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13006 (Ficciones)

By on Viernes, marzo 22, 2013

Del diario de otro Fest: “(…) hablo de hace veinte años. Escribí muchas historias donde era mi propio personaje. Nunca razoné por qué lo hice. Podría tener razones pueriles y poco meditadas: Soñaba con ser otro, uno más fuerte, uno más sabio, uno más grande, el héroe de su propio mundo trágico, un mundo controlado al antojo de un niño arrogante. Sin embargo, ahora que me encuentro solo, y estoy a punto de apagar el cigarrillo, pienso que escribí esos cuentos posibles porque creí que conseguiría comunicarme con los otros yo, en líneas temporales alternas, en mundos separados por decisiones nimias que alteraron visible e inexorablemente el curso al que ya estoy condenado. ¿Pero por qué? ¿No es obvio? Estaba solo, no tenía con quien jugar. Un peón del ajedrez entre mis dedos, el cigarrillo termina de consumirse, si todos los tiempos son posibles, si tampoco existen el pasado y el futuro, quizás no han pasado veinte años, y no importa en qué posición me encuentre, siempre habrá un niño sosias escribiendo estos juegos para tratar de comunicarse con los otros. Quizás estoy escribiendo esto porque un otro yo lo está haciendo, un niño peculiarmente maduro, uno que me trata como un héroe trágico de su propio mundo y estoy atado, pues, a obedecer, a continuar en este flujo de pensamientos, a no comunicarme con el otro sino ser el títere del otro. Esas cosas no se piden,...

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

By on Lunes, noviembre 5, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 64 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Mi esposa tiene trabajo para mes y medio en otro estado. Ha confiado, con cierta duda ilustrada en sus cejas arqueadas, a mi sola responsabilidad los perros, los asuntos caseros y que no se caiga el Popocatépetl. Pienso en este problema tan contemporáneo: No es gracioso cuando una institución es incapaz de reconocerle a una mujer sus habilidades en el trabajo pero que tierno es cuando un varón se hace cargo de la casa. Míralo como trapea, barre, limpia, cambia los pañales del mocoso. Al instante y con unas gotas de agua, es un caballero. Señalar culpables es un pasatiempo estéril. La soledad me permitió ignorar dos rutinas: La hora de gimnasio y las dos horas nocturnas de televisión. He redescubierto el placer de leer a horas reservadas para otras cosas… Durante la comida, a las cinco de la tarde, a las ocho de la noche. Aderezo con literatura mientras mi panza crece a base de harinas y refrescos. Hay algo de tristeza a la hora de comer cuando ella no se presenta y nadie ayuda a lavar platos, picar verduras, poner aceite en el sartén, empanizar carne, cocer pasta. Mi esposa platica en su trabajo, orgullosamente, que la cocina exige de ambos contratantes y sus compañeros algo envidiosos, antojadizos, preguntan todos los días que alcanzamos a cocinar con la economía del tiempo. Descubren el paraíso de la confianza y la charla. El silencio recobra su fuerza sin pláticas, y sin llegadas. Ambos perros no tienen a quien ladrarle o moverle la cola cuando suena el motor de la camioneta, el arrullo muere y finalmente alguien abre la puerta. Posiblemente sobra decir como ha cambiado el menú gastronómico y el lector ya lo intuyó: hamburguesas, sandwiches de jamón, sincronizadas, quesadillas, jochos, cereal, sabritones, cacahuates enchilados y finalmente la pizza que no terminamos el día que se fue. Las rebanadas esperan pacientemente en el refrigerador al recalentado de la cena. Las mujeres de mi vida son, invariablemente, el impulso de la nutrición y las defensoras imbatibles de las verduras. Al menos a todo le pongo aguacate. En las noches, mientras escribo, pongo la música y el radio a volúmenes normalmente prohibidos por la educación. Ella duerme horarios normales, yo nunca he podido y cuando me encierro en la oficina, pongo música aunque sea a niveles bajos. Sonrío alegremente, soy un adulto-niño que comete la travesura. La venganza es contra el vecino que vive a unos terrenos de distancia y que durante las mañanas suele practicar los discursos entre canción y canción, con el micrófono a todo lo que da, para la fiesta a la que contraten su sonido. Los primeros dos días, para hablar solo volteaba hacia los perros y me refería a ellos como si fueran personas. En la segunda etapa conseguí ignorar a los perros para hablar con mi cigarrillo, con el cenicero, el cacto en el jardín o con la pantalla. Hoy conseguí practicar el soliloquio sin justificarlo. Abrí la boca y nadie pudo callarme… pero como reza el viejo enigma: “¿Si un árbol cae a mitad del bosque y nadie estuvo para escucharlo, realmente hizo ruido?”. La pregunta es un consuelo de la locura aparente. Fumo casi por toda la casa: En la sala, en el comedor, en la cocina, en las escaleras, afuera de mi oficina, en bodega, en la azotehuela, en la entrada, en los pasillos. Los ceniceros sucios desperdigados por doquier, sin nadie que los critique o que los levante. En el único cuarto donde todavía no me atrevo a hacerlo (y tal vez nunca lo haga) es en la recámara. Los perros ya se rindieron en recibir el desayuno a una buena hora (Ella los alimenta a las nueve de la mañana, antes de salir a su trabajo). Duermen a mi lado hasta las diez, once de la mañana, y duermen un poco más (aprovechan la cama, se extienden, toman las almohadas como un descanso para el hocico) en lo que me ducho, me visto, bajo a desayunar, mastico frente a ellos y leo fragmentos de la novela que estoy escribiendo. Desayunan a la hora del almuerzo. No se preocupen. He hablado con ellos, y no les molesta. Pienso: Brunch es el almuerzo. ¿Por qué algunos gringos le toman demasiada atención a la palabra, al concepto? Anoto que debo investigarlo en mi cuaderno de imbecilidades, aprovechando que está descuidadamente abierto ahora que nadie más convive en esta casa. Soy un adolescente y aprovecho la televisión de la sala para ver algo de pornografía. A los pocos minutos, olvido la esperanza del relief, ignoro el volumen alto que quizás espante a los vecinos, recargo la cabeza sobre mis manos y me descubro platicando con una muchacha que no para de...

El camino de los muertos

By on Jueves, noviembre 1, 2012

No hablaré de mis muertos en esta ocasión. Son pocos pero muy queridos. Hablaré de otros, los muertos lejanos, ahora que he tenido oportunidad de explorar esta bitácora y sus inicios hice una cuenta de ellos. Ojalá logre armar un camino espiritual para dirigirlos aquí y arrancarles una sonrisa, ofrecerles un cigarrillo, una anécdota. Aunque sea una pequeña, ¿qué otra cosa se le puede pedir a un fantasma? Quizás el favor de evitarnos la jalada de patas o el espanto con los alaridos de madrugada. Sería mezquino de mi parte preguntarles el futuro o los números ganadores de lotería, aunque si ellos lo ofrecieran en algún sueño o premonición, bueno… En un montoncito de horas libres he recuperado algunos comentarios de los primeros años en el árbol y descubrí algunos muertos que solían leerme. Diez años después y puedo contar al menos tres “cadáveres exquisitos”. Vaya, si fuera supersticioso diría que leerme es asegurarse un pase al otro lado. (Lo cual es una deliciosa falacia… de todos modos ya lo tenemos asegurado). Por eso me gustaría brindar por Tess, por Cristina (La Diabla) y por Eduardo (Ehecatl). Cada uno aportó su puñado de comentarios en el momento, además de que hicieron lo suyo para que el mundo binario fuera ameno. A las dos primeras se las llevó el cáncer y al último se lo llevó la ironía (su último tuit, parafraseando: “Ojalá esta chingadera me mate porque si no voy a estar muy encabronado”). Hablando de ironías, es curioso, pero sus comentarios solían estar llenos de optimismo y de buenos deseos. Si fuera supersticioso y malora (lo cual Cristina y Eduardo lo sabrían apreciar, a Tess no le conocí lo suficiente) diría que los optimistas son los primeros en morir. A Tess la conocí poco, muy poco, pero solía venir a saludar cuando apenas me enamoraba de mi esposa. “Es una chica afortunada”, dijo alguna vez y quien sabe si hubiera pensado lo mismo con el tiempo. De todos modos dejó de leer pronto, ya estaba diagnosticada y bajo fuertes terapias, medicamentos. Le gustaban mis farfullerías enamoradas y enamoradizas. Leí su blog alguna vez. No recuerdo que hablara de la enfermedad, al contrario, siempre hablaba de un hombre que la traía mordiendo la banqueta. Nunca supe si era española o venezolana, aunque quizás lo supe alguna vez. El internet le resta importancia a la nacionalidad de los muertos. Cristina fue una locutora de radio en Australia y su programa consistía en un segmento especial para latinos, sobre todo mexicanos. Tenía una comunidad muy activa allá. Me parece que también era productora. Platicamos mucho en el IRC y después estuvimos vigilándonos a través de nuestros respectivos blogs. Me entrevistó para su página, cuando empecé a escribir y publicó algunos cuentos míos para su público australiano. Cuentos que ahora me dan vergüenza viven en una pequeñísima parte de la memoria colectiva en otro país. La entrevista la tituló como: “El niño genio en su cajita de cartón” y me la creí. Tuve oportunidad de conocerla en persona, las dos veces que viajó a México, y de salir con ella. Era una mujer casada, al menos quince años más grande que yo, con el tamaño del mundo. Fumaba como chacuaco (dos cajetillas diarias, cáncer de pulmón) y poseía una risa estridente, cigarrosa. Reía mucho. En mis peores momentos me ofreció trabajo y toda la ayuda para empezar de nuevo… en Australia. No tuve el valor para aceptar y qué bueno, en estos años he acumulado numerosa información acerca de los bichos que existen allá, especialmente las arañas. (Aunque me pregunto…). Un tiempo después de su muerte supe que tenía una hermana gemela y además la conocí por accidente. Igual a ella, pero perpetuamente enojada. Es raro, imprudente, mórbido topar al gemelo de un muerto. Unos días antes de su deceso tuvimos una plática que todavía arrastro conmigo y me hizo tomar decisiones. “Diferentes personas para diferentes necesidades”. Eduardo es otra cosa. Era el más joven de los tres, y más joven que yo por uno o dos años. Supongo que adquirió sabiduría de pronto. Murió de una complicación rara en el hígado la cual estuvo tuiteando. También salí con él algunas veces. Era un tipo curioso, parecía un niño de barrio, sus gestos y su sonrisa, sí… un travieso de la Guerrero. Primero me desesperaban sus comentarios por los errores ortográficos, quise corregirlo un par de veces pero él simplemente no hacía caso, o no quería aprender. Después visité su bitácora: diseño elegante, fotografías espectaculares y jamás quise corregirle otra vez. Lo invité a participar en Big Blogger. Cuando lo hice fue porque pensé: “Necesitamos una persona sensible, no importa como lo diga, sino como lo ve”. Pobre, no pudo hacerlo durante mucho tiempo porque lo criticaban fuertemente sobre la redacción y la ortografía. Luego me sentí culpable por ello, porque lo empujé a participar y quizás rompí un poco de su inocencia. Alguna vez tomó un fragmento de “La Torre de los Sueños” para el diseño de su blog, lo cual me halagó. Aunque no comentaba, de esa manera supe que alcanzó a leer una de mis historias. La última vez que nos encontramos me regaló tres discos (negros, como los de PlayStation 1) con música trance y psycho en formato MP3. Nunca tuve la delicadeza de escucharlos completos. Quedamos de vernos para ir a un McDonald’s, por un McFlurry. Pasaron...

Fumar a la nada.

By on Martes, septiembre 11, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 60 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Es el momento donde enciendes un cigarrillo y no cedes a los pensamientos. En silencio, la nicotina y el alquitrán se consumen por el fuego y los pulmones. Tal vez te asomes por la ventana para ver la noche o quizás estás tomando una pausa después de leer cualquier texto. De ahí no pasa. No hay estudio de gravísimas cuestiones o la búsqueda de respuestas. Simplemente uno fuma por el placer de fumar. Te conviertes en el sueño de otro, en la estatua silenciosa de un niño que le pregunta a su madre: “¿Ese señor, mami, que está pensando?”, “¿Esa señora, mami, está triste?”. Puede ser, pensará la madre, o cualquier otro que mire la fotografía. ¿Desde cuándo la nada es tristeza? Supongo que, desde tiempos inmemoriales, nos piden justificar todas las acciones, darles un propósito. En hogaño, es especialmente importante que el fumador explique por qué lo hace si los cigarrillos están tan caros, si tiene una carrera exigente de momentos reflexivos o si de verdad está tan azorado por la vida para necesitar un respiro de cuatro pesos, en la esquina, antes de llegar a donde sea que vaya. Uno se acostumbra a buscarle formas al humo ajeno, fumador o no. Al no-fumador esto le puede agarrar de sorpresa. El humo del cigarrillo mete la zancadilla cuando le descubrimos las aspiraciones como mancha de Rorschach. Depende de los pulmones y la garganta, de la nariz, de la cabeza del fumador. No digo que confiese los secretos, no, mejor dicho, expulsa la imaginación. Los minutos de vida perdidos en el momento del cigarrillo se transforman en imágenes, en una habitación de humo a la cual podemos elegirle forma. El humo, como nubes portátiles, forman personas corriendo, los rostros de los muertos, la casa donde solías vivir, la faz de una muerte aburrida e inexorable, quimeras y dragones. Algunos, seguramente, perciben mensajes escritos y señales para interpretar su futuro. El mismo fumador no puede interpretar sus propios mensajes, dejaría de estar fumando a la nada para fumar por algo. Sencillamente, en el momento, se convierte en el medio. Una pausa en el cuerpo, y la mente, para dejar de buscar, abandonar las preguntas y las cuentas. El truco está cuando un fumador se dedica a mirar, sin vergüenza, el humo que expulsa otro. Descubre su papel como un mensajero, mientras, hipnotizado, trata de leer las señales del otro, ese que por un momento es igual que él, o es una copia del pasado o un vistazo al futuro. Fumar a la nada es un accidente. Pasa en el momento justo que te descubres con el cigarrillo encendido, a medio consumir. La consciencia de que fuiste algo, y el momento ya pasó. Quien sabe cuánto habrás expulsado. Fuiste otro, perdiste unos segundos (o minutos) de vida, en un tiempo vacío, sin memoria. No sirve sentarse y murmurar, convencido, “Voy a fumar a la nada”. No lo encontrarás, no te engañes, lo he intentado. Es como tratar de convencer a los otros niños (los imaginarios, si estás solo) en el parque que eres Superman. Simplemente la noción de la acción basta para llenar la cabeza de ideas y el humo se desperdicia. ¿Cuántos libros habrá escrito el humo de la nada? No digamos las personas, porque ahora con internet y la vida digital, la cantidad de libros es imposible. Todo lector conoce la titánica, y abismal, tarea de leerse todos los libros, incluso ni terminará aquellos que piensa para su vida. Imagínense ahora todos los libros accidentales que se han escrito en el humo, como los orangutanes en la máquina de escribir que eventualmente habrán de sacar las obras de Shakespeare, los fumadores a la nada ya escribieron todas las obras universales, del pasado y del futuro (en el presente no, siempre es muy pronto para hablar de obras universales). También es posible que gracias al humo observado, ya tengamos un puñado de lecturas que se dieron por accidente. Según leemos por primera vez a Proust, pero descubrimos esa rara sensación asmática de dejá vù durante la lectura. Nos cruza el pensamiento: “Ya lo leí en algún lugar”. Presta atención, sugiero, al humo de los fumadores especialmente silenciosos, estáticos, inertes. Las respuestas que ellos no encuentran, las ofrecen en abundancia los hilos grisáceos que escapan de su nariz y sus...

nueve pensamientos de tener treinta.

By on Lunes, diciembre 12, 2011

Anoche me dijo un tío–. Con qué… ¿treinta, verdad? ¿Qué se siente? –Le pregunté a que se refería. Olvidé por un momento que había atravesado una década y que, inevitablemente, dejé atrás los veintes para siempre. Mi tío se rió, me di cuenta a que se refería pero fue demasiado tarde. Él me dijo–. No te preocupes. Tienes todo un año para acostumbrarte. Me gustaba imaginar que tendría treinta. Ya tenerlos es otra cosa. El día que cumplí años caminé con Nico, mi basset, por terrenos inexplorados. Dimos una larga vuelta por una de las avenidas más grandes de Puebla (y cuyo nombre, ahora se me esfuma). Paseamos por parques, camellones, calles de transición que unen al centro con avenidas, vecindarios abandonados y centros escolares. Terminamos exhaustos. Sin embargo creo que esa enorme cantidad de nuevos olores la hizo crecer un poco. Tal vez yo también crecí. Recibí muchos mensajes por Facebook pero me hubiera gustado más que vinieran. Ni modo. “You can’t always get what you want”. Ayer alguien me preguntó mi edad. Para seguir la conversación, me dijo–. Ah, yo fui a una fiesta de treinta hace poquito –Pregunté cómo era una de esas y no me dieron una respuesta satisfactoria. Probablemente, como un resultado en mis cambios de edad y la soledad de mi oficina, compré dos cactos nuevos. Uno se llama Carver (el cual es una palma de Madagascar), y el otro se llama Ulises. Cambié a Bob a una maceta mucho más grande, con esperanza de que los años lo harán crecer tan grande como un hombre. Los pequeños cactos esperan su turno en la ventana de la oficina. Pasarán años, lo sé. Llevo en mi teléfono una aplicación para registrar momentos (como el nombre de la aplicación). Es una manera novedosa y poco intrusiva para tener un diario, y responde a las exigencias de anotar algo con rapidez. En ese cuaderno digital registro pensamientos breves e íntimos. En algún lugar debo hacerlo. También podría funcionar para registrar ideas mientras camino (libros que quiero hacer, proyectos que deseo concluir). Parece que a estas alturas, mi uso de las palabras: nenorra, chaviza, chipocludo, fiestuca, entre otras… delatan mi edad y me convierten en un hombre muy viejo para cierto target. He dejado el cigarrillo, he bajado cuatro kilos controlando lo que como, he tomado dos litros de agua diaria, camino dos veces al día con Nico (el basset), todos los días riego mi jardin. Parece que he llegado a un estado de tranquilidad budista. Quién sabe. Tal vez con los treinta cumplidos, me convertiré en un asesino serial o en el productor de películas pornográficas que siempre soñé. ¿Escribir? Qué vocación/oficio tan...

hombre que no se aprende el tiempo.

By on Miércoles, noviembre 9, 2011

El tiempo existe como un estado de ánimo para ciertas personas. Cuando llega noviembre se entristecen, cuando llega la tercera semana de julio se alegran. Los amantes follan durante toda la primavera o durante todo el verano. Algunos son más específicos con los días. Días que nos recuerdan la muerte, el nacimiento, el rompimiento y el inicio de una relación. Hay gente que espera con ansiedad los números temporales para dictarle a su cuerpo cuánto debe llorar, reír o sumirse en una profunda nostalgia. Esperan para abandonarse a una catatonia de melancolía. También tengo mi mes: Diciembre. Para mí, el doceavo mes proyecta la sombra de un recuerdo en cada uno de sus días. No sólo los regalos de Navidad, mi cumpleaños y los cumpleaños de otros, la muerte, las luces citadinas, la gente en los aparadores, los cínicos y los optimistas se miran cara a cara en Diciembre. Aunque estos últimos años, me siento un simple observador, me siento más tranquilo. No es por decisión propia, es por ese mecanismo curioso que llamamos familia (la propia, la del otro, la de los dos). Será que el matrimonio me tiene ocupado con tanto viaje y tantos compromisos familiares. Pienso en diciembre como un cúmulo de pasados, cántaros de agua de la que puedo servirme para refrescarme la memoria. En todas las etapas de mi vida esperé Diciembre para descubrir lo que pasaría, como terminaría el año y con qué cara iniciaría el nuevo. Todavía pienso en ello, pero con el metabolismo apagado y la prudencia de un adulto. Quién sabe cuales mecanismos hay en el cerebro que cambia todas esas toxinas, esas hormonas, la circulación de la sangre y con qué tanta intensidad se siente el humo en los pulmones, que las cosas pierden su importancia. Diciembre es el único mes que me sé. Tal vez es por mero azar. Por ser el último. Como Diciembre guarda todo tipo de energías en sus días, más cosas suceden. Supongo que debería intentar hipnotizar a alguien en diciembre y obtendré mejores resultados. Es el único mes que me sé. Digo esto porque si me preguntan el orden de los meses, fallaría miserablemente después de Abril (tal vez antes), y hay gente que los recita tan bien como si estuvieran recitando el abecedario o del uno al diez. También saben cuántos días tiene cada mes. Cuando tienen 28 ó 29, cuando tienen 30 ó 31. Algunos, los más avanzados, ya con esos cálculos en su cabeza, pueden decirte cuando caen los puentes vacacionales. Se me hace tan chistosa esa palabra para el tiempo: Puente. Me hace imaginar agujeros de gusano, cabinas policiacas inglesas, sombras que atraviesan dimensiones, líneas temporales alternas. ¿Es necesario algo tan complejo para viajar en el tiempo? No lo creo. Más fácil está el recuerdo. Lo verdaderamente genial sería que algún deschavetado empiece a confundir las fechas: el sábado se convierte en jueves y el miércoles es verano. Los amantes que follan en primavera, a gracia de su cabeza descompuesta, ahora cogen la segunda semana de julio y le echan ganas para poner todo el verano en esa única semana. Un hipersentimiento de que un día es otro día. ¿Saben a lo que me refiero? Cuando piensas que el viernes es domingo y sientes una ligera angustia porque debes levantarte para trabajar al día siguiente, y el subsecuente alivio cuando revisas el calendario. Tan fácil que se quiebra uno si le cambian los tiempos. Imagínense ahora que sucediera de manera permanente. El tiempo es un monstruo caprichoso que ha crecido tanto porque el hombre se lo ha permitido. Un hombre que no piense en el tiempo parece ridículo, inclusive hereje. El tiempo es un dios que tiene muchos fieles, sobre todo en las ciudades, donde cada unidad cuenta y es preciada, donde domina el destino por los tráficos y los trámites burocráticos, y las líneas de espera. El tiempo no se reconoce en los pueblos donde niños en bicicleta salen por las tortillas y toman un desvío para mojarse los pies y las caras en un río. El tiempo parece otro cuando salgo una hora completa a caminar con la perra y no se siente la interrupción si un extraño se acerca para acariciarle las orejas, preguntar si muerde y luego sorprenderse agradablemente con que el animal le ofrece la panza para acariciarle. Ahora que recuerdo… olvidé mi reloj en mi última ida a la ciudad de México. Eso fue hace dos semanas y apenas me doy...

Hambre de luz y de humo.

By on Miércoles, abril 6, 2011

  He tenido poco trabajo y el trabajo que hay, se hace en automático. En las mañanas los perros y yo salimos a pasear una de tres rutas de veinte minutos a media hora. Hemos tenido tiempo de aprender como es nuestro vecindario por las mañanas y reconocer a otros perros. Cuando llegamos a casa, hago una hora de ejercicio. Hay rutinas que requieren que esté en el piso, como las lagartijas o los puentes, y entonces Nico se me sube al estómago y triplica la dificultad. Me escucho respirando como un fumador mientras el basset me empuja el vientre, me lame la barbilla o el rostro, y jadeando, le ruego que se baje. Según el monitoreo, estos últimos cuatro días he bajado 400 gramos diarios, lo cual me sorprende. Me anima a continuarlo, pero también, espero con recelo ese momento del peso estable. Era hora de hacerlo. Hoy se cumple un mes, un día, desde que dejé de fumar. La otra vez estuve platicando con un amigo del abandono del cigarrillo y él me comentó una certeza–. Todo mundo comentará algo al oler su cigarrillo: Su esposa, sus amigos a los que le molesta o los que amonestan su salud. Nadie dirá nada cuando lo deje. Nadie se dará cuenta. Nadie le celebrará que no prenda el cigarrillo. Tal vez se den tinta algún día pero no cuente con ello. El trabajo de abandonarlo es solamente suyo, aún cuando los demás abran la bocota –Me dio risa, porque precisamente eso sucedió con mi esposa. Tres días después de dejar el cigarrillo, tuve que pedirle que fuera un poco más tolerante conmigo porque mi humor prometía fluctuaciones sin algo que me mantuviera ocupado en manos, en boca y en pensamientos. Ella se sorprendió y luego me felicitó. Exacto, todo mundo dirá algo, pero el trabajo es la necedad de una persona. Nadie te dará palmaditas, ni te regalará algo a cambio. A nadie le importa si estás fumando una cajetilla diaria, dos cigarritos o ni uno solo. Quisiera decir que encuentro puros beneficios, pero no, hoy pienso en las pequeñas cosas a las que renuncié dentro de mis rutinas. Por ejemplo, esos cinco o diez minutos que me tomaba para salir a fumar durante una reunión o una cena. El pretexto de alejar el humo a las personas, para que no les moleste la peste, más bien era pedir soledad y silencio. Me gustaba fumar para pensar las cosas y para recordar el pasado. El hombre que se asoma por la ventana y prende el cigarrillo, o el hombre que está paseando por el parque, o simplemente sale a fumar a la banqueta, justo afuera de su casa.     Mi tristeza está tristona porque dejé de fumar. La tristeza, la melancolía, el color sepia de recuerdos entre dulzones y trágicos, llevaban mis manos a la cajetilla y morir un poco más, mientras me dejaba llevar por los recuerdos. A falta de tragedia, las endorfinas del ejercicio reemplazan los brotes absurdos de la dopamina. El único castigo que sufre mi cuerpo, si acaso, son estas caminatas soleadas y que Nico salte de sorpresa a mi vientre mientras estoy tratando de hacer abdominales. Resulta que puedo acceder a los recuerdos sin dar algo a cambio y qué mal, porque el recuerdo es perder el presente e inutilizarlo todo ese momento que dura. Los cigarrillos servían para medir todo ese tipo de cuestiones. Sí, sí, hay beneficios. Es divertido ahorrar dinero, es divertido enojarse con el gobierno y su alza a los impuestos, es divertido respirar bien y que no te apeste la boca. Es especialmente divertido oler un cigarrillo mientras vas pasando junto a un colega que justo lo está prendiendo y aspires con ganas de morirte gracias al humo de segunda mano. También es divertido presentarse a una reunión donde algún fumador, fuma sin reservas y piensas que este puede ser el momento justo para retomarlo. Me divierte pensar cuándo recaeré y por qué motivo. Qué cigarrito será el que me fume, quién me lo dará y por qué razón me lo fumaré despacio. El cigarrillo lejano también es una historia–. Me lo fumo porque se está acabando el mundo, me lo fumo porque la gente empezó a levantarse de sus tumbas, me lo fumo porque ya nació mi nieto, me lo fumo porque terminé una nueva novela. El cigarrillo para aumentar la intensidad del triunfo, cuando antes, servía para medir la muerte. No se crean, no era tan extremo, muchos cigarrillos s me fueron en el tedio de la vida, en estar leyendo y mirar el monitor, en editar un proyecto para mañana, en vigilar a los actores en un comercial, en soportar a los niños antes de hacerles un casting, en esperar a que pasara la hora para entrar a la siguiente clase. El cigarrillo no sólo es muerte o triunfo, también es una vida aburrida llena de esperas. Tal vez por eso el cigarrillo parece más triste de lo que es, porque intuyes cuando una persona está fumando en espera de algo. ¿En espera de qué? ¿Y cómo sabes cuando esperan los que no fuman? No lo sabes, sólo los ves con sus vidas sanas y sus ojos al frente. Caminando sin chiste bajo la luz del sol, acompañados de sus perros y sus pasiones...

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