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13005 (Ficciones)

By on Miércoles, marzo 20, 2013

Borges no solamente es la violencia, también son los laberintos. Anoche entré a una página que genera laberintos al azar y a otra que genera mazmorras para juegos de rol. Durante un rato estuve admirando las líneas, los cuadros, los pixeles e imaginaba los caminos a tomar de ser un personaje abandonado en el centro, en uno de los extremos, en donde sea. Estuve un rato explorando las posibilidades de crear ficción con esas herramientas. Borges, en la brevedad, es capaz de soñar con todos los caminos posibles (mejor dicho, es un gran engaño, el mejor de todos los trucos), los destinos que se traslapan, y transgreden el tiempo en curso. No permite dudarlo, quizás esa es su mayor virtud. Deja a otros, a sus lectores, como un sueño la posibilidad de crear un libro infinito, de escribir una versión propia de los jardines que se bifurcan. Mala cosa. La tarea para un sólo hombre parece desoladora, de por sí, escribir una novela es entregarse resignadamente a la muerte (Bushido) y el mismo Borges soluciona esto con la enciclopedia de Tlön. Quizás un niño podría conseguirlo pero el niño no tiene la paciencia necesaria para los detalles, además de qué, sorpresa, la infancia dura sólo un momento. Un niño siempre niño no estaría suficientemente sumergido en el engaño (personaje de un bestiario). Los niños inventan para otros niños porque están acostumbrados a imaginar. Ofrécele un mapa vacío y lo que dura un suspiro, buscará todos los...

13003 (Los malditos niños)

By on Jueves, marzo 14, 2013

Vine al área de negocios del hotel, es un área muy cómoda donde el internet es estable. Optimista, casi tanto como Alfredo Peniche, traje mi iPad y mi teclado inalámbrico, decidido a que me sentaré a escribir aquí. Aunque sea algunos postitos para el árbol. Empezó todo mal. No había espacio en las mesas porque las ocupaban unos gringos mirando una película de Adam Sandler. Los cuatro escritorios con computadoras estaban ocupados. Entonces fui a los sillones, resignado a la comodidad. Cuando me senté en ellos me hundí, casi me caigo a otro lado, un mundo al revés. Así no se puede escribir, suspiré, le pedí a mi esposa que guardara el teclado. (Ella decidió seguirme para ser testigo de mi pequeño capricho). Me puse a leer los correos pendientes. Un centenar de correos, y de nada importante, la mayoría son avisos de Twitter que activé recientemente. Quizás los desactive de nuevo, en vacaciones no es conveniente tenerlos activos. Mi iPad a veces no soportaba la cantidad de los correos, así que la app de Mail simplemente se cerraba y tenía que empezar de nuevo la depuración. Qué enojo. Entran unos niños. No son de aquí, no me es fácil cachar su acento. Al principio creí que eran españoles, pero quizás son de alguna región específica, una que nunca he escuchado. Los niños son libres en el Centro de Negocios, nadie les vigila, es impresionante la libertad de los salvajes. Tendrán unos ocho y diez años, el cabello despeinado, los ojos pequeños y brillantes que son una señal común de muchos criminales. Se libera una mesa, tomo rápidamente mis cosas para ocuparla. Mi esposa me acompaña, buena, tranquila, feliz de la vida, con un libro de Sherlock Holmes, el segundo tomo de una compilación. Me dispongo a escribir algo y los niños, empiezan a salir y entrar del Centro de Negocios. Quien sabe qué juego habrán inventado. No son escandalosos pero… se dan a notar, es imposible no verlos, no registrar la cantidad de ciclos que ocupan en salir y entrar. Se arrojan, extienden su territorio, ahora desde la entrada hasta la máquina de café, en la máquina de café (atrás de mí) se sirven un café, se lo toman de un trago (sin quejarse), y van hasta la entrada. Repiten la hazaña unas cuatro, cinco veces. Llega la madre de los niños, sonriente, les acaricia la cabeza, la pobre imbécil no sabe lo que le espera, y después llega el padre, es de esos padres serios, malencarados, que están dispuestos a educar hombres verdaderos, pide un whisky y se va a uno de los sillones. Los niños se van, sin correr y sin gritar, como si la cafeína fuera una imbecilidad, una mentira para controlar idiotas, hacia la mesa de billar. Juegan con la mayor naturalidad mientras yo pongo la cabeza sobre la mano, y pienso que de algún modo, acabo de ser testigo de un orden natural de las...

13012 (Aleph)

By on Lunes, febrero 11, 2013

Quiero escribir una historia interactiva por twitter. Primero pensé que debía ser una novela y luego de pensar en todas las complicaciones, y repasar la lista de proyectos pendientes, me rendí como se rinde la gente que prefiere soñar para ser desdichada. Hay buenos motivos para rendirse: Una novelas es, además de contar una historia, un homenaje al lenguaje. No dudo de la estética en fragmentos de 140 caracteres, o menos, pero se pierde peligrosamente la atención, la secuencia, el flujo de la narración. Quizás es mejor que cada tuit viva como un universo contenido y esperar, quizás, encontrar algún día el hilo conductor que una todos esos fragmentos para descubrir, por error, que se escribió una novela. Escuché, si mal no recuerdo, que al atravesar el universo (encontrar el fin, ese borde donde cae el agua estelar y alimenta a los cuatro elefantes, y a la tortuga) llegamos a la materia oscura, el triunfo de las múltiples dimensiones, un océano que contiene los otros universos donde otras dimensiones son posibles, e incluso, únicas. Si además éramos tan egocéntricos como para pensar en este único universo como único (y la raza humana, y el planeta, y el individuo), alguien arruina la fiesta, alguien dice que no y alguien tiene la imaginación para alargar el hilo que nos conecta a todos de las muñecas. Alguien con esa imaginación puede encontrar una novela escrita a capítulos de 140 caracteres, en todos los individuos...

13008 (Aleph)

By on Jueves, enero 17, 2013

Prometí, mientras miraba el mar en compañía de un niño llorón, que escribiría algo estas vacaciones. Unos minutos para ceder la voz a los dedos. Aunque sea algo breve. El sueño infantil e intencionado de todo bloguero, y seguro uno de sus propósitos comunes de año nuevo, es escribir una entrada todos los días. Quiero hacer eso, y lo haré. Cuando regrese de la playa esta será la primera entrada, una entrada anacrónica pero que cumplirá su función, de cualquier manera. Anoto en el manifiesto del árbol: Deja de preocuparte por tus múltiples voces, y también cede la angustia de repetir anécdotas. Por ahí mismo escribiré: “Una nota todos los días”. Mañana, quizás, me preocuparé por esa compulsión personalísima de no llenar el árbol con videos, notas populares y sosas, fotografías o citas de libros, porque eso es hacer trampa, es usar una máscara para ocultar algunos deseos, o pensamientos banales, o susurros...

Primero de diciembre, 2012

By on Lunes, diciembre 3, 2012

Foto: Amante Bandida. La imagen: Felipe Calderón, un presidente muy odiado, entrega la banda presidencial a Ernesto Peña Nieto, otro presidente que, a la fecha, también es muy odiado. A uno se le achacan la muerte de decenas de miles de personas mientras que al otro se le mira con temor por regresar a las viejas prácticas del gobierno que tanto trabajo nos costó destituir. Ah, los viejos tiempos (Érase una vez… Fox), el mexicano goza enormemente ponerse de acuerdo para, entre varios, chingarse a uno, sobre todo al más grande, al poderoso, a la autoridad. Entre todas las posibilidades, y todas las trampas de todos los partidos, la gente (apenas la mayoría) finalmente decidió, tímidamente, regresar a la etapa donde las cosas no iban bien pero tampoco nos mostraban todo lo malo. La banda pasa de manos… y ninguna de las manos es, o fue, confiable. No consiguen engañar lo suficiente para pensar en otras cosas. El fin de semana me sentí inquieto. Seguí, con el ojo al garabato, la marcha pacífica que organizaron diversos grupos para protestar lo que ellos llaman la imposición de Peña Nieto. Tengo mis reservas, y la verdad, nunca he tenido en la vena algún gen revolucionario. No tengo por qué. Navego con el presentimiento de que cualquier presidente electo andaría con el mismo mote: “El impuesto”. Estas elecciones la gente estaba demasiado dividida, no había un sólo enemigo a vencer, un poder a cual chingarse. No soy lo suficientemente ingenuo para seguir con la idea de que el partido presidencial fue el único tramposo, el único manipulador para conseguir la silla presidencial, los políticos tienen, en su lista de habilidades, la capacidad de ensuciar sus manos. Sólo podíamos escoger uno de muchos diablos y todos los diablos igual de rojos, con los cuernos igual de puntiagudos. Sin embargo, al final del día, simpatizo con el enojo, la decepción y la ira de la gente. Algunos encuentran en las marchas, las pancartas y la protesta, la medicina para calmar la herida. Marchan para expresar la democracia, su opinión política y su descontento con el camino de las cosas. Entre más gente se une a las marchas es imposible ignorarlas. Eso está bien. Marchan por algo, y ese algo nos atañe a todos. Hay una fotografía donde un puñado de empresarios, vestidos de gris oscuro, sonríen y platican como jóvenes estudiantes antes de que el director inicie un discurso. Entre esos empresarios, podemos ver a Carlos Slim y Emilio Azcárraga. No pude evitar contagiarme con su sonrisa, todos lo hacían, y pensar, fugazmente, “nos chingaron”. Un hato de cerdos cínicos. La violencia comenzó desde que cerraron las estaciones de metros y estalló el primero de diciembre, del 2012. Parálisis de la ciudad, y un movimiento estático, repentinamente, comenzó a vandalizar las calles. Reforma, Juárez, el monumento a Revolución. Hombres y mujeres con un pañuelo cubriéndoles la boca, rompiendo vidrios, pintarrajeando muros y quebrando la paz de los establecimientos. Qué raro, pensé, si todas las marchas fueron pacíficas, si acaso —y en ocasiones— nomás intolerables, sin importar el nombre del grupo: Morena, 132, etcétera. Mañana en los periódicos: Murió un Starbucks, un Banamex y el Hemiciclo a Juárez. Murieron algunas personas, hubo heridos y detuvieron a un centenar. Vi una foto de un hombre con el cráneo hundido, la boca abierta, entregándose pacíficamente a uno de muchos descansos. Ni me molesté en verificar lo veraz de la foto, ni siquiera lo dudo. Vi un video de gente, contenida atrás de las bardas, tomando asiento sobre el concreto y alzando las manos, pidiendo a los granaderos que se fijen: Nosotros no pensamos en medirnos contra ustedes, simplemente deseamos protestar, simplemente estamos aquí. Pensé, con tristeza, que eran muchos granaderos, como si surgieran por generación espontánea entre las calles, se duplicaban por cada fotografía, por cada video. ¿Por qué tantos? Consumí lo poco que sabía y traté de atar cabos, ¿quién empezó? ¿Por qué la madre de las marchas culminó en violencia, en ánimos vandálicos para hacerse oír? las posibilidades son muchas: Algún grupo de porros pagados por algún partido, algunas personas simplemente necesitaban un empujón (la banda pasa de manos, o la fotografía de unos cerdos cínicos), o quizás algunos lángaras aprovecharon la ocasión para robar, expresar algo que les nació en el momento, unas gotas anárquicas. Los líderes de los diversos grupos ya están señalando culpables. Pienso, con una mueca, que en el peor de los casos, simplemente es el retorno de una vieja práctica, el desprestigio y más tarde, una nueva excusa para meter leyes, desaparecer gente, acusarlas de no tener un patriotismo servil y ciego. Qué manera de iniciar un...

Tres coronas

By on Viernes, noviembre 30, 2012

Viajando, de repente, me encontré en esta esquina y me detuve a tomarle una foto. “Aquí nos encontramos”, anoté, y luego la esquina dejó de ser esquina, se convirtió en una estructura, un edificio de tres sombreros. Todavía no me recuperaba de mi asombro cuando se convirtieron en tres escalones, y terminó mi viaje, en realidad me encontraba bajando las escaleras de no importa donde, en una espiral infinita, es el momento donde todo se junta: suelo, tierra, cielo. Los tres edificios son una metáfora: ¿presente, pasado y futuro?; ¿hijo, padre y espíritu santo?; ¿madre, padre, hijo?; ¿Clavel, rosa o gardenia? Los tres edificios no son una metáfora, no son edificios, son peldaños. Los tres edificios son tres ventanas, tres gigantes, tres piernas de una deidad inalcanzable. La trinidad de los reflejos, las angustias y una alegría piadosa para llegar al final de los días. No dejo de pensar en Cronos y como devoraba continuamente a sus hijos. Sí, pues, la gente ya se ocupó en estudiar a Cronos y sus connotaciones sexuales, coprofágicas, freudianos empolvados consumiéndose en su propio óxido, hablemos de otro Cronos, uno similar pero ocupado en otra cosa. Antes era Cronos y para escribir, estaba comiendo y regurgitando continuamente mis hijos, momentos inspirados, creación imparable. Ahora, quizás, soy otra cosa. Alguno de los hijos de Cronos. No puedo escribir, como antes, sin sentir un asomo de culpa. Observo a Cronos, soy el testigo, y no sin antes de una observación meticulosa, anoto en un cuaderno lo que recojo: Su rostro relajado al satisfacer el hambre, el vagido de los niños mientras son triturados entre sus dientes, la expresión inexpugnable de Rea quien guarda, en su interior, el rencor de ser una madre interrumpida. Atrás las cortinas del universo, el mundo todavía no es creado, y si consigo separarme, escribo del testigo que mira la escena y anota cautelosamente cada una de las cosas que suceden. Recuerdo a los Cuatro Fantásticos y la primera vez que se encontraron con Galactus, Cronos renacido, el devorador de mundos. Cuatro pobres cabrones, con poderes y todo, apenas tienen el tamaño para abrazar uno de los dedos de esa entidad imparable. ¿Cómo podrán detener algo tan grande?, imaginaba, es aún mayor que Godzilla o King Kong. En Final Fantasy VI es una sorpresa cuando enfrentas a Kefka, ya con el poder de los dioses asimilado por su cuerpo, primero te lo presentan como un hombre y después descubres que su cuerpo está dividido en cuatro pantallas. Un cuerpo monstruoso y angelical, entrelazado con otros cuerpos y otras criaturas, construyen un árbol que atraviesa los cielos. (Quizás sólo deseaba romper el televisor, conseguir una entrada a este mundo). La primera vez que lo juegas no sobra ninguno de los personajes, los usarás a todos para vencer al dios falso. En Marvel contra Capcom, eventualmente, peleas contra Onslaught o contra Apocalypse (depende de la versión, en realidad no importa). Tus personajes diminutos luchan contra una mano, y quizás contra una cabeza, existe un ligero temor de que al villano se le ocurra pelear con todo el cuerpo y se deje de tonterías. Lavos, el dios del tiempo, ocupa toda la pantalla. Salí a comprar cigarrillos y cuando regresé, Nico hizo su festejo acostumbrado. Fue por su oso gordo de peluche, lo agarró con el hocico y paseó en círculos, contoneando suavemente las caderas. Es una perra coqueta, pienso divertido por las múltiples connotaciones de la frase. Al principio, por alguna razón, pensaba que su fijación por el muñeco correspondía a la necesidad quebrada de procrear una camada. El muñeco son los hijos que jamás tendrá. Siento algo de tristeza por todo lo que leí de los bassets como madres y que nunca veré presente en el mío. Me hubiera gustado, sí, tal vez. Encendí un cigarrillo, Nico me miró a los ojos y luego renuncié al pensamiento, es la soledad la que convierte al perro en un individuo. Solo eres una mascota, murmuré, y Nico me ladró. Está bien, dije y me acerqué para palparle su cabeza, también eres mi compañera, mi guardián...

Ende, el tienpo, y las cajas de libros

By on Jueves, noviembre 22, 2012

Hay una cosa que me hace ruido en “Momo” y es la ilustración del letrero. Generalmente Ende ilustraba sus propios libros, la faceta de pintor en su niñez-juventud difícilmente lo abandonó y al menos, supongo, en ilustrar pequeñas cosas se liberaba. En la edición que leí de Momo, de repente, aparece una ilustración de la pancarta de los niños convocantes a una reunión para contarles a los adultos de los hombres grises. La pancarta está plagada de faltas ortográficas para, asumo, apelar a la niñez e inexperiencia de los convocantes, ¿pero de verdad es así? Suponiendo que eso pueda pasar… entre los niños tienen a Paolo, un chavito sabelotodo. Se me hace imposible que este personaje no haya jugado a tachar los letreros para corregir la palabra “tienpo” o las b en vez de las v. (Un juego que Ende ha practicado en otros personajes, o en otras historias). Es una tontería pero no dejo de pensar en ello y me gustaría saber si fue decisión de Ende, del traductor o de la editorial. Sé que Ende presta atención a estos detalles por los personajes que maneja “En el ponche de los deseos” y aunque ambos personajes son analfabetos, su relación también se ve afectada por sus conocimientos literarios. Esto se ha convertido en un pequeño misterio que me perseguirá de vez en vez. Leo a Sergio Pitol en “El arte de la fuga” y en algún momento menciona su casa, y sus hábitos de trabajo. Habla de su espacio como un paraíso, el lugar donde los libros pueden sentirse cómodos en sus bibliotecas y las cajas ya no son necesarias, quizás “los últimos libros”, cuando has dejado de cazarlos para contentarte con las letras que tienes y la búsqueda, aunque no ha terminado, se ha relajado por el tiempo. Por otra parte, Ruy Feben habla de su librero en letroactivos, un espacio caótico donde los autores toman posesión de los muebles, el espacio, y parecen hablarse entre sí, también habla de cajas, de una celosa posesión de los libros. Ende, en “El ponche de los deseos”, habla de los libros en un fragmento: su acomodo en la biblioteca, como son seres caprichosos, y los relaciona con los libros comunes. “Alguien con un poco de delicadeza”, escribe Ende, “no se atrevería a poner a Heidi junto a Justine“. En mi caso, mis tres tomos de Juliette están a unos tres libros de El espejo en el espejo, y comparten, inmediatamente, espacio con Borges y Pauline Réage. Esta mañana recordé que de niño, gracias a un regalo de mi madre, leí una edición menos censurada, azucarada, de los Hermanos Grimm a los siete u ocho años. Lo recordé por este artículo de Cracked, que despertó la memoria de esos cuentos crueles y definitivamente, nada aceptables para estos tiempos endulzados que corren. Uno de muchos libros que he dejado atrás, en tantas mudanzas, tantos espacios vividos. Y empecé a extrañarlo aún cuando lo había olvidado. La memoria es una cosa engañosa: quizás esos cuentos, a esa edad, me aburrieron o me dieron miedo. Las cajas de Ruy Feben, o las cajas de Sergio Pitol, también fueron mis cajas, una condena común de los lectores voraces y nómadas. El lector es Sísifo, y si tiene suerte, en su vida conseguirá empujar esas cajas a un lugar donde pueda comodamente leer sus libros, aunque sea a medio camino del Olimpo, el Paraíso no le faltará. Una reseña de “Momo”, por Michael Ende, en mi quinta o sexta relectura del libro (publicada originalmente en goodreads): En la última relectura de Momo, la vi distinta. Es la primera vez que noto la incomodidad de darle “estrellas” a los libros. Con un libro, y en el momento indicado, cinco estrellas pasa fácil. Un libro, y en un mal momento, una estrella también es fácil. Finalmente está el refugio de las tres o cuatro estrellas, que se entregan generosamente, sin compromiso, o la ambigüedad de las dos estrellas. No quería calificar a Momo con cuatro estrellas, pero tres me parecían insuficientes y definitivamente, aún con lo mucho que quiero a Ende y sus historias, me es imposible darle cinco (¿y debería, siquiera, calificar con estrellas un libro?). La cosa con Momo es que pensaba, mientras leía, en “La historia interminable”. Mientras una historia trata de un niño salvando al mundo y el tiempo de sus amigos de los hombres grises, la otra historia simplemente es un niño leyendo un libro y que, después de muchos sacrificios, finalmente consigue sanar la relación que tiene con su padre. Momo recibe “el agua de la vida” mucho antes, mientras que Bastian “escucha la canción del tiempo” sólo hasta el final, después de mucho sacrificio. También da espacio para la duda porque, con un poco de cinismo y poca imaginación, es posible descartar la historia, darle un sentido más trágico y dar nacimiento a un lector monstruoso, un mentiroso oculto en la Nada. Quizás por eso es más fácil recomendar “Momo” que “La historia interminable”. El primero es una aventura con sus villanos y un peligro inminente, mientras que el segundo es un niño empecinado en leer un libro que se robó. (Además de la diferencia de tamaños entre uno y otro). Sin embargo, es precisamente en la sencillez de la segunda historia donde nace su abundancia, una exploración meticulosa de los temas. Momo es un relato bello, infantil, sencillo y...

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