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Ráfagas cotidianas (de mediados de Noviembre)

By on Jueves, noviembre 15, 2012

De Cholula Anoche tembló en Guerrero y también se sintió en Cholula. Una sirena antisismos instalada en la UDLA, muy parecida a las de Silent Hill, sonó por toda la colonia. No sabía por qué sonaba. Al principio me pregunté: ¿Quién le pondría una sirena tan fea y escandalosa a su automóvil? Luego me di cuenta del movimiento y, claro, hice lo justo: Entré a Twitter para comprobar que temblaba. Cholula me contenta con sus caminatas. Es obvio por qué: Las estudiantes, sus minifaldas, sus shorts y su juventud comprimida en cuerpos juveniles, curvos y sonrientes. A veces lo lamento: Casarme, quizás, fue el inicio de mi destino para convertirme en un viejo rabo verde. No sólo me gustan las piernas desnudas, me gustan las nubes y las ráfagas de aire. El viento penetra entre las malahierbas de los baldíos y hacen ruido de olas. Observa ese mar vegetal. Aunque desprecio a la gente que anda en caballo sobre la acera (y el camino de mierda que nadie se molesta en limpiar), me gusta ver los caballos y escuchar sus cascos en un paso calmo contra el pavimento. Hace unos días alguien me saludó mientras paseaba y me presentó a otra persona como un tuitstar. Fue una sorpresa curiosa, como la vez que conocí a Gamez en un camión y se presentó como alguien que era fan de mi bitácora. Corregí rápidamente. No dejé que lo hicieran con blogstar, no pienso hacer lo mismo con Twitter. Además, siempre hay peces más grandes que uno (en mi caso, hay muchos) y, por más halagador que pueda ser la ilusión de los seguidores que crecen y las estrellas que dejan, sigue siendo una ilusión. Entre más gente te sigue y te busca, los secretos se descubren, la intimidad transmuta en otra cosa y te manosean como una figura pública. El caso más obvio es el de Hortensia, y su chamaquito. De los perros Como siempre, los perros durmieron durante el temblor. Que los animales avisen de los temblores es un mito. Los primeros días que Sol se fue por trabajo, fui negligente con Nico y dejamos de pasear todos los días. Paseamos poco esa primera semana. Ella me despertó un día a lengüetazos y pidió hablar seriamente conmigo. Una hora de regaños después, le prometí cambiar. Ahora paseamos todos los días, aunque sea poco. Me entristece Killer cuando lo dejo en la casa. Salgo con Nico y a través del vidrio en la puerta, miro como Killer interrumpe su impulso de salir corriendo para simplemente observarnos. Mastica con algo de rencor en su hocico desdentado. Es complicado llevar a dos perros, sobre todo por él: Está acostumbrado a caminar sin correa y tomar la calle a su paso. La correa es una afrenta a su libertad de lobo contenida en el cuerpo de un french minitoy. Quiero ver a Killer viejo (tiene 11 años) pero no puedo. Cuando me animo a sacarlo y hago la maroma de llevar a los dos perros, corre y salta como conejo en el jardín, entre las hierbas. A la hora de cenar, ladra enérgicamente y su cuerpo da pequeños saltitos divertidos. Me hace reír. Nico no quiere comer, aunque eventualmente se rinde y come lo que le doy. Ya lo había hecho antes pero esta vez es más necia. A veces abandona el plato durante una hora en lo que se decide a dar la primera mordida. Me pregunto si busca algún cambio en el alimento. Recientemente lo cambiamos porque el alimento barato provocó una baja de defensas y se quedó sin pelo en un ojo, y en un costado, por culpa de unos hongos. Quizás le cuesta trabajo acostumbrarse a los cambios: Sol no está, los primeros días no paseamos tanto, le cambié la hora del desayuno a la hora que me despierto, cuando salgo la dejo varias horas sola (y no salgo muy a menudo). Es una princesa. Le hace falta un poco de maltrato. Enigmas La Muerte ya sabe de qué nos vamos a morir justo después de la primera nalgada, o del primer llanto. No es tan triste como parece, al contrario, es un consuelo que alguien sepa. Cuando regrese todo estará mejor, pienso, mientras doy un par de vueltas en la cama. He descubierto que nunca estuve habituado a la soledad, casi siempre dormí con gente. Aprecio mis pocos secretos. El ruido blanco me regresa la nostalgia del insomnio infantil. Del lector Pensé que leer Proust le quitaría el sabor a lecturas más fáciles (qué pinche snob, mamón) y no, sigo disfrutando mis libros sencillos. En un aspecto más general, eso me preocupa: el repudio a lo sencillo. Actualmente me encuentro leyendo una antología de cuentos steampunk combinados con romance. Algunos cuentos son entretenidos, unos son buenos y otros son simplemente malos. Ninguno me ha parecido genial. Me dio curiosidad el libro porque me gusta el género pero no había conseguido lectura abundante del mismo (Philip Pullman, Samuel Butler, quizás otro par). Es muy fácil encontrar el género en películas, anime y videojuegos: Mad Max, Final Fantasy, Chrono Trigger, Trigun, One Piece, Wild Wild West y un puñado de títulos más. La estética de las máquinas de vapor, los engranes, los visores y los abrigos me parece fascinante. Del escritor Entiendo la alegría de Alberto Chimal cuando declara, en una entrevista, el triunfo de haber alcanzado 400 páginas (u hojas)...

Pétalos

By on Lunes, octubre 29, 2012

Llega la edad. No puedes hablar de todo lo que se te antoja. O eso parece. Se guardan ciertas cosas en el cajón: Mi engendro recién nacido me aburre, golpeé a mi perro de orejas grandes, mi esposo es impotente, saqué la punta de dieciséis lápices, mi jefe es un idiota, hoy fumé dos cigarrillos, no tengo para comprar cigarros, robé una cartera en el metro, maté al tipo que me debía la renta, ay… las nalgas de la prima, conseguí rayar la Mona Lisa, restauré mal una obra, traduje un cuento pornográfico para subirlo a un foro, me masturbé tres veces en la noche (así comprobé que no da sueño), le puse el pie a un niño escandaloso, atropellé al perro del vecino, limpié la casa, electrocuté a una tarántula, no fumo mota pero digo que sí para que me crean en su grupo, dale-retuit-dale-retuit, hoy desperté mojada. Por eso más vale tomar el camino seguro, bien medido, inmaculado: hablar de las nubes, de los paseos, de las películas y los libros, de los vecinos ruidosos y molestos, de las niñas bonitas —desconocidas— en la plaza, de como-cuándo-y-dónde me acordé de ti, alguna anécdota o chistorete de la mascota o del bebé, lo delicioso que cocina la hermana, los dolores del abuelo, las peculiaridades de la calle en donde vivo, del vigilante y sus moditos al fin que no tiene internet (o lo disimula bien, quizás te fisga en un mundo y en el otro), del escandaloso y “bizarro” porno japonés. Al fin que los halagos son igual de estériles que los chismes jugosos, los momentos aburridos de la rutina, el manjar de los vicios, los rencores mínimos y breves. (¿Y lo son de veras? ¿O puede redimirse la continuidad de momentos aparentemente insulsos? Cada quien) Frutos de un árbol seco repartidos entre mano y mano, en la mordida se escuchan jugosos y crocantes pero son igual de secos que la ceniza entre los dientes. No hay problema, se dice, con un poco de aderezo se arregla. Quizás mañana encuentre una aventura, quizás mañana se convierta en el pirata de brazos biónicos que tanto soñó, en el productor de cine pornográfico o el espía disfrazado de diplomático en algún país ajeno. Difícilmente se sabe cuando la rutina puede ser necesaria. El tuerto todavía es rey porque se dice...

Casting de las caritas.

By on Domingo, julio 15, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 56 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. No hablemos de política, ni de libertades cibernéticas, ni de otras tristezas, ya tendremos tiempo para eso. Mejor les cuento un chisme. En el mundo de la farándula, en la subespecie de los comerciales, existen ciertos proyectos que son el Santo Grial para muchos de los actores y modelos que tratan de ganarse el pan de cada día. No es que los proyecten a la fama, para nada. Como muchas cosas en la vida, todo se trata de la pachocha. Son comerciales que no presentan competencia alguna (contrario a, por ejemplo, si hacen un comercial de Pepsi ya no pueden hacer Coca Cola, al menos, en tres años) y que, además, pagan 40,000 pesos por un día de trabajo. Además, la agencia manda una especificación que tiene el elegantísimo nombre de “Clase C”. Para no herir susceptibilidades, digamos que todo México funciona. Conocer el tabulador de clases en una agencia publicitaria puede ser un ejercicio muy cruel para una sociedad que está aprendiendo a ser políticamente correcta. Esos proyectos suelen tener personajes muy abiertos y de todo tipo: niños de 8 a 11 años, adolescentes de 16 a 20, adultos de 22 a 40 años. El sexo no importa. Cuando una casa de casting abre un comercial con esas especificaciones, el lugar se convierte en un nido de gente hambrienta, ansiosa y preparada a todo para conseguirse un papel. Por ejemplo, hacer un casting de caritas. Es una tortura para el hombre que está atrás de una cámara (especialmente cuando junta a más de mil personas en dos días) pero es una bendición para los modelos y actores, y los niños, sobre todo los niños. Un casting de caritas se trata de grabar al sujeto haciendo una serie de expresiones: triste, pensativo, feliz y sorprendido (las emociones pueden variar, según el director). Es un ejercicio básico que cualquier actor de teatro ya debe dominar. Algunos hasta insultados se sienten cuando se les pide, otros sencillamente se divierten recordando alguno de sus personajes. Para que el director tenga una idea del nivel de improvisación, también se les pide que narren una historia, que hablen, que griten, que exclamen o que digan algo. Es un excelente método para medir capacidades histriónicas. Uno se lleva grata sorpresas al descubrir un hilo conductor de emociones, desde los más expresivos hasta los más sutiles. Sin embargo, honestamente, la mayor parte del tiempo es aburrido. Un casting de ese estilo suele atraer a mucha gente que sueña con salir en la televisión y que, además, desea embolsarse un dinerito, porque debe o porque quiere. No faltan los personajes, de cualquier edad o sexo, que cuando se paran frente a la cámara y se les pide tristeza, dicen: “Estoy muy triste”, y tan triste que apenas puede pronunciarlo. O cuando se les pide alegría: “Estoy feliz”, en un tono plano, serio, apocado, que trae memorias de un suicidio no cometido. No falta, y a veces son horas de rostros en sucesión, de pedir sorpresa y que el sujeto sencillamente exprese: “Wow, que sorpresa”. Wow, goao, guau, como un perro que está esperando en fila, echado en la jaula, su turno a la silla del ejecutado. El casting de las caritas engaña con ser fácil. Tuve la suerte de encontrarme un actor que inventó una historia muy simple, pero entretenida. Triste: ¿No entiendo, cómo sucedió esto?, Enojado: Pero por favor explícame, ¿cómo te embarazaste? Feliz: Por fin tendremos un hijo. Sorprendido: ¡Ni sé para qué me hice la vasectomía! Quienes mejor tienen dominado este ejercicio espiritual, son los niños. Acostumbrados a la desinihibición de su edad, su obligada hiperactividad y que algunas madres los torturan con castings día tras día, ya conocen muy bien el ejercicio de las caras. A su edad no les importa quebrar el rostro, ganarse arrugas nuevas, la búsqueda por provocar la ternura y la travesura. Incluso lo hacen a toda velocidad, sin pensarlo, con ganas de largarse de ahí y regresar a la niñez de su vida. La infancia urgente de regresar a los videojuegos, las tareas, salir con el perro a los parques. No quiero dar a entender que los niños son torturados, no, la verdad muchos disfrutan de sus ganancias tempranas con premios de todo tipo: juegos, celulares, coches a control remoto. Como director, cuando hacía el casting de las caritas con los niños, rompí el esquema incluyendo o inventando ciertas emociones para sacarlos de balance. Me molestaba tanto que los pequeños granujas ya se supieran la rutina que me sentí obligado a robarles la seguridad de los inocentes. Terminando la serie (triste, enojado, feliz, sorprendido), solía incluir otras emociones: conspicuo, ensimismado, apocado, incluyente, ambigüedad, deprimido, hipócrita, entre muchas otras. Luego miraba a los niños aterrorizados al verse frente a esas palabras, otras veces se detenían a pensar e inventaban algún rostro, también recibí sorpresas de niños explorando ese terreno que parecía tan lejano, tan inalcanzable, de la adultez y sus palabras absurdamente precisas. Phillip Larkin, si mal no recuerdo, mantenía correspondencia con un escritor de pornografía. En una de esas cartas, el pornógrafo le menciona que uno de los mayores logros de un escritor es lograr una reacción física de su lector. Obviando...

¿Dónde está el rock?

By on Viernes, junio 15, 2012

¿Todavía existe el rock mexicano? Que chistosa pregunta, es como preguntarse: ¿Todavía existen los hombres de verdad? (Citando libremente a Aquiles Serdán). Paso la tarde escuchando a La Castañeda y a la Cuca, tal vez más tarde ponga a la Maldita, al clásico de viejos Café Tacuba, quizás Molotov, Resorte, Jumbo y un puñado de nombres más, nacidos en los ochentas, que nos rescataron de la apatía noventera… pero el rock mexicano, ¿aún existe? ¿Actualmente quién da los chingadazos con la guitarra? ¿Quién habla hogaño de la Malinche, de la vida pinchona, de los chafiretes y de los trolebuses? ¿Quién nos hace prender el cigarrillo mientras movemos la cabeza hipnóticamente adelante y atrás, y levantamos los brazos en protesta por el mal gobierno, por la revolución jodida, la conquista española y estas ruinas en que nos hemos convertido? En estas etapas electorales se me ocurre que hace falta rock mexicano, rock del viejito, guitarrazo desmadre y diversión. Un botellita de Jerez, por ejemplo, un blues del Tri, pero que no sea el Tri, ¿dónde están los chavos disidentes que tratan de abrirse paso en el MySpace, en el last.fm y consiguen diez mil descargas en un día? ¿A poco ya todo es música para maricones? Y no me malinterpreten, maricones para mí son todos esos delgaduchos debilones que usan cremitas para oler bien (en vez de perfumes, en vez de HUGO BOSS como los machos), que combinan sus tenis morados con sus jeans negros y sus accesorios, que se afeitan y depilan las cejitas y contratan dermatólogos para alisarse la piel. Los maricones son como muñequitos que traen sus camisas a un pecho liso abierto y usan rosarios de colores que hacen juego con sus gorros, y sus ténis converse, y sus anillos dorados. Quizás ya estoy en esa edad donde agradezco los putazos de la infancia y miro a los niños crecidos de hoy, adultos buenos y derechos de veintitantos años, que juegan su adultez con sus deudas de tarjetas de crédito y se compran su skyy vodka para compartirle a las muchachas, y se emborrachan felices, sin otras cicatrices que chocar con un poste por no ver dónde caminan por estar pegados al puto celular, al puto ipod o a su blackberry de fundas moradas. Quizás ya estoy en esa edad donde me cuesta trabajo tomar en serio a las ovejas nacidas en los noventa porque, pues… sí, porque nacieron en los noventa y diez años de vida encabronada pesan, y quisiera agarrarlos a cachetadas, darles una patada en el culo y preguntarles, con los ojos enrojecidos y las mejillas hinchadas: “¿OYE CHAVO, DÓNDE ESTÁ EL PUTO ROCK, DÓNDE?” y mientras susurren, pidan, rueguen “señor amarguetas, por favor, ya no me pegue señor”, levantarlos de la camisa y, como en una película ochentera, con un riff de Iron Maiden, de Helloween, o de la Casta pues, decirles: “El rock está en tu corazón chavo, está en tu...

Las pequeñas comodidades.

By on Miércoles, junio 13, 2012

Uno se acostumbra a sus pequeña comodidades, como la computadora que lleva arrastrando consigo desde hace cinco años. Tengo dos semanas usando una computadora que no es la mía porque la de batalla, al parecer, sospecho e intuyo, tragó demasiada ceniza del Popo y un ventilador dejó de funcionar. Así que apagué la computadora, quince días desde que pidieron la pieza y seguimos esperando. Mientras tanto, estoy con una pequeña macbook que tengo para algunas cuestiones del trabajo y que, la mayor parte del tiempo, la uso como centro de medios conectándola al televisor. Es pequeña, es blanca, es bonita pero no es mi computadora. Como no lo es, no hago el mínimo esfuerzo por escribir, trabajar las historias pendientes o iniciar algún cuento. Ayer, por necedad escribí mi columna y de milagro la terminé. No le iba a decir al señor editor: Oiga, es que no estoy en mi computadora y quiero llorar. ¿Qué clase de hombre haría eso? ¿Qué clase de macho envalentonado, montado en su corcel, se atrevería a decir que como no tiene compucita no puede escribir bu-bu? Sí, esas pequeñas comodidades. Un amigo y mi mujer me comentaron: ¿Si tienes tanto que escribir porque no lo haces a papel y lápiz? Antes lo hacía, antes tenía la paciencia de escribir diez, veinte, treinta páginas, sentarme durante horas. Compraba un cuaderno nuevo para cada proyecto que se me ocurriera, y me dedicaba a escribir, a tachar, a garabatear los personajes, sus perfiles, los escenarios. Hay cuadernos forrados, hay cuadernos vacíos, hay cuadernos sin usar. Tengo plumas y lápices a granel, pero ya no tengo la paciencia. Me duele la mano si escribo a mano. Eso tiene una explicación muy sencilla, superficial y programada. Cuando era niño escribía horrible. Decían que no escribía, que dibujaba arañas. A mí me daba lo mismo. Para mí, la caligrafía ensayada durante esos años era funcional, rápida y comprensible. Entonces una profesora, llamada Elda… por supuesto, tenía que ser una profesora llamada Elda, durante una semana me sentó todos los días a practicar mis letritas. Haz bien tus bolitas, haz bien tus palitos, no te salgas del renglón, todo en su lugar, éjele que monito ¿no cree? No me dejaba salir a recreo si mis planas no estaban bonitas, perfectas, intelegibles. Nunca fui un niño rebelde (eso me dio en la adolescencia), así que obedecí. A la fecha me detengo para ver si la letra es bonita. He tratado de decirme, a últimas fechas, ¿qué importa que tu letra esté bonita? ¿Pues quién chingados la va a leer? ¿Qué clase de escritor respetado revisa su caligrafía? Explorando, buscando, topándose con un puñado de papeles, de borradores, uno descubre como los escritores poblan las páginas de letras, de tachones, de rayones, de letras vivas que desafían los renglones o conforman un paisaje en hojas blancas. El escritor de computadora se enfrenta, se compara (y pierde en el contraste estético) contra las cursivas, la caligrafía rápida, el testimonio de los pensamientos fugaces y violentos que, a los días, a los años, encontraron rayas de reflexión, anotaciones sobrias de lo asonante, lo cacofónico, lo malo. Aprovechando que la computadora está en reposo y mi pequeño capricho de no escribir (aunque hoy decidí romperlo), trabajo los ratos libres en adornar este blog y sus múltiples años, sus múltiples etapas y sus más de mil anotaciones. Reorganizo, ilustro, pulo poquito (casi nada) y anoto cosas que quisiera hacer, como cambiar el nombre del autor en ciertas entradas para separar las edades de uno, hacer un índice visual de las historias y de los cuentos, anotar líneas y separar líneas valiosas que, algún día, me sirvan para escribir otros cuentos. Quizás use las fotos que me faltaron para escribir más fotocuentos, quizás continúe con el ejercicio de los otros o quizás admita que lo mío, es narrar una vida de pequeñas comodidades, en lo que ocurre un accidente, o que me entregue a un vicio. Quizás el árbol 2:17 y yo estamos condenados a una vida donde nos mordemos la cola el uno al otro, y hasta que se muera...

Fiesta de un ratón.

By on Sábado, mayo 12, 2012

No le digan a mi esposa pero que rico son los días de su ausencia. Al menos empiezan bien. Nadie interrumpe el sueño matutino de un vividor de madrugada. Los perros duermen igual o más que yo cuando no perciben gente haciendo alharaca en la casa. Abrazo a los peludos para entregarnos al sueño de los cínicos, de los desvergonzados, de los inútiles y de los malos ejemplos. Paseamos juntos, sí, en el mundo onírico, en jardines vastos, en praderas fértiles y campos asoleados que no queman, e incomodan, por la brisa abundante de los céfiros. Despierto, saco algunos pelos de mi boca y resoplo tristón como resoplan los bassets, gruño malhumorado como los french minitoys. Cuando saco a caminar a los perros, veo las piernitas tiernas de las estudiantes sin luego sentirme culpable o disculparme inmediatamente por andar de mirón. Ya me conocen, tal vez demasiada gente, pero quien sabe por qué siento la necesidad de disculparme. Es como un impulso incontrolable de pedir perdón. A lo mejor es la resonancia de las 180 iglesias de Puebla. También puede ser el gen mexicano, o la culpa la tienen los indígenas, o mi parte criolla, o mi pasado alemán, o la televisión gringa, quien sabe, pero me disculpo con mi mujer por la mirada desviada en estos tiempos tan políticamente insulsos. Será que me tienen bien entrenado. Cuando me dejan solo, pienso: “¡Uh! ¡Hay qué hacer fiesta!” y me imagino que esto se llena de muchachitas voluptuosas, casi desnudas, despojándose eventualmente de sus trapos. Bailan hasta al amanecer. No sucede, verdad que no, pero la imaginación a veces basta. No hago tanto desmadre. Quisiera. Hoy tuve un visitante. Un jardinero que hacía el mantenimiento en mi casa anterior. Lo traje para que cortara mi pasto, mis malamadres, mis amarillas espinosas, mis narcisos y los que no son narcisos. Algún día le preguntaré como se llaman todas esas plantas y como todos esos “algún día”, tal vez nunca lo haga. Le puse música y le ofrecí pique para ver si se desnudaba. No cumplió. Ni modo. A ver si en dos semanas que regrese. Preparo el calendario del abandono: Las caminatas, lo que veré en televisión, las horas de lectura, los cafés y en dónde, los videojuegos que tengo pendientes desde hace más de diez años, las horas que pasaré frente a la ventana vigilando a Don Goyo y rezándole para que explote, por favor que explote para interrumpir los fuegos artificiales programados de las iglesias, y que la gente salga corriendo de sus casas con las manos en la cabeza como si ya se estuvieran quemando, y ojalá, nomás porque sí, entre esas gentes haya piernudas encueraditas que lleguen a mi casa buscando refugio. Ojalá. Cuando pasen las horas y tropiece con ropa usada, con las sillas mal puestas, con los platos sucios, quizás la ropa interior ajena y los ceniceros llenos, entonces me pondré el delantal, justo como hago cuando ella está, y mientras los perros me apuntan con la cabeza, aburridos, porque no hay otra cosa que mirar, haré el aseo de la casa, bailaré con la escoba y el trapeador, pondré las cosas en su lugar y entonces, sólo entonces, será menos tiempo para decirle: “¡Qué bueno que ya...

¿qué cambió en una hora?

By on Jueves, enero 12, 2012

Buscando la felicidad del perro y mejorar mi salud, decidí aumentar el tiempo de los paseos que damos en el día. Lo difícil es buscar una ruta que no se repita (no soy el único que se aburre. La nariz de Nico se la pasa buscando nuevos olores), un circuito que sea largo y fluido. Con fluido, busco que no crucemos calles y que no estemos caminando sobre mucha basura. La basura es la perdición de un sabueso. Tampoco me gustaba la idea de alejarme mucho de la universidad. Pasear cerca de ella es divertido porque muchos estudiantes le sonríen a Nico en las mañanas y de paso, una que otra jovenzuela me regala un saludo que es suficiente para enamorarse en el día. Intenté dos cosas: Caminar dos veces un mismo circuito y unir dos de los circuitos que acostumbro. Pensé que lo primero sería aburrido. Decidí tomar el tiempo y me pregunté como todo un aventurero de televisión–: ¿Cuánto podría cambiar en una hora? –Eran las ocho y media de la mañana. Esto fue lo que sucedió: * Había más coches por las calles. (¿No las escuelas abren más temprano?) * Se prendieron los aspersores de una casa preciosa que tiene un vasto jardín. Cuando me siento Chucho el roto, sueño con comprar un boleto de lotería para poder comprar esa casa. Estimo que costará entre cinco y siete millones para que se imaginen que tan grande es. * Los perros del campo de fútbol rápido están encerrados tras las rejas y nadie ha llegado a abrirlo. Me llaman la atención porque Nico se acerca a saludarlo. * Muchos coches por la lateral de la recta. * Todos los negocios de la recta están cerrados. * Entra más gente al hotel de paso que me queda de camino (de dos a que no entre nadie, quiere decir que “entre más temprano nos escapemos pa’ coger, mejor”). Para entonces Nico ya tenía la lengua de fuera y caminaba más tranquila. En la segunda vuelta, el mundo se dobló hacia fuera. * Ni un coche en las callecitas. * Las señoras en el estacionamiento aprovechaban para ponerse al corriente y platicar. (No hay nada más feo que una madre en las mañanas: sin maquillaje, en fachas, con las ojeras a todo lo que da y con la pena de sonreír sabiendo lo deplorable de su estado por culpa de los pinches chamacos). * Los aspersores y las mangueras de la casa grande estaban apagados y el perro que suele proteger la entrada ya estaba listo para no permitir que nos acercáramos. * Los perros del campo de fútbol ya estaban liberados. * Menos coches en la lateral de la recta. Ya nadie entró al hotel pa’ coger. * Los negocios en la recta ya estaban abriendo. * Un choque en una de las avenidas que llevan hacia la universidad. Me contenté cuando se me reveló un mundo nuevo por unos minutos de...

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