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escrito por el Viernes, noviembre 30, 2012

Tres coronas

Tres coronas

Viajando, de repente, me encontré en esta esquina y me detuve a tomarle una foto. “Aquí nos encontramos”, anoté, y luego la esquina dejó de ser esquina, se convirtió en una estructura, un edificio de tres sombreros. Todavía no me recuperaba de mi asombro cuando se convirtieron en tres escalones, y terminó mi viaje, en realidad me encontraba bajando las escaleras de no importa donde, en una espiral infinita, es el momento donde todo se junta: suelo, tierra, cielo. Los tres edificios son una metáfora: ¿presente, pasado y futuro?; ¿hijo, padre y espíritu santo?; ¿madre, padre, hijo?; ¿Clavel, rosa o gardenia? Los tres edificios no son una metáfora, no son edificios, son peldaños. Los tres edificios son tres ventanas, tres gigantes, tres piernas de una deidad inalcanzable. La trinidad de los reflejos, las angustias y una alegría piadosa para llegar al final de los días.

No dejo de pensar en Cronos y como devoraba continuamente a sus hijos. Sí, pues, la gente ya se ocupó en estudiar a Cronos y sus connotaciones sexuales, coprofágicas, freudianos empolvados consumiéndose en su propio óxido, hablemos de otro Cronos, uno similar pero ocupado en otra cosa. Antes era Cronos y para escribir, estaba comiendo y regurgitando continuamente mis hijos, momentos inspirados, creación imparable. Ahora, quizás, soy otra cosa. Alguno de los hijos de Cronos. No puedo escribir, como antes, sin sentir un asomo de culpa. Observo a Cronos, soy el testigo, y no sin antes de una observación meticulosa, anoto en un cuaderno lo que recojo: Su rostro relajado al satisfacer el hambre, el vagido de los niños mientras son triturados entre sus dientes, la expresión inexpugnable de Rea quien guarda, en su interior, el rencor de ser una madre interrumpida. Atrás las cortinas del universo, el mundo todavía no es creado, y si consigo separarme, escribo del testigo que mira la escena y anota cautelosamente cada una de las cosas que suceden.

Recuerdo a los Cuatro Fantásticos y la primera vez que se encontraron con Galactus, Cronos renacido, el devorador de mundos. Cuatro pobres cabrones, con poderes y todo, apenas tienen el tamaño para abrazar uno de los dedos de esa entidad imparable. ¿Cómo podrán detener algo tan grande?, imaginaba, es aún mayor que Godzilla o King Kong. En Final Fantasy VI es una sorpresa cuando enfrentas a Kefka, ya con el poder de los dioses asimilado por su cuerpo, primero te lo presentan como un hombre y después descubres que su cuerpo está dividido en cuatro pantallas. Un cuerpo monstruoso y angelical, entrelazado con otros cuerpos y otras criaturas, construyen un árbol que atraviesa los cielos. (Quizás sólo deseaba romper el televisor, conseguir una entrada a este mundo). La primera vez que lo juegas no sobra ninguno de los personajes, los usarás a todos para vencer al dios falso. En Marvel contra Capcom, eventualmente, peleas contra Onslaught o contra Apocalypse (depende de la versión, en realidad no importa). Tus personajes diminutos luchan contra una mano, y quizás contra una cabeza, existe un ligero temor de que al villano se le ocurra pelear con todo el cuerpo y se deje de tonterías. Lavos, el dios del tiempo, ocupa toda la pantalla.

Salí a comprar cigarrillos y cuando regresé, Nico hizo su festejo acostumbrado. Fue por su oso gordo de peluche, lo agarró con el hocico y paseó en círculos, contoneando suavemente las caderas. Es una perra coqueta, pienso divertido por las múltiples connotaciones de la frase. Al principio, por alguna razón, pensaba que su fijación por el muñeco correspondía a la necesidad quebrada de procrear una camada. El muñeco son los hijos que jamás tendrá. Siento algo de tristeza por todo lo que leí de los bassets como madres y que nunca veré presente en el mío. Me hubiera gustado, sí, tal vez. Encendí un cigarrillo, Nico me miró a los ojos y luego renuncié al pensamiento, es la soledad la que convierte al perro en un individuo. Solo eres una mascota, murmuré, y Nico me ladró. Está bien, dije y me acerqué para palparle su cabeza, también eres mi compañera, mi guardián metafísico.

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escrito por el Miércoles, octubre 26, 2011

Juegos de personalidad múltiple.

Soñaba, anoche, que echaba andar uno de los proyectos que tengo hace tiempo con el árbol 2:17 y es invitar a “otros escritores” a escribir regularmente en él. Esos “otros escritores” debe tener énfasis en las comillas, porque sería algo como lo que hizo Nájera o Pessoa. Usar otros nombres para escribir otras cosas. Cambio de estilo, de narrativa, de ocio.

Luego pesa escribir con el mismo nombre porque el nombre ya está acostumbrado a presentarse de una forma y parece imposible separarse de él para jugar. Han pasado tantos años que me he convertido en un personaje multidimensional para varios grupos de personas y mi vida personal, algunas veces, se ilusiona con separarse del escritor que durante años ha llevado este blog.

El nombre es una carga. El nombre y sus consecuencias son una ficción caótica, un espejismo que surge del calor y de la falta de azúcar.

Anoche pensaba en la justificación del proyecto. ¿Cómo escribir con otros nombres y que esto no sólo se presente como un seudónimo, sino también una posibilidad real y lúdica para el lector? Entonces pensé en el blog como un portal donde se descubren otros universos donde existe otro yo, el mismo físico, pero con otros nombres. Más o menos lo que Simón Dor dijo alguna vez: “En otro lugar me llamo Boris Santiel o Carlos Böhrs”. Usar la misma foto o el mismo físico para todos los personajes como una obviedad para recordarles, pues, que al final es un juego de ficción.

Simón Dor se descubrió como una posibilidad de mi futuro. Lugo pienso en esos otros que soy yo, y que desean comunicarse conmigo de alguna forma. Abrir una ventana a una ficción y luego que pasen los años, la gente crea que ese personaje de verdad existió. Crear un personaje es lo mismo que aceptar las posibilidades que ofrece una historia personal que jamás se cumplió. Es aceptar la posibilidad de que puedes ser otro.

Llevo años escribiendo en pequeños cuadernos otros nombres y los temas que les interesan. El nombre de Boris Santiel y Carlos Böhrs, los he escrito en incontables ocasiones. Así como el de Simón Dor, y el de Capurro (que todavía no tiene nombre de pila). Trato de ser detallado para que sus nombres no sean una simple separación de aspectos personales, sino que su existencia sea válida y creíble. Historias paralelas que lleven a un reconocimiento mutuo. Si un lector duda o no permite su entrada al juego, entonces el juego es inútil. Los personajes tienen la posibilidad de encontrarse y verse reflejados como un aspecto del otro, aún cuando la separación inminente por sus características individuales sea inexorable.

También anoto palabras clave que podrían dirigir los estilos de cada una de estas personalidades. Palabras clave qué, como una luz, dan el color preciso con el cual el texto debería ser leído. A veces el escritor trata de engañarse pero basta una palabra para ofrecer una ventana a la verdad de las cosas. Llevo meses jugando con palabras clave que guíen el propósito de ciertos “otros escritores” y que sean los cimientos de su perspectiva de vida.

Imagínense tener el tiempo de ser esas otras personas. Es decir… si pudiera, si tuviera el tiempo para ser meticuloso, tal vez cada uno tendría su propio twitter y su propio tumblr. (No se hable de Facebook. Qué horror.) Aún cuando este blog fuera el centro donde gira el universo de cada uno de estos personajes podría desarrollar sus propios intereses de manera independiente. Claro: Se necesita tiempo para hacerlo correctamente. El engaño, con todo y aviso de engaño, es un artificio laborioso que con la medida justa de tiempo… incluso podría engañar a su propio creador.

Me imagino, con una pequeña sonrisa, personas que se acerquen a estos personajes para platicar, para desarrollar ese tema que creen es quien los define, cuando la verdad es el mero aburrimiento de una sola persona. Habrá sus reacciones adversas: Alguien pensará que estoy loco, alguien pensará que los otros existen en serio, alguien querrá enemistar a los inexistentes o alguien se enamorará de ellos y mandará cartas, botellas con algún mensaje, opiniones largas y bien meditadas acerca de lo que… para mí, es un cuento, y para un ficticio, una verdad íntima e importante. Imagínense que empiezo a pensar como uno, como otro, como un ficticio y que se me olvida mi propia vida. Imagínense.

Solamente sueño. Tomo apuntes. Anoto estaturas y otros rasgos físicos, anoto viejos amores, los cuentos que han escrito, las carreras a las que se han dedicado, los muertos que llevan como sombras. Momentos de fe y de creencias. Juego con una baraja, anotando el nombre del personaje y probablemente de lo que pueden hablar. Anoto días, como si pudiera seccionarse una personalidad para cada día. Tal vez, algún día. Cuando termine escribiré un libro llamado: Los otros, los ficticios y de subtítulo: Juegos de personalidad múltiple.

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escrito por el Miércoles, junio 15, 2011

Mañana gris y mil ramas distintas.

Mil ramas distintas.

No es nada. Una mañana gris como cualquier otra, como si diciembre hubiera prestado uno de sus días para estos cálidos –infernales más bien– días de verano. En vez de tomar café, estoy tomando paracetamol en polvo, esperando que su poder científico alivie mi dolor de garganta y ¿por qué no? también que cure milagrosamente un ojo rojo que tengo desde hace unos días.

Mi mujer, la bromista, pregunta cada vez que me quejo por las lágrimas y por el escozor si quiero un parche. Sonrío y le digo que sí. Es hora de cumplir esa fantasía de que soy un pirata, de que soy Catalina Creel o Sergio Goyri como cuando la hizo de villano de Televisa. Un parche es un gran símbolo de misterio y es un signo distintivo tan evidente, y tan violento, que no lo puedes pasar fácilmente por alto. Los curiosos, los imaginantes, le pueden dar todo tipo de interpretaciones al parche y se responden un sinfín de preguntas–: ¿Cómo perdió el ojo? ¿Por qué lo perdió? ¿Se arrepentirá? ¿Cuándo se mira al espejo, es un recordatorio triste o reafirma la persona que es? ¿Será un asesino, un pirata, un villano o simplemente un desgraciado, un desafortunado? ¿Y si es un engaño para conseguir comida, monedas o mujeres? Una opción, posiblemente, consistiría en usar un parche feliz. Un parche hecho de tela estampada con corazones, o estrellas, o hello kitty, pero eso no creo que ayude. Si acaso lo hace más tétrico.

Si viviera en un puerto, unos cientos de años atrás, probablemente usaría el parche como una faramalla. Sería parte de mi uniforme para tener trabajo de marinero, cuyo pasado es un misterio y cada vez que le preguntan–. Oiga, ¿usted cómo perdió el ojo? –Respondería herido como un perro–. A usted qué demonios le importa –mientras saco un puñal, un cuchillo, una daga para limpiarme la basurilla entre los dientes. Entonces alguien, el más abusado, asociaría esa limpieza dental con un tropiezo y le diría a sus compañeros–. Mira, mira como se limpia los dientes. Imagínate que tropezó con algún desgraciado en el puerto y en vez de clavarse el puñal en el paladar, se rajó un ojo.

Mi parche improvisado consiste en un kleenex doblado en cuatro y unos lentes oscuros. Es nada romántico y bien rudimentario, pero funciona para evitarse las molestias unos minutos, una hora, hasta que me harta y tengo que cambiar la técnica (la otra técnica es todavía más rudimentaria que el parche de kleenex: Mantener cerrado un ojo). He pensado en ir a una farmacia a comprar un parche pero me darán uno blanco, cuando lo-que-más-quiero-en-este-mundo es uno negro (y de piel, de preferencia).

Mis días son más grises, probablemente, por ese ojo que tengo cerrado. Tal vez es el ojo que recibía los colores que daba el sol. Es el ojo bueno, el que podía interpretar las radiaciones, la refracción de la luz, el rebote de partículas y su teatro de luz a ciertos niveles, y ciertas frecuencias. El ojo que sobrevive es el que no le da color a nada y ve las cosas en su forma más simple, más burda. Mira siluetas, mira líneas y mira sombras. Es el otro ojo el que me ayuda a navegar en la oscuridad del mundo y qué, pero qué tristeza, si mi ojo de colores estuviera parchado.

Ya aprenderé.

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escrito por el Jueves, enero 27, 2011

Anécdota del video juego en japonés, y un hermano neurótico.

La semana pasada, invité mi hermano a pasar sus últimos días de vacaciones en Cholula. Trajo su Playstation 2 y una versión japonesa de un juego llamado Kingdom Hearts (2, Final Mix). Es un juego interesante, que junta personajes de dos universos que a simple vista parecerían dispares: El universo Disney y el universo Final Fantasy. En este juego tienes el placer de ver a Mickey Mouse usando un largo abrigo negro, unos ojos de rata enfurecida y blandiendo una espada como si fuera una versión cómica de Conan, el bárbaro. Yo, como fanático de Final Fantasy, disfrutaba las apariciones de mis personajes preferidos, aquellos que me llevaron de la mano a través de horas y horas, de historia y juego. Por otra parte, Disney es el que ocupa un lugar predominante en lo que se refiere a la navegación de mundos. Es decir, juegas la historia de las películas, pero con las intervenciones de Sora (el personaje principal, específicamente creado para la franquicia), Donald (el brujo) y Goofy (el guerrero). La otra cuestión es que los enemigos, y los creadores de todos los problemas en todos los mundos, son Maléfica, Pete (el de Steamboat Willy, ¿lo recuerdan?), unos seres llamados Heartless y la inclusión de los Nobodies.

A simple vista, uno piensa Disney, video juego, juegas las películas… no puede ser tan difícil.

Lo es. Mi hermano no trajo cualquier versión del juego, trajo la versión “Final Mix”, que salió exclusivamente en Japón. La versión “Final Mix” incluye una dificultad llamada “Critical”. Los japoneses, como son curiosos y extraños (así se ven de lejos), cuando tienen un videojuego de este tipo en sus manos quieren sacarle el mayor jugo posible y ese jugo sólo los dejará satisfechos si tiene un picante extra que los haga llorar por dentro y que les carcoma el hígado. Cuando nosotros los occidentales recibimos los videojuegos de Japón que tienen la suerte de ser traducidos, las compañías dan órdenes específicas de que los tienen que bajar de dificultad, para que el cliente disfrute el juego. Los japoneses no lo disfrutan. Ellos necesitan perder años de su vida mientras hacen corajes en silencio y se tragan sus malas palabras.

En algún momento de la vida, jugué la versión normal del video juego. Sólo que no lo acabé porque me distraje… quién sabe con qué. Seguro mi archivo salvado está en la memoria y estoy casi seguro que está a una pantalla del jefe final. En algo me distraje. Así que cuando me dijo que traería ese juego, en la versión japonesa especial, me encogí de hombros y me dije por qué no. Será divertido ver de todo lo que me perdí. ¿Cómo le haremos para entenderlo?, le pregunté. Ya me explicó que el juego tenía todas las voces en inglés para las escenas y qué traía una serie de guías impresas que facilitarían saber todo lo que picamos, escogemos y necesitamos. Genial. Traételo. Ah, otra cosa, añadió. ¿Qué?

Lo quiero jugar en Critical, me dijo.

Creo que hace poco expliqué que el oriental, de alguna manera, vive una cultura de paciencia. La paciencia involucra, pues, que aún cuando estés frustrado por no hacer bien las cosas, necesitas seguir haciéndolo, necesitas repetirlo, una y otra vez. El occidental no toma como sana costumbre la repetición y la paciencia. Esto en términos muy generales, por supuesto. A la mejor estoy disparando el aire, pero aplicándolo a un video juego, puedo entender perfectamente que un japonés repita las cosas hasta aprenderse los patrones que necesita para vencer. El occidental no siempre tiene la paciencia de la repetición y habrá de aventar el control en algún momento, directo a su televisor de miles de pesos, dólares o euros. Dejemos de lado al occidental y a los orientales, y a mis términos generales, hablemos de algo que tengo muy claro… mi hermano no tiene paciencia.

Es el hombre con menos paciencia sobre la tierra. Eso no quiere decir que no deje de intentarlo, sin embargo, verbaliza intensamente sus fallos y golpea los sillones. Tuve que defender mi televisor un par de veces. Cuando lo veo jugar peleas, puedo notar que es rápido, que es preciso, pero cuando está perdiendo, adquiere momentáneamente el síndrome de Tourette y groserías que pensaba inimaginables salen de sus labios, junto con una espuma de corrupción y odio. Mi hermano se transforma. Mi hermano quería jugar un juego en dificultad especial para japoneses. Me encogí de hombros, y me dije, es posible que en esta ocasión, pueda ser paciente y tome esto como un reto divertido, alegre, un reto para el alma, es posible que todavía pueda cambiar.

Así ha de pensar una esposa que sufre de abuso intrafamiliar.

Tan pronto comenzamos el juego y descubrimos que nos mataban con un putazo, mejor me empecé a reír. Me reí durante las pocas veces que tuve el control en mis manos y luego me reí cuando mi hermano se moría. Pensaba lograr uno de esos bonitos momentos familiares, como en las películas, donde ambos reímos por las circunstancias. No debí reírme. ¿Por qué te ríes? me preguntaba mi hermano, con un instinto asesino asomándose por sus ojos, ME CAGO EN LA CACA (redundancia, le hubiera dicho, pero mejor me callé) NOS ESTÁN PARTIENDO LA MADRE, SORA ES UN INÚTIL, EL PUTO DE GOOFY SÓLO ESTORBA (juré ver una lágrima en el Goofy digital y romperle el corazón a Goofy, apuesto que no es bueno para ninguna especie de retribución espiritual en la otra vida). Veinticuatro horas de juego después, le sugerí que lo empezáramos de nuevo, pero en dificultad normal. Tampoco debí.

¿QUIERES QUE REPITAMOS LOS PUTOS PINCHES SEIS DÍAS DE ROXAS? Me sentí como esposa maltratada, como piruja que no cobra lo suficiente por su vida de puta… pero tenía razón. La primera parte del juego, usas a un personaje llamado Roxas, que durante “seis días” (como tres horas del juego, no miento) hace trabajitos en un pueblo de música relajada y eterno atardecer. Es la introducción a la historia. Usas a un personaje que eventualmente, descubre que vive en un mundo inventado, que sus amistades no son reales, que lo tienen prisionero y lo están usando para recoger datos, alimentándole recuerdos que siempre tendrá la duda de si son verdaderos o no, y que además, al final de su parte, deja de existir. Desaparece. Una de las últimas líneas de ese personaje y te lo dejan clarísimo es: “Nobody will miss me”.

No, pues síguele monín, le dije. Así que me enfoqué en mi trabajo de buscar en las hojas las traducciones a todas aquellas partes que no tenían voz en inglés y servirle coca cola.

En algún momento, tal vez por ahí de las cuarenta y tres horas de juego, mi hermano empezó a carcajearse después de morir con uno de tantos jefes. No dejaba de reírse mientras lo golpeaban, y lo golpeaban. Yo lo volteé a ver extrañado, incluso temeroso. Es mi oportunidad de escapar, pensé, pero mejor le pregunté de qué se reía.

–Algunas veces –me confesó, ya cuando pudo hablar–, pienso tantas groserías al mismo tiempo que no las puedo hablar y me ciclo. Entro en un círculo donde las palabras se desordenan y todo lo que pienso es pura basura. Este es uno de esos momentos.

Ya después de ese momento, pareció admitir la complejidad del juego y se relajó. Seguimos ese curioso ritual de intercambiar los controles cuando uno de los dos no podía y abusamos de todos los trucos que el juego podía ofrecer para hacerlo más sencillo. Es una vida afortunada tener un hermano que te acompañe durante varias horas en una empresa, aunque sea una vez al año, aunque sea una vez en la vida, aunque parezca transformarse en el mismo Satanás cuando está perdiendo. Así empezó mi año familiar. Esa semana, como diría Roxas, el inexistente, será uno de esos recuerdos antes de que se termine “el verano”.

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escrito por el Martes, diciembre 7, 2010

Diciembre, diciembre, oh mi querido diciembre.

Unos niños tocaron la puerta, ofreciéndome galletas para salvar el mundo. No sabían que andaba medio desnudo, a punto de bañarme, y tampoco sabían que no había suficiente dinero en mi cartera para salvar al mundo. Dejé que el perro les ladrara un poco más y después respondí: “Ahorita no”. Ni galletas, ni salvar el mundo. Estoy bastante contento como estoy, tratando de mejorar el mío… aunque no tengo que mejorarlo. Es un mundo apacible, es un mundo tranquilo, de cielo azul y muy silencioso. Hasta el cacto lo sabe. El cacto, en sus momentos de aburrimiento, juega con los gatos que en otro momento se hubiera comido.

–Mírame, nos estamos aventando la pelota –dice con una sonrisa estúpida, su agua interna resbalándole por la boca como la saliva del dormido sobre una almohada. Sus ojos se enchuecan.

De madrugada, mientras jugaba Final Fantasy IV, escuché lo que parecieron unos cohetes. Enmudecí al televisor y los escuché. ¿Eran cohetes? En casa, habría sospechado que eran los balazos de las colonias adyacentes. Hice una mueca. Sonaban como cohetes, a no ser que fuera una metralleta. ¿Cohetes a las cinco de la mañana, o seis, de un martes? Estamos en diciembre, cada día se celebra algo en las iglesias. Era posible. Le regresé el sonido al televisor. Escuché a unos niños. Cinco de la mañana, ¿qué les pasa? Mi vecino subía y bajaba escaleras. Cinco de la mañana, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás jugando?

Le comenté a Sol en el coche que tenía tiempo sin jugar tanto, que antes tenía mucho tiempo para jugar. Recordé mi niñez, y el Nintendo después de hacer las tareas. Recordé el tiempo que podía gastar en un juego y no soltarlo hasta sacar lo último. Los retos personales de hacer cierta cantidad de puntos, así como terminarlo en cierta cantidad de tiempo. Uno de los mejores momentos de mi obsesión compulsiva con un control de Nintendo, tal vez fue en la semana santa del 97. Tenía Final Fight, estaba aburrido, me puse a jugar y sin darme cuenta, había llegado con un sólo continue al penúltimo nivel. Ese penúltimo nivel que dura una eternidad (es en serio). A un tercio de nivel lo descubrí, y me emocioné, sentí la adrenalina, estaba a punto de terminar el juego con un solo continue y me quedaban dos vidas.

Ni modo, es hora de ponerse a trabajar. La tarea del hombre adulto. Aunque aquí parece que no existen las tareas, las hay. Tareas que deben hacerse para avanzar al siguiente nivel.

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escrito por el Martes, noviembre 16, 2010

De Twitter: Haz listas.

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Una de las ventajas de twitter, es que si eres obsesivo puedes hacer listas. No le veo otra utilidad. Bueno, sí… pero me gusta más que las listas sean el propósito de un hombre obsesivo, alguien que se la pasa catalogando. Alguien que quiere tener las cosas en perfecto orden.

En mis ratos libres, he armado listas de personas con avatares en blanco y negro. Listas de personas que sus únicos tuits se refieren al buenos días y las buenas noches. Listas de gente que le toma fotos a su comida, desayuno o cena. Listas de usuarios que empiezan con a y cuyos nombres empiezan con b. El poder de las listas puede mantener una obsesión compulsión a una persona tan ocupada, como si estuviera jugando WoW para conseguir esa espada nivel 275 que siempre deseo… ¿qué?

Las listas son una solución para las personas que no pueden conservar un número más frugal de personas a seguir (unas 150-250). No solo eso, también te ahorras las menciones que hacen a otros usuarios que no pertenecen a la lista. Muy útil si tienes contactos que platican en twitter y estás demasiado ocupado, o simplemente no te interesa seguir su conversación. La desventaja de las listas es que, cuando twitter se cae, lo primero que deja de actualizar son las listas. Es lo primero que se rompe.

Hay días que se rompen las listas pero twitter sigue activo. Sí, recuerdo esos días, donde valientemente tuve que entrar al Timeline entero y me perdí entre arrobas, saludos, buenos deseos, trolles, fotografías pornográficas (ah, no, esas son mías), vínculos a otros sitios, social media experts, etcétera. Es peligroso. Sobre todo en hora pico. La hora pico, si no me equivoco y después de leer numerosos estudios, son diez minutos antes de la salida a comer de todas las oficinas. Ya vamonos a comer, dice el colectivo; me voy a chingar unas quesadillitas, dicen otros; voy a ver a mi vieja para que me prepare la comida, ponen por ahí y luego se arroban los unos a los otros.

Cuando se arroban es lo peor, porque haces lo posible para entrar y seguir la conversación, luego ves que la arroba le llega a otro, y a otro, y necesitas ver la conversación, nomás por costumbre, ¿cuál costumbre? Por chismoso. Haz listas. Una que sea tu casa, las demás las amantes y el timeline las prostitutas de la meche. Este, hijo mío, es el mejor consejo que puedo darte.

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escrito por el Miércoles, septiembre 22, 2010

Enciende un iPad.

Hoy leí a Omegar en “Enciende un Kindle” y hace unos días, leí en Tempus Fugit un iPad vs. Kindle. Ahora que tengo un iPad, he estado más interesado por el avance y la mención de ambos dispositivos. Generalmente, hablan de ellos como una competencia directa, pero Tempus Fugit hace un razonamiento preciso diciendo: “Son aparatos para necesidades diferentes y si puedes, deberías tener ambos”. Omegar, al final de su anotación, hace una pequeña semblanza del libro en papel y se dio cuenta al tener su Kindle en las manos, que éste es el final de una era. La era del papel. Es cierto que ya lo veíamos, sin embargo, no es hasta que tienes uno de estos aparatos en las manos que lo confirmas.

El iPad para leer, sirve. Muchos hablan de que lastima los ojos, de que la luz hace que te duela la cabeza, y de que es prácticamente imposible. Los comerciales te muestran gente yendo a la playa o a la alberca con “el producto” y su imposibilidad de leer con la luz del sol. Aparece una chica con un Kindle, buenísima por cierto, soltando el precio del aparato. ¿De verdad, uno va a la playa a leer? Yo pensé que uno se embriagaba, salía a bailar, disfrutaba de la arena y tal vez –sólo a falta de mejores cosas qué hacer–, ya encerrado en la habitación del hotel, se atreva a abrir un libro. Otro comercial muestra a un señor golpeando una mosca con un iPad, en vez de un periódico. Un giro humorista al asunto de la muerte del papel. La vida es un product placement, ni qué decir.

A mí me funciona la lectura en un iPad. He terminado dos o tres libros en el tiempo que lo he tenido conmigo. Con Pages transformo los libros a ePub de una manera muy sencilla. En Calibre tengo control de mi biblioteca digital (y además, así bajo los periódicos que no tienen una aplicación en la tienda). En iBooks leo, y ya. El único problema que tengo con la lectura (y es una cosa que también Tempus Fugit incluye en su artículo), es que es muy fácil caer en la tentación de abandonar el libro, checar los e-mails, el twitter, ver que otra tontería le metes a epicwin y tanta barrabasada esté disponible según las aplicaciones que manejas. Por supuesto… no hago tonterías, no pretendo que el aparato me hará terminar el libro, ni pienso llevármelo a un café a plena luz del día, para leer. Aún si lo hiciera, es fácil y rápido si aumento el brillo a todo lo que da (pero si tengo plantas vs. zombies… ehm).

Sin embargo, el dispositivo no sólo me regreso una constancia y una fascinación por catalogar una librería, también tengo aplicaciones para hacer borradores y garabatos, jugar con un piano (que aprendí poco y ahora quiero aprender más), perderme en el vicio de Plantas vs. Zombies, etcétera. Incluso, he utilizado el método para convertir en e-books las guías de los videojuegos que tengo pendientes. Hace unos días, mientras estaba tirado en enfermedad y mocos, bajé una guía en formato texto, la importé en Pages, indiqué una tabla de contenidos y en media hora ya tenía una guía con separaciones para leer en el iPad mientras jugaba y moqueaba. Lo sé, es como matar moscas con una escopeta, pero me gustan las escopetas.

Hace unos días, alguien retuiteó una brillantísima frase que decía más o menos así: “¿Acaso el futuro de los libros está en pantallas monocromáticas?”. Claro, lo reescribí porque no la recuerdo exacta. Básicamente decía eso. El tweet, parecía hacer referencia a la versión tuneada de “Alicia en el País de las Maravillas”. Uno que sacaron con animaciones, ilustraciones y un bonito motif de papel quemado. Tengo la aplicación. La bajé en su versión light (perdón, lite). Sí, está hermosa. Los libros para niños abundan en la tienda. Cosa poco práctica. En mi experiencia con los niños, ellos suelen tomar el libro para manipularlo, tenerlo en sus manos, supongo que para los niños es muy importante tener el aspecto sensorial de un libro. Karl Konrad Koreander lo sabe bien, los niños destruyen libros. Estaré pendejo e idiota si le diera un iPad a un niño. Es como una prueba de resistencia, esperar a que lo agarre y quiera matar a sus amigos imaginarios a ipadazos. Regresemos ahora a la primera imbecilidad: Un libro siempre han sido letras, oraciones, comas, palabras que juntos llevan una historia, un cuento, poesía. Dos colores. El color del papel, el color de la tinta. El libro no morirá si no usa más de dos colores. Que un aparato de miles de pesos no pueda ofrecer dos colores, bueno… ¿qué decir? No se necesitan sonidos, no se necesita otra herramienta mejor que la imaginación del lector. Estimula tu imaginación y no necesitarás ayuda. El lector más básico siempre transforma los personajes de una novela en personas que conoce, o incluso en sí mismo, ¿por qué arrebatarle eso con ilustraciones, sonido ambiental e imágenes HD?

Eventualmente, me compraré un e-reader más básico. Un Kindle o un Sony Reader. La ventaja del segundo es que ya acepta el formato epub sin tantos rodeos. Sin embargo, no lo necesito. Ya tengo en mis manos una poderosa herramienta de lectura, creatividad y ocio. Sólo exige controlar la necesidad de estímulos idiotas y yo para eso, me pinto solo. ¿Cigarrito?

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