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13025 (Juliette)

By on Sábado, abril 20, 2013

Lista de cosas que me preocuparon al iniciar el 2013: Los kilos que bajé, y subí, y ahora debo bajar de nuevo. Ni modo. Hay que dejar la coca cola. Busco hacer ejercicio además de las caminatas con los perros y el cardio de tres o cuatro veces a la semana en el gimnasio. El ejercicio también es tiempo al día que desaparece. Organizar el tiempo para leer libros quita muchos otros placeres: La televisión, los videojuegos, el ocio en internet, las charlas con los amigos. Sin embargo, la lectura y su obligado tiempo de reflexión, son uno de los ejes principales en la vida del escritor. Escribir en el árbol para no dejarlo a la merced de las islas binarias. Ya son muchas, y son muy abandonadas, y no quiero escribir mi blog en Facebook. Trataré de escribir las anotaciones los lunes y los domingos, un par de horas, y luego programarlas al azar para que se publiquen solas. Son tantos y muchos los textos que quiero escribir. Tomo notas en el teléfono mientras camino, pero no es hasta que me siente y empiece que no sabré si debo perseguir la idea o desecharla. Es cierto. La inspiración (ese término espantoso) llega cuando menos lo espera uno. El trabajo es pulir esa inspiración y convertirlo en algo, lo más cercano que se pueda, perfecto. También tener tiempo para el ocio, y divertirse. También es necesario relajar la cabeza para no consumirse en el propio pensamiento. Ojalá pueda ver a mis amigos, ojalá pueda beber con ellos, ojalá disfrute mucho a mi mujer y a mis perros, ojalá siga disfrutando mucho más que lo hice el año pasado, y el año pasado a este, y deje la nausea para pocas fechas, porque la nausea está bien, nos recuerda que somos polvo, pero tampoco se trata de convertirnos en lodo. El Bushido me recordó una cosa muy sencilla que pensaba siempre, desde niño. Puedo morir en cualquier momento, e incluso, debo despertar preparado a la muerte. Que no se desperdicie ningún segundo pero que los segundos desperdiciados tampoco sean completamente...

Unas moscas

By on Lunes, diciembre 10, 2012

En algún Walmart, de todos los Walmarts que hay en el mundo, un empleado tuvo la gloriosa idea de colgar los juguetes unos sobre otros en largas columnas que bajan de los techos. Cadáveres de peluche y felpa se sostienen los unos a los otros, y se contonean por el aire artificial, como un péndulo funesto y festivo, en espera de atraer miradas infantiles y enamoradas. Quien sabe, a lo mejor es una orden institucional y le doy demasiado crédito a la iniciativa de un empleado. Pensé, en cuánto los vi, que eran una versión oscura de Toy Story. Tal vez en algún lugar de ese mar peluche, hay un letrero pintado por un juguete, emulando la caligrafía de un niño: “Piérdase en alegría todo aquel que entre aquí”. Moscas gordas y ruidosas han penetrado las defensas de mi oficina. A veces consigo engañarlas cuando abro el miriñaque, luego la ventana y hago como que las empujo con mis manos; casi todas me hacen caso (o pensarán que soy un loco) y se van, me abandonan apresuradamente y puedo seguir el trabajo en curso. Siempre se queda una: La más obesa, la más tenaz, la más escandalosa de todas. Entonces me acuerdo de Walter White, en el episodio botella de la mosca. Todo el trabajo se detiene, acomodo el matamoscas cerca de mí, nos miramos y después de un rato nos olvidamos. Intento seguir lo que estaba haciendo pero luego, en una afrenta personalísima, una sombra vuela rápidamente entre mis ojos y el monitor, haciendo una línea y quebrando cualquier cosa que esté trabajando. Resoplo cansino, tomo el matamoscas, bailo alrededor de la habitación y la mosca, como una renuente compañera, se esconde entre mis libros, mis cajetillas, mis fotografías y mis juguetes. Así nos podemos pasar un rato más hasta que nos volvamos a olvidar. Las moscas son igual que los malos recuerdos: Entran un puñado, consigues espantar algunos pero uno se queda ahí, discreto, entre las sombras o las repisas, mirándote desde una esquina, esperando el momento para salir volando y zumbarlo todo. De vez en cuando grabo pequeños pensamientos en las notas de audio de mi teléfono o mi tableta. Así fue como hice el podcast del 20 de Noviembre. Luego de grabar varias notas, hice una selección y me dediqué a cortar los largos silencios, las muletillas, y pegar tres de estos pensamientos juntos. Me alegró el resultado, incluso parezco una persona elocuente. Ahora, por otra parte, miro la cámara de video. ¿Qué podría grabar en ella? Se me ocurrió hacer lo mismo que hice con las notas de audio pero, de alguna manera, siento que en video soy otra cosa. Me reemplaza un sosias desagradable. En Youtube abundan los videodiarios (los vlaaaaghs) que imitan los monólogos de Adal Ramones y algunos son chistosos, otros no. Puntos extras si te enseñan las gracias del bricolaje. Entonces negué la idea de grabar un diario en video. De por sí ya escribo uno y lo tengo bastante abandonado. (El diario que supuestamente me prometí escribir y luego termino confundiendo el blog con el diario, y viceversa). Pensé, mejor, en grabar minutos y luego pegarlos en un video de tres, o de cinco. Es decir: Un minuto de cielo, un minuto de mi perro, un minuto de cafetera, un minuto del aire pasando entre las plantas de maíz. Un elogio al silencio, a la cotidianidad, a la observación silenciosa de las cosas. Lo haría si no tuviera un libro que escribir y mucho que leer. En las notas de audio tengo, al menos, unas veinte que no me he sentado a revisar y editar. Trabajo, escribo, leo, chachareo, paseo al perro, trabajo, escribo, leo, observo, escucho, día de Walking Dead, Dexter y American Horror Story (tres hora de televisión bien ganadas). Ah, pues… mañana cumplo 31 años. Si tuviera 23 todo esto sería tan fácil pero llega la edad de elegir las cosas, eliges lo que quieres hacer y abandonas los caprichos con una facilidad aterradora. Cada año se refina esa habilidad y para no sentirte mal, te regodeas de ella. Mid-life crisis waiting to happen: perseguir moscas o fijarse en los juguetes colgados pidiendo, con una sonrisa costurada,...

Los olvidos, los enfermos

By on Viernes, octubre 12, 2012

Anoche los viejos me hablaron de los muertos, pero antes de llegar ahí, hablaron de los enfermos, de los viejos frágiles, de los desmemoriados y de los enfermos. Estamos en la cena, me cuesta trabajo masticar el pan. La memoria es una cosa muy precaria, dicen, todo se me olvida ya, y es irónico, esta conversación del olvido se repite a menudo. Un viejo, medio sordo, dice: “La vejez es mucha responsabilidad”, y con responsabilidad se refiere, según trato de entenderle con sus dientes sintéticos y su voz arrastrada por no tener ganas de articular, a no caerse de las escaleras, a caminar con cuidado para no tropezarse, porque hacerlo significa visitar el hospital, romperse algún hueso, retar la fragilidad de un músculo que ya sirvió demasiado tiempo. Una vieja olvidadiza habla de su hermana cinco años más joven que ella: “Tiene 83 años, sí, creo que son 83”. Habla de su hermana, la viejita que no puede sostener su cabeza, que vive desde hace años en una silla de ruedas y que apenas puede hablar. La he visto, la recuerdo en otras situaciones, rodeada de gente joven haciéndole fiesta, invitándola a bailar, moviéndola de la silla como la gente más piadosa del mundo mientras ella, con sus manos temblorosas, sus labios pintados débilmente y la sonrisa perpetua de los desdentados, aguanta unas lágrimas de agradecimiento o de humillación, o quien sabe qué sentimiento tendrán los viejos atados al mundo, los viejos que hablan de los muertos con un dejo de envidia, como una solicitud espiritual de descanso. Mientras los escuchaba hablar y meditaba sus silencios tan parecidos a una pregunta, pensaba en que soy joven, en que no imagino llegar a esa edad donde la muerte se reduzca a un simple “ojalá llegue mañana”. Mi abuela murió casi treinta años más joven que esa pareja de ancianos. A los mediados de sus cincuenta, escuchaba el discurso repetido, obligado, frente al espejo mientras se arreglaba para que fuéramos al mercado, o a la escuela. Soy una burra vieja, decía, soy una vieja, y se miraba las canas, se tocaba las arrugas, se miraba las manos llenas de heridas y de líneas. El discurso se pausaba unos días, pintándose el cabello, usando unos zapatos o una blusa nueva, buscándose un deber, una cosa que arreglar, un capricho que le ayudara a olvidar su vida de mujer blanca y pobre en un pueblo, de mujer ignorante que siempre cargó demasiado, o simplemente de mujer y de vieja. Supongo, o quizás asumo, me atrevo a ficcionar, que además de la desdicha de su sexo, repentinamente llegó la desgracia de la edad. El viejo anoche me dijo: “De repente pasó el tiempo y tengo casi noventa años”. Los enfermos y los olvidos acabaron conmigo. Terminó el café, deglutimos el pan y sólo pensaba en llegar a casa. Los abrazos de los abuelos para despedirse, siempre tienen un toque de abandono, de un adiós definitivo e irremediablemente, en ese instante, no sólo se despiden sino que reafirmen su alegría de ser genuinamente escuchados. La gracia de ceder un poco del polvo en que se han convertido. Ese polvo cuya densidad es engañosa, variable. Unas noches es más pesado que otras. “Es complicado que no piensen en la muerte”, dijo mi esposa, ya en el auto. “No es lo complicado”, le corregí, “es lo inevitable”. Se atraviesa una línea donde, de veras, sin adornos, este día puede ser el último. Además de ser el último, honestamente das las gracias porque esto ya se acabó, porque alguien tuvo la piedad de cerrar tus ojos y convertirte en polvo, en memoria ajena, en anécdotas sin desgracias. Cuando llegué a casa, miré los trastes sucios y recordé a mi vieja, mi abuela. De niño y de chavo, es el momento en que platicábamos: cuando ella lavaba los platos. También era reconfortante escucharla prender el radio y luego el torrente de agua, cerámica y vidrio golpeaban la tarja. Asumo, no queda de otra, que el rito y el agua ayudaban a limpiar su condición, su pasado, la memoria. Jabón en el vaso, olvido mi vejez, los caminos errados. Agua en el plato, olvido mi pobreza e ignorancia, la letra chueca por no estudiar en la primaria. El cuchillo sin filo y la cascada borran lentamente todos los arrepentimientos para esperar, al menos limpios, la muerte. Me acerqué a la cocina sin pensar en el fastidio o en el tedio, ignoré el dolor común y superficial de los deberes. Anoche lavé los...

Año número 10

By on Sábado, agosto 18, 2012

18 de Agosto, 2012. El “Árbol 2:17”, antes conocido como “Árbol de los mil nombres”, cumple su décimo año en la red. Es hora de celebrar, por supuesto, con un chingo de numeritos. Hablemos brevemente del año: Visitas totales en el año: 51,117. El mejor mes: Junio, con 6250 visitas. Post más leído: Cartas lascivas de James Joyce a Nora. El peor mes: Febrero, con 2496 visitas. Post más leído: Carta para los hijos… Ahora, como se cumple el año número diez, hablemos de los números totales en el árbol. Los cinco sitios que me han patrocinado más visitas durante todo este tiempo, obviando redes sociales, buscadores y otros servicios (¡Gracias!): Salaverga Rox Semidios El blog del boqueno (que ya no existe o lo mudó de dirección) 7duendes Las diez anotaciones con más visitas desde que mudé de servidor: Calaveritas Webloggeras Entre mujeres podemos despedazarnos Del diario de Simón Dor: Unicornio pesadez en la Cabeza Arreglar la habitación Fotocuento: “El culo de Ofelia” Instrucciones para la masturbación con cajeta Letras que forman palabras Del 100 Vidas: El maestro de los disfraces Se piratearon el logo del IMSS Cinco búsquedas raras (según Google, y otros)… chistes de menonitas gracias por tu trabajo que palabras se forman con estas letras que letras constituyen la palabra fantasma japonesas sexosas Hablemos de los textos, y los números contenidos en ellos. Recuerden que son los totales. Total de palabras en todas las entradas: 1,368,785 Total de entradas: 2092 Número de visitas (desde el árbol1000n hasta árbol217): 1,014,219 Promedio de palabras por entrada: 654 Kilómetros caminados con Nico: 877 Kilos bajados: 18 Veces que mojé la cama: 0 Las diez palabras más utilizadas. Vida (2040). Día (1966). Dos (1943). Tiempo (1770). Ojos (1756). Datos de interés. Curiosity llegó a Marte. Todavía me emociona. Gané un concurso literario: Décimo Sexto Estatal Guerrero de Cuento Corto José Agustín 2012, el cuento se llama “Lotófago”. El sitio del concurso / premio dice lo siguiente: Ana Alonzo, Praxedis Razo y Daniel González Dueñas, acordamos otorgar el Premio Nacional a “Lotófago” (166), presentado bajo el seudónimo “Cerdo de Circe”, por considerar la intensidad de su propuesta, su audacia mítica, su calidad imaginativa y su diálogo con lo clásico. En este cuento destacan no sólo su pulcritud, su estricto sentido monologal y su nostalgia, sino su estructura en varios niveles simultáneos y su óptima resolución. Y que me la creo. Mi madre envío un correo felicitándome por el cuento, y añadió que mi abuela, y mis abuelos (los que apenas conocí), estarían muy orgullosos del cuento. El detalle me arrancó una sonrisa. Sol también es muy feliz con el resultado. Ahora no me deja en paz con que siga escribiendo y todos los días me manda páginas de concursos. Mis horarios de sueño son horribles entre el trabajo y seguir escribiendo, pero me gusta. Los departamentos que construyen a unos terrenos de dónde vivo, cada día están más terminados. Ya que me estaba acostumbrado a ver el Popo diariamente, a través de la ventana. Tengo tres, cuatro libreros en mi oficina. No los he llenado, no tengo tanto libro. Debería considerar moverlos antes de que me gane el tiempo y sea imposible arreglar el espacio. Probablemente cerraré mi cuenta de flickr. Me gusta mucho instagram....

Pasos en la azotea.

By on Viernes, junio 29, 2012

El país siente pasos en la azotea, como hace doce años, cuando por primera vez el partido que gobernó durante más de 70 años tuvo que ceder la presidencia. Al menos de nombre. Recuerdo la ansiedad de entonces: Mi familia estaba pegada a los periódicos, a los televisores, hablaban de las encuestas. Aparentemente era un shock cultural que ganara otro partido que no fuera el PRI. Recuerdo también, cuando era niño, y la propaganda de Salinas de Gortari estaba por doquier, que era gracioso votar por otro. A la gente le parecía una broma la pregunta: ¿Usted por quién va a votar? Por el mismo de siempre, ¿qué, hay otro? La ansiedad de hace doce años es muy parecida a la de hoy, sólo que esta tiene eco, tiene una resonancia cibernética que cimbra a mucha gente y la invita, la empuja, la obliga a participar. He visto como este discurso digital atraviesa los muros de Facebook y las cronologías de Twitter para llegar a la gente que no los usa como un recurso habitual. Hoy sorprendí a los pepenadores hablando del voto razonado de algunos periodistas y ¿cuántos votos razonados no hemos leído en estos últimos días? ¿Cuántas conversaciones, incluso inesperadas, no hemos tenido acerca del tema político, de por quién vamos a votar, de por nuestras razones y luego el convencimiento en caso de la digresión? Estos últimos días sopesé la idea, sí, también, de escribir acerca de mi voto y por qué. No lo haré. El voto es secreto según reza la leyenda. Ese es mi derecho. Después de ver como el tema político ha construido monstruos retóricos y discusiones de variantes infinitas, prefiero no participar con un escudo, un abanderado, un profeta o un perro. Algunas veces me daba risa, otras veces me daba vergüenza, imaginando a la gente en sus discusiones como perros intolerantes que muerden los tobillos y no ceden. Al menos me evité las mordidas y quizás, me evito unas cuantas más. Me guardo por quien voto y haré lo que siempre he hecho, observar y callar, pero con una decisión tomada. Aún cuando la propaganda política inunda el ruido, los papelitos llenan las calles y los tuits llenan cronologías con uno u otro nombre, guardo mi voto para bien tempranito el primero de Julio. Lo único que quisiera insistir y en esto he sido consistente, es que se levanten a rayar esa boleta. Hagan lo que quieran con ella: Elijan a su presidente, anulen su voto o dibujen algún garabato, pero preséntense y participen. Por favor, no se abstengan. Antes teníamos una dictadura aparentemente democrática. Hoy tenemos una democracia que apenas está funcionando y necesita que sus ciudadanos la sigan alimentando. No solamente los políticos son dinosaurios tropezándose en la oscuridad, también nosotros, los ciudadanos, apenas estamos descubriendo como funciona esto y como evitarnos las trampas, los embustes, las viejas cantaletas de siempre que hipnotizan y duermen. Somos un país que apenas aprende un baile y que no debe rendirse. Los dinosaurios no lo han descubierto, pero andan a oscuras en una casa llena de trampas y nosotros, los ciudadanos, somos quienes los espantan con los pasos en la azotea. No cejemos, gane quien gane, sigamos buscando esa ventaja, sigamos quejándonos, sigamos adaptando el juego político para que todos ganemos...

Los nueve mil desaparecidos.

By on Sábado, junio 16, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 24 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Hay una nota cuya explosión es notable y que sigue resonando en el país: La muerte de Juan Francisco Sicilia y la cruzada de su padre –Javier–, por descubrir a los responsables del crimen. Recientemente apareció una segunda noticia donde la CNDH liberó un comunicado apoyado por la ONU que dice que desde el 2006 para acá, son nueve mil los muertos que no tienen nombre y un poco más de cinco mil los desaparecidos. La ONU no quiere que México niegue a sus muertos y exige una solución humana al país para que exista un registro. Ambas notas son la consecuencia natural de una guerra. En la primera nota tenemos a un mártir y un padre que está por convertirse en un héroe para todas las familias que están buscando una resolución a la muerte de uno de los suyos. Son familias que buscan un cuerpo entre esos nueve mil cuerpos sin identificar, o que bien, necesitan saber si hay un cuerpo entre los cinco mil nombres desaparecidos. El poeta se ha convertido –a costo muy alto– en un abanderado. El poeta es la voz que… naturalmente, le faltaba a esta guerra que se está luchando. La CNDH exige que el ADN de los muertos sin nombre, se conserve en una base de datos para que, eventualmente, cuando las cosas estén más relajadas, alguien tenga la delicadeza de descubrir el nombre de los muertos y notificar a los familiares que han perdido a alguien. La ONU decidió apoyar la exigencia porque, pues, es de humanos ponerle nombre a los muertos y dar las noticia para que los familiares puedan practicar el rito del abandono y del continuar viviendo. Me imaginé al hombre que tuviera esta labor de clasificar a los muertos. Una especie de bibliotecario que tuviera la triste labor de guardar los datos: una gota de sangre, un pedazo de piel, forma y tamaño de las dentaduras. Me lo imagino acariciando los cuerpos como si fueran libros y retirando un pedazo de sus hojas, para guardarlos en pequeños contenedores que, como en una profecía, eventualmente serán abiertos. Me lo imagino vestido de negro, acomodándose los anteojos y con el rostro más serio del mundo, porque si piensa mucho en ello, empezarán a temblarle las manos y se encerrará en un cuarto a llorarle a los que no tienen nombre, como Don José y sus manos que paseaban entre las actas. Me imagino a este bibliotecario solo, abandonado en un edificio que le habrán quitado a algún empresario por no pagar impuestos, recibiendo órdenes del gobierno en turno. Cada año le cambiarán a los asistentes, pero él se queda porque es el único que puede hacer la chambita lúgubre y además de que no quieren entrenar a otro, ya nadie quiere su chamba. Tiene una fuerza de voluntad extraordinaria, tiene la paciencia para decir que sí a órdenes obtusas y puede sentir el temor a los hombres que dan órdenes. Obedecerá cuando un partido pida que los contenedores sean de plástico, y otro partido pida sus contenedores de vidrio rosa. asado algunos años, el bibliotecario de los muertos se presentará ante el Presidente y el seleccionado por la CNDH, por la ONU, para dar cuentas de sus logros y para, por supuesto, enseñar el color de los contenedores tan preciados. Después de esa breve reunión, el bibliotecario regresará a su soledad, a la compañía de sus libros humanos y prenderá una o dos computadoras, que harán correr los procesos que le ayuden a descubrir los nombres. Cada día se descubrirán uno, dos, o diez nombres, pero nunca serán suficientes. Su cuota diaria entre los nueve mil que ya tiene y los que están muriendo diariamente, harán de su tarea algo imposible. Cada diciembre, se presentará frente a televisión y liberará por internet, una lista de todos los muer- tos que logró identificar en el transcurso del año. A veces, esta misma lista será quienes avisen a los familiares que buscaban paz, otras veces, habrá tenido el apoyo de un noble equipo de trabajo que pudiera llevar o entregar las notificaciones. Durante los primeros tres años, me lo imagino vi- viendo con la esperanza de que algún día terminará y luego, me lo imagino diez años después, canoso y de lentes más gruesos, con unas cuantas arrugas en los ojos por los días en que no pudo contenerse y ya con la experiencia de que la esperanza es un lujo para los que no están pasando sus dedos entre los cadáveres, los dientes, y los dedos inertes, bus- cando pedazos de piel que pueda catalogar como libros. Me lo imagino haciendo esa relación: La persona es un libro, un diario de experiencias que lo deshojaron o lo quemaron abruptamente porque su impresión, lamentablemente, se dio en un país que no aceptaba los libros, ni el placer, ni la vida. Me imagino a este bibliotecario mirando por el televisor las marchas que se dieron en honor al hijo muerto y al padre de corazón roto. A veces me lo imagino sonriendo a medias y lo escucho susurrar una majadería triste y verdadera. Al menos tu muerto, poeta, tiene nombre. Otras veces me lo imagino...

espera de una fecha que está por ocurrir.

By on Sábado, diciembre 10, 2011

Mañana cumplo años. Dejo atrás los veinte para entrar a los treinta. Si estuviera aquí mi tío Rafael, me diría–. Bienvenido a los tas –Sí pues… bienvenido. ¿Qué pensar? No es una ambigüedad neurótica. Sencillamente no lo sé. No me imaginé cumpliendo treinta. Creo que nadie. Pienso que treinta es el número más alejado en la mente del hombre que vive comodidades y colecciona recuerdos felices. ¿Treinta? Jamás, quién sabe si llegue, si no me mata primero la peda, o los amantes, o los excesos, o las idas a jugar fútbol a la cancha. ¿Treinta? He tenido treinta en libros, en películas, en videojuegos. ¿Qué me puede importar? En cambio, cuando vives en el siguiente espectro de la edad (los treinta), tienes presente –como un susurro que gradualmente, según los años, aumenta de volumen– piensas en los cuarenta y como llegarás ahí si haces las cosas bien. Sergio Corona escribió, o dijo en una entrevista, el truco para tener una vida plena, una vida sana o abundante–: Haz tus deberes y pórtate bien. Con eso todo estará en su lugar –Pienso en ello, de vez en cuando, mientras doy tumbos con el cochecito contra una u otra calle. ¿Deberes? Me imagino que es esa larga lista que te entregan en un pergamino sellado cuando naces, y que cuando lo abres, escribe en tiempo real todas las expectativas de la sociedad: estudia, termina una carrera, cásate, compra una casa, una mascota, ten hijos, procura a tus nietos, etcétera. El pergamino de los deberes perpetuos. Dejemos para otro día los pensamientos… reflexiones que se resuelven o que se olvidan con el tiempo. Es hora de bajar a la cocina y preparar la comida para los invitados. Vendrán los que puedan y los que quieran, y su presencia, al final, es como un vaticinio de la etapa. Quienes estarán para acompañarme (o guiarme, o picar con el dedo) durante, esperemos, una decada más. Un cumpleaños no sólo se trata de uno, sino de las personas con las que desearías vivir… o morir. Es lo mismo. La vida es muerte lenta, o la muerte es cuando acaba de gotear la vida. Sí, dejémoslo para otro...

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