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escrito por el Domingo, mayo 19, 2013

13033 (Juliette)

13033 (Juliette)

199X. Estoy en un salón de usos múltiples, junto un grupo de estudiantes de mi edad. Tenemos entre 13 y 15 años. Un personaje de PROVIDA, al frente, pone la canción de “Hotel California” en una grabadora. Todavía se usaban los cassettes. Es sábado, son las diez de la mañana, los otros chamacos hablan de irse a Chapultepec o de irse a pasear al centro saliendo de la plática. A mí no me van a dejar. El barrio donde vivimos es duro, a mi familia le daría miedo y la verdad, no tengo ganas de preocuparlos. Saliendo de ahí me pondré a jugar Super Nintendo, debo estar al 60% de Final Fantasy. El personaje de PROVIDA nos explica que “Hotel California” habla de ritos satánicos, del diablo, el Adversario está presente en cada una de sus letras. Recuerdo, mientras alzo una ceja, algunas bromas que hacen en los sitcoms que veo de madrugada con referencia a esos grupos demasiado bondadosos. Hace mucho que sé del satanismo de la canción, así como de las bromas al supuesto satanismo de la canción. Dejo que siga hablando. No es mi lugar interrumpir, tampoco es mi lugar sugerir que al diablo se le combate con humor y perspicacia (¿el fuego se combate con fuego? Blasfemáis, a la hoguera). ¿Qué podría decir? Señorita, de hecho, he visto que en la tele hacen bromas de la gente que dice una canción es satánica. Mejor que no lo hice. Me habrían jalado a otro lugar, me habrían reclutado en un ánimo de redimir mi espíritu agnóstico. Luego viene el clásico de los Beatles. Algunas canciones esconden mensajes al revés, escuchen aquí. Milagrosamente, Revolution 9 es una adoración al Cornudo Mayor. ¿Los Beatles?, pienso, si ellos son tan buenos… si ellos cambiaron el mundo, si ellos despojaron el aburrimiento de una generación. ¿Cómo puede ser malo? No importa, anótenlo en su lista de música satánica. Nos hacen anotar, en el cuaderno, como si estuviéramos teniendo una clase, como si de verdad hubiera una lección qué aprender, mientras Bolaños (últimamente me acuerdo mucho de Bolaños, una vez me golpeó en el estómago y me sacó el aire. No me digas chaparro, me dijo, no vuelvas a hacerlo, jamás) voltea a mirarme, y hace una mueca que acentúa sus cejas espesas, sus cejas de hombre adulto, seguramente las cejas que lo hicieron gerente, o Comandante. De verdad nadie quiere estar ahí, pero la señorita se ve tan emocionada, y habla duro, habla bien, además del temor de romper sus expectativas podríamos romper otra cosa: su fe. Podría luchar para explicarle que tengo mi fe puesta en otras cosas pero, siempre he pensado (a veces con razón, a veces con equívoco), para que meterme en algo tan molesto. Escojo no hacerlo, como todos los otros que piensan en qué ocuparán su tiempo tan pronto salgan de ese monólogo tan sustancioso. (Me pregunto ahora, mientras releo la entrada, ¿alguno de ellos se habrá unido a PROVIDA? ¿Alguno de ellos sentirá que su alma se consume en el infierno mientras escucha “Hotel California”?).

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escrito por el Martes, abril 30, 2013

13027 (Juliette)

13027 (Juliette)

No presto libros, si puedo, los regalo, pero a veces se me olvida y los presto de cualquier manera. Cuando me vuelvan a pedir un libro prestado, haré como biblioteca: Claro que sí, puedes leerlo en mi casa, al fin que tengo una banca, un jardín, sillones amplios y cómodos, hay café y probablemente hay coca cola, te puedo regalar un cigarrillo si quieres fumar mientras lees, espero que no te molesten los perros porque los míos probablemente buscarán poner el hocico o el peso entero sobre tus piernas y te dejarán la ropa llena de pelos, los muslos dormidos, los pantalones babeados. Quizás deba poner letreros, horarios de lectura, aunque no me molestaría recibir gente en la madrugada, que es cuando los lectores se sienten más solos y son más voraces. Algunos libros ni siquiera saldrán de esta habitación. Si quieres leer, siéntate en este banquito, la espalda recta y mientras yo trabajo, o yo leo, dedícate a tu propia lectura, cuando te canses dame el libro que yo lo pondré en su lugar, y si no quieres despedirte, lo entiendo, es el placer de solamente venir a leer y no rendirle cuentas a nadie. No es que tenga libros raros, o ediciones difíciles de conseguir (quizás un par), sin embargo, sé que tengo libros que la gente tiene miedo de comprar, libros que no deberían llevarse en público porque provocarán la mirada de algún tonto, también tengo libros de ediciones mediocres pero que ya no se reimprimen o que con suerte tardarán años en reimprimirse, tengo libros de mil ejemplares impresos en 1940 y tantos, o libros de un tamaño enciclopédico que son presuntuosos para leerse en un camión, también están esos libros que poca gente compra porque no quiere invertir en libros pero bien que desearía leerlos “para ser menos tonto, menos burro, más culto”. ¿Insistes en llevártelos? No, tendría que negarme rotundamente, tanto me ha costado mantener estos pocos libros, hay algunos que me han acompañado en doce mudanzas, durante veinte años, los pocos sobrevivientes de los múltiples éxodos personales ¿y quieres que tenga el corazón para que te los lleves, para que tú los manches de comida o rompas alguna hoja, para que tú los subrayes y se te ocurra poner un nombre, para que alguno de tus sobrinos o animales deje una firma en la página 23? No, nada de eso, le he negado libros hasta a mi propia madre. Mejor ven a casa cuando quieras.

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escrito por el Jueves, marzo 14, 2013

13003 (Los malditos niños)

13003 (Los malditos niños)

Vine al área de negocios del hotel, es un área muy cómoda donde el internet es estable. Optimista, casi tanto como Alfredo Peniche, traje mi iPad y mi teclado inalámbrico, decidido a que me sentaré a escribir aquí. Aunque sea algunos postitos para el árbol. Empezó todo mal. No había espacio en las mesas porque las ocupaban unos gringos mirando una película de Adam Sandler. Los cuatro escritorios con computadoras estaban ocupados. Entonces fui a los sillones, resignado a la comodidad. Cuando me senté en ellos me hundí, casi me caigo a otro lado, un mundo al revés. Así no se puede escribir, suspiré, le pedí a mi esposa que guardara el teclado. (Ella decidió seguirme para ser testigo de mi pequeño capricho). Me puse a leer los correos pendientes. Un centenar de correos, y de nada importante, la mayoría son avisos de Twitter que activé recientemente. Quizás los desactive de nuevo, en vacaciones no es conveniente tenerlos activos. Mi iPad a veces no soportaba la cantidad de los correos, así que la app de Mail simplemente se cerraba y tenía que empezar de nuevo la depuración. Qué enojo. Entran unos niños. No son de aquí, no me es fácil cachar su acento. Al principio creí que eran españoles, pero quizás son de alguna región específica, una que nunca he escuchado. Los niños son libres en el Centro de Negocios, nadie les vigila, es impresionante la libertad de los salvajes. Tendrán unos ocho y diez años, el cabello despeinado, los ojos pequeños y brillantes que son una señal común de muchos criminales. Se libera una mesa, tomo rápidamente mis cosas para ocuparla. Mi esposa me acompaña, buena, tranquila, feliz de la vida, con un libro de Sherlock Holmes, el segundo tomo de una compilación. Me dispongo a escribir algo y los niños, empiezan a salir y entrar del Centro de Negocios. Quien sabe qué juego habrán inventado. No son escandalosos pero… se dan a notar, es imposible no verlos, no registrar la cantidad de ciclos que ocupan en salir y entrar. Se arrojan, extienden su territorio, ahora desde la entrada hasta la máquina de café, en la máquina de café (atrás de mí) se sirven un café, se lo toman de un trago (sin quejarse), y van hasta la entrada. Repiten la hazaña unas cuatro, cinco veces. Llega la madre de los niños, sonriente, les acaricia la cabeza, la pobre imbécil no sabe lo que le espera, y después llega el padre, es de esos padres serios, malencarados, que están dispuestos a educar hombres verdaderos, pide un whisky y se va a uno de los sillones. Los niños se van, sin correr y sin gritar, como si la cafeína fuera una imbecilidad, una mentira para controlar idiotas, hacia la mesa de billar. Juegan con la mayor naturalidad mientras yo pongo la cabeza sobre la mano, y pienso que de algún modo, acabo de ser testigo de un orden natural de las cosas.

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escrito por el Martes, diciembre 4, 2012

Fumador en la banca, humo del jugador

Fumador en la banca, humo del jugador

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 66 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.

Hay una frase muy sencilla que requiere un puñado de experiencias para entenderse. En su sencillez se encuentra la trampa y en sus consecuencias un dejo de desencanto. Al principio hay un poco de resistencia, pero cuando entra, entra bien y se repite como un mantra, un canto de guerra antes de lidiar contra una bestia que oculta los cuernos: “Tienes que ponerte la camiseta”. No soy inocente. Muchas veces he caído en expresar esa simpleza para invitar una reflexión, un cambio de actitud en el otro, así como me la dijeron muchas veces desde la niñez hasta la juventud y obligaban una mueca por lo cándido del discurso.

“¿Qué es ponerse la camiseta?”, pensaba y desmenuzaba la frase, “¿quitarme lo que tengo puesto y ponerme otra cosa?, ¿se refieren al cambio de equipo que hace un deportista y tiene que vestir otro Jersey? (Algo rastrero y traicionero, como cuando un jugador del América se pasa para las Chivas, y viceversa), ¿Acaso, en mi vida, llevo puestas múltiples playeras metafóricas que cambio, desecho o remendo conforme a la circunstancia? ¿Cuántas camisetas más debo de ponerme para que me consideren digno (el hombre camiseta lleva ya 28, porque más es imposible sin que algo se reviente, o el cuerpo o la tela), cuántas más?”

En realidad la frase se refiere a algo más sencillo, un discurso vulgar de motivación: Hay un jugador, un deportista o un atleta que espera en la banca. Llega el entrenador, pone una mano sobre tu hombro, su frente sudada, su voz rota de tanto gritar insultos, y paternalmente susurra mientras aprieta tu carne con firmeza: “Ponte la camiseta”. Es hora de entrar en el juego porque el partido depende de ti; porque te considera listo para sacrificarte y tal vez, salir victorioso; o porque no hay de otra y no importa tu aparente indiferencia, las circunstancias que te arrastraron allí, tienes que entrar y exhibir galanura, la gracia atlética de los dioses, la necesidad imperiosa de agradar al padre putativo (o quizás biológico) que implora, a su manera, tu entrada en el juego.

Obviamente, hay jugadores dispuestos a entrar, crecieron cómodamente con esas analogías deportivas y motivacionales como si fuera un manual para la vida. Sienten ese vacío en el estómago que sólo pueden colmar con calentamiento y una intensa observación al juego, cómo va, para no sentirse inútiles, estatuas estériles derruyéndose en la banca. No sólo se ponen la camiseta, ya la tienen lavada, aromatizada, planchada y doblada a un lado de la banca, una armadura lista para ser utilizada a la menor provocación.

Fumadores empedernidos, como yo, disfrutan apaciblemente con la pierna cruzada, sentados en la banca, su contemplación metafísica en el baile de las porristas y las espectadoras saltarinas y cuando sienten esa mano en el hombro no pueden más que suspirar con un poco de tristeza, tirar el cigarrillo y hacer como que se ponen la camiseta para presentar en el terreno de juego un espectáculo deplorable que, con suerte, irá alimentando una suerte de furia y aunque consigan involucrarse en el juego, no dejan de pensar que el espectador, y los otros jugadores, acaban de recibir un payaso que se ha puesto la camiseta al revés y que más bien se ha convertido en un elemento caótico, absurdo, dentro del juego con el objetivo accidental de arruinar lo bien que todos los demás se la están pasando.

“Ponte la camiseta”, depende de la circunstancia, no es tan malo como se cree. Cuando eres joven y no quieres, es una ofensa, es pedirte que arruines el conjunto de ropa que tanto trabajo te ha costado decidir, olvidarte de quien eres para entrar a una situación que no te gusta, o no quieres, o es demasiado problemática. Es fácil no ponérsela porque eres joven y aparentemente nada te lo impide. Pasan los años y, aunque todavía hay un ruido incómodo, decides ponértela para evitarte una secuencia de momentos incómodos: un despido, una mala calificación, el escarnio público, el exilio a otro país, una ruptura amorosa o el divorcio tan temido. En lo personal, yo la uso como una respuesta floja a confesiones de jóvenes imberbes cuando exponen un problema de su edad y que se resolverían, pues, con un poco de menos necedad.

Mi situación preferida de la frase es cuando estás acostado, miras fijamente al techo, piensas en las múltiples responsabilidades adultas y las consecuencias de ignorarlas, entrecierras los ojos para cachar las partículas de polvo, escuchas el ruido de afuera, un claxon, un hombre vende chicharrones, los zanates vuelan e imaginas sus silbidos al ocaso, no fumas ahí porque no es permitido y aún cuando tienes ganas de hacerlo el cuerpo se niega a levantarse, una mano posa sobre tu pecho, una pierna desnuda sobre la tuya, el sudor evaporado de un amor que continuamente está pereciendo y alguien susurra, flojamente, “ponte la camiseta, es hora de vestirnos”.

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escrito por el Lunes, noviembre 5, 2012

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Fumo culpablemente en la soledad (Humo desolado)

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 64 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados.
  • Mi esposa tiene trabajo para mes y medio en otro estado. Ha confiado, con cierta duda ilustrada en sus cejas arqueadas, a mi sola responsabilidad los perros, los asuntos caseros y que no se caiga el Popocatépetl.

  • Pienso en este problema tan contemporáneo: No es gracioso cuando una institución es incapaz de reconocerle a una mujer sus habilidades en el trabajo pero que tierno es cuando un varón se hace cargo de la casa. Míralo como trapea, barre, limpia, cambia los pañales del mocoso. Al instante y con unas gotas de agua, es un caballero. Señalar culpables es un pasatiempo estéril.

  • La soledad me permitió ignorar dos rutinas: La hora de gimnasio y las dos horas nocturnas de televisión. He redescubierto el placer de leer a horas reservadas para otras cosas… Durante la comida, a las cinco de la tarde, a las ocho de la noche. Aderezo con literatura mientras mi panza crece a base de harinas y refrescos.

  • Hay algo de tristeza a la hora de comer cuando ella no se presenta y nadie ayuda a lavar platos, picar verduras, poner aceite en el sartén, empanizar carne, cocer pasta. Mi esposa platica en su trabajo, orgullosamente, que la cocina exige de ambos contratantes y sus compañeros algo envidiosos, antojadizos, preguntan todos los días que alcanzamos a cocinar con la economía del tiempo. Descubren el paraíso de la confianza y la charla.

  • El silencio recobra su fuerza sin pláticas, y sin llegadas. Ambos perros no tienen a quien ladrarle o moverle la cola cuando suena el motor de la camioneta, el arrullo muere y finalmente alguien abre la puerta.

  • Posiblemente sobra decir como ha cambiado el menú gastronómico y el lector ya lo intuyó: hamburguesas, sandwiches de jamón, sincronizadas, quesadillas, jochos, cereal, sabritones, cacahuates enchilados y finalmente la pizza que no terminamos el día que se fue. Las rebanadas esperan pacientemente en el refrigerador al recalentado de la cena. Las mujeres de mi vida son, invariablemente, el impulso de la nutrición y las defensoras imbatibles de las verduras.

  • Al menos a todo le pongo aguacate.

  • En las noches, mientras escribo, pongo la música y el radio a volúmenes normalmente prohibidos por la educación. Ella duerme horarios normales, yo nunca he podido y cuando me encierro en la oficina, pongo música aunque sea a niveles bajos. Sonrío alegremente, soy un adulto-niño que comete la travesura. La venganza es contra el vecino que vive a unos terrenos de distancia y que durante las mañanas suele practicar los discursos entre canción y canción, con el micrófono a todo lo que da, para la fiesta a la que contraten su sonido.

  • Los primeros dos días, para hablar solo volteaba hacia los perros y me refería a ellos como si fueran personas. En la segunda etapa conseguí ignorar a los perros para hablar con mi cigarrillo, con el cenicero, el cacto en el jardín o con la pantalla. Hoy conseguí practicar el soliloquio sin justificarlo. Abrí la boca y nadie pudo callarme… pero como reza el viejo enigma: “¿Si un árbol cae a mitad del bosque y nadie estuvo para escucharlo, realmente hizo ruido?”. La pregunta es un consuelo de la locura aparente.

  • Fumo casi por toda la casa: En la sala, en el comedor, en la cocina, en las escaleras, afuera de mi oficina, en bodega, en la azotehuela, en la entrada, en los pasillos. Los ceniceros sucios desperdigados por doquier, sin nadie que los critique o que los levante. En el único cuarto donde todavía no me atrevo a hacerlo (y tal vez nunca lo haga) es en la recámara.

  • Los perros ya se rindieron en recibir el desayuno a una buena hora (Ella los alimenta a las nueve de la mañana, antes de salir a su trabajo). Duermen a mi lado hasta las diez, once de la mañana, y duermen un poco más (aprovechan la cama, se extienden, toman las almohadas como un descanso para el hocico) en lo que me ducho, me visto, bajo a desayunar, mastico frente a ellos y leo fragmentos de la novela que estoy escribiendo. Desayunan a la hora del almuerzo. No se preocupen. He hablado con ellos, y no les molesta.

  • Pienso: Brunch es el almuerzo. ¿Por qué algunos gringos le toman demasiada atención a la palabra, al concepto? Anoto que debo investigarlo en mi cuaderno de imbecilidades, aprovechando que está descuidadamente abierto ahora que nadie más convive en esta casa.

  • Soy un adolescente y aprovecho la televisión de la sala para ver algo de pornografía. A los pocos minutos, olvido la esperanza del relief, ignoro el volumen alto que quizás espante a los vecinos, recargo la cabeza sobre mis manos y me descubro platicando con una muchacha que no para de pujar.

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escrito por el Lunes, octubre 22, 2012

El café de hace unos años

El café de hace unos años

El domingo abrí una caja de Pandora: Los comentarios que solían existir en este blog, cuando era el de los mil nombres y antes de eso, el cibernauta. Tengo un backup en el servicio de comentarios de disqus (además de los múltiples backups en bases de datos).

No sé cuántos son con exactitud. Unos quince mil, quizás. No es que mi blog fuera tan popular (un poco… sí, en aquel entonces lo era), también es que atiné con el posicionamiento y los títulos. Algunas entradas atraían visitantes curiosos que deseaban saber el significado de su nombre, nombres para duendes o unicornios (?) o que deseaban compartir el significado de un sueño que tuvieron, y usaban este espacio como un foro para buscar respuestas a cuestiones lejanas a la intención del contenido original.

Sin embargo, el restante de esos comentarios son amables y me ayudaron a darle un vistazo al pasado. Ocupé el domingo, tan absurdo y tan cansino, en regresar algunos de esos comentarios al blog. Un año de datos (de los diez que son en total), copy-paste, publicar, editar nombre y e-mail. No pude regresar varios porque en el translado borré un puñado de entradas que ahora están en el limbo binario. También pensé en editar la fecha pero se me hizo demasiado, así que he cometido el pecado de revivir muertos y crear una paradoja anacrónica. Ojalá dios internet me perdone.

Cuando hice el traspaso olvidé, sinceramente, que los comentarios también son parte de la documentación, una extensión de los amigos y los lectores que se han conseguido a través del tiempo. Es un testimonio de como han cambiado los lectores blogosféricos, sus modos y sus motivaciones.

Hay algo que siempre tuve en cuenta cuando abrí un blog: Sus comentaristas en algún momento se van a cansar y se van a ir. Tienen una vida, los gustos cambian (o el autor se casa, como yo, y misteriosamente se pierden muchas visitas, quien-sabe-por-qué), los autores se abandonan, incluso un autor de bitácora. Los lectores, igual que el escritor (sobre todo uno que platica su vida en este medio), son una cosa viva, con sus problemas, y sus movimientos, y sus encrucijadas. Nunca se sabe a donde irán o con quién te engañarán el día de mañana.

Además los distintos servicios que han surgido a través de los años han separado, de manera eficaz y cruel, las motivaciones de un blog. ¿Para qué tener uno de pornografía y ocio si puedes abrir un Tumblr? ¿Para qué tener un blog de tus fotografías si puedes tener Flickr o Instagram? ¿Para qué tener un blog de ráfagas breves si puedes abrir una cuenta en Twitter? ¿Para qué volcar una opinión rápida, sincera y probablemente estúpida, si tienes un perfil en Facebook? ¿Para qué grabar un video si puedes hacerlo en YouTube? Antes el blog era una oportunidad centralizada de unir todos esos rasgos individuales en un sólo lugar. La creación de una isla en el océano digital. El problema era (y todavía es) atraer náufragos a esa isla.

Muchos blogueros se inclinaron por la especialización (blog de diseño, blog de tecnología, bloguétcetera), otros se dividieron en sus múltiples redes sociales y finalmente, el puñado de necios que, por cariño a la herramienta y por sus propios fines, siguen trabajando diligentemente en su paraíso personal. Me incluyo en el último. Tuve un blog para escribir y ahora escribo porque tengo un blog. Gracias a él, he publicado, sigo creando historias y quizás consiga muchas más cosas en el camino.

Hace años era obligatorio tener una taza de café y pasear diariamente por los múltiples comentarios que dejaron en días anteriores, anotarme los triunfos, recibir las amabilidades, soportar los fueras de contexto y tragarme uno que otro comentario anónimo y ponzoñoso. Hoy la taza de café es para iniciar el siguiente texto, tallarlo, pulirlo, enviarlo en la botella y que corra solo, quien sabe dónde, quizás nadie lo lea, desde mi isla al océano.

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escrito por el Viernes, agosto 17, 2012

Aysí.

Aysí.

Ay sí, ay sí, con la app de wordpress ya puedo escribir, mientras camino, en mi blog. Así me arriesgo a darme el putazo pero el ejercicio de la escritura cronológica se convierte en un verdadero deporte. Uno de riesgo. No diré que de alto, porque eso suena bien pendejo, pero al menos de mediano, porque un putazo contra el poste duele. Igual hasta deja cicatriz. Ya me pasó alguna vez tuiteando. El guamazo sonó tan duro que hasta mi perro chilló del susto y casi salió corriendo, lo que me jaló más, y si acaso pensaba felicitarme por no caer de rodillas, se quedó como una esperanza noble mientras mi pantalón rayaba la banqueta y escuchaba la carcajada de unos polis en bicicleta nada mensos, porque seguían mirando al frente, riéndose del pendejo que se cree atleta, que se cree multitasking, o recepcionista, pero de las chingonas, que tienen tres llamadas en espera, revisan el cuaderno de reportes y ya sacaron los documentos que según urgían para ayer, y también un cafecito Lupita, pero con dos de Splenda porque salí muy malo del azúcar.

Yo creo que mejor la usaré para escribir en el cine, ya saben, durante los cuarenta minutos de comerciales que ponen antes de la película. Que tal y me agarra la inspireiton como dicen algunos poetitas de taller o algún tuitero famoso, como de 120,000 seguidores, y me pongo a escribir durante toda la película, para beneplácito de los pobres espectadores atrás de mí que no saben que pantalla mirar: si la chiquita o la grandota. Ya desde ahí tenemos problemas. No hacen bien la sinapsis y me callan, cuando lo que de verdad quieren decir es que apague mi chingadera. Los mandaré, con la intensidad del artista, por un tubo surrealista porque está bien bueno lo que estoy escribiendo y no quiero que se me vaya el hilo y no me chinguen, es otra vez el pendejo de Edward Cullen recitando a Shakespeare, que no mamen, como si esa gente que me calla lo hubiera leído, como si hubieran pasado todo un semestre entendiendo la economía de las obras shakesperianas y su versatilidad universal para funcionar hasta en el garaje de mi abuelita.

Ya pues. La verdad, uno se compra un iPhone para bajarse apps como la de wordpress y escribir en el baño. De neta, de hombres, de caballeros y de damas se los digo. Estoy en el trono, aburrido, mirando la loza que ya me sé de memoria o escuchando la música del Vip’s y eso no se puede quedar así. Estoy perdiendo el tiempo. Tengo que hacer algo, y va el teléfono para afuera y mientras mi cuerpo se ocupa en biológicas trivialidades, el ejercicio de la mente, del órgano mas poderoso que es el cerebro, se dedica furiosamente a escribir una palabra tras otra, y ya uno se puede decir pacíficamente: Ira pinche Hemingway, tienes razón, que te agarre la inspiración trabajando. Ira, ira, ira dices mientras escuchas a un padre educando a su hijo en las artes del mingitorio o maldiciendo silenciosamente a la esposa porque lo mandó a cambiar el pañal, quejándose en voz alta que todo el hijo es maravilloso, excepto su mierda, porque eso es bien feíto y bien injusto.

¿Dónde le pongo el punto a esto? No le encuentro. Quizás debería explicarme: desde el putazo que me di, ya no tuiteo caminando; me cagan los pendejos que sacan el celular en el cine durante la película y no lo hago, por educación; y no escribo en el baño con el teléfono porque me salió muy caro y quiero evitarme accidentes. Mejor uno se explica porque luego lo crucifican a uno por chistocito y si me clavan las manos, y me dejan sin iPhone, ¿pos dónde voy a escribir tan sensatos y bellos pensamientos? Eso sí. Tuiteo mientras cojo. No le digan a mi suegra, ni a mi esposa.

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