Google PlusFacebookTwitter

13011 (Aleph)

By on Jueves, enero 31, 2013

He descubierto un placer horrible en hacerme el gringo, y no es tan difícil; Lo parezco. Al principio sacaba a los vendedores de su error pero de todos modos me complacían hablándome en inglés. Would you like a tatoo? Have you explored wonderful Shcaret? Are you interested in having some fun, pretty boy? Pretty boy, se me derrite el corazón. Me pregunto si imaginarán que mi abuela venía de un pueblo, que era una analfabeta, que cazaba ranas y conejos para comer todos los días. Tampoco imaginarán que durante un par de años vivía como un hombre frugal, prudente y dolido, huevo y pan para comer toda la semana, a veces un poco de jamón, y lloraba con cada aumento a los cigarros. Algunos años, durante la huelga de la UNAM, escuchaba cuánto pagarían mis amigos por una universidad privada y a mí no me quedaba otra más que esperar, y hubo otros que también esperaron a la UNAM y mientras tanto, ese año, viajaron a Europa para desdeñar a la Mona Lisa o escupir en la entrada del Vaticano. Alguno que otro viajó a Buenos Aires para aprender a usar el látigo como los gauchos. En mi primer trabajo abrí las puertas a las personas más bellas, y más excéntricas, que conocí jamás. Ignoran que un actor con senos falsos y tacones dorados prometió sacarme de mi pobreza, y quiso invitarme una botella de vino, del mejor vino, por abrirle la puerta para que saliera, el último en la lista. No se lo imaginan, me ven y creen que poseo la abundancia de un judío shakespeareano, de un ingeniero alemán, del top seller de seguros en New Jersey, o alguna otra pavada. La última vez que saqué a un vendedor de su error, me insultó por no comprarle un paquete turístico, sin ningún empacho me mandó a chingar a mi madre, mientras me miraba de arriba a abajo, y hacía una sonrisita sardónica, quizás me imaginó como un empresario chilango, o un regio hacendado. Me fui con una joroba, de las pocas veces, sin responder. Sí, cuento todas las veces que no respondo. Soy un manojo de expectativas...

Velas de lectura

By on Miércoles, diciembre 12, 2012

Ayer cumplí 31 años pero en vez de elogiar o solapar la edad adulta (u otras cosas igual de lamentables), mejor aprovecho la caminata para hablar de leer y de como aprendí a leer. Sí, la mayor parte de este post lo escribí en el teléfono mientras caminaba. He pasado mucho tiempo de mi vida leyendo. Reafirmo, cada vez que abro un libro, un cómic o un manga; que otros placeres, ocios o estudios no me atraen igual. Incluso dedicarme a un juego que no sea casual se ha convertido en una tarea difícil. Me pregunto, a menudo, ¿cómo crece o vive la gente que no lee? Mi abuela, casi analfabeta, me enseñó a leer a los cuatro años. Quizás comenzó antes. Todos los días, en el ambiente frío y gris rata de un puesto de zapatos en el mercado de la Balbuena, repasábamos letras en el periódico. Eventualmente las letras se convirtieron en palabras, oraciones, párrafos completos. Una vez que supe nació un animal hambriento. El mercado era un lugar oscuro, frío, apenas vivo por el lugar tan escondido en el que estaba localizado. Ahí, una de las pocas cosas capaces de arrojar luz, alimentar al monstruo, era la lectura. Leía el periódico, leía cómics y la tira del domingo (Todos los domingos esperaba ansiosamente, en el Universal, el siguiente episodio de Dick Tracy). En el mercado, compraba en el puesto de periódicos uno de varios: “Archie y Verónica”, “Tom y Jerry”, “Las aventuras del Pato Donald”, “La familia Burrón” o “Memin Pingüín”. Mi abuela pedía, en algunas ocasiones, que los leyera en voz alta para corregirme si me equivocaba. En casa teníamos libros, demasiados. Mis tíos más jóvenes leían ciencia ficción y fantasía. En cajas, ocultos, estaban los libros de mi abuelo… Una colección impresionante y discordante: antropología, dibujo, astrología, psicología, enciclopedias de historia y cómics de Vargas Dulché. Muchas veces los hojeé, sin entender mucho lo que pasaba, los libros de ambos mundos eran ajenos: Unos por su vocabulario y otros porque estaban en inglés. Mi madre tenía un libro de ilustración de Michael Moorcock. Criaturas desnudas en un mundo fantástico. Rostros alargados, ovalados, ojos vivos en rostros imposibles. De niño, le rayé unos garabatos con pluma. Quería participar en la creación. Mi madre, dolida, me quitó el libro para siempre y, luego de unos años, lo dejó a mi alcance vencida. No cabe duda, los niños destruimos todo. Unos años más tarde que vi mis pequeñas interrupciones, me arrepentí. Hice lo mismo con otros de sus libros, incluyendo un libro ruso de ajedrez con unas ilustraciones bellísimas y un puñado de libros ilustrativos de cómo aprender a pintar. El colmo: un día, uno de mis tíos abre un programa en la Commodore 64. Es un juego llamado Zork, una aventura de texto, la más famosa de todos los tiempos (La mencionan a menudo en Big Bang Theory, y es referencia obligada de “Ready Player One”. Cualquiera que deseé hacer ficción interactiva debe conocerlo). A cada momento le pedía a mi tía que me tradujera lo que pasaba, estaba enganchado en el misterio y me asombraba que pudieras escribir en la computadora lo que quisieras hacer, y con ello cambiar el rumbo de la historia. Ella, cansada del chamaco, dijo que debía aprender inglés y dejara de molestar. Tenía seis o siete años. A los nueve años ya poseía el nivel suficiente de inglés para pasar un par de pantallas en Zork, y leer algunas páginas de los libros de mis tíos (y sus portadas luminosas, vistosas, mundos ajenos en espera de ser devorados). Otro tío al ver esa pequeña hambre que me guardaba, me sugirió leer mi primer manga en una traducción inglesa: “Crying Freeman”. “Crying Freeman”, después de Dick Tracy, fue mi incursión en el mundo noir, un mundo agresivo, adulto y violento. Páginas oscuras, hombres armados, mujeres fatales, negocios turbios con empresarios. Recuerdo mucho una escena donde un personaje le comparte a otro la geisha que contrató. Ambos hombres, uno joven y uno viejo, poseen a la hermosa geisha. Cierran el negocio. Empecé a intuir uno de los mecanismos del sexo. Para entonces, ya había cambiado mis cómics por el universo Marvel. Específicamente Spiderman (aunque también perseguía a los Hombres X y los Vengadores. Novedades editaba, en aquel entonces, los arcos que escribía Jack Kirby). Si no los había en español, a veces conseguía arcos más actuales en la American Bookstore. Spiderman y su humor, su genialidad, su inseguridad, perpetuamente enamorado de Mary Jane y su sola confidente, la tía May, me ganaron. Se parecía mucho al niño y su abuela en el mercado. Mi tío Rafael me entrega una nota de su propia experiencia mientras espera el nacimiento de su hija en el hospital: “Si quieres leer buenos cómics, fíjate en las burbujas de diálogo. Entre más texto haya en las burbujas, quiere decir que es de mejor calidad”. (Por supuesto, esto es debatible por muchas razones… sin embargo, en aquel momento me pareció la verdad, y a la fecha, me fijo en cuántos diálogos tiene un cómic). Después fuimos a un puesto de revistas, me compró dos comics de “Conan, el Bárbaro” y unos de la Familia Burrón. Esa tarde, mientras esperábamos el nacimiento, nos la pasamos leyendo en silencio. También leí libros. A los doce años, mi nivel de inglés me permitía leer con seguridad algunos libros de terror, fantasía...

Los olvidos, los enfermos

By on Viernes, octubre 12, 2012

Anoche los viejos me hablaron de los muertos, pero antes de llegar ahí, hablaron de los enfermos, de los viejos frágiles, de los desmemoriados y de los enfermos. Estamos en la cena, me cuesta trabajo masticar el pan. La memoria es una cosa muy precaria, dicen, todo se me olvida ya, y es irónico, esta conversación del olvido se repite a menudo. Un viejo, medio sordo, dice: “La vejez es mucha responsabilidad”, y con responsabilidad se refiere, según trato de entenderle con sus dientes sintéticos y su voz arrastrada por no tener ganas de articular, a no caerse de las escaleras, a caminar con cuidado para no tropezarse, porque hacerlo significa visitar el hospital, romperse algún hueso, retar la fragilidad de un músculo que ya sirvió demasiado tiempo. Una vieja olvidadiza habla de su hermana cinco años más joven que ella: “Tiene 83 años, sí, creo que son 83”. Habla de su hermana, la viejita que no puede sostener su cabeza, que vive desde hace años en una silla de ruedas y que apenas puede hablar. La he visto, la recuerdo en otras situaciones, rodeada de gente joven haciéndole fiesta, invitándola a bailar, moviéndola de la silla como la gente más piadosa del mundo mientras ella, con sus manos temblorosas, sus labios pintados débilmente y la sonrisa perpetua de los desdentados, aguanta unas lágrimas de agradecimiento o de humillación, o quien sabe qué sentimiento tendrán los viejos atados al mundo, los viejos que hablan de los muertos con un dejo de envidia, como una solicitud espiritual de descanso. Mientras los escuchaba hablar y meditaba sus silencios tan parecidos a una pregunta, pensaba en que soy joven, en que no imagino llegar a esa edad donde la muerte se reduzca a un simple “ojalá llegue mañana”. Mi abuela murió casi treinta años más joven que esa pareja de ancianos. A los mediados de sus cincuenta, escuchaba el discurso repetido, obligado, frente al espejo mientras se arreglaba para que fuéramos al mercado, o a la escuela. Soy una burra vieja, decía, soy una vieja, y se miraba las canas, se tocaba las arrugas, se miraba las manos llenas de heridas y de líneas. El discurso se pausaba unos días, pintándose el cabello, usando unos zapatos o una blusa nueva, buscándose un deber, una cosa que arreglar, un capricho que le ayudara a olvidar su vida de mujer blanca y pobre en un pueblo, de mujer ignorante que siempre cargó demasiado, o simplemente de mujer y de vieja. Supongo, o quizás asumo, me atrevo a ficcionar, que además de la desdicha de su sexo, repentinamente llegó la desgracia de la edad. El viejo anoche me dijo: “De repente pasó el tiempo y tengo casi noventa años”. Los enfermos y los olvidos acabaron conmigo. Terminó el café, deglutimos el pan y sólo pensaba en llegar a casa. Los abrazos de los abuelos para despedirse, siempre tienen un toque de abandono, de un adiós definitivo e irremediablemente, en ese instante, no sólo se despiden sino que reafirmen su alegría de ser genuinamente escuchados. La gracia de ceder un poco del polvo en que se han convertido. Ese polvo cuya densidad es engañosa, variable. Unas noches es más pesado que otras. “Es complicado que no piensen en la muerte”, dijo mi esposa, ya en el auto. “No es lo complicado”, le corregí, “es lo inevitable”. Se atraviesa una línea donde, de veras, sin adornos, este día puede ser el último. Además de ser el último, honestamente das las gracias porque esto ya se acabó, porque alguien tuvo la piedad de cerrar tus ojos y convertirte en polvo, en memoria ajena, en anécdotas sin desgracias. Cuando llegué a casa, miré los trastes sucios y recordé a mi vieja, mi abuela. De niño y de chavo, es el momento en que platicábamos: cuando ella lavaba los platos. También era reconfortante escucharla prender el radio y luego el torrente de agua, cerámica y vidrio golpeaban la tarja. Asumo, no queda de otra, que el rito y el agua ayudaban a limpiar su condición, su pasado, la memoria. Jabón en el vaso, olvido mi vejez, los caminos errados. Agua en el plato, olvido mi pobreza e ignorancia, la letra chueca por no estudiar en la primaria. El cuchillo sin filo y la cascada borran lentamente todos los arrepentimientos para esperar, al menos limpios, la muerte. Me acerqué a la cocina sin pensar en el fastidio o en el tedio, ignoré el dolor común y superficial de los deberes. Anoche lavé los...

Cuento del diablo, según me lo contaba mi abuela.

By on Miércoles, mayo 4, 2011

El diablo, Satanás, Belcebú, Lucifer, Baal… es cliché, pero en cada película del diablo o cada cuentito que hace aparición, algunas veces se atreven a repetir la misma cantaleta–. Me han conocido a través de muchos nombres, pero al final tú sabes quién soy. ¿No lo presientes? –Es la figura que tenemos en la cabeza cuando algo sale mal de una manera funesta, perversa, degenerada. El diablo no es culpable de los accidentes, pero posiblemente es el susurro que nos impulsa y nos lleva a un camino retorcido. Al diablo lo asocian al incesto, a las formas más degeneradas de fornicar, a la envidia que se sale de control y los criminales irredentos que no tienen esperanza alguna. El diablo, según lo vemos en película, no es ningún juego. Siempre está encabronado. Su risa no es sincera. Su sonrisa no es algo que quieras ver antes de morir. A veces ni siquiera ríe o sonríe, sólo te condena con su bronca voz antes de llevarte con él al infierno. Algunos creadores de historias, los que más me agradan, manejan al diablo como un dios travieso. Así como el zorro de los indios o como Loki de Thor (sin esa locura tan encabronada, al contrario, una simple locura por joder el orden). El diablo sería como el Guasón de Heath Ledger. Una figura omnipotente con el propósito de corromper y destruir la rutina, la vida normal, la aparente felicidad, con el gesto de una mano. ¿Por qué? Porque estaba aburrido. Eso, sin duda, hace que el diablo se acerque más a una figura humana y cuyos errores sólo harán que lo vuelva a intentar, mejor cada vez, hasta llegar a la perfección que tanto le envidia a su bonachona contraparte. Un diablo flemático, por otra parte, simplemente me parece aburrido y es de esos personajes que golpearán la mesa a modo de berrinche cuando su maldad se vio interrumpida. La maldad que nace de la travesura siempre se está superando y no le importa detenerse, si eso significa un momento para meditar el siguiente paso. Sin embargo, cuando alguien me dice o me señala al diablo, lo primero que recuerdo es el cuento que me contó mi abuela. Tenía cinco o seis años, se había ido la electricidad en la casa y sólo estábamos ella y yo. Nos fuimos a una de las recámaras a acostarnos para esperar el regreso de la luz. Le pregunté a mi abuela qué o quién era el diablo, y si de verdad existía, en uno de esos momentos espirituales e inesperados que tiene uno. Ella se calló durante un largo rato y justo cuando se escondió el sol, me empezó a contar una historia. –Te voy a contar una historia del diablo, pero tienes que prestar mucha atención –dijo mi abuela seriamente. Había visto al diablo en películas de terror, en el cartón de la lotería, en alguna que otra serie animada, en mis compañeros de la primaria que los habían asustado con la Biblia y su descripción de la corrupción, la enfermedad, la muerte y el calor-castigo de los infiernos. Tuve un leve escalofrío–. Había una vez un hombre pobre que un día se encontró con el diablo y el diablo hizo un trato con él. A cambio de su alma, le prometió riquezas y todo cuanto el hombre pudiera desear. El hombre pobre aceptó, firmó un contrato donde hacía el intercambio por su alma. Regresaré en treinta años, le dijo el diablo. El hombre dejó de ser pobre, ganaba en los juegos de azar y hacía buenos negocios. Se casó con una mujer bella, y luego se divorció de ella para casarse con una todavía más bella que la anterior. Vivía en una lujosa mansión de jardines espléndidos. A uno de sus viejos amigos, para verse generoso, lo contrató como su jardinero. Se conocían de mucho tiempo atrás y además, se parecían mucho físicamente. El jardinero estaba agradecido, pero dudaba de la buena suerte del hombre. Aprovechando su amistad, todos los días le insinuaba al hombre que confesara la raíz de su buena fortuna pero él simplemente se negaba, o se hacía tonto. Todos los días revisaba su reloj. Cada día se acercaba más a la fecha convenida por el intercambio de su alma. » Estaba tan preocupado, que igual que su amigo el jardinero, el hombre que vendió su alma había perdido todo su cabello. Ambos estaban calvos. Cuando llegó el día que estaba marcado en el contrato, el hombre que fue pobre estaba desesperado y le contó a su amigo, el jardinero, lo que había hecho para ganarse el favor de la suerte y de la vida. El jardinero ágilmente le pidió a su amigo que se desnudara y que intercambiaran ropas. Justo después del intercambio, observaron a través de la reja que el diablo se acercaba, mientras silbaba una canción. Estarás muy nervioso para hablar con él, dijo el jardinero con las lujosas ropas del amigo, dedícate a cortar ese arbusto y deja que yo le hable. El hombre disfrazado de jardinero obedeció. Sus manos temblando cortaban las ramitas de las tijeras. » –Buenas tardes –dijo el diablo cuando se acercó a la entrada de la vasta residencia–. Vine a buscar a… un hombre que se parece mucho a ti, pero con pelo, un poco más joven, ojos más claros, labios un tantito más gruesos. Qué raro. Mira, aquí...

De Twitter: El milagro de la resurrección.

By on Sábado, noviembre 20, 2010

Foto original: Jorge Sesé. Hay en twitter un proceso muy extraño que todavía no entiendo. Pasa, a veces, que encuentras a un tuitero que te agrada, lo sigues, pones las estrellitas, lo lees, te hace reír, posiblemente lo quieres meter en tu cajuela del coche, secuestrarlo, llevarlo a un motel, eso. Haces tu chamba y estás al pendiente. Luego, algo sucede en su vida. Algo inexplicable. De un día a otro, cierra su cuenta. Borra su vida. Finito. Me pasa, al menos, yo que me ocupo en leer más que escribir… que de repente, me encuentro extrañando a esa persona que estaba en mi lista. Entonces entro a su página de usuario y descubro que simplemente desapareció. No más letras con el sabor que le caracteriza. Se murió. Me rasco la cabeza, parpadeo un par de veces y me pregunto, porque es la primera pregunta en este mundo iluso, si yo habré hecho algo mal. Si yo habré disparado una de tantas balas que lo empujó al suicidio. (Claro, generalmente estos suicidios vienen acompañadas de una historia jugosa. Un pedazo de tu cerebro, el cual es gobernado por el morbo, se dedica a buscar como responder la pregunta: Por qué lo hizo). Después de todo, si twitter me aburre simplemente lo abandono, así como abandono todas las cosas que me aburren. Creo que al final, el abandono es más cruel que matarse. Será que hay un sentido teatral en el acto de cometer el suicidio tuitero, que me provoca tanta pereza. Mi abuela me daría una cachetada en este momento. No tiene nada de teatral chamaquito –me diría–, es pura faramalla. ¿De verdad? Pasan unos días, unas semanas, un mes. Como lector, buscas algunos reemplazos, tal vez. Si no te hiciste amigo del tuitero muerto, pues se te olvida. Probablemente comentarás en alguna ocasión de sus tuits tan chispa y que estaría bueno que estuviera entre nosotros los vivos. Se abren unas cervezas, una botella de vino, circulan los cigarrillos. Un viento frío abre las ventanas, empuja los vidrios, hace cantar a los árboles. Un añejo olor a Cristo metálico inunda la habitación. El tuitero ha regresado. Su cuenta de nuevo se activa. Si eres amigo del tuitero resurrecto, entonces recibirás una larga plática que te explique los motivos de su muerte y su resurrección. A veces, como en la faramalla diría mi abuela, te relatan que lo suyo era un personaje que murió de tristeza o que fue descubierto. Era hora de un cambio, de regresar a los orígenes, de purificarse. ¿Todo eso en ciento cuarenta caracteres? Les pregunto como un fiel, bebiéndose la Biblia, con los ojos muy abiertos. Todo eso, me responden y me acarician la cabeza. Bendito sea. Me arrodillo. Mi abuela, en el cielo, entrecierra los ojos y resopla. Si no eres amigo del tuitero resurrecto, entonces la muerte y resurrección se convierte en un verdadero misterio ¿y qué sería de la vida sin...

Un momento de observación.

By on Viernes, septiembre 24, 2010

Salí a tomar un café. Una pareja estaba frente a mí. Leía, luego le miraba las botas, luego leía otra vez. Mi cabello húmedo goteaba por la lluvia que me agarró a medio camino. Prendí un cigarrillo, mi garganta se quejó, además de la lluvia y la gripe, perdí algo en el camino. Oscar habla de María, y la disposición que tiene para comprar tambores de hojalata. Oscar habla de los errores que cometió, pero no se siente culpable. La chica de enfrente exclama–. No pude decirle nada, porque era su depa –El chico, visiblemente interesado en ella, le sonríe, pero no se atreve a tomarle la mano. Lo está usando, pensé. La clásica historia del amigo que desea, y no hace nada. Es el tiempo el que se encarga de convertir el capricho en infatuación y tal vez, amor. Pensé en mi perro y sus lágrimas artificiales. –Probablemente las necesite para toda la vida –nos dijo la veterinaria. Lágrimas de cocodrilo encapsuladas. Perdí, pensé, perdí una oportunidad más. Tienes que perder muchas veces, luego pensé, a manera de consuelo. El consuelo de los pendejos, diría mi abuela. Oscar tiene nuevos tambores gracias a María. Mi mujer llegó en su auto. Cerré mi lectura y apagué mi...

La muerte de la mamá de Oscar.

By on Martes, septiembre 21, 2010

Hoy pasé por ese episodio del “Tambor de Hojalata”. ¿Ahora quién tendrá bajo sus faldas al pequeño Oscar? Ese capítulo siempre me rompe la voz y los ojos. La primera vez que lo leí, fue durante un viaje de camión donde me solté a sollozar como un niño. Era de noche, la gente estaba dormida, mi mujer dormía a un lado y yo no podía soportar la muerte de la madre de Oscar, pero no dejaba de leer, no podía soltarlo. Hoy copié una versión digital del libro para traerlo conmigo y terminar su lectura. Sé que tengo dos copias impresas, pero el dispositivo me permite las distracciones como el twitter, los mails, entre otras cosas. Recuerdo aún el olor a pescado, los amantes que no sabían que hacer, cuando Oscar rompe los vidrios de la iglesia usando su tambor. La segunda vez que leí ese capítulo, fue en un café de la Roma, unos años después y lo hice en voz alta para que Sol me escuchara. Desde el inicio del capítulo, ya sentía como las palabras tenían miedo de salir de mi garganta y lo hice, lo terminé, porque deseaba que lo leyera conmigo, que lo conociera. La tercera vez lo leí a solas, en el aniversario de la muerte de mi abuela (18 de Septiembre), como un homenaje silencioso y personal. Han habido otras veces, menos memorables, donde leo partes específicas del capítulo, donde sólo leo el final o el inicio, o la obsesión por comerse el pescado echado a perder. Ese libro lleva ya varios años conmigo. A veces, he leído los tres o cuatro capítulos que siguen. Otras veces, inicio mi lectura justo después de la muerte, del quién me llevará bajo sus faldas y después lo regreso al librero. No es tiempo, me decía. ¿Cuándo es...

1 123456710