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perros que están cansados.

By on Lunes, noviembre 14, 2011

Casi dos semanas después de la operación y de que la veterinaria confirmó que mi basset hound es un ejemplo de salud y de energía, me dieron permiso de salir a caminar con ella como regularmente hacía: dos paseos diarios de 40 minutos. Cuando mi esposa la trajo a casa, el perro era un saco de pulgas lamentable, que apenas podía moverse y titiritaba de frío con un poquito de corriente. La tuve en mis brazos porque había que cargarla a todas partes. Me dio tristeza mi perra. Me arrepentí de la operación al verla tan perdida. Sus ojos parecían llenos de humo, pensando en todos los hermosos cachorritos que jamás saldrían expulsados como parásitos. Lamentaba con tristeza que jamás consumirían su vientre, sus comidas, su vida. Durmió mucho un par de días. Se enroscaba para crearse un mundo propio de calor y de descanso. Nico apenas abría los ojos para mirar lo que hacía ruido y lo que los otros integrantes de su manada estaba haciendo. Entonces pensé en todo lo que habían dicho—. Le hará daño a su humor, engordará mucho y se convertirá en una sombra diluida de todo lo que pudo ser. Al tercer día la perra ya estaba aburrida. Medio dormido, me despertó su gañido cuando intentó brincar a la cama y le dolió la herida. La bajé entre mis brazos, encontró su pato de peluche, lo tomó con el hocico y me gruñó para invitarme a jugar. Brincaba para llamar mi atención, subía de un brinco a los sillones y jugaba al Fitipaldi entre la puerta del jardín, y la entrada de la casa. La miraba correr. Entonces sentía un retortijón en el vientre, pensando en las advertencias de la veterinaria: Le puede salir una hernia y entonces sí, ya se nos complicó la vida. Procurando su bienestar, la sacaba al jardín y cerraba la puerta, para que tuviera tiempo de echarse a descansar. Nico se acabó la corteza del limonero de lo aburrida que estaba. Y yo que pensaba que las espinas del limón me ayudarían a detenerla. Estaba equivocado. No tenía un perro… tenía un cancerbero. Un sabueso del infierno que exhalaba llamas por las narices de lo aburrida que estaba. “La sombra de los cachorros que nunca tuvo”, que imagen más estúpida. Más bien parecía que le habían dado permiso para romper toda existencia sedentaria que exige el trabajo de su dueño. La veterinaria me dijo que podía sacarla a caminar en muy breves espacios de tiempo cada dos horas. Las primeras caminatas confirmaron la fragilidad de su estado. Al llegar a casa, le faltaba el aire y se echaba a dormir. Aunque después de una hora, ya estaba levantada, gruñendo y mirándome intensamente. Necesitaba ofrecerle algo qué hacer. Fue la semana de las carnazas, que a veces lograban distraerla otra hora antes de hacer el segundo paseo. Cuando se acostumbró a las caminatas de cinco minutos, me animé a caminarla un poco más… aunque el poco tiempo no ayudaba en nada, sentía que nos estábamos preparando para regresar a nuestro rutina acostumbrada. Hoy pude caminar con mi saco de pulgas. Hicimos el circuito de siempre. Ella se detenía a oler el pasto y orinarlo. Yo me dedicaba a jalonearla y llamar su atención. Nos costó trabajo agarrar ritmo pero eventualmente todo salió bien. Estas pequeñas costumbres que estructuran los días y que luego dificultan la vida si no se cumplen. Me gustaría pensar que Nico sintió tanta paz como yo la sentí cuando pudimos dar esa primera caminata después de un tiempo breve que registré, por humano que soy, como una...

La caminata más rápida del mundo.

By on Lunes, septiembre 19, 2011

* Caminar junto a Nico (o tu mascota de preferencia), como escribir, exige que des los primeros pasos. La velocidad y determinación con que hagas la primera acción determinará el resto de la caminata. No importa que haga frío, que haga calor, que estés desnudo o que te duelan los pies. Si caminas rápido los primeros pasos inicias un momento que puede durar tanto como tu espíritu y la jaula de tu cuerpo lo permitan. * Nico es un animal de manadas y necesita un orden en la jerarquía. Todos los perros son así. Si no les entregas un lugar donde tú seas el jefe, entonces viven estresados pensando que todo es cuestión de suerte. * Me gusta pensar que Nico es un símbolo de prioridades. Cuando camino lento, entonces Nico decide pasear… decide olisquear a su alrededor, distraerse con los olores, buscar un camino nuevo, hundir la nariz en el pasto para descubrir a todos los perros, todos los gatos, todas las ratas y todos los hombres que caminaron antes que ella. Nico olvida que camina con su dueño y lo reta para que él dirija un camino. Ella tiene fe en que el camino que elija el dueño la llevará a un lugar que permita y desarrolle su existencia. Si el dueño camina confundido, entonces se entrega al placer de los olores y a la angustia de la búsqueda. * —Si tú no conoces el camino, entonces yo lo buscaré y lamentablemente el poder de mi nariz no me permite escoger ninguno. * Escribir es controlar tu cabeza como si fuera un perro y no permitir que divague. Se podría decir lo mismo de cualquier acción que requiera un mínimo de concentración y de trabajo. Cuando te sientas a escribir hazlo con momento, con velocidad y con determinación. Dirige a tu cabeza para que vayas por los caminos que ya recorriste previamente y sigue explorando, olisqueando, pero sin detenerte. Llegar al final de un texto es lo mismo que llegar a ese lugar que el perro estaba esperando: Uno donde echarse a descansar y mordisquear la carnaza que se ganó después de una hora, dos, diez de caminata. Tu cabeza necesita también una jerarquía dominada por… ah, ¿qué será? Tal vez por el alma, por los dedos, por los caminos que anduviste en el pasado y te enseñaron todo eso que necesitas decir. * No te preocupes, al final puedes prender la televisión. * Entregarse a lo inexorable del destino, de la raza o del accidente es lo mismo que caminar sin dirección. Es como negar todo lo que aprendiste en el pasado y entrar a la corriente donde las mismas cantaletas te llevan a un final predecible y aburrido. No te angusties. Probablemente todos tenemos un final predecible y aburrido. Así qué… ¿por qué no aprovechas y te sales de la corriente? Es cierto, te convertirás en polvo, pero ya lo dijo Quevedo: “Polvo serán, mas polvo...

Año número nueve.

By on Viernes, agosto 26, 2011

Después de numerosas ediciones cambió la fecha de cumpleaños. Sin embargo, se tomó la decisión de que el Árbol de los Mil Nombres cumple años el 18 de Agosto. Así que es hora de un post lleno de números. En el caso de los aniversarios se manejarán los totales de todo el árbol. Total de palabras en todas las entradas: 1,303,667. Total de entradas: 1972. Promedio de palabras por entrada: 661 Las cinco palabras más utilizadas. Todo (3142 veces). Uno (2476). Bien (2210). Vida (2066). Dos (2062). Datos de interés. Este año he cambiado el diseño del blog como dos o tres veces según el default que viene con wordpress. Me he fijado menos en el diseño pero me he fijado mucho más en lo que escribo. (Por cierto, tuve que editar esta línea… oh mi dios la ironía.) A inicio de año cuidé mucho que los textos fueran abundantes y redondos. He dado más tiempo para pensar la idea pero he buscado que mis textos sean más largos. Este año, tras bambalinas, estoy escribiendo “Ernesto Medel vs. Las Vampiras de Polanco.” Voy lento porque mi cabeza es un caos. Escribí dos cuentos de lo que llamo… mi etapa de prosa salvaje, iracunda, libre. Se llaman “Pintura de un brujo” y “Diez”. Estos cuentos se escribieron con ayuda de las redes sociales. También he tomado más en serio twitter como una plataforma de creación. Sea lo que eso signifique....

Chipilo $6.00

By on Miércoles, junio 1, 2011

En Chipilo, me han dicho, se hacen los mejores quesos y otros productos lácteos de la nación. En México puedes ir a un súper-mercado y descubrir que algún chistoso, utiliza el nombre del lugar para su fábrica, cuando en realidad Chipilo está lleno de pequeños productores y todos procuran entregar productos de calidad. En general, sé que si el queso viene de Chipilo, será un buen queso. Estará hecho de bastante leche y no tendrá un sabor a plástico, medio sintético, como los quesos de marca. Mientras caminaba, descubrí que alguien había tirado todos los boletos a Chipilo. Un boleto tras otro, en dos kilómetros de caminata. Como si alguien hubiera asaltado a un autobús y le hubiera robado todos los boletos para que nadie pudiera llegar ahí. Entonces me puse a pensar si últimamente había escuchado de Chipilo, si alguien había logrado llegar a ese lugar después de que los boletos, ya rotos, ya usados, ya perdidos en las calles, dejaron de existir para los viajeros. Empecé a preocuparme. Recogí cada uno de los boletos sin saber exactamente por qué y recordé que todavía tenía dos bolas de queso de hebra de Chipilo. Me duraría un mes, un mes y medio, pensé, y cuando se terminara y Chipilo todavía no existiera, podría comprar queso de otro tipo. Queso manchego, por ejemplo, o queso gouda, queso a granel en algún otro mercado o tal vez queso gourmet en el Costco. Supongo que me animaría, de una vez por todas, a probar ese queso Oaxaca Kosher, que está cuarenta pesos más caro. Tal vez, ya que Chipilo había dejado de existir, ahora sí traerán el queso de hebra desde Oaxaca. Camiones y camiones de queso refrigerado, para surtir las necesidades de todo el estado. Me sonreí. Tal vez Chipilo no estaba desaparecido, sólo que sus calles y los vivientes de sus calles, estaban cansados. En medio del cansancio nació la idea–: Necesitamos preparar el regreso. Había cerrado sus caminos y sus boletos dejaron de servir para todos. El gobernador habló con los productores de queso y les pidió que hicieran pruebas, el experimento para llevar sus quesos un paso más adelante. Se hicieron sacrificios, murió gente, algunas familias se rompieron… pero todo por el buen queso. Afuera, todos los puestos con el nombre de Chipilo han cerrado sus puertas y habitantes de su municipio, que los atendían, han regresado a casa para contribuir a la quesada más grande de la historia. En otra parte, algún camión con la ventana abierta, con un conductor crudísimo, está dejando ir los boletos de Chipilo porque todavía no se ha dado...

Esperanza del distraído.

By on Martes, mayo 3, 2011

Desde hace varios años, la mayoría de mis lecturas las hago en electrónico. Incluso he tenido la paciencia para escanear o transcribir documentos que me entregan en impreso para leerlos en la computadora, en el celular o en algún otro dispositivo. (En 2001, transcribí un libro completo, sólo por el placer de tenerlo en electrónico porque deseaba tenerlo a la mano para consultarlo cuando quisiera). También he leído en mi Nintendo DS, en mi Palm, en mi iPaq y en mi iPod Classic. Hasta hace un par de meses estuve leyendo en el iPad y en el iPhone cuando decidí comprarme un Kindle (cuántas marcas, cuántos gadgets, pero es que parece que el dispositivo y la marca ya son la misma cosa). Claro, también he leído libros de papel y en algún momento, hace diez años, pensé que los extrañaría por el olor y por su memoria táctil. Honestamente, eso es un romance que sale sobrando cuando lo que se tiene es una sed de lectura. Pienso que en unos cinco o diez años más, imprimir un tiraje de libros de papel podría ser un crimen o que tendrá costos ridículos gracias a cierta leyes ambientales que todavía no existen. Pienso qué, eventualmente, incluso el mexicano tendrá a la mano esta tecnología o se verá exigiéndola, desde los niños para los libros escolares hasta los obreros que necesiten repasar y leer alguno de sus manuales técnicos. Un kindle o sus hermanos de tinta digital, son más que suficiente para todo aquel que necesite leer. Incluso me parece una bonita posibilidad que el gobierno entregue a todas las personas uno de estos aparatejos. ¿Qué tal si sale más barato entregarle a cada niño uno de estos dispositivos con todos los libros que usará durante su etapa escolar que imprimirlos? Sin embargo, ese es otro pequeño romance. Así como el papel huele y se mancha con la grasa de los dedos, la abundancia de la tinta digital se sueña como un futuro probable. Esos pequeños romances tal vez surgieron de mis lecturas más recientes. He estado leyendo ciencia ficción clásica y encuentro cierto optimismo cuando antes creía que hablaban de la inevitable extinción humana si continuaba desarrollando su narcisismo como especie. Muchos años escritos dentro de esos libros ya nos alcanzaron. John Brunner, Isaac Asimov, Arthur C. Clarke apostaban que por estas fechas, si no es que antes, ya tendríamos laboratorios y observatorios lunares. ¿Estaciones espaciales? Eso era para los noventas. Ahorita debiéramos estar estudiando no sólo la superficie, también las profundidades de la luna y estaríamos construyendo las naves espaciales que nos llevarían a Venus, Saturno o a las lunas de Júpiter. A veces me pregunto a dónde fueron todos estos sueños y en qué derivaron. Las únicas respuestas que tengo son las guerras que organiza Estados Unidos, la pobreza aparentemente perpetua de Rusia, la necesidad por más petróleo de China y la bondad de nuestro presidente católico de quitarle lo laico al Estado y seguir declarando el narcotráfico como una guerra. Nadie quiere viajar al espacio, cuando se tiene un colisionador de hadrones en la tierra que está ofreciendo un caudal de respuestas que sólo provocan más enigmas. Nadie se está preparando para ir al espacio cuando estamos ocupados con nuestra tinta digital y nuestras pantallas LCD, ofreciéndonos explosiones de luz y de fotones que mantienen a nuestro cerebro ocupando, mirando hacia todas partes. Este fin de semana viajé de ida y vuelta a la ciudad de México. Lo único que llevé fue mi Kindle. Ligero, poco molesto, nada pesado, una batería eterna y horas de entretenimiento para perderme en la lectura. ¿Que los libros cuestan? Para nada, en la biblioteca digital de gutenberg se pueden conseguir horas de conocimiento y entretenimiento. Además, hay tantos sitios donde se pueden bajar libros que es ridículo. Cuesta si quieres estar a la moda, así como cuesta la ropa de estación y cuesta ir al cine a ver la última película de cierto director. Un buen lector sabe que los libros no tienen moda y que en todas sus lecturas puede encontrar líneas que sobrevivirán al tiempo. El romance está dentro del contenido de los libros, en los libros vienen más preguntas. Leer como se pueda. Eso es lo único que...

Mundo que pronto será nuestro, Nico.

By on Miércoles, abril 20, 2011

Anoche, mientras leía Asimov y un libro de artículos que escribió acerca de ciencia básica, empecé a recordar durante el día todo lo que había hecho Nico, la basset hound, alrededor de la casa: orinar frente a la puerta, masticar los controles del wii, robarse mis calcetines sucios, tratar de llegar de un salto a la mesa para comerse el pan, morder frustrada los cojines y ladrarme de vez en cuando a manera de reto para ver si muy muy macho alfa. Dejé el libro. De alguna forma había logrado su cometido: Ponerme a pensar algo práctico. No podía concentrarme en la lectura con todo lo que había pasado durante el día y cuando me asomé a ver a la bestia de mis recuerdos, dormía angelicalmente mientras un cúmulo de baba se esparcía cómodamente sobre su cama. Qué pronto crecen estos animales –angelitos de la naturaleza–, pensé primero y luego corregí mi línea de pensamiento a lo que de verdad importa–. Necesito cansarla o destruirá la casa. Así que abandoné las aspiraciones de lectura, ajusté el despertador a las siete y media y me imaginé el día de mañana, caminando junto a la perra por todo Cholula, viviendo esa romántica complicidad del amo y su perro desde bien temprano. Uno, quién sabe de dónde, se imagina a un vagabundo y su Border Collie, recorriendo las calles adoquinadas y deteniéndose a comer una hogaza de pan en cada farol mientras unas alemanas de mejillas sonrojadas cantan una canción campirana. Esa imagen ha logrado diluirse con todas las veces que he tenido que meter la mano al hocico de Nico para sacar los resultados de su eterna voracidad: restos de alguna comida, hojas de alguna flor, cadáveres de insectos grandes y por supuesto, pequeños cuadritos de mierda. Mis manos ya tienen más experiencia de vida que todo mi cuerpo y la curiosidad infantil, traspasada al hocico de un perro, es de las experiencias más grotescas y menos deseables que uno puede desear, vivir, experimentar, imaginarse siquiera. Nos levantamos hasta las ocho de la mañana. Primera vez que agarré a la perra dormida. Me levanté antes de que tratara de subirse a la cama y además, antes de que golpeara con su nariz mi rostro en su afán torpe y natural. Estos últimos días así me despierta, como reloj, un poco antes de las nueve de la mañana. Cuando el reloj se descompone, que será una vez cada tres o cuatro días, y no me despierta, entonces abro los ojos y la busco con la mirada: Así la descubro masticando alguno de mis calcetines, luego nuestros ojos se encuentran, deja el calcetín y como una jabalina se abalanza sobre mí. Su nariz golpea mi rostro, su lengua me alcanza a empapar la cara y la rutina de la vida alcanza su normalidad. Decidí probar algo nuevo. Llevé premios para caminar junto a ella y dárselos, cuando no se metía nada a la boca. También llevé estos premios para que se concentrara en caminar a mi lado. Ahora que está creciendo, cuesta más trabajo jalar su correa cuando algún olor la distrae. Las primeras veces me preguntaba por qué costaba trabajo caminar con ella y luego, entendí una verdad muy simple y que parece había obviado: mi perro era un sabueso y su nariz siempre intentaría guiar nuestros pasos. Lo de los premios funcionó muy bien un par de veces, pero en otras ocasiones, fue inevitable que se tragara algo o que su nariz quisiera llevarnos por caminos sospechosos, oscuros e imposibles. Al final, no me puedo quejar… este ha sido uno de los mejores días que han tenido mis manos como exploradoras y guardianas de la boca del perro. Su hambre tiene algunos beneficios: como todo lo desea, todo se convierte en un premio para ella. Puedo darle, sin ninguna dificultad, pedazos de zanahoria o hielos a la orden de siéntate y ella obedece, porque su estómago la controla, no puede evitarlo. En cuestión de premio y entrenamiento, esta podría ser la perra más barata del mundo. A cambio, su necedad es tan intensa como su obediencia por un cubo de hielo. Unas por otras, que ni qué, shabalada-ding-dong. Casi al terminar nuestra caminata, nos encontramos un par de corredoras. Una de ellas nos vio y se acercó a nosotros. –Es un basset, ¿verdad? ¿Es hembra o machita? –me preguntó. Me sonreí por lo de machita–. Es hembra, le respondí. –Es que yo tengo un basset y quiero cruzarlo. ¿Tiene pedigrí? –Uh no, no tiene papeles. –Está muy bonita. –Sí, están muy bien todos sus rasgos de basset… pero esta es muy chiquita, apenas es un cachorro de cinco meses. Todavía no. –¿Te dejo mi teléfono para cuándo puedas? Después de darme sus datos, la corredora se apresuró a alcanzar a la otra y me imaginé, de pronto, lo divertido que sería tener ocho de estos animales necios, apestosos, arrugados, grasosos, tramposos y ladrones. Me los imaginé mordiéndose las orejas y persiguiéndose los unos a los otros. Me los imaginé aullando juntos, a la luz de la luna, en un concierto tristón y patético. A Nico ya la estoy entrenando para qué, a la voz de “¡Ataque psíquico de tristeza!”, se dedique a mirar con sus ojos deprimidos al objetivo y es más efectivo que pedirle a un Pastor Alemán qué, vulgarmente, ataque. Ahora imagínense a once rostros arrugados de mirada triste...

Fotografías de unos días.

By on Miércoles, marzo 16, 2011

Nico, la basset hound, me sigue a todas partes. Debe haber alguna razón científica que explique porque ella me acompaña de una habitación a otra. Eventualmente se cansa y se mueve a otra habitación. Después de unos minutos me angustio. Los libros, las páginas, la información que me dieron es que estos perros, cuando están solos, están maquinando toda clase de planes para hacer un desastre. Estos perros jamás olvidan las travesuras que planean. Estos perros pretenden que son idiotas para engañarte. No puedo más con la duda y me asomo a la habitación, la descubro mordiendo uno de sus juguetes o tirada de panza para que la caliente el sol. Suspiro, no solamente de alivio, también porque interrumpí algo. La dejo a solas, reprendiéndome por mi momento de padre psicótico, y ella, por supuesto, se levanta a seguirme. Este es uno de tantos ciclos que se repiten durante el día. Estos últimos diez días iniciaron con un café y una queja en mi garganta. Mi garganta quiere arrancarme la piel y salir, en protesta, sin importar que me deje sangrado y moribundo, a comprar unos cigarrillos. He pensado en comprar uno o dos cigarrillos sueltos para el día, pero ya conozco el proceso: compro un par de seh-ga-rreee-tos y el día de mañana estaré comprando la cajetilla. Esta es la segunda etapa del ex-fumador: los primeros treinta días, donde la psique está hecha una fiesta y con un intenso deseo en enojarse, de romperlo todo, de manipular las cosas hasta que alguien se apiade y le ponga el cigarrillo en los labios. Han sido días difíciles para nosotros, para mí, para mis manos, para mi garganta, para los perros, para mi esposa, para mi ego, para el señor fumador que solía escribir con el humo ocultando pedazos de su pantalla, letras innecesarias y hojas en blanco que se amarillaban por la nicotina y el humo. Uno de mis múltiples trabajos consiste en leer textos y escogerlos para una supuesta futura publicación de circulación masiva y nacional. Eso me explicaron. Me encogí de hombros y accedí, solamente porque me gusta leer. Todavía no entiendo donde aparecerán esos textos, si llevará mi nombre en algún lugar y si mi criterio sea el correcto para diez, miles o millones de personas. Lo que me gusta es que me pagan por leer, por escoger, por traducir textos viejos del inglés al español. Recuerdo los días universitarios en los leía en las bibliotecas y en los pasillos de la  Facultad de Filosofía y Letras. Recuerdo las islas a un lado de rectoría y cómo, cual fotografía inspiradora, me sentaba bajo un árbol e iniciaba mis lecturas. Así me leí a Shakespeare, parte del Quijote, Kafka, algunos cuentos de Joyce, de Felisberto Hernández y de Augusto Roa Bastos, de Carver, algunos poemas de Phillip Larkin y D.H. Lawrence. Todos me traen la remembranza de la luz del sol y el olor del pasto, de las faldas de las chicas de arquitectura y las bicicletas de los taqueros de canasta. Recibí correos electrónicos de los abogados, con instrucciones de escoger textos de autores y traductores que hayan muerto en determinadas fechas. Gracias de las leyes de derechos de autor. Fui de compras y ahora tengo en casa veintitrés libros nuevos de autores mexicanos y latinoamericanos. Los otros autores los estoy consiguiendo en digital del proyecto gutenberg, manybooks y la universidad de Adelaide. También bajé libros clásicos, esos que nunca leí y aspiro a leer. Dos mil libros después, me doy cuenta que jamás los voy a leer todos. Tristemente, estoy evitando los versos en inglés porque no tengo la pericia, la capacidad, y la paciencia, para traducirlos. Hace calor en Cholula. Salgo a caminar con los perros cuando hace calor para que se cansen y lleguen a casa, a beber agua como si les hubieran privado del líquido vital una eternidad. Luego duermen durante todo el día. Killer de por sí, duerme mucho. Killer duerme sobre las almohadas, bajo los muebles, detrás de mi escritorio. Duerme en todos los lugares donde pueda evitar a Nico, para que no le muerda las orejas, ni las patas. Killer, perro viejo, ya ha perdido varios dientes y pesa cinco veces menos que Nico, no puede defenderse de ella. Nico le gruñe, le ladra, lo persigue y lo invita a jugar. Cuando caminamos todos juntos, aparentemente no existe ninguna competencia, ningún juego, entonces Nico se tropieza con sus orejas, cae encima de Killer, Killer le gruñe y se hace fuerte con la histeria, Nico saca la lengua jadeando y pide perdón, porque es torpe, porque es un cachorro, porque sus orejas y sus patas tontas son lo más gordo de este mundo. Como dejé de fumar, mi consumo de porquería ha aumentado y si ya me pensaba gordo, esta vez atravesaré las fronteras. Cada semana se me ocurre un antojo nuevo. Tengo un litro de helado de vainilla y Hershey’s como postre después de la comida. También tengo una bolsa de pequeños chocolates. He comprado dos o tres bolsas de cacahuates, de frituras, de chicharrones. Tomo dos o tres tazas de café al día, y a veces, ¿por qué no? también le pongo Hershey’s y es como si me tomara un mocca. No se angustien, ya sé que acabo de describir la vida de un pre-diabético. La verdad es que mis antojos sólo los como una vez al día,...

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