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Cuentos

13046 (Juliette / Rollin’)

Posted by on 12:00 am in Aleph, Boris Santiel, Contemplacion, Cuentos., El sexo, Hojas, Las historias., Los personajes. | 0 comments

13046 (Juliette / Rollin’)

Fragmento del diario de Boris Santiel: “Necesito un periodo de euforia. Escucho Rollin’ y me acuerdo de S. Tengo 19 años, estoy en el espacio bajo la escalera y miro como todos bailan, sobre todo S. Pienso que me gustaría ser otro, no el penoso que invitan a la fiesta para mirar como se emborrachan, sino el invitador, o al menos el que propone dónde es la peda. Si fuera así, podría salir de las sombras y tomar a S de la cintura, y que mueva esas nalgas junto a mí, me las restriegue, me saque a fuerza de caricias forzosas el deseo que tanto contengo. Alguien me ofrece un cigarrillo. Me rechazo a mí mismo (Gracias, no fumo) y acepto por primera vez. Me lo prenden, tomo la primera bocanada, toso, se ríe el ofrecedor, lo miro. Es un chavo de otro grupo, con un vodka en la mano se pone a platicar conmigo de viejas y de como fumar correctamente. Me río con él, me río cuando se ríe, fisgo el baile de S. ¿Te gusta la güerita? Sácala a bailar. Es que estoy medio borracho, respondo, no sé bailar, haré el ridículo. No mames, me dice el cabrón, dándome una palmada en el hombro, todos están borrachos. A nadie le importa como bailes. Me acuerdo de una tardeada, en otro lugar, en un antro por el sur de la ciudad. Una mujer me dio las gracias por bailar con ella cuando se fue su pareja. A mí, darme las gracias, me voló la cabeza. Necesito un pedazo de euforia. Escucho Rollin’, tengo 21 años, S y yo éramos buenos amigos. Una vez la invité a mi casa, y ambos, desnudos sobre la cama, platicamos un rato mientras ella sostenía con firmeza mi sexo sobre las manos. Esa tarde vimos videos en mi casa, videos pornográficos de mujeres cogiendo con mulos, teníamos curiosidad. Le gustaban los hombres excesivamente musculosos, por eso me sorprendía que estuviera con un tipo como yo. Al hablar se convertía en otra, dejaba de ser la diosa que miraba de lejos, se convertía en una niña sin capacidad de hilar una cosa con otra, parecía desesperada de compartirse, alguien como...

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Lotófago

Posted by on 4:32 pm in Aleph, Cuentos., Hojas, Las historias. | 0 comments

Lotófago

AP. AM. N. Why are we weigh’d upon with heaviness, And utterly consumed with sharp distress, While all things else have rest from weariness? All things have rest: why should we toil alone (…) Alfred Tennyson. La vida se ha vuelto más interesante. Echado frente al palacio donde solía vivir, paso mis días revolcándome en la tierra para tratar de quitarme el olor a sal que se ha impregnado en mi piel, a falta de cuidados, a falta de caza. Ya no me extraña, ni me preocupa, que se aparezcan las Parcas. Las hermanas me observan, calladas, jugando con sus materiales, y entonces mi presencia se vuelve incierta. Cierro los ojos esperando despertarme en otro lugar. Todavía no pasa. Me quedan días, horas, no lo sé. Justo ahora que la vida se ha puesto interesante. Hace poco salió el hijo del Cazador. Apestaba a miedo y amargura. Los hombres son como la tierra; su vida se desentierra como un tesoro, o un hueso, a través de los olores. Conozco bien al hijo del Cazador. Sus olores me son familiares. Sin embargo, una capa de miedo y amargura tiene años acumulándose en su piel. Si persiste es lo único que se sabrá de él. Desde que se fue el Cazador, Ciento Ocho hombres vienen todos los días a su palacio, a robarle sus presas y consumir su vino. Aunque conté sus olores ya los miro como una sola presencia, codiciosa y funesta. Fui de los primeros a los que dejaron de alimentar para darles de comer a ellos. No me echaron, me eché solo. Algunos sirvientes permiten que regrese y me robe una gallina por respeto a que fui el segundo del Cazador. Esos son buenos días. Los Ciento Ocho salen y entran del palacio. Su olor a codicia crece día con día. Tiene poco que se les huele inciertos. Entonces presto atención: la gente murmura en la oscuridad, detrás de las paredes, se vigilan unos a otros, hablan de un regreso, y finalmente aparece la diosa lechuza, que se disfraza caprichosamente de viejo o de joven, y engaña con sutileza para provocar quién sabe qué cosa. Algunas veces ella me observa con curiosidad. Su mirada me recuerda cuando era pequeño y me distraía algún movimiento entre los arbustos. Es intensa y espontánea. Por algo lo hará. Se acerca un viejo vagabundo. Una ráfaga de viento empuja una multitud de olores. Mi curiosidad despierta. También despierta el olor a lechuza. La diosa me vigila. Las Parcas se ven más claras que otros días. Conmovido, rasco una de mis orejas. Hace mucho que no me prestaban tanta atención. Camino despacio hacia el hombre. Prudencia y lentitud. El Viejo Vagabundo se percata y parece recibirme. Se acerca sin vergüenza, sin temor. Tal vez es un espíritu bondadoso. Confío en que no piensa alejarme a patadas o molerme a palos. Ojalá le sobre un pan. Ojalá quiera un compañero. Soy nadie desde que se fue mi compañero, el Cazador. Acompañar a otro estaría bien. El Viejo Vagabundo camina erguido, preparado, valiente. Entiendo, por su postura, que podríamos ser muy buenos compañeros. Los espíritus nos observaban con interés, la diosa parecía enojada, como si mi intervención pudiera descomponer el resultado de todas sus intrigas. Que se enoje. Acerco mi nariz a los pies desnudos...

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La cosa que rasca en las paredes.

Posted by on 5:54 pm in Aleph, Bocetos., Cuentos., Hojas, Las historias., Otros ejercicios. | 0 comments

La cosa que rasca en las paredes.

Este cuento se escribió a tuitazos. Para Zantcher. Le dice a la cosa que rasca entre las paredes que ya se acostumbró, que siga, que no le importa. (Le daba pena confesarle a la gente que él no tenía control de dónde lo llevaban sus pies). Sigue rascando, hace un agujero, se asoma un dedo largo, un silbido, un ojo. Se arregla con un poco de cemento. (El gozo cuando la sombra aprende a molestar a su cuerpo). No dejaré que el demonio salga de mis paredes esta noche, se oye, dice, se ríe. Así hay mucha gente que protege su casa y sólo algunos tontos se distraen para tuitearlo. Pues un cafecito, ¿no? ¿No estaría? Pregunta, mientras tapa el agujero de su pared. Se quiere reír para que no le gane el sueño. Luego gritan. Nadie grita. Sólo es que tiene mucho sueño y ya se imagina cosas. Igual y el agujero también se lo imagina. No es nada. Diablos en las paredes. ¿Qué pifias son esas? ¿Qué piltrafas fifircihes petrimetes sarahuatadas y chingados son esas cosas? Agujeros. Abre los ojos. Se quedó dormido. Soñaba que reía, la mezcla de cemento en sus manos. No es un agujero, son muchos, más de los que puede. En ese caso, le susurra un diablo apretándole el hombro, lo mejor es incendiar la casa. ¿No cree? ¿Ya pa’ qué se molesta? El tipo empecinado sueña con poner cemento en todos los agujeros. Algo le dice que lleva mucho tiempo despierto. La casa es un sueño dentro de otro sueño, dice su cuerpo mientras él, sueña con el trabajo infinito, el trabajo perfecto e interminable. (A veces cuando el diablo sueña con el diablo, se asusta). Cuando despierta, se echa la carcajada. Se descubre encerrado entre las paredes. Hace un agujero, alguien más lo tapa, se ríe, se...

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De los monstruos.

Posted by on 1:05 am in Aleph, Bocetos., Cuentos., Hojas, Las historias. | 0 comments

De los monstruos.

Los monstruos necesitan héroes para fortalecerse. No se trata de la criatura que mate más. Al revés: los monstruos que pierden se agrandan con el fracaso. Luego renacen con más ganas de morder los miembros del imbécil que se atrevió a mancillarlos con sus ganas de aventura. Un creador de monstruos tiene todo tipo de materiales a su disposición: brazos desmembrados, ojos de sapo, sonidos de perro hambriento, placas de hierro cubierto en óxido, gotas de fuego para los ojos, para las uñas, para reemplazar a la sangre que saben, la perderán fácil en las batallas. Los monstruos, similar a los golems, nacen tan pronto su nombre es escrito. ¿No me crees? Imagina: Yurinia, Almengrado, Hupisio, Ramamorti, Crudohiel. Puedes borrar el nombre, pero el monstruo sigue existiendo. Nace por ahí, con suerte muy lejos de ti, y dedica toda su vida a preparar su primer encuentro contigo. No todos los monstruos tienen ganas de masticar sangre y huesos. Algunos sueñan con ser cocineros, otros quisieran habitar los sueños de tus hijos, los más pobres viven en los bosques para dibujar árboles en su cuaderno. Su monstruosidad, quizás, radica en la poca paciencia que tienen ante las interrupciones de su propósito de vida. Los monstruos que se alimentan con libros de auto-ayuda crecen, en tamaño, motivados por el deseo de ser mejores cada día, ser millonarios, educar a sus hijos para tomar decisiones frente a los dilemas morales cotidianos y, por supuesto, descubrir el secreto para la libertad económica hasta llegar a ser millonarios y prósperos. La desventaja de aquellos monstruos es que se quiebran fácil contra una varita de trigo, de maiz. No, con un palillo basta. Algunos niños creen que pueden capturarlos en pequeñas bolas de plástico bicolor. Presas fáciles, dicen los monstruos, pero tiernas y ligeras de nutrientes. Los monstruos se sienten apenados cuando los humanos insisten que ellos también pueden ser monstruosos, horribles, terroríficos. Algunos, sin duda, lo consiguen después de hacer los sacrificios necesarios para convertirse en uno. Ignoran que atraviesan una línea muy débil. En cualquier descuido, se regresan a un estado humano más patético que el anterior. Hay monstruos, como algunos ya saben, en las formas cotidianas: una mancha de tinta, un error de impresión, en el ruido blanco, en la ceniza del Popo, en la estatua de un Cristo enrojecido con pintura y con sangre, en un vaso lleno de agua cristalina y en las plantas de los pies, junto con los hongos del pie de atleta. Los monstruos que viven en tu almohada toman nota de tus sueños y tus pesadillas. Hacen bocetos, dibujan planos, diseñan disfraces. Toda idea es valiosa: reemplazar sus manos con un garfío, ponerse dientes de cocodrilo, ojos de vidrio para construirse mil ojos y los labios gruesos de esa muchachita, sí, juran que se les vería mejor a...

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Ansiedad.

Posted by on 4:25 pm in Aleph, Bocetos., Cuentos., Hojas, Las historias. | 0 comments

Ansiedad.

Un perro pequeño con el pecho erguido se acercó a ellos. Desde lejos trataba de acertar su dominio. Lo vio bien alimentado, los pelos blancos que tenía en el pecho estaban limpios, su lomo de pelos café brillaba saludablemente. Mala cosa que caminara recordando la discusión con el padre. No puedes cuidar nada, le dijo, no puedes cuidar siquiera a tu propio perro. Mala cosa, pensó, una oportunidad para demostrarle que se equivoca. Sonrió chueco mientras el perro extraño se acercaba. Puedo cuidar el mío, pensó, puedo cuidar al otro. Su propio perro ya estaba con las orejas paradas, esperando. Tranquilízate Orejón, dijo el hombre y le acarició el lomo, tranquilízate. Ciñó la correa del perro que llevaba para que no se emocionara demasiado con la proximidad del intruso. Extendió la mano. Había leído que si el perro se acercaba a olisquear entonces habría ganado un poco de su confianza. La oportunidad recargó la nariz en la herida que tenía en la mano, y luego lamió, como si con ello pudiera retirar el abuso, los regaños, el agua hirviendo que le tiró encima un día de mucha furia. El intruso se llamaba “Cofy” según su placa de identificación. Hizo una mueca. Cofy. Había un número telefónico. Tan pronto lo soltó, los perros se excitaron y empezaron a seguirse, a perseguirse, a rodearlo. Orejón jalaba la correa. No había coches alrededor y el parque estaba vacío. Recordó el día que su padre le puso el pie en un parque lejos de allí. Un parque que ya nunca visitaba. Estoy enseñando a que te caigas, luego le tendió la mano mientras se acomodó el cigarrillo en los labios, vamos… ¿ya te puedes levantar? Le gustaba contar esa historia para que su vida pareciera envidiable. Se la había contado a sus novias, a sus familiares lejanos, a sus profesores, a los entrevistadores de trabajo. Luego se frotaba la cicatriz de la mano y terminaba con–. Siempre sabré levantarme. Mi padre me enseñó desde muy temprano –El final siempre le ganaba algo. Detuvo a Cofy del collar. Sacó el teléfono del bolsillo e intentó hacer la llamada. El padre estaba muerto. Lo que vivía era su necesidad de pedirle permiso para hacer las cosas. Primero había pensado en llevarse el perro a casa. Ignoraba la raza pero le gustaba que fuera un perro pequeño, de orejas puntiagudas y de confianza extraordinaria. Orejón era distinto: Un perro mediano, de orejas grandes que colgaban y se tambaleaban a la hora de caminar. Cada vez que tomaba asiento para limpiarle las orejas, sentía que le apretaban el hombro y una mirada firme que le mostraba todas las decisiones erróneas que había tomado. Ni siquiera puedes limpiarle bien las orejas, ni siquiera puedes dejarlo solo porque ya te está llorando. No puedes enseñarle que viva sin ti. No como lo hice yo. La cicatriz empezó a dolerle. Al otro lado del teléfono le dijeron que marcó mal el número. Los perros se lanzaban mordidas inofensivas y trataban de saltar uno alrededor del otro. Dejen de jugar, murmuró, colgó y detuvo de nuevo a Cofy para verificar los datos. –Los números están mal… me falta uno –apenas murmuró el hombre. Con su pie detuvo la correa de Orejón para limitar su espacio. Se arrodilló para detener a Cofy...

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diario de otro hombre aburrido que mira una vaca.

Posted by on 5:10 pm in Cuentos., Las historias. | 6 comments

diario de otro hombre aburrido que mira una vaca.

Día 1. La vaca muge y apenas camina. Mueve las orejas como pequeños discos satelitales cuando pongo música. Me pregunto si se hará costumbre asomarme por la ventana y prender un cigarrillo para observar al animal, mientras pienso graves cuestiones existenciales. Vigilar a la vaca. Podría escribir un libro de eso. Estoy vigilando a la vaca y quiero encontrarle un propósito a su existencia rumiante, tragapasto. Cuando le comento a mis amigos citadinos que mi vecina es una vaca, se ríen y dicen que quisieran conocerla. Me ha costado trabajo explicarles que vive en un terreno independiente y que acercarse a ella, probablemente traerá la ira del dueño, de su jauría de perros y de los chanates que están acostumbrados a molestarla picándole el cráneo. Día 2. Le platiqué a mi esposa de la vaca. Le parecieron divertidos mis descubrimientos. Día 3. Hoy estuve tuiteando acerca de la vaca. Una escritora me agregó a twitter y estuve un rato platicándole de la vaca. Ella, chilanga también, parecía entretenida leyendo las anécdotas de mi rumiante amiga. ¿Será posible que una vaca pueda ofrecer en su figura una increíble cantidad de posibilidades lúdicas y literarias? Hay músicos, caricaturistas, animadores y escritores que encuentran cierto misterio en la pasividad de uno de esos animales. Aún cuando lo hagan de manera chistosa, la vaca parece de los primeros animales que están en contacto con civilizaciones extraterrestres, como si ellas supieran algo que al humano se le escapa. Las vacas entienden. Observaré a la vaca intensamente. Puede que su vida esconda algo. Día 7. Llueve y la pobre vaca, sigue rumiando el pasto. ¿Por qué no busca el resguardo? Imposible. Los dueños del terreno no tienen un establo donde meterla y simplemente la dejan vagar libremente. También en días de lluvia. La pobre vaca se está mojando y solamente sabe mugirle a la lluvia. Mugir como una respuesta a los días malos que algún dios cruel nos impone. ¿Será que estoy a punto de descubrir algo? La vaca camina descuidadamente por el terreno, a un lado de un pequeño charco que se acumula por las gotas de lluvia. ¿Las vacas beben? Será mejor que regrese, rápidamente, a la ventana para seguir anotando mis descubrimientos. Día 8. Me pareció escuchar el balido de unas cabras, pero me asomo a la ventana y suelo encuentro a una vaca. ¿Me estoy volviendo loco? ¿La vaca estará tratando de comunicarse conmigo? Día 9. Mi esposa me ignoró cuando le platiqué de la vaca y de su mensaje. Día 12. Los dueños de la vaca, en una broma cruel, ataron dos cabras a su cuello. Una de las cabras, la más joven (pero qué se yo de esas cuestiones, lo que digo es resultado de comparar tamaños), quiere salir corriendo pero cuando comienza a trotar la vaca pone toda la fuerza en sus pezuñas y la cabra idiota nomás tensa la cuerda. Todo el día he pensado en ese chiste estúpido: “A esta vaca no se le van las cabras”. Sonrío ligeramente, enciendo un cigarrillo y observo como la fuerza de ambas cabras se cancela porque no entienden que están lidiando con un animal superior a ellos: La inercia de un animal indiferente, dios de la paciencia y el descanso. Salen los dueños y me oculto entre las persianas,...

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Nos hará bien.

Posted by on 10:52 am in Cuentos., Las historias. | 0 comments

Nos hará bien.

El verde de su piel se hizo más oscuro con las primeras gotas de lluvia. Una gota cayó en la punta de sus colmillos inferiores, que salían de sus labios como unas pequeñas torres que rompían con el paisaje de su rostro. Era un paisaje muy feo. Su piel estaba agrietada y arrugada. Su cabello rojo y graso, salía apenas de una gorra azul que estaba desgastada por el tiempo y por los viajes. Usaba una camisa de mezclilla que estaba remendada en algunas partes, o con agujeros en otras. Su hijo… un antropomorfo azul de ojos negros y muy grandes, bostezó casi partiendo su rostro alargado. Usaba unos pants y una playera casi nuevas. El padre sentía satisfacción. Esperaba que la ropa nueva se le rompiera en el trayecto para que su hijo fuera un hombre de una vez. Sí, aunque fueran un par de heridas en la ropa. El niño ignoraba la lluvia negra. Invitó a su hijo a salir de campamento. Luego de la negativa, lo obligó, pensando que sería buena idea compartir el tiempo juntos aún cuando esto fuera obligado. Habían tomado el gusabús durante más de tres horas y luego caminaron un par más. El niño azul estaba silencioso, haciendo muecas con su rostro y murmurando su descontento. Todavía no se animaba a quejarse en voz alta… hasta ahora—: Estoy muy aburrido, padre. —Nos hará bien. Entiéndelo. —No me gustan las… —Cállate ya. Ayúdame a poner la tienda. El niño hizo una mueca y luego de un breve escalofrío, sus brazos y su cabeza grande colgaron de un lado. Su cuerpo cayó suavemente a la tierra mojada. El hombre verde, de los colmillos en los labios, se acercó a su hijo. La lluvia negra empapó su rostro y sus ropas. Decidió hacer lo mismo. Sus brazos, su cabeza colgaron y cayó con suavidad a la tierra mojada. -o-o- —No me gustan las simulaciones, padre —dijo el niño cuando su padre entró a la habitación furioso. El padre no podía gritarle, quería hacerlo, pero no podía. Lo sacarían de ahí. Miró los lentes de la simulación, sobre el cuaderno y los lápices, a un lado de los frascos de medicinas. ¿Cuánto tiempo le habían dicho? Unos meses, unas semanas, ya pasó su tiempo. Se observaron en silencio. El niño descubría en la respiración pesada de su padre cada uno de los sueños inconclusos que se interrumpían por la enfermedad y la promesa de muerte. Sonrió ligeramente tratando de consolarlo, pero su padre estaba inmerso en el conflicto. La simulación solo era un pasaje para recrear momentos rotos. —¿Quieres que te traiga otro sandwich? —preguntó el padre y sin esperar la respuesta, con la misma paciencia de siempre, fue a buscarlo al comedor del...

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Cuento de los dibujos de mujeres que había en aquel cuaderno.

Posted by on 6:45 pm in Cuentos., Las historias. | 0 comments

Cuento de los dibujos de mujeres que había en aquel cuaderno.

Lo he practicado durante años: garabatear algo en el cuaderno que estoy usando para escribir, o para estudiar, o el cuaderno nuevo que me regalaron del cual solo aprovecharé una hoja, o el cuaderno nuevo que compré para tener las cuentas y terminé usándolo para escribir cuentos, o crónicas de la vida diaria (bueno, mi querido diario), o que terminé usando para tomar anotaciones de algún juego que estuviera jugando, sí, esos juegos largos y complicados que necesitan anotaciones, y cuentas aritméticas básicas, como los puntos de fuerza que adquirirá mi personaje cuando suba al siguiente nivel o cuantos pasos ha caminado un pokémon antes de declararse amistoso, mi amigo, ese que siempre estuve esperando. Como decía: Algo me posee y empieza con una ligera curva. Hago una línea y cuando me doy cuenta, ya dibujé un rostro. Si la línea empezó tosca, dibujo a un hombrecito. Si la línea es más suave, intentaré dibujar a una mujer. De chamaquito jarioso me gustaba dibujar mujeres. En aquel entonces, dibujaba las mujeres que me hubiera gustado coger pero estaban muy lejos de cualquier posibilidad amorosa, erótica, sensorial… cachonda, vamos. Mujeres de humo, que se materializaban de ilustraciones, películas, anuncios televisivos y/o impresos, telenovelas. Incluso Yayita, la de Condorito, ofrecía maravillosas posibilidades eróticas en la mente febril de la pubertad. Dibujaba mujeres de muslos grandes, de tetas medianas pero firmes, de cabello largo y oscuro. Las dibujaba en posiciones casuales, aprendiendo de los pinups que veía ocasionalmente: leyendo en la cama, sentadas esperando el tren (en pantis, minifalda, top o medias, cómo no), dando la espalda al mirón del dibujante o escuchando divertidas, tratando de robarse las miradas del profesor de religión. Todavía me acuerdo cuando el profesor pasó a mi banca y me descubrió dibujando mujeres, cuando en realidad debíamos discutir la responsabilidad católica con los más necesitados en esas regiones de tan difícil acceso. El profesor se río y me dijo–. Chamaco, deja de dibujar eso. En la noche a veces le entregaba mi cuaderno de dibujos a mi mamá y ella lo revisaba (tan aficionada y seria a la pintura, a la proporción. Sí, fueron tantos años los que practicó y practicó), me tachaba las líneas mal hechas, las cabezas demasiado grandes, las piernas que parecían de un caballo. No me regañaba por pintar mujeres desnudas, ni por pintarlas en posiciones explícitas, me regañaba por mi torpeza, por mi falta de paciencia, por mis líneas rudas, groseras. Entonces regresaba a mi habitación y empezaba de nuevo. Luego crecí y olvidé dibujarlas. Lo que pasa es que ya podía tocarlas. Todavía con esa curiosidad infantil recorría con apenas la punta de los dedos, como quien tiene un lápiz de punto grueso y apenas, apenas, debe marcar tantito porque si no todo se mancha de grafito y no hay goma que regrese una hoja a su estado original, un estado claro, un estado terrorífico como el de la hoja en blanco de todas las posibilidades, todos los mundos y todas las palabras… así tocaba a las mujeres en esa casualidad del ofrecimiento mutuo. Que vamos a tocar un poco el rostro, alrededor de los ojos, que vamos a tocar las líneas de las manos, justo debajo de los senos y el arco que hace la espalda. Que vamos a tocar las sombras del...

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Pintura de un brujo.

Posted by on 6:39 pm in Cuentos., Las historias. | 0 comments

Don Alberto Uriegas, uno de los publicistas más importantes de México, Latinoamérica y a veces, añadía, de todo el mundo… aprovechó el descuento en un lote de pinturas que se anunció en el mercado negro. Había descuento por varios motivos: Porque habían matado a uno de los guardias de seguridad, porque la mitad del equipo que hizo el trabajo eran primerizos y porque en vez de robarse la pintura de Trajano que habían encargado expresamente para el trabajo, habían tomado la de su rival: Faustino, que en esas épocas no era peculiarmente famoso o importante, pero que en diez años sí que lo sería cuando se descubriera su diario y las narraciones explícitas de los encuentros amorosos que tenía con Holguín, un pintor español que por diversos motivos, era uno de los padres del Renacimiento. –Nadie pinta las manos como Holguín –diría Faustino, el 16 de Febrero de 1522, a un grupo de estudiantes acalorados y hastiados, simplemente porque el techo de un profesor primerizo no es lo suficiente alto para que corriera el aire. Don Alberto Uriegas, por diez millones de pesos, compró las quince pinturas que se robaron en el trabajo. Para él, la pintura de Faustino se le hizo irresistible y de alguna manera, sabía que su instinto sería recompensado con creces. Justo en el momento no sabía si el futuro le preparaba que la pintura aumentara de valor o que pudiera usarla como un trueque en un trato comercial, pero su instinto rara vez se equivocaba. La pintura de Faustino era el retrato de la condesa de Faberlünd, cuyo brillo en la mirada era tan enigmático como la sonrisa de Mona Lisa. La condesa de Faberlünd era una mujer de rostro regordete, mejillas sonrosadas, nariz puntiaguda y ojos de un azul cristalino. Una de sus palmas estaba abierta, mientras que la otra descansaba en su regazo. Su vestido escotado era de color carmesí, con detalles blancos y plateados, y contrastaba hermosamente con la piel blanca de la condesa. Atrás podía verse un jardín de enredaderas, cedros pequeños y arbustos. La condesa usaba un collar que colgaba un dije en forma de estrella y al final de cada punta lucía un rubí. Los rubíes, como la pintura ahora, estaban perdidos y el collar de la condesa de Faberlünd se exhibía en el Smithsonian como una historia rara de sanación y misticismo–. Se supone que cuatro de las puntas que perdió el collar habían cumplido un milagro de sanación, la última cumplió un milagro de resurrección. Las otras catorce pensó en regalárselas a sus clientes, sus amigos o incluso regresarlas al museo como un recuperador. Tomó la última pintura del lote, la alzó a la luz y la contempló. Don Alberto le dedicó una mueca. No estaba seguro si le gustaba o no, y cuánto valía de los catorce millones de pesos que había pagado por el lote completo. En la esquina inferior derecha, con letras negras y chuecas, estaba escrito “El Brujo” a lo que Don Alberto bufó. Se encogió de hombros y pensó qué, además del título de la pintura, podía ser el autor de la misma. Le gustó tanto la broma que llamó a su asistente personal y le pidió que colgaran el cuadro en su oficina. Dos semanas después, un sobrino lejano de...

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Diez.

Posted by on 1:15 pm in Cuentos., Las historias., Otros ejercicios. | 3 comments

El dieciseis de diciembre de 2007, Vlad Pax escribiría una novela postmodernista con detalles humorísticos: Uno solo no conserva lo que no amarra. Los críticos literarios del país cuando se vieron confrontados con un título de dicha índole, alzaron la ceja escépticos pero decidieron tomar el libro y leerlo de cualquier manera. No había mucho que leer para las reseñas de los domingos, o miércoles, o mensuales… y el libro, al tener una portada amarilla, parecía que contribuiría a la calidez de encerrarse en el estudio y olvidar los fríos de diciembre. Yaffid Martínez dijo que el título era lo más adecuado, ya que sus personajes vivían una ambivalencia entre los amarres y las doble negaciones, y qué probablemente se convertiría en un himno de esta generación durante meses. “La importancia de los amarres y la conservación en esta generación materialista se ve reflejada en la obra como la sociedad se ve reflejada en el espejo día a día.” En cambio, Gerardo Tron, como el crítico mordaz que era, desechó la obra como un momento apenas literario y definitivamente pueril. Su texto termina con la siguiente frase: “Que alguien le amarre los huevos al autor de la obra, o los dejará ir.” Cosa impensable, hasta entonces, para los críticos literarios de la nación que habían hecho un pacto de jamás utilizar las palabras vulgares para que las masas no se sintieran atraídos a su profesión. Algo que no confesaría Gerardo Tron, sin embargo, es que a la mitad de la lectura, cuando el personaje de Ulises Albarrán amarra a Federico Urrea en la cama para que este no vuelva irse lejos de él, se le salieron las lágrimas y pensó en la relación que había tenido con un joven escritor hacía unos meses. Dejo el libro, se abrazó en un ovillo y lloró toda la noche, por lo cual no fue raro que su humor estuviera tan ácido al día siguiente y que este hubiera agarrado el sabor, como lo agarra la carne marinada, durante toda la tarde que escribió su texto. Cuando Gerardo Tron escribió “Que alguien le amarre los huevos” le pasó rápidamente por la cabeza el rostro del joven escritor… y también sus huevos. Un año más tarde, un escritor con el seudónimo de Perix, inspirado en la obra de Vlad Pax, escribió: El gasero y la viuda. Es un libro que tuvo una edición de quinientos ejemplares y qué, la verdad sea dicha, todavía está llenándose de polvo en todas las bodegas, donde está dividido. No sería hasta diez años más tarde que Perix escribiría la novela que le abriría las puertas como un escritor de la nación, pero no vayamos allá aún. Está muy lejos. Cuando lo entrevistaron en un periódico estudiantil de una universidad de cierto renombre, unos estudiantes de comunicación que miraban la literatura con ingenuidad y optimismo, Perix se sintió en confianza de confesarles que “escribí mi novela todos los días a las siete de la mañana, observando las calles de mi barrio por la ventana. A esa hora pasaba un camión de gas tocando en sus altavoces una canción de Ennio Morricone y luego uno de los encargados gritaba por el micrófono gas. Entonces lo vi. Vi en ese momento mi infancia, y a mi madre viuda. En realidad no...

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