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13012 (Aleph)

By on Lunes, febrero 11, 2013

Quiero escribir una historia interactiva por twitter. Primero pensé que debía ser una novela y luego de pensar en todas las complicaciones, y repasar la lista de proyectos pendientes, me rendí como se rinde la gente que prefiere soñar para ser desdichada. Hay buenos motivos para rendirse: Una novelas es, además de contar una historia, un homenaje al lenguaje. No dudo de la estética en fragmentos de 140 caracteres, o menos, pero se pierde peligrosamente la atención, la secuencia, el flujo de la narración. Quizás es mejor que cada tuit viva como un universo contenido y esperar, quizás, encontrar algún día el hilo conductor que una todos esos fragmentos para descubrir, por error, que se escribió una novela. Escuché, si mal no recuerdo, que al atravesar el universo (encontrar el fin, ese borde donde cae el agua estelar y alimenta a los cuatro elefantes, y a la tortuga) llegamos a la materia oscura, el triunfo de las múltiples dimensiones, un océano que contiene los otros universos donde otras dimensiones son posibles, e incluso, únicas. Si además éramos tan egocéntricos como para pensar en este único universo como único (y la raza humana, y el planeta, y el individuo), alguien arruina la fiesta, alguien dice que no y alguien tiene la imaginación para alargar el hilo que nos conecta a todos de las muñecas. Alguien con esa imaginación puede encontrar una novela escrita a capítulos de 140 caracteres, en todos los individuos...

Algo de piedad, y de amor

By on Viernes, septiembre 14, 2012

Las puertas altas, altísimas, para que entre el alto, el altísimo. Puertas gruesas de madera, pesadas, que resguardan viejos secretos y frescos jodidos por el tiempo. ¿No te pasa? ¿No has escuchado los ecos de las confesiones de antaño? ¿Murmullos que rebotan de pared en pared, de piedra en piedra? Se esconden por las grietas de la madera, oxidan el hierro, descarapelan las ropas de los santos. Puertas oscuras, invitan a las sombras, no permiten salir los discursos piadosos, compasivos y del tamaño perfecto para una procesión de crucifijos. Esta es la presentación común de la iglesia: «Pasa, pero no olvides lo pequeño que eres. Recoja esperanza tan grande como pueda todo el que se atreva a entrar aquí». Tomé varias veces esta fotografía, como acostumbro, con los ajustes aleatorios de Hipstamatic. (El azar también es mi dios). La versión de sombras, en blanco y negro, me gusto más. Parece darle vida a la puerta, parece un monstruo anciano con la boca abierta en la eterna espera de la comida. Un viejito rendido con las manos muy grandes. Ha pasado tanto tiempo que no distingue entre abrazar y estrujar a una persona, y ha pasado tanto tiempo que siempre está ansioso de tocar a alguien. Pobre puerta, pobre monstruo, pobre iglesia. Es el problema, y lo fascinante, de que aquí haya tantas iglesias. Monstruos, caballeros, peones distribuidos por toda la ciudad a merced del tiempo, a merced de la fé de la gente. No existirían estos edificios si Dios no despertara en la consciencia del hombre. Quizás es mejor así, a veces pienso, empujando un poco al agnóstico de lado. Existe la belleza en las fantasías de los creyentes, en sus rezos musitados con parsimonia ceremoniosa, en sus templos carcomidos de los suelos por los pies desnudos con que los visitan. A veces sueño con visitar todas las iglesias para tomar fotografías. He encontrado los momentos de piedad más retorcida en ellas: el abandono de los objetos que jamás serán restaurados, las expresiones de los cristos rojos por la sangre emanada de su frente de espinas, las toneladas de oro protegidas –irónicamente– por un patrimonio humano que esperemos nos sobreviva los siglos. No lo haré, pero lo sueño porque con todo me gusta soñarlo como una aventura de rutinas. Ya me acostumbré al accidente de mis visitas. Fue en un accidente que me encontré con esta iglesia, y atravesé sus rejas sólo para robarme la imagen de la entrada. Los constructores, los arquitectos que recibieron divinas palabras, sabían lo que hacían: Toda entrada debe ser una fotografía, en todo momento, a los ojos del hombre. Una fotografía que cimbre, dé una cachetada, los minimice, les azore con el decreto de su condición humana. –No hay que olvidarlo –me susurro, aprieto el botón, me voy de ahí–. También los constructores fueron...

Instructivo para derrocar una dictadura.

By on Viernes, junio 1, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 23 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. La infección empezó en TUnisia, en diciembre del año pasado, enfermando a Albidine Ben Ali. El virus después se trasladó a Egipto y atacó a Mubarak. Unos pasitos más y llegamos al Hermano Gadaffi, en Libia. Las destituciones de los dos primeros dictadores parecen un sueño y el último hombre, que cada minuto pierde control de su territorio mientras exclama que la gente lo ama y daría la vida por él, parece un epílogo. Las tres resistencias tienen como premisa evitar el uso de armas, hacer de la suya una resistencia pacífica y no ceder hasta que el gobierno cambie porque desean mejores oportunidades económicas, mejor educación escolar y una vida más digna. Las tres resistencias, aparentemente, lograron su cometido. ¿Cómo lo hizo la gente? ¿Cómo lograron detener a estos hombres que controlan a sus países a través de la violencia, de un rígido control militar, de limitar las comunicaciones, de crear violencia entre un grupo y otro, de establecer esa línea tan marcada entre el militar y el civil, entre el pobre y el que sí tiene lana? Obama convocó a una cena con los presidentes, los dueños, los grandes creadores y pensadores de la tecnología después de la liberación de Egipto. Ellos tienen un control sobrenatural del mundo. Ellos dirigen ahora dónde va la información y crean herramientas que facilitan su distribución. Resultó que las redes sociales, ese lugar qué tenemos para la granjita, el poker y la caza de tesoros, fueron el inicio y el desarrollo de muchos de estos movimientos. En Facebook, servicios de Google, twitter, se compartían documentos que insistían que el éxito de movimiento era hacerlo de manera pacífica y se compartían las fechas, los horarios y los detalles de cada manifestación. Gente que sin importar religión y status social, respondía la convocatoria para ese fin común, ese deseo por una vida mejor. Gracias a Internet, ahora los dictadores me parecen unos perros viejos y cansados, que babean y que todavía se visten bonito, como si fueran a dar un paseo en la exhibición donde los hacen saltar arillos y sentarse por los premios. ¿Qué le pasó a los dictadores que aparecen en las películas y que son unos personajes sanguinarios, detractores de la humanidad y enfermos, ya corruptos, por los años de poder que tienen en las manos? ¿Qué le pasó a los titulares de los periódicos de los años setenta, donde se veía lo mordaces que eran estos hombres para tener a su pueblo en cintura? En un libro, hay un dictador que empalaba a sus enemigos y a los traidores. Era un escenario común que este dictador, pidiera que el bastón les atravesara todo el cuerpo y les pulverizaba las entrañas. Este dictador se regodeaba en la sangre de cada muerto, se hacía más fuerte con cada muerto y su nombre de Vlad Tepes, cambió a Drácula. No digo con esto que me decepcione la ausencia de sangre y los conflictos lánguidos. Al contrario, me entusiasma saber que es posible derrocar a un dictador de manera pacífica. Donde hay voluntad, ya sólo necesitas abrir una página de facebook y una cuenta de twitter para iniciar el detonante que habrá de cambiar una nación. Con razón no le resulta raro a la gente pensar que este intercambio binario es una especie de sortilegio, un soplo de magia que con las palabras indicadas puede lograrlo todo. Derrocar dictadores es, tal vez, lo menos solicitado en las búsquedas… cuando la magia también tiene granjas virtuales, fotografías de nuestro próximo amor y los relatos picantes de un anónimo que se hace llamar Gabriela. Para que la magia funcione, necesita haber suficientes creyentes que estén dispuestos a dar su tiempo y derrochar su energía vital a través del monitor y los teclados, de los cables de red y las redes inalámbricas, de las cámaras web y los nombres de usuario y contraseñas. Ahora que estos personajes han caído, alguien debería escribir el instructivo definitivo para derrocar una dictadura. Qué mejor que aprovechar que todavía tenemos frescos estos suceso en la memoria del mundo. Debería escribirse antes de que alguien más descubra como parchar o corregir los errores que cometieron esos hombres. Dictadores viejos cuya vida jamás pudo identificarse con los chavitos que vuelcan su vida a través de los medios electrónicos y poseen una pericia de origen incierto que les ayuda a usar las herramientas para destruir lo establecido. Claro, eso cuando no están sembrando tomates digitales que se colectan en cuatro horas. Sí, es hora… alguien debería escribir el instructivo para derrocar una dictadura, para que todos los países que no estén conformes con su gobierno, tengan a la mano un paso a paso de como...

Dicen los fantasmas.

By on Lunes, mayo 21, 2012

Esta es la versión inédita de mi texto que viene en mi columna quincenal (La Habitación de Humo) en el número 52 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Fuente de la Fotografía: Alfredo Estrella/AFP/GettyImages Tenía dieciséis años cuando murió Octavio Paz. A mis dieciséis escribí cuentos de una sexualidad desbordada, inmadura y de una anhelada libertad adolescente. A mis amigos les encantó. Escribí cuentos para divertir a mis amigos, a mis compañeros, a mis profesores. Incluso, inesperadamente, tuve la suerte de recibir la envidia y la crítica moral de algunos. Cuando murió Paz, no me importó porque estaba atado a mi propio camino, infantil, irreverente, retorcido, poco luminoso pero muy divertido. Durante los siguientes tres o cuatro años escucharía, lamentablemente, sólo un tipo de comentarios al respecto de su muerte. Escuché gente quizás quince años mayor que yo. Eran profesores de literatura, lectores aficionados, lectores hedonistas y los otros, sobre todo los otros, los altavoces que tienen una aguda capacidad de grabar y repetir el cotilleo, el chisme. Decían: Murió el maestro Paz, por fin la literatura mexicana está libre de nuevo. Procedían a explicarse: Paz ya no frenará muchas cosas, Paz ya no pondrá candados, Paz ya no arruinará reputaciones. El discurso cambiaría tímidamente con el tiempo. Como si esta gente, avergonzada, regresara a los poemas, a los ensayos, a las líneas brillantes de un hombre que las escribió sin temor. Las putas chillaban de nuevo en las aulas. Paz regresaba, progresaban los comentarios, gradualmente lo regresaban como el estudioso de la metáfora, la cultura, la condición del hombre, la palabra. El discurso sana con los años, pienso que todavía es tímido, pero sana. Yo sólo había leído el “Laberinto de la Soledad”. Un año me dediqué a los libros de Octavio Paz que pude encontrar. Exploré sus ensayos y poesía con la tranquilidad de un lector casual. Subrayé algunas cosas, leí otras en voz alta para enamorarme y enamorar, me entregué al delirio de la palabra, la palabra como inicio y final, regreso, el nacimiento del limo. El hombre estaba muerto. ¿Qué importaba si “frenó” la literatura? El hombre estaba muerto y entre sus páginas tenía la oportunidad de aprender, escuchar y recibir la bendición de una generación que, poco a poco, de los suyos quedaban menos. Lo leí sin los resentimientos ficticios (o quizás reales) de aquellos, de algunos, de los fantasmas (quizás también ficticios) que no tienen la capacidad para decir las cosas, para contemplarlas y convertirlas, transmutarlas, en aliento, en imagen o sonido. Hoy me doy cuenta: lo mejor que me pudo pasar fue su muerte. Carlos Fuentes murió hace algunos días. Escucho discursos similares pronunciados por gente de mi generación, quizás hasta diez años más grandes: Fuentes ya se robaba el aire; Fuentes no era un buen literato sino una imagen, un político, un galán; Fuentes ya no hacía literatura por su entrega desmedida en adquirir poder político. Entonces recuerdo mis pocas lecturas de él: “La muerte de Artemio Cruz”, fragmentos de “Aura”, algunos de sus cuentos. Mi experiencia es igual de lamentable como lo fue con Paz en sus inicios: Me dormí. No pude, soy culpable. ¿Lo habrán leído, lo habrán estudiado, se habrán dormido como yo con él? He aprendido, con los años, que todo discurso en contra de algo es una llamada de atención, es un camino a seguir con la posibilidad, el trabajo, de demostrar un error. Los prejuicios suelen ser falsos, suelen distraer la mirada. También aprendí una verdad bastante tonta, simple y dolorosamente contundente: Aquello que me dormía hace diez o quince años, hoy me mantiene despierto. Que curioso… el lector y su crecimiento, su camino, pero eso lo hablaremos en otra ocasión. Hay que prestar atención a la resonancia en el mundo. A Carlos Fuentes lo están despidiendo en todas partes. Le dedicaron notas en Holanda, en Francia, en Estados Unidos y, obvio, en México. ¿Cómo no hacer caso? Incluso Jorge Luis Borges, en Twitter, se asomó de su tumba para despedirlo (Qué hermoso, y triste a la vez, hay voces que no descansan). Dijeron por ahí, si mal no recuerdo (y dicen muchos), que no se ve en el horizonte alguien que pueda reemplazar a una figura literaria tan imponente, versatil y titánica. Permítanme una simpleza: Pues no, Fuentes y Paz son lo que son, ¿para qué repetir? Ya los tenemos en sus textos, sus libros, sus opiniones, sus poemas, sus cuentitos y novelotas. Dejaron su legado para la memoria intelectual del país, y del mundo. ¿Para qué clonarlos? Dicen los fantasmas que después de Proust, Joyce y Faulkner, ya no se puede hacer nada con la novela. Proust dice, entre líneas, lo mismo cuando menciona a Balzac, Victor Hugo y Sand. En las aulas del futuro a alguien se le ocurrirá decir, después de listar algunos nombres incluyendo el de Fuentes, es imposible escribir algo más. Sin embargo, me gustaría parafrasear las palabras de Fuentes: “Escribo novelas para crear lectores, no para alimentar a los que ya saben que esperar”. Ahí, precisamente ahí, se encuentra el motivo para leer y releer sus libros. No es demasiado tarde, incluso los ya leídos descubren nuevas posibilidades. No es necesario leerlo para prestarle homenaje, o para ser un mejor país lector, ¡pavadas! Se lee para aceptar un reto. Ya está muerto, su obra ya está...

loto para lotófagos.

By on Viernes, enero 6, 2012

Empiezo el año pensando en los hombres que al comer unas flores, olvidaban su pasado, su familia y su vida. No se les podía simplemente rescatar de eso porque lloraban desconsolados, pensando en la droga amorosa que dejaban atrás. Las flores eran botanas epifánicas que los despojaban de cualquier otro propósito o deseo. Me imagino a los lotófagos con la boca llena, los pétalos del loto sobresaliendo de sus labios como si fueran botanas que comen descuidadamente. Los nutrientes de las flores se adueñan de sus venas, atrapan su sistema nervioso y los controla un deseo perpetuo de dormir, o de reír. (Estoy un poco dormido. Escribir el primer texto del año sería más fácil si tuviera uno de los dulces lotos entre los dientes. O tal vez algo de beber. Un whiskyto al menos. Prometo que este año beberé más, tal vez logre convertirme en alcohólico. Sería el siguiente paso ya que abandoné el cigarrillo por cuarta vez. Malo que ya me acostumbré a tener la cabeza sobria para escribir. Lo sobrio luego es bien aburrido. ¿O no? Nomás escuchen la palabra: sobrio. Podría jurar que comúnmente los juntan: sobrio y aburrido. Es un hombre sobrio y aburrido. Es una mujer de juicios sobrios y aburridos. Es una perrita muy sobria, muy aburrida.) Si buscara la isla de los lotófagos, descubriría hombres que llevan siglos apostados en la orilla, masticando pétalos y riendo como hienas. Sus papadas, sus brazos, sus estómagos arrugados tiemblan al ritmo de las carcajadas. El explorador que descubra la isla, se anotará el último gran descubrimiento: droga de la inmortalidad y el mal juicio. ¿No la inmortalidad es una tontería de por sí? ¿O es justo lo que se necesita? Seré inmortal a cambio de que pueda reír todos los días y apreciar los colores del cielo según mi cabeza accidentada lo permitan. (Me encojo de hombros. Nunca he querido ser un lotófago. Solo que en esta última lectura de Ulises y su viaje, los encontré fascinantes.La fascinación puede deberse a que tenía un cúmulo sutil de lecturas que hablaban de estos hombres y ahora, justo cuando llegué a esa parte, todas dieron como una flecha certera que activaron ciertas neuronas en mi cabeza. Probablemente siempre quise ser un lotófago. ¿O por qué no apelar a una metarealidad y jugar con la idea de que somos el sueño de un lotófago? Las teorías de la simulación también pueden explicarse con eso, o con qué nos tienen comiendo lotos y somos una parte del inconsciente, esa que no se rinde a tratar de mantener una vida…) …y jugar a la importancia de las responsabilidades, de los deberes y de las obligaciones. Una parte de nuestro espíritu está riendo en esa isla, junto con otros lotófagos, mientras esta otra pequeñísima e intensa parte, está tratando de sostenerse como una parte activa del mundo, de la sociedad, de su familia, de su individuo y de la gran nación a la que pertenece. La realidad está en el sueño, y el sueño es un lotófago, un lotófago que somos nosotros y qué incómodo, pero es más fácil negar que somos el lotófago. Nada mal para iniciar el año… claro que con un poco de whisky estaría mejor. Este año mi aventura será descubrir el sueño de quién somos o qué tan idiota soy tratando de comprobarlo. Este será mi año de la metaficción dentro de esas pequeñas eventualidades caseras y mundanas. Prometo seguir manteniendo este trasto de blog, pero les advierto, si encuentro los lotos que comían aquellos hombres… seguramente se me...

nueve pensamientos de tener treinta.

By on Lunes, diciembre 12, 2011

Anoche me dijo un tío–. Con qué… ¿treinta, verdad? ¿Qué se siente? –Le pregunté a que se refería. Olvidé por un momento que había atravesado una década y que, inevitablemente, dejé atrás los veintes para siempre. Mi tío se rió, me di cuenta a que se refería pero fue demasiado tarde. Él me dijo–. No te preocupes. Tienes todo un año para acostumbrarte. Me gustaba imaginar que tendría treinta. Ya tenerlos es otra cosa. El día que cumplí años caminé con Nico, mi basset, por terrenos inexplorados. Dimos una larga vuelta por una de las avenidas más grandes de Puebla (y cuyo nombre, ahora se me esfuma). Paseamos por parques, camellones, calles de transición que unen al centro con avenidas, vecindarios abandonados y centros escolares. Terminamos exhaustos. Sin embargo creo que esa enorme cantidad de nuevos olores la hizo crecer un poco. Tal vez yo también crecí. Recibí muchos mensajes por Facebook pero me hubiera gustado más que vinieran. Ni modo. “You can’t always get what you want”. Ayer alguien me preguntó mi edad. Para seguir la conversación, me dijo–. Ah, yo fui a una fiesta de treinta hace poquito –Pregunté cómo era una de esas y no me dieron una respuesta satisfactoria. Probablemente, como un resultado en mis cambios de edad y la soledad de mi oficina, compré dos cactos nuevos. Uno se llama Carver (el cual es una palma de Madagascar), y el otro se llama Ulises. Cambié a Bob a una maceta mucho más grande, con esperanza de que los años lo harán crecer tan grande como un hombre. Los pequeños cactos esperan su turno en la ventana de la oficina. Pasarán años, lo sé. Llevo en mi teléfono una aplicación para registrar momentos (como el nombre de la aplicación). Es una manera novedosa y poco intrusiva para tener un diario, y responde a las exigencias de anotar algo con rapidez. En ese cuaderno digital registro pensamientos breves e íntimos. En algún lugar debo hacerlo. También podría funcionar para registrar ideas mientras camino (libros que quiero hacer, proyectos que deseo concluir). Parece que a estas alturas, mi uso de las palabras: nenorra, chaviza, chipocludo, fiestuca, entre otras… delatan mi edad y me convierten en un hombre muy viejo para cierto target. He dejado el cigarrillo, he bajado cuatro kilos controlando lo que como, he tomado dos litros de agua diaria, camino dos veces al día con Nico (el basset), todos los días riego mi jardin. Parece que he llegado a un estado de tranquilidad budista. Quién sabe. Tal vez con los treinta cumplidos, me convertiré en un asesino serial o en el productor de películas pornográficas que siempre soñé. ¿Escribir? Qué vocación/oficio tan...

Nico y la promesa de un sueño infinito.

By on Martes, julio 5, 2011

Anoche soñé con una película de terror. Tal vez fue culpa de Wired Magazine y su artículo muy simplón de los asesinos que son incapaces de morir. Ya no recuerdo el sueño, pero recuerdo la sensación que tuve al despertar: como si me hubieran metido un cuchillo por el estómago después de un temor agudo, un terror intenso, que me tenía al borde del asiento toda la historia, porque en el sueño lo miraba como una película y al mismo tiempo actuaba. Era testigo de mi propia persecución y muerte, de mi desarrollo inevitable y superficial que me conducía a la muerte a manos de una entidad sobrenatural, o de un asesino a serie, o del hijo deforme que nadie quería y le pusieron una máscara, le dieron un machete y le dijeron, ocúpate en algo mi niño, ocúpate del pendejo ese que nos está mirando. Fui testigo de mi propia muerte como el tipo de “La jetée” o Bruce Willis en Twelve Monkeys. Es tan fácil desdoblarse en el sueño y pensar que eres dos, que eres tres, que eres cinco o seis. En el sueño te ves en un reflejo y te vuelves el contrarreflejo. En los sueños eres un diablo que toma posesión de todos los personajes. Sí, es raro pero pasa: El momento donde al diablo le sale el tiro por la culata y se queda atrapado en un personaje y que además, es testigo del camino que le espera. El exorcismo de un diablo y el diablo que, antes era travieso y dicharachero, quiere gritar que detengan la película, que no le echen el agua bendita y que lo dejen tomar posesión de un cuerpo humano, porque si no le esperan los separos en el infierno, o los regaños del jefe, ese que le abrió las puertas ardientes para que entrara a hacer travesuras. Nico se descubrió en el espejo relativamente rápido. La primera vez que se miró, se subió a la cama mientras yo dormía y mi esposa se bañaba. El perro dio la vuelta y se encontró con otro perro que se movía como ella. Se ladró varias veces y luego se agachó. Justo en ese momento me desperté, la empujé y la tiré, para que no se quedara en la cama. –Bájate –le gruñí y caí dormido casi inmediatamente después. Sol terminó de bañarse y regresó a la cama. Luego de ese día, decidí comprarle un espejo para que se descubriera así misma. Fue casi inútil. El primer encuentro había bastado para la memoria del basset. Cuando le puse en el espejo se miró, acercó a oler y comprendió rápidamente que no había nada ahí, que sus ojos le estaban engañando y que su olfato –su poderoso olfato que todo lo sabe–, registraba el espejo como una ilusión, un mundo engañoso al que sólo podía entrar uno en sueños. Ahora me parece que cuando duerme, Nico entra al mundo del espejo. La vigilo mientras tiembla, mientras ronca, mientras bufa y pienso que juega con su reflejo, que se persiguen las colas y se muerden las orejas. Pienso que a veces entra a mis sueños para morder los espíritus malignos pero esta vez nos salió mal. Yo porque tenía la idea de crearme un asesino perfecto, uno que jamás muriera y pudiera atravesarme el estómago con un cuchillo y ella porque se distrajo persiguiendo su reflejo, lamiendo el interior de sus orejas para dejarlas limpias y acostándose sobre las arrugas, y más arrugas, para sentir el calor de ese mundo frío, reflejado, aparentemente muerto si no es por el sol y por el movimiento del que se le pone enfrente. A veces creo que Nico se cambia por su doble y regresa como un perro nuevo, un perro con ganas de aprenderlo todo, pero aún cuando sus reflejos intercambien lugares, ambos envejecen y gradualmente duermen más tiempo, se echan más tiempo a soñar y a dormir, presiento que en algún momento, intercambiarán sus lugares tan rápido que nunca regresarán las dos del mundo del espejo, a no ser que sea por algo realmente importante, y entonces, Nico descubrirá el sueño infinito. Yo, bueno, si vuelve a suceder, estaré preparado para recoger mis entrañas con las manos. Qué...

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