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El café de hace unos años

By on Lunes, octubre 22, 2012

El domingo abrí una caja de Pandora: Los comentarios que solían existir en este blog, cuando era el de los mil nombres y antes de eso, el cibernauta. Tengo un backup en el servicio de comentarios de disqus (además de los múltiples backups en bases de datos). No sé cuántos son con exactitud. Unos quince mil, quizás. No es que mi blog fuera tan popular (un poco… sí, en aquel entonces lo era), también es que atiné con el posicionamiento y los títulos. Algunas entradas atraían visitantes curiosos que deseaban saber el significado de su nombre, nombres para duendes o unicornios (?) o que deseaban compartir el significado de un sueño que tuvieron, y usaban este espacio como un foro para buscar respuestas a cuestiones lejanas a la intención del contenido original. Sin embargo, el restante de esos comentarios son amables y me ayudaron a darle un vistazo al pasado. Ocupé el domingo, tan absurdo y tan cansino, en regresar algunos de esos comentarios al blog. Un año de datos (de los diez que son en total), copy-paste, publicar, editar nombre y e-mail. No pude regresar varios porque en el translado borré un puñado de entradas que ahora están en el limbo binario. También pensé en editar la fecha pero se me hizo demasiado, así que he cometido el pecado de revivir muertos y crear una paradoja anacrónica. Ojalá dios internet me perdone. Cuando hice el traspaso olvidé, sinceramente, que los comentarios también son parte de la documentación, una extensión de los amigos y los lectores que se han conseguido a través del tiempo. Es un testimonio de como han cambiado los lectores blogosféricos, sus modos y sus motivaciones. Hay algo que siempre tuve en cuenta cuando abrí un blog: Sus comentaristas en algún momento se van a cansar y se van a ir. Tienen una vida, los gustos cambian (o el autor se casa, como yo, y misteriosamente se pierden muchas visitas, quien-sabe-por-qué), los autores se abandonan, incluso un autor de bitácora. Los lectores, igual que el escritor (sobre todo uno que platica su vida en este medio), son una cosa viva, con sus problemas, y sus movimientos, y sus encrucijadas. Nunca se sabe a donde irán o con quién te engañarán el día de mañana. Además los distintos servicios que han surgido a través de los años han separado, de manera eficaz y cruel, las motivaciones de un blog. ¿Para qué tener uno de pornografía y ocio si puedes abrir un Tumblr? ¿Para qué tener un blog de tus fotografías si puedes tener Flickr o Instagram? ¿Para qué tener un blog de ráfagas breves si puedes abrir una cuenta en Twitter? ¿Para qué volcar una opinión rápida, sincera y probablemente estúpida, si tienes un perfil en Facebook? ¿Para qué grabar un video si puedes hacerlo en YouTube? Antes el blog era una oportunidad centralizada de unir todos esos rasgos individuales en un sólo lugar. La creación de una isla en el océano digital. El problema era (y todavía es) atraer náufragos a esa isla. Muchos blogueros se inclinaron por la especialización (blog de diseño, blog de tecnología, bloguétcetera), otros se dividieron en sus múltiples redes sociales y finalmente, el puñado de necios que, por cariño a la herramienta y por sus propios fines, siguen trabajando diligentemente en su paraíso personal. Me incluyo en el último. Tuve un blog para escribir y ahora escribo porque tengo un blog. Gracias a él, he publicado, sigo creando historias y quizás consiga muchas más cosas en el camino. Hace años era obligatorio tener una taza de café y pasear diariamente por los múltiples comentarios que dejaron en días anteriores, anotarme los triunfos, recibir las amabilidades, soportar los fueras de contexto y tragarme uno que otro comentario anónimo y ponzoñoso. Hoy la taza de café es para iniciar el siguiente texto, tallarlo, pulirlo, enviarlo en la botella y que corra solo, quien sabe dónde, quizás nadie lo lea, desde mi isla al...

Casting de las caritas.

By on Domingo, julio 15, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 56 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. No hablemos de política, ni de libertades cibernéticas, ni de otras tristezas, ya tendremos tiempo para eso. Mejor les cuento un chisme. En el mundo de la farándula, en la subespecie de los comerciales, existen ciertos proyectos que son el Santo Grial para muchos de los actores y modelos que tratan de ganarse el pan de cada día. No es que los proyecten a la fama, para nada. Como muchas cosas en la vida, todo se trata de la pachocha. Son comerciales que no presentan competencia alguna (contrario a, por ejemplo, si hacen un comercial de Pepsi ya no pueden hacer Coca Cola, al menos, en tres años) y que, además, pagan 40,000 pesos por un día de trabajo. Además, la agencia manda una especificación que tiene el elegantísimo nombre de “Clase C”. Para no herir susceptibilidades, digamos que todo México funciona. Conocer el tabulador de clases en una agencia publicitaria puede ser un ejercicio muy cruel para una sociedad que está aprendiendo a ser políticamente correcta. Esos proyectos suelen tener personajes muy abiertos y de todo tipo: niños de 8 a 11 años, adolescentes de 16 a 20, adultos de 22 a 40 años. El sexo no importa. Cuando una casa de casting abre un comercial con esas especificaciones, el lugar se convierte en un nido de gente hambrienta, ansiosa y preparada a todo para conseguirse un papel. Por ejemplo, hacer un casting de caritas. Es una tortura para el hombre que está atrás de una cámara (especialmente cuando junta a más de mil personas en dos días) pero es una bendición para los modelos y actores, y los niños, sobre todo los niños. Un casting de caritas se trata de grabar al sujeto haciendo una serie de expresiones: triste, pensativo, feliz y sorprendido (las emociones pueden variar, según el director). Es un ejercicio básico que cualquier actor de teatro ya debe dominar. Algunos hasta insultados se sienten cuando se les pide, otros sencillamente se divierten recordando alguno de sus personajes. Para que el director tenga una idea del nivel de improvisación, también se les pide que narren una historia, que hablen, que griten, que exclamen o que digan algo. Es un excelente método para medir capacidades histriónicas. Uno se lleva grata sorpresas al descubrir un hilo conductor de emociones, desde los más expresivos hasta los más sutiles. Sin embargo, honestamente, la mayor parte del tiempo es aburrido. Un casting de ese estilo suele atraer a mucha gente que sueña con salir en la televisión y que, además, desea embolsarse un dinerito, porque debe o porque quiere. No faltan los personajes, de cualquier edad o sexo, que cuando se paran frente a la cámara y se les pide tristeza, dicen: “Estoy muy triste”, y tan triste que apenas puede pronunciarlo. O cuando se les pide alegría: “Estoy feliz”, en un tono plano, serio, apocado, que trae memorias de un suicidio no cometido. No falta, y a veces son horas de rostros en sucesión, de pedir sorpresa y que el sujeto sencillamente exprese: “Wow, que sorpresa”. Wow, goao, guau, como un perro que está esperando en fila, echado en la jaula, su turno a la silla del ejecutado. El casting de las caritas engaña con ser fácil. Tuve la suerte de encontrarme un actor que inventó una historia muy simple, pero entretenida. Triste: ¿No entiendo, cómo sucedió esto?, Enojado: Pero por favor explícame, ¿cómo te embarazaste? Feliz: Por fin tendremos un hijo. Sorprendido: ¡Ni sé para qué me hice la vasectomía! Quienes mejor tienen dominado este ejercicio espiritual, son los niños. Acostumbrados a la desinihibición de su edad, su obligada hiperactividad y que algunas madres los torturan con castings día tras día, ya conocen muy bien el ejercicio de las caras. A su edad no les importa quebrar el rostro, ganarse arrugas nuevas, la búsqueda por provocar la ternura y la travesura. Incluso lo hacen a toda velocidad, sin pensarlo, con ganas de largarse de ahí y regresar a la niñez de su vida. La infancia urgente de regresar a los videojuegos, las tareas, salir con el perro a los parques. No quiero dar a entender que los niños son torturados, no, la verdad muchos disfrutan de sus ganancias tempranas con premios de todo tipo: juegos, celulares, coches a control remoto. Como director, cuando hacía el casting de las caritas con los niños, rompí el esquema incluyendo o inventando ciertas emociones para sacarlos de balance. Me molestaba tanto que los pequeños granujas ya se supieran la rutina que me sentí obligado a robarles la seguridad de los inocentes. Terminando la serie (triste, enojado, feliz, sorprendido), solía incluir otras emociones: conspicuo, ensimismado, apocado, incluyente, ambigüedad, deprimido, hipócrita, entre muchas otras. Luego miraba a los niños aterrorizados al verse frente a esas palabras, otras veces se detenían a pensar e inventaban algún rostro, también recibí sorpresas de niños explorando ese terreno que parecía tan lejano, tan inalcanzable, de la adultez y sus palabras absurdamente precisas. Phillip Larkin, si mal no recuerdo, mantenía correspondencia con un escritor de pornografía. En una de esas cartas, el pornógrafo le menciona que uno de los mayores logros de un escritor es lograr una reacción física de su lector. Obviando...

Las pequeñas comodidades.

By on Miércoles, junio 13, 2012

Uno se acostumbra a sus pequeña comodidades, como la computadora que lleva arrastrando consigo desde hace cinco años. Tengo dos semanas usando una computadora que no es la mía porque la de batalla, al parecer, sospecho e intuyo, tragó demasiada ceniza del Popo y un ventilador dejó de funcionar. Así que apagué la computadora, quince días desde que pidieron la pieza y seguimos esperando. Mientras tanto, estoy con una pequeña macbook que tengo para algunas cuestiones del trabajo y que, la mayor parte del tiempo, la uso como centro de medios conectándola al televisor. Es pequeña, es blanca, es bonita pero no es mi computadora. Como no lo es, no hago el mínimo esfuerzo por escribir, trabajar las historias pendientes o iniciar algún cuento. Ayer, por necedad escribí mi columna y de milagro la terminé. No le iba a decir al señor editor: Oiga, es que no estoy en mi computadora y quiero llorar. ¿Qué clase de hombre haría eso? ¿Qué clase de macho envalentonado, montado en su corcel, se atrevería a decir que como no tiene compucita no puede escribir bu-bu? Sí, esas pequeñas comodidades. Un amigo y mi mujer me comentaron: ¿Si tienes tanto que escribir porque no lo haces a papel y lápiz? Antes lo hacía, antes tenía la paciencia de escribir diez, veinte, treinta páginas, sentarme durante horas. Compraba un cuaderno nuevo para cada proyecto que se me ocurriera, y me dedicaba a escribir, a tachar, a garabatear los personajes, sus perfiles, los escenarios. Hay cuadernos forrados, hay cuadernos vacíos, hay cuadernos sin usar. Tengo plumas y lápices a granel, pero ya no tengo la paciencia. Me duele la mano si escribo a mano. Eso tiene una explicación muy sencilla, superficial y programada. Cuando era niño escribía horrible. Decían que no escribía, que dibujaba arañas. A mí me daba lo mismo. Para mí, la caligrafía ensayada durante esos años era funcional, rápida y comprensible. Entonces una profesora, llamada Elda… por supuesto, tenía que ser una profesora llamada Elda, durante una semana me sentó todos los días a practicar mis letritas. Haz bien tus bolitas, haz bien tus palitos, no te salgas del renglón, todo en su lugar, éjele que monito ¿no cree? No me dejaba salir a recreo si mis planas no estaban bonitas, perfectas, intelegibles. Nunca fui un niño rebelde (eso me dio en la adolescencia), así que obedecí. A la fecha me detengo para ver si la letra es bonita. He tratado de decirme, a últimas fechas, ¿qué importa que tu letra esté bonita? ¿Pues quién chingados la va a leer? ¿Qué clase de escritor respetado revisa su caligrafía? Explorando, buscando, topándose con un puñado de papeles, de borradores, uno descubre como los escritores poblan las páginas de letras, de tachones, de rayones, de letras vivas que desafían los renglones o conforman un paisaje en hojas blancas. El escritor de computadora se enfrenta, se compara (y pierde en el contraste estético) contra las cursivas, la caligrafía rápida, el testimonio de los pensamientos fugaces y violentos que, a los días, a los años, encontraron rayas de reflexión, anotaciones sobrias de lo asonante, lo cacofónico, lo malo. Aprovechando que la computadora está en reposo y mi pequeño capricho de no escribir (aunque hoy decidí romperlo), trabajo los ratos libres en adornar este blog y sus múltiples años, sus múltiples etapas y sus más de mil anotaciones. Reorganizo, ilustro, pulo poquito (casi nada) y anoto cosas que quisiera hacer, como cambiar el nombre del autor en ciertas entradas para separar las edades de uno, hacer un índice visual de las historias y de los cuentos, anotar líneas y separar líneas valiosas que, algún día, me sirvan para escribir otros cuentos. Quizás use las fotos que me faltaron para escribir más fotocuentos, quizás continúe con el ejercicio de los otros o quizás admita que lo mío, es narrar una vida de pequeñas comodidades, en lo que ocurre un accidente, o que me entregue a un vicio. Quizás el árbol 2:17 y yo estamos condenados a una vida donde nos mordemos la cola el uno al otro, y hasta que se muera...

Instructivo para derrocar una dictadura.

By on Viernes, junio 1, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 23 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. La infección empezó en TUnisia, en diciembre del año pasado, enfermando a Albidine Ben Ali. El virus después se trasladó a Egipto y atacó a Mubarak. Unos pasitos más y llegamos al Hermano Gadaffi, en Libia. Las destituciones de los dos primeros dictadores parecen un sueño y el último hombre, que cada minuto pierde control de su territorio mientras exclama que la gente lo ama y daría la vida por él, parece un epílogo. Las tres resistencias tienen como premisa evitar el uso de armas, hacer de la suya una resistencia pacífica y no ceder hasta que el gobierno cambie porque desean mejores oportunidades económicas, mejor educación escolar y una vida más digna. Las tres resistencias, aparentemente, lograron su cometido. ¿Cómo lo hizo la gente? ¿Cómo lograron detener a estos hombres que controlan a sus países a través de la violencia, de un rígido control militar, de limitar las comunicaciones, de crear violencia entre un grupo y otro, de establecer esa línea tan marcada entre el militar y el civil, entre el pobre y el que sí tiene lana? Obama convocó a una cena con los presidentes, los dueños, los grandes creadores y pensadores de la tecnología después de la liberación de Egipto. Ellos tienen un control sobrenatural del mundo. Ellos dirigen ahora dónde va la información y crean herramientas que facilitan su distribución. Resultó que las redes sociales, ese lugar qué tenemos para la granjita, el poker y la caza de tesoros, fueron el inicio y el desarrollo de muchos de estos movimientos. En Facebook, servicios de Google, twitter, se compartían documentos que insistían que el éxito de movimiento era hacerlo de manera pacífica y se compartían las fechas, los horarios y los detalles de cada manifestación. Gente que sin importar religión y status social, respondía la convocatoria para ese fin común, ese deseo por una vida mejor. Gracias a Internet, ahora los dictadores me parecen unos perros viejos y cansados, que babean y que todavía se visten bonito, como si fueran a dar un paseo en la exhibición donde los hacen saltar arillos y sentarse por los premios. ¿Qué le pasó a los dictadores que aparecen en las películas y que son unos personajes sanguinarios, detractores de la humanidad y enfermos, ya corruptos, por los años de poder que tienen en las manos? ¿Qué le pasó a los titulares de los periódicos de los años setenta, donde se veía lo mordaces que eran estos hombres para tener a su pueblo en cintura? En un libro, hay un dictador que empalaba a sus enemigos y a los traidores. Era un escenario común que este dictador, pidiera que el bastón les atravesara todo el cuerpo y les pulverizaba las entrañas. Este dictador se regodeaba en la sangre de cada muerto, se hacía más fuerte con cada muerto y su nombre de Vlad Tepes, cambió a Drácula. No digo con esto que me decepcione la ausencia de sangre y los conflictos lánguidos. Al contrario, me entusiasma saber que es posible derrocar a un dictador de manera pacífica. Donde hay voluntad, ya sólo necesitas abrir una página de facebook y una cuenta de twitter para iniciar el detonante que habrá de cambiar una nación. Con razón no le resulta raro a la gente pensar que este intercambio binario es una especie de sortilegio, un soplo de magia que con las palabras indicadas puede lograrlo todo. Derrocar dictadores es, tal vez, lo menos solicitado en las búsquedas… cuando la magia también tiene granjas virtuales, fotografías de nuestro próximo amor y los relatos picantes de un anónimo que se hace llamar Gabriela. Para que la magia funcione, necesita haber suficientes creyentes que estén dispuestos a dar su tiempo y derrochar su energía vital a través del monitor y los teclados, de los cables de red y las redes inalámbricas, de las cámaras web y los nombres de usuario y contraseñas. Ahora que estos personajes han caído, alguien debería escribir el instructivo definitivo para derrocar una dictadura. Qué mejor que aprovechar que todavía tenemos frescos estos suceso en la memoria del mundo. Debería escribirse antes de que alguien más descubra como parchar o corregir los errores que cometieron esos hombres. Dictadores viejos cuya vida jamás pudo identificarse con los chavitos que vuelcan su vida a través de los medios electrónicos y poseen una pericia de origen incierto que les ayuda a usar las herramientas para destruir lo establecido. Claro, eso cuando no están sembrando tomates digitales que se colectan en cuatro horas. Sí, es hora… alguien debería escribir el instructivo para derrocar una dictadura, para que todos los países que no estén conformes con su gobierno, tengan a la mano un paso a paso de como...

De cartas, de cuervos y de propósitos.

By on Viernes, mayo 11, 2012

Hace tiempo que ocupo mi espacio blog en un ejercicio. Revolver unas cartas, escoger una y escribir acerca de ella. En las cartas anoté el nombre de personajes de mis historias, criaturas mitológicas, animales, mis mascotas o mis plantas, vecinos que tengo o tuve, amigos imaginarios, familiares lejanos. Cada personaje, nombre o criatura, son voces que me gusta o me gustaría explorar. De esta manera el azar decide el personaje de un cuento, una anotación o un pensamiento. Seguramente, si todavía visitan esta isla en el mar cibernético, han leído algunos de los resultados. Otras historias las escribo “afuera”. El ejercicio es fructífero en demasía, tanto que el pobre árbol se ha quedado pelón estas últimas semanas. El proceso es muy sencillo. Básicamente consiste en: Revolver las cartas. Escoger un número del 1 al 56 (porque mi mazo tiene 56). Ver la carta, tomarle una fotografía para que la firme el notario y ponerla a la vista. No guardar la carta hasta escribir el texto correspondiente. Pienso continuar con el ejercicio una temporada más hasta juntar una cantidad determinada de cuentos y ofrecerlos como un libro electrónico. Quizás, todavía estoy afinando detalles, después de todo han surgido accidentes interesantes gracias al método. Me mantiene despierto para escribir ficción breve todos los días. El proyecto se titula “Los Otros” porque son voces ajenas, no siempre la mía, las que toman control de la historia. Es un lúdico juego de posibilidades. Continuaré con la exploración. Todavía son muchas las voces que permanecen silenciosas. Las consecuencias del ejercicio son el abandono del “Árbol 2:17”. Una carta me salió repetida y me llamó la atención: Los cuervos. La necedad del azar (una ilusión, un engaño, como lo harían los tramposos de las alas negras) me guió por ahí. Decidí tomarme un tiempo para juntar los cuervos escritos en este congal, los escritos en otra parte y los nuevos que surgieron gracias a la carta. Hice caso al mensaje: me encerré, sin querer, sin desearlo de veras, a darles estructura y congruencia a esas líneas que tienen escritas hace más de diez años. Fue un proceso fatigoso de varias semanas. Ahora resulta que los cuervos tienen un propósito. Sus historias diversas construyen una sola. No se me hubiera ocurrido, no con ellos. El resultado es un libro muy distinto a lo que ya conocen de los animalitos. Gracias a la delicadeza, necedad, constancia y trabajo de mis desvelos y los ojos ajenos (y astutos. Gracias infinitas a Edilberto y Astrid), nació un libro de calidad editorial que, dependiendo de las circunstancias, tal vez nunca vean publicado por aquí. Tal vez. Platicaré más de ellos cuando sea momento. Pienso, de por sí, que algún cuervo me sacará los ojos si continúo exponiéndolos. Por otra parte, extraño contar mis pequeños arranques cotidianos. ¿No también se trataba de eso tener un blog? Parece que en estos tiempos es menos suficiente. Incluso lo he pensado como un ejercicio inútil. Con la explosión y el crecimiento de las redes sociales empezó el nacimiento de los aparentes expertos en cualquier materia. El lector busca colmar su tiempo de experiencias específicas, cosa que nunca se ha hecho en este blog de todo y de nada. Parece sacrilegio tener una bitácora pública para hablar de la vida, de la rutina, de la cotidianidad, de la felicidad y del enojo. ¿Cómo atreverse a escribir de los días banos en temporada electoral, por ejemplo? O bien: ¿No sobran palabras cuando se puede ajustar en el tamaño de un tuit? Parece que nunca terminan las preguntas para que la voz halle su lugar en el mundo. La facilidad para dividirse en lugares es apabullante: Las fotografías en instagram, facebook o flickr. Los libros en goodreads. Los gustos populares (depravados o dulces) y las citas en tumblr. Las fotografías textuales y los chispazos inmediatos en twitter. Todavía, además, estoy pensando qué hacer con pinterest. Como todo hombre moderno, a cada uno le ofrezco un poco de mi tiempo cuando se me da la gana, pecando de la inconstancia y falta de atención requerida en esta época. No sólo eso me detiene y quizás algunos se sentirán identificados. A lo largo de los años, tengo un documento con una serie de temas que es mejor prohibirlos. He tenido malas experiencias abordándolos en este blog y en su momento provocaron consecuencias molestas: los problemas familiares, los amigos, los trabajos, las dificultades económicas, la rutina y cualquier experiencia que se pueda malinterpretar (¿No siempre nos arriesgamos a eso cuando abrimos la boca?). Pienso que podría escribir todos los días un post con un punto y no, no se engañen, sería un blog riquísimo en silencios que lo comunican todo a los adultos crecidos rodeado de otros adultos crecidos y silenciosos. Es mi culpa, finalmente, nunca me ha gustado provocar conflictos porque me parecen una pérdida de tiempo. Mejor (en vez de discutir, pelear o explicar lo que quise decir), me hago una chaqueta. Es la más satisfactoria de mis reglas. Dicen que es difícil hablar de tres temas: política, religión o futbol. Para nada. Más difícil el intento en hablar de la vida con un conocido o con un extraño. Como un ejercicio, intenta decir lo que de veras piensas a un amigo, un familiar, un cónyugue, la nenorra que conociste en el bar o el perro. Dilo bien, no seas menso, dilo como lo quieres decir. No le...

Mundo que pronto será nuestro, Nico.

By on Miércoles, abril 20, 2011

Anoche, mientras leía Asimov y un libro de artículos que escribió acerca de ciencia básica, empecé a recordar durante el día todo lo que había hecho Nico, la basset hound, alrededor de la casa: orinar frente a la puerta, masticar los controles del wii, robarse mis calcetines sucios, tratar de llegar de un salto a la mesa para comerse el pan, morder frustrada los cojines y ladrarme de vez en cuando a manera de reto para ver si muy muy macho alfa. Dejé el libro. De alguna forma había logrado su cometido: Ponerme a pensar algo práctico. No podía concentrarme en la lectura con todo lo que había pasado durante el día y cuando me asomé a ver a la bestia de mis recuerdos, dormía angelicalmente mientras un cúmulo de baba se esparcía cómodamente sobre su cama. Qué pronto crecen estos animales –angelitos de la naturaleza–, pensé primero y luego corregí mi línea de pensamiento a lo que de verdad importa–. Necesito cansarla o destruirá la casa. Así que abandoné las aspiraciones de lectura, ajusté el despertador a las siete y media y me imaginé el día de mañana, caminando junto a la perra por todo Cholula, viviendo esa romántica complicidad del amo y su perro desde bien temprano. Uno, quién sabe de dónde, se imagina a un vagabundo y su Border Collie, recorriendo las calles adoquinadas y deteniéndose a comer una hogaza de pan en cada farol mientras unas alemanas de mejillas sonrojadas cantan una canción campirana. Esa imagen ha logrado diluirse con todas las veces que he tenido que meter la mano al hocico de Nico para sacar los resultados de su eterna voracidad: restos de alguna comida, hojas de alguna flor, cadáveres de insectos grandes y por supuesto, pequeños cuadritos de mierda. Mis manos ya tienen más experiencia de vida que todo mi cuerpo y la curiosidad infantil, traspasada al hocico de un perro, es de las experiencias más grotescas y menos deseables que uno puede desear, vivir, experimentar, imaginarse siquiera. Nos levantamos hasta las ocho de la mañana. Primera vez que agarré a la perra dormida. Me levanté antes de que tratara de subirse a la cama y además, antes de que golpeara con su nariz mi rostro en su afán torpe y natural. Estos últimos días así me despierta, como reloj, un poco antes de las nueve de la mañana. Cuando el reloj se descompone, que será una vez cada tres o cuatro días, y no me despierta, entonces abro los ojos y la busco con la mirada: Así la descubro masticando alguno de mis calcetines, luego nuestros ojos se encuentran, deja el calcetín y como una jabalina se abalanza sobre mí. Su nariz golpea mi rostro, su lengua me alcanza a empapar la cara y la rutina de la vida alcanza su normalidad. Decidí probar algo nuevo. Llevé premios para caminar junto a ella y dárselos, cuando no se metía nada a la boca. También llevé estos premios para que se concentrara en caminar a mi lado. Ahora que está creciendo, cuesta más trabajo jalar su correa cuando algún olor la distrae. Las primeras veces me preguntaba por qué costaba trabajo caminar con ella y luego, entendí una verdad muy simple y que parece había obviado: mi perro era un sabueso y su nariz siempre intentaría guiar nuestros pasos. Lo de los premios funcionó muy bien un par de veces, pero en otras ocasiones, fue inevitable que se tragara algo o que su nariz quisiera llevarnos por caminos sospechosos, oscuros e imposibles. Al final, no me puedo quejar… este ha sido uno de los mejores días que han tenido mis manos como exploradoras y guardianas de la boca del perro. Su hambre tiene algunos beneficios: como todo lo desea, todo se convierte en un premio para ella. Puedo darle, sin ninguna dificultad, pedazos de zanahoria o hielos a la orden de siéntate y ella obedece, porque su estómago la controla, no puede evitarlo. En cuestión de premio y entrenamiento, esta podría ser la perra más barata del mundo. A cambio, su necedad es tan intensa como su obediencia por un cubo de hielo. Unas por otras, que ni qué, shabalada-ding-dong. Casi al terminar nuestra caminata, nos encontramos un par de corredoras. Una de ellas nos vio y se acercó a nosotros. –Es un basset, ¿verdad? ¿Es hembra o machita? –me preguntó. Me sonreí por lo de machita–. Es hembra, le respondí. –Es que yo tengo un basset y quiero cruzarlo. ¿Tiene pedigrí? –Uh no, no tiene papeles. –Está muy bonita. –Sí, están muy bien todos sus rasgos de basset… pero esta es muy chiquita, apenas es un cachorro de cinco meses. Todavía no. –¿Te dejo mi teléfono para cuándo puedas? Después de darme sus datos, la corredora se apresuró a alcanzar a la otra y me imaginé, de pronto, lo divertido que sería tener ocho de estos animales necios, apestosos, arrugados, grasosos, tramposos y ladrones. Me los imaginé mordiéndose las orejas y persiguiéndose los unos a los otros. Me los imaginé aullando juntos, a la luz de la luna, en un concierto tristón y patético. A Nico ya la estoy entrenando para qué, a la voz de “¡Ataque psíquico de tristeza!”, se dedique a mirar con sus ojos deprimidos al objetivo y es más efectivo que pedirle a un Pastor Alemán qué, vulgarmente, ataque. Ahora imagínense a once rostros arrugados de mirada triste...

Crónica de los cuatro mil mensajes.

By on Jueves, marzo 10, 2011

Anoche visité mi viejo correo de Yahoo. Hace algunos años lo usaba como mi correo electrónico principal. En todos lados lo presentaba como mi buzón: las suscripciones, los negocios y el lugar ideal para recibir las fotografías de nenas en pelotas. La bandeja de entrada se convirtió en un cementerio a través de los años. Ayer que lo visité, tenía 4000 mensajes de spam en la bandeja de entrada. Suspiré resignado y con el prospecto de buscarme una tontería que hacer para evitar el trabajo, los pendientes, las presiones, comencé a limpiarlo. Era algo que había hecho antes… una o dos veces, entrar al viejo correo de yahoo para hacer el mantenimiento y la limpieza. Es como entrar a una casa abandonada donde solías vivir. Entras a mover los muebles pero no tienes el verdadero deseo de limpiarla bien y tampoco tienes el valor para venderla. En el paseo a la casona vieja… llega el momento donde te distraes con las fotografías, los portarretratos, los añejos papeles que guardan un pedazo de tu historia. Dejé de limpiar para releer algunos momentos de mi pasado. Los amigos que tenía en aquel entonces y escribían para saludarme. Las respuestas que les daba a los amigos. (Esos amigos qué, cuando pasa el tiempo, parece que se han ido, parece que te han olvidado, pero sabes que luego volverán a tocar tu puerta. O tú irás a ellos. Habrá un café, unos cigarrillos, un fuerte abrazo y una larga plática de recuerdos tan empolvados como la casona vieja). Miré las fotografías de viejas amantes y me sonreí. Este proceso es uno de tantos recordatorios de la persona que fui y que se repite cada tres o cuatro años. ¿Acaso ha pasado tanto tiempo? Algunos correos están fechados con 2004, otros 2002, otros con 2005. Al menos empiezan con dos. Todos esos pedazos que vamos dejando de nosotros en la red. Los correos electrónicos son aquellos qué están cerrados con llave y guardan lo más preciado, lo más bizarro y lo más íntimo. A veces me los imagino como un locker en el aeropuerto o en “la estación de trenes” (¡cómo en las películas! El personaje llega diez años después a abrir el casillero que esconde una maleta). Mi locker estaba lleno, no sólo de recuerdos, si no de la propaganda, los volantes, las cuentas, las tarjetas de servicios, la basura de los vecinos. Años atrás no hubiera permitido que llegara a tanto porque pues… era como una casa. ¿Entienden? ¿No es una de las compulsiones modernas y, por cierto, muy discretas? Arreglar el correo para que cada cosa esté en su lugar, su carpeta o su etiqueta, el spam va en la carpeta de spam y lo que es basura, va en la basura. Las horas se consumen embelleciendo un correo electrónico. ¿Qué tal con Google, qué su correo asemeja esa enfermedad psíquica tan notable de los acumuladores? Ya no borras ningún correo… no señor, “lo archivas”. A veces me parece terrorífico usar la búsqueda porque no sé que me va a pasar. Cruzo los dedos y doy click suavecito porque no vaya a pasar que se me caigan las las columnas de correos electrónicos encima. Los correos electrónicos asemejan a nuestra habitación de adolescentes (¿recuerdas tu *puto* desmadre?), son cajas de zapatos con fotografías y son hojas que arrancamos del diario y escondemos (porque, seamos honestos, cuando escribimos un diario sabemos el peligro que se corre de que, eventualmente, lo lean. ¿No por eso lo hacemos? Escribimos con esperanzas de que los involucrados se encuentren en nuestras palabras. Que nuestro amor sepa cuanto lo amamos, que nuestros padres reconozcan cuanto los aborrecemos). Pasé un par de horas seleccionando todos los correos basura. Eran 4000, en la ventana miraba de 200 en 200 correos, seleccionaba todos y luego los mandaba al “Spam Guard” (la tecnología de Yahoo! qué te protege y te cuida). Cada montón que mandaba a la bandeja de reciclaje, Spam Guard me daba las gracias y me prometía que mi trabajo había servido para mejorar su desempeño. Yo simplemente no podía creerlo. No podía creer que fuera lo suficientemente intuitivo para detectar que soy mexicano y que estoy recibiendo una parvada de correos árabes compuestos de imágenes de drogas y más correos árabes con mujeres caderonas y arias, en busca de complacerme. Todavía falta para que la computadora me lea los pensamientos. Cuando bajé la cantidad de los correos basura a 1300, lo dejé por el día y me fui a dormir. Pensando, mejor, en aquellos documentos del pasado con los que me distraje durante la limpieza. Esas firmas, esas palabras, esas fotografías, ese amor olvidado. Esta mañana, decidido a limpiar esa casa que fue mía, continúe el trabajo. Descubrí que todo ese spam, de alguna forma, había sido mi error. Muy inteligente Yahoo, muy inteligente. Investigué que mi correo estaba autorizado, según mi perfil de yahoo, para pertenecer a cualquier grupo. Conclusión: Algún spammer metió el correo de yahoo en una lista de grupos árabes, iraníes, afganos, entre otros y como mi correo tenía autorización de pertenecer a cualquier grupo de yahoo, pues así son las cosas. Un año completo se convirtió en cuatro mil correos basura. (Barría, y barría, y no dejaba de juntar bolsitas) ¿Ya ven? Esos pedazos nuestros que permanecen en internet y qué, como una casa, parecen necesitar...

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