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13049 (Juliette / El Caos)

By on Domingo, julio 7, 2013

Escribo aquí porque evito trabajar en un cuento. Escribí dos líneas, las iniciales, cada una me llevó un día. El título lo escribí el año pasado. Pienso en Juan Rodolfo Wilcock, y su valentía para editar y reeditar “El Caos”. Cada cuento, como dio a entender, debía ser perfecto porque era lo único que pensaba escribir. (Libertad y prisión, de chingadazo, sólo voy a escribir esto y esto, debe ser perfecto. Abandonas escribir por corregir. Un intenso deseo de trascender a través de la perfección de las líneas). Eso viene escrito en los apéndices del libro. Mi problema, eso me digo con otra voz mientras camino y hablo solo como loquito, es que quiero escribir muchas cosas, y soy muy rápido para hacerlas. Es verdad, escribo muy rápido, y luego me tengo que sumergir al infierno de la revisión. Por ahí leí: “Escritor que sólo escribe y nunca revisa, le falta intención, y la intención suma”. Estos años estoy aprendiendo a sumar. Incluso lo que escribo aquí, algunas cosas las saco de su lugar y nos metemos a los hornos, para empezar la orfebrería del asunto. Ese cuento, el que está abandonado en dos líneas, no quiero continuarlo a no ser que cada piedra caiga como un ladrillo. Habrá revisión, sí, pero será mínima. Probablemente el lector nunca descubra el trabajo que implica entregarse a la elaboración precisa de un texto, no de esa manera. ¿Cómo le va a importar que el cuento que se echó de una sentada, tardó un día por línea? Eso es demasiado fatalista. Entendí a Wilcock, mientras leí su libro de cuentos. Consiguió crear un universo oscuro, caótico. El primer cuento anticipa los cuentos siguientes, a partir de ahí, persiste la posibilidad de que los cuentos son el resultado del primero (cuento en el cuento, el primer cuento extiende sus ramas y los hombres y mujeres de esa fiesta viven sus propias historias, para beneplácito del enano), en eso consiste la perfección, eso es hacer un libro de cuentos. Ojalá fuera evidente para...

13016 (Bushido)

By on Miércoles, marzo 6, 2013

El Bushido (Proyecto Larsen, 2009) sugiere qué para hablar con algún amigo de sus defectos, es mejor agarrarlo después de un momento alegre, como una fiesta. También sugiere que primero se hable de los defectos propios para después llegar, con sutileza y elocuencia, al escabroso tema de señalar los problemas del otro. Yo le llamaría el madrazo humilde, ese viejo recurso retórico de tirarse para después jalarle las patas al otro. Algo en qué pensar. Más joven, y todavía de vez en cuando, se me escapan las palabras y las digo con una sinceridad hiriente, seca. Es el signo de mi poca familia, uno que quiero mucho y acepto tal cual es, pero no es de ninguna utilidad en reuniones clave. El samurái es un escritor, antes de abrir la boca o de usar los dedos, debe calcular el momento adecuado para llegar al tema, así como los recursos que utilizará para desarrollar sus palabras. El Bushido también tiene su propia versión de: “No abras la boca al menos de ser absolutamente necesario”, así como “La primera palabra que uses debe ser la más importante”. Qué cosa, una guía para despertar, el bruto menos bruto, un caballero que se hace a sí...

Ráfagas cotidianas (de mediados de Noviembre)

By on Jueves, noviembre 15, 2012

De Cholula Anoche tembló en Guerrero y también se sintió en Cholula. Una sirena antisismos instalada en la UDLA, muy parecida a las de Silent Hill, sonó por toda la colonia. No sabía por qué sonaba. Al principio me pregunté: ¿Quién le pondría una sirena tan fea y escandalosa a su automóvil? Luego me di cuenta del movimiento y, claro, hice lo justo: Entré a Twitter para comprobar que temblaba. Cholula me contenta con sus caminatas. Es obvio por qué: Las estudiantes, sus minifaldas, sus shorts y su juventud comprimida en cuerpos juveniles, curvos y sonrientes. A veces lo lamento: Casarme, quizás, fue el inicio de mi destino para convertirme en un viejo rabo verde. No sólo me gustan las piernas desnudas, me gustan las nubes y las ráfagas de aire. El viento penetra entre las malahierbas de los baldíos y hacen ruido de olas. Observa ese mar vegetal. Aunque desprecio a la gente que anda en caballo sobre la acera (y el camino de mierda que nadie se molesta en limpiar), me gusta ver los caballos y escuchar sus cascos en un paso calmo contra el pavimento. Hace unos días alguien me saludó mientras paseaba y me presentó a otra persona como un tuitstar. Fue una sorpresa curiosa, como la vez que conocí a Gamez en un camión y se presentó como alguien que era fan de mi bitácora. Corregí rápidamente. No dejé que lo hicieran con blogstar, no pienso hacer lo mismo con Twitter. Además, siempre hay peces más grandes que uno (en mi caso, hay muchos) y, por más halagador que pueda ser la ilusión de los seguidores que crecen y las estrellas que dejan, sigue siendo una ilusión. Entre más gente te sigue y te busca, los secretos se descubren, la intimidad transmuta en otra cosa y te manosean como una figura pública. El caso más obvio es el de Hortensia, y su chamaquito. De los perros Como siempre, los perros durmieron durante el temblor. Que los animales avisen de los temblores es un mito. Los primeros días que Sol se fue por trabajo, fui negligente con Nico y dejamos de pasear todos los días. Paseamos poco esa primera semana. Ella me despertó un día a lengüetazos y pidió hablar seriamente conmigo. Una hora de regaños después, le prometí cambiar. Ahora paseamos todos los días, aunque sea poco. Me entristece Killer cuando lo dejo en la casa. Salgo con Nico y a través del vidrio en la puerta, miro como Killer interrumpe su impulso de salir corriendo para simplemente observarnos. Mastica con algo de rencor en su hocico desdentado. Es complicado llevar a dos perros, sobre todo por él: Está acostumbrado a caminar sin correa y tomar la calle a su paso. La correa es una afrenta a su libertad de lobo contenida en el cuerpo de un french minitoy. Quiero ver a Killer viejo (tiene 11 años) pero no puedo. Cuando me animo a sacarlo y hago la maroma de llevar a los dos perros, corre y salta como conejo en el jardín, entre las hierbas. A la hora de cenar, ladra enérgicamente y su cuerpo da pequeños saltitos divertidos. Me hace reír. Nico no quiere comer, aunque eventualmente se rinde y come lo que le doy. Ya lo había hecho antes pero esta vez es más necia. A veces abandona el plato durante una hora en lo que se decide a dar la primera mordida. Me pregunto si busca algún cambio en el alimento. Recientemente lo cambiamos porque el alimento barato provocó una baja de defensas y se quedó sin pelo en un ojo, y en un costado, por culpa de unos hongos. Quizás le cuesta trabajo acostumbrarse a los cambios: Sol no está, los primeros días no paseamos tanto, le cambié la hora del desayuno a la hora que me despierto, cuando salgo la dejo varias horas sola (y no salgo muy a menudo). Es una princesa. Le hace falta un poco de maltrato. Enigmas La Muerte ya sabe de qué nos vamos a morir justo después de la primera nalgada, o del primer llanto. No es tan triste como parece, al contrario, es un consuelo que alguien sepa. Cuando regrese todo estará mejor, pienso, mientras doy un par de vueltas en la cama. He descubierto que nunca estuve habituado a la soledad, casi siempre dormí con gente. Aprecio mis pocos secretos. El ruido blanco me regresa la nostalgia del insomnio infantil. Del lector Pensé que leer Proust le quitaría el sabor a lecturas más fáciles (qué pinche snob, mamón) y no, sigo disfrutando mis libros sencillos. En un aspecto más general, eso me preocupa: el repudio a lo sencillo. Actualmente me encuentro leyendo una antología de cuentos steampunk combinados con romance. Algunos cuentos son entretenidos, unos son buenos y otros son simplemente malos. Ninguno me ha parecido genial. Me dio curiosidad el libro porque me gusta el género pero no había conseguido lectura abundante del mismo (Philip Pullman, Samuel Butler, quizás otro par). Es muy fácil encontrar el género en películas, anime y videojuegos: Mad Max, Final Fantasy, Chrono Trigger, Trigun, One Piece, Wild Wild West y un puñado de títulos más. La estética de las máquinas de vapor, los engranes, los visores y los abrigos me parece fascinante. Del escritor Entiendo la alegría de Alberto Chimal cuando declara, en una entrevista, el triunfo de haber alcanzado 400 páginas (u hojas)...

Ráfagas cotidianas

By on Martes, octubre 2, 2012

Hoy, acabo de descubrir que los pequeños adaptadores que me costaron 500 pesos para que el iPad pueda cargar las fotografías de una cámara o una tarjeta SD, también me permiten conectar un teclado y escribir en él. Todo este tiempo y sin saberlo, pude empezar a escribir mi primera novela de 7000 páginas en uno de mis tantos dispositivos. Todos los dispositivos que se me han pegado en el camino busco que puedan hacer dos cosas: Escribir y leer. No importa como. No sólo mis notas están desperdigadas en papeles por todas mis casas, mis trabajos, mi pasado… también están desperdigadas en todos los dispositivos existentes. Con el iPad tengo la fortuna, además, de garabatear cuando se me da la gana. Ningún libro de notas respetable, pienso, está exento de los garabatos. Anoche, mientras corregía uno de mis libros de cuentos, hice una mueca y me dije: “esto no es divertido”. Casi estuve a punto de levantarme, golpear dramáticamente la mesa y exclamar: “Si no es divertido, ¡no lo haré! ¡Jamás!”. Lamentablemente, una de las cosas hórridas (insisto, es un adjetivo que no se usa lo suficiente) que he aprendido con los años es que lo no-divertido es necesario, como las correcciones de los textos que se escribieron en un momento de euforia, o durante las madrugadas, o en momentos de exagerado sentimentalismo. Del más barato y oloroso que existe, ese que atrae a las moscas más ruidosas y espeluznantes que jamás hayas visto. No se vale decir que no. Hay que hacerlo. Afortunadamente existen métodos para mejorar las tareas aburridas. Poner una lista musical que te levante el ánimo. Beber la cuarta taza de café (esa que no te dejará dormir y después hará que te convulsiones en la cama por la taquicardia de la cafeína y la nicotina). Masturbarse. Abrir una película pornográfica en el otro monitor mientras trabajas. Reproducir una grabación de ruido blanco para rogar que su sonido hipnótico estimule tu cerebro. Distraerse con los besos de la esposa. Hacer una larga pausa para crear un mosaico con fotografías de mujeres poco vestidas. Asomarse a ver el Popocatépetl y olvidarse del texto un rato. De un tiempo para acá, tengo ganas de hacer una historia de ficción interactiva. Incluso tengo una instalación preparada de WordPress para empezarla cuando se me antoje. El problema es que los antojos sobran pero los proyectos no. Aparte de los pequeños y urgentes trabajos, me encuentro en el infierno de la corrección. Tengo, al menos, tres correcciones más en el calendario de aquí al fin de año. Me encuentro escribiendo una novela corta que no resultó tan fácil como pensaba (ojo: nunca es tan fácil como se piensa). Si no es la novela, el tiempo libre se me va tomando notas para un libro de cuentos que me gustaría explorar, a ver a dónde me lleva. Últimamente acomodo ese verbo donde se pueda: Explorar. Quizás son las circunstancias de la vida pero, a estas alturas, me gusta más tomar el tiempo para explorar los diablos que ya conozco que descubrir unos nuevos. No desprecio el descubrimiento, para nada, viene con la exploración… pero mi método se enfoca en detenerme a mirar lo ya recorrido, apreciar lentamente el cuarto en el que estoy, contar las grietas, los nidos de las hormigas, los cigarrillos consumidos por los otros, lo que sus manos tocaron brevemente. Abrir caminos está bien pero disfruto explorar los que estoy recorriendo bien despacio. Prometo no corregir esta...

Poltergeist, Proust, etcétera

By on Martes, septiembre 18, 2012

Leo “Poltergeist”, una novela más que arrostró para llegar a mi biblioteca. (Bonito verbo, arrostrar, me gusta mucho. Es preciso, suena rico). Lo leí de niño. Tendría como unos nueve o diez años. En ese entonces me daba miedo. Repentinamente, mientras avanzaba las páginas esta tarde, recordé imágenes de mi niñez, momentos de la película y fantasías escabrosas, imaginadas, que tuve alguna vez mientras devoraba el libraco. La escena de Marty en el baño y en el espejo, la mordida, el payaso sonriente. No terminé de leerlo, lamentablemente no fue por pavor, sino porque mi tía Imperio me lo quitó. Me dijo que no sabía cuidar los libros luego de ver sus páginas llenas de grasa, de mermelada, de manchas de chocolate. Lo forró con un papel azul de regalo, lo escondió en su librero. Pasaba por su habitación, me asomaba, a veces le preguntaba si podía prestármelo para acabar de leerlo. Quizás lo hizo alguna vez, quizás lo manché de nuevo, quizás me lo quitó para llevárselo y dejar la historia inconclusa. Irónico, ahora ese libro me pertenece. Nunca he sido cuidadoso con mis libros. El tiempo que los tomo para leerlos o para revisar fragmentos, puede ser el momento preciso de su muerte, de romperse. Es el tiempo de mancillarlos con alguna delicia gastronómica, la grasa de los chicharrones, la salsa de las quesadillas. Ni modo, soy un lector cochino. Hay tantos libros que recuerdo y quisiera recuperar. “Poltergeist” no tiene una prosa fantástica. No sé si los accidentes son culpa del traductor o del material original. Algunas imágenes me remiten a los diseños que hizo H.R. Giger para los espíritus y los monstruos, eso me agrada. Es una buena lectura para limpiar el paladar antes de continuar con Proust. “La prisionera”, el tomo cinco de “En busca del tiempo perdido”, siento que me capturó meses. No fue aburrido, no como el tercer tomo que me pareció una tortura. Al contrario, es abundantemente delicioso con mis personajes preferidos y las situaciones en las que se ven sometidos: de Charlus, los Verdurin, Albertine y finalmente, la hermosa Sonata de Vinteuil. No me explico la demora de su lectura. Es algo inefable. Las páginas me parecían largas, larguísimas, los párrafos extrañamente sustanciosos, más que en los libros anteriores y me encontraba presa de un sueño. Supongo que me convertí en un prisionero. ¿La sugestión del título? ¿La constante referencia al ruiseñor de oro enjaulado y su cantar dorado? Cuando regrese a Proust, en un par de años, quizás pueda explicarme esas caminatas largas, esa multitud de voces que guardan silencio al momento que Morel empieza a tocar su violín. Supongo que llegué por un accidente a otro país. No podía regresar. Siete tomos, supongo, tuvo que escribir siete tomos. Mientras leo a Proust pienso que logró escribirlo todo. Lo bueno: No se escribe para buscar algo novedoso, se escribe porque sí. Se escribe y ya. Darle un propósito a lo que siempre quise, o siempre he querido. Desmenuzar el lenguaje, sus efectos, encontrar la belleza, lo horrible. Escribir es fabricar un espejo. Es lo que soy, lo que imagino, un filtro de lo que miro reflejado a los otros. Puede ser chueco, puede ser angosto, deformado. La lectura es el espejo negro, así como el agua para el paladar, una limpieza de colores, de imágenes, darle descanso a la vista antes de continuar el cuadro. Me gusta escribir, así como odio hacerlo. Una pasión de dualidades para mantenerse vivo, para decirse que se está cumpliendo el destino. Caminos retorcidos que recorre...

Un poco de amor para Padre Taxi

By on Miércoles, septiembre 12, 2012

No sólo para Padre Taxi, también para el blog en general. Desde hace tiempo (quizás un año), dedico unas horas a la semana para editar las entradas y verificar formato, fotos de presentación, y otros detalles estéticos. Cambiarse de nombre fue lo fácil, los desastres vinieron después. He arrastrado muchos problemitas por ahí: Se rompió el markdown, las primeras fotos las puse en el servidor de picasa en lo que arreglaba otras entradas, y un par de cosas más en la lista. Quisiera darle más tiempo, pero la edad y la vida me alcanzaron. Prefiero hacer otras cosas. Prefiero escribir en el mundo de afuera, por ejemplo. O de repente me caen trabajos a los que le dedico semanas o meses enteros, y me quedo sin tiempo para prestarle la atención necesaria. Podría hacerlo durante una hora al día, pero tendría que quitarle a Nico su paseo diario y eso es algo que, simplemente, para mi lotófago orejón, es inaceptable. Trato al menos de trabajar una página del blog a la semana pero, a la fecha, son 210. Sería un trabajo de cuatro años más lo que se acumule. Vaya. Sin embargo, me alegra que ayer finalmente terminé de dibujar los bocetos de los personajes de Padre Taxi (y arreglar el formato de los capítulos. La mudanza los dejó despedazados). Aquí una pequeña galería con los títulos y los perfiles en tamaño completo (aunque también pueden verlos en el índice de la novela): von Lurendberg, con algo de rostro Andrés “Padre Taxi” Burgos El General Rafael Arlequín von Lurendberg, el hombre sin rostro Billy, el saxofonista Matías Elizondo Yasmín “La Tía Yemita” Molina de Jesús Killian Amelia, de las sombras Mayela “La Muda” Lomelí La Dama Gris Alicia von Lurendberg Ezequiel Montes de Oca Jonás, el músico Pompadour de Boyselle La cosa con Padre Taxi (y ese poco de amor que le ofrezco) es que… es mi primera novela terminada. Por eso siempre la querré, y también por eso mismo la despreciaré. En futuro y en presente. Es un texto obviamente joven y cursi. A pesar de ello, tiene muchas cosas que eventualmente he ocupado para otros cuentos, otros textos, otras líneas. Hay personajes en él que todavía exploro (visito, como un espectador ajeno, oculto en las sombras, dudoso de lo que veo, quizás otra cosa interfiera y no sea el personaje, sino un espejismo), mientras estoy tomándome el café, encendiendo el cigarrillo. Me pregunto, como uno se pregunta de los amigos abandonados, que estarán haciendo. Definitivamente, Padre Taxi me recuerda cuando escribir era un gozo salvaje, menos meticuloso, una explosión a la imaginación y dejarse ir, caer en el abismo de escribir una novela como un trabajo obligado y diario. Es un homenaje a todas mis lecturas sencillas y tempranas de un lector sencillo y temprano. Hay días que me gustaría negarla pero también hay días que la acepto tal como es. Negarla sería quitar un ladrillo de lo que me trajo aquí. Aún cuando me avergüenzan sus detalles de redacción, sus formas de tratar al lector como tonto, los dos capítulos donde no pasa nada mas que una glorificación absurda de los personajes y sus motivos, su manejo irresponsable de la muerte, de los fantasmas, de los animales como fábula. Tengo derecho a odiarla, a criticarla y a despedazarla, así como tengo derecho a después arroparla, acicalarla y regresar a ella, como una bola en la cadena inevitable, inexorable tal vez, y amar ese hilo invisible que nos une. Todavía me da pena cuando releo algunos capítulos y encuentro los más simples errores de redacción. Curiosamente, con Taxi no hago lo mismo que otros textos, revisarlos, arreglarlos en paz y en calma, y seguir con la vida. No me permito. Lo dejo, así de terrible, tal cual es. En un par de años espero darle su peinadita, su pulida, quizás sacar una nueva edición, quizás reescribir capítulos enteros, quitar personajes, quemar el circo para las vidas pasadas (un homenaje al tedio de escribir para que los personajes no se quedaran callados). Es pedir demasiado. Hay mucho más que escribir, mucho más que está en el cajón y exige búsqueda. Ojalá tuviera tiempo para todo ello. Mientras tanto, espero que baste con este poco de amor que le ofrezco, una ofrenda sencilla para seguir nuestra vida juntos, en...

Algo de lo que aprendí en diez años.

By on Lunes, agosto 20, 2012

Quisiera compartir un poco del aprendizaje que he tenido con la experiencia de tener un blog, o mejor dicho, una bitácora como la mía. Supongo que estos consejos pueden aplicar a ciertos diaristas, escritores o jóvenes recién iniciados. Conservar uno de estos es una experiencia gratificante. También me atrevo a decir que esencial para cualquiera que aspire una carrera artística, de entretenimiento, comunicaciones, periodismo o simplemente, destripándolo a su esencia más básica: refinar la capacidad para contar historias. Tengo reglas. Son las que pienso platicarles, a grandes rasgos. Si inicias una bitácora o ya tienes la tuya, es sensato que te sientes a escribirlas. Si no las tienes, piensa en ellas, quizás están ahí pero no las has nombrado. Los límites, contrario a lo que parece, enriquecen u ofrecen opciones. Necesitas algo que romper cuando el aburrimiento o la rutina te hayan alcanzado (porque lo harán, el tiempo es inevitable). No borres lo que ya publicaste. No seas de los que, en un arranque de tristeza o un berrinche, borran el blog para castigar a sus enemigos imaginarios. Si tienes la constancia y la paciencia, encontrarás algo de valor en los primeros textos que escribiste. Prepárate: No son brillantes. No te dejes engañar por la inocencia, o la ingenuidad. Seguramente te provocarán vergüenza, quizás tanta que hasta huyas a esconderte. No hay nada más atemorizante que un reflejo más joven y no hay mejor monstruo a vencer que lo escrito en el pasado. Existen tesoros escondidos en las primeras líneas escritas. Tampoco se trata del regreso, la tristeza o la melancolía (que también puede haber), recuerda, se trata de buscar los diamantes. Explora, piensa que eventualmente encontrarás líneas ocultas con la capacidad de hablar contigo, de iniciar procesos nuevos, un cuento velado o una búsqueda que se pensaba olvidada. Si lo que publicaste alguna vez, de veras no te gusta, entonces haz lo que se debe hacer: Deja la anotación en su lugar; abre un procesador de textos, copia, pega y trabájalo; corrígelo. Cambia la voz del texto, cambia el tono, quita las palabras desagradables y cámbialas por otra. Reemplaza la anotación original, si quieres, o guárdalo para ti. Si no puedes más, elimínalo. Sin embargo, te advierto, lo que eliminas siempre lo recuerdas. No pienses en los lectores (tampoco mientas, escribir para ti es lo mismo). No escribas para ellos, para todos o para “ninguno”. Es un error escribir la primera línea pensando: “Para Chuchita, a quien tanto quiero”. Puede que te salgas con la tuya una vez, pero las siguientes alimentarás un monstruo. A no ser que tengas un nicho específico o te hayas puesto el disfraz de payaso, no vale la pena. Los lectores de tu blog eventualmente se irán, se aburrirán de ti o regresarán silenciosamente para recordar la primera vez que te leyeron (les provocaste algo, tal vez, y raras veces te enterarás de que lo hiciste). A un gran porcentaje de estos lectores sólo les interesa hacer un amigo, preguntarte como hiciste algo o buscan con quien hablar. Si tienes suerte, hasta coger. Quizás les interese tu opinión para validar la suya; te tienen en estima o confían en tu criterio. Muchos más querrán insultarte porque en internet es el deporte. Pocos lectores, igual que con los libros, se acercan a un blog por el placer de leer. Un lector experimentado (y pretencioso) siempre desdeñará leer un blog por un libro. Mejor, aprovecha esa libertad, y dedícate a buscar el placer en escribir. Los placeres se educan. Escribir es un ejercicio de reglas y múltiples caminos a seguir. Equivócate, escribe mal y luego regresa a releer lo que hiciste. Pon los signos y los acentos en su lugar. No te quedes con lo primero, quédate con el segundo o con el tercero. Investiga el nombre de las cosas que usas a diario, escúchate y date cuenta de las palabras que repites. Busca sinónimos y antónimos. Hay deleite en aprender palabras nuevas y salir corriendo a escribirlas en una anotación, un cuento o si tienes algo de matemático, en un poema correctamente estructurado. Después de usada, úsala otra vez. No la olvides. Publica, regresa a leerte, toma notas, edita cuando vuelvas. Avanza hacia el quinto, o el sexto. No te preocupes, con los años esto se aprecia y se entiende mejor. Lee otras cosas. Lee la Biblia con un diccionario a la mano, busca libros infantiles de hace diez o quince años y date cuenta como han cambiado las palabras, lee ese libro gordo que te da miedo. Son pocos los libros esenciales que un lector sencillo necesita en su vida pero te darás cuenta que pocas veces se quedan ahí, se convierten en adictos, en participantes de la búsqueda infinita. El buen lector encuentra hasta lo que no busca en un libro que llegó a sus manos por accidente. La lectura es un ejercicio y raras veces te lo dicen, pero también tiene reglas y ellas te enseñarán a escribir, no sólo en un blog, en lo que quieras. No leas lo mismo que tus amigos, la conversación eventualmente te aburrirá. Toma lo que te dé miedo, vergüenza, incomodidad. Lee los otros autores mencionados en el libro gordo que te atreviste a leer. ¿No te gusta la poesía? Sal a comprar libros de sonetos. ¿Te aburren las novelas? Cómprate la más gorda que puedas encontrar. Subraya los párrafos que te gusten, anota en...

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