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Tres coronas

By on Viernes, noviembre 30, 2012

Viajando, de repente, me encontré en esta esquina y me detuve a tomarle una foto. “Aquí nos encontramos”, anoté, y luego la esquina dejó de ser esquina, se convirtió en una estructura, un edificio de tres sombreros. Todavía no me recuperaba de mi asombro cuando se convirtieron en tres escalones, y terminó mi viaje, en realidad me encontraba bajando las escaleras de no importa donde, en una espiral infinita, es el momento donde todo se junta: suelo, tierra, cielo. Los tres edificios son una metáfora: ¿presente, pasado y futuro?; ¿hijo, padre y espíritu santo?; ¿madre, padre, hijo?; ¿Clavel, rosa o gardenia? Los tres edificios no son una metáfora, no son edificios, son peldaños. Los tres edificios son tres ventanas, tres gigantes, tres piernas de una deidad inalcanzable. La trinidad de los reflejos, las angustias y una alegría piadosa para llegar al final de los días. No dejo...

Ráfagas cotidianas (de mediados de Noviembre)

By on Jueves, noviembre 15, 2012

De Cholula Anoche tembló en Guerrero y también se sintió en Cholula. Una sirena antisismos instalada en la UDLA, muy parecida a las de Silent Hill, sonó por toda la colonia. No sabía por qué sonaba. Al principio me pregunté: ¿Quién le pondría una sirena tan fea y escandalosa a su automóvil? Luego me di cuenta del movimiento y, claro, hice lo justo: Entré a Twitter para comprobar que temblaba. Cholula me contenta con sus caminatas. Es obvio por qué: Las estudiantes, sus minifaldas, sus shorts y su juventud comprimida en cuerpos juveniles, curvos y sonrientes. A veces lo lamento: Casarme, quizás, fue el inicio de mi destino para convertirme en un viejo rabo verde. No sólo me gustan las piernas desnudas, me gustan las nubes y las ráfagas de aire. El viento penetra entre las malahierbas de los baldíos y hacen ruido de olas. Observa ese mar vegetal. Aunque desprecio a la gente que anda en...

Todavía me pregunta.

By on Miércoles, agosto 15, 2012

Todavía me pregunta si le quiero. No le voy a decir que no. No soy sonso. La quiero pero soy el idiota de siempre: también me lo cuestiono, así como me cuestiono todo lo demás. Si el piso donde mis pies me sostienen es real o es una proyección del otro lado del universo, por ejemplo, o si de verdad disfruto la música que escucho, o si me puedo auto hipnotizar para aprender una maestría en economía, o si el horóscopo de hoy tiene razón o es la misma faramalla de siempre. Me pregunto esas cosas porque soy el mismo idiota. Luego despierto y siento un súbito amor por ella, y por sus calzones, y el pasito coqueto de tabasqueña cachonda, y como ronca, dios, como roncan ella y el perro y sostienen una conversación fascinante, y muy aburrida a la vez, porque no les entiendo nada. Ni modo, el mismo idiota, vine con etiquetas de aviso, con la recomendación de usar un hazmat suit si te acercas:...

¿qué cambió en una hora?

By on Jueves, enero 12, 2012

Buscando la felicidad del perro y mejorar mi salud, decidí aumentar el tiempo de los paseos que damos en el día. Lo difícil es buscar una ruta que no se repita (no soy el único que se aburre. La nariz de Nico se la pasa buscando nuevos olores), un circuito que sea largo y fluido. Con fluido, busco que no crucemos calles y que no estemos caminando sobre mucha basura. La basura es la perdición de un sabueso. Tampoco me gustaba la idea de alejarme mucho de la universidad. Pasear cerca de ella es divertido porque muchos estudiantes le sonríen a Nico en las mañanas y de paso, una que otra jovenzuela me regala un saludo que es suficiente para enamorarse en el día. Intenté dos cosas: Caminar dos veces un mismo circuito y unir dos de los circuitos que acostumbro. Pensé que lo primero sería aburrido. Decidí tomar el tiempo y me pregunté como todo un aventurero de televisión–: ¿Cuánto...

perros que están cansados.

By on Lunes, noviembre 14, 2011

Casi dos semanas después de la operación y de que la veterinaria confirmó que mi basset hound es un ejemplo de salud y de energía, me dieron permiso de salir a caminar con ella como regularmente hacía: dos paseos diarios de 40 minutos. Cuando mi esposa la trajo a casa, el perro era un saco de pulgas lamentable, que apenas podía moverse y titiritaba de frío con un poquito de corriente. La tuve en mis brazos porque había que cargarla a todas partes. Me dio tristeza mi perra. Me arrepentí de la operación al verla tan perdida. Sus ojos parecían llenos de humo, pensando en todos los hermosos cachorritos que jamás saldrían expulsados como parásitos. Lamentaba con tristeza que jamás consumirían su vientre, sus comidas, su vida. Durmió mucho un par de días. Se enroscaba para crearse un mundo propio de calor y de descanso. Nico apenas abría los ojos para mirar lo que hacía ruido y lo que los...

hombre que no se aprende el tiempo.

By on Miércoles, noviembre 9, 2011

El tiempo existe como un estado de ánimo para ciertas personas. Cuando llega noviembre se entristecen, cuando llega la tercera semana de julio se alegran. Los amantes follan durante toda la primavera o durante todo el verano. Algunos son más específicos con los días. Días que nos recuerdan la muerte, el nacimiento, el rompimiento y el inicio de una relación. Hay gente que espera con ansiedad los números temporales para dictarle a su cuerpo cuánto debe llorar, reír o sumirse en una profunda nostalgia. Esperan para abandonarse a una catatonia de melancolía. También tengo mi mes: Diciembre. Para mí, el doceavo mes proyecta la sombra de un recuerdo en cada uno de sus días. No sólo los regalos de Navidad, mi cumpleaños y los cumpleaños de otros, la muerte, las luces citadinas, la gente en los aparadores, los cínicos y los optimistas se miran cara a cara en Diciembre. Aunque estos últimos...

Mundo que pronto será nuestro, Nico.

By on Miércoles, abril 20, 2011

Anoche, mientras leía Asimov y un libro de artículos que escribió acerca de ciencia básica, empecé a recordar durante el día todo lo que había hecho Nico, la basset hound, alrededor de la casa: orinar frente a la puerta, masticar los controles del wii, robarse mis calcetines sucios, tratar de llegar de un salto a la mesa para comerse el pan, morder frustrada los cojines y ladrarme de vez en cuando a manera de reto para ver si muy muy macho alfa. Dejé el libro. De alguna forma había logrado su cometido: Ponerme a pensar algo práctico. No podía concentrarme en la lectura con todo lo que había pasado durante el día y cuando me asomé a ver a la bestia de mis recuerdos, dormía angelicalmente mientras un cúmulo de baba se esparcía cómodamente sobre su cama. Qué pronto crecen estos animales –angelitos de la naturaleza–, pensé primero y luego corregí mi línea de pensamiento a lo...

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