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Algo de piedad, y de amor

By on Viernes, septiembre 14, 2012

Las puertas altas, altísimas, para que entre el alto, el altísimo. Puertas gruesas de madera, pesadas, que resguardan viejos secretos y frescos jodidos por el tiempo. ¿No te pasa? ¿No has escuchado los ecos de las confesiones de antaño? ¿Murmullos que rebotan de pared en pared, de piedra en piedra? Se esconden por las grietas de la madera, oxidan el hierro, descarapelan las ropas de los santos. Puertas oscuras, invitan a las sombras, no permiten salir los discursos piadosos, compasivos y del tamaño perfecto para una procesión de crucifijos. Esta es la presentación común de la iglesia: «Pasa, pero no olvides lo pequeño que eres. Recoja esperanza tan grande como pueda todo el que se atreva a entrar aquí». Tomé varias veces esta fotografía, como acostumbro, con los ajustes aleatorios de Hipstamatic. (El azar también es mi dios). La versión de sombras, en blanco y negro, me gusto más. Parece darle vida a la puerta, parece un monstruo anciano con la boca abierta en la eterna espera de la comida. Un viejito rendido con las manos muy grandes. Ha pasado tanto tiempo que no distingue entre abrazar y estrujar a una persona, y ha pasado tanto tiempo que siempre está ansioso de tocar a alguien. Pobre puerta, pobre monstruo, pobre iglesia. Es el problema, y lo fascinante, de que aquí haya tantas iglesias. Monstruos, caballeros, peones distribuidos por toda la ciudad a merced del tiempo, a merced de la fé de la gente. No existirían estos edificios si Dios no despertara en la consciencia del hombre. Quizás es mejor así, a veces pienso, empujando un poco al agnóstico de lado. Existe la belleza en las fantasías de los creyentes, en sus rezos musitados con parsimonia ceremoniosa, en sus templos carcomidos de los suelos por los pies desnudos con que los visitan. A veces sueño con visitar todas las iglesias para tomar fotografías. He encontrado los momentos de piedad más retorcida en ellas: el abandono de los objetos que jamás serán restaurados, las expresiones de los cristos rojos por la sangre emanada de su frente de espinas, las toneladas de oro protegidas –irónicamente– por un patrimonio humano que esperemos nos sobreviva los siglos. No lo haré, pero lo sueño porque con todo me gusta soñarlo como una aventura de rutinas. Ya me acostumbré al accidente de mis visitas. Fue en un accidente que me encontré con esta iglesia, y atravesé sus rejas sólo para robarme la imagen de la entrada. Los constructores, los arquitectos que recibieron divinas palabras, sabían lo que hacían: Toda entrada debe ser una fotografía, en todo momento, a los ojos del hombre. Una fotografía que cimbre, dé una cachetada, los minimice, les azore con el decreto de su condición humana. –No hay que olvidarlo –me susurro, aprieto el botón, me voy de ahí–. También los constructores fueron...

La cosa que rasca en las paredes.

By on Martes, agosto 21, 2012

Este cuento se escribió a tuitazos. Para Zantcher. Le dice a la cosa que rasca entre las paredes que ya se acostumbró, que siga, que no le importa. (Le daba pena confesarle a la gente que él no tenía control de dónde lo llevaban sus pies). Sigue rascando, hace un agujero, se asoma un dedo largo, un silbido, un ojo. Se arregla con un poco de cemento. (El gozo cuando la sombra aprende a molestar a su cuerpo). No dejaré que el demonio salga de mis paredes esta noche, se oye, dice, se ríe. Así hay mucha gente que protege su casa y sólo algunos tontos se distraen para tuitearlo. Pues un cafecito, ¿no? ¿No estaría? Pregunta, mientras tapa el agujero de su pared. Se quiere reír para que no le gane el sueño. Luego gritan. Nadie grita. Sólo es que tiene mucho sueño y ya se imagina cosas. Igual y el agujero también se lo imagina. No es nada. Diablos en las paredes. ¿Qué pifias son esas? ¿Qué piltrafas fifircihes petrimetes sarahuatadas y chingados son esas cosas? Agujeros. Abre los ojos. Se quedó dormido. Soñaba que reía, la mezcla de cemento en sus manos. No es un agujero, son muchos, más de los que puede. En ese caso, le susurra un diablo apretándole el hombro, lo mejor es incendiar la casa. ¿No cree? ¿Ya pa’ qué se molesta? El tipo empecinado sueña con poner cemento en todos los agujeros. Algo le dice que lleva mucho tiempo despierto. La casa es un sueño dentro de otro sueño, dice su cuerpo mientras él, sueña con el trabajo infinito, el trabajo perfecto e interminable. (A veces cuando el diablo sueña con el diablo, se asusta). Cuando despierta, se echa la carcajada. Se descubre encerrado entre las paredes. Hace un agujero, alguien más lo tapa, se ríe, se...

Algo de lo que aprendí en diez años.

By on Lunes, agosto 20, 2012

Quisiera compartir un poco del aprendizaje que he tenido con la experiencia de tener un blog, o mejor dicho, una bitácora como la mía. Supongo que estos consejos pueden aplicar a ciertos diaristas, escritores o jóvenes recién iniciados. Conservar uno de estos es una experiencia gratificante. También me atrevo a decir que esencial para cualquiera que aspire una carrera artística, de entretenimiento, comunicaciones, periodismo o simplemente, destripándolo a su esencia más básica: refinar la capacidad para contar historias. Tengo reglas. Son las que pienso platicarles, a grandes rasgos. Si inicias una bitácora o ya tienes la tuya, es sensato que te sientes a escribirlas. Si no las tienes, piensa en ellas, quizás están ahí pero no las has nombrado. Los límites, contrario a lo que parece, enriquecen u ofrecen opciones. Necesitas algo que romper cuando el aburrimiento o la rutina te hayan alcanzado (porque lo harán, el tiempo es inevitable). No borres lo que ya publicaste. No seas de los que, en un arranque de tristeza o un berrinche, borran el blog para castigar a sus enemigos imaginarios. Si tienes la constancia y la paciencia, encontrarás algo de valor en los primeros textos que escribiste. Prepárate: No son brillantes. No te dejes engañar por la inocencia, o la ingenuidad. Seguramente te provocarán vergüenza, quizás tanta que hasta huyas a esconderte. No hay nada más atemorizante que un reflejo más joven y no hay mejor monstruo a vencer que lo escrito en el pasado. Existen tesoros escondidos en las primeras líneas escritas. Tampoco se trata del regreso, la tristeza o la melancolía (que también puede haber), recuerda, se trata de buscar los diamantes. Explora, piensa que eventualmente encontrarás líneas ocultas con la capacidad de hablar contigo, de iniciar procesos nuevos, un cuento velado o una búsqueda que se pensaba olvidada. Si lo que publicaste alguna vez, de veras no te gusta, entonces haz lo que se debe hacer: Deja la anotación en su lugar; abre un procesador de textos, copia, pega y trabájalo; corrígelo. Cambia la voz del texto, cambia el tono, quita las palabras desagradables y cámbialas por otra. Reemplaza la anotación original, si quieres, o guárdalo para ti. Si no puedes más, elimínalo. Sin embargo, te advierto, lo que eliminas siempre lo recuerdas. No pienses en los lectores (tampoco mientas, escribir para ti es lo mismo). No escribas para ellos, para todos o para “ninguno”. Es un error escribir la primera línea pensando: “Para Chuchita, a quien tanto quiero”. Puede que te salgas con la tuya una vez, pero las siguientes alimentarás un monstruo. A no ser que tengas un nicho específico o te hayas puesto el disfraz de payaso, no vale la pena. Los lectores de tu blog eventualmente se irán, se aburrirán de ti o regresarán silenciosamente para recordar la primera vez que te leyeron (les provocaste algo, tal vez, y raras veces te enterarás de que lo hiciste). A un gran porcentaje de estos lectores sólo les interesa hacer un amigo, preguntarte como hiciste algo o buscan con quien hablar. Si tienes suerte, hasta coger. Quizás les interese tu opinión para validar la suya; te tienen en estima o confían en tu criterio. Muchos más querrán insultarte porque en internet es el deporte. Pocos lectores, igual que con los libros, se acercan a un blog por el placer de leer. Un lector experimentado (y pretencioso) siempre desdeñará leer un blog por un libro. Mejor, aprovecha esa libertad, y dedícate a buscar el placer en escribir. Los placeres se educan. Escribir es un ejercicio de reglas y múltiples caminos a seguir. Equivócate, escribe mal y luego regresa a releer lo que hiciste. Pon los signos y los acentos en su lugar. No te quedes con lo primero, quédate con el segundo o con el tercero. Investiga el nombre de las cosas que usas a diario, escúchate y date cuenta de las palabras que repites. Busca sinónimos y antónimos. Hay deleite en aprender palabras nuevas y salir corriendo a escribirlas en una anotación, un cuento o si tienes algo de matemático, en un poema correctamente estructurado. Después de usada, úsala otra vez. No la olvides. Publica, regresa a leerte, toma notas, edita cuando vuelvas. Avanza hacia el quinto, o el sexto. No te preocupes, con los años esto se aprecia y se entiende mejor. Lee otras cosas. Lee la Biblia con un diccionario a la mano, busca libros infantiles de hace diez o quince años y date cuenta como han cambiado las palabras, lee ese libro gordo que te da miedo. Son pocos los libros esenciales que un lector sencillo necesita en su vida pero te darás cuenta que pocas veces se quedan ahí, se convierten en adictos, en participantes de la búsqueda infinita. El buen lector encuentra hasta lo que no busca en un libro que llegó a sus manos por accidente. La lectura es un ejercicio y raras veces te lo dicen, pero también tiene reglas y ellas te enseñarán a escribir, no sólo en un blog, en lo que quieras. No leas lo mismo que tus amigos, la conversación eventualmente te aburrirá. Toma lo que te dé miedo, vergüenza, incomodidad. Lee los otros autores mencionados en el libro gordo que te atreviste a leer. ¿No te gusta la poesía? Sal a comprar libros de sonetos. ¿Te aburren las novelas? Cómprate la más gorda que puedas encontrar. Subraya los párrafos que te gusten, anota en...

Los nueve mil desaparecidos.

By on Sábado, junio 16, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 24 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Hay una nota cuya explosión es notable y que sigue resonando en el país: La muerte de Juan Francisco Sicilia y la cruzada de su padre –Javier–, por descubrir a los responsables del crimen. Recientemente apareció una segunda noticia donde la CNDH liberó un comunicado apoyado por la ONU que dice que desde el 2006 para acá, son nueve mil los muertos que no tienen nombre y un poco más de cinco mil los desaparecidos. La ONU no quiere que México niegue a sus muertos y exige una solución humana al país para que exista un registro. Ambas notas son la consecuencia natural de una guerra. En la primera nota tenemos a un mártir y un padre que está por convertirse en un héroe para todas las familias que están buscando una resolución a la muerte de uno de los suyos. Son familias que buscan un cuerpo entre esos nueve mil cuerpos sin identificar, o que bien, necesitan saber si hay un cuerpo entre los cinco mil nombres desaparecidos. El poeta se ha convertido –a costo muy alto– en un abanderado. El poeta es la voz que… naturalmente, le faltaba a esta guerra que se está luchando. La CNDH exige que el ADN de los muertos sin nombre, se conserve en una base de datos para que, eventualmente, cuando las cosas estén más relajadas, alguien tenga la delicadeza de descubrir el nombre de los muertos y notificar a los familiares que han perdido a alguien. La ONU decidió apoyar la exigencia porque, pues, es de humanos ponerle nombre a los muertos y dar las noticia para que los familiares puedan practicar el rito del abandono y del continuar viviendo. Me imaginé al hombre que tuviera esta labor de clasificar a los muertos. Una especie de bibliotecario que tuviera la triste labor de guardar los datos: una gota de sangre, un pedazo de piel, forma y tamaño de las dentaduras. Me lo imagino acariciando los cuerpos como si fueran libros y retirando un pedazo de sus hojas, para guardarlos en pequeños contenedores que, como en una profecía, eventualmente serán abiertos. Me lo imagino vestido de negro, acomodándose los anteojos y con el rostro más serio del mundo, porque si piensa mucho en ello, empezarán a temblarle las manos y se encerrará en un cuarto a llorarle a los que no tienen nombre, como Don José y sus manos que paseaban entre las actas. Me imagino a este bibliotecario solo, abandonado en un edificio que le habrán quitado a algún empresario por no pagar impuestos, recibiendo órdenes del gobierno en turno. Cada año le cambiarán a los asistentes, pero él se queda porque es el único que puede hacer la chambita lúgubre y además de que no quieren entrenar a otro, ya nadie quiere su chamba. Tiene una fuerza de voluntad extraordinaria, tiene la paciencia para decir que sí a órdenes obtusas y puede sentir el temor a los hombres que dan órdenes. Obedecerá cuando un partido pida que los contenedores sean de plástico, y otro partido pida sus contenedores de vidrio rosa. asado algunos años, el bibliotecario de los muertos se presentará ante el Presidente y el seleccionado por la CNDH, por la ONU, para dar cuentas de sus logros y para, por supuesto, enseñar el color de los contenedores tan preciados. Después de esa breve reunión, el bibliotecario regresará a su soledad, a la compañía de sus libros humanos y prenderá una o dos computadoras, que harán correr los procesos que le ayuden a descubrir los nombres. Cada día se descubrirán uno, dos, o diez nombres, pero nunca serán suficientes. Su cuota diaria entre los nueve mil que ya tiene y los que están muriendo diariamente, harán de su tarea algo imposible. Cada diciembre, se presentará frente a televisión y liberará por internet, una lista de todos los muer- tos que logró identificar en el transcurso del año. A veces, esta misma lista será quienes avisen a los familiares que buscaban paz, otras veces, habrá tenido el apoyo de un noble equipo de trabajo que pudiera llevar o entregar las notificaciones. Durante los primeros tres años, me lo imagino vi- viendo con la esperanza de que algún día terminará y luego, me lo imagino diez años después, canoso y de lentes más gruesos, con unas cuantas arrugas en los ojos por los días en que no pudo contenerse y ya con la experiencia de que la esperanza es un lujo para los que no están pasando sus dedos entre los cadáveres, los dientes, y los dedos inertes, bus- cando pedazos de piel que pueda catalogar como libros. Me lo imagino haciendo esa relación: La persona es un libro, un diario de experiencias que lo deshojaron o lo quemaron abruptamente porque su impresión, lamentablemente, se dio en un país que no aceptaba los libros, ni el placer, ni la vida. Me imagino a este bibliotecario mirando por el televisor las marchas que se dieron en honor al hijo muerto y al padre de corazón roto. A veces me lo imagino sonriendo a medias y lo escucho susurrar una majadería triste y verdadera. Al menos tu muerto, poeta, tiene nombre. Otras veces me lo imagino...

recuerdo del cien vidas.

By on Miércoles, noviembre 16, 2011

Hace siete años, escribí una serie de textos que en conjunto, formaban algo llamado el cien vidas. Empecé a escribirlo como muchas de las cosas que hice en este lugar: sin dirección, puro entretenimiento e irresponsabilidad. Durante cincuenta vidas que logré escribir aquel entonces, me encontré con la posibilidad de profundizar en la mitología que estaba generando el texto. No ceder a la microficción sino darle un universo consistente donde los personajes que giran alrededor del cien vidas se reencuentran. Después de la evaluación y de la relectura, lo único que tengo claro es que algunos de los textos, por separado, funcionan como cuentos. Otros textos generan la ilusión de un universo contenido dentro de toda la obra. Los demás son chistes simplones. Siete años después estoy trabajando el texto y me encuentro tomando decisiones—. ¿Qué quiero quitarle? ¿Qué debo dejarle? ¿Qué quiero hacer con él? Hoy me encontré pensando si debía manejar el texto en conjunto como minificciones y quitar toda posibilidad de generar un universo. O bien, ser consistente con las referencias de un mundo más grande y la búsqueda de que los episodios, como una cadena, puedan formar algo parecido a una novela. Cualquier decisión lleva a re-escribir mucho de la obra. Incluso empezarla de cero. ¿Y qué tal si me abandono y permito que la obra entera sea un chiste, tal cual empezó? Otras decisiones involucran al tipo de lenguaje. Pensé en editar las palabras vulgares y buscar un lenguaje más elegante. Una decisión tan simple como esa, le quita lo entretenido a los textos más vulgares (o vuelve su re-escritura un reto). No hay mucho que hacer con un capítulo titulado el “a huevo” por ejemplo. En algunos textos “a huevo” es lo que identifica al cien vidas y reitera su necedad por cambiarse el disfraz. El cien vidas es un accidente. Todavía recuerdo por qué escribí el primer cuento. Al final es una canción de muchos ritmos, tal vez demasiados. Es una melodía cacofónica. Sin embargo, esta es la promesa que sigue de los libros que tengo por escribir. Ya abrí el viejo cuaderno de notas para revisar lo que he escrito a lo largo de estos años de todo lo que se puede hacer con él. Si ya me tuvo siete años de paciencia, qué no me tenga otros...

perros que están cansados.

By on Lunes, noviembre 14, 2011

Casi dos semanas después de la operación y de que la veterinaria confirmó que mi basset hound es un ejemplo de salud y de energía, me dieron permiso de salir a caminar con ella como regularmente hacía: dos paseos diarios de 40 minutos. Cuando mi esposa la trajo a casa, el perro era un saco de pulgas lamentable, que apenas podía moverse y titiritaba de frío con un poquito de corriente. La tuve en mis brazos porque había que cargarla a todas partes. Me dio tristeza mi perra. Me arrepentí de la operación al verla tan perdida. Sus ojos parecían llenos de humo, pensando en todos los hermosos cachorritos que jamás saldrían expulsados como parásitos. Lamentaba con tristeza que jamás consumirían su vientre, sus comidas, su vida. Durmió mucho un par de días. Se enroscaba para crearse un mundo propio de calor y de descanso. Nico apenas abría los ojos para mirar lo que hacía ruido y lo que los otros integrantes de su manada estaba haciendo. Entonces pensé en todo lo que habían dicho—. Le hará daño a su humor, engordará mucho y se convertirá en una sombra diluida de todo lo que pudo ser. Al tercer día la perra ya estaba aburrida. Medio dormido, me despertó su gañido cuando intentó brincar a la cama y le dolió la herida. La bajé entre mis brazos, encontró su pato de peluche, lo tomó con el hocico y me gruñó para invitarme a jugar. Brincaba para llamar mi atención, subía de un brinco a los sillones y jugaba al Fitipaldi entre la puerta del jardín, y la entrada de la casa. La miraba correr. Entonces sentía un retortijón en el vientre, pensando en las advertencias de la veterinaria: Le puede salir una hernia y entonces sí, ya se nos complicó la vida. Procurando su bienestar, la sacaba al jardín y cerraba la puerta, para que tuviera tiempo de echarse a descansar. Nico se acabó la corteza del limonero de lo aburrida que estaba. Y yo que pensaba que las espinas del limón me ayudarían a detenerla. Estaba equivocado. No tenía un perro… tenía un cancerbero. Un sabueso del infierno que exhalaba llamas por las narices de lo aburrida que estaba. “La sombra de los cachorros que nunca tuvo”, que imagen más estúpida. Más bien parecía que le habían dado permiso para romper toda existencia sedentaria que exige el trabajo de su dueño. La veterinaria me dijo que podía sacarla a caminar en muy breves espacios de tiempo cada dos horas. Las primeras caminatas confirmaron la fragilidad de su estado. Al llegar a casa, le faltaba el aire y se echaba a dormir. Aunque después de una hora, ya estaba levantada, gruñendo y mirándome intensamente. Necesitaba ofrecerle algo qué hacer. Fue la semana de las carnazas, que a veces lograban distraerla otra hora antes de hacer el segundo paseo. Cuando se acostumbró a las caminatas de cinco minutos, me animé a caminarla un poco más… aunque el poco tiempo no ayudaba en nada, sentía que nos estábamos preparando para regresar a nuestro rutina acostumbrada. Hoy pude caminar con mi saco de pulgas. Hicimos el circuito de siempre. Ella se detenía a oler el pasto y orinarlo. Yo me dedicaba a jalonearla y llamar su atención. Nos costó trabajo agarrar ritmo pero eventualmente todo salió bien. Estas pequeñas costumbres que estructuran los días y que luego dificultan la vida si no se cumplen. Me gustaría pensar que Nico sintió tanta paz como yo la sentí cuando pudimos dar esa primera caminata después de un tiempo breve que registré, por humano que soy, como una...

Crónica de los cuatro mil mensajes.

By on Jueves, marzo 10, 2011

Anoche visité mi viejo correo de Yahoo. Hace algunos años lo usaba como mi correo electrónico principal. En todos lados lo presentaba como mi buzón: las suscripciones, los negocios y el lugar ideal para recibir las fotografías de nenas en pelotas. La bandeja de entrada se convirtió en un cementerio a través de los años. Ayer que lo visité, tenía 4000 mensajes de spam en la bandeja de entrada. Suspiré resignado y con el prospecto de buscarme una tontería que hacer para evitar el trabajo, los pendientes, las presiones, comencé a limpiarlo. Era algo que había hecho antes… una o dos veces, entrar al viejo correo de yahoo para hacer el mantenimiento y la limpieza. Es como entrar a una casa abandonada donde solías vivir. Entras a mover los muebles pero no tienes el verdadero deseo de limpiarla bien y tampoco tienes el valor para venderla. En el paseo a la casona vieja… llega el momento donde te distraes con las fotografías, los portarretratos, los añejos papeles que guardan un pedazo de tu historia. Dejé de limpiar para releer algunos momentos de mi pasado. Los amigos que tenía en aquel entonces y escribían para saludarme. Las respuestas que les daba a los amigos. (Esos amigos qué, cuando pasa el tiempo, parece que se han ido, parece que te han olvidado, pero sabes que luego volverán a tocar tu puerta. O tú irás a ellos. Habrá un café, unos cigarrillos, un fuerte abrazo y una larga plática de recuerdos tan empolvados como la casona vieja). Miré las fotografías de viejas amantes y me sonreí. Este proceso es uno de tantos recordatorios de la persona que fui y que se repite cada tres o cuatro años. ¿Acaso ha pasado tanto tiempo? Algunos correos están fechados con 2004, otros 2002, otros con 2005. Al menos empiezan con dos. Todos esos pedazos que vamos dejando de nosotros en la red. Los correos electrónicos son aquellos qué están cerrados con llave y guardan lo más preciado, lo más bizarro y lo más íntimo. A veces me los imagino como un locker en el aeropuerto o en “la estación de trenes” (¡cómo en las películas! El personaje llega diez años después a abrir el casillero que esconde una maleta). Mi locker estaba lleno, no sólo de recuerdos, si no de la propaganda, los volantes, las cuentas, las tarjetas de servicios, la basura de los vecinos. Años atrás no hubiera permitido que llegara a tanto porque pues… era como una casa. ¿Entienden? ¿No es una de las compulsiones modernas y, por cierto, muy discretas? Arreglar el correo para que cada cosa esté en su lugar, su carpeta o su etiqueta, el spam va en la carpeta de spam y lo que es basura, va en la basura. Las horas se consumen embelleciendo un correo electrónico. ¿Qué tal con Google, qué su correo asemeja esa enfermedad psíquica tan notable de los acumuladores? Ya no borras ningún correo… no señor, “lo archivas”. A veces me parece terrorífico usar la búsqueda porque no sé que me va a pasar. Cruzo los dedos y doy click suavecito porque no vaya a pasar que se me caigan las las columnas de correos electrónicos encima. Los correos electrónicos asemejan a nuestra habitación de adolescentes (¿recuerdas tu *puto* desmadre?), son cajas de zapatos con fotografías y son hojas que arrancamos del diario y escondemos (porque, seamos honestos, cuando escribimos un diario sabemos el peligro que se corre de que, eventualmente, lo lean. ¿No por eso lo hacemos? Escribimos con esperanzas de que los involucrados se encuentren en nuestras palabras. Que nuestro amor sepa cuanto lo amamos, que nuestros padres reconozcan cuanto los aborrecemos). Pasé un par de horas seleccionando todos los correos basura. Eran 4000, en la ventana miraba de 200 en 200 correos, seleccionaba todos y luego los mandaba al “Spam Guard” (la tecnología de Yahoo! qué te protege y te cuida). Cada montón que mandaba a la bandeja de reciclaje, Spam Guard me daba las gracias y me prometía que mi trabajo había servido para mejorar su desempeño. Yo simplemente no podía creerlo. No podía creer que fuera lo suficientemente intuitivo para detectar que soy mexicano y que estoy recibiendo una parvada de correos árabes compuestos de imágenes de drogas y más correos árabes con mujeres caderonas y arias, en busca de complacerme. Todavía falta para que la computadora me lea los pensamientos. Cuando bajé la cantidad de los correos basura a 1300, lo dejé por el día y me fui a dormir. Pensando, mejor, en aquellos documentos del pasado con los que me distraje durante la limpieza. Esas firmas, esas palabras, esas fotografías, ese amor olvidado. Esta mañana, decidido a limpiar esa casa que fue mía, continúe el trabajo. Descubrí que todo ese spam, de alguna forma, había sido mi error. Muy inteligente Yahoo, muy inteligente. Investigué que mi correo estaba autorizado, según mi perfil de yahoo, para pertenecer a cualquier grupo. Conclusión: Algún spammer metió el correo de yahoo en una lista de grupos árabes, iraníes, afganos, entre otros y como mi correo tenía autorización de pertenecer a cualquier grupo de yahoo, pues así son las cosas. Un año completo se convirtió en cuatro mil correos basura. (Barría, y barría, y no dejaba de juntar bolsitas) ¿Ya ven? Esos pedazos nuestros que permanecen en internet y qué, como una casa, parecen necesitar...

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