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13049 (Juliette / El Caos)

By on Domingo, julio 7, 2013

Escribo aquí porque evito trabajar en un cuento. Escribí dos líneas, las iniciales, cada una me llevó un día. El título lo escribí el año pasado. Pienso en Juan Rodolfo Wilcock, y su valentía para editar y reeditar “El Caos”. Cada cuento, como dio a entender, debía ser perfecto porque era lo único que pensaba escribir. (Libertad y prisión, de chingadazo, sólo voy a escribir esto y esto, debe ser perfecto. Abandonas escribir por corregir. Un intenso deseo de trascender a través de la perfección de las líneas). Eso viene escrito en los apéndices del libro. Mi problema, eso me digo con otra voz mientras camino y hablo solo como loquito, es que quiero escribir muchas cosas, y soy muy rápido para hacerlas. Es verdad, escribo muy rápido, y luego me tengo que sumergir al infierno de la revisión. Por ahí leí: “Escritor que sólo escribe y nunca revisa, le falta intención, y la intención suma”. Estos años estoy aprendiendo a sumar. Incluso lo que escribo aquí, algunas cosas las saco de su lugar y nos metemos a los hornos, para empezar la orfebrería del asunto. Ese cuento, el que está abandonado en dos líneas, no quiero continuarlo a no ser que cada piedra caiga como un ladrillo. Habrá revisión, sí, pero será mínima. Probablemente el lector nunca descubra el trabajo que implica entregarse a la elaboración precisa de un texto, no de esa manera. ¿Cómo le va a importar que el cuento que se echó de una sentada, tardó un día por línea? Eso es demasiado fatalista. Entendí a Wilcock, mientras leí su libro de cuentos. Consiguió crear un universo oscuro, caótico. El primer cuento anticipa los cuentos siguientes, a partir de ahí, persiste la posibilidad de que los cuentos son el resultado del primero (cuento en el cuento, el primer cuento extiende sus ramas y los hombres y mujeres de esa fiesta viven sus propias historias, para beneplácito del enano), en eso consiste la perfección, eso es hacer un libro de cuentos. Ojalá fuera evidente para...

Unas moscas

By on Lunes, diciembre 10, 2012

En algún Walmart, de todos los Walmarts que hay en el mundo, un empleado tuvo la gloriosa idea de colgar los juguetes unos sobre otros en largas columnas que bajan de los techos. Cadáveres de peluche y felpa se sostienen los unos a los otros, y se contonean por el aire artificial, como un péndulo funesto y festivo, en espera de atraer miradas infantiles y enamoradas. Quien sabe, a lo mejor es una orden institucional y le doy demasiado crédito a la iniciativa de un empleado. Pensé, en cuánto los vi, que eran una versión oscura de Toy Story. Tal vez en algún lugar de ese mar peluche, hay un letrero pintado por un juguete, emulando la caligrafía de un niño: “Piérdase en alegría todo aquel que entre aquí”. Moscas gordas y ruidosas han penetrado las defensas de mi oficina. A veces consigo engañarlas cuando abro el miriñaque, luego la ventana y hago como que las empujo con mis manos; casi todas me hacen caso (o pensarán que soy un loco) y se van, me abandonan apresuradamente y puedo seguir el trabajo en curso. Siempre se queda una: La más obesa, la más tenaz, la más escandalosa de todas. Entonces me acuerdo de Walter White, en el episodio botella de la mosca. Todo el trabajo se detiene, acomodo el matamoscas cerca de mí, nos miramos y después de un rato nos olvidamos. Intento seguir lo que estaba haciendo pero luego, en una afrenta personalísima, una sombra vuela rápidamente entre mis ojos y el monitor, haciendo una línea y quebrando cualquier cosa que esté trabajando. Resoplo cansino, tomo el matamoscas, bailo alrededor de la habitación y la mosca, como una renuente compañera, se esconde entre mis libros, mis cajetillas, mis fotografías y mis juguetes. Así nos podemos pasar un rato más hasta que nos volvamos a olvidar. Las moscas son igual que los malos recuerdos: Entran un puñado, consigues espantar algunos pero uno se queda ahí, discreto, entre las sombras o las repisas, mirándote desde una esquina, esperando el momento para salir volando y zumbarlo todo. De vez en cuando grabo pequeños pensamientos en las notas de audio de mi teléfono o mi tableta. Así fue como hice el podcast del 20 de Noviembre. Luego de grabar varias notas, hice una selección y me dediqué a cortar los largos silencios, las muletillas, y pegar tres de estos pensamientos juntos. Me alegró el resultado, incluso parezco una persona elocuente. Ahora, por otra parte, miro la cámara de video. ¿Qué podría grabar en ella? Se me ocurrió hacer lo mismo que hice con las notas de audio pero, de alguna manera, siento que en video soy otra cosa. Me reemplaza un sosias desagradable. En Youtube abundan los videodiarios (los vlaaaaghs) que imitan los monólogos de Adal Ramones y algunos son chistosos, otros no. Puntos extras si te enseñan las gracias del bricolaje. Entonces negué la idea de grabar un diario en video. De por sí ya escribo uno y lo tengo bastante abandonado. (El diario que supuestamente me prometí escribir y luego termino confundiendo el blog con el diario, y viceversa). Pensé, mejor, en grabar minutos y luego pegarlos en un video de tres, o de cinco. Es decir: Un minuto de cielo, un minuto de mi perro, un minuto de cafetera, un minuto del aire pasando entre las plantas de maíz. Un elogio al silencio, a la cotidianidad, a la observación silenciosa de las cosas. Lo haría si no tuviera un libro que escribir y mucho que leer. En las notas de audio tengo, al menos, unas veinte que no me he sentado a revisar y editar. Trabajo, escribo, leo, chachareo, paseo al perro, trabajo, escribo, leo, observo, escucho, día de Walking Dead, Dexter y American Horror Story (tres hora de televisión bien ganadas). Ah, pues… mañana cumplo 31 años. Si tuviera 23 todo esto sería tan fácil pero llega la edad de elegir las cosas, eliges lo que quieres hacer y abandonas los caprichos con una facilidad aterradora. Cada año se refina esa habilidad y para no sentirte mal, te regodeas de ella. Mid-life crisis waiting to happen: perseguir moscas o fijarse en los juguetes colgados pidiendo, con una sonrisa costurada,...

Ende, el tienpo, y las cajas de libros

By on Jueves, noviembre 22, 2012

Hay una cosa que me hace ruido en “Momo” y es la ilustración del letrero. Generalmente Ende ilustraba sus propios libros, la faceta de pintor en su niñez-juventud difícilmente lo abandonó y al menos, supongo, en ilustrar pequeñas cosas se liberaba. En la edición que leí de Momo, de repente, aparece una ilustración de la pancarta de los niños convocantes a una reunión para contarles a los adultos de los hombres grises. La pancarta está plagada de faltas ortográficas para, asumo, apelar a la niñez e inexperiencia de los convocantes, ¿pero de verdad es así? Suponiendo que eso pueda pasar… entre los niños tienen a Paolo, un chavito sabelotodo. Se me hace imposible que este personaje no haya jugado a tachar los letreros para corregir la palabra “tienpo” o las b en vez de las v. (Un juego que Ende ha practicado en otros personajes, o en otras historias). Es una tontería pero no dejo de pensar en ello y me gustaría saber si fue decisión de Ende, del traductor o de la editorial. Sé que Ende presta atención a estos detalles por los personajes que maneja “En el ponche de los deseos” y aunque ambos personajes son analfabetos, su relación también se ve afectada por sus conocimientos literarios. Esto se ha convertido en un pequeño misterio que me perseguirá de vez en vez. Leo a Sergio Pitol en “El arte de la fuga” y en algún momento menciona su casa, y sus hábitos de trabajo. Habla de su espacio como un paraíso, el lugar donde los libros pueden sentirse cómodos en sus bibliotecas y las cajas ya no son necesarias, quizás “los últimos libros”, cuando has dejado de cazarlos para contentarte con las letras que tienes y la búsqueda, aunque no ha terminado, se ha relajado por el tiempo. Por otra parte, Ruy Feben habla de su librero en letroactivos, un espacio caótico donde los autores toman posesión de los muebles, el espacio, y parecen hablarse entre sí, también habla de cajas, de una celosa posesión de los libros. Ende, en “El ponche de los deseos”, habla de los libros en un fragmento: su acomodo en la biblioteca, como son seres caprichosos, y los relaciona con los libros comunes. “Alguien con un poco de delicadeza”, escribe Ende, “no se atrevería a poner a Heidi junto a Justine“. En mi caso, mis tres tomos de Juliette están a unos tres libros de El espejo en el espejo, y comparten, inmediatamente, espacio con Borges y Pauline Réage. Esta mañana recordé que de niño, gracias a un regalo de mi madre, leí una edición menos censurada, azucarada, de los Hermanos Grimm a los siete u ocho años. Lo recordé por este artículo de Cracked, que despertó la memoria de esos cuentos crueles y definitivamente, nada aceptables para estos tiempos endulzados que corren. Uno de muchos libros que he dejado atrás, en tantas mudanzas, tantos espacios vividos. Y empecé a extrañarlo aún cuando lo había olvidado. La memoria es una cosa engañosa: quizás esos cuentos, a esa edad, me aburrieron o me dieron miedo. Las cajas de Ruy Feben, o las cajas de Sergio Pitol, también fueron mis cajas, una condena común de los lectores voraces y nómadas. El lector es Sísifo, y si tiene suerte, en su vida conseguirá empujar esas cajas a un lugar donde pueda comodamente leer sus libros, aunque sea a medio camino del Olimpo, el Paraíso no le faltará. Una reseña de “Momo”, por Michael Ende, en mi quinta o sexta relectura del libro (publicada originalmente en goodreads): En la última relectura de Momo, la vi distinta. Es la primera vez que noto la incomodidad de darle “estrellas” a los libros. Con un libro, y en el momento indicado, cinco estrellas pasa fácil. Un libro, y en un mal momento, una estrella también es fácil. Finalmente está el refugio de las tres o cuatro estrellas, que se entregan generosamente, sin compromiso, o la ambigüedad de las dos estrellas. No quería calificar a Momo con cuatro estrellas, pero tres me parecían insuficientes y definitivamente, aún con lo mucho que quiero a Ende y sus historias, me es imposible darle cinco (¿y debería, siquiera, calificar con estrellas un libro?). La cosa con Momo es que pensaba, mientras leía, en “La historia interminable”. Mientras una historia trata de un niño salvando al mundo y el tiempo de sus amigos de los hombres grises, la otra historia simplemente es un niño leyendo un libro y que, después de muchos sacrificios, finalmente consigue sanar la relación que tiene con su padre. Momo recibe “el agua de la vida” mucho antes, mientras que Bastian “escucha la canción del tiempo” sólo hasta el final, después de mucho sacrificio. También da espacio para la duda porque, con un poco de cinismo y poca imaginación, es posible descartar la historia, darle un sentido más trágico y dar nacimiento a un lector monstruoso, un mentiroso oculto en la Nada. Quizás por eso es más fácil recomendar “Momo” que “La historia interminable”. El primero es una aventura con sus villanos y un peligro inminente, mientras que el segundo es un niño empecinado en leer un libro que se robó. (Además de la diferencia de tamaños entre uno y otro). Sin embargo, es precisamente en la sencillez de la segunda historia donde nace su abundancia, una exploración meticulosa de los temas. Momo es un relato bello, infantil, sencillo y...

Pétalos

By on Lunes, octubre 29, 2012

Llega la edad. No puedes hablar de todo lo que se te antoja. O eso parece. Se guardan ciertas cosas en el cajón: Mi engendro recién nacido me aburre, golpeé a mi perro de orejas grandes, mi esposo es impotente, saqué la punta de dieciséis lápices, mi jefe es un idiota, hoy fumé dos cigarrillos, no tengo para comprar cigarros, robé una cartera en el metro, maté al tipo que me debía la renta, ay… las nalgas de la prima, conseguí rayar la Mona Lisa, restauré mal una obra, traduje un cuento pornográfico para subirlo a un foro, me masturbé tres veces en la noche (así comprobé que no da sueño), le puse el pie a un niño escandaloso, atropellé al perro del vecino, limpié la casa, electrocuté a una tarántula, no fumo mota pero digo que sí para que me crean en su grupo, dale-retuit-dale-retuit, hoy desperté mojada. Por eso más vale tomar el camino seguro, bien medido, inmaculado: hablar de las nubes, de los paseos, de las películas y los libros, de los vecinos ruidosos y molestos, de las niñas bonitas —desconocidas— en la plaza, de como-cuándo-y-dónde me acordé de ti, alguna anécdota o chistorete de la mascota o del bebé, lo delicioso que cocina la hermana, los dolores del abuelo, las peculiaridades de la calle en donde vivo, del vigilante y sus moditos al fin que no tiene internet (o lo disimula bien, quizás te fisga en un mundo y en el otro), del escandaloso y “bizarro” porno japonés. Al fin que los halagos son igual de estériles que los chismes jugosos, los momentos aburridos de la rutina, el manjar de los vicios, los rencores mínimos y breves. (¿Y lo son de veras? ¿O puede redimirse la continuidad de momentos aparentemente insulsos? Cada quien) Frutos de un árbol seco repartidos entre mano y mano, en la mordida se escuchan jugosos y crocantes pero son igual de secos que la ceniza entre los dientes. No hay problema, se dice, con un poco de aderezo se arregla. Quizás mañana encuentre una aventura, quizás mañana se convierta en el pirata de brazos biónicos que tanto soñó, en el productor de cine pornográfico o el espía disfrazado de diplomático en algún país ajeno. Difícilmente se sabe cuando la rutina puede ser necesaria. El tuerto todavía es rey porque se dice...

Es muy fácil decir que es igual, o que no lo es

By on Sábado, septiembre 15, 2012

Tomo fotografías a los árboles de ramas pelonas. Me gustan los patrones: líneas naturales casi infinitas, sus divisiones rompen el cielo, las nubes, la luz. Se convierten en una película para ver la realidad de otro modo, un filtro arbóreo que enmarca en un capricho fractálico la vida, o lo que quieras. En la iluminación nocturna se convierten en rompecabezas, cascadas de luz reflejada en la madera. La otra vez miraba a uno de esos árboles (sobran en otoño, aunque sobran en cualquier ciudad de aire lamentable y de gente olvidadiza) y contuve las ganas de fotografiarlo. Así como sobran esos árboles en las ciudades, también sobran las fotografías. Muchos otros han mirado el mismo árbol que miré yo, quizás algunos de ellos tomaron la misma fotografía, con el mismo encuadre y el mismo impulso de captura. Dejé al árbol en paz, abandonando así mi oficio (momentáneamente) de paparazzi para driadas. Pensé tristemente que todos los árboles son iguales (y a la vez, no lo son). Es decir: Los patrones cambian, es obvio, la contraluz ofrece figuras distintas, ¿pero cuánta paciencia humana se necesita para hacer cuentas de las ramas, y sus bifurcaciones, y diferenciar las sombras de un árbol de otro árbol? Es muy fácil darle un nombre, una identidad, a uno de ellos si conocemos el tipo y el lugar donde se encuentra, pero si sólo tuviéramos fotografías de sus ramas multiplicadas, la tarea se convertiría en algo laborioso. Una exigente de esos trucos mágicos que, el hombre promedio, sueña con dejárselas a su portentoso cerebro, al inconsciente, con la confianza de que su flojera se verá vencida por la fortaleza cerebral y recibirá espontáneamente la capacidad de hacer algo que nunca ha estudiado, o educado. Supongo que distinguir ramas y sus sombras, es como de lejos, mirar las hojas de los libros abiertas. Sería imposible distinguir un libro de otro libro, a no ser que nos acerquemos a leer y nos sumerjamos en el proceso intelectual de desmenuzar, entender las palabras. ¿Se puede, o se debe siquiera, hacer lo mismo con las ramas de los árboles? ¿Qué se quiere comunicar con una de esas fotografías? Tengo centenares de ellas que he juntado a través de los años. Luego las barajo como se baraja un enigma. Supongo que me gustan, es la salida más fácil, y después pienso en pintura, en trazos, en manchar una hoja en blanco con la tinta. Las sombras me dicen de la tristeza, del abandono de las hojas, el inicio del otoño, una breve imagen poética dedicada a la muerte, tétrico y hermoso, o a las estaciones, las etapas de vida, porque también conservo fotografías de árboles frondosos, de hojas groseramente verdes, necias, que se alzan sin empacho a recibir el derecho de la fotosíntesis. Será. ¿Qué clase de cosas se podrán leer en las ramas de los árboles? Quizás cada hombre puede encontrar su fortuna en ellos, un mensaje encriptado listo para ser descifrado, así como un lector se acerca a las páginas de un libro lejano y encuentra un nuevo camino a...

Voltear a los ángeles

By on Jueves, septiembre 13, 2012

Me pregunto si servirá de algo voltear ángeles, así como uno voltea a San Antonio para conseguir los milagritos. Me acuerdo de “¿Qué te ha dado esa mujer?”, cuando el personaje de Rosita Arenas volteaba al santo para alguno de sus nefarios planes. En aquel tiempo era chistoso que el personaje se llevara gran porcentaje de la propina para ponerlo en el cochinito. La gracia actual de lo políticamente correcto nos lo presenta, sin chiste alguno, como algo mezquino, una actitud de un ladrón o de un salvaje. Me daba gracia. Hogaño, una porción de mí piensa en lo incorrecto, en lo terriblemente tacaño del asunto. Dejar propina es un acto definitivamente subversivo: Tanto para los que dejan las monedas como para los que, con rostro gravísimo y las convicciones bien puestas, dicen que no. Hay gente que se inventa una larga disertación de por qué no dar la propina para provocar la revolución de los meseros en el mundo y que ellos, pues, exijan un salario, condiciones más justas, una vida mejor. Recuerdo el diálogo del Señor Rosa, en “Reservoir Dogs”, acerca de las propinas y su peculiar filosofía de no dejarlas. Nice Guy Eddie: C’mon, throw in a buck! Mr. Pink: Uh-uh, I don’t tip. Nice Guy Eddie: You don’t tip? Mr. Pink: Nah, I don’t believe in it. Nice Guy Eddie: You don’t believe in tipping? Mr. Blue: You know what these chicks make? They make shit. Mr. Pink: Don’t give me that. She don’t make enough money that she can quit. Nice Guy Eddie: I don’t even know a fucking Jew who’d have the balls to say that. Let me get this straight: you don’t ever tip? Mr. Pink: I don’t tip because society says I have to. All right, if someone deserves a tip, if they really put forth an effort, I’ll give them something a little something extra. But this tipping automatically, it’s for the birds. As far as I’m concerned, they’re just doing their job. Mr. Blue: Hey, our girl was nice. Mr. Pink: She was okay. She wasn’t anything special. Mr. Blue: What’s special? Take you in the back and suck your dick? Nice Guy Eddie: I’d go over twelve percent for that. Voltear ángeles debe ser una propina generosa para las meseras del infierno. Cambiarles el sentido, mandarlos al suelo, que se estrellen y se rompan sus alas para que algún peatón perdido, generoso, los recoja, los lleve a casa y les de una charla abundante de angelología, demonología, y demás charlataneriologías. Quien sabe, quizás el ángel caído aprenda algo. Angelito de la guarda, vigila y protege mi camino, llévame de la mano para no tomar el camino accidentado que conduce al infierno. Creo en las propinas. Luego me angustio tanto de no darle sus cinco pesos al cerillo o al viene viene, que el resto del día me pongo a pensar si no estaré mal, si no habré cometido una barbaridad, un pecado a la cuenta de los ángeles en el cielo, los rectos, los erectos, los que apuntan al cielo. Mi familia me dio una charla de generosidad y cuánto se debe dejar en cada caso. Buen servicio, quince por ciento. Si solamente bebes un café de Sanborn’s (o Vips, escoja su veneno), no seas marro y déjales unos veinte pesos, mínimo lo que te costó el café. No concibo que alguien deje un peso. No las insultes dejando solamente la morraya de relleno, ya saben cuál, las moneditas de cincuenta y diez centavos. Angelito de la guarda, perdóname si mis acciones no son las mejores, habla mal de mí con el jefe que de todas maneras tengo cosas que decirle. Mi cuñada sugirió que el trece por ciento es más que suficiente por el buen servicio, sin llegar al quince para que no se confíen, y sin dejarles el acostumbrado diez. Creo también en no dejar propina cuando su servicio es malo. Una vez un mesero intentó salirse con la suya, incluyéndome en la cuenta el porcentaje del servicio, así lo llaman ellos, la suma bien impresa y hecha, como si fuera inevitable, como si me diera pena arrepentirme, ¡qué arrogancia!, después de que se le olvidó uno de mis platos y tardó más de media hora en llevar la comida de un cabrón hambriento. Los ángeles, como los meseros, tantos meseros, también tienen sus malos días. Regañé al mesero, pedí hablar con el gerente, hice que me imprimieran de nuevo la cuenta, dejé nada de propina. Sin insultos, las cosas como son. Angelito de la guarda, olvidaste hacia donde apunta el cielo, te mareaste un segundito y caíste contra el suelo, no muevas las alas o acabarán de romperse, quédate quieto, te platico de mi madre y de mis perros en lo que se fija el jefe y te compone las alas. Sugiero, mejor, dejar a los ángeles como están y ser generoso, como lo hace Jerry Seinfeld ya que sufrió tan desdichado oficio, con los meseros. Por supuesto, si no daña al bolsillo. Tampoco se trata de matarse, cuando hay, hay. Adviértale a su mesero de confianza: «’Ora no hay, se lo robaron todo las colegiaturas, la tenencia, el precio de los cigarrillos, la ropa de moda». Seguro el mesero sabrá entenderlo. Sugiero, también, no darle vuelta a los ángeles. Accidentes lamentables pasan cuando uno injuria a los mensajeros de nuestro Señor. Luego andan trabajando...

Acertijo entre lector y escritor.

By on Jueves, julio 7, 2011

Anoche, mientras estaba tirado en la cama, con los ojos entrecerrados y pidiéndole a dios, al que fuera, el primero que me hiciera caso, que pusiera arena sobre mis ojos y me permitiera agarrar el sueño, pensaba en la lectura que tenía frente a mí: “Absalom, Absalom!” Leerlo debe ser una tarea de amor. Me ha llevado más tiempo de lo normal y a partir de cierto porcentaje, me di cuenta que… honestamente, no lo estaba entendiendo y que el libro lo que estaba haciendo era presentarme imágenes, voces, siluetas de personajes y un par de negros esclavos que sólo aparecían como maniquís, y que al apretar un botón, hablaban en el inglés más horrible que se pudiera escribir. Me ha tomado tanto tiempo y es tan difuso, que he escrito al respecto de esa confusión, de las voces de los personajes que apenas conozco, de las situaciones tan azarosas como el incesto entre dos de los personajes cuyo nombre se me va. Hice una mueca, anoté en algún lugar que debía releerlo –de preferencia en español o una edición inglesa con alguna especie de guía– y sigo mi lectura que, aunque parece un martirio y  parece lenta, también es fascinante porque está moviendo algo en mi cerebro. La lectura me provoca. No sabría decir qué, pero lo hace. Leí en alguna parte que James Joyce escribió “Ulises” con la dificultad que lo hizo, porque era su magna obra… esa por la que deseaba que lo recordaran. Él quería dejarle a los críticos, a los lectores, a quien tuviera el libro en sus manos un acertijo indescifrable. Entonces me encontraba a las tres de la mañana, escribiendo sobre esa idea, mientras la tinta digital desplegaba las oraciones complejas de Faulkner–: La lectura es un juego que el escritor le prepara al lector, es un acertijo que puede ser irresoluto. Puede ser que un lector tome un libro, un lector con experiencia, uno que ha leído todo tipo de libros y que ha jugado todo tipo de juegos con le lector, uno que ha sido cómplice de muchos y ha platicado con tantos como ha podido, y descubra con tristeza que ese libro no puede entenderlo. Ha leído más del cincuenta por ciento del libro y sólo hasta ese momento, se da cuenta que no ha entendido nada y lo único que ha podido ver son imágenes, son voces, una película borrosa de la historia completa mientras el escritor se rasca la nuca y sonríe condescendiente –un gesto muy preparado– y le dice que ganó la partida, que esta vez no descubrirá nada y que el lector sigue teniendo control de la historia, sigue teniendo control de la lectura y que hasta ahí tiene el lector para descubrirlo. Es como “Esperando a Godot”, pero “Esperando a Godot” tiene suficientes teorías satisfactorias para que cada quién se quede con algo. “Esperando a Godot” te avisa desde el principio que no vas a ganar y lo único que te queda es reírte incómodo de tu propia ignorancia (ignorancia inevitable, porque no fuiste la cabeza que escribió la obra), de que tienes que –forzosamente– ofrecerte como contexto para que la obra tenga algo de sentido y al final, adquiera un tinte de crítica (social, moral, de postmodernismo, de lo que se te ocurra). O bien, ser muy honesto y abandonarlo, aceptar que simplemente es absurda. No, en mi caso, Faulkner me descubrió que su obra es un acertijo completo y que yo podría escuchar todas las voces que quisiera, que yo podría mirar las siluetas de sus personajes, pero al final, probablemente no tendría razón. Así me la jugó. Abre oraciones, introduce otra voz, habla otro personaje, entonces descubres que en el inicio solamente son dos personajes platicando y tratando de recordar. Lees y sigues atravesando el mundo que hizo el escritor, ese mundo ambiguo, de casas que se derrumban, edificios y estructuras que se levantan a la mitad. Eres un peón que trata de avanzar por las calles y llegar al final con todo el botín, pero el clima no te lo permite, el mundo inestable y abstracto te detiene. Nada tiene sentido. Es un libro para releer. Un libro que invita a dos o tres relecturas, hasta encontrarle sentido. En mi caso así es. Cada escritor se inventa un acertijo distinto para el lector. Para cada cabellera hay su máscara. Las técnicas del Huracán Ramírez podían someter al Santo. El Perro Aguayo podía ganarle a Octagón. En este caso es lo mismo. El lector cuando toma un libro (tal vez, hasta un blog, ¿por qué no?) parece que tiene contacto con el autor: Puede ser una complicidad amistosa, admiración, que le está invitando un café o una cerveza, puede que estén teniendo intimidad… esa intimidad, en varios grados de suciedad y pérdida del decoro, o puede ser simplemente una plática. No importa, para llegar a ese contacto… el lector tiene que resolver el acertijo que le presenta el autor, que es el texto completo. Un acertijo que se somete al contexto de quien lo escribió, a la época en que lo escribió, a los estilos y recursos que utilizó. Y entender un poco de historia no es ninguna garantía. Ayuda, pero no es garantía. Un buen escritor puede tomar toda clase de contextos para hacer un espejismo engañoso. No estás llegando a ningún oasis, te está llevando directamente a la tormenta....

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