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13001 (Ficciones)

By on Lunes, marzo 11, 2013

De otro diario de Simón Dor (el cual yace en un barco hundido, junto con los infinitos diarios): “Estuve en la playa. Antes de salir, doblé mis pantalones hasta arriba de las rodillas y giré mi gorra para que el sol ensombreciera mi rostro. Mis pies se hundieron en la arena, pasos muy pesados, temía hundirme en cualquier momento. Llegué al borde, metí mis manos al bolsillo de mi pantalón, tenía un cigarrillo apagado en los labios, mis brazos reverberaron con el choque de las olas. Esto soy yo, pensé, sin saber muy bien por qué lo pensé. Siempre pienso cosas como esa, sobre todo cuando me sorprendo en un repentino estado de comunión con la naturaleza, o con algún dios, o con la visita de un arcángel prometiéndome el calor abismal de su espada de fuego. Estoy aquí. Los pies en la arena, mis pasos muy pesados y luego, a lo lejos, miro como el mar se dobla. Comprendo la imagen: el agua se dobla con el movimiento, y la espuma son diminutos delfines blancos que arrasan con sus brincos el mar hasta que encuentran su final en la arena húmeda. Se convirtieron en espíritus, pienso, han penetrado la arena y han hecho su hogar, una nueva vida, muy debajo de nosotros, donde jamás podremos acanzarles. Esto soy yo. No, no lo soy. Esto soy yo sintiendo el agua fría entre mis dedos, en mis tobillos, en mis pies, mientras un endemoniado sol me azota la espada, el sudor baja por mi frente y hace un nido asqueroso entre mis barbas, el cigarrillo entre mis labios enciende espontáneamente, el humo se va, mientras el agua viene, los diminutos delfines se las arreglan para entrar en mi cuerpo, mis poros, se vuelven navegantes solitarios en mi sangre, los jinetes de mis glóbulos rojos, la mente maestra que de ahora en adelante controlará los hilos de un muñeco. Esto no soy yo, pero pronto lo seré, imagino que tan pronto abandone la playa alguien...

Libreros (4) y bocetos.

By on Jueves, mayo 13, 2010

El cuarto librero. La raíz. Ese lugar –según los carpinteros o los diseñadores de muebles– de todos los libreros que suele ser más amplio para las revistas, los directorios telefónicos, los atlas, las enciclopedias. Ese lugar que escapa a la vista inmediata y superficial de las visitas, pero que los hijos alcanzan con más prontitud y arrojo. Mi cuarto librero es uno problemático, porque, tal vez, en él conservo todos los caprichos que no quisiera que un hijo tomara y rayara con sus crayones, lo rompiera con sus manos torpes, lo descubra con sus ojos curiosos e inquietos. Pero lo hará de todas maneras Aún si muevo el contenido de esas hojas a otro lugar, lo hará. La curiosidad es ilimitada e irrefrenable. Ese cuarto librero no contiene ni un sólo libro. Contiene algunas revistas que salvé (que yo leí cuando era niño –Sí, niño–), contiene algunas revistas donde publiqué, contiene mis libretas de bocetos, mis anuarios de preparatoria, algunos de mis comics que logré trasladar, una colección de estampitas, mi cuaderno de trabajo y mis anuarios de preparatoria. El cuarto librero es un espacio de recuerdos, de pequeñas perversiones, de buenos momentos. Un lugar al que manos flojas no alcanzan y manos inquietas accederán con facilidad y descaro. En esta ocasión, no tengo mucho que decir. La mayoría de las fotografías hablan por sí mismas. Enjoy. Por cierto, si les dan click a las fotografías, se hacen más grandes. Cuando Pepsi era mi refresco, sacaron una promoción de las Pepsi Cards. Seguro algunos las recuerdan. A mi me faltaron tres de las plateadas. También tengo algunas otras tarjetas que no deberían estar ahí, pero por comodidad ahí las guardé. Revistas para adultos que leí cuando era niño. Fantasía madura. Sangre y cuerpos desnudos. Personajes fuertes, sin temor a insultar a sus enemigos. Personajes que follan en mundos sin reglas. También, está el Gallito. Una de esas pocas revistas mexicanas dedicadas al cómic. ¿Cuándo logrará México una publicación así, sin morir atropellada por la antipatía? Revistas donde publiqué algunos artículos. Varias de “PH México” y de “VG!”. Un bonito conjunto de artículos entre el erotismo y la tecnología. Uno que otro artículo estuvo tan bueno (en PH), que trataron de localizarme para la competencia. En el momento me negué. Tal vez, no debí. La competencia sigue viva y “PH México”, desapareció. Hicieron un último intento por revivir la revista, nuevo diseño y nuevas cosas más. Me dieron cuello, pero creo que la revista no pasó de un par de números. Ni modo, así es esto. Los anuarios. Ese pedazo vergonzoso de juventud y los clásicos cuadernos CUM. Cuando no podías estar pegado al internet para revisar como se jugaba algo o algún truco, existían las guías impresas. Estas me las trajeron de Estados Unidos. La azul de Street Fighter además trae una galería de imágenes. Si dijera cuantas veces las leí, sería vergonzoso. Los cómics. Otro capricho. Ese de Wolverine contiene dos de mis sagas preferidas: Cuando Wolverine vivía en Singapur con el nombre de Patch y la de Albert. La niña robot que acompaña a Albert, se parece tanto a Layla, la de “House of M”. Mis viejos apuntes del trabajo. Sólo para recordarme alguno que otro momento. Algunas páginas están escritas en formato diario, hablando de los pormenores, las filmaciones, los pequeños triunfos, esas pendejadas. Esta colección de revistas japonesas para adultos, la verdad, no sé como se acumuló (algunos de los orígenes pueden estar difusos). La primera sé que la rescaté de mi casa, antes que la tiraran a la basura. La segunda también. El tercero: “Lady’s Comic”, me lo trajo una amiga de Japón. Fue curioso porque le encargué una revista Hentai. Ella le preguntó a uno de sus compañeros de trabajo japoneses donde conseguirla y la llevó al estante de revistas eróticas para mujeres. Cuando me la dio, me advirtió–. Me parece que es un poco femenina –y no me importó. Un coleccionista de rarezas nunca dice que no, a nada. De hecho, me divirtió y mucho. La última, me parece que alguien me la dio en preparatoria. Si debo ser completamente honesto, no sé si me la llevé y jamás la regresé, o me la regalaron. No sé de quien fue. Lo que más puedo recordar, es que alguien la llevó (alguien ajeno a nuestro salón) y que ahí la dejó. Cosa rara. Y por último, los cuadernos de bocetos: Cuadernos de hojas blanca, marca Gigante. Muy buenos y económicos. Compré tres y los tres no están llenos, pero según yo eran para diferentes tipos de bocetos. Uno de nenas, otro de dibujos de mis historias, y otro de garabatos. La verdad es que los tres contienen las tres cosas. Siempre llevaba uno en la mochila, desde la preparatoria hasta la segunda universidad. Los sacaba en casa, terminaba algún dibujo y al día siguiente, terminaba metiendo otro. Era complicado enseñarlos, porque alguna que otra nena me decía–: ¡Mira! ¡Dibujas! Qué padre –y luego me arrebataban el cuaderno y miraban lo inevitable, un conjunto entre las golfas del mil chistes y los sueños de un esquizofrénico. Más de una me hizo caras. Y hubo alguna, que me dio un par de fotos para que yo la dibujara. Buenas fotos. Esa “X” es porque cuando mi madre descubrió mis cuadernos de bocetos, me señaló mis errores en proporciones. Algunas veces me revisaba mis bocetos y...

Medel.

By on Miércoles, abril 21, 2010

Cigarrillos y artes marciales. Dicen que no se llevan. Cuántas mentiras puede gritar el hombre y cuán frecuentemente es el fariseo en vez del creyente. Solía tener un diario de quejas, hasta que en un viaje, encontré todos los diarios que escribí en todos los universos posibles. Puras quejas, pensé, dentro de todo lo que pensé. No los leí todos, o si no, me habría quemado junto con el barco, pero tuve el placer de repasar algunas páginas. Desde entonces, ya no guardo un diario y prefiero que mis pensamientos sobrevivan en la cabeza. Esa es mi respuesta a la broma universal, al que pasaría sí… después de todo, soy el superviviente, soy Simón Dor, el viajero. Soy el final del viaje y no se necesitan más palabras para continuar un destino que ya está completo. Vine a buscar mi muerte, pero curiosamente, entre más la busco menos muero. Este intento es otro engaño. Escogí un lugar donde sentarme a mirar el cielo, esperando engañar a la muerte y que esta venga a descansar los pensamientos del viejo. ¿Y si son los deseos los que no me dejan dormir? Porque todavía deseo, deseo tanto me es posible, deseo pequeñas cosas en el día las cuales no puedo evitar y ahí voy, tras ellas. El pequeño árbol suspira y me susurra–. Deja de desear tanto, puede ser que por eso no te mueres –¿Será? –Es –Me encojo de hombros y enciendo otro cigarrillo. En el jardín hago mis rutinas, mis estiramientos, todo aquello que me enseñó sensei Gorostiza cuando no estaba dormido. Un cigarro prendido en mis labios. En la casa de enfrente se mudó un hombre y ese mismo día, descubrí que hacía las mismas rutinas. Era un hombre de piel morena clara, bigote revolucionario, pelo corto casi como un militar. Las mismas rutinas. ¿Acaso también fue alumno de Gorostiza? –Quédate aquí, pequeño árbol –le dije–. Mis raíces no tienen ganas de moverse, aquí te espero –respondió. Caminé a la casa de aquel hombre y lo miré mientras hacía sus rutinas. Un gesto descortés, que respondió con la misma descortesía: Ignorándome. Entré a su jardín y di un golpe directo en su cuello, el cual bloqueó con su antebrazo derecho. Un movimiento natural y bien medido. Quise patear su estómago con mi pierna izquierda, pero lo bloqueó con su antebrazo izquierdo. Esto era demasiado bueno para ser verdad. El hombre respondió con la palma de su mano, la cual se dirigía rápidamente a mi nariz y me doblé hacia atrás. Escuché el rugido de mis articulaciones. Viejas, pero necias. –Cuidado viejito, que a diferencia de ti, yo soy un asesino –respondió Medel–. Eres el otro alumno de Gorostiza. Ven, pasa a mi casa y bebemos una cerveza. –Mejor tequila –le respondí. Una tarde breve y buena, de esas que raras veces te regalan los...

Simón Dor y un pequeño árbol.

By on Martes, abril 20, 2010

Sol, la mujer de Fest, me acarició detrás de las orejas y me dijo que era un perro muy grande y muy bonito. Escuchaba las quejas del cacto, a dos pisos de distancia. Mañana le diré que comer niños y gatitos tiene mucho que ver en que te den la bienvenida a una casa. Me imagino al cacto enojado, jeh, jeh. Me da risa el cacto enojado. Fuimos a salvarlo un día que estaba muy aburrido. Los tres mosqueteros: el Señor Fumador, el niño Torres y su dios de confianza. En ese entonces, estaba atado afuera del departamento de Fest, porque unos fieles me olvidaron ahí durante… muchos, muchos años, más de los que ustedes pueden contar. El Señor Fumador me liberó de mis cadenas utilizando uno de mis dientes. Un proceso doloroso, y de muchas, muchas horas. Desde entonces, caminé por el mundo buscando nuevos fieles para hacerme más poderoso. ¿Qué es un dios sin rezos, sin tributos, sin pequeños deseos que exigen milagros de fuerzas incomprensibles? Conseguí mil doscientos fieles, quienes abrieron setenta y tres iglesias. Aún hoy, escucho que me rezan y escucho como se bañan en las sangres de carneros en mi nombre. ¿No se nota en mi pelaje? Es más hermoso que de costumbre. Los fieles son mejor que el champú y son el mejor repelente para pulgas. También me comí a un par de infieles, aquellos que se negaban a creer en mi iglesia, aquellos que podían representar un peligro en las primeras etapas de mi resurrección, pero no hablemos de eso. Hablemos del viejo que pasó caminando frente a mí, lentamente, fumando un cigarrillo. Vestía una boina y un chaleco, una camisa de cuadros y un pantalón de pana. Jalaba un carrito con un pequeño árbol. Hacía un ruido bastante poco común para estas calles tan escondidas de Cholula. Por cierto, tengo una iglesia aquí, pero luego les platicaré de eso. Me zafé del mecate y seguí al viejo. Había escuchado de él. Jamás lo conocí en persona, pero escuché de él. Se detuvo en una casa ocre, terminó su cigarrillo y luego entró al jardín. Tomó asiento en una silla de paja que había ahí. –No es una playa –dijo el viejo–, pero tal vez, aquí pueda morir por fin pequeño árbol –susurró el viejo. Sonreí y entré al jardín del viejo. Me acosté junto a él. –Tal vez, si quieres morir, deberías rezarme. Hago milagros. ¿Cómo te llamas?, escuché de ti, pero olvidé tu nombre –No hay nada más presuntuoso que un nombre –dijo el viejo, tiró la ceniza en el jardín. El pequeño árbol parecía… moverse, parecía escuchar con atención. –Ah, conozco un cacto muy parecido a tu árbol –miré al viejo, y traté de penetrar su piel, para comprender que pensaba y no podía. ¿Cómo se le podía negar el conocimiento del corazón de un hombre a un dios? El viejo hizo una sonrisa torcida, bajó su boina y su respiración se suavizó. El cigarro aún estaba en sus labios, las cenizas se consumían. Tiré mis patas y dormí a los pies de ese hombre. Soñé con vírgenes rollizas, y en mi sueño, pasaba todo excepto...

No quiso hacerlo, pero lo hizo.

By on Domingo, agosto 27, 2006

Si bien Fest no ha contado el tiempo desde que siente el peso en su hombro más ligero, sabe que algo esta por suceder. Tiene la consciencia de que el tiempo esta corriendo, que un reloj interno esta sonando en algun lugar y tiene la, según él, noción estúpida de que si el tiempo termina su alma será consumida en los infiernos. Pero Fest conoce bien el tiempo, sabe doblarlo, sabe cuando hay prisas, le gusta practicar con él, raras veces no sabe calcularlo y cuando lo calcula mal en un principio, puede adaptarse rapidamente para hacer mejores calculos. Será porque el tiempo le fascina, le vuelve loco, es uno de sus juguetes… es decir, la medición de este, porque si él pudiera controlarlo se imagina como un dictador, como alguien con mucho poder y sin la idea de como utilizarlo. Es por ello que el control de sus acciones, de sus verbos, dentro del tiempo es tan importante, porque es la única manera que tiene de prolongar el sentimiento de un falso dominio. Un dominio que con un evento caótico puede escapar fácilmente de sus manos. Es por eso, que esa tarde de domingo, Fest salió a fumar a la reja y aunque sentía que el tiempo se terminaba, también sentía su hombro derecho un poco más liviano de lo usual. Volteó a la derecha y un lobo de pelaje rojo, un devorador de mundos encadenado al concreto del edificio, descansaba bajo el sol. Kromg alzó la mirada y le miró extrañado. –¿Y tu gato? –¿Cuál gato? –Um. Bien, ¿el cacto? –Ahhh, ese gato… ¿Cual cacto? –El cacto come niños, gatos y viejitos. –Ahhh…. si, ese… ¿cuales niños y viejitos? ¿Qué? –El loro pues, el cacto que parece loro y araña como gato, y come gatos y viejitos, y niños también, que se come los niños del mundo. ¿Cómo se llamaba? ¿Rob? ¿Mob? ¿Job? –¿Chob? –No. No. Bob, se llamaba Bob. ¿Lo dejaste secarse? ¿Lo quemaste? ¿Lo abandonaste en un basurero? –¿Bob? –Si. Bob. –No sé de quien me hablas –Sin embargo, cuando Fest escuchó el nombre del cacto, sintió el tiempo más pesado. Empezó a medir el tiempo, pero no supo por qué… el tiempo que tardaba en consumirse el cigarro, los segundos que tardaban en responderse las preguntas, el tiempo que le tomaba a las sombras por el sol cambiar de posición. Midió el tiempo que le tomaría abrir la puerta en un futuro, el tiempo que tomaría el camión para ir a la escuela el martes, el tiempo que su vejiga tardaría en procesar los líquidos de una coca de dieta y se viera forzado en ir al baño. Fest suspiró apesadumbrado. –Mírame a los ojos. Fest obedeció. Se quedaron en silencio un largo rato, Fest esperó a que algo sucediera y lo único que paso fue la sonrisa del lobo. –Ya entendí. Te queda poco tiempo. Si quieres buscarlo, debes hacerlo ya… –Claro. ¿Buscar a quien? –Hacer tratos con Satanás siempre trae sus consecuencias, ¿qué no has escuchado por ahí que siempre gana? Aunque bueno, dicen por ahí que un viejo con ganas de morir y una adivina ciega e inmortal, le ganaron una vez una partida de ajedrez. Dicen, yo no creo en cuentos de viejitas. Si te interesa saber, el tipo jugó con tu memoria para ganar ventaja. Puedo contarte una historia si gustas, a ver si escuchándola te ayudo a recordar. Toma asiento. Fest tomó asiento y preguntó–: ¿Te cae que hice tratos con Satanás? –Tienes la marca, y también tienes la marca de la muerte. Pudiste haber muerto, pero hiciste el trato antes. Estas metido en un buen problema… y en uno muy extraño. Es de esos problemas que podrían convertirse en leyenda, ¿sabes? Por la rareza. Pero bueno… eso no nos atañe ahora, si no te acuerdas, no puedes empezar a buscarlo y para que lo recuerdes, tal vez funcione contarte la historia. ¿Listo? –Pues ya qué… El lobo resopló. –Erase una vez un cacto llamado Bob. Dentro de él, guardaba el espíritu de un rencoroso cuyo amor nunca fue correspondido en vida y el cuerpo del cacto, fue moldeado del barro y la arena por las manos de Satanás, para recibir a ese espíritu lleno de amargura y venganza. Cuando se unieron el espíritu y el cuerpo, entonces adquirió ojos, adquirió conocimiento y adquirió el sentido para mirar a los espíritus. Con ello podría cumplir su venganza. Sin embargo, a cambio, Bob tendría que entregar su alma a los infierno y para que él no se consumiera por el hambre y perdiera su consciencia “humana”, debía comer carne fresca. Se cuenta en su haber, el asesinato de alrededor de quinientos niños, cuyos nombres están registrados en el libro de los niños muertos de T.F. Hadied. –Uh… ok, ok. ¿Ese era mi cacto? –Fest hizo un ligero gesto de horror absoluto. –Espera, déjame terminar. Para que te des una idea de quien era Bob, alguna vez, a mitad de la noche, cuando vivías en la Narvarte, ¿recuerdas? Si, si lo recuerdas, a él no, pero lo demás si. El hambre venció a Bob y lo obligó a saltar por la ventana, entonces caminó durante incontables cuadras hasta que escuchó el balbuceó de una niña, de un año a lo más. La niña, hacía unas horas antes, se había visto sometida al amor y sorpresa de sus padres, quienes dedicaron...

Capítulo 5. La esotérica historia de Bob, el cacto.

By on Lunes, julio 31, 2006

Aquí es donde debo disculparme contigo y con tu séquito de lectores, quienes han agarrado un curioso gusto por mi historia humana. No les ha importado saber mi debilidad, mis decisiones erróneas, mi falta de carácter. Supuse que como tú, ya le habían tomado demasiado cariño al Bob tiránico, inteligente, consciente como si estuviese en peyote y que al contarte mi historia, acabaría por provocar nuestra muerte. Que acabaríamos borrados del mapa, como el camino que no existe. Pero tú accediste a contar mi historia a todos y yo no pude abandonarte. Pudiste escucharla tu solito, ¿sabes? Pero imagino que una historia de mi magnitud significa un peso enorme que no puedes cargar solo y aunque los demás crean en el valor entretenimiento que significa este probable invento, tú sabes que pasó de verdad, porque puedes escucharme y ver como reaccionan mis espinas al evocar recuerdos dolorosos. Si, esta bien, no siento nada, pero recuerdo como se siente, o siento diferente, siento como un cacto. Recordar es como acercarme un cerillo encendido, mis células se disparan y todo se nubla, es como estar a punto de desmayarse pero ser incapaz de hacerlo. Y créeme, cada que me acercan un cerillo, me vuelvo un poco más loco. Pero, igual con la nostalgia o con el trauma, la locura es la de un cacto y esa locura vegetal no sé como explicártela. Guillotina me envenenó y me enterró, no muerto, pero si bien atarantado. Ni siquiera pudo meterme una bala el cabrón… no sé si porque nunca usaba pistolas el pendejo o porque su emotivo discurso mientras partía la tierra sólo era una mentira, pero lloraba de verdad, así que supongo fue un error de lo más humano (por supuesto) el no llevar la pistola para terminar de sacrificar el animal. Después que me enterró empecé a escucharlo todo. Escuchaba a tres kilómetros las patitas de un alacrán bordeando un cacto, escuchaba a dos o tres metros como el calor quemaba las espinas débiles de un nopal, podía mirar las olas de calor que estaban sobre mí modificando la percepción de un mundo normal. El calor más feo que una guayabera desfajada, semidiós dixit. Entonces, o empecé a delirar, o de veras ya estaba muerto, porque estaba mágicamente en una playa y en esa playa miré a Salcedo sosteniendo una concha en la palma de su mano, miré a Salcedo acercarse a mí y tomarme las manos (que había perdido por la Guillotina), sentí a Salcedo acariciarme con la otra palma bien suavecito el sexo y se me acercó a la oreja, me sonrió bonito, me dijo: “Resucitarás al tercer día corazón”. ¿Me creerás, que aun con la tierra erosionada metiéndose por las fosas nasales, por los labios, por el ano, estaba yo sonriendo? Pero sonriendo de veras, de oreja a oreja, como pinche Dante que finalmente encuentra a su Beatriz, como pinche Simón Dor que finalmente encuentra a su Beatriz. Y había una parte, el espíritu, que ya estaba más allá que pacá, y esa parte solamente odiaba, solamente odiaba la sonrisa humana estúpida de satisfacción porque al pendejo le hubieran cortado las manos, le hubieran engañado por dinero, le mataron por ordenes de su padre, le pidieron perdón mientras le arrastraban con el olor a sangre y orines exudando por las ropas. Es aquí donde te digo y me temo que ya debes saberlo, que el espíritu rencoroso tiene un poder infinito y este hará todo lo que pueda a su alcance para no desperdiciar su existencia, o sus ansias de venganza. El calor se intensificó a niveles que no puedes creer, los alacranes se hicieron más grandes, las espinas del nopal robustecieron tanto que ya no se quemaban por el calor del sol. La imagen de Salcedo adquirió tonos naranjas y pude verla tal como era, la imagen digo, porque a Salcedo en ese momento seguía pensándola como mi verdadera salvación. Supe que no era Salcedo cuando se arrodilló frente a mí y empezó a morderme el sexo salvajemente. Se levantaron dos líneas de arena, o dos líneas de tierra, y apareció éL. ¿Sabes a quien me refiero? En un Cadillac rojo, siempre caminando al sur, siempre al sur, esta montado el Rey Satán. Su coche arrastra con él las nubes, su escape libera al infierno, una vez sentándote como copiloto no te puedes bajar y la misma canción de The Coral en el estéreo, todo el tiempo. Un hombre de traje blanco, fumando un puro igual que mi padre, cuyo rostro era irreconocible, se bajo frente a mí. ¿Sabes lo que es el temor de Dios? No se compara nada cuando sientes el temor de los infiernos. Acarició la cabeza de Salcedo mientras me la mordía y me dijo–. Esta es su alma, que ya me pertenece y usted, mi buen señor, esta a punto de pertenecerme. Como no le queda mucho tiempo en esta tierra y como, la verdad, dudo que los tratos burocráticos entre cielo e infierno arreglen que usted vaya allá arriba, ¿por qué no mejor nos ahorramos cualquier juicio y le propongo un trato? Créanme que si en México se gastan recursos y todo es mejor por la vía alterna, entre el cielo y el infierno es lo mismo, no se pierde de nada, mas que tiempo para disfrutar la eternidad donde mejor merece. No pude evitarlo, le pregunté si era el diablo,...

Jopeden.

By on Jueves, octubre 13, 2005

De tres días a hoy, hoy es el primer día que se queda para saludarle. Sencillamente no lo soporta. Escribir, completar, pulir, trabajar, refritear una novela… en todo eso se ha convertido el concurso del próximo 20 de Octubre. Actualmente ando trabajando con uno de mis textos anteriores, no escribí algo nuevo por falta de tiempo y de ideas (no he sido muy ocurrente estos últimos días. Adaptation). Lo reviso, lo releo, me transporto a los días en que lo escribí, le pregunto a la gente si realmente le gusta, si no lo confundirán con un libro de superación personal, si de veras puede ser masticado como material de concurso. Estoy inseguro de ello porque, en parte, soy muy exigente conmigo y por otra, sé que lo escribí en una etapa experimental (aunque yo tiendo a pensar que lo mío son puros experimentos). Así que lo estoy trabajando con esta visión en mente–: Preséntalo, nada pierdes si no ganas, ganas mucho si no pierdes y mientras presentas la novela a cuantos concursos puedas, quieras, tengas tiempo… ya escribirás otra cosa. Ya escribiré otra cosa, algo que de veras me deje satisfecho… ¿pero no todos los escritores hacen eso? ¿Tratar de escribir algo que de veras les deje satisfecho? En verdad no lo sé, yo apenas lo estoy intentando. En mis veintitrés años he escrito tres novelas, veintitantos cuentos, dos novelas cortas o cuentototes, cero poesía que me digne a aceptar como mía y mucha basura. En este blog esta la mayoría de todos esos escritos. ¿Cuántos he publicado? Cero, nada, nanai, tal vez me han publicado en revistas universitarias de otros estados y eso porque me piden permiso o me platican. A algunos chavitos les gusta lo que escribo. Pero… ¿publicar en serio? ¿Por qué no? No sé si me da miedo el ambiente literario, o me da pereza investigar, o no tengo ganas de jugar el juego de seducción para ganarme a los contactos, o porque cuando escucho a los escritores mexicanos hablar en voz alta (tengo tres como profesores, por ahí andan anunciados para un evento de [Octubre a Diciembre](http://ombloguismo.blogspot.com/2005/10/noms-para-recordrsela.html)… luego que busque los datos, igual y los publico) no me visualizo como uno de ellos. Y si hablan en voz alta, y hablan rete bonito, y luego ni les entiendo, y ya después, cuando me entero que son una eminencia de tal, un director de publicaciones por ejemplo, o el traductor antologista más chingón de perenganowers, entonces me cohibo y me cohibo porque cuando los tengo enfrente, dándome clases, no comprendo porque estan dando clases si a duras penas unos cuantos compañeros les respetan o les hacen caso. Deberían ser escritores, no profesores, pienso… pero de algo tiene que vivir el escritor, ¿no? Aunque sea enseñándole a unos cuántos lángaras como yo. Igual y en unos años, acabando mi carrera, me dedicaré a enseñar literatura, ¿no es así? ¿No es lo que pasa con nosotros estudiantes de letras? Hey, te tengo esa noticia: Si apenas estas empezando tu carrera de humanidades, sobre todo letras, mi buen señor, y crees que la humanidad despertará a la humanidad… Empezarás dando clases a unos lángaras que eran como tú, ¿cómo ves? Y si no aprovechas eso, no vas a cambiar ni madres. La novela que pretendo presentar a los concursos y que estará peleando durante un rato, es la de Simón Dor. Obviamente, no puedo presentarla así como así, por su cantidad de errores. Además, hay otro factor que no había considerado–: Esa novela se escribió en el blog. Como se escribió en el blog, me vi obligado a utilizarlo como un recurso, como un juego dentro de la novela y esta incrustado dentro de ella. Entonces me encuentro modificando el texto, porque, pues, en el texto no hay manera de meter el blog para que se acompañen, para que se sustenten el uno al otro. Es imposible, por excesivo y porque sale sobrando. Debo recortar aunque me duela y finalmente, puedo decir que estoy… extirpando un cáncer llamado Simón Dor, aquel personaje amargado, viejo que fuma sin filtro y bebe tequila. Algo que llamé, en su tiempo, un futuro muy probable. Todavía pienso en él, y pienso como él, muchas veces. Todavía me acuerdo y me sorprende, porque fue como envejecer con él. Mi propio personaje modifico mi percepción, de tal manera, que las cosas debo de pensarlas como él para tener tela de donde cortar. Tal vez Lobo Antunes tenga razón–: [A uno le dictan](http://www.elpais.es/articulo/elpbabsem/20041218elpbabese_13/Tes/Un%20terrible%2C%20desesperado%20y%20feliz%20silencio). El personaje no te pertenece. Tal vez Pata tenía razón cuando Padre Taxi, los personajes a veces parecían atados. Pero yo no puedo estar seguro, tengo veintitrés años y sigo escribiendo, sigo puliendo mi estilo, sigo trabajando mis temas redundantes, sigo creciendo… por eso, pienso que estará bien que Simón Dor se arriesgue a que lo bateén en los concursos, él ya esta viejo y es lo suficientemente pretencioso, fariseo y barbón para aguantar el rechazo. Yo sigo siendo un pinche...

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