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Erotizar un libro (literatura histérica), y 375 libros gratis en Open Culture

By on Miércoles, noviembre 14, 2012

Aburrimiento de un día soleado.

By on Martes, abril 5, 2011

El aburrimiento también es una historia, son los recuerdos y apuesto que vienen acompañado de días soleados y calurosos. Viene a mi memoria la imagen de unos amantes flojos y desnudos, que se derriten encima de las sábanas y ni siquiera tienen fuerzas para huir del sol, de los rayos de luz que los están evaporando. Se tocan el sexo sin ganas y se besan sin encontrar sabor. Miran los minúsculos pelos que salen de su piel a fuerza de mirar algo, de enfocar la vista en lo que la luz desea mostrarles y es que la luz lo está mostrando todo. En un día aburrido, un recuerdo del tedio, es imposible apagar la luz del sol. Sí, todas mis memorias de los días aburridos son días de sol y de mucho calor. Será que el frío es cruel con el cuerpo y con la mente. El frío no se recuerda porque en el frío nos movemos para evitarlo. En el frío, los amantes flojos se convierten en una maquinaria pesada y perfecta que distribuye sus movimientos para mantenerse lubricada y alegre. En el frío, los amantes flojos se chupan los dedos y se juntan sobre la mesa, encima de la lavadora, en todos los sillones de la casa, cubiertos por una manta o por las ropas, por un aura que les exige calor y sobrevivir al clima azulado a toda costa. Nadie piensa que los días fríos sean aburridos. En días de calor y de tedio, de aburrimiento y de procrastinación, se extrañan los días fríos y divertidos, el entretenimiento propio del cuerpo para sobrevivir a la hipotermia y al estatismo. ¿Cuántos no estarán pensando, mientras observan las gotas de sudor de sus manos o miran los pelos de su brazos iluminados por el sol, qué es hora de ir a la playa? Hacen cuentas de los días, del dinero y salivan discretamente. Su espíritu ya se hace allá, con una bebida en las manos y con los ojos en los cuerpos alegres, casi desnudos, que encarnan su preferencia. Su cuerpo está frente a la computadora, frente al cubículo, tragándose un taco en una esquina, pero su alma ya tiene rato que está surfeando sobre las olas de un río místico en búsqueda de la verdadera paz consumista. Ese es un tedio costoso, pero dicen e insisten que vivifica, que repone las energías para continuar viviendo… “Ay, esa farsa de la vida que es morirse en la oficina.” Son pocos los días calurosos que tengo en mis recuerdos con sabor a playa. De niño, mis días calurosos se iban en acompañar a mi abuela al mercado de zapatos y si tenía suerte, jugar con los otros niños en la resbaladilla, en los columpios o a cavar agujeros en la tierra. Pocas veces llevé mis muñecos o mis juguetes, porque cuando tuve la ocurrencia, o me los rompían o me los robaban. Los primeros muñecos o juguetes robados son como la primera desilusión amorosa: Cuando te das cuenta que ya no estarán ahí, para ti, se te hunde el pecho y respiras mal. El estómago se mastica así mismo de los nervios y piensas que pronto llegarás a decirle a tu abuela, a tu padre o a tu madre, que has perdido otro juguete. Luego vendrá el discurso del dinero, de cuidar esas cosas materiales, de no prestar las cosas a niños que no conozcas bien, todo eso mientras una gota de sudor cae del fleco de tu cabello y te das cuenta cuánto calor hace y que las palabras resuenan como un eco. Yo creo, quien sabe —la memoria tan difusa— que por eso mejor me dediqué a leer, para no escuchar discursos y no perder otro juguete en manos ajenas, más que las mías. Los días calurosos son el olor a sudor de los amantes que tuviste en primavera. Si los tuviste porque el amor es real o porque la primavera le hace algo a las hormonas, no importa mucho. Ni siquiera lo piensas. Esa diversión se lo dejas a los días fríos. Luego recuerdas las sábanas, la textura de las pieles, las palabras inconclusas y ajenas, la boca seca y el espejismo de los cuerpos. —Sí, hacía calor allá adentro —murmuras cuando te traiciona el clima y el ruido de ventilador te lleva—, pero sus entrañas eran tan...

Dolor no te faltará.

By on Domingo, marzo 20, 2011

Ayer, un Titán de brazos fuertes, piernas indestructibles y ancha espalda, cargó dos garrafones de agua con todas sus fuerzas durante unos cuantos metros. Hoy, está tomando paracetamol porque el dolor de espalda es tan intenso que apenas puede moverse. Se ríe de su circunstancia. Siente que está encorvando la espalda como si fuera un viejo cada que camina, que baja escaleras o que toma asiento frente a la computadora. “Dolor no te faltará”, es lo único que piensa, como el consejo de un padre a un hijo, de un abuelo a los nietos. El dolor es un cuento, es un momento breve, es una leyenda que se cuentan los viejos y luego creces y te duele. La espalda le duele al titán que no es titán, simplemente es un tipo cualquiera que tiene ansias de un cigarrillo y qué se ríe porque camina como viejito, y no quiere saber más. Fue gracioso, e incómodo, hacer todas la tarea del domingo, como ir por el súper, sin bajar de la camioneta. Decidí actuar como el bulto inútil de la película, un costal de papas ejemplar, en lo que mi mujer presumía la fuerza característica que tienen todas las mujeres y que los hombres secretamente envidamos. Ella hizo las compras, subió las cosas a la camioneta y me preguntó con su sonrisa de diablo si me sentía bien o si me faltaba algo. Nada, dije, queriendo conservar un poco de mi “dignidad de hombre”. Cuando llegamos a casa, Nico me observó caminar por la casa como si fuera un aparato descompuesto, ladeó ligeramente la cabeza, expulsó un chillido breve y movió la cola cautelosamente, tal vez porque se estaba esforzando en esconder la carcajada. El otro perro (Killer), ya más viejo, en teoría, que todos los habitantes de esta casa, parece comprenderme. Me ignora con estoicismo y es lo mejor que puede hacer. Ya tomé paracetamol y antes de eso, unas mega-aspirinas. Si cualquiera de las dos medicinas está funcionando, no quiero imaginar como me sentiría si no lo hicieran. Siento engarrotada (sin albur) la espalda y moverla se siente como mover el torso oxidado de un muñeco. Disculpen si no escribo otra cosa en domingo más que los dolores desafortunados y una breve, y mediocre (mejor dicho: mala), continuación de la vida inmortal de Wordsworth. Es que la promesa de la constancia y la búsqueda de temas, a veces nos acercan a hablar de lo que somos nosotros y lo que nos sucede. Soltamos miles de cartas electrónicas que no van dirigidas a nadie, de nuestras propias experiencias, y dejamos su destino a la suerte. Probablemente alguien me lea en unos años, acerca de mis dolores de espalda, y aún cuando no conozca mi contexto dirá–. Ese hombre tiene razón –y busque unas mega-aspirinas en una farmacia, sólo para descubrir que estas no existen y que en realidad, era otro nombre para el robaxisal *400 qué, honestamente, no me ayudó en nada. La indiferencia es el mejor destino que una de estas cartas podría recibir, así como el mejor destino de muchas otra. Los blogs son un cementerio, pero los dedos de los inquietos no han muerto. Aún se escriben cartas, aún se toman y publican fotografías, aún se hace música y se dirigen videos, con la esperanza de que podamos comunicarnos con otros. Probablemente eso ayudaría a mis dolores de espalda: Grabarme con una cámara mientras camino lentamente por la calle y mis vecinos se sonríen, mi perra se ríe, y mi otro perro me entiende, a la par que mi mujer pregunta si no me hace falta nada. Luego de grabar el video, lo musicalizaré y lo subiré a Youtube. Bienvenido a la modernidad muchachito. ¿Decías que querías un blog? ¿Para qué? ¿Quién se va a comunicar contigo si escribes más de quinientas palabras por entrada? Lo bueno es lo breve muchacho. Lo bueno es el twitter o el estatus de facebook, o la foto de chingadazo en instagram. Alguien en este vasto mar binario sabrá entenderme o recomendarme una droga cuya efectividad sea tal, que aún si duermo veinte horas seguidas despertaré quince años más joven y tendré que vivir, de nuevo, odiosamente, la maldita pubertad. Al menos jalársela mirando todas las piernas era divertido. Hablando de piernas y de jalársela uno bien y bonito, bienvenidos a la primavera del 2011. Las mujeres ya andan caminando con sus faldas cortas y los pubertos de esta generación, más avispados que nosotros los treintones, mueren ansiosos por derramar su polen en el rostro de las flores que se acerquen. Digo derramar en el rostro, porque con tanto método anticonceptivo y ese exceso de información acerca del embarazo responsable e irresponsable, hacen bien en pensar en el derrame sobre el cuerpo y no dentro del cuerpo, como un método efectivo para evitarse los berridos, chillidos y los flujos de risa de la procreación. Si no me doliera la espalda, si tuviera diez años menos, si no tuviera las responsabilidades de un hombre casado, por supuesto que alabaría la primavera y también, cómo no, estaría buscando derramar mi polen sobre las flores angelicales cuyas hojas se las lleva el viento. Pero a mi edad, y con mis dolores, sólo me queda celebrar con una sonrisa el suceso y levantar mi pulgar en señal de aprobación a los amantes responsables y furiosos que no permiten que la vida duela y se...

El pinche muñeco de la gorra naranja.

By on Miércoles, noviembre 3, 2010

El perro tiene más juguetes que yo, tiene más opciones para dormir y además, se puede larme las gónadas. Puede estar horas ahí, slurp slurp. El perro se construye escenarios, y quien sabe qué piensa, o a qué juega. –No seas mamón, si los perros no piensan –dicen los artículos científicos. Las señoras rápidamente refutan–. Pero es qué a veces parece que el perro sabe cuando estoy triste o cuando me tiene que acompañar a la manicura –Ambos grupos se discuten y se argumentan, bien argumentados como no. Es esencial saber si los perros piensan. Es necesario. El mundo se irá a la mierda si no tenemos una respuesta definitiva. Mientras tanto, el perro se lame las gónadas, slurp slurp, se esconde mejor bajo su gorro naranja, se arma una cabina privada. El perro cierra los ojos, su changuito encima de él protege sus sueños. El perro sueña con las perritas en celo. Mueve la cola discretamente, bajo toda esa...

El cielo.

By on Lunes, septiembre 20, 2010

Mamá, no quiero trabajar. ¿Puedo tirarme al pasto y ver el cielo? Qué horrible se escucha eso. No sólo por el descaro, sino porque es cursi y parece escrito por un idiota. Tal vez es algo que diría un niño, y bueno, a los niños les perdono todo. La situación es envidiable. Recordé cuando me tiraba en las islas de Ciudad Universitaria a leer. Bien universitario yo, bien lector y literato, prendiendo un cigarrillo a la sombra de un árbol para perseguir el ritual de las líneas. Eventualmente despejaba la lectura y me dedicaba a mirar a las universitarias. Algunas feas, algunas lindas. Las arquitectas y las legales, eran especialmente agradables en épocas de calor. También leí en las áreas comunes de la facultad de Psicología, lejos de las islas. Fue agradable. Durante las lluvias me escondía en alguna biblioteca de FFyL con una coca cola de 600 ml y escuchaba a los universitarios, mis compañeros, mis camaradas, mi raza que le habla al espíritu, aprender poesía o discutir el método a utilizar para criticar un texto. “¡Debemos atacar al texto!”, escuché alguna vez decir. Me imaginé entonces al pequeño compañero, moreno y delgado, de dientes muy blancos, con su pañoleta pirata y su machete señalando al texto. Era imposible leer en una cafetería. La de Letras y la de Arquitectura, siempre estaban llenas de gente y de ruido, y de mujeres lindas. Mis ojos se iban muy fácil de la línea a la falda. Creo que sólo lo intenté una vez y después me dije: “No te hagas pendejo”. Me quedaba un rato más sentado, con una expresión estoica, bebiendo coca cola, bajo la protección de un techo o la sombra de un árbol, esperando a que se me bajara la...

Lotería.

By on Sábado, junio 12, 2010

> ### No quisiera ser muy complicado. La verdad, ganarse la lotería es cuando miras fijamente a una mujer con ojitos de borrego muerto y esta, finalmente, accede a chupártela.

Mama que mama.

By on Viernes, junio 11, 2010

Las últimas voluntades, son puerta abierta para el cliché… son como nuestras últimas palabras. Queremos que el mundo recuerde lo mejor de nosotros al final. Por eso, en vez de contarles que mi última voluntad es la paz mundial o el amor perpetuo, prefiero contar esta historia que supongo es verídica, porque la escuché en una de tantas visitas a la sala de espera, donde actores y modelos se la pasaban comunicándose los últimos chismes. Uno de estos chismes, tenía varios años de antigüedad. Una chica, cuando tenía sus dieciocho años, se casó con un hombre cuando este tenía los cincuenta. Supongamos que se llamaban: Viridiana y Oscar. El señor siempre tuvo mucho dinero, y Viridiana mucha belleza. Las razones del matrimonio eran más que obvias. La edad, y los diferentes contextos, hicieron lo suyos. A la primera oportunidad, Viridiana se largó con alguien mucho más joven y Oscar, bueno, Oscar no sólo estaba de pito loco. Quería a la chica y la quería muchísimo. Por eso cuando ella se fue, acabó descorazonado. Durante muchos años deseó la venganza y no se volvió a casar. Como es usual, también, a sus dieciocho años, Viridiana cometió las peores decisiones en cuanto a relaciones sentimentales para-toda-la-vida. Oscar era su opción más estable, pero aburrida. Y el otro hombre, el jovencito con el que se largó, era divertido, pero… cuando la embarazó se desapareció. Así de sencillo. Después viene una larga letanía acerca de una vida difícil, complicada, escasa de dinero y de oportunidades. Sí había padres, y había familiares. Pero la familia aún cuando te tiende la mano, sólo te echa la mano. Hasta donde se puede y ya. Tuvo más relaciones que eran fugaces, e incluso, se emparejó unos años con un cabrón que necesitaba que lo mantuvieran al igual que el niño. La embarazó de nuevo, y se desapareció. Cuando el primer niño cumplió los diez y el segundo estaba por cumplir los cinco, Viridiana recibió la visita de un abogado que venía por parte del señor Oscar, ella no dudó en subirse al coche y que la llevaran a un hospital, donde el viejo adinerado se encontraba moribundo. Viridiana ya no tenía las pantorrillas, ni los senos, de cuando se casó con el señor, que ya estaba más arrugado y raquítico. El señor dio instrucciones que lo dejaran a solas en su cuarto de hospital. No le quedaba más de una semana de vida, le dijo el abogado. La última voluntad, era muy sencilla: Todos los días una mamada, hasta que muriera y le heredaría parte de sus bienes. Viridiana no aceptó ese primer día, ni el segundo. No se escandalizó, ni huyó horrorizada. Sentía que parte de sus desgracias venían por haber traicionado el amor de ese hombre, así que se quedaba con él a platicar esos días de hospital. Al tercer día, después de una charla, lo intentó, pensando-. Bueno, no haré algo que no haya hecho antes… -Y ya estando ahí, mirando el miembro del viejo, cerró los ojos e hizo lo que debía hacer. Para el cuarto y el quinto día, había logrado ignorar los olores de la cama de hospital, los olores de la vejez y tal vez, de la maldad y la situación en la que se encontraba. El viejo vivió más de dos meses, y durante esos dos meses, Viridiana, pensando en el dinero que la sacaría de todos los baches, continuó. Aún cuando había días particularmente difíciles, que por la edad, nomás no funcionaba. Oscar le indicó-. Ya que empezaste debes terminar, o no hay trato -Y con eso, Viridiana a veces soportaba una hora, pensando en sus hijos, su vida maltrecha y desperdiciada, su propia penitencia. La última voluntad del hombre se extendía, pero ella, no tenía ganas de pelear contra ello. Tal vez ese fue su primer problema… que sus únicas ganas de pelear, hacía quien sabe cuantos años, la habían llevado a destruirse. Oscar murió, un buen día, con el miembro en la boca de Viridiana. Se había tragado su energía vital, por decirlo así. El abogado se presentó con Viridiana, el contrato que habían firmado, y le entregó una caja que contenía las canicas con las que había jugado Oscar en su niñez. -Parte de sus bienes -decía el contrato, lo recalcó el abogado, que la verdad no sabía el trato entre Oscar y Viridiana. Ella lo releyó tantas veces como pudo, mientras conservaba las canicas en su regazo. Siguió releyéndolo, cuando sus hijos se llevaron la caja de las canicas y salieron a jugar a un parque. -La vida es una putada -dijo Oscar, un día antes de morir-. ¿No crees Viridiana? -Y Viridiana, mama que...

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