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escrito por el Lunes, mayo 6, 2013

13029 (Juliette)

13029 (Juliette)

Los perros:

  • Como soy mono de ciudad, tomo nota de los perros que tienen en los terrenos que están a mi alrededor. Mi vecino inmediato tiene una jauría de cinco perros. Asumo que son necesarios para proteger el terreno de las ratas, los topos, las víboras, y los perros de los baldíos foráneos. No me imagino que los ladrones sean cosa grave. ¿Qué se van a robar? ¿Mazorcas?
  • Alguna vez me contaron que algunos ladrones entran a los baldíos para robarse los grillos. Los grillos se fríen y se venden como botana en los mercados.
  • En terrenos vecinos, he contado una jauría de tres y una jauría de cuatro o cinco. Otro vecino es dueño de tres boxers a los cuales mantiene encadenados. Estos perros, atados a su correa, nos miran a mí y a Nico pasear (cuando pasamos por ahí, últimamente evito el lugar). Esos perros tienen cara de personas, pienso que algo pensarán de nosotros.
  • No sé si estos perros tengan nombre y si los hayan reducido a una utilidad práctica: La protección. No sé, también, si los alimentan o si los han entrenado de alguna manera. Me sorprendería y me alegraría que sí.
  • Como son más salvajes y viven en un ambiente más primitivo, los perros de mi vecino, el Señor Calavera, mataron a uno de los perros más débiles de la jauría. Luego se lo comieron. No desperdician nada.
  • He visto a la jauría de los cinco perros caminar por toda la cuadra, afuera de los restaurantes, en búsqueda de bolsas de basura. Creo que el Señor Calavera así filtra a su jauría de perros. Deja que vayan por las calles y si la calle es cruel, morirán atropellados, o se perderán al perseguir un olor intenso y no encuentren el camino de regreso.
  • Perder el camino de regreso: Acabar caminando en una carretera de madrugada. Así me perdí yo alguna vez, aunque mi situación, obviamente, fue favorable. Ojalá otros perros encuentren un buen camino tan pronto pisan una autopista.
  • Algunas madrugadas se alebrestan, y aúllan, o ladran. Imagino que algún perro intruso, el perdido de otra jauría, se abre espacio entre los maíces y tiene la esperanza vacua de haber encontrado un nuevo hogar. Entonces los cinco se despiertan, reciben violentamente al intruso, se deshacen de él. Siempre me inquieto cuando eso pasa.
  • Los perros de Coetzee y de Vargas Llosa. Se debe vivir en un lugar con perros liberados, condenados a su lado más salvaje, para que uno pueda apreciarlos como lo que son, la posibilidad de que no son unos animales adorables, domésticos, leales, siempre fieles. No me parece una fantasía, tampoco me parece absurdo, que los perros del Cerro de la Estrella se dedicaran a cazar hombres.
  • Mi perro intentó morderme una vez que le quité el hueso. Tuve que enseñarle que eso no se hace.
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escrito por el Domingo, marzo 3, 2013

13014 (Bushido)

13014 (Bushido)

Notas de lo que recuerdo del Bushido (y otros libros en la edición de Proyecto Larsen):

  • El cuento del samurái que pierde contra un orangután. En One Piece, el samurái de la historia (Zoro), durante su arduo entrenamiento de dos años, acaba en una isla peleando contra orangutanes que imitan al maestro durante buena parte de su vida, conocen sus técnicas, tienen parte de su fuerza. (Zoro pierde un ojo durante el entrenamiento).
  • Un joven samurái define la homosexualidad como algo agradable y desagradable a la vez. La historia no profundiza en ello pero me hizo pensar. Un joven cuando admira a un hombre, en cierto modo lo desea, no solamente lo idealiza.
  • Todos los días el samurái debía pensar en la muerte. Ese debía ser su primer pensamiento al despertar para qué, si estallaba la guerra (en cualquier momento), estuviera preparado a morir. El honor está en ser el primero en entrar a la batalla, el honor está en morir primero.
  • Soy occidental. Jamás comprenderé por completo el honor de un samurái por más que lo intente, sin embargo, persiste la ilusión de que sí lo entiendo, y lo suficiente. Al menos en ser sincero puedo ser honorable.
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escrito por el Miércoles, diciembre 12, 2012

Velas de lectura

Velas de lectura

Ayer cumplí 31 años pero en vez de elogiar o solapar la edad adulta (u otras cosas igual de lamentables), mejor aprovecho la caminata para hablar de leer y de como aprendí a leer. Sí, la mayor parte de este post lo escribí en el teléfono mientras caminaba.

  • He pasado mucho tiempo de mi vida leyendo. Reafirmo, cada vez que abro un libro, un cómic o un manga; que otros placeres, ocios o estudios no me atraen igual. Incluso dedicarme a un juego que no sea casual se ha convertido en una tarea difícil. Me pregunto, a menudo, ¿cómo crece o vive la gente que no lee?

  • Mi abuela, casi analfabeta, me enseñó a leer a los cuatro años. Quizás comenzó antes. Todos los días, en el ambiente frío y gris rata de un puesto de zapatos en el mercado de la Balbuena, repasábamos letras en el periódico. Eventualmente las letras se convirtieron en palabras, oraciones, párrafos completos. Una vez que supe nació un animal hambriento. El mercado era un lugar oscuro, frío, apenas vivo por el lugar tan escondido en el que estaba localizado. Ahí, una de las pocas cosas capaces de arrojar luz, alimentar al monstruo, era la lectura.

  • Leía el periódico, leía cómics y la tira del domingo (Todos los domingos esperaba ansiosamente, en el Universal, el siguiente episodio de Dick Tracy). En el mercado, compraba en el puesto de periódicos uno de varios: “Archie y Verónica”, “Tom y Jerry”, “Las aventuras del Pato Donald”, “La familia Burrón” o “Memin Pingüín”. Mi abuela pedía, en algunas ocasiones, que los leyera en voz alta para corregirme si me equivocaba.

  • En casa teníamos libros, demasiados. Mis tíos más jóvenes leían ciencia ficción y fantasía. En cajas, ocultos, estaban los libros de mi abuelo… Una colección impresionante y discordante: antropología, dibujo, astrología, psicología, enciclopedias de historia y cómics de Vargas Dulché. Muchas veces los hojeé, sin entender mucho lo que pasaba, los libros de ambos mundos eran ajenos: Unos por su vocabulario y otros porque estaban en inglés.

  • Mi madre tenía un libro de ilustración de Michael Moorcock. Criaturas desnudas en un mundo fantástico. Rostros alargados, ovalados, ojos vivos en rostros imposibles. De niño, le rayé unos garabatos con pluma. Quería participar en la creación. Mi madre, dolida, me quitó el libro para siempre y, luego de unos años, lo dejó a mi alcance vencida. No cabe duda, los niños destruimos todo. Unos años más tarde que vi mis pequeñas interrupciones, me arrepentí. Hice lo mismo con otros de sus libros, incluyendo un libro ruso de ajedrez con unas ilustraciones bellísimas y un puñado de libros ilustrativos de cómo aprender a pintar.

  • El colmo: un día, uno de mis tíos abre un programa en la Commodore 64. Es un juego llamado Zork, una aventura de texto, la más famosa de todos los tiempos (La mencionan a menudo en Big Bang Theory, y es referencia obligada de “Ready Player One”. Cualquiera que deseé hacer ficción interactiva debe conocerlo). A cada momento le pedía a mi tía que me tradujera lo que pasaba, estaba enganchado en el misterio y me asombraba que pudieras escribir en la computadora lo que quisieras hacer, y con ello cambiar el rumbo de la historia. Ella, cansada del chamaco, dijo que debía aprender inglés y dejara de molestar. Tenía seis o siete años.

  • A los nueve años ya poseía el nivel suficiente de inglés para pasar un par de pantallas en Zork, y leer algunas páginas de los libros de mis tíos (y sus portadas luminosas, vistosas, mundos ajenos en espera de ser devorados). Otro tío al ver esa pequeña hambre que me guardaba, me sugirió leer mi primer manga en una traducción inglesa: “Crying Freeman”.

  • “Crying Freeman”, después de Dick Tracy, fue mi incursión en el mundo noir, un mundo agresivo, adulto y violento. Páginas oscuras, hombres armados, mujeres fatales, negocios turbios con empresarios. Recuerdo mucho una escena donde un personaje le comparte a otro la geisha que contrató. Ambos hombres, uno joven y uno viejo, poseen a la hermosa geisha. Cierran el negocio. Empecé a intuir uno de los mecanismos del sexo.

  • Para entonces, ya había cambiado mis cómics por el universo Marvel. Específicamente Spiderman (aunque también perseguía a los Hombres X y los Vengadores. Novedades editaba, en aquel entonces, los arcos que escribía Jack Kirby). Si no los había en español, a veces conseguía arcos más actuales en la American Bookstore. Spiderman y su humor, su genialidad, su inseguridad, perpetuamente enamorado de Mary Jane y su sola confidente, la tía May, me ganaron. Se parecía mucho al niño y su abuela en el mercado.

  • Mi tío Rafael me entrega una nota de su propia experiencia mientras espera el nacimiento de su hija en el hospital: “Si quieres leer buenos cómics, fíjate en las burbujas de diálogo. Entre más texto haya en las burbujas, quiere decir que es de mejor calidad”. (Por supuesto, esto es debatible por muchas razones… sin embargo, en aquel momento me pareció la verdad, y a la fecha, me fijo en cuántos diálogos tiene un cómic). Después fuimos a un puesto de revistas, me compró dos comics de “Conan, el Bárbaro” y unos de la Familia Burrón. Esa tarde, mientras esperábamos el nacimiento, nos la pasamos leyendo en silencio.

  • También leí libros. A los doce años, mi nivel de inglés me permitía leer con seguridad algunos libros de terror, fantasía y de ciencia ficción (con diccionario a un lado): Stephen King, Clive Barker, Brian Aldiss, Isaac Asimov, Robert Heinlein, Arthur C. Clarke, Larry Niven, Orson Scott Card. Mi madre me regaló libros de Orwell, de Baum, de Verne, de Poe y una versión adulta, incluyendo los cuentos crueles, de los Hermanos Grimm. Alguna vez, aprovechando una liquidación de “El Sotano”, compramos al menos unos 30 ó 40 libros de editorial Minotauro. Costaron diez pesos cada uno. Uno de mis libros favoritos de entonces, que consumió meses de mi tiempo, fue un “Crea tu propia aventura” de los Hombres X.

  • Mi tía me prestó su copia de la “Historia Interminable”. Las cosas cambiaron. Hasta entonces, en cualquier mundo fantástico o tecnológico, había reglas y las reglas quedaban claras. En este libro encontré un laberinto, un mundo engañoso y cruel, una posibilidad de que las cosas no acabaran bien y que sería difícil saber por qué, sin explicaciones, podía ser desde el haber interpretado mal el juego de palabras hasta que las mentiras poblaran el mundo real, el de afuera, el que pasaba en el libro y el que pasaba en el mío, donde yo sostenía el libro en las manos. Escuché por primera vez al espíritu de la tragedia.

  • Dejemos a un lado al niño y su exploración. Pienso ahora en la lectura: un acto íntimo, personal, donde lentamente aprecias las palabras que tienes entre las manos y continuamente formas una historia, desenredas un misterio, entras en personaje y cuando abandonas, es posible que te hayas llevado algo de ahí. Son múltiples regalos los que deja la lectura, y que parece imposibles conseguir en otro lugar: Oyes distinto, aprendes palabras, encuentras en la rutina o en algún paseo las imágenes para ilustrar ciertos fragmentos, tomas los secretos del mundo, puedes ser tan malo o tan bueno como desees, asocias personajes con personas y las personas con personajes. ¿Quién querría renunciar o evitar eso? ¿O quién rechazaría esa oportunidad?

  • No pasa lo mismo con las series o con las películas, no son un reemplazo para leer, aunque a veces consiguen engañarlo a uno. El acto cambia porque no hay una intimidad, ves a personas interpretar papeles y es difícil imaginárselos de otra forma. Narran una historia, pero narran la historia desde un sólo punto, no ofrecen la oportunidad de perderse. Una serie o una película, utiliza las experiencias del espectador como un testigo, quizás consiga relacionarse, pero no se compara a tener las palabras en las manos, en los ojos, en la punta de la lengua, y abrir la posibilidad de enloquecer, de convertirse en otro, aunque sea un cambio mínimo, como la forma de tomarse el té.

  • Hace poco, en la plática con un escritor, escuché a un hombre necio, empresario, diciendo que leía veinte libros en un mes (y luego lo cambió por un año). “Y no leo malos libros, leo a los clásicos: Dumas, Stevenson, Dickens”, sin embargo, es lo único que pudo articular coherentemente. Usando su lenguaje de empresario, quiso preguntarle a este escritor (Keret) cómo pensaba venderse, es decir: ¿Qué debería tener en cuenta él como consumidor para comprar su producto? Hablaba bronco, apresurado, repetía palabras, muletillas, quizás le incomodaba hablar entre muchos jóvenes. Más tarde, como siempre sucede en esas cosas, un chavo arguyó que leer era importante para México y un escritor leído por tantos jóvenes, debía ser un buen escritor. Aplausos estridentes. ¿La moraleja? Leer mucho no te hace mejor persona. No leas por eso porque vas a perder.

  • Me gusta la lectura como un laberinto. Es decir, no puedo leer solamente a cierto autor, o cierto género, así termino leyendo cosas que no imaginaba. Algunos lectores consiguen disciplinarse: Se dedican a ciertos autores, se dedican a ciertos géneros, a las novedades editoriales, a la literatura de una sola región, a los Nobel, a los recomendados o a sus clásicos. Cumplen su cuota, se lavan las manos. Lo que salga de su círculo se convierte en algo despreciable, difícil de leer, imposible de manosear o disfrutar. Me parece triste. En cada libro, sobre todo los extraños, existe la oportunidad de rescatar la vida.

  • Los libros que provocan sentimientos de enojo, de abandono o de amargura, son libros a los que presto peculiar atención: Algo está pasando, comunica o provoca, tal vez me recuerdan algo que ya olvidé o algo que deseé. Eso no hace mejor, o peor, al libro, simplemente descubren otra cosa. También de eso trata leer: Perseguirse.

  • Esta será mi última entrada del año, por eso tan extensa. He decidido convertirlo en una costumbre: Abandonar el blog en las fechas del cumpleaños (30+1, oh man) y retomarlo a mediados de Enero, o hasta inicios de Febrero (aw, a ver). Diciembre, sus compromisos, sus vacaciones y los múltiples proyectos no me permiten dedicarle más tiempo al árbol, sin embargo, seguiré en twitter y en otros lados, como es mi costumbre. Así que aprovecho para desearle a los lectores, los perdidos y los curiosos felices fiestas, un feliz fin del mundo, un feliz año nuevo, y una clemente cuesta de Enero. Un abrazo, nos vemos otro día.

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escrito por el Jueves, septiembre 13, 2012

Voltear a los ángeles

Voltear a los ángeles

Me pregunto si servirá de algo voltear ángeles, así como uno voltea a San Antonio para conseguir los milagritos. Me acuerdo de “¿Qué te ha dado esa mujer?”, cuando el personaje de Rosita Arenas volteaba al santo para alguno de sus nefarios planes. En aquel tiempo era chistoso que el personaje se llevara gran porcentaje de la propina para ponerlo en el cochinito. La gracia actual de lo políticamente correcto nos lo presenta, sin chiste alguno, como algo mezquino, una actitud de un ladrón o de un salvaje. Me daba gracia. Hogaño, una porción de mí piensa en lo incorrecto, en lo terriblemente tacaño del asunto. Dejar propina es un acto definitivamente subversivo: Tanto para los que dejan las monedas como para los que, con rostro gravísimo y las convicciones bien puestas, dicen que no. Hay gente que se inventa una larga disertación de por qué no dar la propina para provocar la revolución de los meseros en el mundo y que ellos, pues, exijan un salario, condiciones más justas, una vida mejor. Recuerdo el diálogo del Señor Rosa, en “Reservoir Dogs”, acerca de las propinas y su peculiar filosofía de no dejarlas.

Nice Guy Eddie: C’mon, throw in a buck!

Mr. Pink: Uh-uh, I don’t tip.

Nice Guy Eddie: You don’t tip?

Mr. Pink: Nah, I don’t believe in it.

Nice Guy Eddie: You don’t believe in tipping?

Mr. Blue: You know what these chicks make? They make shit.

Mr. Pink: Don’t give me that. She don’t make enough money that she can quit.

Nice Guy Eddie: I don’t even know a fucking Jew who’d have the balls to say that. Let me get this straight: you don’t ever tip?

Mr. Pink: I don’t tip because society says I have to. All right, if someone deserves a tip, if they really put forth an effort, I’ll give them something a little something extra. But this tipping automatically, it’s for the birds. As far as I’m concerned, they’re just doing their job.

Mr. Blue: Hey, our girl was nice.

Mr. Pink: She was okay. She wasn’t anything special.

Mr. Blue: What’s special? Take you in the back and suck your dick?

Nice Guy Eddie: I’d go over twelve percent for that.

Voltear ángeles debe ser una propina generosa para las meseras del infierno. Cambiarles el sentido, mandarlos al suelo, que se estrellen y se rompan sus alas para que algún peatón perdido, generoso, los recoja, los lleve a casa y les de una charla abundante de angelología, demonología, y demás charlataneriologías. Quien sabe, quizás el ángel caído aprenda algo. Angelito de la guarda, vigila y protege mi camino, llévame de la mano para no tomar el camino accidentado que conduce al infierno. Creo en las propinas. Luego me angustio tanto de no darle sus cinco pesos al cerillo o al viene viene, que el resto del día me pongo a pensar si no estaré mal, si no habré cometido una barbaridad, un pecado a la cuenta de los ángeles en el cielo, los rectos, los erectos, los que apuntan al cielo. Mi familia me dio una charla de generosidad y cuánto se debe dejar en cada caso. Buen servicio, quince por ciento. Si solamente bebes un café de Sanborn’s (o Vips, escoja su veneno), no seas marro y déjales unos veinte pesos, mínimo lo que te costó el café. No concibo que alguien deje un peso. No las insultes dejando solamente la morraya de relleno, ya saben cuál, las moneditas de cincuenta y diez centavos. Angelito de la guarda, perdóname si mis acciones no son las mejores, habla mal de mí con el jefe que de todas maneras tengo cosas que decirle. Mi cuñada sugirió que el trece por ciento es más que suficiente por el buen servicio, sin llegar al quince para que no se confíen, y sin dejarles el acostumbrado diez. Creo también en no dejar propina cuando su servicio es malo. Una vez un mesero intentó salirse con la suya, incluyéndome en la cuenta el porcentaje del servicio, así lo llaman ellos, la suma bien impresa y hecha, como si fuera inevitable, como si me diera pena arrepentirme, ¡qué arrogancia!, después de que se le olvidó uno de mis platos y tardó más de media hora en llevar la comida de un cabrón hambriento. Los ángeles, como los meseros, tantos meseros, también tienen sus malos días. Regañé al mesero, pedí hablar con el gerente, hice que me imprimieran de nuevo la cuenta, dejé nada de propina. Sin insultos, las cosas como son. Angelito de la guarda, olvidaste hacia donde apunta el cielo, te mareaste un segundito y caíste contra el suelo, no muevas las alas o acabarán de romperse, quédate quieto, te platico de mi madre y de mis perros en lo que se fija el jefe y te compone las alas.

Sugiero, mejor, dejar a los ángeles como están y ser generoso, como lo hace Jerry Seinfeld ya que sufrió tan desdichado oficio, con los meseros. Por supuesto, si no daña al bolsillo. Tampoco se trata de matarse, cuando hay, hay. Adviértale a su mesero de confianza: «’Ora no hay, se lo robaron todo las colegiaturas, la tenencia, el precio de los cigarrillos, la ropa de moda». Seguro el mesero sabrá entenderlo. Sugiero, también, no darle vuelta a los ángeles. Accidentes lamentables pasan cuando uno injuria a los mensajeros de nuestro Señor. Luego andan trabajando de meseros, atados al sueño del mundo, y se ven muy tristes.

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escrito por el Viernes, agosto 17, 2012

Aysí.

Aysí.

Ay sí, ay sí, con la app de wordpress ya puedo escribir, mientras camino, en mi blog. Así me arriesgo a darme el putazo pero el ejercicio de la escritura cronológica se convierte en un verdadero deporte. Uno de riesgo. No diré que de alto, porque eso suena bien pendejo, pero al menos de mediano, porque un putazo contra el poste duele. Igual hasta deja cicatriz. Ya me pasó alguna vez tuiteando. El guamazo sonó tan duro que hasta mi perro chilló del susto y casi salió corriendo, lo que me jaló más, y si acaso pensaba felicitarme por no caer de rodillas, se quedó como una esperanza noble mientras mi pantalón rayaba la banqueta y escuchaba la carcajada de unos polis en bicicleta nada mensos, porque seguían mirando al frente, riéndose del pendejo que se cree atleta, que se cree multitasking, o recepcionista, pero de las chingonas, que tienen tres llamadas en espera, revisan el cuaderno de reportes y ya sacaron los documentos que según urgían para ayer, y también un cafecito Lupita, pero con dos de Splenda porque salí muy malo del azúcar.

Yo creo que mejor la usaré para escribir en el cine, ya saben, durante los cuarenta minutos de comerciales que ponen antes de la película. Que tal y me agarra la inspireiton como dicen algunos poetitas de taller o algún tuitero famoso, como de 120,000 seguidores, y me pongo a escribir durante toda la película, para beneplácito de los pobres espectadores atrás de mí que no saben que pantalla mirar: si la chiquita o la grandota. Ya desde ahí tenemos problemas. No hacen bien la sinapsis y me callan, cuando lo que de verdad quieren decir es que apague mi chingadera. Los mandaré, con la intensidad del artista, por un tubo surrealista porque está bien bueno lo que estoy escribiendo y no quiero que se me vaya el hilo y no me chinguen, es otra vez el pendejo de Edward Cullen recitando a Shakespeare, que no mamen, como si esa gente que me calla lo hubiera leído, como si hubieran pasado todo un semestre entendiendo la economía de las obras shakesperianas y su versatilidad universal para funcionar hasta en el garaje de mi abuelita.

Ya pues. La verdad, uno se compra un iPhone para bajarse apps como la de wordpress y escribir en el baño. De neta, de hombres, de caballeros y de damas se los digo. Estoy en el trono, aburrido, mirando la loza que ya me sé de memoria o escuchando la música del Vip’s y eso no se puede quedar así. Estoy perdiendo el tiempo. Tengo que hacer algo, y va el teléfono para afuera y mientras mi cuerpo se ocupa en biológicas trivialidades, el ejercicio de la mente, del órgano mas poderoso que es el cerebro, se dedica furiosamente a escribir una palabra tras otra, y ya uno se puede decir pacíficamente: Ira pinche Hemingway, tienes razón, que te agarre la inspiración trabajando. Ira, ira, ira dices mientras escuchas a un padre educando a su hijo en las artes del mingitorio o maldiciendo silenciosamente a la esposa porque lo mandó a cambiar el pañal, quejándose en voz alta que todo el hijo es maravilloso, excepto su mierda, porque eso es bien feíto y bien injusto.

¿Dónde le pongo el punto a esto? No le encuentro. Quizás debería explicarme: desde el putazo que me di, ya no tuiteo caminando; me cagan los pendejos que sacan el celular en el cine durante la película y no lo hago, por educación; y no escribo en el baño con el teléfono porque me salió muy caro y quiero evitarme accidentes. Mejor uno se explica porque luego lo crucifican a uno por chistocito y si me clavan las manos, y me dejan sin iPhone, ¿pos dónde voy a escribir tan sensatos y bellos pensamientos? Eso sí. Tuiteo mientras cojo. No le digan a mi suegra, ni a mi esposa.

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escrito por el Domingo, julio 15, 2012

Casting de las caritas.

Casting de las caritas.

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 56 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.

No hablemos de política, ni de libertades cibernéticas, ni de otras tristezas, ya tendremos tiempo para eso. Mejor les cuento un chisme. En el mundo de la farándula, en la subespecie de los comerciales, existen ciertos proyectos que son el Santo Grial para muchos de los actores y modelos que tratan de ganarse el pan de cada día. No es que los proyecten a la fama, para nada. Como muchas cosas en la vida, todo se trata de la pachocha.

Son comerciales que no presentan competencia alguna (contrario a, por ejemplo, si hacen un comercial de Pepsi ya no pueden hacer Coca Cola, al menos, en tres años) y que, además, pagan 40,000 pesos por un día de trabajo. Además, la agencia manda una especificación que tiene el elegantísimo nombre de “Clase C”. Para no herir susceptibilidades, digamos que todo México funciona. Conocer el tabulador de clases en una agencia publicitaria puede ser un ejercicio muy cruel para una sociedad que está aprendiendo a ser políticamente correcta.

Esos proyectos suelen tener personajes muy abiertos y de todo tipo: niños de 8 a 11 años, adolescentes de 16 a 20, adultos de 22 a 40 años. El sexo no importa. Cuando una casa de casting abre un comercial con esas especificaciones, el lugar se convierte en un nido de gente hambrienta, ansiosa y preparada a todo para conseguirse un papel. Por ejemplo, hacer un casting de caritas. Es una tortura para el hombre que está atrás de una cámara (especialmente cuando junta a más de mil personas en dos días) pero es una bendición para los modelos y actores, y los niños, sobre todo los niños.

Un casting de caritas se trata de grabar al sujeto haciendo una serie de expresiones: triste, pensativo, feliz y sorprendido (las emociones pueden variar, según el director). Es un ejercicio básico que cualquier actor de teatro ya debe dominar. Algunos hasta insultados se sienten cuando se les pide, otros sencillamente se divierten recordando alguno de sus personajes. Para que el director tenga una idea del nivel de improvisación, también se les pide que narren una historia, que hablen, que griten, que exclamen o que digan algo. Es un excelente método para medir capacidades histriónicas. Uno se lleva grata sorpresas al descubrir un hilo conductor de emociones, desde los más expresivos hasta los más sutiles.

Sin embargo, honestamente, la mayor parte del tiempo es aburrido. Un casting de ese estilo suele atraer a mucha gente que sueña con salir en la televisión y que, además, desea embolsarse un dinerito, porque debe o porque quiere. No faltan los personajes, de cualquier edad o sexo, que cuando se paran frente a la cámara y se les pide tristeza, dicen: “Estoy muy triste”, y tan triste que apenas puede pronunciarlo. O cuando se les pide alegría: “Estoy feliz”, en un tono plano, serio, apocado, que trae memorias de un suicidio no cometido. No falta, y a veces son horas de rostros en sucesión, de pedir sorpresa y que el sujeto sencillamente exprese: “Wow, que sorpresa”. Wow, goao, guau, como un perro que está esperando en fila, echado en la jaula, su turno a la silla del ejecutado. El casting de las caritas engaña con ser fácil.

Tuve la suerte de encontrarme un actor que inventó una historia muy simple, pero entretenida. Triste: ¿No entiendo, cómo sucedió esto?, Enojado: Pero por favor explícame, ¿cómo te embarazaste? Feliz: Por fin tendremos un hijo. Sorprendido: ¡Ni sé para qué me hice la vasectomía!

Quienes mejor tienen dominado este ejercicio espiritual, son los niños. Acostumbrados a la desinihibición de su edad, su obligada hiperactividad y que algunas madres los torturan con castings día tras día, ya conocen muy bien el ejercicio de las caras. A su edad no les importa quebrar el rostro, ganarse arrugas nuevas, la búsqueda por provocar la ternura y la travesura. Incluso lo hacen a toda velocidad, sin pensarlo, con ganas de largarse de ahí y regresar a la niñez de su vida. La infancia urgente de regresar a los videojuegos, las tareas, salir con el perro a los parques. No quiero dar a entender que los niños son torturados, no, la verdad muchos disfrutan de sus ganancias tempranas con premios de todo tipo: juegos, celulares, coches a control remoto.

Como director, cuando hacía el casting de las caritas con los niños, rompí el esquema incluyendo o inventando ciertas emociones para sacarlos de balance. Me molestaba tanto que los pequeños granujas ya se supieran la rutina que me sentí obligado a robarles la seguridad de los inocentes. Terminando la serie (triste, enojado, feliz, sorprendido), solía incluir otras emociones: conspicuo, ensimismado, apocado, incluyente, ambigüedad, deprimido, hipócrita, entre muchas otras. Luego miraba a los niños aterrorizados al verse frente a esas palabras, otras veces se detenían a pensar e inventaban algún rostro, también recibí sorpresas de niños explorando ese terreno que parecía tan lejano, tan inalcanzable, de la adultez y sus palabras absurdamente precisas.

Phillip Larkin, si mal no recuerdo, mantenía correspondencia con un escritor de pornografía. En una de esas cartas, el pornógrafo le menciona que uno de los mayores logros de un escritor es lograr una reacción física de su lector. Obviando el doble sentido, si usted es un lector apasionado o si le gusta mirar a la gente que lee, notará a veces como no se pueden aguantar la sonrisa, la carcajada o las lágrimas. El lector cuando tiene un libro entre sus manos, también es un actor que constantemente está haciendo el casting de las caritas. El escritor es un director lejano. Un director que entre más colmillo tiene, sabe las caras que está provocando en sus lectores y goza, oculto, las caras hechas por los navegantes de sus páginas.

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escrito por el Lunes, julio 9, 2012

Lo que va de Proust.

Lo que va de Proust.

  • Primero leía a Proust antes de dormir. Este es un engaño del primer tomo y de las biografías descuidadas: La perpetua enfermedad de Proust y como vivía desde la cama. Después del segundo tomo, uno se olvida del hombre enfermizo, débil, y las cosas se aceleran, muchos personajes pasionales e intensos hablan a la vez y sugieren todo, menos la vida perezosa del lector que se imagina al Proust enfermo. Ahora Leo a Proust mientras hago una o dos horas de ejercicio al día. El ejercicio me permite enfocarme mejor mientras estoy leyendo.

  • Lo estoy leyendo en inglés. Quizás lo relea en español y si alguna vez me animo a continuar mis clases de francés (al menos tengo nivel de primaria, después de dedicarme unas dos horas diarias a un par de libracos por ahí), lo releeré en unos diez o quince años. Proust es un autor que se roba la vida, las lecturas, los pensamientos. No es recomendable leerlo si eres de esos lectores emocionados por estar al corriente de las últimas novedades literarias. Te quedarás en Combray (en Balbec, en Paris, en Sodoma, en Gomorra) y no tendrás tiempo, ni energía, para visitar otros lugares. Insisto: se roba la vida, los pensamientos, las pasiones, la inocencia descuidada de cualquier reunión, la esperanza del amor sin el celo.

  • “En busca del tiempo perdido” menciona brevemente, en cada tomo, a “Las mil y una noches”. La referencia no es accidental. El Narrador (Quizás llamado igual que el autor del libro: Marcel, según el tomo 5) cuenta historias de príncipes, princesas, burgueses, mercaderes, judíos al hilo, como Scherezade a un lado de la cama del rey. Que precisa manera de ofrecernos la posibilidad de la memoria como un cuento necesario para conservar, preservar la vida. La memoria es un vehículo de posibles mentiras para mantenernos entretenidos, vivos.

  • Se me ocurre que hay una idea por cada tomo. Actualmente estoy leyendo el tomo 5: “La prisionera”. La quinta parte de la novela bien podría ser una construcción acerca de los celos, una radiografía del celoso y sus motivos, sus arranques aparentemente salvajes por mantener al amado prisionero. Aunque el Narrador habla de los celosos (Swan y Saint-Loup) en los primeros tomos, descubres que aquello es una preparación para llegar a este libro y volcarse por completo en la pasión de los iracundos por mantener al amado a su lado. Otra cosa, y es algo que no recuerdo bien: ¿No hay en “Las mil y una noches” una versión del cuento del ruiseñor enjaulado?

  • El segundo tomo (quizás el tercero también), es una radiografía del chisme, por un lado la burguesía y por el otro la agonizante aristocracia. Sería injusto dejarlo todo para el chisme, también se trata de los modales, de como contar una anécdota, un manual de comportamiento que se debe tener frente a los príncipes, a las condesas, a los barones y las duquesas.

  • Mis subrayados de estos libros son breves, muy espaciados. Aunque me gustaría subrayar cada pedazo de verdad y cada pedazo de belleza, mejor me ocupo en releer los libros. Esta vez, cuando siento que no pueda dejar un fragmento ir, detengo lo que estoy haciendo para rayonear en el Kindle. Conservo fragmentos donde habla de los sueños, la memoria, las voces fantasmagóricas del teléfono, las mentiras de los aparentes inocentes, pequeñas joyas. Cuando termine el séptimo libro, quizás haga una anotación con los fragmentos que subrayé.

  • Todavía pienso en la revelación, la búsqueda de perdón, de Elstir. Los artistas que maneja el Narrador y sobre los cuales los personajes siempre están tropezando para comentar sus obras, cada uno representa un arte: Bergotte el escritor, Elstir el pintor, Vinteuil el compositor y la actriz, cuyo nombre se me pasó (y es raro… la actriz no ha vuelto a ser mencionada, aunque provoca un profundo despertar artístico en el Narrador, al final del segundo tomo). Quizás me sorprenda con ella en los siguientes tomos, quizás deba detenerme a buscar esa parte y asegurarme de que no ha vuelto a aparecer.

  • Leer “En busca del tiempo perdido”, lamentablemente, a estas alturas, es para lectores que se toman su trabajo en serio, para gente entregada a los libros, a la literatura, al arte. Es para gente que entienda la importancia, el compromiso, de entregarse a siete libros espesos de 500-700 páginas y párrafos intimidantes, llenos de nombres, eventos, pequeños chismes e historias. No cualquiera puede atravesar los primeros tomos para rendirse al deleite de Combray y, a la vez, no es tan difícil como lo hago ver. Es posible deleitarse con la saga de Combray sin importar tu pasado como lector, quizás lo difícil es tener las ganas de desearlo. El deseo, como muchas otras cosas, es un trabajo, un gusto adquirido, un amor, un regalo o una recompensa que toma por sorpresa después del trabajo.

  • Hay una película francesa basada en el trabajo de Proust. Dice el internet y sus reseñas que no es muy buena. Lo único que me entretiene es que John Malkovich es el Baron de Charlus. Me divierte mucho pensarlo en el papel y, de vez en cuando, mientras leo, me lo imagino a él. Definitivamente el casting es correcto.

  • Existe la posibilidad de que el lector, y su ánimo lúdico, lo inste a leer los libros en el orden que quiera, o que lea sólo los primeros tomos, o solamente los últimos, o solamente el medio. Con estos libros no me imagino el resultado de tal camino (es más, hasta casi estoy dispuesto a decir que sería una barbaridad, casi, porque al final del día, soy un ferviente partidario y defensor del: “haga de su culo un papalote”). Lo que puedo asegurar es que, sin los primeros dos tomos, el quinto libro no se disfruta igual, así como el cuarto no se disfruta lo mismo que sin el tercero. La acumulación, el hilo, la unión de las historias, el hombre que cuenta sus recuerdos en el orden que él mismo escoge para que el rey (el lector) no lo mate, es algo que, sugiero, debería respetarse.

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