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Fiesta de un ratón.

By on Sábado, mayo 12, 2012

No le digan a mi esposa pero que rico son los días de su ausencia. Al menos empiezan bien. Nadie interrumpe el sueño matutino de un vividor de madrugada. Los perros duermen igual o más que yo cuando no perciben gente haciendo alharaca en la casa. Abrazo a los peludos para entregarnos al sueño de los cínicos, de los desvergonzados, de los inútiles y de los malos ejemplos. Paseamos juntos, sí, en el mundo onírico, en jardines vastos, en praderas fértiles y campos asoleados que no queman, e incomodan, por la brisa abundante de los céfiros. Despierto, saco algunos pelos de mi boca y resoplo tristón como resoplan los bassets, gruño malhumorado como los french minitoys. Cuando saco a caminar a los perros, veo las piernitas tiernas de las estudiantes sin luego sentirme culpable o disculparme inmediatamente por andar de mirón. Ya me conocen, tal vez demasiada gente, pero quien sabe por qué siento la necesidad de disculparme. Es como un impulso incontrolable de pedir perdón. A lo mejor es la resonancia de las 180 iglesias de Puebla. También puede ser el gen mexicano, o la culpa la tienen los indígenas, o mi parte criolla, o mi pasado alemán, o la televisión gringa, quien sabe, pero me disculpo con mi mujer por la mirada desviada en estos tiempos tan políticamente insulsos. Será que me tienen bien entrenado. Cuando me dejan solo, pienso: “¡Uh! ¡Hay qué hacer fiesta!” y me imagino que esto se llena de muchachitas voluptuosas, casi desnudas, despojándose eventualmente de sus trapos. Bailan hasta al amanecer. No sucede, verdad que no, pero la imaginación a veces basta. No hago tanto desmadre. Quisiera. Hoy tuve un visitante. Un jardinero que hacía el mantenimiento en mi casa anterior. Lo traje para que cortara mi pasto, mis malamadres, mis amarillas espinosas, mis narcisos y los que no son narcisos. Algún día le preguntaré como se llaman todas esas plantas y como todos esos “algún día”, tal vez nunca lo haga. Le puse música y le ofrecí pique para ver si se desnudaba. No cumplió. Ni modo. A ver si en dos semanas que regrese. Preparo el calendario del abandono: Las caminatas, lo que veré en televisión, las horas de lectura, los cafés y en dónde, los videojuegos que tengo pendientes desde hace más de diez años, las horas que pasaré frente a la ventana vigilando a Don Goyo y rezándole para que explote, por favor que explote para interrumpir los fuegos artificiales programados de las iglesias, y que la gente salga corriendo de sus casas con las manos en la cabeza como si ya se estuvieran quemando, y ojalá, nomás porque sí, entre esas gentes haya piernudas encueraditas que lleguen a mi casa buscando refugio. Ojalá. Cuando pasen las horas y tropiece con ropa usada, con las sillas mal puestas, con los platos sucios, quizás la ropa interior ajena y los ceniceros llenos, entonces me pondré el delantal, justo como hago cuando ella está, y mientras los perros me apuntan con la cabeza, aburridos, porque no hay otra cosa que mirar, haré el aseo de la casa, bailaré con la escoba y el trapeador, pondré las cosas en su lugar y entonces, sólo entonces, será menos tiempo para decirle: “¡Qué bueno que ya...

Fotografías de unos días.

By on Miércoles, marzo 16, 2011

Nico, la basset hound, me sigue a todas partes. Debe haber alguna razón científica que explique porque ella me acompaña de una habitación a otra. Eventualmente se cansa y se mueve a otra habitación. Después de unos minutos me angustio. Los libros, las páginas, la información que me dieron es que estos perros, cuando están solos, están maquinando toda clase de planes para hacer un desastre. Estos perros jamás olvidan las travesuras que planean. Estos perros pretenden que son idiotas para engañarte. No puedo más con la duda y me asomo a la habitación, la descubro mordiendo uno de sus juguetes o tirada de panza para que la caliente el sol. Suspiro, no solamente de alivio, también porque interrumpí algo. La dejo a solas, reprendiéndome por mi momento de padre psicótico, y ella, por supuesto, se levanta a seguirme. Este es uno de tantos ciclos que se repiten durante el día. Estos últimos diez días iniciaron con un café y una queja en mi garganta. Mi garganta quiere arrancarme la piel y salir, en protesta, sin importar que me deje sangrado y moribundo, a comprar unos cigarrillos. He pensado en comprar uno o dos cigarrillos sueltos para el día, pero ya conozco el proceso: compro un par de seh-ga-rreee-tos y el día de mañana estaré comprando la cajetilla. Esta es la segunda etapa del ex-fumador: los primeros treinta días, donde la psique está hecha una fiesta y con un intenso deseo en enojarse, de romperlo todo, de manipular las cosas hasta que alguien se apiade y le ponga el cigarrillo en los labios. Han sido días difíciles para nosotros, para mí, para mis manos, para mi garganta, para los perros, para mi esposa, para mi ego, para el señor fumador que solía escribir con el humo ocultando pedazos de su pantalla, letras innecesarias y hojas en blanco que se amarillaban por la nicotina y el humo. Uno de mis múltiples trabajos consiste en leer textos y escogerlos para una supuesta futura publicación de circulación masiva y nacional. Eso me explicaron. Me encogí de hombros y accedí, solamente porque me gusta leer. Todavía no entiendo donde aparecerán esos textos, si llevará mi nombre en algún lugar y si mi criterio sea el correcto para diez, miles o millones de personas. Lo que me gusta es que me pagan por leer, por escoger, por traducir textos viejos del inglés al español. Recuerdo los días universitarios en los leía en las bibliotecas y en los pasillos de la  Facultad de Filosofía y Letras. Recuerdo las islas a un lado de rectoría y cómo, cual fotografía inspiradora, me sentaba bajo un árbol e iniciaba mis lecturas. Así me leí a Shakespeare, parte del Quijote, Kafka, algunos cuentos de Joyce, de Felisberto Hernández y de Augusto Roa Bastos, de Carver, algunos poemas de Phillip Larkin y D.H. Lawrence. Todos me traen la remembranza de la luz del sol y el olor del pasto, de las faldas de las chicas de arquitectura y las bicicletas de los taqueros de canasta. Recibí correos electrónicos de los abogados, con instrucciones de escoger textos de autores y traductores que hayan muerto en determinadas fechas. Gracias de las leyes de derechos de autor. Fui de compras y ahora tengo en casa veintitrés libros nuevos de autores mexicanos y latinoamericanos. Los otros autores los estoy consiguiendo en digital del proyecto gutenberg, manybooks y la universidad de Adelaide. También bajé libros clásicos, esos que nunca leí y aspiro a leer. Dos mil libros después, me doy cuenta que jamás los voy a leer todos. Tristemente, estoy evitando los versos en inglés porque no tengo la pericia, la capacidad, y la paciencia, para traducirlos. Hace calor en Cholula. Salgo a caminar con los perros cuando hace calor para que se cansen y lleguen a casa, a beber agua como si les hubieran privado del líquido vital una eternidad. Luego duermen durante todo el día. Killer de por sí, duerme mucho. Killer duerme sobre las almohadas, bajo los muebles, detrás de mi escritorio. Duerme en todos los lugares donde pueda evitar a Nico, para que no le muerda las orejas, ni las patas. Killer, perro viejo, ya ha perdido varios dientes y pesa cinco veces menos que Nico, no puede defenderse de ella. Nico le gruñe, le ladra, lo persigue y lo invita a jugar. Cuando caminamos todos juntos, aparentemente no existe ninguna competencia, ningún juego, entonces Nico se tropieza con sus orejas, cae encima de Killer, Killer le gruñe y se hace fuerte con la histeria, Nico saca la lengua jadeando y pide perdón, porque es torpe, porque es un cachorro, porque sus orejas y sus patas tontas son lo más gordo de este mundo. Como dejé de fumar, mi consumo de porquería ha aumentado y si ya me pensaba gordo, esta vez atravesaré las fronteras. Cada semana se me ocurre un antojo nuevo. Tengo un litro de helado de vainilla y Hershey’s como postre después de la comida. También tengo una bolsa de pequeños chocolates. He comprado dos o tres bolsas de cacahuates, de frituras, de chicharrones. Tomo dos o tres tazas de café al día, y a veces, ¿por qué no? también le pongo Hershey’s y es como si me tomara un mocca. No se angustien, ya sé que acabo de describir la vida de un pre-diabético. La verdad es que mis antojos sólo los como una vez al día,...

Crónica de los cuatro mil mensajes.

By on Jueves, marzo 10, 2011

Anoche visité mi viejo correo de Yahoo. Hace algunos años lo usaba como mi correo electrónico principal. En todos lados lo presentaba como mi buzón: las suscripciones, los negocios y el lugar ideal para recibir las fotografías de nenas en pelotas. La bandeja de entrada se convirtió en un cementerio a través de los años. Ayer que lo visité, tenía 4000 mensajes de spam en la bandeja de entrada. Suspiré resignado y con el prospecto de buscarme una tontería que hacer para evitar el trabajo, los pendientes, las presiones, comencé a limpiarlo. Era algo que había hecho antes… una o dos veces, entrar al viejo correo de yahoo para hacer el mantenimiento y la limpieza. Es como entrar a una casa abandonada donde solías vivir. Entras a mover los muebles pero no tienes el verdadero deseo de limpiarla bien y tampoco tienes el valor para venderla. En el paseo a la casona vieja… llega el momento donde te distraes con las fotografías, los portarretratos, los añejos papeles que guardan un pedazo de tu historia. Dejé de limpiar para releer algunos momentos de mi pasado. Los amigos que tenía en aquel entonces y escribían para saludarme. Las respuestas que les daba a los amigos. (Esos amigos qué, cuando pasa el tiempo, parece que se han ido, parece que te han olvidado, pero sabes que luego volverán a tocar tu puerta. O tú irás a ellos. Habrá un café, unos cigarrillos, un fuerte abrazo y una larga plática de recuerdos tan empolvados como la casona vieja). Miré las fotografías de viejas amantes y me sonreí. Este proceso es uno de tantos recordatorios de la persona que fui y que se repite cada tres o cuatro años. ¿Acaso ha pasado tanto tiempo? Algunos correos están fechados con 2004, otros 2002, otros con 2005. Al menos empiezan con dos. Todos esos pedazos que vamos dejando de nosotros en la red. Los correos electrónicos son aquellos qué están cerrados con llave y guardan lo más preciado, lo más bizarro y lo más íntimo. A veces me los imagino como un locker en el aeropuerto o en “la estación de trenes” (¡cómo en las películas! El personaje llega diez años después a abrir el casillero que esconde una maleta). Mi locker estaba lleno, no sólo de recuerdos, si no de la propaganda, los volantes, las cuentas, las tarjetas de servicios, la basura de los vecinos. Años atrás no hubiera permitido que llegara a tanto porque pues… era como una casa. ¿Entienden? ¿No es una de las compulsiones modernas y, por cierto, muy discretas? Arreglar el correo para que cada cosa esté en su lugar, su carpeta o su etiqueta, el spam va en la carpeta de spam y lo que es basura, va en la basura. Las horas se consumen embelleciendo un correo electrónico. ¿Qué tal con Google, qué su correo asemeja esa enfermedad psíquica tan notable de los acumuladores? Ya no borras ningún correo… no señor, “lo archivas”. A veces me parece terrorífico usar la búsqueda porque no sé que me va a pasar. Cruzo los dedos y doy click suavecito porque no vaya a pasar que se me caigan las las columnas de correos electrónicos encima. Los correos electrónicos asemejan a nuestra habitación de adolescentes (¿recuerdas tu *puto* desmadre?), son cajas de zapatos con fotografías y son hojas que arrancamos del diario y escondemos (porque, seamos honestos, cuando escribimos un diario sabemos el peligro que se corre de que, eventualmente, lo lean. ¿No por eso lo hacemos? Escribimos con esperanzas de que los involucrados se encuentren en nuestras palabras. Que nuestro amor sepa cuanto lo amamos, que nuestros padres reconozcan cuanto los aborrecemos). Pasé un par de horas seleccionando todos los correos basura. Eran 4000, en la ventana miraba de 200 en 200 correos, seleccionaba todos y luego los mandaba al “Spam Guard” (la tecnología de Yahoo! qué te protege y te cuida). Cada montón que mandaba a la bandeja de reciclaje, Spam Guard me daba las gracias y me prometía que mi trabajo había servido para mejorar su desempeño. Yo simplemente no podía creerlo. No podía creer que fuera lo suficientemente intuitivo para detectar que soy mexicano y que estoy recibiendo una parvada de correos árabes compuestos de imágenes de drogas y más correos árabes con mujeres caderonas y arias, en busca de complacerme. Todavía falta para que la computadora me lea los pensamientos. Cuando bajé la cantidad de los correos basura a 1300, lo dejé por el día y me fui a dormir. Pensando, mejor, en aquellos documentos del pasado con los que me distraje durante la limpieza. Esas firmas, esas palabras, esas fotografías, ese amor olvidado. Esta mañana, decidido a limpiar esa casa que fue mía, continúe el trabajo. Descubrí que todo ese spam, de alguna forma, había sido mi error. Muy inteligente Yahoo, muy inteligente. Investigué que mi correo estaba autorizado, según mi perfil de yahoo, para pertenecer a cualquier grupo. Conclusión: Algún spammer metió el correo de yahoo en una lista de grupos árabes, iraníes, afganos, entre otros y como mi correo tenía autorización de pertenecer a cualquier grupo de yahoo, pues así son las cosas. Un año completo se convirtió en cuatro mil correos basura. (Barría, y barría, y no dejaba de juntar bolsitas) ¿Ya ven? Esos pedazos nuestros que permanecen en internet y qué, como una casa, parecen necesitar...

Vida exponencialmente temprana gracias a los llantos de un cachorro.

By on Miércoles, febrero 9, 2011

Sol disfruta que estos días me he levantado más temprano. Para ella, un hombre productivo es el que se levanta tan pronto el sol entra por la ventana. No cree en la habilidad de la noche para despertar una producción o la creatividad. Lo cierto es que estos últimos días de cachorro son muy similares a mis días en la secundaria o en la preparatoria. Esos días lejanos donde ocupaba las tardes para dormir la siesta y luego me despertaba a tontear, en lo que decidía hacer las tareas. Nico me ha mantenido en esos horarios, donde a las nueve abro los ojos, me bajo al sillón y trato de convencerle de dormir un poco más. Solo pasan media hora o cuarenta minutos, antes de que se acerque a lamerme la barba y yo hacer caras de espanto. De asco no. Antes me parecía asqueroso. Ya que tienes un perro te es más fácil aceptar esa intrusión de la lengua canina. Hay límites, sí. Jamás permitiría que un canino me lamiera las gónadas. Las mañanas abren espacio a otro tipo de recuerdos. Recordé ayer cuando mi madre me llevó a cenar al restaurante giratorio del Hotel de México (Ahora el World Trade Center). Era muy pequeño, no sabría cuántos años, pero recuerdo que fue mi primer restaurante lujoso. Mi madre me enseñó a ponerme la servilleta en las piernas y se lo preguntó al mesero, para que este reforzara la enseñanza de los modales. Todavía puedo recordar la amabilidad del mesero, tan característica en uno de esos restaurantes donde se paga más. ¿Por qué habremos ido a ese lugar? Mi madre me dio la carta, tal vez leí, tal vez nada. Le pregunté si podía pedir lo que quisiera y ella me dijo que sí. Pedí huevos revueltos porque era lo mejor que conocía. Lamentablemente no estábamos ubicados cerca de las ventanas. No tengo en la memoria la vista de la ciudad, no en ese caso. El recuerdo está inconcluso. Cuando envejezca, seguro podré inventarle más detalles. La memoria es engañosa. Crees recordar con exactitud pero en realidad inventas. Agregas detalles de acuerdo a lo que te parece lógico. La memoria es la creación de una historia que se adapta a ti. Me parece recordar que había una tercera persona pero no puedo recordar con exactitud quien. Era muy pequeño. Seguramente me llevó unos días antes de que cerraran el lugar. Un poco de investigación me daría respuestas y a la vez, seguiría reemplazando recuerdos con inventos. Bob, el cacto, abre unos ojos vegetales y mira a Nico dormir. Tiembla un poco. Ahora que despierto en las mañanas y observo al cacto tomando el sol, este sonríe burlón y me señala con cientos de espinas. Luego mira a Nico y se pone a temblar. Me van a comer, parece decir, me van a usar como material para cambio de dientes. Ambos nos burlamos el uno del otro. Esto no es la invención de un recuerdo, es algo que sucede todas estas mañanas y cuando pasen los años, seguro agregaré o quitaré detalles. La memoria es un artificio engañoso y entretenido. Al viejo no le queda otra cosa que la memoria, pero qué memoria. Puede hacer lo que deseé con ella. Construir un mundo que ya no es, reconstruirlo como debe ser. No muchos escuchan a los viejos. Algunas mañanas me despierto con la sensación de un poema de Bellows en la cabeza. No recuerdo el título del poema, no recuerdo las palabras exactas, lo más que puedo recordar es como un campo de trigo se transforma en un mar. Un hombre habla de su padre. Esa es otra memoria difusa. Hace tanto que leí el poema… años ya. Recuerdo la sensación mientras lo leía, pero no tuve la delicadeza de memorizarlo, ni de analizarlo más a detalle. Debo tenerlo en uno de los libros en la biblioteca. Eventualmente lo buscaré. Mientras tanto, el astillero de Onetti me sigue arrastrando a esa mentira de hombres que ya se perdieron en un abismo personal, en el abismo de vivir y soportar Santa María, en hombres que ya aceptaron su destino y se lo dejaron a manos de Dios Brausen. No queda otra cosa. Debo disfrutar estas mañanas...

Pequeños mensajes.

By on Viernes, noviembre 5, 2010

Me deja pequeños mensajes: en una taza de café, en un cuaderno o la nueva posición del hombre de madera. El hombre de madera me presenta el mensaje en el cuaderno, y un café me está esperando. Los pequeños mensajes que dicen que todavía nos queremos, todavía nos amamos. Como un ninja del amor,...

Ningún ejercicio fácil.

By on Domingo, julio 18, 2010

Tengo la idea de que un escritor no debe hacer ejercicios fáciles. Cuando está sentado, en el papel del escritor y su lucha frente a una hoja en blanco, buscando qué escribir… lo primero que debe hacer es un ejercicio. Hablar o construir lo que es imposible. Hacer un palíndromo o jugar con los anagramas. Escribir dos párrafos cursis. Escribir tres líneas muy sencillas. Un haikú o un tanka. Tratar de escribir un soneto alejandrino o un endecasílabo. Los ejercicios, como con el cuerpo, se hacen para la perfección. La perfección del escritor es el dominio del idioma, un encuentro preciso con las palabras que busca (y las que no busca también). Hay escritores que abren una hoja al azar en su diccionario y usan alguna palabra para iniciar su ejercicio. Otros escriben todo lo que escuchan mientras están en un restaurante. Otros más, evitan ciertas consonantes o ciertas vocales. ¿Qué se trae el idioma, que luego todo lo puede? Personalmente, mi ejercicio preferido –especialmente en domingo–, es acomodar una libreta sobre la espalda de mi mujer y sencillamente escribir. La lucha de las manos y del sexo para permanecer en un sólo lugar, mientras escribo renglones y renglones de palabras, y oraciones inconclusas, pero la práctica hace al maestro. Eventualmente mis manos adquirirán la firmeza de mi sexo y mi mujer la constancia de un papel curvo, y silencioso. No más puntos torpes que se acomoden con sus lunares, ni guiones que le dejen marcada la baja espalda durante varias semanas. Hoy es...

La mujer que se despedía de nadie en los autobuses.

By on Miércoles, junio 16, 2010

Después te acostumbras. Mi primer autobús, fue uno con dirección a Tampico. 14 horas, metido en un sillón, donde al menos ocho me dediqué a ver la oscuridad, las refinerías, los campos abiertos, las paredes rocosas. Otros sentidos registran el autobús en sí: los ronquidos, los olores del sopor y el sueño, la música bajita del conductor. Es interesante después como el conductor se detiene algunas veces para tomarse un café, platicar con otros conductores, hacer el cambio. Le da un giro. Luego de ese primer autobús, no pensaba que mi vida se regiría eventualmente a ir a la estación, comprar el boleto, y esperar una cantidad variable de tiempo, antes de ver a la mujer que sería mi esposa o regresar a las responsabilidades de la ciudad que era la mía. La ruta que conozco de memoria, es la de Chilangoland – Puebla. También conozco sus variantes: la más común es la de central Tapo, las otras salen de la central norte y del sur. Alguna vez pensé en investigar las otras terminales, aquellas que están en Neza o Cárcel, sólo para cambiar un poco la rutina. Sin embargo, se quedó como un proyecto personal y después de seis o siete años de viajes (casi todos los fines de semana), no lo concreté. Viajé en los tres tipos de autobuses: guajolotero, “primera” y ejecutivo. Conocí las mañas de los taxistas de las centrales, y como evitar que te cobraran lo que quisieran. Platiqué muy pocas veces con algunos compañeros de viaje, a otros los ignoré con el ipod, y en contadas ocasiones, el asiento a mi lado quedaba vacío, así que alzaba las piernas y trataba de dormir. La primera experiencia, me hizo pensar que era una de esas personas que jamás duermen en los autobuses… eventualmente descubrí que es posible. Sólo se necesita práctica. Esos viajes, me trajeron a otros autobuses: una vez al año, procuraba viajar a Guadalajara para ver a los amigos que todavía me esperan allá. Traté de hacer esta una sana costumbre. Varios años estuve metido en autobuses de Taxco (ida y vuelta) para comprar plata. Hay varios autobuses más que me llevaron a Villahermosa (y uno de ellos, ahí, me llevó a Ciudad del Carmen). Viajé, también, a otros ayuntamientos pequeños… una vez para ver a una vieja amiga, otra vez, sólo porque deseaba perderme un poco… ya que después de tantas estaciones y autobuses, se te quita ese pequeño miedo de salir de casa, y tan sólo quieres ver otras cosas, que te prepara la rutina de otro lado. Si hubiera llevado un registro de todas las horas que pasé en una terminal… tal vez me llevaría una sorpresa, y terminaría por preguntarme qué aprendí de ese lugar especial: El lugar donde esperas la transición de un lugar a otro, que bien, hasta podría ser un espacio místico donde dejas parte de ti para aceptar otras cosas. Cada vez que pienso en la terminal, pienso en una mujer en especial. Recientemente la vi en uno de los pocos viajes que he hecho, y que probablemente, ya no vuelva a hacer. La mujer que corta los boletos de la mañana y desea a los pasajeros un buen viaje. Sonríe cuando puede. Otras veces sólo permanece seria. Las primeras veces, me pareció que tenía un brillo en la mirada y que sonreía más de lo habitual. Aquella vez, la noté más apagada de lo usual y eso me transportó a mis últimos años de viaje (Chilangoland, Puebla) e hice memoria. Sí, los últimos viajes la noté gastada, simplemente no había pensado en ella. La observé durante varios minutos, con sus manos inquietas y sus ojos decolorados. Luego se me ocurrió: Tal vez pensaba que si subiera a uno de esos camiones… su vida podría cambiar. Tal vez pensaba en robarse uno de los boletos, e irse a cualquier otro lugar. ¿No sueña con eso, todo aquel que visita las estaciones (y los aeropuertos)? Son dos cosas: irse a otro lugar, no regresar y ver que pasa (la aventura de mi vida papá); la otra es mirar a los que esperan e inventar historias para matar el tedio. Perdí eso con tantos viajes y cuando la vi, me sorprendí maquinando los posibles caminos que la llevaron a ese cambio drástico. ¿Y si sólo fuera la edad? La edad, en el mismo lugar, la misma gente, la misma sonrisa, los mismos boletos, el mismo corte, los mismos horarios. Sí. De repente no sabes cuánto dejas abandonado en las estaciones… pero todo lo que te llevas, bien vale la...

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