Anoche salí a fumar un cigarrillo y caminar un poco. Después de unas pocas cuadras me encontré a un perro. Me miró a los ojos, yo le dije–. Tranquilo monín, ¿a quién le ladras? –Porque estaba ladrando. El perro, para mi sorpresa, no me respondió. Caminó detrás de mi. Esa mañana, cuando salí a caminar, me encontré un perro aplastado en la recta de Cholula. Miré su sangre desparramada en el piso y su cabeza aplastada. Una señora limpiaba la acera, ignorando al perro y seguí su ejemplo. No había nada ya qué hacer por él. Los perros, el animal doméstico por excelencia, la inmediata asociación humana para hablar de follar, de perseguir, de ladrar, de mover la cola. El perro de la noche continuó siguiendo mis pasos. Me gustaba. Blanco con café, orejas grandes, mirada triste. Tan pronto llegamos a la recta, pensé: “Te quiero llevar conmigo. No me gustaría verte con la cabeza aplastada y tu sangre desparramada en el pavimento”. El pensamiento dio pie a las posibilidades: “Puedo llevarlo a casa y dejarlo en la azotehuela, hasta que lo llevemos a un veterinario para que lo revise”. El perro simplemente avanzaba unos pasos, o se quedaba atrás para oler, pero eventualmente llegaba a mi lado. Encendí otro cigarro y me senté en una de las bancas del parque. El perro decidió dar vueltas por el parque. “Es lo mejor. Quédate aquí”. Al terminar el cigarro, me levanté y regresé a casa. El perro corrió para alcanzarme y me sonreí. “Debería apostarle. Si viene a la puerta de mi casa durante tres días seguidos, entonces me lo quedaré”, pero no lo hice–. Hey, no te puedo llevar a casa. Mejor sigue tu camino monín –El perro me miró a los ojos, y pareció entenderme. Caminó, y caminó, hasta que se perdió. Me habría gustado apostarle.
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El árbol 2:17 tiene una tienda, muy modesta, de libros digitales (libres de DRM). Aquí puedes ver la página de la tienda.
Si te gusta lo que escribo y me compras un libraco, me estarías pichando el cafecito de la semana, el cual, por supuesto, como bien dice la leyenda urbana, me servirá para seguir escribiendo más libros, más cosas, más perversiones lujuriosas y otras ñoñadas.
Todo lo dicho aquí…
Son cómo las hojas de un árbol. Cada una tiene una intensión distinta, aún cuando invariablemente se alimentan del agua y de la luz del sol, ninguna crece igual. Cuando abandonan el árbol, el destino elige un lugar para cada una. Nadie sabe si un pájaro se llevará la hoja, o si acabará bajo los tenis de alguien. Hay hojas que sueñan con secarse para regresar a la tierra, hay otras que son cruelmente robadas para esconderlas entre las páginas de un libro y sufren una muerte larga y silenciosa, hay otras hojas que desafían las leyes biológicas y se empecinan en convertirse, por el modo que sea, en un árbol nuevo y verdadero.


