Se ha convertido en un ritual caminar con mi perro: Preparo su correa, guardo unas cuantas galletas maría, la otra corresponde, se emociona y mueve el cuerpo, mueve la cola, toma alguno de sus peluches y me gruñe, se excita. Siéntate (ordeno). Se niega. Hago como que me voy solo. Ella obedece. Nico se sienta. A veces se estira, bosteza, gañe con dulzura. Le ajusto la correa. Busco bolsas por si caga en la calle. Depende de la hora del día: En las mañanas y en las noches defeca. En las tardes no, a no ser que le dé su desayuno a deshoras (Algo que sucede con frecuencia cuando nos quedamos solos). Salimos de la casa y caminamos. Los caminos casi siempre son los mismos. Lo que cambia es lo que debo sacar de su hocico.

Nico es un perro de tipo sabueso. Ya lo he escrito antes: su nariz domina. Su nariz es la creación de la memoria. Muchas veces, de vuelta en el camino, unas horas después, días después, tiene la nariz preparada para atrapar ese pedazo de quesadilla seco por los días de sol y cubierto con hormigas hambrientas. Tanto trabajo que me costó que lo ignoraras, le digo, y le meto la mano en el hocico, le doy un jalón a la correa, siento sus dientes rozándome los dedos, su baba humedeciéndome la piel, y se lo arrebato para aventarlo en el jardín para que algún otro perro hambriento, uno callejero pues, se quiera dar un festín, si es que de veras lo quiere (por alguna razón, pienso, hasta los perros cocas han ignorado el pinche pedazo de quesadilla. Pero tú no, perra cabrona, desobediente, que te haces la muerta de hambre frente a las estudiantes bonitas, y los chavos cool, y los mirreyes poblanos, y los albañiles en bicicleta, y las señoras de faldas largas, y frente a todas esas personas que te quieren acariciar las orejas. Quién sabe que habrán de pensar cuando miran que te arrebato comida de la boca: No la quiere, la mata de hambre, la saca al sol para cansarla, la tortura, la desprecia, tiene un animal para maltratarlo, para desquitarse con su vida desafortunada, pinche prepotente y desidioso, tiene un animal para sentirse fuerte y poderoso).

No entiendes como me preocupa, hablo con el animal como si me entendiera porque esos hermosos animalitos, ¿se ha fijado? Parece que lo entienden a uno, se expresan como un humano, híjole, no, mire como alza la ceja, mire como ladea la cabeza, sí entienden, ¡solamente les falta hablar carajo! No entiendes como me preocupa (repito, tomo aire, continúo) que algún día te metas veneno para ratas en el estómago y que te mueras porque no te controlas. Nico ladea la cabeza. ¿Sí me estás entendiendo o no? Me faltaría sacudirla, me faltaría que fuéramos una escena del cine de oro mexicano, me faltaría que Nico fuera interpretada por Dolores del Río y que mi nombre no fuera Agustín Fest, sino Antonio Salazar, y la tomara de los hombros, la mirara a los ojos y le dijera–. Dime que me quieres, por favor, dime que me quieres… aunque me estés mintiendo, dilo como si de verdad me quisieras –Y entonces Nico bostezara, desenrollara sus tres metros de lengua y me lamiera la mejilla–. Te quiero, te quiero, en serio… te he querido siempre.

Camino con Nico, los caminos casi siempre son los mismos, entonces ella jala la correa, se abalanza sobre un pedazo de pasto el cual escondía algo suculento (pues, para la nariz de un perro), empieza a masticar y sé que debo intervenir. “Ojalá”, pienso, como si fuera un personaje de los Burrón, o mejor aún, uno de esos taxistas con serias opiniones que uno coge en la calle, “ojalá las calles de mi México fueran limpias, como las calles de Europa, de Estados Unidos, híjole… teniendo tantos recursos en México, tanto pinche ingenio, y no podemos tener calles limpias. Basura por todas partes como si fuéramos animales. Iba a decir como pinches indios pero no, seguramente los mayas eran más civilizados. No, no, si de verdad se aplicara la ley… uno tira un papelito, y vendría inmediato un policía a darnos con la cachiporra, sólo así aprenderemos, el día que nos la apliquen de rigor, ¡el día que empiecen a ejecutar a la pinche gente por tirar basura en las calles! ¡Ese día si aprendemos! ¡El día que empiecen a ejecutar a los pendejos a los que les pagan por futbol en la selección y no ganan un pinche partido! ¿Le ofrezco un cigarro, joven?”

Meto mi mano en su hocico y saco una de mil cosas: un pedazo de pan duro, los huesos de una rata muerta, las plumas de un chanate difunto, un escarabajo del tamaño de mi puño, una jirafa, una jirafa de peluche, tela con el color del cielo, las sandalias de Jesucristo, los lentes de Gandhi, uno de tres libros que se hicieron polvo tan pronto tocaron mis manos: unos bocetos que dibujó Sir Richard Burton para ilustrar el Kama Sutra; un borrador de “La Tempestad” por William Shakespeare y unos cuentos inéditos de Mark Twain que, la verdad, no añaden nada nuevo a su obra pero que contentaría a un puñado de americanos ociosos durante una década; cuatro de los siete tomos de “El camino de Swan” de Marcel Proust, un Boticcelli
casi digerido por el cual me pagaron 200 pesos, la primera guitarra miniatura de Axel, poco dinero, los calzones de unas estudiantes de dudosa (pero antojadiza) moral pública, a mi cacto Bob (al menos cuatro veces), un kraken, dos dioses menores del Olimpo, las sandalias de una valquiria, fotos pornográficas entre Wagner y Nietzsche, el primer video porno que vi en la vida, uno de los suéteres tejidos de mi abuela, dos controles de supernintendo, un chanate todavía vivo y que me insulta, y brinca a mi rostro, (sí, de ese Axel), y me cachetea para decirme: eres un hombre afortunado por tener una perra tan aventurera que navega entre las aguas metafísicas, y los ríos del tiempo, y las verdades del hombre, y que gracias a su nariz puede atrapar todo eso en su hocico, puto malagradecido, infeliz, imberbe, incontinente, inacabado, imzob, inagada la vida, sí… Eso fue la última, el ocho pistas de inagada la vida, inservible por los jugos digestivos, la baba y el anacronismo.