> Por lo tanto, desde que llamó Saul he escrito cinco cartas. Dos largas, una corta, otra corta con una postdata de dos páginas y otra tan larga y tremenda que ni siquiera yo puedo leerla.
>
> Mis cartas resultaban bonitas, sin duda, pero escribir cuando estás enfadado es como hacerlo cuando estás borracho: en el momento crees que estás haciendo algo estupendo (incluso profundo) y, sin embargo, cuando lo lees por la mañana… Dios mío. Incluso cuando uno está sobrio, es difícil confiar en las palabras: pones dos o tres juntas y enseguida empiezan a agitarse, a conspirar significados inesperados por aquí, a fermentar matices engañosos por allá y a disparar en dirección equivocada cuando y como quieren. Naturalmente, me habría gustado escribirle algo tan cierto, tan conmovedor, tan elegante, tan ingenioso, tan inspirado, tan estupendo, tan directo y tan oblicuo, que ella no pudiera hacer otra cosa que rendirse. Tal vez un poema o todo un ciclo titulado Canciones y sonetos. Pero al final me encontré con que no podía confiar en que las palabras fueran más allá de la misión elemental.
>
> –”El calígrafo”, Edward Docx.


