegos artificiales programados de las iglesias, y que la gente salga corriendo de sus casas con las manos en la cabeza como si ya se estuvieran quemando, y ojalá, nomás porque sí, entre esas gentes haya piernudas encueraditas que lleguen a mi casa buscando refugio. Ojalá. Cuando pasen las horas y tropiece con ropa usada, con las sillas mal puestas, con los platos sucios, quizás la ropa interior ajena y los ceniceros llenos, entonces me pondré el delantal, justo como hago cuando ella está, y mientras los perros me apuntan con la cabeza, aburridos, porque no hay otra cosa que mirar, haré el aseo de la casa, bailaré con la escoba y el trapeador, pondré las cosas en su lugar y entonces, sólo entonces, será menos tiempo para decirle: “¡Qué bueno que ya...

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