Google PlusFacebookTwitter

Los olvidos, los enfermos

By on Viernes, octubre 12, 2012

Anoche los viejos me hablaron de los muertos, pero antes de llegar ahí, hablaron de los enfermos, de los viejos frágiles, de los desmemoriados y de los enfermos. Estamos en la cena, me cuesta trabajo masticar el pan. La memoria es una cosa muy precaria, dicen, todo se me olvida ya, y es irónico, esta conversación del olvido se repite a menudo. Un viejo, medio sordo, dice: “La vejez es mucha responsabilidad”, y con responsabilidad se refiere, según trato de entenderle con sus dientes sintéticos y su voz arrastrada por no tener ganas de articular, a no caerse de las escaleras, a caminar con cuidado para no tropezarse, porque hacerlo significa visitar el hospital, romperse algún hueso, retar la fragilidad de un músculo que ya sirvió demasiado tiempo. Una vieja olvidadiza habla de su hermana cinco años más joven que ella: “Tiene 83 años, sí, creo que son 83”. Habla de su hermana, la viejita que no puede sostener su cabeza, que vive desde hace años en una silla de ruedas y que apenas puede hablar. La he visto, la recuerdo en otras situaciones, rodeada de gente joven haciéndole fiesta, invitándola a bailar, moviéndola de la silla como la gente más piadosa del mundo mientras ella, con sus manos temblorosas, sus labios pintados débilmente y la sonrisa perpetua de los desdentados, aguanta unas lágrimas de agradecimiento o de humillación, o quien sabe qué sentimiento tendrán los viejos atados al mundo, los viejos que hablan de los muertos con un dejo de envidia, como una solicitud espiritual de descanso. Mientras los escuchaba hablar y meditaba sus silencios tan parecidos a una pregunta, pensaba en que soy joven, en que no imagino llegar a esa edad donde la muerte se reduzca a un simple “ojalá llegue mañana”. Mi abuela murió casi treinta años más joven que esa pareja de ancianos. A los mediados de sus cincuenta, escuchaba el discurso repetido, obligado, frente al espejo mientras se arreglaba para que fuéramos al mercado, o a la escuela. Soy una burra vieja, decía, soy una vieja, y se miraba las canas, se tocaba las arrugas, se miraba las manos llenas de heridas y de líneas. El discurso se pausaba unos días, pintándose el cabello, usando unos zapatos o una blusa nueva, buscándose un deber, una cosa que arreglar, un capricho que le ayudara a olvidar su vida de mujer blanca y pobre en un pueblo, de mujer ignorante que siempre cargó demasiado, o simplemente de mujer y de vieja. Supongo, o quizás asumo, me atrevo a ficcionar, que además de la desdicha de su sexo, repentinamente llegó la desgracia de la edad. El viejo anoche me dijo: “De repente pasó el tiempo y tengo casi noventa años”. Los enfermos y los olvidos acabaron conmigo. Terminó el café, deglutimos el pan y sólo pensaba en llegar a casa. Los abrazos de los abuelos para despedirse, siempre tienen un toque de abandono, de un adiós definitivo e irremediablemente, en ese instante, no sólo se despiden sino que reafirmen su alegría de ser genuinamente escuchados. La gracia de ceder un poco del polvo en que se han convertido. Ese polvo cuya densidad es engañosa, variable. Unas noches es más pesado que otras. “Es complicado que no piensen en la muerte”, dijo mi esposa, ya en el auto. “No es lo complicado”, le corregí, “es lo inevitable”. Se atraviesa una línea donde, de veras, sin adornos, este día puede ser el último. Además de ser el último, honestamente das las gracias porque esto ya se acabó, porque alguien tuvo la piedad de cerrar tus ojos y convertirte en polvo, en memoria ajena, en anécdotas sin desgracias. Cuando llegué a casa, miré los trastes sucios y recordé a mi vieja, mi abuela. De niño y de chavo, es el momento en que platicábamos: cuando ella lavaba los platos. También era reconfortante escucharla prender el radio y luego el torrente de agua, cerámica y vidrio golpeaban la tarja. Asumo, no queda de otra, que el rito y el agua ayudaban a limpiar su condición, su pasado, la memoria. Jabón en el vaso, olvido mi vejez, los caminos errados. Agua en el plato, olvido mi pobreza e ignorancia, la letra chueca por no estudiar en la primaria. El cuchillo sin filo y la cascada borran lentamente todos los arrepentimientos para esperar, al menos limpios, la muerte. Me acerqué a la cocina sin pensar en el fastidio o en el tedio, ignoré el dolor común y superficial de los deberes. Anoche lavé los...

aire decembrino.

By on Miércoles, diciembre 7, 2011

El aire decembrino enfría los cuerpos y, aunque tienen que levantarse a trabajar o a estudiar, sienten la pesadez de los párpados y la necedad en las piernas. Casi es hora de mandar por culo a los deberes. Así, tal cual. Hay luces en las calles, algunas pláticas giran en torno a los regalos o los viajes, o las comidas, o las calorías… Luego está el cuerpo, que sugiere descansos intermitentes, más horas de sueño, bebidas más cálidas y horas más estáticas. Nuestro espíritu de oso abre los ojos para sugerir la hibernación. Diciembre no es un mes cruel. Sólo es un mes frío… un mes dormido. La crueldad son los recuerdos. Las iglesias de Cholula hacen ruido y explotan cohetes con más regularidad. Cholula, en diciembre, convierte su tiempo en niebla espesa. Las tiendas abren más tarde; las bicicletas pasean a hombres y mujeres tapados con bufanda, abrigos, chamarras; en la ventana de los cafés escapa más vapor del acostumbrado. En diciembre riego mi jardín y la humedad se convierte en un cristal. Ya casi es hora de evaluar los propósitos y preparar un cuaderno con los siguientes buenos deseos. Esos cambios que según, esta vez, ahora sí, lo prometo por Dios y por mi madre, y mis abuelos, y las canas de mis ancestros y los pañales usados de mis niños, esta vez voy a cumplir. Por ejemplo… yo creí que este año llegaría a los cien libros leídos. Me lo tomé muy en serio a mitad de año. ¿Y qué pasó? Que solamente llegué a 60-65 (sin contar el manga), y que es imposible, en unas cuantas semanas, anotarse los cuarenta que faltan. Leer no es algo sencillo. Hay que sacrificar muchas horas de televisión, de internet y de ocio. Entregarse al placer de la lectura es un compromiso. Pude cumplir otro propósito: Cambiar el tema del blog por uno “menos blog”. Mudé piel para cerrar el año y empezar el siguiente. ¿Cuánto tiempo me durará el gusto? Ah, quién sabe. Cambiar el diseño del blog, me parece, es uno de mis caprichos más consistentes (lo mismo que escribirlo) en estos ocho o nueve años que se ha mantenido arriba. En estos tiempos, pienso, los diseños de una bitácora importan poco… habiendo herramientas como los feeds, instapaper o readibility. El diseño de un blog es un capricho cada vez más superficial. El único que parece crecer en diciembre es mi cacto. Ha expulsado otras dos bolas espinosas. ¿En qué se estará...

Persona de día.

By on Miércoles, julio 6, 2011

I am not a morning person. Eso lo dirá un personaje en alguna película o en alguna serie de televisión. Lo dirá una mujer o un hombre que suele disculparse de todo. Lo dirá, enfurruñado, mientras lleva un café de las manos en uno de esos vasos térmicos desechables. Probablemente, si el director es cuidadoso, le pidió al maquillista que le marcara unas ojeras o que le dejara las patas de gallo al actor que escupe tan tremenda línea. Yo la escupiría si mi vida fuera una película o la segunda temporada qué trata sobre las acciones de personajes ya establecidos. No importa que de algunos meses, he adquirido la costumbre de levantarme en un rango de 8 a 9:30 de la mañana. No soy una persona de día. Los años previos están inundados de recuerdos por los cafés, los cigarrillos, los secretos de madrugada. Vivía en las tardes, trabajaba de noche, empezaba a dormir a las cuatro o cinco de la mañana y sí abría los ojos a las diez, era un accidente, un sentido de la responsabilidad o una obligación. Sí, ahora me despierto temprano, pero de todas maneras, no soy una persona de día. La gente que se levanta a las cinco de la mañana me da angustia. Recuerdo que durante tres años me levanté a las cinco y media de la mañana para ir a la escuela. Parecía otro mundo cuando salía de casa y las calles estaban desiertas, apenas pasaban los camiones y mi única compañía era uno que otro estudiante como yo, y los obreros o albañiles que van lejos a sus fábricas o sus construcciones. Los camiones apestaban en las mañanas. Apestaban a recién despierto, a hocicos mal lavados, a calcetines que no se han cambiado y a los kilos de verduras que todavía traen tierra y cargaban en bolsas. No importaba que me hubiera bañado, sentía que el olor de la madrugada se impregnaba en mi ropa peor que si fuera un cigarrillo. No, desde entonces no era una persona de día. No le creo a la gente que dice “Buenos días” mientras sonríe y te ofrece su mano. Es culpa de mi modorra, ya lo sé, pero de todas maneras no confío. A veces correspondo exagerando un poco, esperando con ello provocar el deseo de que me maten, así como la sonrisa y los buenos días me provocan golpear al otro. Espero el día en que me agarre a golpes con alguien en vez de escupirnos los buenos días. Es increíble como las primeras horas del día pueden ser grotesca cuando ves tantas sonrisas, tantas comisuras de labios aún con la baba del despierto y tantas pelusas en los cabellos de otros que no se peinan. Por eso no me miro en el espejo. Estoy completamente seguro que no soy una persona de...

Recuerdo de un regreso.

By on Lunes, abril 18, 2011

Regresé, todavía no entiendo de dónde, pero regresé. Ahora estoy aquí, en la oficina, mirando a través de la ventana y escuchando música que me invita a ponerle palabras a lo que no entiendo. Más tarde leeré, o más tarde continuaré escribiendo la novela en turno. Más tarde haré una edición, más tarde me serviré un café calientito para invitarme a la lectura, más tarde saldré a caminar para que el cerebro haga lo suyo y pueda pensar. Escribir también es eso: Hablar de lo que no entiendes, de lo que te preguntas, y luego la búsqueda de la respuesta a través del discurso. La palabra también es una artesanía. Podría escribir de tantas otras cosas, pero prefiero hablar de lo que no sé, o de lo que no entiendo. Sí, tal vez eso prefiero. Hace unos meses leí una nota que explicaba una teoría hecha por unos físicos–. Somos una proyección holográfica que surge del otro lado del universo –y me complementaron esa nota, con una plática, donde otros físicos dicen que es muy posible que seamos una simulación virtual. Si mal no recuerdo, todo esto viene porque se ha descubierto el punto más pequeño, el punto indivisible de la materia. Todavía no sabemos qué significa eso, pero la teoría decía qué “en la realidad” un punto podía dividirse hasta el infinito. Ambas teorías: el holograma y la simulación, nacen de este pequeño punto indivisible que suponíamos inalcanzable. La verdad es que debería hacer mi tarea, y buscar ambas notas para ligarlas desde aquí y que no piensen–. ¿Qué onda con este choro? Dejó de fumar uno para meterse otro –Pueden buscarlas, los invito, y me las mandan. Si recuerdo bien, ambas son solamente teorías. Pensar en ellas como una posibilidad, me permite pensar en historias y tengo la curiosa ilusión de que podría atravesar esta realidad para llegar a otro lado. De alguna forma, validan el trabajo del escritor. Alguien, en el otro lado del universo, nos proyecta o juega con nosotros y ahora estamos contando todo tipo de historias, incluso historias qué proponen eso mismo–. No existimos, sólo somos un sueño y esto que estamos viviendo en verdad no existe, pero estamos tan bien hechos que sufrimos como si existiéramos. Entonces, ni modo, tendré que divertirme como si existiera, como si pudiera tocarme las manos y como si pudiera sentir el cansancio sobre mis pies cuando camino. Tendré que hacer como entiendo el ciclo de la luna y el sol, los sonidos afuera de la casa, y como si mis perros entendieran las instrucciones que les doy. Al parecer, no existir, o que hayamos encontrado el pixel que nos hace, de todas formas no cambia nada. Mi rutina será la misma: Un poco de música, salir a pasear con Nico y con Killer en las mañanas, hacer una hora de ejercicio diario, y leer los libros que escribieron otros, que hablan de lo que ellos perciben. No saben ellos que no existen, y yo, que medio lo sospecho, sólo me queda tocarme la piel con mis propias manos y confiar ciegamente en que existo, como tantos otros millones de personas sobre la tierra. Que existimos, que somos un nivel de existencia entre muchas otras, y que nuestros datos aunque no sirven de nada, tienen la suerte de estar calculándose y multiplicándose. Regresé, pero todavía no entiendo de...

Momento.

By on Viernes, febrero 25, 2011

Este es un hombre escribiendo en su computadora. Este mismo hombre, a dos ventanas, tiene un perfil de facebook abierto. Es un escenario común de una vida común. A no ser que mañana suceda una cadena de desgracias que acabe de inmediato con todo aquello que conocemos, como el internet, la energía eléctrica, las computadoras, las redes sociales… él puede seguir repitiéndolo. Mira la fotografía del perfil, entrecierra los ojos y enciende un cigarrillo. Se pregunta si servirá de algo. Si destapar el pasado funciona. Se recarga en el asiento, bebe su café, piensa que tiene que trabajar y mira la foto del perfil. Contempla, todavía, como lo ha hecho todas las veces, si de algo sirve destapar el pasado y si cambiaría en algo su presente. Una balanza interna de ganancias y pérdidas. Inútil, porque es interna y al final no se hace nada, sólo se le mira, uno trata de medir basado en memoria y en las acciones. Uno trata de medir acciones y pierde el tiempo que debería estar usando para actuar. El pasado en el pasado está. Es una verdad sencilla y aceptable. Vive muchos días sin el pasado. Le gusta vivir el presente, lleno de amor y serenidad, de cigarrillos y café, de caminatas largas y cielos inmensos, de volcanes y viajes, de trabajo hasta la madrugada y trabajo intermitente. Le gusta vivir el presente con una hoja en blanco y desperdiciar ahí el tiempo, los segundos, mientras escribe letra por letra lo que pasa en esa cabeza suya. Hay otros días, que el pasado se adueña del presente. Son pocos días que esto sucede. Mira ese perfil de facebook y escribe. Piensa si debería destapar el pasado. Piensa si debería alzar la piedra o aventarla. Los momentos inconvenientes donde intuye que esto no habría sucedido hace veinte años. Hace veinte años, sin perfiles de facebook, las figuras ausentes podían reemplazarse con personajes ficticios y aventureros. Un personaje que podía ser el héroe de tragedias y aventuras. Ya no puede hacerlo. Veinte años después, tiene ese perfil de facebook abierto y mira la fotografía. Es un hombre como él. Un hombre que juega a la granjita, que reparte dinero de poker, que comenta las fotitos de sus amigos y de sus hijos. Sardónicamente se agradece el progreso y la curiosidad, que ha matado toda posibilidad de crear una historia. Aún si lo hiciera, si lo intentara, tendría la verdad cargada como un peso en los tobillos. No somos especiales, piensa, su cigarrillo a medias. Este mismo hombre deja la colilla en su cenicero después de usarla para prender el siguiente. Un momento… no es otra cosa. Se acaricia la nuca, gira el cigarrillo en sus dedos, cierra la ventana del perfil. Hoy no piensa levantar la piedra y que una araña, o una flor, le sorprendan. Siempre es lo mismo, susurra alguien por ahí, esa lucha que se repite de tiempo en tiempo. Una lucha que siempre culmina en el mismo pensamiento: Sólo fue un...

Noticia de la mujer que muere después de dar el primer beso.

By on Viernes, febrero 11, 2011

Es en serio según lo que dice un periódico. La mujer murió después de dar su primer beso. Eso provoca tantas preguntas. Uno piensa en el chico que la besó y sí es posible que él quede marcado. Uno se pregunta que habrá pasado por la cabeza de la chica o si algo pasó realmente, si no murió instantáneamente. Probablemente se quedó en el “qué rico” y cayó al suelo, fulminada, por eso momento de intimidad tan espontáneo. La nota dice que la enfermedad se llama SADS. No dice más de la enfermedad, no ofrece una liga que esclarezca los detalles. Sólo dice que es una afección cardiaca muy rara. Si le quitan una S, dice SAD en inglés, como la forma más simplona de tristeza. Si buscan en Google, en español, verán que el SAD es el “Síndrome de Amar Demasiado” (demasiado amoroso su síndrome). La nota dice que el beso fue sorpresivo. ¿Eso la espantó? Ella levanta la mirada y repentinamente, tiene labios ajenos a nada del rostro. Es un susto de proximidad. Le dieron el beso y murió pensando que un monstruo se había aprovechado de sus labios. Es un susto de muerte. La nota dice que la chica era muy activa y muy atlética. Se concluiría que también el miedo puede romper el cuerpo de un atleta. Aunque es un susto común, la mató. Quinientas mujeres al año mueren de SADS en Gran Bretaña. ¿Qué demonios es el SADS? Hay quien piensa y no deja de suspirar con la nota. La dulzura de morir después de un beso anhelado. Ya no habrá paso a la frustración, al matrimonio, a que la relación cambie o se rompa, a la angustia de tener sexo, de ofrecerle el cuerpo o de buscar como entretenerlo. No habrá discusiones tontas por la cena, por la clase de mascota, por los celos de otro. Se pierde la oportunidad de escuchar todas las canciones y a la vez, cierras con una definitiva que sólo habla de un beso tan esperado. La mujer se fue como una llamarada. Una explosión de fuego que se consumió en un instante. A ella ya no le importa. El hombre y su madre, su padre, sus hermanos, sus amigos, pueden decir lo que quieran. Los que sobreviven cargan con el peso del muerto. Pensarán en ella como una hermana ejemplar y construirán momentos que no podrán ser vividos. Ella se fue con un beso, a ella no le interesa. El chico podrá estar angustiado de besar a otra, pensará que sus besos matan, con angustia, con ironía, con una sonrisa. El chico besará a otra y descubrirá que no puede matarlas, que su poder sólo funcionó una vez y la explosión, la chica elegida entre miles, fue ella. Ella que ya se fue y no le importa. El beso recibido ya nadie se lo quita. Últimos segundos con esa cosquilleo en los labios y después el derrumbe interno, el derrame del cuerpo. Además ella se fue virgen, según la nota. Si fuera una especie de dios, pensaría que su muerte es una especie de broma, una especie de mensaje o tal vez, un momento entretenido. Todos los días alguna pareja está sorpresivamente besando a la otra, que tiene tiempo esperando el beso. Se convierte en una anécdota especial, humorística, una anécdota tan apropiada para los días de san Valentín y la celebración de los mil quinientos años de casados. Ella no tendrá ninguna anécdota. El hombre, si acaso, podría decir que su primer beso significó muerte mientras bebe en un bar. Debe haber un dios que piensa en nosotros, los que sí escuchamos, los que sí pedimos a la vida un poco más de amargura, una ruptura al amor plástico y envuelto en celofán. Como quiera… la mujer que murió de un beso, me parece aberrantemente...

La lista.

By on Martes, junio 29, 2010

Solía tener una lista con temas, pequeñas frases, aquellos diálogos que se me ocurrían y que me gustaría usar en un momento. Historias pequeñas que pienso alargar un día, la promesa de Bastian que sólo Atreyu puede cumplir. La lista, como todo en esta vida, en algún momento se terminó. ¿Es posible iniciar de nuevo? Claro que sí, de eso vivimos, de los nuevos comienzos, las mayúsculas tras los puntos y seguidos, el espacio en blanco en un punto y aparte, el next cuando una canción lleva mucho tiempo en silencio. Con todo… iniciar de nuevo, exige que no estés aburrido, o que no sientas que haces algo en balde. Así me pasa, ¿y a quién no? O me aburro, o pienso que es inútil. Porque este blog me ha sido inútil, aburrido, feo y despreciable también. He escrito con todo el odio y toda la furia que le tengo al depósito de mis pensamientos, además de los días de erección, o los domingos eternos, o los aspavientos amorosos. Los días en que me levanto más tarde, las noches que no son mías, los ridículos paseos en la búsqueda de una no-deserción absoluta. A veces me veo como el viejo marinero, sosteniendo el hacha, dispuesto a trozar el tronco de los mil nombres. Sin embargo, también soy...

1 123456710