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13046 (Juliette / Rollin’)

By on Domingo, junio 30, 2013

Fragmento del diario de Boris Santiel: “Necesito un periodo de euforia. Escucho Rollin’ y me acuerdo de S. Tengo 19 años, estoy en el espacio bajo la escalera y miro como todos bailan, sobre todo S. Pienso que me gustaría ser otro, no el penoso que invitan a la fiesta para mirar como se emborrachan, sino el invitador, o al menos el que propone dónde es la peda. Si fuera así, podría salir de las sombras y tomar a S de la cintura, y que mueva esas nalgas junto a mí, me las restriegue, me saque a fuerza de caricias forzosas el deseo que tanto contengo. Alguien me ofrece un cigarrillo. Me rechazo a mí mismo (Gracias, no fumo) y acepto por primera vez. Me lo prenden, tomo la primera bocanada, toso, se ríe el ofrecedor, lo miro. Es un chavo de otro grupo, con un vodka en la mano se pone a platicar conmigo de viejas y de como fumar correctamente. Me río con él, me río cuando se ríe, fisgo el baile de S. ¿Te gusta la güerita? Sácala a bailar. Es que estoy medio borracho, respondo, no sé bailar, haré el ridículo. No mames, me dice el cabrón, dándome una palmada en el hombro, todos están borrachos. A nadie le importa como bailes. Me acuerdo de una tardeada, en otro lugar, en un antro por el sur de la ciudad. Una mujer me dio las gracias por bailar con ella cuando se fue su pareja. A mí, darme las gracias, me voló la cabeza. Necesito un pedazo de euforia. Escucho Rollin’, tengo 21 años, S y yo éramos buenos amigos. Una vez la invité a mi casa, y ambos, desnudos sobre la cama, platicamos un rato mientras ella sostenía con firmeza mi sexo sobre las manos. Esa tarde vimos videos en mi casa, videos pornográficos de mujeres cogiendo con mulos, teníamos curiosidad. Le gustaban los hombres excesivamente musculosos, por eso me sorprendía que estuviera con un tipo como yo. Al hablar se convertía en otra, dejaba de ser la diosa que miraba de lejos, se convertía en una niña sin capacidad de hilar una cosa con otra, parecía desesperada de compartirse, alguien como...

La épica lúbrica de 8 bits

By on Jueves, junio 27, 2013

Un día, no sé cómo, no sé después de qué, me sentaré a escribir una larga historia que deba ser jugada para ser leída. Sí, algún día, cuando me canse de los libros, de los cuentos y de las anotaciones en este diario. Cuando me rinda del placer de leer un libro y empezar por la portada y cuando abandone el ejercicio, apenas dinámico, de escribir en una estructura lineal, y de tomar notas según las fechas en las que ocurren las cosas y cuando nació la gente inexistente. Cuando me harte de obedecer por instinto al eterno inicio, medio y desarrollo. Abandonaré los fetiches de la estructura, además de los diablos conocidos (explorados, ignorados, desdeñados y bien amados) de las antiestructuras, y me pondré bajo el sol para que se me descongele el coco. Mientras tanto pienso en ese mundo nebuloso, ajeno, poco existente. Pienso en los pixeles, en los héroes, en los sistemas de batalla y los acertijos que debería tener. No me gustaría empezar con un juego sencillo y burdo, aunque debería hacerlo, por la práctica. No se puede uno saltar las cosas así como así, pues, pero es mi cabeza y en mi cabeza me salto todos esos procedimientos y aprendizajes. 1989: teníamos una computadora 486 y un juego programable llamado ZZT (el cual, a la fecha, tiene una comunidad muy movida según internet). Me la pasaba horas con el muñequito, los asteriscos-leones y los puntos-municiones. Abría un símbolo nuevo y en la ventana empezaba a programar, intentaba programar, cosas muy sencillas. Mensajes: Toque el cuadro y abre una puerta. Atrás de la puerta un desarrollo amplísimo de un juego que jamás llegó a concretarse, pequeños ejercicios, tan parecidos a la nulidad del que un día para otro se decidió a ser otra cosa que nunca llegará a ser. 1992: Adventure Text Writer. Un programa de PC para programar una aventura textual con lenguaje natural. Recuerdo que hice las primeras habitaciones, sí, tenía diez u once años y lo primero que se me ocurrió fue describir el cuarto en el que me encontraba. > Open door. Y después el vacío, una pantalla negra y un cursor parpadeando en verde. > Get… > Get… > Get me out of here. Entonces, ignorándome fracasado y flojo en mis intentos pueriles de escribir una historia interactiva, me refugié en los MUDs, amplios mundos virtuales que tomaban prestado de todas las historias: La Alicia de Carrol, la Tierra Media de Tolkien, el teatro de Rocky Horror Show. Eviscerate, obliterate, > kick the Bastard in the groin, > inventory > n, s, w, e. En el chat general hablaba con una multitud de extranjeros a los que nunca conocí, y conoceré. Ni siquiera puedo recordar sus apodos, los cuales seguramente estaban basados en alguna obra de ficción. ¿Cuántas veces se dirá uno: Bueno fuera que pudiera recordar? Por supuesto, como todo debo viciarlo, algunas veces se me ocurre que debería ser un juego tremendamente pornográfico. Entonces ese mundo inexistente, de héroes y princesas de 8 bits, de enanos refunfuñones y extraterrestres condenados a la extinción, se convierten en pixeles color crema que casi asemejan a los de un cuerpo hermafrodita. Queda a elección del jugador si eso es una erección o una mano. ¿La raja roja que rompe la pantalla son unos labios o es un coño? La pantalla en blanco se ríe de mí, muchacho bukkake. ¿Por qué nada puede mantenerse puro?, me pregunto, mientras echo la calada y me asomo por la ventana para ver las nubes. Regreso al refugio de la estructura, me pierdo un rato en las nubes cholultecas. Aquella parece una tortuga, ésta otra parece un par de senos y este cigarrillo que tengo en los labios, señor Freud, es un...

13042 (Juliette)

By on Domingo, junio 9, 2013

Tres sueños Después de leer a Juliette y sus acrobacias eróticas, no me sorprende el sueño en lo absoluto. Soñé con R. Recuerdo que el sueño era otra cosa pero cambió, repentinamente, cuando entré al pasillo de una de mis viejas cocinas. R usaba un vestido veraniego, era azul y corto, más arriba de los muslos y lavaba platos con su característica sonrisa. Cosa rara. No había imaginado como R lavaba los platos (o si los lavaba, siquiera) hasta ese momento. Pasé atrás de ella, mi mano sutilmente levantó su falda, apenas un roce. Me atreví a más: Sopesé la redondez de sus nalgas abundantes, su piel morena y porosa, ella sonrío encantada. Hicimos otra cosa, dónde había un tercero en su boca mientras yo ocupaba, pues, el afecto de mis caricias. El tercero es un hombre sin rostro, uno de los de Magritte, y como no usaba el traje, podía ver que tenía un cuerpo magnífico. Pensaba, mientras me ocupaba de lo mío, que ese cuerpo le agradaría a R. Le haría feliz. También recuerdo que pensé, como si fuera honesto, que eso le mantendría la boca callada. Después de leer a Juliette y sus coreografías perversas, este sueño me sorprende. También fue el último escenario del sueño, en realidad era otra cosa. Puedo decir con certeza, aunque no lo recuerdo, que esa primera parte fue agradable hasta que alguien me regaló un ratón. El ratón era café y demasiado expresivo, como una caricatura. Me lo dieron en una caja con sus agujeros para que pudiera respirar. Que regalo tan… peculiar, recuerdo que dije, a quien sabe quién, y dejé la caja a un lado. El ratón salió de la caja, lo busqué, lo tomé en mi puño y lo regañé. El ratón frunció el ceño, enarcó las cejas muy enojado. Lo regresé a la caja. El ratón salió de nuevo. La operación se repitió varias veces. En una de ellas, el ratón consiguió hacer un agujero en el piso de duela para esconderse pero mandé a Nico a que lo buscara. Ella lo sacó y me lo entregó. Para educarlo, le mojé la cabeza bajo el grifo de un lavadero. El ratón estaba muy enojado. Antes de leer a Juliette y repasar sus criminales lubricidades, tuve algún sueño. Sentado en un banco de madera, en la oscuridad, miraba directamente a la cámara. Había un acercamiento lento. Empecé con el cuerpo completo, luego a medio cuerpo (el torso) y finalmente al rostro. Sabía que era él, y sabía que era la cámara. Me atrevo a decir que no era la cámara la que se acercaba. El espacio entre los dos, mejor dicho, se reducía, la oscuridad se comprimía, hasta convertirnos en dos pares de ojos que se funden y luego desperté, pensando que era otro, que era dos, que era...

13031 (Juliette)

By on Martes, mayo 28, 2013

¿Por qué grita así? ¿En eso ha evolucionado la actuación del género, en gritos? Parece que está muriendo, que le están partiendo en dos o que le flagelan contra los grises muros de un cuarto de inquisidores. Prefería cuando grababan las voces artificiales, aún cuando no estuvieran en sincronía, dignificaban la magia, una perezosa fantasía para la persona que no busca otra cosa que ver. No es que los gritos, agudos y escandalosos, me desagraden completamente, pero, en vez de enfocarme en el espíritu de la obra, me divido y pienso que está sufriendo, que alguien debe ayudarle porque en realidad es una víctima. Bueno, muchos pueden argumentar que es una víctima, por la posición y el oficio a que se dedica, y luego con esos gritos, y desconocemos que tan actuado es el abuso, un abuso que, siendo honestos, cada vez es más frecuente y violento dentro del género, y hasta preocupante por lo mismo. Si a los veinte me preguntaba si me estaba desensibilizando, a los treinta todavía más y lo que es peor, no lo estoy por completo porque en vez de mirarlo con el afán original, lo miro con cierto escepticismo y fascinación, casi como perseguir una nota, o la línea de un cuento que al principio parece brillante. Ajá, algo que explorar: no puedo dejar de mirar con horror, finalmente me han convertido y si no tengo cuidado, escalaré al grado de activista de sillón que aboga por los derechos de esas pobres personas, esa pobre gente. Quizás alguien proponga, en un futuro, junto a los camarógrafos, los directores y los duros asistentes, un observador presente, como los licenciados que abren los sobres en los concursos, para ratificar que es una actuación y entonces subirán los costos de un negocio que, de por sí, es muy mal pagado, demasiado explotado y que ya nadie compra porque puede conseguirse en todas partes. Sin embargo, eso sí, tendrán un sello dorado, uno que explique que nadie fue lastimado durante la grabación del evento y lo que acaba de presenciar, no lo dude, fueron quince minutos o media hora, de una ficción burda, casi honesta, pero una ficción al fin y al cabo. Usted acaba de leer un libro donde los personajes no fueron dañados, mancillados en sus partes pudendas e ilusoriamente en lo más íntimo de su espíritu. Tal vez eso le falta para que lo vea tranquilamente, sin arriesgarme a una distracción...

13019 (Historia de O)

By on Miércoles, marzo 27, 2013

Anoche se la mamaron en un jacuzzi, lo sé, porque lo vi por la rendija. Parecía amar a la chica porque ambos se reían cuando él sacaba el glande del agua, como si fuera el ojo de un submarino, un ojo común en las caricaturas de la Segunda Guerra cuando nos fascinaban las maquinarias de guerra. Ella estaba sobre él, con los senos hundidos en el agua cálida, podía ver el humo que salía de la superficie, luego tomaba aire, hacía un gesto arrugando el rostro, y hundía la cara en el agua. Ah, sí, era un momento agradable, él crispaba las manos y perdía el peso en el cuerpo, flotaba hacia ella, para que su miembro entrara más en una garganta que continuamente perdía el aire, y luego ella salía triunfalmente del agua, miraba la consecuencia de sus actos brevemente, otra vez tomaba aire y se volvía a hundir. El agua azul era una línea entre el placer y el aire. ¿Cómo se sentirá un miembro aprisionado dentro de una garganta, dentro del agua? Sólo podía adivinarlo por el arco de su ancha espalda. El experimento siguió su curso unos minutos más, hasta que él se cansó y se sentó en el borde de la tina. La mujer se amarró el cabello de nuevo, y luego de rodillas, la mitad de la mujer convertida en un espejismo, regresaron a una mamada tradicional. Ah, esa sí sé como se siente, es una aguda hambre por mantener la boca ocupada, y de mirar los ojos de un hombre rendido, quizás hasta vencido. No, a un hombre vencido jamás se la chupan. El hombre asistió a la mujer con algunos dedos de su mano, él movía rápidamente el brazo mientras ella chupaba con paciencia, diligencia. A media luz, no puedo decir cuando terminaron, hasta que ella se separó y abandonó el líquido derramándolo por su boca, gotas blancas flotando sobre el agua azul, ojalá mañana se les ocurra otra...

Erotizar un libro (literatura histérica), y 375 libros gratis en Open Culture

By on Miércoles, noviembre 14, 2012

loto para lotófagos.

By on Viernes, enero 6, 2012

Empiezo el año pensando en los hombres que al comer unas flores, olvidaban su pasado, su familia y su vida. No se les podía simplemente rescatar de eso porque lloraban desconsolados, pensando en la droga amorosa que dejaban atrás. Las flores eran botanas epifánicas que los despojaban de cualquier otro propósito o deseo. Me imagino a los lotófagos con la boca llena, los pétalos del loto sobresaliendo de sus labios como si fueran botanas que comen descuidadamente. Los nutrientes de las flores se adueñan de sus venas, atrapan su sistema nervioso y los controla un deseo perpetuo de dormir, o de reír. (Estoy un poco dormido. Escribir el primer texto del año sería más fácil si tuviera uno de los dulces lotos entre los dientes. O tal vez algo de beber. Un whiskyto al menos. Prometo que este año beberé más, tal vez logre convertirme en alcohólico. Sería el siguiente paso ya que abandoné el cigarrillo por cuarta vez. Malo que ya me acostumbré a tener la cabeza sobria para escribir. Lo sobrio luego es bien aburrido. ¿O no? Nomás escuchen la palabra: sobrio. Podría jurar que comúnmente los juntan: sobrio y aburrido. Es un hombre sobrio y aburrido. Es una mujer de juicios sobrios y aburridos. Es una perrita muy sobria, muy aburrida.) Si buscara la isla de los lotófagos, descubriría hombres que llevan siglos apostados en la orilla, masticando pétalos y riendo como hienas. Sus papadas, sus brazos, sus estómagos arrugados tiemblan al ritmo de las carcajadas. El explorador que descubra la isla, se anotará el último gran descubrimiento: droga de la inmortalidad y el mal juicio. ¿No la inmortalidad es una tontería de por sí? ¿O es justo lo que se necesita? Seré inmortal a cambio de que pueda reír todos los días y apreciar los colores del cielo según mi cabeza accidentada lo permitan. (Me encojo de hombros. Nunca he querido ser un lotófago. Solo que en esta última lectura de Ulises y su viaje, los encontré fascinantes.La fascinación puede deberse a que tenía un cúmulo sutil de lecturas que hablaban de estos hombres y ahora, justo cuando llegué a esa parte, todas dieron como una flecha certera que activaron ciertas neuronas en mi cabeza. Probablemente siempre quise ser un lotófago. ¿O por qué no apelar a una metarealidad y jugar con la idea de que somos el sueño de un lotófago? Las teorías de la simulación también pueden explicarse con eso, o con qué nos tienen comiendo lotos y somos una parte del inconsciente, esa que no se rinde a tratar de mantener una vida…) …y jugar a la importancia de las responsabilidades, de los deberes y de las obligaciones. Una parte de nuestro espíritu está riendo en esa isla, junto con otros lotófagos, mientras esta otra pequeñísima e intensa parte, está tratando de sostenerse como una parte activa del mundo, de la sociedad, de su familia, de su individuo y de la gran nación a la que pertenece. La realidad está en el sueño, y el sueño es un lotófago, un lotófago que somos nosotros y qué incómodo, pero es más fácil negar que somos el lotófago. Nada mal para iniciar el año… claro que con un poco de whisky estaría mejor. Este año mi aventura será descubrir el sueño de quién somos o qué tan idiota soy tratando de comprobarlo. Este será mi año de la metaficción dentro de esas pequeñas eventualidades caseras y mundanas. Prometo seguir manteniendo este trasto de blog, pero les advierto, si encuentro los lotos que comían aquellos hombres… seguramente se me...

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