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El café de hace unos años

By on Lunes, octubre 22, 2012

El domingo abrí una caja de Pandora: Los comentarios que solían existir en este blog, cuando era el de los mil nombres y antes de eso, el cibernauta. Tengo un backup en el servicio de comentarios de disqus (además de los múltiples backups en bases de datos). No sé cuántos son con exactitud. Unos quince mil, quizás. No es que mi blog fuera tan popular (un poco… sí, en aquel entonces lo era), también es que atiné con el posicionamiento y los títulos. Algunas entradas atraían visitantes curiosos que deseaban saber el significado de su nombre, nombres para duendes o unicornios (?) o que deseaban compartir el significado de un sueño que tuvieron, y usaban este espacio como un foro para buscar respuestas a cuestiones lejanas a la intención del contenido original. Sin embargo, el restante de esos comentarios son amables y me ayudaron a darle un vistazo al pasado. Ocupé el domingo, tan absurdo y tan cansino, en regresar algunos de esos comentarios al blog. Un año de datos (de los diez que son en total), copy-paste, publicar, editar nombre y e-mail. No pude regresar varios porque en el translado borré un puñado de entradas que ahora están en el limbo binario. También pensé en editar la fecha pero se me hizo demasiado, así que he cometido el pecado de revivir muertos y crear una paradoja anacrónica. Ojalá dios internet me perdone. Cuando hice el traspaso olvidé, sinceramente, que los comentarios también son parte de la documentación, una extensión de los amigos y los lectores que se han conseguido a través del tiempo. Es un testimonio de como han cambiado los lectores blogosféricos, sus modos y sus motivaciones. Hay algo que siempre tuve en cuenta cuando abrí un blog: Sus comentaristas en algún momento se van a cansar y se van a ir. Tienen una vida, los gustos cambian (o el autor se casa, como yo, y misteriosamente se pierden muchas visitas, quien-sabe-por-qué), los autores se abandonan, incluso un autor de bitácora. Los lectores, igual que el escritor (sobre todo uno que platica su vida en este medio), son una cosa viva, con sus problemas, y sus movimientos, y sus encrucijadas. Nunca se sabe a donde irán o con quién te engañarán el día de mañana. Además los distintos servicios que han surgido a través de los años han separado, de manera eficaz y cruel, las motivaciones de un blog. ¿Para qué tener uno de pornografía y ocio si puedes abrir un Tumblr? ¿Para qué tener un blog de tus fotografías si puedes tener Flickr o Instagram? ¿Para qué tener un blog de ráfagas breves si puedes abrir una cuenta en Twitter? ¿Para qué volcar una opinión rápida, sincera y probablemente estúpida, si tienes un perfil en Facebook? ¿Para qué grabar un video si puedes hacerlo en YouTube? Antes el blog era una oportunidad centralizada de unir todos esos rasgos individuales en un sólo lugar. La creación de una isla en el océano digital. El problema era (y todavía es) atraer náufragos a esa isla. Muchos blogueros se inclinaron por la especialización (blog de diseño, blog de tecnología, bloguétcetera), otros se dividieron en sus múltiples redes sociales y finalmente, el puñado de necios que, por cariño a la herramienta y por sus propios fines, siguen trabajando diligentemente en su paraíso personal. Me incluyo en el último. Tuve un blog para escribir y ahora escribo porque tengo un blog. Gracias a él, he publicado, sigo creando historias y quizás consiga muchas más cosas en el camino. Hace años era obligatorio tener una taza de café y pasear diariamente por los múltiples comentarios que dejaron en días anteriores, anotarme los triunfos, recibir las amabilidades, soportar los fueras de contexto y tragarme uno que otro comentario anónimo y ponzoñoso. Hoy la taza de café es para iniciar el siguiente texto, tallarlo, pulirlo, enviarlo en la botella y que corra solo, quien sabe dónde, quizás nadie lo lea, desde mi isla al...

Es muy fácil decir que es igual, o que no lo es

By on Sábado, septiembre 15, 2012

Tomo fotografías a los árboles de ramas pelonas. Me gustan los patrones: líneas naturales casi infinitas, sus divisiones rompen el cielo, las nubes, la luz. Se convierten en una película para ver la realidad de otro modo, un filtro arbóreo que enmarca en un capricho fractálico la vida, o lo que quieras. En la iluminación nocturna se convierten en rompecabezas, cascadas de luz reflejada en la madera. La otra vez miraba a uno de esos árboles (sobran en otoño, aunque sobran en cualquier ciudad de aire lamentable y de gente olvidadiza) y contuve las ganas de fotografiarlo. Así como sobran esos árboles en las ciudades, también sobran las fotografías. Muchos otros han mirado el mismo árbol que miré yo, quizás algunos de ellos tomaron la misma fotografía, con el mismo encuadre y el mismo impulso de captura. Dejé al árbol en paz, abandonando así mi oficio (momentáneamente) de paparazzi para driadas. Pensé tristemente que todos los árboles son iguales (y a la vez, no lo son). Es decir: Los patrones cambian, es obvio, la contraluz ofrece figuras distintas, ¿pero cuánta paciencia humana se necesita para hacer cuentas de las ramas, y sus bifurcaciones, y diferenciar las sombras de un árbol de otro árbol? Es muy fácil darle un nombre, una identidad, a uno de ellos si conocemos el tipo y el lugar donde se encuentra, pero si sólo tuviéramos fotografías de sus ramas multiplicadas, la tarea se convertiría en algo laborioso. Una exigente de esos trucos mágicos que, el hombre promedio, sueña con dejárselas a su portentoso cerebro, al inconsciente, con la confianza de que su flojera se verá vencida por la fortaleza cerebral y recibirá espontáneamente la capacidad de hacer algo que nunca ha estudiado, o educado. Supongo que distinguir ramas y sus sombras, es como de lejos, mirar las hojas de los libros abiertas. Sería imposible distinguir un libro de otro libro, a no ser que nos acerquemos a leer y nos sumerjamos en el proceso intelectual de desmenuzar, entender las palabras. ¿Se puede, o se debe siquiera, hacer lo mismo con las ramas de los árboles? ¿Qué se quiere comunicar con una de esas fotografías? Tengo centenares de ellas que he juntado a través de los años. Luego las barajo como se baraja un enigma. Supongo que me gustan, es la salida más fácil, y después pienso en pintura, en trazos, en manchar una hoja en blanco con la tinta. Las sombras me dicen de la tristeza, del abandono de las hojas, el inicio del otoño, una breve imagen poética dedicada a la muerte, tétrico y hermoso, o a las estaciones, las etapas de vida, porque también conservo fotografías de árboles frondosos, de hojas groseramente verdes, necias, que se alzan sin empacho a recibir el derecho de la fotosíntesis. Será. ¿Qué clase de cosas se podrán leer en las ramas de los árboles? Quizás cada hombre puede encontrar su fortuna en ellos, un mensaje encriptado listo para ser descifrado, así como un lector se acerca a las páginas de un libro lejano y encuentra un nuevo camino a...

Los nueve mil desaparecidos.

By on Sábado, junio 16, 2012

Este es un artículo que se publicó en mi columna mensual (La Habitación de Humo) en el número 24 del suplemento Guardagujas, de la Jornada Aguascalientes. Puedes leer el número completo en issu, así como números pasados. Hay una nota cuya explosión es notable y que sigue resonando en el país: La muerte de Juan Francisco Sicilia y la cruzada de su padre –Javier–, por descubrir a los responsables del crimen. Recientemente apareció una segunda noticia donde la CNDH liberó un comunicado apoyado por la ONU que dice que desde el 2006 para acá, son nueve mil los muertos que no tienen nombre y un poco más de cinco mil los desaparecidos. La ONU no quiere que México niegue a sus muertos y exige una solución humana al país para que exista un registro. Ambas notas son la consecuencia natural de una guerra. En la primera nota tenemos a un mártir y un padre que está por convertirse en un héroe para todas las familias que están buscando una resolución a la muerte de uno de los suyos. Son familias que buscan un cuerpo entre esos nueve mil cuerpos sin identificar, o que bien, necesitan saber si hay un cuerpo entre los cinco mil nombres desaparecidos. El poeta se ha convertido –a costo muy alto– en un abanderado. El poeta es la voz que… naturalmente, le faltaba a esta guerra que se está luchando. La CNDH exige que el ADN de los muertos sin nombre, se conserve en una base de datos para que, eventualmente, cuando las cosas estén más relajadas, alguien tenga la delicadeza de descubrir el nombre de los muertos y notificar a los familiares que han perdido a alguien. La ONU decidió apoyar la exigencia porque, pues, es de humanos ponerle nombre a los muertos y dar las noticia para que los familiares puedan practicar el rito del abandono y del continuar viviendo. Me imaginé al hombre que tuviera esta labor de clasificar a los muertos. Una especie de bibliotecario que tuviera la triste labor de guardar los datos: una gota de sangre, un pedazo de piel, forma y tamaño de las dentaduras. Me lo imagino acariciando los cuerpos como si fueran libros y retirando un pedazo de sus hojas, para guardarlos en pequeños contenedores que, como en una profecía, eventualmente serán abiertos. Me lo imagino vestido de negro, acomodándose los anteojos y con el rostro más serio del mundo, porque si piensa mucho en ello, empezarán a temblarle las manos y se encerrará en un cuarto a llorarle a los que no tienen nombre, como Don José y sus manos que paseaban entre las actas. Me imagino a este bibliotecario solo, abandonado en un edificio que le habrán quitado a algún empresario por no pagar impuestos, recibiendo órdenes del gobierno en turno. Cada año le cambiarán a los asistentes, pero él se queda porque es el único que puede hacer la chambita lúgubre y además de que no quieren entrenar a otro, ya nadie quiere su chamba. Tiene una fuerza de voluntad extraordinaria, tiene la paciencia para decir que sí a órdenes obtusas y puede sentir el temor a los hombres que dan órdenes. Obedecerá cuando un partido pida que los contenedores sean de plástico, y otro partido pida sus contenedores de vidrio rosa. asado algunos años, el bibliotecario de los muertos se presentará ante el Presidente y el seleccionado por la CNDH, por la ONU, para dar cuentas de sus logros y para, por supuesto, enseñar el color de los contenedores tan preciados. Después de esa breve reunión, el bibliotecario regresará a su soledad, a la compañía de sus libros humanos y prenderá una o dos computadoras, que harán correr los procesos que le ayuden a descubrir los nombres. Cada día se descubrirán uno, dos, o diez nombres, pero nunca serán suficientes. Su cuota diaria entre los nueve mil que ya tiene y los que están muriendo diariamente, harán de su tarea algo imposible. Cada diciembre, se presentará frente a televisión y liberará por internet, una lista de todos los muer- tos que logró identificar en el transcurso del año. A veces, esta misma lista será quienes avisen a los familiares que buscaban paz, otras veces, habrá tenido el apoyo de un noble equipo de trabajo que pudiera llevar o entregar las notificaciones. Durante los primeros tres años, me lo imagino vi- viendo con la esperanza de que algún día terminará y luego, me lo imagino diez años después, canoso y de lentes más gruesos, con unas cuantas arrugas en los ojos por los días en que no pudo contenerse y ya con la experiencia de que la esperanza es un lujo para los que no están pasando sus dedos entre los cadáveres, los dientes, y los dedos inertes, bus- cando pedazos de piel que pueda catalogar como libros. Me lo imagino haciendo esa relación: La persona es un libro, un diario de experiencias que lo deshojaron o lo quemaron abruptamente porque su impresión, lamentablemente, se dio en un país que no aceptaba los libros, ni el placer, ni la vida. Me imagino a este bibliotecario mirando por el televisor las marchas que se dieron en honor al hijo muerto y al padre de corazón roto. A veces me lo imagino sonriendo a medias y lo escucho susurrar una majadería triste y verdadera. Al menos tu muerto, poeta, tiene nombre. Otras veces me lo imagino...

nueve pensamientos de tener treinta.

By on Lunes, diciembre 12, 2011

Anoche me dijo un tío–. Con qué… ¿treinta, verdad? ¿Qué se siente? –Le pregunté a que se refería. Olvidé por un momento que había atravesado una década y que, inevitablemente, dejé atrás los veintes para siempre. Mi tío se rió, me di cuenta a que se refería pero fue demasiado tarde. Él me dijo–. No te preocupes. Tienes todo un año para acostumbrarte. Me gustaba imaginar que tendría treinta. Ya tenerlos es otra cosa. El día que cumplí años caminé con Nico, mi basset, por terrenos inexplorados. Dimos una larga vuelta por una de las avenidas más grandes de Puebla (y cuyo nombre, ahora se me esfuma). Paseamos por parques, camellones, calles de transición que unen al centro con avenidas, vecindarios abandonados y centros escolares. Terminamos exhaustos. Sin embargo creo que esa enorme cantidad de nuevos olores la hizo crecer un poco. Tal vez yo también crecí. Recibí muchos mensajes por Facebook pero me hubiera gustado más que vinieran. Ni modo. “You can’t always get what you want”. Ayer alguien me preguntó mi edad. Para seguir la conversación, me dijo–. Ah, yo fui a una fiesta de treinta hace poquito –Pregunté cómo era una de esas y no me dieron una respuesta satisfactoria. Probablemente, como un resultado en mis cambios de edad y la soledad de mi oficina, compré dos cactos nuevos. Uno se llama Carver (el cual es una palma de Madagascar), y el otro se llama Ulises. Cambié a Bob a una maceta mucho más grande, con esperanza de que los años lo harán crecer tan grande como un hombre. Los pequeños cactos esperan su turno en la ventana de la oficina. Pasarán años, lo sé. Llevo en mi teléfono una aplicación para registrar momentos (como el nombre de la aplicación). Es una manera novedosa y poco intrusiva para tener un diario, y responde a las exigencias de anotar algo con rapidez. En ese cuaderno digital registro pensamientos breves e íntimos. En algún lugar debo hacerlo. También podría funcionar para registrar ideas mientras camino (libros que quiero hacer, proyectos que deseo concluir). Parece que a estas alturas, mi uso de las palabras: nenorra, chaviza, chipocludo, fiestuca, entre otras… delatan mi edad y me convierten en un hombre muy viejo para cierto target. He dejado el cigarrillo, he bajado cuatro kilos controlando lo que como, he tomado dos litros de agua diaria, camino dos veces al día con Nico (el basset), todos los días riego mi jardin. Parece que he llegado a un estado de tranquilidad budista. Quién sabe. Tal vez con los treinta cumplidos, me convertiré en un asesino serial o en el productor de películas pornográficas que siempre soñé. ¿Escribir? Qué vocación/oficio tan...

espera de una fecha que está por ocurrir.

By on Sábado, diciembre 10, 2011

Mañana cumplo años. Dejo atrás los veinte para entrar a los treinta. Si estuviera aquí mi tío Rafael, me diría–. Bienvenido a los tas –Sí pues… bienvenido. ¿Qué pensar? No es una ambigüedad neurótica. Sencillamente no lo sé. No me imaginé cumpliendo treinta. Creo que nadie. Pienso que treinta es el número más alejado en la mente del hombre que vive comodidades y colecciona recuerdos felices. ¿Treinta? Jamás, quién sabe si llegue, si no me mata primero la peda, o los amantes, o los excesos, o las idas a jugar fútbol a la cancha. ¿Treinta? He tenido treinta en libros, en películas, en videojuegos. ¿Qué me puede importar? En cambio, cuando vives en el siguiente espectro de la edad (los treinta), tienes presente –como un susurro que gradualmente, según los años, aumenta de volumen– piensas en los cuarenta y como llegarás ahí si haces las cosas bien. Sergio Corona escribió, o dijo en una entrevista, el truco para tener una vida plena, una vida sana o abundante–: Haz tus deberes y pórtate bien. Con eso todo estará en su lugar –Pienso en ello, de vez en cuando, mientras doy tumbos con el cochecito contra una u otra calle. ¿Deberes? Me imagino que es esa larga lista que te entregan en un pergamino sellado cuando naces, y que cuando lo abres, escribe en tiempo real todas las expectativas de la sociedad: estudia, termina una carrera, cásate, compra una casa, una mascota, ten hijos, procura a tus nietos, etcétera. El pergamino de los deberes perpetuos. Dejemos para otro día los pensamientos… reflexiones que se resuelven o que se olvidan con el tiempo. Es hora de bajar a la cocina y preparar la comida para los invitados. Vendrán los que puedan y los que quieran, y su presencia, al final, es como un vaticinio de la etapa. Quienes estarán para acompañarme (o guiarme, o picar con el dedo) durante, esperemos, una decada más. Un cumpleaños no sólo se trata de uno, sino de las personas con las que desearías vivir… o morir. Es lo mismo. La vida es muerte lenta, o la muerte es cuando acaba de gotear la vida. Sí, dejémoslo para otro...

aire decembrino.

By on Miércoles, diciembre 7, 2011

El aire decembrino enfría los cuerpos y, aunque tienen que levantarse a trabajar o a estudiar, sienten la pesadez de los párpados y la necedad en las piernas. Casi es hora de mandar por culo a los deberes. Así, tal cual. Hay luces en las calles, algunas pláticas giran en torno a los regalos o los viajes, o las comidas, o las calorías… Luego está el cuerpo, que sugiere descansos intermitentes, más horas de sueño, bebidas más cálidas y horas más estáticas. Nuestro espíritu de oso abre los ojos para sugerir la hibernación. Diciembre no es un mes cruel. Sólo es un mes frío… un mes dormido. La crueldad son los recuerdos. Las iglesias de Cholula hacen ruido y explotan cohetes con más regularidad. Cholula, en diciembre, convierte su tiempo en niebla espesa. Las tiendas abren más tarde; las bicicletas pasean a hombres y mujeres tapados con bufanda, abrigos, chamarras; en la ventana de los cafés escapa más vapor del acostumbrado. En diciembre riego mi jardín y la humedad se convierte en un cristal. Ya casi es hora de evaluar los propósitos y preparar un cuaderno con los siguientes buenos deseos. Esos cambios que según, esta vez, ahora sí, lo prometo por Dios y por mi madre, y mis abuelos, y las canas de mis ancestros y los pañales usados de mis niños, esta vez voy a cumplir. Por ejemplo… yo creí que este año llegaría a los cien libros leídos. Me lo tomé muy en serio a mitad de año. ¿Y qué pasó? Que solamente llegué a 60-65 (sin contar el manga), y que es imposible, en unas cuantas semanas, anotarse los cuarenta que faltan. Leer no es algo sencillo. Hay que sacrificar muchas horas de televisión, de internet y de ocio. Entregarse al placer de la lectura es un compromiso. Pude cumplir otro propósito: Cambiar el tema del blog por uno “menos blog”. Mudé piel para cerrar el año y empezar el siguiente. ¿Cuánto tiempo me durará el gusto? Ah, quién sabe. Cambiar el diseño del blog, me parece, es uno de mis caprichos más consistentes (lo mismo que escribirlo) en estos ocho o nueve años que se ha mantenido arriba. En estos tiempos, pienso, los diseños de una bitácora importan poco… habiendo herramientas como los feeds, instapaper o readibility. El diseño de un blog es un capricho cada vez más superficial. El único que parece crecer en diciembre es mi cacto. Ha expulsado otras dos bolas espinosas. ¿En qué se estará...

desvanecer.

By on Sábado, diciembre 3, 2011

Escribo acerca de un personaje que tiene una condición cardiaca. Las cajetillas de cigarros advierten los problemas cardiacos que puede traer la vida del fumador. Dejé de fumar otra vez. Llevo dos días. Mañana será el tercero. El tercer día para el que está dejando de fumar es muy importante, porque es el día en que la nicotina abandona su cuerpo y después, todo queda en la cabeza. Miré un episodio de “Quantum Leap” donde un luchador tiene problemas del corazón. ¿No es lo mismo que pasa en “The Wrestler”? Escribo acerca de un personaje con un corazón enfermo y no sólo me intereso por las guías que pueda dejar la ficción, también leo detalles de lo que sucede con las venas, con la sangre, con el oxígeno, con los límites que pueden y desean empujar para que nadie decida sus vidas. Ni siquiera el corazón herido. Lavaba platos y luego recordé un episodio infantil. Jugaba en casa. Me atraparon, me hicieron cosquillas y no podía parar de reír. Me reía, me reía hasta que todo se volvió blanco y las cosas se multiplicaban. Debía ser culpa de las lágrimas. Seguía riéndome. Mi risa se escuchaba como el eco de un espíritu que me está observando. Mi risa se convirtió en algo ajeno. No podía jalar aire. Es la única vez que he reído tanto. Me mareé y me dejé ir. Me abandoné a una exigencia desconocida, intrusa y necesaria del cuerpo. Mi tía me dijo que me desvanecí por cuestión de segundos. Le sonreí. Pensaba que jamás reiría como aquel día y es la verdad. Jamás he reído hasta desvanecer. Entonces pensé en el personaje con su enfermedad cardiaca. El personaje insiste en un deseo: terminar su vida en una explosión, digamos, “espiritual”. La secuencia obvia implica un orgasmo pero luego se me ocurrió la risa. Enjaboné un plato, un vaso, dos tenedores, me miré distorsionado en una cuchara y acerqué la cara. Como si pudiera platicar con él, le dije que podía matarlo de risa. Él me respondió tranquilo, encendiendo el cigarrillo que yo no puedo, que no estaría mal… siempre y cuando la muerte fuera su destino. ¿De quién no lo es?, le pregunté, ¿de quién no lo...

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