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13030 (Juliette)

By on Jueves, mayo 9, 2013

Lista de buenos deseos para este año que quizás no se cumplan porque soy un troglodita mal organizado y desidioso: Fumar menos, cuarenta minutos de gimnasio diarios, media hora de yoga y estiramientos, escribir una historia interactiva, mejor un libro de crear tu propia aventura, aplicar para una o dos becas en el sistema de creadores, escribir dos libros más, terminar uno o dos videojuegos que valgan la pena, alcanzar los 70 libros leídos este año, reducir mi consumo de coca cola, entrenar a Nico para que busque cosas a través del olor, ¿qué sería una lista así si no prometiera dejar de escribir listas así?, investigar como cuidar cactos porque Bob tiene un par de ramificaciones preocupantes, escribir al menos 250 entradas en el árbol, publicar al menos uno de los libros que he escrito, acabar al menos uno de los juegos mediocres que he empezado, comprar una consola más actual de videojuegos, ignorar el celular mientras paseo con Nico o con Killer, tenerle más paciencia a Sol porque soy un bruto y qué pena que así me quiera, visitar más a menudo a mi familia, viajar para recoger historias al menos una vez este año, escribir todos los cuentos que anoto en mi diario de líneas, aprenderme uno o dos poemas de memoria porque ya-chole con el de Yeates y el de Larkin, salir de mi zona de confort para conocer más gente en Cholula, nunca aburrirme de tomar fotografías del cielo y del Popo, seguir explorando los diarios de las personas alternas (Böhrs, Santiel, Dor, Bob, Mafessoli, Caín, etcétera), escribir escenas más cachondas porque me estoy oxidando de tanto pensar en el lenguaje (¿qué? ¿No puedo?), conocer a mucha gente que deseo conocer, anotar más cosas de mi lectura, dormir más temprano y despertar más temprano, reducir significativamente las deudas y que nunca se agoten los deseos. El genio no concede estas...

13026 (Juliette)

By on Sábado, abril 27, 2013

Nico ha practicado, en estos dos años de vivir conmigo, su cara de “No me asombra lo que haces”. También puede ser interpretada como: “No me simpatizas” o “No me sorprende, ya lo he vivido”. Esa cara es vital cuando comparto con ella alguna historia que se me ocurre. Así compruebo si voy por buen o por mal camino. No sé como lo hacía antes de tenerla a ella, quizás era un bruto, un salvaje. Antes se lo recitaba a mi cacto, pero el cacto simplemente buscaba rebatirme todo, incluso lo que no podía ser de otra manera. El cielo es azul, le decía, ¿y por qué debe ser azul, chamaco imberbe? Me refutaba, y luego me espinaba y le daba a beber mi sangre, la cual asimilaba gustoso porque éramos buenos amigos y ningún agua debe ser desperdiciada. A Nico, durante horas, le recito mis ocurrencias en voz alta y anoto sus gestos, si mueve o alza las cejas, si gira los ojos a la derecha o a la izquierda, si bosteza o se relame los bigotes, o bien, si hace la cara tan temida. Sí, en apariencia, todo parece muy seguro con ella pero ya quisiera verlos tratando de adivinar los gestos enigmáticos. Entonces pruebo reescribir la historia en otro tono y leerla diferente, anoto la evolución de los gestos, le ofrezco un hueso y ella ofrece llevarme por un túnel, donde tiene ocultos todos los huesos del mundo, pero no le haría daño tener uno más, porque está en su naturaleza de mamífero recolector. Después de todo, ella gracias a su intuición animal debe tener más claro cuando serán las épocas de carencia, y aunque se le antojaría despedazar el hueso, prefiere guardarlos en caso de una emergencia. Le acaricio las orejas largas. Gracias a ti, quisiera decirle, escribo mejor, pero afortunadamente le basta con los...

13023 (Juliette)

By on Martes, abril 16, 2013

Sueño de Bob, el cacto: “¿Todavía no te acostumbras? Si no duelen tanto, piensa que son un cepillo, son un cepillo para limpiarte las entrañas, aprieta los dientes con fuerza, cierra los ojos, llora si quieres pero piensa que son un cepillo. Me la debes. Además, estoy es un sueño, ¿no te has dado cuenta? Sé que lo es porque te siento multiplicada, miro estelas de tu cuerpo presente y futuro confundiendo tus espasmos presentes. Ni siquiera haces ruido, en mis sueños no hay ruido sólo sensaciones, un aura continúa que se distribuye por el paisaje y modifica los colores, los dioses ocultos nos miran de nuevo, como aquélla vez, cuando apostaban por la dirección de nuestras almas, cuando jalaban nuestros hilos de marionetas y ambos éramos humanos. Esto es un sueño, pienso, y debería controlarlo, y precisamente por eso me es imposible controlarlo, entonces sólo me queda hablarte, esto es un sueño, dame el agua requerida para rejuvenecer el camino de mis espinas, tranquilízate, relájate, deja de apretar tanto porque entonces saldrá mal y tendremos que empezar de nuevo, entrar y salir como lo que soy quizás me ofrezca la resurrección, y la resurrección será el perdón de mi vida pasada, sueño con ser humano de nuevo, sueño con arreglar el pasado. Volveremos a encontrarnos y pienso que esta vez haré las cosas bien. Te ignoraré en vez de invitarte la bebida, en vez de bailar contigo anticipando lo que hago ahorita: espinarte por dentro, y depender de tu agua para sobrevivir, depender de tu aliento, depender de tu sol, depender de tus mentiras. Estás apretando demasiado, soy un cepillo, no lo olvides, un cepillo para sacar toda esa basura que tienes dentro, permíteme encerrar el asco entre mis espinas, dame la oportunidad de...

Bob, el cacto, contra el sol

By on Martes, noviembre 20, 2012

—En otro lado, en otro tiempo —dice Bob, el cacto, interrumpiendo mi lectura en el banquito del jardín—, tuve un amigo que odiaba el sol y lo odiaba por justos y diversos motivos. Entorpecía sus plumas negras, sudaba sus garras y su pico filoso, nublaba su vista prodigiosa y destilaba el alcohol que había bebido con ganas de olvidar. Quizás si detengo al sol… él pueda regresar. El sol, inexorablemente, lo regresaba a la realidad Tsef Thaed. —Has dormido tanto que ya no recuerdas: Nadie me llama así desde hace tiempo. Entonces el cacto empezó a crecer, y crecer. Engordaron sus raíces, el centro acuoso, las espinas, las flores, las areolas y su merístemo apical. Encendí un cigarrillo e intenté platicar con él, como los viejos tiempos, de algún descubrimiento cotidiano. —No me distraigas. Tengo que crecer. Salí de la casa apresuradamente, ambos perros con la correa, mientras el cacto seguía creciendo y sus tallos espinosos tomaron la sala, las habitaciones, el techo y luego creció hacia las otras casas. Los vecinos salieron y apuntaron hacia la planta, dudosos de huir o de admirar el evento. Afortunadamente estaba robusto, la confusión vegetal lentamente se adueñaba del panorama, así nadie sospecharía del monstruo que tenía tiempo viviendo en mi jardín. Sin embargo, si el cacto estaba empecinado en tapar al sol, alguien debía empecinarse a parar el cacto. Nos alejamos un poco más. Las espinas tomaron el fraccionamiento, y luego el terreno vecino, y después el centro de San Andrés Cholula y si esto continuaba así, México entero y finalmente el mundo. —Si hago una esfera que cubra la tierra quizás mi amigo pueda estar tranquilo ydebocubrirelsolparaquetodospodamosdescansaryelcalor… El cacto empezó a hablar tan rápido que no se le entendía y su voz se convirtió en una vibración natural, algo que rompía con la armonía acostumbrada de la rutina. Era resultado de su crecimiento gutural, o quizás eran las múltiples bocas verdes que generaban su cuerpo multiplicado. Empezaron los accidentes lamentables: gente se pinchaba con sus espinas, los zanates quedaron atrapados entre sus ramificaciones aéreas, los niños y los gatos eran atrapados y masticados indiscriminadamente para seguir alimentándose, las rubias con falda recibieron un poco de su amor violento. Eso sí, el ambiente era fresco, y había mucha sombra. Consideré la posibilidad de dejarlo pasar, el wu wei wu, hermano. Me acaricié la frente, los perros empezaron a ladrarle y lo único que podía pensar era que mi esposa había salido de viaje y que antes de su regreso, tendría que limpiar todo ese desastre. —Ende escribe en Momo, ¿recuerdas Momo? nuncanoleirevisemomoEndeporqueesqueestabaestuvemuymuchomásocupado durmiendoenelsueñodelmundodejanohablesdiscutasdiablodemonioporque tuplandesignioesquenopuedalogreconsigarescataramiamigodelasgarras eldiseñodelamuerteysicrezcocrezcocrezcomásquizápuedapasaralotrola doporqueséquehamuertomuriólomatastecuandoelmomentoqueterminastesu historiacuentolibro,nodebistenodebiste,mehasdejadosoloymesentirés ientomuysolosolodesdeeldíaquenoestáestás. —Él cuenta una historia de la segunda tierra. Un hombre decide construir un globo de papel con el tamaño de la tierra y como la quiere igual, poco a poco muda todos los objetos a ese otro lugar. ¿Entiendes? La Tierra se convirtió en otra Tierra. Lo mismo, pero en el fondo, la angustia de que no es lo mismo. Tienes un límite, es decir, sólo alcanzarás a crecer hasta convertirte en una segunda tierra y si lo haces, la gente aprenderá a vivir sobre ti, construirá casas y fábricas sobre ti y tu amigo seguirá sufriendo las consecuencias del sol. No puedes detenerlo, amigo, a lo mucho lograrás convertirte en un recubrimiento de celofán verde. Nada más. Seguí hablando con el cacto, en mi papel de sofista (o de fariseo), y lentamente el crecimiento se convirtió en quietud, y la quietud en regreso. Mientras el cacto dejaba de cubrir los cielos del mundo, lo seguí con ambos perros a mi lado, hablando de la imposibilidad de tapar el sol con un dedo, y de que al sol le importa un comino quienes somos porque, a su lado, somos menos que hormigas, menos que ácaros, somos los hijos pequeños del sol y él, en su condición de astro silencioso, dios calorífico, puede hacer lo que guste con nosotros desde que empieza al amanecer hasta unas horas después del ocaso, que le pasa el batón a la luna y así, nos convertimos en esclavos de la noche y siervos de los múltiples cadáveres de las estrellas que nos retan en el cielo. Espinas cayeron en los pisos adoquinados, en los techos de las casas. Llovieron un centenar de flores violeta de cacto sobre los cielos, quizás aún más bellos que los cerezos que sólo puedo imaginar, y que he visto en fotografías y películas. No pude detenerme para admirarlos y por ello sentí que el corazón se me vaciaba, pero debía seguir, porque hay cosas que me importan sobre esta Tierra. Y yo seguía hablando, se me secaba la boca, pero no debía parar porque entonces el cacto empezaría otra de sus necedades, como aquélla vez que lo busqué por todas partes porque el diablo se lo llevó para hacer desastres en el mundo y tuve qué, con un par de amigos, salvar a la humanidad aunque nadie lo sabe y no estoy tan seguro de haberla salvado, porque soy un cobarde, prefiero que piensen que solamente soy valiente cuando escribo, y el cacto fue haciéndose chiquito, más chiquito, mínimo, un microbio para el sol, hasta que cupo misteriosamente en su maceta y me dejó la casa hecha un desastre, pero no lo regañaré, lo haré el día de mañana, después de limpiar las espinas, y los tallos débiles que se quebraron, y ya...

Vida exponencialmente temprana gracias a los llantos de un cachorro.

By on Miércoles, febrero 9, 2011

Sol disfruta que estos días me he levantado más temprano. Para ella, un hombre productivo es el que se levanta tan pronto el sol entra por la ventana. No cree en la habilidad de la noche para despertar una producción o la creatividad. Lo cierto es que estos últimos días de cachorro son muy similares a mis días en la secundaria o en la preparatoria. Esos días lejanos donde ocupaba las tardes para dormir la siesta y luego me despertaba a tontear, en lo que decidía hacer las tareas. Nico me ha mantenido en esos horarios, donde a las nueve abro los ojos, me bajo al sillón y trato de convencerle de dormir un poco más. Solo pasan media hora o cuarenta minutos, antes de que se acerque a lamerme la barba y yo hacer caras de espanto. De asco no. Antes me parecía asqueroso. Ya que tienes un perro te es más fácil aceptar esa intrusión de la lengua canina. Hay límites, sí. Jamás permitiría que un canino me lamiera las gónadas. Las mañanas abren espacio a otro tipo de recuerdos. Recordé ayer cuando mi madre me llevó a cenar al restaurante giratorio del Hotel de México (Ahora el World Trade Center). Era muy pequeño, no sabría cuántos años, pero recuerdo que fue mi primer restaurante lujoso. Mi madre me enseñó a ponerme la servilleta en las piernas y se lo preguntó al mesero, para que este reforzara la enseñanza de los modales. Todavía puedo recordar la amabilidad del mesero, tan característica en uno de esos restaurantes donde se paga más. ¿Por qué habremos ido a ese lugar? Mi madre me dio la carta, tal vez leí, tal vez nada. Le pregunté si podía pedir lo que quisiera y ella me dijo que sí. Pedí huevos revueltos porque era lo mejor que conocía. Lamentablemente no estábamos ubicados cerca de las ventanas. No tengo en la memoria la vista de la ciudad, no en ese caso. El recuerdo está inconcluso. Cuando envejezca, seguro podré inventarle más detalles. La memoria es engañosa. Crees recordar con exactitud pero en realidad inventas. Agregas detalles de acuerdo a lo que te parece lógico. La memoria es la creación de una historia que se adapta a ti. Me parece recordar que había una tercera persona pero no puedo recordar con exactitud quien. Era muy pequeño. Seguramente me llevó unos días antes de que cerraran el lugar. Un poco de investigación me daría respuestas y a la vez, seguiría reemplazando recuerdos con inventos. Bob, el cacto, abre unos ojos vegetales y mira a Nico dormir. Tiembla un poco. Ahora que despierto en las mañanas y observo al cacto tomando el sol, este sonríe burlón y me señala con cientos de espinas. Luego mira a Nico y se pone a temblar. Me van a comer, parece decir, me van a usar como material para cambio de dientes. Ambos nos burlamos el uno del otro. Esto no es la invención de un recuerdo, es algo que sucede todas estas mañanas y cuando pasen los años, seguro agregaré o quitaré detalles. La memoria es un artificio engañoso y entretenido. Al viejo no le queda otra cosa que la memoria, pero qué memoria. Puede hacer lo que deseé con ella. Construir un mundo que ya no es, reconstruirlo como debe ser. No muchos escuchan a los viejos. Algunas mañanas me despierto con la sensación de un poema de Bellows en la cabeza. No recuerdo el título del poema, no recuerdo las palabras exactas, lo más que puedo recordar es como un campo de trigo se transforma en un mar. Un hombre habla de su padre. Esa es otra memoria difusa. Hace tanto que leí el poema… años ya. Recuerdo la sensación mientras lo leía, pero no tuve la delicadeza de memorizarlo, ni de analizarlo más a detalle. Debo tenerlo en uno de los libros en la biblioteca. Eventualmente lo buscaré. Mientras tanto, el astillero de Onetti me sigue arrastrando a esa mentira de hombres que ya se perdieron en un abismo personal, en el abismo de vivir y soportar Santa María, en hombres que ya aceptaron su destino y se lo dejaron a manos de Dios Brausen. No queda otra cosa. Debo disfrutar estas mañanas...

Simón Dor y un pequeño árbol.

By on Martes, abril 20, 2010

Sol, la mujer de Fest, me acarició detrás de las orejas y me dijo que era un perro muy grande y muy bonito. Escuchaba las quejas del cacto, a dos pisos de distancia. Mañana le diré que comer niños y gatitos tiene mucho que ver en que te den la bienvenida a una casa. Me imagino al cacto enojado, jeh, jeh. Me da risa el cacto enojado. Fuimos a salvarlo un día que estaba muy aburrido. Los tres mosqueteros: el Señor Fumador, el niño Torres y su dios de confianza. En ese entonces, estaba atado afuera del departamento de Fest, porque unos fieles me olvidaron ahí durante… muchos, muchos años, más de los que ustedes pueden contar. El Señor Fumador me liberó de mis cadenas utilizando uno de mis dientes. Un proceso doloroso, y de muchas, muchas horas. Desde entonces, caminé por el mundo buscando nuevos fieles para hacerme más poderoso. ¿Qué es un dios sin rezos, sin tributos, sin pequeños deseos que exigen milagros de fuerzas incomprensibles? Conseguí mil doscientos fieles, quienes abrieron setenta y tres iglesias. Aún hoy, escucho que me rezan y escucho como se bañan en las sangres de carneros en mi nombre. ¿No se nota en mi pelaje? Es más hermoso que de costumbre. Los fieles son mejor que el champú y son el mejor repelente para pulgas. También me comí a un par de infieles, aquellos que se negaban a creer en mi iglesia, aquellos que podían representar un peligro en las primeras etapas de mi resurrección, pero no hablemos de eso. Hablemos del viejo que pasó caminando frente a mí, lentamente, fumando un cigarrillo. Vestía una boina y un chaleco, una camisa de cuadros y un pantalón de pana. Jalaba un carrito con un pequeño árbol. Hacía un ruido bastante poco común para estas calles tan escondidas de Cholula. Por cierto, tengo una iglesia aquí, pero luego les platicaré de eso. Me zafé del mecate y seguí al viejo. Había escuchado de él. Jamás lo conocí en persona, pero escuché de él. Se detuvo en una casa ocre, terminó su cigarrillo y luego entró al jardín. Tomó asiento en una silla de paja que había ahí. –No es una playa –dijo el viejo–, pero tal vez, aquí pueda morir por fin pequeño árbol –susurró el viejo. Sonreí y entré al jardín del viejo. Me acosté junto a él. –Tal vez, si quieres morir, deberías rezarme. Hago milagros. ¿Cómo te llamas?, escuché de ti, pero olvidé tu nombre –No hay nada más presuntuoso que un nombre –dijo el viejo, tiró la ceniza en el jardín. El pequeño árbol parecía… moverse, parecía escuchar con atención. –Ah, conozco un cacto muy parecido a tu árbol –miré al viejo, y traté de penetrar su piel, para comprender que pensaba y no podía. ¿Cómo se le podía negar el conocimiento del corazón de un hombre a un dios? El viejo hizo una sonrisa torcida, bajó su boina y su respiración se suavizó. El cigarro aún estaba en sus labios, las cenizas se consumían. Tiré mis patas y dormí a los pies de ese hombre. Soñé con vírgenes rollizas, y en mi sueño, pasaba todo excepto...

Kromg.

By on Lunes, abril 19, 2010

En algún momento del día, Agustín Fest se sienta en su computadora y abre uno de sus cuadernos digitales. Es entonces cuando más aprecia el silencio. A veces, por molestarlo, manipulo el flujo natural de la vida y altero sus ondas beta, y las gama, y las alfa. Es divertido mirar como se levanta y como maldice en esperanto, luego se hunde en coca cola como si ésta pudiera provocarle un delirium tremens. No abuso del recurso, un día podría descubrirme. El perro se sube al sillón y hace como que duerme, y yo, generalmente me dedico a cazar moscas entre mis espinas para recuperar algunas proteínas. Otras veces me asomo por la ventana para contar las grietas grises de la pared vecina. Raras son las ocasiones donde la luz del sol penetra mi cuerpo por el verde que te quiero verde. Este lunes no era diferente, hasta que escuché una suave reverberación que viajaba de la puerta de la casa hasta mis extremidades vegetales. Me es familiar, pensé. Sabiendo que Fest me ignoraría, bajé de un salto y de salto en salto llegué a la entrada de la casa. ¿Quién es?, pregunté y una risa rasposa, y cansada, respondió mi pregunta. Pregunté de nuevo. –Sabes quien soy, ¿por qué no abres la puerta? –reviró, con su risa rasposa atorada entre sus palabras. Sé que les resulta difícil imaginar a un cacto abriendo una puerta, saltando por la casa y haciendo cosas que sólo están reservadas a los seres humanos que… parece… para eso están hechos: para abrir puertas, fumar y escribir, y sentarse y desperdiciar su vida en quién sabe qué lugares y con cuántos pesos que ganaron después del continuo desperdicio. No se engañen. Algunos cactos lo hacemos, sobre todo, aquellos que hicimos tratos con el diablo. Sentía el calor a través del canto de la puerta, gradualmente este calor se hacía más grande por la impaciencia. Hice una mueca. Nunca traté con él, no en persona. –¡Fest! –grité–, ¡Llaman a la puerta, baja a abrir! –Su respuesta fue un sonoro portazo. Genial. –Ábreme, él está escribiendo esto, en este momento. Si dejara de escribirlo y abriera la puerta, ambos desapareceríamos –Lo sé, tenía la esperanza que lo hiciera y nos evitábamos… pues, esto. Abrí, como los cactos suelen hacerlo y un lobo de pelo café, a veces engañosamente rojizo, estaba frente a mí. Había escuchado de él, se llamaba Kromg y era un dios menor, en quien sabe qué cultura. –Pensé que no los encontraría –dijo el lobo–, pero aquí estoy. ¿No sabrás forjar cadenas con los flujos de una virgen y la plata de los enanos nórdicos? –No –respondí. –Está bien, un simple mecate bastará, átame al jardín –Hice lo que pidió el lobo. Si fuera otro personaje, seguro tendría muchas preguntas que hacerle, pero no lo era. Lo acompañé un rato. Él se acostó en el jardín y miró a ningún lugar. –Si llega su mujer, seguro agarrará una escoba y te correrá. Eres grande y feo. Pareces callejero –El lobo se rió por lo bajito. Lo malo de los dioses, es que no se les puede manejar como a un humano, porque fueron los dioses quienes inventaron el...

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