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Tres coronas

By on Viernes, noviembre 30, 2012

Viajando, de repente, me encontré en esta esquina y me detuve a tomarle una foto. “Aquí nos encontramos”, anoté, y luego la esquina dejó de ser esquina, se convirtió en una estructura, un edificio de tres sombreros. Todavía no me recuperaba de mi asombro cuando se convirtieron en tres escalones, y terminó mi viaje, en realidad me encontraba bajando las escaleras de no importa donde, en una espiral infinita, es el momento donde todo se junta: suelo, tierra, cielo. Los tres edificios son una metáfora: ¿presente, pasado y futuro?; ¿hijo, padre y espíritu santo?; ¿madre, padre, hijo?; ¿Clavel, rosa o gardenia? Los tres edificios no son una metáfora, no son edificios, son peldaños. Los tres edificios son tres ventanas, tres gigantes, tres piernas de una deidad inalcanzable. La trinidad de los reflejos, las angustias y una alegría piadosa para llegar al final de los días. No dejo de pensar en Cronos y como devoraba continuamente a sus hijos. Sí, pues, la gente ya se ocupó en estudiar a Cronos y sus connotaciones sexuales, coprofágicas, freudianos empolvados consumiéndose en su propio óxido, hablemos de otro Cronos, uno similar pero ocupado en otra cosa. Antes era Cronos y para escribir, estaba comiendo y regurgitando continuamente mis hijos, momentos inspirados, creación imparable. Ahora, quizás, soy otra cosa. Alguno de los hijos de Cronos. No puedo escribir, como antes, sin sentir un asomo de culpa. Observo a Cronos, soy el testigo, y no sin antes de una observación meticulosa, anoto en un cuaderno lo que recojo: Su rostro relajado al satisfacer el hambre, el vagido de los niños mientras son triturados entre sus dientes, la expresión inexpugnable de Rea quien guarda, en su interior, el rencor de ser una madre interrumpida. Atrás las cortinas del universo, el mundo todavía no es creado, y si consigo separarme, escribo del testigo que mira la escena y anota cautelosamente cada una de las cosas que suceden. Recuerdo a los Cuatro Fantásticos y la primera vez que se encontraron con Galactus, Cronos renacido, el devorador de mundos. Cuatro pobres cabrones, con poderes y todo, apenas tienen el tamaño para abrazar uno de los dedos de esa entidad imparable. ¿Cómo podrán detener algo tan grande?, imaginaba, es aún mayor que Godzilla o King Kong. En Final Fantasy VI es una sorpresa cuando enfrentas a Kefka, ya con el poder de los dioses asimilado por su cuerpo, primero te lo presentan como un hombre y después descubres que su cuerpo está dividido en cuatro pantallas. Un cuerpo monstruoso y angelical, entrelazado con otros cuerpos y otras criaturas, construyen un árbol que atraviesa los cielos. (Quizás sólo deseaba romper el televisor, conseguir una entrada a este mundo). La primera vez que lo juegas no sobra ninguno de los personajes, los usarás a todos para vencer al dios falso. En Marvel contra Capcom, eventualmente, peleas contra Onslaught o contra Apocalypse (depende de la versión, en realidad no importa). Tus personajes diminutos luchan contra una mano, y quizás contra una cabeza, existe un ligero temor de que al villano se le ocurra pelear con todo el cuerpo y se deje de tonterías. Lavos, el dios del tiempo, ocupa toda la pantalla. Salí a comprar cigarrillos y cuando regresé, Nico hizo su festejo acostumbrado. Fue por su oso gordo de peluche, lo agarró con el hocico y paseó en círculos, contoneando suavemente las caderas. Es una perra coqueta, pienso divertido por las múltiples connotaciones de la frase. Al principio, por alguna razón, pensaba que su fijación por el muñeco correspondía a la necesidad quebrada de procrear una camada. El muñeco son los hijos que jamás tendrá. Siento algo de tristeza por todo lo que leí de los bassets como madres y que nunca veré presente en el mío. Me hubiera gustado, sí, tal vez. Encendí un cigarrillo, Nico me miró a los ojos y luego renuncié al pensamiento, es la soledad la que convierte al perro en un individuo. Solo eres una mascota, murmuré, y Nico me ladró. Está bien, dije y me acerqué para palparle su cabeza, también eres mi compañera, mi guardián...

Ráfagas cotidianas (de mediados de Noviembre)

By on Jueves, noviembre 15, 2012

De Cholula Anoche tembló en Guerrero y también se sintió en Cholula. Una sirena antisismos instalada en la UDLA, muy parecida a las de Silent Hill, sonó por toda la colonia. No sabía por qué sonaba. Al principio me pregunté: ¿Quién le pondría una sirena tan fea y escandalosa a su automóvil? Luego me di cuenta del movimiento y, claro, hice lo justo: Entré a Twitter para comprobar que temblaba. Cholula me contenta con sus caminatas. Es obvio por qué: Las estudiantes, sus minifaldas, sus shorts y su juventud comprimida en cuerpos juveniles, curvos y sonrientes. A veces lo lamento: Casarme, quizás, fue el inicio de mi destino para convertirme en un viejo rabo verde. No sólo me gustan las piernas desnudas, me gustan las nubes y las ráfagas de aire. El viento penetra entre las malahierbas de los baldíos y hacen ruido de olas. Observa ese mar vegetal. Aunque desprecio a la gente que anda en caballo sobre la acera (y el camino de mierda que nadie se molesta en limpiar), me gusta ver los caballos y escuchar sus cascos en un paso calmo contra el pavimento. Hace unos días alguien me saludó mientras paseaba y me presentó a otra persona como un tuitstar. Fue una sorpresa curiosa, como la vez que conocí a Gamez en un camión y se presentó como alguien que era fan de mi bitácora. Corregí rápidamente. No dejé que lo hicieran con blogstar, no pienso hacer lo mismo con Twitter. Además, siempre hay peces más grandes que uno (en mi caso, hay muchos) y, por más halagador que pueda ser la ilusión de los seguidores que crecen y las estrellas que dejan, sigue siendo una ilusión. Entre más gente te sigue y te busca, los secretos se descubren, la intimidad transmuta en otra cosa y te manosean como una figura pública. El caso más obvio es el de Hortensia, y su chamaquito. De los perros Como siempre, los perros durmieron durante el temblor. Que los animales avisen de los temblores es un mito. Los primeros días que Sol se fue por trabajo, fui negligente con Nico y dejamos de pasear todos los días. Paseamos poco esa primera semana. Ella me despertó un día a lengüetazos y pidió hablar seriamente conmigo. Una hora de regaños después, le prometí cambiar. Ahora paseamos todos los días, aunque sea poco. Me entristece Killer cuando lo dejo en la casa. Salgo con Nico y a través del vidrio en la puerta, miro como Killer interrumpe su impulso de salir corriendo para simplemente observarnos. Mastica con algo de rencor en su hocico desdentado. Es complicado llevar a dos perros, sobre todo por él: Está acostumbrado a caminar sin correa y tomar la calle a su paso. La correa es una afrenta a su libertad de lobo contenida en el cuerpo de un french minitoy. Quiero ver a Killer viejo (tiene 11 años) pero no puedo. Cuando me animo a sacarlo y hago la maroma de llevar a los dos perros, corre y salta como conejo en el jardín, entre las hierbas. A la hora de cenar, ladra enérgicamente y su cuerpo da pequeños saltitos divertidos. Me hace reír. Nico no quiere comer, aunque eventualmente se rinde y come lo que le doy. Ya lo había hecho antes pero esta vez es más necia. A veces abandona el plato durante una hora en lo que se decide a dar la primera mordida. Me pregunto si busca algún cambio en el alimento. Recientemente lo cambiamos porque el alimento barato provocó una baja de defensas y se quedó sin pelo en un ojo, y en un costado, por culpa de unos hongos. Quizás le cuesta trabajo acostumbrarse a los cambios: Sol no está, los primeros días no paseamos tanto, le cambié la hora del desayuno a la hora que me despierto, cuando salgo la dejo varias horas sola (y no salgo muy a menudo). Es una princesa. Le hace falta un poco de maltrato. Enigmas La Muerte ya sabe de qué nos vamos a morir justo después de la primera nalgada, o del primer llanto. No es tan triste como parece, al contrario, es un consuelo que alguien sepa. Cuando regrese todo estará mejor, pienso, mientras doy un par de vueltas en la cama. He descubierto que nunca estuve habituado a la soledad, casi siempre dormí con gente. Aprecio mis pocos secretos. El ruido blanco me regresa la nostalgia del insomnio infantil. Del lector Pensé que leer Proust le quitaría el sabor a lecturas más fáciles (qué pinche snob, mamón) y no, sigo disfrutando mis libros sencillos. En un aspecto más general, eso me preocupa: el repudio a lo sencillo. Actualmente me encuentro leyendo una antología de cuentos steampunk combinados con romance. Algunos cuentos son entretenidos, unos son buenos y otros son simplemente malos. Ninguno me ha parecido genial. Me dio curiosidad el libro porque me gusta el género pero no había conseguido lectura abundante del mismo (Philip Pullman, Samuel Butler, quizás otro par). Es muy fácil encontrar el género en películas, anime y videojuegos: Mad Max, Final Fantasy, Chrono Trigger, Trigun, One Piece, Wild Wild West y un puñado de títulos más. La estética de las máquinas de vapor, los engranes, los visores y los abrigos me parece fascinante. Del escritor Entiendo la alegría de Alberto Chimal cuando declara, en una entrevista, el triunfo de haber alcanzado 400 páginas (u hojas)...

Todavía me pregunta.

By on Miércoles, agosto 15, 2012

Todavía me pregunta si le quiero. No le voy a decir que no. No soy sonso. La quiero pero soy el idiota de siempre: también me lo cuestiono, así como me cuestiono todo lo demás. Si el piso donde mis pies me sostienen es real o es una proyección del otro lado del universo, por ejemplo, o si de verdad disfruto la música que escucho, o si me puedo auto hipnotizar para aprender una maestría en economía, o si el horóscopo de hoy tiene razón o es la misma faramalla de siempre. Me pregunto esas cosas porque soy el mismo idiota. Luego despierto y siento un súbito amor por ella, y por sus calzones, y el pasito coqueto de tabasqueña cachonda, y como ronca, dios, como roncan ella y el perro y sostienen una conversación fascinante, y muy aburrida a la vez, porque no les entiendo nada. Ni modo, el mismo idiota, vine con etiquetas de aviso, con la recomendación de usar un hazmat suit si te acercas: sigo apreciando las piernas ajenas, las falditas de chamaquitas enamoradas, las fotografías perniciosas de las morritas indiscretas y sus delirantes confesiones reales o imaginadas. Así me quiere, quien sabe por qué, y yo también lo hago, aunque me lo pregunte como sintiéndose vieja, insuficiente, y ya le haya dicho que siendo otro hombre, uno al otro lado de la acera que nos mira caminar juntos, estaría viendo la oportunidad de arrancarle de la presencia de aquel idiota que se pregunta si no es una simulación de una computadora. Así también le quiero. Ahora no hablemos de amor porque esa es otra cosa, y algunos tontos se...

¿qué cambió en una hora?

By on Jueves, enero 12, 2012

Buscando la felicidad del perro y mejorar mi salud, decidí aumentar el tiempo de los paseos que damos en el día. Lo difícil es buscar una ruta que no se repita (no soy el único que se aburre. La nariz de Nico se la pasa buscando nuevos olores), un circuito que sea largo y fluido. Con fluido, busco que no crucemos calles y que no estemos caminando sobre mucha basura. La basura es la perdición de un sabueso. Tampoco me gustaba la idea de alejarme mucho de la universidad. Pasear cerca de ella es divertido porque muchos estudiantes le sonríen a Nico en las mañanas y de paso, una que otra jovenzuela me regala un saludo que es suficiente para enamorarse en el día. Intenté dos cosas: Caminar dos veces un mismo circuito y unir dos de los circuitos que acostumbro. Pensé que lo primero sería aburrido. Decidí tomar el tiempo y me pregunté como todo un aventurero de televisión–: ¿Cuánto podría cambiar en una hora? –Eran las ocho y media de la mañana. Esto fue lo que sucedió: * Había más coches por las calles. (¿No las escuelas abren más temprano?) * Se prendieron los aspersores de una casa preciosa que tiene un vasto jardín. Cuando me siento Chucho el roto, sueño con comprar un boleto de lotería para poder comprar esa casa. Estimo que costará entre cinco y siete millones para que se imaginen que tan grande es. * Los perros del campo de fútbol rápido están encerrados tras las rejas y nadie ha llegado a abrirlo. Me llaman la atención porque Nico se acerca a saludarlo. * Muchos coches por la lateral de la recta. * Todos los negocios de la recta están cerrados. * Entra más gente al hotel de paso que me queda de camino (de dos a que no entre nadie, quiere decir que “entre más temprano nos escapemos pa’ coger, mejor”). Para entonces Nico ya tenía la lengua de fuera y caminaba más tranquila. En la segunda vuelta, el mundo se dobló hacia fuera. * Ni un coche en las callecitas. * Las señoras en el estacionamiento aprovechaban para ponerse al corriente y platicar. (No hay nada más feo que una madre en las mañanas: sin maquillaje, en fachas, con las ojeras a todo lo que da y con la pena de sonreír sabiendo lo deplorable de su estado por culpa de los pinches chamacos). * Los aspersores y las mangueras de la casa grande estaban apagados y el perro que suele proteger la entrada ya estaba listo para no permitir que nos acercáramos. * Los perros del campo de fútbol ya estaban liberados. * Menos coches en la lateral de la recta. Ya nadie entró al hotel pa’ coger. * Los negocios en la recta ya estaban abriendo. * Un choque en una de las avenidas que llevan hacia la universidad. Me contenté cuando se me reveló un mundo nuevo por unos minutos de...

perros que están cansados.

By on Lunes, noviembre 14, 2011

Casi dos semanas después de la operación y de que la veterinaria confirmó que mi basset hound es un ejemplo de salud y de energía, me dieron permiso de salir a caminar con ella como regularmente hacía: dos paseos diarios de 40 minutos. Cuando mi esposa la trajo a casa, el perro era un saco de pulgas lamentable, que apenas podía moverse y titiritaba de frío con un poquito de corriente. La tuve en mis brazos porque había que cargarla a todas partes. Me dio tristeza mi perra. Me arrepentí de la operación al verla tan perdida. Sus ojos parecían llenos de humo, pensando en todos los hermosos cachorritos que jamás saldrían expulsados como parásitos. Lamentaba con tristeza que jamás consumirían su vientre, sus comidas, su vida. Durmió mucho un par de días. Se enroscaba para crearse un mundo propio de calor y de descanso. Nico apenas abría los ojos para mirar lo que hacía ruido y lo que los otros integrantes de su manada estaba haciendo. Entonces pensé en todo lo que habían dicho—. Le hará daño a su humor, engordará mucho y se convertirá en una sombra diluida de todo lo que pudo ser. Al tercer día la perra ya estaba aburrida. Medio dormido, me despertó su gañido cuando intentó brincar a la cama y le dolió la herida. La bajé entre mis brazos, encontró su pato de peluche, lo tomó con el hocico y me gruñó para invitarme a jugar. Brincaba para llamar mi atención, subía de un brinco a los sillones y jugaba al Fitipaldi entre la puerta del jardín, y la entrada de la casa. La miraba correr. Entonces sentía un retortijón en el vientre, pensando en las advertencias de la veterinaria: Le puede salir una hernia y entonces sí, ya se nos complicó la vida. Procurando su bienestar, la sacaba al jardín y cerraba la puerta, para que tuviera tiempo de echarse a descansar. Nico se acabó la corteza del limonero de lo aburrida que estaba. Y yo que pensaba que las espinas del limón me ayudarían a detenerla. Estaba equivocado. No tenía un perro… tenía un cancerbero. Un sabueso del infierno que exhalaba llamas por las narices de lo aburrida que estaba. “La sombra de los cachorros que nunca tuvo”, que imagen más estúpida. Más bien parecía que le habían dado permiso para romper toda existencia sedentaria que exige el trabajo de su dueño. La veterinaria me dijo que podía sacarla a caminar en muy breves espacios de tiempo cada dos horas. Las primeras caminatas confirmaron la fragilidad de su estado. Al llegar a casa, le faltaba el aire y se echaba a dormir. Aunque después de una hora, ya estaba levantada, gruñendo y mirándome intensamente. Necesitaba ofrecerle algo qué hacer. Fue la semana de las carnazas, que a veces lograban distraerla otra hora antes de hacer el segundo paseo. Cuando se acostumbró a las caminatas de cinco minutos, me animé a caminarla un poco más… aunque el poco tiempo no ayudaba en nada, sentía que nos estábamos preparando para regresar a nuestro rutina acostumbrada. Hoy pude caminar con mi saco de pulgas. Hicimos el circuito de siempre. Ella se detenía a oler el pasto y orinarlo. Yo me dedicaba a jalonearla y llamar su atención. Nos costó trabajo agarrar ritmo pero eventualmente todo salió bien. Estas pequeñas costumbres que estructuran los días y que luego dificultan la vida si no se cumplen. Me gustaría pensar que Nico sintió tanta paz como yo la sentí cuando pudimos dar esa primera caminata después de un tiempo breve que registré, por humano que soy, como una...

hombre que no se aprende el tiempo.

By on Miércoles, noviembre 9, 2011

El tiempo existe como un estado de ánimo para ciertas personas. Cuando llega noviembre se entristecen, cuando llega la tercera semana de julio se alegran. Los amantes follan durante toda la primavera o durante todo el verano. Algunos son más específicos con los días. Días que nos recuerdan la muerte, el nacimiento, el rompimiento y el inicio de una relación. Hay gente que espera con ansiedad los números temporales para dictarle a su cuerpo cuánto debe llorar, reír o sumirse en una profunda nostalgia. Esperan para abandonarse a una catatonia de melancolía. También tengo mi mes: Diciembre. Para mí, el doceavo mes proyecta la sombra de un recuerdo en cada uno de sus días. No sólo los regalos de Navidad, mi cumpleaños y los cumpleaños de otros, la muerte, las luces citadinas, la gente en los aparadores, los cínicos y los optimistas se miran cara a cara en Diciembre. Aunque estos últimos años, me siento un simple observador, me siento más tranquilo. No es por decisión propia, es por ese mecanismo curioso que llamamos familia (la propia, la del otro, la de los dos). Será que el matrimonio me tiene ocupado con tanto viaje y tantos compromisos familiares. Pienso en diciembre como un cúmulo de pasados, cántaros de agua de la que puedo servirme para refrescarme la memoria. En todas las etapas de mi vida esperé Diciembre para descubrir lo que pasaría, como terminaría el año y con qué cara iniciaría el nuevo. Todavía pienso en ello, pero con el metabolismo apagado y la prudencia de un adulto. Quién sabe cuales mecanismos hay en el cerebro que cambia todas esas toxinas, esas hormonas, la circulación de la sangre y con qué tanta intensidad se siente el humo en los pulmones, que las cosas pierden su importancia. Diciembre es el único mes que me sé. Tal vez es por mero azar. Por ser el último. Como Diciembre guarda todo tipo de energías en sus días, más cosas suceden. Supongo que debería intentar hipnotizar a alguien en diciembre y obtendré mejores resultados. Es el único mes que me sé. Digo esto porque si me preguntan el orden de los meses, fallaría miserablemente después de Abril (tal vez antes), y hay gente que los recita tan bien como si estuvieran recitando el abecedario o del uno al diez. También saben cuántos días tiene cada mes. Cuando tienen 28 ó 29, cuando tienen 30 ó 31. Algunos, los más avanzados, ya con esos cálculos en su cabeza, pueden decirte cuando caen los puentes vacacionales. Se me hace tan chistosa esa palabra para el tiempo: Puente. Me hace imaginar agujeros de gusano, cabinas policiacas inglesas, sombras que atraviesan dimensiones, líneas temporales alternas. ¿Es necesario algo tan complejo para viajar en el tiempo? No lo creo. Más fácil está el recuerdo. Lo verdaderamente genial sería que algún deschavetado empiece a confundir las fechas: el sábado se convierte en jueves y el miércoles es verano. Los amantes que follan en primavera, a gracia de su cabeza descompuesta, ahora cogen la segunda semana de julio y le echan ganas para poner todo el verano en esa única semana. Un hipersentimiento de que un día es otro día. ¿Saben a lo que me refiero? Cuando piensas que el viernes es domingo y sientes una ligera angustia porque debes levantarte para trabajar al día siguiente, y el subsecuente alivio cuando revisas el calendario. Tan fácil que se quiebra uno si le cambian los tiempos. Imagínense ahora que sucediera de manera permanente. El tiempo es un monstruo caprichoso que ha crecido tanto porque el hombre se lo ha permitido. Un hombre que no piense en el tiempo parece ridículo, inclusive hereje. El tiempo es un dios que tiene muchos fieles, sobre todo en las ciudades, donde cada unidad cuenta y es preciada, donde domina el destino por los tráficos y los trámites burocráticos, y las líneas de espera. El tiempo no se reconoce en los pueblos donde niños en bicicleta salen por las tortillas y toman un desvío para mojarse los pies y las caras en un río. El tiempo parece otro cuando salgo una hora completa a caminar con la perra y no se siente la interrupción si un extraño se acerca para acariciarle las orejas, preguntar si muerde y luego sorprenderse agradablemente con que el animal le ofrece la panza para acariciarle. Ahora que recuerdo… olvidé mi reloj en mi última ida a la ciudad de México. Eso fue hace dos semanas y apenas me doy...

Mundo que pronto será nuestro, Nico.

By on Miércoles, abril 20, 2011

Anoche, mientras leía Asimov y un libro de artículos que escribió acerca de ciencia básica, empecé a recordar durante el día todo lo que había hecho Nico, la basset hound, alrededor de la casa: orinar frente a la puerta, masticar los controles del wii, robarse mis calcetines sucios, tratar de llegar de un salto a la mesa para comerse el pan, morder frustrada los cojines y ladrarme de vez en cuando a manera de reto para ver si muy muy macho alfa. Dejé el libro. De alguna forma había logrado su cometido: Ponerme a pensar algo práctico. No podía concentrarme en la lectura con todo lo que había pasado durante el día y cuando me asomé a ver a la bestia de mis recuerdos, dormía angelicalmente mientras un cúmulo de baba se esparcía cómodamente sobre su cama. Qué pronto crecen estos animales –angelitos de la naturaleza–, pensé primero y luego corregí mi línea de pensamiento a lo que de verdad importa–. Necesito cansarla o destruirá la casa. Así que abandoné las aspiraciones de lectura, ajusté el despertador a las siete y media y me imaginé el día de mañana, caminando junto a la perra por todo Cholula, viviendo esa romántica complicidad del amo y su perro desde bien temprano. Uno, quién sabe de dónde, se imagina a un vagabundo y su Border Collie, recorriendo las calles adoquinadas y deteniéndose a comer una hogaza de pan en cada farol mientras unas alemanas de mejillas sonrojadas cantan una canción campirana. Esa imagen ha logrado diluirse con todas las veces que he tenido que meter la mano al hocico de Nico para sacar los resultados de su eterna voracidad: restos de alguna comida, hojas de alguna flor, cadáveres de insectos grandes y por supuesto, pequeños cuadritos de mierda. Mis manos ya tienen más experiencia de vida que todo mi cuerpo y la curiosidad infantil, traspasada al hocico de un perro, es de las experiencias más grotescas y menos deseables que uno puede desear, vivir, experimentar, imaginarse siquiera. Nos levantamos hasta las ocho de la mañana. Primera vez que agarré a la perra dormida. Me levanté antes de que tratara de subirse a la cama y además, antes de que golpeara con su nariz mi rostro en su afán torpe y natural. Estos últimos días así me despierta, como reloj, un poco antes de las nueve de la mañana. Cuando el reloj se descompone, que será una vez cada tres o cuatro días, y no me despierta, entonces abro los ojos y la busco con la mirada: Así la descubro masticando alguno de mis calcetines, luego nuestros ojos se encuentran, deja el calcetín y como una jabalina se abalanza sobre mí. Su nariz golpea mi rostro, su lengua me alcanza a empapar la cara y la rutina de la vida alcanza su normalidad. Decidí probar algo nuevo. Llevé premios para caminar junto a ella y dárselos, cuando no se metía nada a la boca. También llevé estos premios para que se concentrara en caminar a mi lado. Ahora que está creciendo, cuesta más trabajo jalar su correa cuando algún olor la distrae. Las primeras veces me preguntaba por qué costaba trabajo caminar con ella y luego, entendí una verdad muy simple y que parece había obviado: mi perro era un sabueso y su nariz siempre intentaría guiar nuestros pasos. Lo de los premios funcionó muy bien un par de veces, pero en otras ocasiones, fue inevitable que se tragara algo o que su nariz quisiera llevarnos por caminos sospechosos, oscuros e imposibles. Al final, no me puedo quejar… este ha sido uno de los mejores días que han tenido mis manos como exploradoras y guardianas de la boca del perro. Su hambre tiene algunos beneficios: como todo lo desea, todo se convierte en un premio para ella. Puedo darle, sin ninguna dificultad, pedazos de zanahoria o hielos a la orden de siéntate y ella obedece, porque su estómago la controla, no puede evitarlo. En cuestión de premio y entrenamiento, esta podría ser la perra más barata del mundo. A cambio, su necedad es tan intensa como su obediencia por un cubo de hielo. Unas por otras, que ni qué, shabalada-ding-dong. Casi al terminar nuestra caminata, nos encontramos un par de corredoras. Una de ellas nos vio y se acercó a nosotros. –Es un basset, ¿verdad? ¿Es hembra o machita? –me preguntó. Me sonreí por lo de machita–. Es hembra, le respondí. –Es que yo tengo un basset y quiero cruzarlo. ¿Tiene pedigrí? –Uh no, no tiene papeles. –Está muy bonita. –Sí, están muy bien todos sus rasgos de basset… pero esta es muy chiquita, apenas es un cachorro de cinco meses. Todavía no. –¿Te dejo mi teléfono para cuándo puedas? Después de darme sus datos, la corredora se apresuró a alcanzar a la otra y me imaginé, de pronto, lo divertido que sería tener ocho de estos animales necios, apestosos, arrugados, grasosos, tramposos y ladrones. Me los imaginé mordiéndose las orejas y persiguiéndose los unos a los otros. Me los imaginé aullando juntos, a la luz de la luna, en un concierto tristón y patético. A Nico ya la estoy entrenando para qué, a la voz de “¡Ataque psíquico de tristeza!”, se dedique a mirar con sus ojos deprimidos al objetivo y es más efectivo que pedirle a un Pastor Alemán qué, vulgarmente, ataque. Ahora imagínense a once rostros arrugados de mirada triste...

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